“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 77

El asesinato más sádico de Atapuerca

Capítulo 77

Un año después. Burgos

A Luisa Baeza le aburren hasta la náusea los niños. Se ha pasado toda su vida adulta aguantando a gente que le hacía preguntas impertinentes e irritantes: «¿Cuándo vas a tener hijos?», «¿por qué no quieres tener hijos?», «¿no?, ¿no te gustan los niños?», «¿tienes hijos?», «¡oh, qué pena, con lo niñero que es Tomás!», «oye, que se te pasa el arroz, tic, tac, tic tac, ¿no sientes el reloj biológico?». Luisa tenía ganas de estrangular con sus propias manos a esa gente invasiva y soltarles: «Me importan una mierda los niños, nunca he tenido instinto materno, me lo extirpó Mengele cuando nací, soy amiga de Poncio Pilatos, los niños me parecen un coñazo infinito, los bebés están sobrevalorados, les importan a sus madres, pero no al resto de la humanidad, que puede vivir perfectamente sin ver una foto de su bebé poniendo cara de gili en su Bugaboo, como me enseñes otra foto de tu bebé desnudo metido en el Tubitú te asesinaré». Pero la buena educación y el ser consciente de que su elección de no maternidad iba en contra de la corriente mayoritaria y convencional impulsaban a Luisa a sonreír débilmente y asentir con la cabeza. La inspectora Baeza tenía unas frases hechas preparadas para esas ocasiones: «No, yo nunca he querido ser madre», «claro que me gustan los niños», «tengo unas sobrinas monísimas».

Ahora finge delante de Lucía, su sobrina de cuatro años, una sonrisa encantada, aunque por dentro rabia de aburrimiento.

Por lo menos hoy Luisa se siente un poco mejor. Lo que quiere decir que la paroxetina le está haciendo efecto después de un año tomando el antidepresivo, después de un año durmiendo a base de Orfidales. La inspectora Baeza se ha refugiado durante un año en Málaga, ese Hawái español, donde hace veintidós grados durante doce meses del año, en un apartamento de una amiga en La Malagueta. Se ha dedicado a dar largos paseos por la playa, a leer cuando la depresión le daba tregua y a caminar por el monte. No se ha bañado. El agua estaba muy fría, a pesar de que era el Mediterráneo. También ha llorado mucho, de forma torrencial, sin parar, se le han obstruido los lacrimales. Ha llorado todo lo que no había llorado desde que secuestraron a Toni.

Contemplar el mar, sentarse en la arena firme de su orilla, escuchar su respiración acompasada y sedante calmaban su ánimo de bajura. Su madre también la ha llamado. Pero, por salud mental, Luisa ha desviado a su progenitora al buzón de voz.

Se siente en deuda con Mar. No es fácil cuidar e interesarse por una depresiva, aunque sea por el móvil. Y Mar se ha volcado con Luisa durante su depresión, cuando la inspectora se sentía acosada por los perros negros de la culpa. Haber matado a Max le pesaba como si llevara un ancla al cuello.

Por primera vez en su vida, Luisa hace caso a Mar, lo cual implica pasar mucho tiempo también con dos criaturas babosas por las que Luisa finge interesarse fingiendo un entusiasmo voluntarioso. En realidad, se aburre como una ostra. Debería estar trabajando dieciséis horas al día, debería estar absorbida por el caso de Miriam Sinaloa.

Como penitencia por sus pecados, Luisa ha prometido a Mar pasar un domingo juntas y luego invitar a mamá a comer. Luisa ya se desmaya con solo anticipar el plan. Qué resistencia siente a llevar a cabo esa frase dicha por inconsciencia y culpa a su hermana en una tarde tonta, cuando la paroxetina aún no había estimulado sus neurotransmisores y sus reservas de serotonina estaban bajo mínimos y se sentía culpable.

«¿Le dices ya a Mar: “Oye, nos vamos a tomar una cañita”?», se oye decir Luisa a sí misma en su mente. Pero su boca permanece muda. «Aguanta un poco más, Luisa», se dice a sí misma. Aún no son ni las seis de la tarde. Se supone que no debe beber porque está tomando medicación. A tomar por culo. Lo suyo nunca ha sido el seguir las reglas, al menos en lo que al alcohol se refiere. Un whisky doble Macallan on the rocks es lo que ella necesita. Para colmo de males, su hermana no bebe porque está como las maracas del Machín y sigue dando el pecho a su niña pequeña, que ya tiene dos años, a pesar de que le ha mordido dos veces el pezón con sus dientes de leche y le ha hecho una herida sangrante en la teta. Pero Mar erre que erre. Ha nacido masoquista y se morirá masoquista. «Que Mar se tome una caña sin alcohol. Yo me voy a tomar un whisky doble». A Mar no le gusta ir a un bar con las niñas. Bueno, irán a una terraza. Qué coñazo la maternidad.

La inspectora Baeza entra en un sopor aletargado semicatatónico, sentada en ese banco que se le clava en el culo mientras su sobrina Lucía juega en los columpios, se tira una y otra vez por el tobogán. Por lo menos no se acerca a Luisa ni reclama su atención. Luisa vuelve su cara en dirección al sol y sofoca sus ganas de gritar y tirarse de los pelos. Qué tedio, coño. Las bajas por depresión están sobrevaloradas.

Mar habla de los vuelos baratos de Ryanair, se ha ido a Lisboa con su marido y las niñas, los trataron como ganado, no te dan unos cacahuetes y para colmo de males los obligaron a facturar la maletita de ruedas porque les dijeron que no tenía las medidas adecuadas, y una mierda, es que no tenían ya sitio, en esos aviones vas como sardinas y al final lo barato sale caro.

Luisa asiente y sonríe. Luego Mar pasa a quejarse de la matraca que nos dan en todas partes con la crisis del clima. Joder, qué chapa, y esa tía, la tal Greta, que viene en catamarán desde Argentina, qué pesada. Hasta en la sopa la tal Greta.

—Es el signo de los tiempos. Un icono millennial —dice Luisa—. La chica no tiene la culpa.

—¿No puede hacer como todo el mundo y coger un avión?

—Lo que más contamina son los aviones.

—¿Y tenemos que dejar de coger aviones? Menuda mierda. Y el Bardem dando también la chapa. Pero él sí que coge aviones. ¿Y en su casoplón no pone la calefacción? ¡Venga, coño!

A Luisa le da un vuelco el corazón y finge no haberle visto mientras Sebastián se acerca derrochando encanto en dirección a su hermana y ella. Se pone color púrpura como una colegiala que estudia en las monjas. Sonríe mucho, como si le hubieran estirado con invisibles hilos de marioneta las comisuras de los labios.

—¿Qué te pasa? —dice su hermana, que no está acostumbrada a verla sonreír así.

Sebastián, vestido con traje y abrigo negro, alto y guapo, hinca una rodilla en el suelo ante Luisa como si le fuera a pedir matrimonio. Ella se alarma y le coge del brazo. Pero lo retira como si le hubieran dado una descarga eléctrica. Mar se ríe con regocijo malicioso.

El ambiente de la tediosa tarde se erotiza.

Sebastián. Un movimiento elegante de manos. Le ata el cordón suelto del zapato marrón desgastado en la puntera derecha de Luisa. Su corazón deja de latir, luego late muy fuerte, como puños que golpean una puerta. Una excitación frenética palpita en su pecho. Aldabonazos delirantes chocan contra su esternón. Cuando Luisa vuelve a respirar, se siente aturdida y culpable. «No te hagas ilusiones. Sebas no quiere nada contigo. Solo está siendo amable. Tú no eres mujer para un hombre como él». La voz chirriante y dura de su madre. La voz que la enloquece y le hace sentirse como una mierda. «Eres fea y una inútil. Nadie te va a querer. ¿Por qué no te vistes mejor?». Al final su madre va a tener razón. Pero la voz rayada se contradice con un callado y delicado impulso de seducción que germina en su pecho como un brote tierno que busca la luz. Quiere gustar a Sebastián. Odia tener que admitirlo. Finge una calma helada. Pero los nervios le comen a dentelladas el estómago.

Su hermana la mira con una sonrisa malintencionada de oreja a oreja. «Para. ¿Me oyes? Para de una puta vez».

—¿No te has ido de vacaciones? —pregunta Sebastián aún de rodillas, la mira desde abajo como un humilde siervo de la gleba salido de un túnel del tiempo.

—Sí.

—¿A dónde?

—A Málaga.

—Me han dicho que allí siempre es verano.

—Te han informado bien.

—Bueno, yo me voy, que es la hora de cenar y las niñas tienen cole mañana. Y tienen deberes que hacer. Es una locura la cantidad de deberes que les ponen ahora a los niños. Ni que fueran ministros.

—Quédate.

Luisa mira el cielo color salmón mientras se muerde el labio inferior con un gesto infantil. Tranchas de nubes doradas. La espalda de piedra de la catedral. El anochecer fresco y prometedor.

Siente su alma en un puño. Pero una ligereza se cuela en sus huesos y le hace gozar de esa sencilla plaza, de los columpios con muelles con cara de elefantes y vacas amarillos y azules, de los niños jugando con sus cubos y palas y miles de animales de plástico en el arenero. Le atraviesa una corriente de alegría sin motivo. Se siente como si hubiera aprendido a respirar de nuevo.

—No, me voy. Te dejo en buena compañía.

—Había prometido recoger a mamá.

—Ya la recojo yo.

Luisa da las gracias a su hermana en silencio. Sebastián la mira con ojos chisporroteantes de vida.

—¿Te apetece una cena rápida? Nada complicado.

—Solo si primero te levantas del suelo.

 —¿Cómo está tu madre?

—Con dos hijas y siempre sola o «me voy a tirar por el balcón, así os libráis de mí». Elige la variante que más te guste. Insoportable, como siempre.

Sebastián se ríe. A Luisa le da mucha satisfacción haberle arrancado una carcajada. Se relaja como si fuera una muñeca hinchable y alguien le hubiera quitado el tapón.

—¿Te gusta el Malafemma?

—Nunca he estado.

—Un día fui con Max. Conozco a una de las camareras y nos dará una buena mesa. Hacen unos gnocchi espectaculares.

Escuchar el nombre de Max remueve su mala conciencia. Un golpe de dolor en su tripa.

Se levanta del banco. Juntos se pierden por la umbría callejuela del fondo de la plaza.

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