Ilustra la novela Los crimenes de Atapuerca. El crimen más increíble de Atapuerca

Sinopsis

El crimen más increíble de Atapuerca. A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 16

1 de junio de 2019. Quince días antes del asesinato. Burgos

Una confusión de cuerpos bajo la noche cálida, dulce, sin estrellas bailó en una histeria efervescente, solo interrumpida para tomarse un respiro e ir a la barra a por el siguiente vodka con naranja y seguir desparramando bajo el conjuro de la atracción y el amor y el alcohol y la juventud que se expandía como un time lapse de una noche en bucle.

Sin embargo, ahora el placer ha pasado. Tengo una sensación de bajón como un termómetro en el Polo Norte. Odio esa noche. Me odio a mí misma. La negra ansiedad no deja espacio para nada más. ¿Qué había hecho? Oh, Dios mío, ¿por qué me empantanaba de esa manera?, ¿por qué me dejaba arrastrar por mis compulsiones y luego a la mañana siguiente me arrepentía? Papá me dijo en la playa de Rota: «No puedes beber tanto, no puedes beber, Lara. Lo sabes». Lo sabía, pero no sabía cómo podía dejar de beber. Era como alguien con diarrea al que le dices que controle sus esfínteres. No funciona. Arrastro conmigo mi cuerpo dolorido. Me identifico con él.

—Perdonad que lleguemos tarde —digo después de entrar en el despacho de Max.

—Cierra la puerta —dice Max.

Max me mira, despreciativo y frío, como si me odiara. Quizás solo es la paranoia que me entra tras cada borrachera. Intuyo sus celos. Le molesta todo lo que yo hago. Si yo hablo, le molesta. Si yo me río, le molesta. El solo hecho de que yo exista y esté en su despacho le irrita. Tal vez no. Tal vez solo sea una ilusión perversa, una falsedad de mi mente. Tal vez solo sea la brutal desconfianza que se apodera de mí con la resaca.

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Max Rey había estado enfermo de cáncer, pero me niego a compadecerme de él porque ser una víctima no te convierte en una buena persona. Y Max me cae mal. Es entusiasta. Es seductor. Es manipulador. Es controlador y dominante.

Me contraigo bajo su mirada desaprobadora. Siento su hostilidad como si me hubiera arrojado ácido sulfúrico a la cara.

Andrea y yo nos sentamos en el suelo junto a Sebastián, que nos saluda con una mano alzada, con una sonrisa enigmática y torcida muy propia de él. Helena, a la que le gustaba ejercer el papel de madre, nos tiende dos tazas de té darjeeling. Le doy las gracias. Bebo un tímido sorbo. Su calor y su sabor a clavo me alivian el dolor de garganta, la culpabilidad, el miedo que me da el que Max me descubra, la vergüenza de que él me tenga esa manía irracional solo por ser la novia de su hija.

—¿Y Manu? —nos susurra Sebastián a Andrea y a mí.

Andrea se encoje de hombros. Yo me callo.

—Creo que la morena esa de los ojos con medio camión de rímel de la fiesta lo ha secuestrado —dice Helena en voz baja, con su dulce sonrisa de chica que parece salida de un lienzo de Dante Gabriel Rosetti.

Una sombra de depresión cruza la cara de Sebastián. De repente, mi mejor amigo en Atapuerca se hunde en uno de sus agujeros negros de silencio y hosquedad. Siento una oleada de ternura por él. Le tengo un cariño loco.

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Según los rumores más malévolos de Atapuerca, Sebastián está enamorado de su mejor amigo y toda esa cinefilia, esa obsesión con Kieswslovsky y La doble vida de Verónica, todo ese leer a Shelley, Byron, Thoreau, Whitman, Verlaine y Baudelaire, toda esa afición hiperromántica y literaria por crear su exclusivo circulo à deux no es más que una excusa para estar con Manu porque Sebastián necesitaba la presencia de Manu como un yonqui ansía la heroína. Dentro de mí crece una ráfaga de simpatía hacia Sebastián. Lo mismo me pasa con Andrea. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Lo que acaba de decir Helena es como si alguien le hubiera lanzado una lanza envenenada en el costado y él sangrara a la vista de todos. Aparto los ojos de mi amigo, impulsada por un pudor doloroso. Me cruzo con la mirada de Max, que atraviesa mi corazón como si me observara con pupilas de hielo. ¿Lo sabe?, ¿alguien nos vio anoche a Germán y a mí?, ¿alguien se lo ha contado? La paranoia posalcohólica se ceba conmigo.

Me siento descompuesta, al borde del colapso. Siento que me voy a morir.

—¿Estás bien? —me pregunta Andrea.

—Sí. Bien —contesto.

—Tienes muy mala cara. ¿Te pasa algo?

—No, nada.

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