“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 45

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 45

2 de junio de 2019. 14 días antes del asesinato. Atapuerca

Tras acabar de cenar, estaba agotada, pero me puse a fregar. Era una forma de sentirme útil en casa, yo, que tan inútil me sentía en Atapuerca. Me dolían mucho las piernas, pero me alivió sentir el agua jabonosa caliente bajo mis manos. Fregué con el estropajo verde los platos blancos con delicadas estrías que Max había comprado en La Oca y los coloqué, uno por uno, en el escurridor. Llevaba los cascos y escuchaba en mi MP3 la canción Shallow de Lady Gaga y Bradley Cooper, que me parecía muy romántica y me recordaba a Andrea y a mí, solo que mi talento estaba aún por descubrir.

Tell me something, girl. Are you happy in this modern world? Or you need more…

«Sí, necesito más», pensé.

No oí a Andrea entrar en la cocina, tan concentrada estaba en fregar bajo la cúpula protectora de la música. Me dio un vuelco el corazón. Sentí cómo ella me abrazaba por detrás y me besaba la nuca. Me estremecí. Se me puso la carne de gallina.

—Ya lo harás mañana.

Sonreí. Y bajé la barbilla.

—No.

Tell me something, girl —cantó muy bajito Andrea—. Arent you tired trying to fill that void?

Me estremecí. Yo luchaba por llenar ese vacío, pero era como echar agua al mar. Era imposible. Y aun así no dejaba de buscar cosas con la que tapar ese agujero negro, hueco, que llevaba dentro de mí. Sexo, alcohol, drogas, comida, amor. Pero el dolor no desaparecía.

Or do you need more? Aint hard trying to keep so hardcore?

Andrea tenía una voz ronca, profunda, una voz que prometía altas cumbres de placer. Estuve a punto de desmayarme.

Vale, ya me podía morir.

—Qué guapa eres —dijo.

Puso las manos en mi cintura de tal manera que me sedujo para volverme hacia ella. Me miró. Me sonrió. La miré. Le sonreí. Por momentos como ese yo seguía con ella. Me unía a Andrea un cordón umbilical de amor atávico, primitivo, que no se expresaba con palabras, pero que me daba emociones intensas y una ilusión por vivir que creía haber perdido.

Me besó. Me mordió el labio inferior. Sentí una corriente de felicidad zumbando en mi espina dorsal. La besé. El corazón me latió muy deprisa.

—¿Quieres que continuemos con las clases de Prehistoria?

Jugábamos a eso.

—No me quedan claras un montón de cosas, las técnicas de excavación…

—Yo te las explicaré. Excavaremos juntas en tu sima.

—Ja, ja, ja. Muy graciosa —dije.

Andrea me cogió de la mano y tiró de mí hacia nuestra habitación. Yo temblaba de pies a cabeza. No me acostumbraba a ser tan feliz. Temía perder mi felicidad al instante siguiente. Momentos como ese me parecían un milagro.

Recorrimos el pasillo oscuro, fresco, con las ventanas abiertas. A la izquierda estaba nuestra habitación, escritorio del siglo xix, chimenea barroca, muebles victorianos, techos altos, muros estucados, el póster enmarcado de la obra Anthony and Cleopatra, interpretada por Glenda Jackson en el teatro Old Vic, la cama cubierta por una colcha color limón pálido.

Andrea me besó.

—Ponte cómoda —dijo.

—Tú también.

Nos abrazamos desnudas en la cama. Yo temblaba tan fuerte por la vulnerabilidad que me daba amarla de esa manera tan entregada que tuve miedo de que ella se diera cuenta de mis nervios. El pecho se me llenó de emoción y alegría por estar allí con ella.

—Te quiero con todo mi corazón y mi alma —me susurró en mi nuca. Yo la abracé tan fuerte que no quedó un milímetro de separación. Le besé los pechos, que eran duros como manzanas, y me entretuve en sus pezones, que se pusieron inhiestos bajo mi lengua ávida. Luego bajé hacia su intimidad. La lamí, rápida, como una gata. Ella arqueó el cuerpo y echó la cabeza hacia atrás.

Era increíble esa sensación de estar fuera del mundo, entre sus piernas, protegida de toda la ignominia y maldad de la gente, solo ella y yo, juntas en una sola sensación de intimidad, un sentimiento que yo no alcanzaba a comprender, pero atesoraba cada vez que lo sentía.

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