Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 44

Hace seis meses. Madrid

El destino nos unió a Andrea y a mí. En esa clase oscura y melancólica de la Facultad de Historia, Universidad Complutense, llena de estudiantes abatidos por el pesimismo propio de la juventud, que rumiaban su negro futuro laboral mientras envidiaban el presente espléndido de Andrea Rey, le pedí a Dios que me uniera a ella. Se lo pedí con toda mi alma. Si me volvía a encontrar con ella, sería una señal. Una señal. Esperé. Confié.

Pensé en Andrea. La reviví una y otra vez en mi cabeza, hablábamos, hacíamos al amor, éramos una pareja alegre y feliz, justo al contrario de mi desastrosa experiencia amorosa en la vida real, yo inconsciente por la borrachera, Esteban penetrándome, haciéndome daño. Yo no quería. Pero estaba próxima a caer inconsciente.

En los confines de mi cerebro, Andrea irradiaba una luz fascinante, un resplandor enigmático que borraba el dolor de mi vida.

Después de la catástrofe con Esteban —que todavía me dolía como si me hubiera clavado una estaca en mi corazón porque la primera vez que había hecho el amor la había sentido como una violación—, yo solía pasarme los fines de semana viendo la tele en casa o yendo al cine, mi gran pasión, donde durante dos horas ponía en suspenso los problemas que asediaban mi vida.

La noche del sábado en la que volví a encontrarme con Andrea, me sonó el móvil. Era Antón, mi mejor amigo. Dudé entre cogerlo o no. Cuando me angustiaba, solía encerrarme en mí misma. Cogí el móvil. La soledad empezaba a pesarme demasiado.

—¿Qué haces? —me preguntó Antón.

Se hizo un pequeño silencio. Me esforcé por encontrar algo interesante que contar, pero mi mente no halló nada. Llevaba una vida tediosa y vacía. Estaba viendo la tele en mi diminuto apartamento de once metros cuadrados de la calle Canarias.

—No, mejor no me lo cuentes o me cortaré las venas —dijo—. Voy a adivinarlo: te has hecho palomitas del microondas de Mercadona y estás viendo en el Movistar Brokeback Mountain.

Acababan de estrenar la película en abierto en Movistar+.

—No. Las palomitas me las he hecho yo. Y sí. ¿No es la mejor película? —contesté yo mientras buscaba el mando para darle a la pausa.

—Que digas eso de una película de dos vaqueros maricas me preocupa. Pero más me preocupa esa vida de topo que llevas, Lara. Sal conmigo. Voy a ir al No Se Lo Digas A Nadie. Habrá chicas guapas.

—No. No me apetece. Ya me he puesto el pijama.

—Son las siete de la tarde, Lara. ¿Cómo has podido ponerte ya el pijama de rayas? Eres lo peor.

—Gracias. Yo también te quiero.

Antón recurrió a la técnica del chantaje emocional que sabía que me hacía mella.

—Venga, cari, ¿hace cuánto que no nos vemos, Lara? Te podrías haber puesto bótox y haber cambiado de cara como Nicole Kidman y yo verte y no reconocerte. Te podrías haber cambiado el estilismo y llevar un modelito de Alexander McQueen.

—Sigo yendo con camisas de cuadros y vaqueros —le atajé.

—Eres muy deprimente, cari. ¿Lo sabes?

—Lo sé.

—Vamos a cenar al japotalego. Y luego vamos al No Se Lo Digas A Nadie y nos emborrachamos y olvidamos las penas.

—No sé.

—Señorita Scarlatta, señorita Scarlatta —imitó Antón el acento negro sureño de la Mami de Lo que el viento se llevó—. No puede comer nada, ¿me oye?

—Aprieta más, Mami —me reí.

Había visto Lo que el viento se llevó mil millones de veces. Solía ver la película los domingos por la tarde con mi abuela y mi hermana. La parábamos cuando la hija de Rhett y Scarlatta se caía al saltar con su caballo. Mi hermana y yo nos partíamos de risa.

—¿Qué penas tienes tú? —pregunté.

—Pablo me ha dicho que soy demasiado viejo para él y que no nos ve juntos dentro de diez años. Tremendo. Vuelvo a estar en la carretera, cari.

—Lo siento.

—Yo no. Estoy mejor sin él. La pareja está sobrevalorada. ¿Entonces nos vemos en el japotalego a las nueve?

El japotalego era el Mushashi, un restaurante japonés que estaba en la calle Las Conchas, cerca de Callao, cuyo agedashi tofu y tofu frito nos volvía locos a Antón y a mí. Una vez pedimos los dos platos y la camarera china —nadie era japonés en el japotalego— nos dijo:

—Bueno tofu, ¿eh?

Antón y yo nos quedamos cortados y luego nos reímos un montón imitando a la camarera china.

—Bueno tofu, ¿eh?

—Después pensaba ver Veredicto final, la acaban de poner en abierto —dije mientras echaba una mirada desolada por el patio de los vecinos donde reverberaba la lluvia, el aburrimiento, las discusiones familiares y las voces de teles encendidas como la mía.

—¿Cuántas veces la has visto?

—Dieciséis.

—Te puedes ahorrar la Diecisiete. Yo te cuento el final. Paul Newman no le coge el teléfono a Charlotte Rampling.

—¿Viene María José?

María José era un amigo trans de Antón muy gracioso que había pasado de chica a chico.

—No lo llames así o te fusilará al amanecer. Es Raúl.

—Pero no tiene rabo.

—Sí, pero él no lo sabe. No le quites la ilusión. Y mucho mejor que no lo tenga. Hay demasiados rabos en este mundo, créeme, y están sobrevalorados, como las estrellas Michelín y las opiniones de Amazon. Lo sé porque me he comido unos cuantos sobrevaloradísimos.

—No me des envidia con tu vida sexual. Yo hace mucho tiempo que no me como una rosca.

—Porque no quieres, cari.

—Es verdad.

—Te pides un cabifull y nos vemos en el japotalego a las nueve.

Iba a decirle que no, pero Antón colgó antes de que pudiera articular palabra. Qué pereza me daba salir de casa. Pensé en mil excusas y en mi mente escribí decenas de wasap a Antón para no quedar. «Pero una vez que estés allí todo será mejor, Lara», me dijo una voz en la cabeza. Quizás tuviera razón.

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