Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 30

Una chaise longue color salmón, un cuadro de Juan Gris, un grabado con un hombre sentado sobre una viga, con las piernas colgando. La pared forrada de madera de roble, la gran mesa de teca con un billar por debajo, la lámpara de araña que colgaba del techo. El perfecto salón de una familia burguesa. Aire a respetabilidad y dinero. Las fotos de Miriam y Lucas sobre la amplia mesa de teca. Miriam, con cuatro años, con pantalones de cuadros y peto jugando en un arenero, con un cubo rojo volcado sobre la tierra. Lucas superrubio sorteando las olas en la playa de Rota.

Jesús y Carla hablan sentados al lado de la terraza. Al fondo se ve la sierra de Atapuerca.

—La última cosa que hice fue meterme con ella, regañarla por ese novio cabrón que se había echado. Le dije que era una irresponsable, una tonta por tomar drogas y echar su vida a la basura. Tuvimos una bronca horrible. Ahora me arrepiento tanto —susurra Carla, mortificada.

Jesús reacciona como si fuera una gigantesca neurona espejo. Se estremece. El dolor de Carla es su propio dolor.

—Ella sabía que la querías —dice mientras le acaricia su mano.

—¿Estás seguro?

Jesús se queda en silencio.

—Sí.

Quiere a esa mujer, aun ahora, destruida, hecha un bulto tembloroso que le mira con pupilas desesperadas. Sí, incluso ahora, cuando ya no queda nada de lo que ella fue. Pero es imposible. No pueden construir nada juntos. Después del asesinato de Miriam, imposible. Si tenían una posibilidad como pareja —por remota que fuera—, la han perdido con la muerte de la hija de Carla. Uno no sobrevive a una cosa así. Uno no ama igual después de una cosa así.

Atapuerca ya no le bastaba

Por cruel y mezquino que se sintiera, él era una mierda, ahora lo sabía, experimentaba celos de su hermano Quique. Ahora Quique estaba más cerca de Carla que antes de la muerte de Miriam. Hay parejas que se separan porque no pueden superar la muerte de un hijo y hay otras que se unen más. Quique y Carla eran de las últimas. «¿Se puede ser más miserable?», pensó Jesús.

—Y yo tenía que haber estado allí —dice Jesús con voz ahogada.

—En vez de conmigo en un hotel.

Jesús se arrodilló ante Carla. La abrazó por la cintura mientras ella le miraba con ojos eviscerados por el dolor. Antes estaba abierta. Ahora está cerrada. Antes estaba viva. Ahora está muerta.

—No pienses más, amor mío. O nos volveremos locos, cariño.

—No puedo dejar de pensarlo, Jesús. No puedo dejar de darle vueltas.

—¿Qué vamos a hacer?

Quique abrió la puerta de su casa. Sorprendió a su hermano abrazando a su mujer como si fuera La Pietá de Miguel Ángel. Si hubiera tenido una pistola, le habría pegado un tiro en ese mismo momento.

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Puedes encontrar la novela “Los crímenes de Atapuerca” aquí.

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