ilustra los crimenes de atapuerca. El alucinante secreto de Atapuerca

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El alucinante secreto de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 42

Luisa Baeza y Miguel Ángel Aduriz se dirigen en el BMW azul cobalto a Atapuerca. A Luisa no le resulta fácil lo que va a hacer y siente esa antigua presión en el pecho. Max Rey siempre ha sido un padre para ella, la acogió aquel verano terrible y la puso a trabajar en su equipo. Pero hay que hacer lo que hay que hacer.

Mientras conduce flanqueada por trigales y campos de avena, Luisa vuelve al 8 de julio de 1994, un día mítico. Andrea, con diez años, descubrió al Homo antecessor. Ella estaba sentada en las tablas de la Dolina dibujando cráneos de un neandertal —Max le había dejado un libro de Historia de la evolución humana— junto a Sebastián, que martilleaba con la maza y el cincel en su cuadrícula bajo la canícula, llevaba un pañuelo rojo atado en la cabeza que aleteaba bajo el viento. Retumbaban los ecos metálicos de una decena de personas haciendo lo mismo.

Cuadrícula H16. Diez metros de profundidad. Sondeo al TD6. Andrea, con diez años, le ha pedido a Max excavar dentro de la brecha. Max ha dicho que sí haciendo uno de sus saludos al sol de excéntrico impenitente. La niña tiene afición, le consume el mismo ardor que le consumía a él de niño cuando entraba, con su abuela, en las cuevas del Pirineo en busca de fósiles.

Dentro del hueco de ascensor, Andrea da un golpe de destornillador a la pared, cae un terrón de sedimento del que emergen dos dientes. Cuando sube a la superficie, la niña se ahoga de emoción. Palpitaciones salvajes en el pecho como si tuviera dos corazones. La boca se le seca. Contiene la respiración. La gente se aproxima para ver los dientes, hay un griterío enloquecedor, toneladas de emoción crispan el ambiente. Alaridos roncos se propagan por el antiguo techo de la Gran Dolina.

—¿Dónde está Max?

—Abajo.

—Max, Max, sube, sube, rápido, Max.

Un premonición violenta y luminosa se levanta dentro de Max. Se acerca a los límites de la realidad de su deseo. El tiempo se acelera y lo empuja hacia el lugar en el que ha soñado estar durante dieciséis años de espera, dieciséis años de excavación estéril en la Dolina.

Sube las escaleras en zigzag del gran andamio con la cabeza volada, alelado, intoxicado por la emoción. Se siente liviano y feliz, como si acabara de nacer. Atraviesa el umbral donde se acumulan los escombros con el corazón en la boca. Un pavor frío le atenaza el estómago. ¿Es posible?

Andrea avanza con la mano abierta y los dientes rodeados de sedimento. El tiempo se para. La mañana zumba perezosa. El sol cae a plomo. Los mochuelos y las grajillas gorjean por encima de sus cabezas. Al fondo, cerros y majuelos quietos en atónita reverencia.

Max siente que se ahoga mientras examina los dientes. En sus manitas, Andrea lleva un incisivo.

«Es de oso», piensa con la cabeza agotada.

Pero Andrea abre la mano izquierda. Un premolar.

El corazón le bombea descontrolado, enloquecido.

—¡Es humano, es humano! —grita Max con una alegría brutal.

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Latidos violentos. Max mira febril, con orgullo y embeleso, a su hija como si estuviera actuando en la función de Navidad del colegio.

Max coge la mano a Luisa, que también tiene diez años. Le tiembla todo el cuerpo mientras la mira con ojos afiebrados.

—¿Y Rafael?, ¿dónde está Rafael?

Niego con la cabeza.

—Ve con él, anda —dice Sebastián a Luisa.

Obedece, halagada por la proposición. Max y Luisa bajan como fantasmas enajenados, alobados, las escaleras metálicas y los tablones del andamio que forman una espiral triangular. El descenso hasta el suelo se hace eterno. Luisa tiene miedo de que Max se precipite al vacío. La niña está al borde del desmayo. Le entra un vértigo mortal mientras siente la mano callosa y grande de Max, con su muñequera verde de jugar al tenis, en su manita.

Se visualiza cayendo al vacío y rompiéndose el cuello.

Cuando Luisa pone los pies en el suelo, siente el alivio de una náufraga al pisar tierra firme. Su silenciosa desesperación se esfuma. De repente, ya sabe lo que quiere hacer el resto de su vida. Quiere estudiar lo que ha estudiado Max, quiere llevar la vida que lleva Max, quiere venir cada verano a excavar a Atapuerca como hace Max, quiere sentir lo que siente Max, quiere ilusionarse y ser tan libre como Max. Un escalofrío de emoción la sobrecoge. Satori.

Max y Luisa corren por la Trinchera buscando a Rafael, que no está ni en la Galería ni en la Cueva de Los Zarpazos. Una figura desdibujada hace fotos frente a la Sima del Elefante. Es Rafa.

Max, jadeante, lo abraza y se convulsiona entre sus brazos.

—¿Qué pasa, Max?, ¿estás bien?

—Nunca he estado mejor.

—¿Qué?

—Andrea ha encontrado unos dientes en el TD6 —dice con voz ahogada, afónica.

La cara de Rafael Espejo se anima con una luz bestial, como si alguien le hubiera encendido una linterna en su interior. Sus ojos refulgen con una excitación juguetona. Toca a ciegas, con las yemas de los dedos, los contornos evanescentes del sueño.

Los tres corren por el desfiladero de la Trinchera de vuelta a la Dolina, por donde se desliza una brisa fresca que les seca el sudor de la cara. Un silencio callado.

Desde el suelo, Luisa oye una algarabía que proviene del techo de la Dolina. Una confusa y animada algazara.

—¡Rafa, sube, sube! ¡Mira esto!

La gente se asoma por el andamio y espera a Rafael Espejo, experto en dentición humana, como si fuera el Mesías. Rafael, Max y Luisa vuelven a ascender por los tablones, a subir la escalera de metal del gigantesco andamio clavado en la pared de la Dolina.

Andrea ha metido el terrón de sedimento en una bolsa de plástico de pruebas. Se acerca ahora, tímida y temblorosa, como si le llevara una ofrenda a Jesucristo. No está acostumbrada a ser el foco de atención, pero le parece delicioso. Siente el calor de las miradas exultantes del equipo en su piel.

Todo el mundo ha dejado las mazas, martillos, cinceles, destornilladores sobre las tablas polvorientas. Gravita un silencio de otro mundo.

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—¡Es humano, humano! —grita Rafael Espejo al examinar la bolsa.

Sus palabras roncas, que condensan las expectativas de toda una vida, reverberan en la Trinchera cretácica. Su eco de fondo permanece. Humano. Humano. Humano.

Acaban de descubrir los homínidos más antiguos de Europa. 800 000 años de antigüedad. La hipótesis de Thijs van Kolfschoten, apoyada por muchos paleoantropólogos del norte de Europa, que afirmaba que los humanos poblaban Europa solo desde hacía 500 000 años, salta por los aires.

Andrea y Luisa tienen la misma edad. Solo que a Luisa le ha tocado el lado malo de la vida y a Andrea el bueno. Ahora siente una envidia corrosiva y atroz mientras contempla cómo a Andrea la suben en hombros y la elevan en brazos Sebastián y Max.

Los ganadores se conocen desde la línea de salida de una carrera.

Cuando Luisa y Aduriz suben la loma hacia la Dolina, Max ya les está esperando. Tiene el labio reventado y sangra. Está sentado en una silla de plástico en la tarima del altozano. Andrea le aprieta la herida que tiene en la cara con una gasa.

Max sabe que le van a detener. Aduriz se acerca a él, le coge el brazo y le pone las esposas.

—Queda usted detenido. Se le acusa del asesinato de Miriam Sinaloa.

Toda la gente de su equipo para de martillear en sus destornilladores, que levantan terrones de sedimento. En medio de un silencio violento todos miran la escena.

—No creerás que yo lo he hecho, hija mía —susurra Max Rey a Luisa Baeza al oído. Baeza, emocionada, le coge del brazo y le conduce colina abajo hasta la explanada que desemboca en la Trinchera del Ferrocarril.

Andrea cruza la mirada con su padre. Andrea le sigue sin dejar de sostenerle la mirada en ningún momento. Por fin corre hacia él y le abraza. Luisa Baeza intenta apartarla. Forcejean. Andrea empuja a Luisa, que cae al suelo. Aduriz agarra e inmoviliza a Andrea.

Max le grita que suelte a su hija. Desde el suelo, mientras muerde el polvo con Aduriz bloqueándola encima, Andrea le dice a su padre: «Yo te creo».

—Vete a casa. Estoy bien —susurra Max.

Luisa mete a Max en su coche y arranca. Mientras conduce a Burgos, Luisa, desolada, y Max Rey, cubierto por un sudario de vergüenza, se retan en un duelo de miradas a través del espejo retrovisor.

Ilustra a Nuria Verde, escritora

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