Ilustra la novela "Los crímenes de Atapuerca". El secreto más escalofriante de Atapuerca

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El secreto más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como sucede en las mejores novelas negras.

Capítulo 31

2 de junio de 2019. 14 días antes del asesinato. Atapuerca

Los guardias civiles nos guiaron a Andrea, Sebastián, Helena, Manu, Norberto y a mí con los haces de luz de sus linternas por una Trinchera del Ferrocarril silenciosa y extraña, como si perteneciese al planeta Venus. Me maravillé ante ese paisaje magnético que era Atapuerca. Una sensación de reverencia extática me inundó ante todos los tesoros y secretos que contenía en su interior. Sentí su aliento sobrenatural. Estaba en el escenario de un millón de años de evolución humana. No hay un lugar en el mundo como este. Max tiene razón. Es especial.

Andrea, Sebastián, Helena, Manu y yo seguimos a los agentes arrastrando los pies como una procesión triste a lo largo del tubo horizontal de la Trinchera. Norberto cerraba la cuerda de presos, satisfecho en su papel custodio.

En la explanada, ya fuera del yacimiento, Andrea cerró el gran portalón de hierro colado negro con su llave.

Delante de los dos agentes de la Guardia Civil, Norberto alargó la mano y le pidió las llaves de Atapuerca a Andrea. Ella se las entregó con un gesto taciturno y orgulloso. Yo sabía que a Andrea le daba igual porque tenía más copias en casa. Todos lo sabíamos, incluido Norberto, pero participamos en esa charada porque queríamos irnos a casa.

El guardia más alto miró a Norberto. Por un segundo pareció avergonzarse de él. Se dio la vuelta rápido y se dirigió a su coche, donde ya le esperaba su compañero sentado en el asiento del copiloto.

En silencio, Andrea, Helena, Sebastián, Manu y yo, muy juntos, como niños silenciosos y cansados que regresan de un campamento agotador, nos subimos al Land Rover de Max, viejo y hecho polvo. Sebastián se sentó en el asiento del conductor, Manu a su lado, como solía tener costumbre, y Andrea, Helena y yo detrás, sentadas sobre el asiento de cuero granate rajado donde salía una espuma anaranjada como grasa subcutánea.

Sebastián extrajo las llaves del bolsillo derecho de sus Levi’s, arrancó mientras hacía un gesto desvaído de despedida a los agentes. Nadie se despidió de Norberto, que se quedó como un fantasma junto a su coche, un Ford Fiesta rojo. Yo me avergoncé de mis pantalones empapados, me emparanoié por si olía a orina, pero si olía, a Andrea no le importó porque me pasó un brazo por los hombros y se juntó más a mí, cariñosa. Yo sostuve la respiración. Estaba decidiendo si la dejaba o no. «Escucha, Andrea, esto se ha acabado. Nuestra relación… No podemos seguir juntas. Yo tengo una vida en Madrid». Era por despecho, por desengaño, las razones por las que mantenía ese diálogo interior del que Andrea nada sabía. German me besaba y me tumbaba en la cama. Ya era demasiado tarde. Lo hecho hecho está. Aun así, el tormento de la mala conciencia trabajó, lento, en mi corazón.

Andrea me acariciaba detrás de las orejas, en el cuello, sin importar que estuviera Helena, que Sebastián nos viera por el espejo retrovisor, me besó, su lengua de terciopelo chocó contra mis dientes, se mezcló con mi lengua, me penetró. Me excité. Nos seguimos besando buena parte del camino a casa. El corazón me dio un vuelco. La emoción se removió en mi bajo vientre.

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En cuanto llegara a casa me daría una ducha, pondría lavadora, qué hambre, mi estómago me daba tirones de hambre. Sin embargo, con cada vibración del Land Rover que devoraba metros de carretera, mi entrepierna se estremecía de deseo por Andrea, mi ansia crecía y crecía, y sentía una ansiedad como la de los heroinómanos por su dosis. Quería llegar a casa ya. Quería quedarme a solas con Andrea y hacerle el amor lenta, suavemente. Los propósitos de dejarla se desvanecieron. Yo cambié de humor. La amargura del desengaño que me había provocado el hecho de que Andrea se hubiera olvidado de mí cuando estaba dentro del túnel se esfumó.

El Land Rover traqueteó por la recta que conducía a la Nacional. Luego Sebastián enfiló hacia el pueblo de Ibeas de Juarros, nos desviamos por el monte antes de llegar al pueblo, cogimos una carretera secundaria para aproximarnos al pueblo de Atapuerca, donde en lo alto de una colina estaba nuestra casa.

Al subir la cuesta, las ruedas del Land Rover chirriaron bajo la gravilla del camino sin asfaltar. Los faros perforaron, con sus haces de luz, la oscuridad.

Atisbé al fondo las casas apagadas de piedra y la espadaña del campanario de la iglesia del pueblo que hendía el cielo. Bajamos del coche, nos sumergimos en el aire algodonoso de la noche. Abrimos el portalón de la casa, aún pintado de minio, color naranja. Vi el caserón con balconadas, bañado en ese aire improvisado y caótico tan propio de Max Rey. Había prestado el chalet a su hija después de que la gente le hiciera la vida imposible en la residencia Gil de Siloé. Andrea nos había invitado a Sebastián, Manu, Helena y a mí a pasar lo que quedaba de verano, una experiencia fascinante, como vivir un verano sin padres a los quince años, una segunda adolescencia en una Arcadia soñada.

Entramos en la cocina y dimos la luz, exhaustos y presos de un hambre voraz. Sebastián salió al porche para coger unas cuñas de leña, luego entró y se dirigió al salón, que estaba frío, destemplado. Una evanescente humedad gravitaba en el aire. Se acercó a la chimenea y con la escobilla y el recogedor limpió la capa de ceniza que cubría la superficie de piedra, rascó y frotó. Yo aproveché para meterme en el baño y quitarme mi ropa mojada, tiritando, presa de un tembleque imposible de contener. La fiebre me subía y a la vez tenía un frío escalofriante. Me metí en la bañera donde tantos baños me había dado ese verano con Andrea mientras nos acariciábamos y besábamos. Oh, ese verano de vino y rosas. Todos los seres humanos deberían vivir un verano como el nuestro una vez en la vida antes de hacerse mayores, tener trabajos, cargarse de niños, antes de olvidarse de cómo eran en su adolescencia, antes de dejar atrás sus sueños y morir.


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El secreto más estremecedor de Atapuerca.

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