Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 56

Seis meses antes. Madrid

El amor me puso en marcha. El amor me impulsó a escribir mi artículo de investigación. «No había intención funeraria en la acumulación de cadáveres dentro de la Sima de los Huesos», escribí. Los había arrastrado el agua. El río pasaba al lado de Cueva Mayor. Podía haber habido una crecida y haber empujado a los preneandertales dentro de la Sima de los Huesos.

Consulté información en Internet, leí artículos sobre geología del Pleistoceno y apuntalé la teoría de Michael Donovan, que aseguraba que los cincuenta esqueletos desenterrados en la Sima de los Huesos estaban allí por un accidente natural. Por lo tanto, la sima no era un santuario funerario. Los neandertales primitivos no habían tirado allí los cadáveres con una intencionalidad premeditada de protección y respeto por los muertos como defendía Sinaloa.

 Centré mi investigación sobre la forma equivocada en que se había hecho la datación y la identificación de los homínidos desenterrados de la Sima de los Huesos. No eran Homo heidelberguensis. Tampoco lo era la joya de la corona: el cráneo número 5.

Encerrada en mi apartamento de la calle Canarias, me puse a escribir, frenética y entusiasmada, frente a la pantalla de mi ordenador MacBook. Fuera, llovía a mares, los contornos de los edificios de enfrente se volvieron líquidos, se derritieron bajo el agua, se licuaron bajo una luz fluvial, ambarina.

Escribí que los homínidos que habitaron la Sima de los Huesos eran muy parecidos a los neandertales. Tenían dientes frontales fuertes, mandíbulas robustas y poderosas, narices hacia delante, el famoso anillo de hueso sobre los ojos, apenas mentón. Pero sus cerebros eran más pequeños que los de los neandertales porque solo poseían un volumen de 1300 centímetros cúbicos.

«Esos humanos evolucionaron en mosaico con ritmos diferentes. Sus fuertes dentaduras y mandíbulas potentes hicieron que aprovecharan la carne que comían, incluida la humana, porque hay marcas de dientes humanos en algunos de los cráneos que se han encontrado», escribí.

«La alimentación carnívora, unida al desarrollo de la tecnología y a una mejora y complejidad crecientes en las relaciones sociales, hicieron posible que aumentara la masa encefálica de esos neandertales primitivos y ganaran inteligencia», añadí.

Investigué sobre la geología en Atapuerca hacía medio millón de años, leí sobre ríos y corrientes de agua, sobre lagos, sobre la posibilidad de que una crecida hubiera inundado Cueva Mayor, profundicé sobre formas de cráneos neandertales, investigué sobre dataciones de homínidos. También decidí añadir el elemento autobiográfico, que era único y me diferenciaba del resto de los alumnos que participaban en el reto. Recordé la historia que nos había contado Michael Donovan a papá y a mí durante ese verano en Málaga, donde flotaba un ambiente festivo, vacacional, que no estaba tan enfocado hacia el logro, hacia la carrera profesional, hacia la atención absorbida en los propios asuntos como en Madrid. Escribí los diálogos que mantuvimos papá, Donovan y yo, eliminando las teorías conspirativas de mi padre acerca de quién había traicionado a Jesús Sinaloa.

A medida que el equipo que trabajaba en la Sima de los Huesos consiguió nuevos datos y pruebas, la datación de los fósiles humano varió. Jesús se desdijo. «Nunca dijimos —aseguró Sinaloa— que los restos tenían una antigüedad de más de 600 000 años, sino que su origen oscilaba entre los 400 000 y 500 000 años». No era eso lo que yo había leído en los artículos de prensa ni en la investigación publicada en Science.

En Europa a partir de los 300 000 años no hay huesos datados porque no se puede hacer. La datación se realiza por datos geológicos. Pero la cuestión era: ¿se habían interpretado mal los marcadores de la geología a la hora de datar los fósiles humanos en la Sima de los Huesos?

También estudié los artículos científicos que encontré en inglés en Internet de Päabo, el científico genético molecular que trabaja en el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig. Él había investigado un fémur extraído de la Sima de los Huesos con el objetivo de obtener el ADN más antiguo hasta la fecha.

Päabo consiguió obtener secuencias genéticas del ADN mitocondrial de Eva, la homínida a la que pertenecía el fémur, extrajo ADN que está en las mitocondrias, fuera del núcleo. Descubrió que los genes de Eva estaban conectados con los danisovanos, que vivieron en Siberia hace 50 000 años. La polémica estaba servida. ¿Cómo era posible?, ¿cómo podía estar relacionado genéticamente un grupo humano que vivió en la sierra de Burgos hace medio millón de años con otro grupo mucho más moderno que habitaba en las cuevas de Siberia hace 50 000 años?

Argumenté mi hipótesis: «El Homo heidelberguensis, cuyo origen se remonta un millón trescientos mil años atrás en África, es el tronco del que proceden tres especies humanas: neandertales, danisovanos y sapiens».

Los homínidos que emigraron a Europa hace medio millón de años crearon la especie neandertal y la danisovana. Sin embargo, la rama africana desembocaría en el Homo sapiens moderno, que llegaría a Europa hace 50 000 años, competiría con los neandertales y los vencería. Por esa razón somos la especie elegida.

Escribí que la Sima de los Huesos era un yacimiento de referencia en la evolución de la evolución de la especie humana en Europa. Que a los Homo heidelberguensis se les considera ancestros de los neandertales, pero que los homínidos de la Sima de los Huesos no eran heidelberguensis, sino una especie de padres de los neandertales.

También hablé de los hallazgos de presapiens en Irhoud, Marruecos. Argumenté que el antepasado común de losneandertalesy sapiens está en Europa y es el Homo heidelberguensis, aseguré que Sinaloa se equivocaba al pensar que el Homo heidelberguensis era el ancestro solo de los neandertales.

Cuando se descubrieron los fósiles humanos de Irhoud, Sinaloa dijo que los restos encontrados no eran sapiens, pero Donovan aseguró que sí. En mi trabajo de investigación yo le daba la razón al profesor del Museo de Ciencias Naturales de Londres y rebatía, punto por punto, la teoría científica de Jesús Sinaloa.

Por supuesto, la hipótesis científica de Michael Donovan tenía más agujeros que un queso gruyer. Los hombres de la sima tenían algunos rasgos y características que no eran propias de los neandertales, por ejemplo. Pero me las arreglé para explicar esa objeción. Eran anatomías primitivas de neandertales, el comienzo del linaje es diferente de su final, multiplicar el número de nombres no añade nada a la filogenia de la especie.

Dos semanas después, en clase se recibiría el veredicto de Andrea Rey sobre el trabajo de investigación que había resultado ganador. Yo vibraba de emoción. Si no conseguía la beca para ir a Atapuerca, no lo iba a soportar. Se avecinaba una época oscura, otro verano inane en Málaga, otro verano sin hacer nada, solo pasar las horas, acumular tiempo desilusionado, ver la tele.

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