El niño que todos llevamos dentro. Shtisel

Akiva Shtisel es el niño que todos llevamos dentro, el artista que todos llevamos dentro, el soñador que todos llevamos dentro. Al bueno e inocente de Akiva se le coge cariño de inmediato. Porque es increíblemente difícil no querer a Akiva.

Akiva sufre un fuerte rechazo social por dedicarse a pintar

Akiva duerme abrazado a una almohada como si fuera un niño. Aún no ha superado la muerte de su madre. Está enamorado de su prima Libby, con la que comparte un sentido del humor inocente y juguetón, y no quiere hacer otra cosa en la vida que pintar.

Akiva es el hijo menor.

Dentro del modelo de los arquetipos de los personajes, Kauffman, el dueño de la galería, actuará como mentor de Akiva, la figura sabia que guía y estimula el talento del joven a lo largo del camino de la vida. Sin embargo Nuchem, actuará encarnando el arquetipo del antagonistas poniendo todo tipo de obstáculos para que el héroe no pueda cumplir su misión.

La familia Shtisel vive en Jerusalem

-Tu hijo está loco-dice Menukha a Shulem sobre Akiva. Es una sociedad tan constreñida y ultrarreglamentada como la comunidad ultraortodoxa, la personalidad artística y tierna de Akiva se identifica con locura. Nada más lejos de la realidad.

Pero también es una oportunidad para el guionistas. En una sociedad tradicional tiene consecuencia y significado el hecho de transgredir, y las fuentes posibles del conflicto son mayores que en una sociedad hiperrelajada y permisiva como la nuestra donde hay pocos motivos reales para la transgresión.

El niño que fuimos

En un capítulo de la segunda temporada de Shtisel, Akiva se encuentra bloqueado y no puede pintar. De repente ve a un niño que lleva una bolsa de agua con un pez dentro, solo en la calle. El niño espera a su madre pero ella nunca llega. Akiva lo lleva a su estudio y le invita a comer pizza. El niño se convierte en su modelo y Akiva recupera la inspiración y su don artístico. Pero, de repente, el niño desaparece y nadie lo ha visto.

Ese niño es el propio Akiva. Porque la creatividad implica no perder nunca la complicidad y la ternura con el niño que todos llevamos dentro. De niños, la sociedad aún no había troquelado nuestras mentes a su medida.

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