El crimen más horrible de Atapuerca

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más horrible de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 49

Durante el segundo interrogatorio que hacen la inspectora Baeza y el subinspector Aduriz a Max Rey, este no borra su sonrisa desafiante. Max tiene ojos como brasas negras incandescentes, cara enflaquecida. El cáncer le ha hecho sufrir. Tiene esa mirada extraña de quien ha estado a punto de pasar al otro lado de la laguna Estigia.

—¿Qué relación tiene usted con Jesús Sinaloa? —pregunta Aduriz.

—Nos odiamos cordialmente. Pero no lo suficiente como para matar a su sobrina.

Aduriz tiene la inquietante sensación de que Max está jugando con él. Respira hondo. La ira le hierve en la sangre. Le sorprende la aversión que siente hacia ese hombre. Experimenta el violento impulso de levantarse de la mesa, acercarse a Max y quitarle esa sonrisa burlona de un manotazo. «Ten más respeto, imbécil». Max es un manipulador. Él no le ve el carisma por ningún lado. Le parece un tarado.

—¿Por qué se lleva tan mal con él?

—Eso se lo dejo a mis biógrafos.

—Esto es muy serio. Es una investigación por asesinato.

—¿De qué se me acusa? —pregunta Max.

—Del asesinato de Miriam Sinaloa —dice Luisa.

Max bufa y mira al techo.

—Jesús ha sido desleal. Tiene celos de mí. Ha querido todo el poder en Atapuerca y quitarme de en medio. Pero pincha en hueso.

—¿Qué relación tenía con Miriam Sinaloa?

—Ya os lo he dicho. Estaba enamorado de ella. Un amor platónico. Yo no la maté.

Max se queda pensativo.

—¿Sabe, inspector…?

—Subinspector —corrige Aduriz.

—Ah, mejor aún —esa risita divertida, ese sonido de succión con la lengua que hace Max. Un tic irritante.

—El aumento de la energía del metabolismo que va al cerebro por el cambio de alimentación, de vegetariana a carnívora, fue clave para el desarrollo de la inteligencia. ¿Usted qué es?, ¿vegetariano o carnívoro, subinspector? —pregunta Max.

Aduriz es vegetariano, pero no se lo piensa decir a Max. Se siente desquiciado con él. Y lo peor es que Max Rey se da cuenta.

—Aquí soy yo quien hace las preguntas, señor Rey.

—Si no hubiera variabilidad genética, no habría evolución. ¿En su familia se han mezclado los genes, subinspector?

El crimen más horrible de Atapuerca

—Deje a mi familia fuera de todo esto, señor.

—Discúlpeme. Le he ofendido.

—En absoluto. El único que se ofende es usted mismo.

—¿Dónde estuviste el 15 de junio a partir de las dos de la tarde? —pregunta Luisa.

—Si me hubieras invitado a tu habitación, tendría una coartada mejor.

—Prefiero ser sospechosa de asesinato.

—No se preocupe, subinspector, no estamos saliendo. Aunque Luisa me lo ha propuesto muchas veces.

El juez Gaicano observa el interrogatorio con el comisario Ruscalleda por el espejo de Judas.

—¿Por qué me da la impresión de que Max Rey está jugando con los dos? —dice Ruscalleda.

—No es un adversario fácil. Además, odia a la policía.

—No me diga. No me había dado cuenta. ¿Pero cuando les roban los motores del Lavadero del Arlanzón a quién llaman? A la policía.

—¿Ha terminado el informe pericial, Jiménez?

José Jiménez ha hecho ya los moldes dentales de la hilera superior e inferior de la dentadura de Max Rey. Está cotejándolos con la fotografía de la mordedura de la víctima a ver si coinciden.

 —Está en ello.

—Lleva mucho tiempo en ello.

El juez Gaicano desconfía de Ruscalleda, de Jiménez, de la ministra.

—¿Cuál es el móvil? No lo tengo claro.

—La quería tanto que la mató.

—Max no es un irracional descontrolado.

—¿Lo conoces?

—De los Dominicos.

—¿Cómo era?

—Pobre, inteligente y feliz. Tenía un don para vivir.

—Qué envidia.

El juez Gaicano espera con ansia a que Jiménez termine su informe. Max quedará libre. Está seguro de que no fue él quien hizo esa mordedura.

—¿Por qué la mató? —dice Aduriz con voz irritada mientras hace un esfuerzo por dominarse.

—Vamos, subinspector, eso no está a su altura.

—Responda.

—Seguro que tú eres carnívora, ¿verdad, Luisa?

Otra vez esa sonrisa insidiosa que irradiaba superioridad intelectual, esos ojos fijos de serpiente, ese tono de voz bajo, didáctico y altivo, que a Aduriz le recuerda a Hannibal Lecter.h

—Estuve en mi habitación leyendo y bebiendo whisky de malta.

—¿Algún testigo que le viera? —pregunta Aduriz.

—No. Estuve solo.

—Creía que lo que nos había hecho superiores como especie había sido tener capacidad simbólica, crear arte y poseer un sentimiento de comunidad, tener una identidad —dijo Luisa cambiando de tercio. Conocía a Max y sus juegos con la materia de la evolución humana. Quería que él se abriese a ella. Qué viejo estaba. ¿De ese hombre se había enamorado ella a los quince años?

—Ah, alumna aventajada, señorita Baeza. Pero lo que marcó la diferencia fue el crecimiento del volumen del cerebro. Y eso ocurrió porque comimos mucha carne.

—A las tres de la tarde Jesús te vio hablando con Miriam enfrente del Portalón. No estuviste en tu despacho, Max —dijo Luisa.

—Otra mentira más del señor Sinaloa. Me tiene mucha inquina. Más de lo que su volumen cerebral puede soportar.

—¿Por qué va a mentir?

—Ah, Luisa. Cómo has crecido. Seguro que tu madre está orgullosa de ti.

—Mi madre no se entera ni aunque yo vaya a la Luna.

—Siempre supe que llegarías lejos, Luisa. Prometías. Eres muy lista. Pero ¿por qué la policía?

—¿Por qué no? —preguntó Luisa.

—Es un órgano represor y autoritario del Estado español.

—No has cambiado, Max Rey. —Sonrió Luisa.

Nuria Verde. El crimen más horrible de Atapuerca

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