El asesinato más sangriento de Atapuerca.

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más sangriento de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Capítulo 67

—Cómo son los ingleses. Cómo aprovechan. Ja, ja, ja —dijo Jesús Sinaloa a los periodistas durante la rueda de prensa que dio al acabar su charla en el Museo de la Evolución, cuando saltó la noticia de que su datación de los fósiles humanos de la Sima de los Huesos estaba mal hecha—. Resulta que los humanos iban en barca, ja, ja, ja. Y por eso la acumulación de huesos, ja, ja, ja.

Su sarcasmo no ocultó su inquietud ni su dolor. Se había equivocado en la datación y en la especie de los homínidos de la sima. Todos sus colegas lo sabían. Max Rey lo sabía.

—¿Quién había sido el traidor? —se preguntaba Jesús, obsesivo. Las réplicas de los cráneos de los homínidos de la sima habían desaparecido del Museo de la Evolución. ¿Quién había interpretado el papel de Judas?

Ahora, cada vez que se tomaba una caña con un miembro de su equipo, con el mismo Max, aunque Max prefería la copa de Ribera de Duero, la botella mejor dicho, Jesús rumiaba sobre la traición de uno de los suyos. ¿Quién había sido?, ¿ese que lo adulaba y le reía los chistes malos?, ¿aquella que le miraba con ojos obnubilados por la admiración?, ¿ese otro que se ofrecía a invitar a la próxima ronda de cañas?

Jesús se amargaba, lo pasaba fatal. Al final ponía cualquier excusa para marcharse del bar y encerrarse en la soledad de su habitación del Gil de Siloé.

Ajena a su sufrimiento, yo miraba tensa a Mercedes Solís en clase de Prehistoria. El corazón me latía en la garganta. Los nervios me hacían cosquillas en la tripa. Temblaba como una hoja.

—Bueno —dijo Solís, paladeando con placer sus propias palabras, las miradas expectantes de sus alumnos—, estaréis tan impacientes como yo por saber quién se ha ganado un billete para excavar este verano en Atapuerca.
En clase no se oía ni una mosca. Yo oía mis propios latidos. Mi sangre rugía en mis tímpanos. El tiempo se paró.

La mayoría de los alumnos fingía indiferencia, unos mantenían una distancia cool, otros se removían nerviosos como gusanos sobre sus asientos, y otros, como yo, solo callábamos. Todos deseábamos el premio, pero algunos lo disimulaban mejor que otros. No era de enrollados demostrar que lo anhelabas demasiado. El deseo también implicaba dar demasiada importancia a Andrea, a Max, a gente que había tenido éxito en la paleontología cuando tú eras un mindundi que no habías logrado nada en la vida, pero fingías estar por encima de todo ese oropel. La tensión se cortaba como mantequilla. Sobre nuestras cabezas pendía un cuchillo.

El asesinato más sangriento de Atapuerca.

Yo sabía la aversión que albergaba Andrea hacia Jesús Sinaloa. En mi artículo había apuntalado la teoría que ella tenía. Además, había aportado mi conexión personal con Michael Donovan.

Impulsada por el afán de hacer el trabajo bien y conseguir ganar el concurso, me había pasado la noche anterior a la entrega del trabajo despierta, trabajando hasta el último momento, obsesiva, en mi diminuto apartamento de once metros cuadrados de la calle Canarias. Tras dárselo a la catedrática de Prehistoria, me había apagado como una vela y había dormido febril y contenta durante catorce horas seguidas. Una cura de sueño.

—El trabajo ganador es No hay intención funeraria en la Sima de los Huesos de Lara Loriga. Enhorabuena, Lara.

Me puse roja como un ladrillo. Herví de alegría. Era demasiado bueno para ser verdad.

Tímidos aplausos, murmullos de desaprobación de mis compañeros, gruñidos de corrosiva envidia, bufidos de vívidos celos, miradas cómplices, cotilleos entre ellos.

Mi amiga Laura se volvió y me abrazó.

—Felicidades.

—Gracias.

—Te lo mereces.

—Muchas gracias.

—Pelota —dijo una voz anónima.

—Enhorabuena —volvió a decir la catedrática.

Nadie aplaudió. Pero no me importó. Una felicidad febril burbujeó en mis venas. Estaba orgullosa de mí misma, pero también me desprecié. Yo había elaborado la tesis que apoyaba la hipótesis de Donovan sin verdadera convicción, movida por intereses personales y bastardos. Aun así, había funcionado. Me había documentado, había aportado el ángulo original de haber conocido a Donovan y había argumentado bien mi tesis.

Andrea odiaba a Jesús Sinaloa. Yo había apoyado la hipótesis que cuestionaba el trabajo científico del codirector de Atapuerca y jefe en la Sima de los Huesos. Todo vale en el amor y en la guerra.

Ardí de satisfacción. Nunca había sido tan feliz en mi vida. «He ganado el mejor verano de tu vida. Dos meses de excavación en Atapuerca con Andrea Rey, la chica de la que estás enamorada».

Los demás me miraron con disimulado odio. Pero sus miradas negras no me despojaron de la boba alegría que me embargaba. Me sentí una Buda gozosa.

¿Sería posible que la jugada del amor, por una vez en la vida, me saliera bien?

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