«Los crímenes de Atapuerca». Capítulo 19


SINOPSIS

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 19

2 de junio de 2019. 14 días antes del asesinato. Atapuerca

Cuando fuimos a excavar a las cuatro de la madrugada a Atapuerca, había luna llena. Una miríada de estrellas iluminaba el yacimiento como si fuera un plató cinematográfico en un mar de oscuridad.

Andrea entró la primera en el túnel que conectaba la Galería con el TD6 de la Dolina.

Hacía años Max puso en práctica un método de excavación propio en la Galería. La investigación empezó en los niveles superiores. Max hizo un sondeo de cuatro metros cuadrados que llegó a la altura de los sedimentos fértiles. Él y su equipo sacaron los sedimentos estériles que se acumulaban en los veinticinco metros cuadrados de la Covacha de los Zarpazos. Al mismo tiempo investigaron en los treinta metros cuadrados de la Galería.

Años después excavó en «pastilla», en superficies verticales del mismo tamaño. Cuando se acababa de trabajar en esas «pastillas» y se desenterraban los niveles con material arqueopaleontológico, se picaba otra al lado. Así se contrastaban datos de las diferentes pastillas. Tras trabajar años se conseguía la misma información que en una excavación en extensión. La ventaja era que en cada abertura se profundizaba más y más para alcanzar antes lo más antiguo. Se excavaba solo en unas pocas pastillas. A medida que se ahondaba hacia el interior, escaseaban los fósiles porque los Homo del Pleistoceno medio e inferior ocupaban las entradas de las cavernas, donde tenían luz del sol.

«Luego voy yo», pensé. La angustia oprimió mi pecho como una tonelada de piedras.

Nos turnábamos dentro del túnel Andrea, Sebastián, Manu, Helena y yo porque debido a la falta de oxígeno no podíamos permanecer en el interior más de treinta minutos.

Cuando Andrea salió, con la cara negra y exhausta, y llegó mi turno, yo estaba aterrorizada, fuera de mí, con una corbata de hierro que se cerraba en mi garganta. Sebastián me ató la cuerda a la cintura. Me puse el casco de espeleología con la luz frontal. Me agaché a cuatro patas y gateé dentro del orificio.

Un aire nauseabundo, viciado y húmedo que olía a tierra y mineral me golpeó en la cara como un puñetazo. Hilos de sedimento y pequeños fragmentos de roca caliza se desgajaron del techo y me cayeron en el pelo. Me estremecí de miedo eléctrico. Una pitón de pánico frío e inquieto se ovilló dentro de mi tripa. Sentí los latidos de mi corazón en los oídos. Me obligué a arrastrarme hacia delante impulsándome con los codos porque todo mi ser me gritaba que me largara de allí y lo mandara todo a freír espárragos. Pero me adentré en esa oscuridad con la picoleta en la mano. Vi el capacho de obra color negro que me esperaba al fondo del túnel lleno de sedimento rojo oscuro. Allí tendría que echar el sedimento que excavara del TD6, el nivel donde se encontraban los fósiles humanos del Homo antecessor. Luego Sebastián sacaría el capacho cuando estuviera a rebosar y lo cargaría en el Land Rover de Max, en el Halcón Milenario, para almacenar el sedimento en la bodega de la casa en la sierra de Max. Allí se amontonaban montañas del material que habíamos extraído de las entrañas de la Dolina a la espera de ser cribado y lavado por las máquinas que estaban en la orilla del río Arlanzón. Pero no sería en esta campaña, sino en la siguiente. En un yacimiento paleolítico, y la Gran Dolina databa del Pleistoceno, hay que cribar todo el sedimento posible para recuperar los pequeños huesos de animales, los diminutos fragmentos que queden de las herramientas de la industria lítica, el polen y restos vegetales fosilizados.

Estábamos lejos de la hondonada en lo alto de la Gran Dolina, donde se excavaba normalmente, en un tablero de escaques formado por cuerdas blancas ancladas al suelo, con coordenadas cartesianas para situar geoespacialmente los fósiles, cuadrados suspendidos a medio metro de la superficie caliza. También había una cubierta de tablones de madera para no dañar el sedimento.

Me cayó un reguero de tierra sobre la cabeza. Me estremecí en un espasmo de terror cuando oí un murmullo de piedras que se desprendían, un fuerte estruendo, un trozo de túnel se derrumbó delante de mí.

Mi corazón se paró y luego latió muy acelerado. La sangre rugió en mi garganta. Sentí una quemazón en mi cara. Y otra vez esa espantosa sensación de miedo eléctrico, oscuro, que me dejó parada en el sitio sin poder mover un músculo, respirando con la boca abierta el aire con poco oxígeno del túnel. Me mareé y el vómito ácido e incontenible ascendió hasta mi boca, noté su amargura en la boca del esófago, reprimí el vómito. Tenía ganas de echarme a llorar. Las lágrimas se agolparon en los ojos y me oriné encima.

Fui cada vez más consciente del desastre que me acechaba, del riesgo que estaba corriendo, de la temeridad absoluta de lo que estábamos haciendo durante esas noches de verano. No podía llegar al TD6. El túnel estaba cegado. Tenía que salir antes de que se derrumbara otra parte del pozo horizontal y yo me quedara atrapada dentro.

Me sentí como una niña pequeña que, de repente, es consciente de que juega a un juego muy peligroso y quiere volver a su casa. Solo que yo no tenía ninguna casa a la que volver.

Mi menté proyectó escenas escalofriantes para obligarme a salir de ese agujero: yo sepultada bajo toneladas de tierra y roca caliza, yo muerta, pálida y fría, con la cara exangüe, salpicada de moraduras, tumbada sobre la mesa metálica de la sala de autopsias del Instituto Anatómico Forense de Burgos, yo asfixiándome con la boca llena de tierra. El corazón me latía, salvaje y desquiciado, sabiendo que iba a morir. El último soplo de vida, el último segundo y luego se pararía. Se acabaría la historia de la vida que me quedaba por vivir, solo tenía veinte años, por Dios.

De pronto sentí un apego brutal a esa vida que antes había despreciado y le prometí a Dios que jamás la volvería a desdeñar ni a minusvalorar si Él me daba una segunda oportunidad. Sería como volver a nacer, vivir con un nuevo yo más agradecido, con menos miedo, más feliz, más en paz. No quería morir. Aún no había escrito mis novelas, aún no había disfrutado de la vida lo suficiente, aún no había amado lo suficiente.

—¿Qué hacéis ahí? —gritó una voz bronca y desconocida.

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Categorías: Novela "Los crímenes de Atapuerca"Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

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