La verdad del caso Atapuerca

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. La verdad del caso Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 55

3 de junio de 2019. Trece días antes del asesinato. Sierra de Atapuerca

—Me muero de hambre. ¿Cuándo cenamos? —preguntó Sebastián.

—Ahora mismo. ¿Nos ayudas poniendo la mesa? —contesté.

—Por supuesto, señoras —dijo Sebastián haciendo una reverencia, su cuerpo desgalichado y alto se inclinó hacia el suelo en un gesto cortés. Yo me reí.

Helena evitó mirar a Sebastián. Él pareció darse cuenta de que pasaba algo raro, pero no dijo nada.

—Soy vuestro fiel esclavo. ¿Qué llevo?

—La ensalada y la tortilla.

—Ñam, ñam. Ahora mismo.

Yo llevé las dos botellas de Alión y la bandeja con las copas al salón, donde ya llameaba un buen fuego en la chimenea. Helena se quedó sola en la cocina.

Andrea, Helena, Sebastián, Manu y yo nos sentamos frente a la mesa de caoba, unidos en un espíritu de comunidad como si fuéramos monjes franciscanos. Durante un buen rato comimos en silencio, devoramos la tortilla de trigueros, la ensalada, el pan tostado como si no hubiéramos comido en la vida. Bebimos vino.

—Ha pasado un ángel —dijo Andrea.

—Había hambre, ¿eh? —dijo Manu.

Nos reímos.

Sebastián se cortó un buen trozo de pan y se lo metió en la boca. Masticó, taciturno. Yo abrí la última botella de Alión, contenta de estar bajo techo, a punto de calentar mi estómago con un buen vino, en vez de metida en ese túnel lóbrego y siniestro donde lo había pasado tan mal. En medio del ambiente festivo, Sebastián preguntó:

—¿Quién ha sido? —Una sonrisita irónica se torció en su cara.

—¿No creerás que hemos sido alguno de nosotros? —dijo Helena.

—Bueno, alguien se ha chivado a Norberto.

—Venga ya, Sebastián. Estás de coña, ¿no? —dijo Manu.

—Yo ya no pongo la mano en el fuego por nadie.

—¿Qué ganamos si nos chivamos a Norberto? —preguntó Andrea mientras rebañaba su plato con un trozo de pan.

—Volver a excavar en la Dolina.

—Así que lo que estás diciendo es que sentado en esta mesa hay un Judas —dijo Manu.

—O una Judas —dijo Andrea. Entre ella y Sebastián se cortó la tensión con un cuchillo.

—Lo que estoy diciendo es que alguien se lo ha tenido que contar a Norberto. Porque solo lo sabíamos nosotros.

—Y Max.

La verdad del caso Atapuerca

—Pero Max no va a ser tan gilipollas como para contárselo a Norberto. ¡Son tan amigos! —dijo Manu.

—Te estás emparanoiando, Sebas.

—Bueno, aquí nos jugamos mucho.

—No volveremos a excavar en Atapuerca. Oh, joder, mi tesis, siniestro total. Mi padre me va a matar después de que ha hecho de paganini todos estos años —gimoteó Manu.

Manu estaba escribiendo desde hacía cinco años una tesis sobre metodología y criterios de restauración de restos óseos pleistocenos. El tratamiento de fósiles humanos de TD6.

—¿De verdad piensas eso, Sebas? —preguntó Helena mientras lo miraba con ojos grandes de cachorro. Sentí un golpe en mi estómago. De repente, me di cuenta de que ella le quería. No le iba a ser fácil deshacerse de su hijo. O quizás lo hacía por eso.

Sebastián no contestó. Alargó la mano para coger la botella, se la acercó a su copa, se echó un buen chorro de vino hasta rellenarla hasta la mitad. Bebió un trago y saboreó el Alión, meditabundo. Tenía los ojos turbios, como si le doliera algo por dentro.

Sebastián era el más misterioso, el más torturado de nosotros. Yo bebí también de mi copa. El vino y el haber dejado el miedo atrás me hicieron sentir contenta, ligera. Alión, un Vega Sicilia de gama baja que estaba riquísimo. Me sentía tan aliviada que no quería preocuparme por nada, ni siquiera por la acusación velada que nos estaba haciendo Sebastián de que uno de nosotros había traicionado al resto.

—¿Lo estás diciendo en serio? —dijo Andrea. Estaba pálida como un fantasma. Nunca se había llevado bien con Sebastián. Cuando él decía blanco, ella decía negro, pero ahora estaba herida por su desconfianza.

—¡Es flipante, tío! —dijo, enfadado, Manu.

—¿Quién más lo sabía? —dijo Sebastián mientras abría las manos y las subía hacia el techo como un Jesucristo que compartiera su última cena con sus discípulos.

—Max.

—Max no ha sido, tío —masculló Andrea como si masticara cristales.

Se hizo un silencio embarazoso. Se creó una pausa inquietante que ninguno se atrevió a romper.

—¿Estás segura? —le preguntó Manu.

—Segurísima.

—Pues estamos bien jodidos. Jesús Sinaloa se va a cabrear muchísimo y lo de no volver a excavar en Atapuerca no es broma —dijo Sebastián con mirada cenicienta. Parecía no haber dormido en años.

—Ay, joder, mi tesis. Me duele, tíos. Mi tesis tirada a la basura. Mi padre me va a cortar los huevos, ay, ay, ay, ay —gimió Manu, que llevaba escribiendo su tesis desde hacía cinco años, financiado por su padre, que era el dueño de una inmobiliaria en Málaga, sin acabarla nunca.

—No digas eso, Sebastián —dijo Helena.

Él la miró con ojos ardientes. Su cara incandescente. Hacían buena pareja. Ella también tenía algo de monja.

—¡Qué putos losers somos! ¿Cómo pensamos que esta locura iba a salir bien? No, en serio, tíos. Vosotros tenéis un trabajo, pero yo no tengo ni donde caerme muerto. Cuando Jesús se entere, me va… —farfulló Manu.

—Dejad de llorar, nenes —dijo Sebastián con una sonrisa torcida que estiró al máximo las comisuras de su boca, una sonrisa que le comió toda la cara mientras se metía la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacaba una bolsa de plástico transparente con algo dentro. Con gesto de prestidigitador, disfrutando de su papel y de la atención que concitaba en nosotros, Sebastián depositó la bolsa sobre el mantel blanco entre la ensaladera, la botella de vino vacía, las copas y los platos sucios.

—¿Qué es eso? —preguntó Manu.

Miré a Sebastián, hipnotizada. Las entrañas me dieron un vuelco. El corazón me latió a una velocidad anfetamínica. Tuve miedo de que los demás lo notaran.

Del bloque de sedimento rojizo que había dentro de la bolsa sobresalía un trozo de hueso.

Andrea se levantó. Miró la bolsa con cuidado. Cogió el trozo de sedimento y examinó de cerca el fragmento de hueso adherido a él.

Me fijé en la etiqueta que estaba pegada en la bolsa, leí: «TD6 2544 ATA2019», un dato que luego Sebastián metería en la base de datos de los ordenadores del laboratorio.

—¿Es humano? —preguntó Andrea tranquila.

Nuria Verde, autora de "Los crímenes de Atapuerca"

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La verdad del caso Atapuerca.

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