“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 65

El asesinato más espeluznante de Atapuerca.

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más espeluznante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 65

Luisa Baeza queda con Carla dentro de la catedral atestada por corrillos de turistas japoneses a los que una guía les explica en inglés que Santa María empezó a construirse en 1221 siguiendo los parámetros góticos.

La inspectora mira hacia el techo y contempla el cimborrio. Felipe II decía que era más obra de ángeles que de hombres. Una estrella de ocho puntas. Cuatro columnas se alzan sobre una base octogonal. Cuatro arcos torales y cuatro pechinas de los que nace el octógono de la linterna con una leyenda: «IN MEDIO TEMPLI TUI LAUDABO TE ET GLORIAM TRIBUAM NOMINI TUO QUI FACIS MIRABILIA».

—Tal vez no debería decírselo, pero yo pediría a Rafael Espejo que hiciera un informe pericial sobre la mordedura de su hija, cotejándola con la dentadura de Marco. Puede solicitarlo a través de un abogado al juez de instrucción, Luis Gaicano.

—¿Por qué?

—Tal vez no debería decírselo, pero no me fío de José Jiménez, nuestro odontólogo forense.

—¿Y si lo hace mal por qué no lo apartan?

—Hay razones políticas.

—Menuda mierda de país.

—Escuche, después de hablar con usted, voy a hablar con mi superior y le voy a pedir que sustituya a Jiménez. Me va a hacer la envolvente. Me va a decir que sí, pero será que no.

—Entiendo. Gracias por decírmelo, señora Baeza.

—Luisa.

—Luisa.

—¿Conoce a Espejo?

—Sí. Es un hombre amable y honrado hasta donde sé. ¿Hay alguna sospecha sobre él?

—No. Pero su servicio le puede resultar caro.

—¿Usted cree que ya me importa mucho el dinero?

Una hora después, Luisa discute con Ruscalleda en su despacho.

—No quiero que Jiménez haga el próximo análisis forense de la dentadura del sospechoso.

—¿Estás cuestionando a un compañero?

—Sí. Soy la inspectora de este caso y él se ha cuestionado a sí mismo con su trabajo.

—Lo tengo en cuenta.

Traducido: «No haré nada».

—¿Ha habido alguna consecuencia?

—Sí, por supuesto.

—¿Un expediente informativo?

—Son órdenes de Madrid.

—No me lo puedo creer. ¡Qué injusticia! A otros por mucho menos se les cuelga del palo mayor y se les hace escarnio público.

—La ministra manda.

—Lo quiero fuera del caso, señor. No confío en él. No puedo trabajar con él con tranquilidad.

—Ya.

—Es un menor, señor. Marco, el novio de Miriam, estamos investigándolo. Debería contar con las máximas garantías legales.

—Las cuenta. ¿Qué insinúa?

—Nada.

El sistema es tóxico y tritura toda lógica, devora cualquier resquicio de humanidad y criterio racional.

—Es la ministra.

—Como si es el papa de Roma. ¡Me da igual! Hablaré con ella, me pondré de rodillas.

—No le gustan las mujeres.

—Ni a mí las cucarachas.

—No te lo tomes de forma personal.

—A los periodistas sí les gustan las mujeres.

—Estás jugando con fuego, Baeza. Te recuerdo que hay secreto de sumario.

—Y yo te recuerdo que no voy a enviar a un inocente al matadero porque ese inútil no sepa hacer la O con un canuto.

—¿Algo más?

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