Ilustra la novela Los crimenes de atapuerca

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El secreto mejor enterrado de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 34

La inspectora Baeza y el subinspector Aduriz interrogan a Max en su despacho del Gil de Siloé. Max se alegra de ver a la inspectora. Le cuenta temas banales, con un aire cálido, como si Luisa fuera una hija para él.

—¿Por qué autorizaste a que pasara esa furgoneta a Atapuerca, Max?

Luisa entrega la autorización especial firmada por Max permitiendo que pasara el vehículo que llevaba un cargamento de cerveza al yacimiento. Max la lee bajo sus gafas.

Max se confiesa avergonzado y dice que no pensaba decirlo.

—Esto es una investigación de asesinato, es algo muy serio, Max, han matado a una chica de dieciséis años.

Max mira al suelo, suspira y por fin confiesa la verdad.

—Humberto Toribio, un albañil de la sierra que trabajó en la construcción de mi casa, me pidió que metiera a su hija en Atapuerca y lo hice. Me debía un favor. Y me llamó para decirme que me regalaba un cargamento de cerveza para celebrarlo con los chicos —dice—. Fue él quien entró.

Max levanta la mano para parar a Luisa con lo que va a decir.

Ilustra la novela Los crimenes de atapuerca

—Lo sé, hice mal. Yo había dejado el alcohol. Vicky murió y yo lo prohibí en Atapuerca. Pero hemos tenido mucha presión este año. Creí que nos merecíamos un respiro.

Max se encoge de hombros como diciendo: «¿Qué quieres que te diga?».

—¿Dónde estuviste esta tarde, Max?

—En mi despacho, como siempre.

—¿Hay testigos?

—No.

—¿Y por la noche?

—Estuve cenando con Rafael en el Aranda.

El asador Aranda en Burgos era donde comía el equipo de Atapuerca cuando tenía algo que celebrar. Pero este año había muy poco que celebrar.

—¿Conocías a Miriam?

—De vista. Era la sobrina de Jesús.

—¿Nada más?

—Nada más.

—¿La viste esa mañana cuando vino a Atapuerca con su clase?

—Sí.

—¿Viste a alguien extraño esa mañana en el yacimiento?, ¿alguien desconocido?

—Siempre hay desconocidos en Atapuerca.

—Tú ya me entiendes, Max.

—No. No vi a nadie.

El BMW azul cobalto de Luisa atraviesa la carretera que lleva de Burgos a Atapuerca. A los quince minutos de salir de la ciudad, emerge la planicie de los campos de cereal. Aduriz se imagina los tigres dientes de sable, los elefantes, los leones y osos gigantes conviviendo en ese hábitat con los homínidos que fueron sus antepasados. Se estremece con una sensación de placer. Sonríe, ausente, mientras el cielo azul hiriente pasa a cámara rápida por la ventanilla. De pronto se siente tan vivo que quiere gritar.

—¿Has comprobado la matrícula? —pregunta Luisa a Aduriz.

—Sí, es de Humberto.

En el asiento trasero del BMW Lucía toma notas. Luisa mira por el retrovisor a su becaria y frunce el ceño.

—No hables, ni opines, ni hagas nada —le dice Luisa a la becaria.

—Ni respires —añade Aduriz mientras guiña un ojo a Lucía.

La chica sonríe y esconde su miedo.

Llegan a la granja mísera y desangelada de Humberto Toribio, que los recibe malhumorado.

—Ahora venís —les abronca Humberto—, hace meses que espero que echéis a esos cabrones okupas de mi casa.

Humberto tiene otro viejo caserón en Ibeas de Juarros, un pueblo al lado del yacimiento, que unos chicos han ocupado.

—¿Qué hiciste el martes 15 de junio? —pregunta Miguel Ángel Aduriz a Humberto.

—Pues en el tajo, currando como siempre.

Lucía se aleja de ellos. Va a curiosear por la parte de atrás de la granja. Abre la puerta del establo. Estalla. Una fuerte deflagración. Polvo, ruido, metralla. Lucía sale volando.

Luisa, la cara blanca por el polvo y una herida en la frente, atiende a Lucía, que se desangra en el suelo. Miguel Ángel llama por el móvil al 112 y pide una ambulancia.

Ilustra a la escritora Nuria Verde

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El secreto mejor enterrado de Atapuerca

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