El caso más impactante de Atapuerca

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más impactante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 71

Jesús Sinaloa y Rafael Espejo llegan pronto a la comida en el asador Aranda, con Fernando Espinosa de los Monteros, el magnate de los frutos secos. El empresario burgalés tiene franquicias de venta de frutos secos, pastelería y panadería industrial y chucherías por toda Castilla y León. Ahora Espinosa ha invertido también en plantaciones de aguacates en Málaga, que suministran el 95 % del aguacate a Mercadona para hacer su famoso guacamole. Fernando se ha hecho de oro. También ha puesto dinero en el negocio de los cruceros llenos de turistas alemanes y franceses que llegan cada verano a Málaga, con el deseo de recalar en un puesto seguro donde haga mucho sol y se beba alcohol a bajo precio, lejos de los atentados yihadistas que asolan la costa del norte de África. Espinosa de los Monteros está podrido de dinero. Por esa única razón, Jesús y Rafael han quedado hoy con él para comer.

Los dos amigos se acodan en la barra y se toman dos Ribera del Duero mientras esperan a Espinosa de los Monteros, el caballero blanco que los va a rescatar de la ruina. Fuera hay tráfico, árboles verdes, calor monótono. Dentro una sombra fresca alivia el bochorno. La embriaguez del vino los consuela.

Paredes forradas de paneles de madera, escudos y heráldicas castellanas, caballeros con armaduras metálicas bruñidas que resplandecen con un aura inquietante a las dos de la tarde, cuadros de cacerías y naturalezas muertas. Jesús se siente desfallecer. Está deprimido por la muerte de Miriam. Su dolor es el eco del dolor de Carla. Pero hay que salvar Atapuerca. Sin el dinero de la Junta están ahogados, ni siquiera pueden acabar esta campaña, están endeudados hasta las cejas. La Fundación Atapuerca no puede seguir financiándolos. No pueden pagar nada: ni la comida, ni el alojamiento en el Gil de Siloé, ni el transporte, ni la luz de los laboratorios, ni al guardia de seguridad nocturno que custodia Atapuerca.

Han reducido el tamaño de los equipos que trabajan en las excavaciones. Han recortado aquí y allá. Pero el dinero no llega. Esta campaña está condenada. Pero la del próximo año también está en peligro como sigan con esa deriva de desnorte económico absoluto. Los proyectos de investigación del Plan Nacional terminan este año. Todavía no se han hecho públicos los presupuestos del año que viene, pero Sinaloa tiene la impresión de que les va a tocar muy poco. La suerte se les ha acabado. El destino se ha vuelto en contra. Toca bajada en la montaña rusa profesional.

La angustia repta por la garganta de Jesús, que da vueltas frente a la barra ante la cara preocupada de su amigo. Siente un picor y un mareo que le hacen naufragar en la ansiedad.

—Lleva tú la iniciativa, Rafael. Yo me quedo en un segundo plano —dice.

—Descuida.

—Estoy sin fuerzas.

—No te preocupes. Todo saldrá bien.

—Sí. Todo saldrá bien —dice Jesús con un tono tan melancólico que a Rafael le cala la piel como si lloviese dentro del restaurante. De repente, Rafa se pone triste. Este va a ser su último verano en Atapuerca. Se lo ha prometido a su mujer.

Espinosa de los Monteros entra en la estancia de la barra con la cabeza erguida, vestido como si fuera a cazar perdices, con una sonrisa jovial e insultante que Jesús odia al instante. Aunque Espinosa de los Monteros está en buena forma, su cara de osito eterno delata que es un exgordo.

—Hombre, me alegro de verte. ¿Cómo estás? —pregunta Jesús, rindiéndole pleitesía. Al fin y al cabo, le va a sacar dinero.

—Nunca he estado mejor. ¿Y tú?

La pregunta es tan poco delicada después de la tragedia que ha acontecido en la familia de Jesús que este se sobresalta. No obstante, finge que no pasa nada.

—Bien —miente.

—Ya veo que me habéis cogido la delantera. —Señala Espinosa hacia sus copas grandes mediadas de vino.

—Sí. ¡Ja, ja, ja!

—No os lo bebáis todo. Dejadme algo, cabrones.

«Pues sé educado y no llegues tarde», piensa Jesús. Pero se calla. Tiene que controlarse. Últimamente está desquiciado.

Jesús, Rafael y Espinosa de los Monteros se sientan en una mesa que tienen reservada enfrente de una armadura plateada y bruñida que está apoyada en la pared blanca.

Para beber piden tres botellas de Pesquera, para comer buey cortado en tiras y hecho a la piedra, patatas asadas y ensalada. De postre tarta de chocolate con frambuesas, café y whisky de malta.

—¿Qué habéis conseguido este año? —pregunta a bocajarro Espinosa de los Monteros.

—Hemos conseguido mucho, encontrar ADN humano de hace 500 000 años. Podemos estudiar genomas completos de fósiles de homínidos de hace medio millón de años —contesta Rafael.

—Quiero un cráneo de neandertal.

—Los cráneos no salen enteros y lustrosos de la tierra como pueda creerse, hay miles de diminutos fragmentos que luego hay que reconstruir como un puzle.

Jesús le da una patada a Rafael bajo la mesa. Este mantiene su rostro hierático, indescifrable como el de una esfinge.

—Le conseguiremos un cráneo de neandertal —dice Jesús.

—¿Puede asegurarlo?

—Por supuesto.

—¿Por escrito?

Rafael oculta su sorpresa y mira fijo a Jesús. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar para engañar a ese gañán?

 —Claro —dice Jesús Sinaloa mientras bebe de su copa de vino.

—Quiero hacerme la foto con el cráneo en mis manos delante de los periodistas. Igual que con Miguelón.

—Hecho.

—Será usted un Medici de la paleontología —interviene Rafael, que recuerda su promesa a Jesús de no quedarse callado y llevar la iniciativa.

—¿Quién es ese? —pregunta Espinosa de los Monteros.

—Alguien que hizo cosas importantes.

«Qué mamón, nuevo rico, qué idiota integral». A medida que le hace más la pelota, más lo desprecia y más se odia a sí mismo Jesús Sinaloa.

—Pero en todo caso no voy a poner dinero para esta campaña —dice Espinosa de los Monteros mientras corta su trancha de buey y se lleva el bocado a la boca y lo mastica. La grasa reluce en su débil barbilla.

—¿Por qué?

—La chica muerta. No quiero que mi nombre se asocie a un asesinato. No soy insensible.

—Eso va a pasar —dice Rafael.

—Hay que dejar que las heridas cicatricen.

—En la que viene tampoco —dice Espinosa de los Monteros.

—La Junta nos ha cortado la financiación. No podremos excavar el año que viene sin su ayuda.

—Normal. En economía de guerra como en la que estamos no se pueden desperdiciar los pocos euros que tenemos en hobbies de niños ricos.

Jesús se tragó su orgullo. Sentía como si una punta de diamante le arañase el corazón. Su ánimo se derrumbó. Miró a Rafael y se dio cuenta de que se mordía la lengua. Él ya no tenía fuerzas para decirle las cuatro verdades del barquero a Espinosa de los Monteros.

—Hay que dedicar el dinero a cosas que importan de verdad.

—¿Por ejemplo? —preguntó Jesús por puro masoquismo.

—Hospitales, colegios.

—Por supuesto.

Rafael sirvió más vino para todos. Jesús sabía que el alcohol no estaba de moda y siempre había abominado de las borracheras de Max, pero tras escuchar a Espinosa de los Monteros, decidió darse a la bebida. Se bebió su copa de Pesquera de un trago y se sirvió más. Le temblaban las manos. Las escondió debajo de la mesa.

—Si un yacimiento arqueológico se abandona, es pasto de los saqueadores. Y más si es un yacimiento como Atapuerca —explica Rafael.

—Es una lástima. Pero sobreviviréis. Si esos huesos han esperado medio millón de años para ser descubiertos, pueden esperar otro ratito.

—Podemos esperar —dice Rafael.

—¿Cuál sería su aportación tan generosa? —pregunta Jesús haciendo todo lo posible por disimular su angustia.

—Cien mil euros. Pero solo para conseguir mi cráneo de neandertal. Los demás huesos pueden seguir enterrados unos cuantos años más, que no va a pasar nada.

Jesús Sinaloa lo mira, estupefacto, mientras hace un esfuerzo ímprobo para ocultar su desdén por él. Qué gilipollas. Pero les va a dar el dinero. Eso es lo que importa.

—Por cierto, Jesús, tú también podrías invertir el dinero que ganas con tus libros.

Jesús emite una risa tétrica. Rafael tercia:

—Jesús ya nos ha invitado a esta comida, Fernando. ¿Te parece poco?

—No, hombre, no.

Cuando sale del asador Aranda de Duero, Jesús Sinaloa se esfuerza por mantener la dignidad y andar erguido. No quiere que se note que está borracho. Se despide deprisa de Rafael y Espinosa de los Monteros. Se pierde entre las sombras, incapaz de aguantar ni un segundo más la estulticia, incapaz de soportar ni un segundo más la claustrofóbica compañía de ese nuevo rico descerebrado.

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El caso más impactante de Atapuerca.

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