Ilustra la novela Los crimenes de Atapuerca

SINOPSIS

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 17

1 de junio de 2019. Quince días antes del asesinato. Burgos

Poco a poco mi sensación de tristeza amaina. Mi estómago se calma, el dolor de cabeza me da una tregua. Mientras me tomo mi té, mi cerebro emana una suave euforia que me hace reconciliarme con el mundo y olvidarme de la agresividad disfrazada de una amplia sonrisa de cordero con la que me mira Max.

Andrea no sabe nada. Solo tengo que acumular tiempo, dejar pasar los días. Al cabo de unas semanas, esa aciaga noche se quemará en la incineradora del olvido como tantas otras noches negras. En esta mañana de junio, la vida se ha creado a mi medida. El mundo está lleno de posibilidades. Esta mañana es el pistoletazo de salida de muchas mañanas, de muchas noches, de muchos días llenos de sentido si consigo zafarme de mi cuerpo dolorido y dejar atrás a los fantasmas del pasado.

Ahora Andrea me acaricia la mano, me roza con su dedo el interior de mi palma. Qué dulce éxtasis, qué descarga de placer y felicidad.

Cruzo los dedos. Aparto a manotazos los pensamientos negativos. Ahuyento los negros augurios de mi mente. Ya no me identifico con la voz de mi dolor.

La canción machacona de anoche vuelve a sonar en mi cabeza: «Jefe, no se queje y ponga otra copita más. No hay como el calor del amor en un bar. La noche ha sido larga y llena de emoción. Pero amanece y apetece estar juntos los dos».

Ilustra la novela Los crimenes de Atapuerca

De repente, Andrea me sirve más té de la tetera blanca y hace un mohín triste. Ricardo Díez pasa otra vez por el pasillo y nos escruta con suspicacia. La puerta sigue abierta, pero yo me levanto y la cierro en sus narices, sin importarme lo que piense Ricardo. El rumor de nuestra reunión con Max se extenderá por Atapuerca como un incendio en un piso que recibe, de pronto, el oxígeno de una ventana rota, llamaradas de cotilleo y runrún se propagarán por las doscientas mentes del equipo de la Gran Dolina y la Sima de los Huesos. El solo hecho de ser un grupo de estudiantes escogidos por Max para recibir unas clases privadas al margen del trabajo normal del yacimiento ya suscita todo tipo de resquemores, envidias, críticas, ataques, desprecios y celos. En realidad, ni siquiera son clases. Más bien son debates, conversaciones, divagaciones, confesiones, desahogos ahora que Max ha perdido el poder en la Dolina. Era la forma que tenía Max de vindicarse tras superar su cáncer. Era la manera de tener un cenáculo privado de alumnos pendientes de su experiencia y sabiduría acumuladas desde que llegó a Atapuerca en 1974.

Vivir este verano es lo más emocionante que me ha pasado en toda mi vida. De repente, Andrea me acaricia con más delicadeza. Me aprieta la mano debajo de los cojines. Yo le devuelvo el apretón. Le acaricio la mano, sobrecogida y borracha por la alegría. Mi frente anímico ha cambiado. Aleluya.

—Bueno, no podemos esperar más, empecemos —dice Max mientras enciende su pipa, con su mechero Zippo con la leyenda Homo antecessor en su lomo plateado. Inspira por la boquilla de su pipa. Exhala una vaharada de humo blanco, sedante de tabaco con olor dulzón en el ambiente cargado y caldeado de su despacho.

Me siento como una niña rodeada de sus mejores amigos dentro de una cabaña que hemos construido en el corazón del bosque, aislados del mundo. La conexión con Helena, Sebastián, Andrea se hace más fuerte, un vínculo de amistad que me hormiguea en la nuca y me hace desear estar en este lugar, aquí y ahora.

—Os he reunido aquí porque confío en vosotros. Pero, por favor, no se lo contéis a nadie. No quiero que todo el mundo entre en pánico. Tenemos un problema. Como sabéis, nuestra situación económica es desesperada. La Junta nos retiró la subvención el año pasado y ya estamos pasando todo tipo de penurias económicas este año. No sé ni siquiera si podremos acabar esta campaña de excavación. La dirección del Gil Siloé nos ha amenazado con echarnos porque la Junta ya no paga nuestro alojamiento. No hay dinero ni para pagar la comida cada día en Atapuerca. Lo que significa que quien quiera volver a excavar el año que viene tendrá que pagarse sus gastos. No podremos mantener los laboratorios abiertos más allá de este verano. Y encima a mí Jesús me ha dado la patada. Esto es un Titanic que va a la deriva.

Jesús Sinaloa, con su cara de niño que no ha roto un plato en su vida, el escritor que triunfa y vende libros, el famoso, el hombre amable, el profesor afable y simpático, el favorito de los periodistas, el Homo mediaticus. En comparación, Max parece un zorro cano, peligroso y oscuro, con sus ojos negros y turbios como el petróleo. El chivo expiatorio. El que carga con la culpa y tiene que ser expulsado de Atapuerca por todo lo malo que ha pasado.

Andrea baja la cabeza, abatida. Una cascada de pelo moreno oculta sus facciones.

De repente, la puerta se abre con un golpe brusco que nos sobresalta a todos. Manu saluda y entra. Es un chico delgado, vestido de negro, vaqueros negros y camiseta negra, nariz chata y boca bien formada, aire aniñado, inocente, puro y un pelo muy negro, reluciente, que cubre su cabeza como un casco de obrero. Sebastián le echa una mirada furtiva. Agradece su presencia, pero no se le escapa que Manu apesta a colonia Nenuco y a gel con olor cítrico, tiene ojeras. Un resplandor feliz flota en su cara de efebo. Sin decir nada, Manu se sienta en el suelo con las piernas encogidas y pegadas al pecho junto a Sebastián.

—¿Es definitivo? —pregunta Sebastián. Con su manera racional de afrontar las cosas, siempre quiere saber toda la información antes de dar su opinión.

—Sí, antes de que pasara toda esta movida y me derrocaran, me reuní con el segundo de Salazar. Él ni siquiera se ha dignado a hablar conmigo. Me ha dicho que no tenían dinero, que tenían que recortar, que este año nos cierran el grifo.

—Todos sabemos el porqué —dice Sebastián mientras extrae una cajetilla de Gauloise del bolsillo de su chaqueta negra Armani y saca un cigarro con sus dedos largos y elegantes. Lo enciende con su mechero Zippo, que tiene tallado el cráneo número cinco, Miguelón. Sebastián empezó a excavar en la Sima de los Huesos.

Un silencio incómodo gravita sobre nosotros.

Max lanza una mirada de advertencia a Sebastián. Ese tema es tabú. Y mucho más con Andrea delante.

—Pero lo de Vicky fue un accidente. Estamos todos hechos polvo por lo que pasó, pero fue un accidente —susurra Manu.

—No es culpa nuestra —dice Helena, que normalmente se calla en este tipo de reuniones con Max, como si tuviera miedo de meter la pata delante de él. Lo admira por encima de todas las cosas.

Me doy cuenta de que Andrea se ha puesto rígida. Retira su mano bajo la manta. Noto el vacío como un hambre punzante en mi estómago. Echo de menos su contacto físico. Andrea baja la cabeza. Todo su ser se contrae en un espasmo de dolor. Max la mira y se da cuenta. Es su padre y conoce a su hija, que tanto sufrió de niña. Él también se hace eco de su dolor como si ambos estuvieran unidos por un cordón umbilical invisible, flotando en el mismo líquido amniótico.

—No vamos a hablar de eso ahora. No quiero hablar de problemas, sino de soluciones —dice Max dando por zanjada la discusión.

Hablar de Vicky Salazar es como abrir un tarro purulento lleno de gusanos. Un silencio tenso nos envuelve a todos como un sudario culpable. Yo soy la única que no he conocido a Vicky, drogadicta oficial de Atapuerca. Solo la evocación del nombre de Vicky Salazar, la hija de Ricardo Salazar, el presidente de la Junta de Castilla y León, nos llena de angustia.

En Atapuerca, Vicky se ponía de todo: coca, dexedrinas, éxtasis, ácidos, heroína, hierba y hachís. Hasta la noche de la fiesta en la Dolina en la que alguien le vendió ayahuasca, un potente alucinógeno, a Vicky, esa chica alocada, neurótica, siempre sonriente, siempre triste, proclive a la impulsividad y a los brotes depresivos. La mala suerte fue que la locura y un buen colocón se apoderaron de ella en plena fiesta para celebrar el fin de la campaña de excavación en Atapuerca y se tiró haciendo el salto del ángel desde lo más alto de los andamios que se elevaban hacia el cielo en el yacimiento de la Gran Dolina, con vistas a las montañas violetas de la Sierra de la Demanda.

Murió nada más tocar el suelo. Se rompió el cuello, se aplastó el cráneo. Había más de treinta metros de caída. Max se encerró durante una semana en su habitación para beber y no hablar con nadie y rumiar su depresión tras la muerte de Victoria. De algún modo, se sintió culpable por lo que había pasado. La chica estaba a su cargo.

—Puedo volar —gritó Vicky al aire ruidoso de la noche antes de precipitarse al vacío.

La fiesta bullía abajo, en la explanada antes de llegar a la Dolina, enfrente de la caseta donde se guardaban las herramientas, los suministros, las cervezas, los embutidos para los bocadillos de la pausa del almuerzo. Antes donaban grandes marcas como El Pozo o cervezas Ámbar los botellines y los paquetes de jamón de York, de chorizo y de salchichón para el bocata de las once de la mañana. Pero a raíz de las últimas muertes, de los recientes escándalos, habían dejado de hacerlo. La costumbre de tomar un bocata y una birra a media mañana se suspendió en Atapuerca.

Ricardo Salazar, intoxicado por la ira y el dolor, había culpado a Max Rey de la muerte de su hija en la Gran Dolina. Salazar había acusado a Max de no haber cuidado de su hija, como si Max le hubiera puesto un embudo en la boca a Vicky y la hubiera cebado a ayahuasca como a un pato del que se busca extraer su hígado. Mi madre decía que la responsabilidad individual era un valor a la baja en nuestra sociedad. Por una vez en la vida le daba la razón.

Hubo una investigación policial, pero la conclusión fue muerte accidental. Eso sí, se abrió la caja de pandora sobre el tráfico de drogas en Atapuerca y las orgías que se celebraban en el yacimiento. No hay nada como que muera la hija de alguien poderoso para que se ponga todo patas arriba.

—¿Y la Fundación Botín?, ¿no pueden ellos aflojar la pasta? —pregunta Sebastián, que está pálido como si se hubiera tragado una tonelada de tizas. No le había visto en la fiesta de la noche anterior. Pero eso no era raro porque Sebastián prefería quedarse en su habitación monacal oyendo a Wagner mientras veía Nosferatu en su ordenador. Pasaba de las vocingleras y ruidosas fiestas en nuestra residencia de estudiantes. Algazara de la plebe. Circos vulgares. Charangas ordinarias.

—Es mucha pasta —dice Max con tono tranquilo mientras fuma su pipa. Es demasiado elegante como para echarnos en cara lo que cuesta mantener Atapuerca en funcionamiento. Sin embargo, hay un subtexto de reproche velado en las palabras de Max que yo capto. Nosotros vivíamos a espaldas de la realidad del esfuerzo económico que suponía alimentar al monstruo. Olvidábamos lo caro que era sostener a un equipo de más de doscientas personas una vez que la Junta nos había retirado su ayuda. Pero Max Rey nunca hablaba de temas de dinero ni se quejaba de los problemas económicos ni de la urgencia de buscar financiación todos los veranos. No era su estilo.

—Están los problemas de los escapes de gas. Si perforamos en el lugar equivocado, podíamos acabar muertos todos —dice Manu.

 —Lo de los escapes de gas es un mito —corta Max. La mirada altiva sonríe, fría.

Nadie se atreve a contradecir a Max. Pero todos sabemos la verdad: esa es la razón por la que Norberto Seseña, el nuevo director de la Dolina, no quiere hacer un sondeo al TD6 durante la campaña del 2019. Norberto decía que no quería que un muerto más se le apareciese al cabo de los años en sus peores pesadillas. Pero había otras razones de peso. Norberto era un miedoso. Llegar de nuevo al TD6 era un plan de Max porque estaba desquiciado por las críticas de su antiguo mentor, Antonio Castro, el catedrático de Prehistoria que lo llevó a Atapuerca en los 70, que le había reprochado públicamente el que hubiera dicho que el Homo antecessor era una nueva especie humana. Para Castro no lo era. Max quería tapar la boca a su mentor. Y para eso necesitaba nuevos esqueletos del Homo antecessor que demostraran sus diferencias anatómicas de nueva especie, esqueletos que estaban en el TD6. Ahora se excavaba en el nivel TD9 en la Gran Dolina. Faltaban más de cuatro años para volver a llegar al TD6.

Dos años antes, Max era el mentor de Norberto, pero ahora se había convertido para él en el padre al que había que matar. Además, Norberto tenía un plan secreto junto con Sinaloa: pedir financiación a las universidades privadas de Madrid y organizar un máster en Atapuerca que costaría un riñón. Un plan que a Max —uno de los pocos materialistas marxistas que quedaban en España— le olía a cuerno quemado.

—Vete en paz, que yo me voy en paz —le había dicho Norberto cuando le arrebató a Max la dirección de la Dolina.

 Que Max dejara el poder era el requisito que había puesto Ricardo Salazar, presidente de la Junta de Castilla y León, para volver a financiar Atapuerca en la campaña del año que viene. Max se había marchado sin comandar la cofradía del santo reproche.

Pero Max Rey no se había ido en paz, se había ido a la guerra. Una guerra secreta. Había conseguido congregar a un grupo selecto de fieles —entre los que yo me encontraba por puro azar— y había larvado su estrategia secreta: volver a excavar en el nivel TD6, ese tubo de seis metros cuadrados de la Gran Dolina, esta vez a escondidas, por la noche.

Sebastián mira con censura a Manu. No quiere que su mejor amigo plantee semejante problema a su adorado Max.

Miro a Manu con una ira fingida, secretamente aliviada de que hubiera puesto una excusa plausible para evitar la misión suicida de excavar por la noche para encontrar restos fósiles de Homo antecessor y apuntalar la teoría de Max de que realmente había descubierto una nueva especie.

Tengo sentimientos encontrados, sensaciones contradictorias. Por una parte, me emociona ayudar a Andrea en esa tarea que tanto significa para ella, se lo he prometido tras una noche de amor, narcotizada por la dulce morfina del orgasmo y la exaltación romántica con ella en mis brazos. Con mi cerebro saturado de oxitocina y serotonina y endorfinas, habría matado a alguien si me lo hubiera pedido. Pero en la resaca cruda de la luz blanca de la realidad, el miedo me devora, el pánico me araña la garganta. No quiero morir. ¿Por qué coño tengo que hacer esto? Me siento atrapada en el dominio agobiante de Max Rey, un vampiro que absorbe la energía de los que están a su alrededor. Lo más curioso es que las personas que formábamos su grupito de elegidos le entregábamos nuestro esfuerzo, energía, trabajo, tiempo de forma voluntaria. Experimentabas en su presencia una rendición, una laxitud de tu voluntad que ponías a su disposición. Sentías una necesidad de gustarle, una decisión súbita de decir que sí a todos los planes locos que proponía para complacerle porque su entusiasmo era contagioso y porque su carisma era definitivo.

Fuera el mundo era más feo y gris y deprimente de lo que era dentro de esa comunidad monástica y cerrada que era Atapuerca, un yacimiento que funcionaba como una abadía kamikaze dirigida por el ego insatisfecho de Max, el padre abad, el ego elefantiásico de Jesús Sinaloa, el segundo padre abad, y la tranquilidad y normalidad de Rafael Espejo, el tercer padre abad.

Yo no voy a morir por él. Pero finjo que quiero excavar por la noche, a espaldas de todos, delante de Andrea. Me reservo mi miedo, aunque mi racionalidad me grite a gritos que soy joven para morir. Tengo veinte años. Ni siquiera soy del equipo. Soy una estudiante de la carrera de Historia en la Universidad Complutense de Madrid que ha tenido la suerte de ganar un concurso propuesto por Andrea con un trabajo de investigación sobre la mala datación y peor clasificación en lo que a la especie humana se refiere que Jesús Sinaloa había hecho de los restos fósiles que había encontrado desde 1992 en la Sima de Atapuerca.

Seis meses después, me quería quedar en el yacimiento porque me había enamorado de Andrea y vivía una historia de amor que tenía la caducidad de un verano. Y el verano todavía no había acabado.

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