El misterio más escalofriante de Atapuerca

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El misterio más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención. Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 69

4 de junio de 2019. Once días antes del asesinato. Sierra de Atapuerca

Me fijé en Helena. Estaba apagada, rodeada de tanto entusiasmo. Su secreto le pesaba como un ancla al cuello.

—Espera. Bajemos a la bodega a por más vino.

—¿No te importa, Andrea? —preguntó Manu, dubitativo.

—Qué me va a importar. Max lo ha dejado ahí para nosotros.

Pensé que Andrea era generosa. Max lo había dejado para ella, que era su hija, no para nosotros.

Cuando Andrea y yo nos acostamos, estaba cansadísima. No tenía ganas de hacer nada, solo dormir. Había sido un día muy largo. Pero me estremecí de emoción cuando nos besamos. Hicimos el amor como si fuera la última vez, conscientes de cada gesto, de cada caricia, en nuestra velada intimidad, con la casa en silencio a nuestro alrededor.

Cuando terminamos de tocarnos, tumbadas la una al lado de la otra en la cama, sin saber de quién era la voz —no parecía la mía porque yo era reacia a reconocer la verdad en voz alta, solía fingir que no me importaban las cosas, que todo me lo echaba a la espalda—, dije:

—Estaba celosa.

Andrea se volvió hacia mí y me miró, sorprendida.

—¿De quién?

—De Ana.

Ese nombre me dolió.

Una estaca clavada en el corazón. Sangre helada. Golpes fuertes sobre mi pecho.

—Oh, Ana —dijo Andrea con tristeza.

Ana, esa intrusa, ese fantasma inasible y evanescente que se interponía entre Andrea y yo, esa tercera persona de nuestro triángulo amoroso.

Anoche soñé que volvía a Manderley.

De pronto, me sentí como si viviera dentro de la novela Rebeca de Daphne Du Maurier. Ana era Rebeca. Andrea era el señor De Winter. Y yo era la tonta e ingenua señora De Winter, recién casada y tan enamorada de Maximiliam de Winter. ¿Y quién sería la siniestra señora Danvers? Paz Fernández, la segunda de abordo en la Gran Dolina, por supuesto. Ella me había intoxicado diciéndome que Andrea seguía enamorada de Ana.

En un solo instante, Andrea se enfrió, se alejó de mí. Noté esa distancia entre nosotras, como si nos separara una placa de hielo, como si ella volviera al pasado con Ana, a quien seguía amando. Los celos me fundieron a negro por dentro. Me puse enferma. No pude soportar estar tumbada ni un segundo más al lado de Andrea en esa cama mientras ella pensaba en otra mujer.

—Ana.

Cómo odié oír ese nombre en boca de Andrea.

De repente, me di cuenta de que a ella le resultaba tedioso mentir, contar la historia oficial. Me miró. Sus ojos temblaron. Lo que dijo a continuación no me lo esperaba en absoluto. Sus palabras fueron una bofetada.

—No lloraba porque la echara de menos. Sino por culpa. Yo ya no la quería.

—¿Por culpa? Tú no tuviste nada que ver con el accidente.

No la quería. ¿Había dicho eso? «Yo ya no la quería».

—¿Eso crees? Oh, Lara, eres una ingenua. Pero no, te equivocas. Quien te haya informado te ha informado mal.

«Ha sido Paz. Pero eso no te lo voy a decir. ¿O sí?, ¿qué harías si lo supieras? Las cosas que Paz me ha contado, el sufrimiento que me ha causado».

—Andrea…

—No fue un accidente. Fue-fue un suicidio. Ana se mató a propósito. Por supuesto que sabía a lo que se arriesgaba al excavar más de una hora dentro de la Sima de los Huesos sola. Ni siquiera se llevó la lámpara de carburo abajo. ¿Te lo puedes creer? Era una experta paleontóloga.

Yo no sabía de qué me estaba hablando. La miré atónita.

—La gente es muy mezquina y echa la culpa a Max. Él dirigía la tesis a Ana. Pero él no tuvo nada que ver. Yo… Ana y yo discutimos, le dije cosas horribles, oh, no, ahora me arrepiento muchísimo. Ojalá no le hubiera dicho esas cosas. Pero estaba tan enfadada con ella.

Andrea me clavó su mirada con expresión de dolor. Las cuencas de los ojos se le habían hundido, habían hecho de su cara una máscara mortuoria. Me recorrió un escalofrío. En un impulso, le dije:

—Déjalo. No me lo cuentes. Estás cansada. Yo también estoy cansada. Mañana será otro día.

—¿Me odias?

—Andrea, eso es imposible. Te quiero. Aunque a veces me asustas.

Se hizo un silencio.

—Yo también pensé en suicidarme. Nunca se lo he contado a nadie.

—¿Por qué?

—Por la culpa. Es horrible vivir con culpa.

Sollozó en silencio. Su dolor me alcanzó y me contagió.

—Oh, Andrea. Ya ha pasado. Lo comprendo.

—Tú comprendes todo —dijo Andrea sorbiéndose las lágrimas que se mezclaron con un brote de cómplice risa.

La abracé. Andrea tiritó entre mis brazos. Sus huesos de pájaro temblaron bajo las sábanas. Me desgarré de ternura. Parecía tan desvalida. Improvisé un gesto maternal y le eché encima el edredón caído en el suelo.

Se durmió abrazada a mí. Más que nunca parecía una niña.

 Sebastián, sentado frente a la mesa de la cocina, con la luz encendida, escribió en su cuaderno de campaña hasta el alba. Dibujó el fósil dentro de las coordenadas de la cuadrícula de la Dolina donde había encontrado el fragmento de cráneo, registró su posición geoespacial en el nivel TD6, lo sacó de la bolsa y lo miró. Lo tendría que datar por radiocarbono en el laboratorio. Pero esa intuición tan fuerte le sobrevino de nuevo. Era humano.

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