Sinopsis

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como sucede en las mejores novelas negras.

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Capítulo 25

Jesús Sinaloa espera a la inspectora Baeza y al subinspector Aduriz a las faldas de la Dolina. La cueva tiene diecinueve metros de estratigrafía y once niveles geológicos. El nivel inferior está compuesto por sedimentos finos de la caverna cuando se encontraba cerrada. En el segundo nivel hay bloques desprendidos del techo y las paredes, guarnecidos por una capa de suelo estalagmítico.

Desde el tercer nivel al sexto se despliegan siete metros de estratigrafía compuestos de grava, bloques de roca y arcilla. Humanos y carnívoros devoraban sus presas allí. Una pared de roca divide la parte baja del relleno.

En el séptimo nivel se marca el cambio de la polaridad magnética. Establece la frontera entre el Pleistoceno inferior y el medio. Cuando se formó corría el agua por la Dolina. El nivel octavo data de hace 600 000 años. Mide tres metros. Está compuesto de grava y bloques con escasa arcilla. El nivel noveno es fino y está formado de arcilla y guano de murciélago. En el décimo la cueva se abre como una gran tarta. En el undécimo nivel, la Dolina queda rellena.

Desde la explanada de la Trinchera, la excavación es invisible. Solo se ve una gran pared de roca y el borde del talud bajo el cielo azul. El equipo excava en el antiguo techo de la cueva.

Cueva Mayor está cerrada y precintada como escenario de un crimen. En Atapuerca se ha decretado una semana de luto y se ha interrumpido el trabajo.

—Hola.

—Buenas tardes.

—¿Qué tal está? —pregunta Aduriz.

—Se puede imaginar —dice Jesús.

—Sentimos mucho su pérdida. Le damos nuestro pésame —dice Aduriz con cortesía.

—¿Le puedo hacer unas preguntas? —inquiere la inspectora Baeza.

—Sí.

—¿Dónde estuvo desde las dos de la tarde el martes 15 de junio? —pregunta Luisa.

A las dos de la tarde fue la última vez que vieron a Miriam. La adolescente comía bajo la gran carpa blanca de Atapuerca, una cantina improvisada donde almuerza el equipo de paleontólogos, botánicos, biólogos, geólogos, paleoantropólogos. De repente, Miriam se levantó de la mesa y desapareció camino de su muerte, camino del mar de negrura, de dolor y violencia que la esperaba.

—Comí en Atapuerca. Y luego fui al laboratorio. Estamos reconstruyendo un nuevo cráneo que hemos encontrado en la Sima. Es un verdadero puzle —contesta Jesús.

—¿Alguien le vio en el laboratorio? —pregunta Aduriz.

—Mi ayudante. Antonio López.

Sinaloa ya había hablado con Antonio para que le diera una coartada. Él había dicho que sí. Siempre decía que sí a todo.

—Como le he dicho, intentamos pegar varias piezas del puzle del cráneo del neandertal primitivo que encontramos la campaña pasada —contesta Sinaloa.

Ah, Jesús ya no decía que era un Homo heidelberguensis, piensa Luisa.

—¿Hasta qué hora estuvo allí?

—Hasta las ocho.

—¿Y luego qué hizo?

—Un momento. ¿Soy sospechoso?

—No se le acusa de nada, señor Sinaloa. Solo son unas preguntas.

—Está bien. Disculpe. Estoy pasando muy mal momento —dice. Luisa se fija en que le tiembla el párpado izquierdo por la tensión nerviosa.

—¿Qué relación tenía usted con su sobrina?

Jesús Sinaloa se quiebra. Sus ojos se humedecen y su cara se contrae de dolor.

—La quería mucho. Era la niña de mis ojos.

—¿Y sabe si Miriam tenía algún problema en casa o en el instituto?

—Un novio que no les gustaba a sus padres. Es lo único que sé.

—¿Cómo se llama?

—Marco.

—¿Es alumno del instituto?

—Sí, un compañero de clase.

—¿Por qué no les gustaba a sus padres?

—Trapicheaba con drogas, llevaba a Miriam por mal camino. Era un bala.

—¿Marco estuvo en la visita a Atapuerca?

—No le vi.

—¿Quién tiene las llaves de Portalón? —pregunta Luisa.

—Max, Rafael, Antonio López y yo. Y Andrea.

—¿Es el único acceso a Cueva Mayor?

—Sí.

—¿Quién sabía que los chicos iban a visitar el yacimiento?

—La profesora de Biología, sus padres, yo, el director del instituto, seguridad. Y otros profesores, me imagino. Los alumnos celebraban la semana de la ciencia.

Se remansa un silencio incómodo.

—¿Me puedo marchar ya? Mariano cerrará tras irse ustedes.

—Una última pregunta.

—¿Sí?

—¿Quién tiene acceso a las herramientas que utilizáis en Atapuerca?

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