El caso más alucinante de Atapuerca

Sinopsis

El caso más alucinante de Atapuerca.

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención. Hay secretos que no puedes enterrar para siempre

Capítulo 72

La comisaría era un lugar deprimente. Grandes ventanales que daban a un cielo lechoso, paredes de cristal con aire minimalista y frío, suelos marrones salpicados de grandes manchas oscuras, mesas con quemaduras de cigarrillos y restos de grasa de los agentes que comen su comida en sus mesas, lavabos siempre atascados porque la gente lava allí sus táperes con la comida que traen de casa. Fuera calles grises y desconsoladas, tráfico cuya vibración ronronea en las estancias grandes del edificio.

Y luego carteles, carteles por todos lados. En las puertas batientes granates ponía: «Empujar la barra para abrir la puerta». Sobre el microondas pequeño color blanco que los agentes compartían en la sala común había otro cartel pegado con los bordes mugrientos alabeados y rizados hacia dentro:

Los aparatos —nevera, cafetera, microondas— han sido costeados entre varios compañer@s. No los pone el Gobierno a tu disposición de gratis. A pesar de que somos policías, no nos vamos a poner en plan policía para comprobar que quien lo usa lo ha pagado o no. Pero sí te vamos a pedir que, si manchas, limpies como norma.

Luisa va a coger su botella de agua de la neverita pequeña y blanca que se encuentra en la zona común. Lee el cartel que alguien ha pegado en la puerta:

Por favor, mantén limpia la nevera. Somos muchos los y las que la utilizamos. Si no la dejas mejor, por lo menos déjala igual. Y, por cierto, no te olvides de que los alimentos, pasado un tiempo, se estropean.

Lo mejor era en el baño, donde había carteles más agresivos:

Si meas, no mees en la tapa, guarra.

Y la escobilla está para algo. Utilízala.

Por favor, no dejéis hechos una guarrería los baños. Pensad en las que vienen detrás.

Los carteles de los baños los había puesto Comisiones Obreras, el sindicato mayoritario de las limpiadoras que limpiaban la comisaría.

Son las cinco de la mañana. Luisa lleva cuarenta y ocho horas sin dormir. Ahora cena comida china con Aduriz, que hoy tampoco se ha ido a dormir a casa. Ángela no se queja. Aduriz se promete a sí mismo que compensará a su mujer cuando todo acabe.

Cabecean de sueño y agotamiento mientras comen de los envases de plástico pollo al limón, cerdo agridulce, verduras al wok y fideos de arroz con gambas. Aduriz no prueba la carne. Por esa razón se ha pedido solo para él una sopa agripicante.

—¿Y por qué le rompió las piernas y los brazos post mortem a la víctima? —pregunta Luisa.

—Como venganza.

—Pero la víctima ya está muerta. Ya se ha vengado si es una venganza.

—Una venganza moral, no real —dice Aduriz mientras coge una cuchara del cajón de la encimera y se toma su sopa.

—Ya, pero supone un riesgo, mayor posibilidad de dejar muestras de ADN, más tiempo dentro de la sima. ¿Por qué lo ha hecho? —pregunta Luisa comiendo, con los palillos, el pollo al limón.

—Por alardear. Lo hago porque puedo hacerlo.

—No. Significa algo —dice la inspectora Baeza. Bebe un trago de su tercio de Ámbar.

—¿Qué? —Aduriz mastica la verdura, que aún está caliente y sabrosa.

—No lo sé.

—Le rompió los brazos y las piernas a la víctima porque no quería que se moviera —dice Aduriz. Después bebe un trago de su botella de cerveza.

—Pero ella ya estaba muerta.

—Era una venganza simbólica.

El tráfico de primeras horas de la mañana vibra fuera, en la calle oscura. El viento azota las ventanas.

Luisa y Aduriz están hasta el amanecer leyendo los informes, atando cabos, revisando las fotografías de la escena del crimen, escribiendo notas y buscando contradicciones en las declaraciones de los testigos, contrastando hechos, cotejando hipótesis, ansiando alguna pista que los lleve a algún sospechoso. Pero no encuentran nada. La frustración se apodera de ambos. El agotamiento, la falta de sueño, la presión, el desánimo se ceban con la inspectora Baeza y el subinspector Aduriz.

De repente, suena el móvil de Luis. Es Jesús Sinaloa.

—Buenos días. No, no se preocupe. Comprendo. No, no me lo ha dicho. Gracias, señor Sinaloa, por la información. Nos es muy útil.

Cuando cuelga, Luisa le dice a Aduriz:

—Andrea y Lara entraron en la sima con cámaras GoPro cuando encontraron el cuerpo.

—¿Y por qué no nos han dicho nada?

El caso más alucinante de Atapuerca

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El caso más alucinante de Atapuerca

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