“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 79

El caso Atapuerca

Capítulo 79

El restaurante Malafemma era precioso. Luisa se sintió vestida como una pordiosera en un sitio tan elegante, al lado de un hombre que viste Armani a diario. Bombillas grandes desnudas con los filamentos interiores visibles se balanceaban en la pared izquierda. Ella se fijó en una alacena a la derecha repleta de ollas, grandes teteras, cazos de cobre. Macetas de helechos muy verdes colgaban del techo gravitando sobre la barra color blanco, con cestos de grissini, botellas de Romano dai Forno, Amarone della Valpolicella.

El ambiente era muy agradable. Butacones marrones de cuero. Plafones amarillos que bajaban del techo e irradiaban una luz vainilla. Mesas con manteles blancos y servilletas de verdad, decoradas con pequeños tiestos de Tillandsia. Atmósfera recogida que prometía placer y consuelo. Una pared pintada de rosa abullonada como la superficie de un sofá Chester.

Luisa echó un vistazo a su alrededor. Su atención se centró en un amplio mueble de madera de teca con grandes jarrones chinos, colores azules y verdes, una cesta enorme con limones que parecían sacados de un bodegón de la pintora flamenca Clara Peeters, al lado una cubitera de hielos y botellas de Bombay Saphire. No sabe cuándo es la última vez que se ha tomado un gin-tonic con un hombre que le gusta. Y Sebastián le gusta mucho. Lo suficiente como para querer ser mejor persona y no presentárselo jamás a su madre.

El caso Atapuerca

Sebastián se comportaba como un pez dentro del agua en el Malafemma.

La excitación le culebreó en la tripa. No supo qué decir. La situación era demasiado grande, el amor siempre lo era, para que ella encajara y se sintiera cómoda.

Una camarera alta y morena, que ha sido becaria de Sebastián en la Gran Dolina, les dio una buena mesa recoleta situada al lado de una íntima ventana por donde se coló el resplandor delicado de la noche sin estrenar.

Una luz rosada nimbaba el techo. Celosías de madera blanca.

Luisa leyó la carta como si le fuera la vida en ello. Un sosiego inquieto tensó su estómago.

Anti pasti freddi.

La nostra burrata. Con un toque de pesto y acompañado de un bruscheta napolitana.

Carpaccio. Finas láminas de solomillo de ternera con rúcula y parmesano.

Steak tartare al cuore de burrata.

La camarera se acercó. Sebastián hizo las presentaciones.

—Es Luisa Baeza. Una amiga.

—¿Qué tal?, ¿cómo estás?

—Laura. Trabajó con nosotros.

—Encantada.

—Igualmente. Aquí unos días mejor y otros peor. ¿Qué tal va por la Dolina?

—Como siempre. Atapuerca es un manicomio.

—Bueno, ahora más con el asesinato de esa chica. Cuando lo vi en la tele no me lo podía creer. Yo había estado ahí dentro, en la Sima de los Huesos. De terror.

—Sí, es verdad —dice Sebastián con voz inexpresiva. Cambiando de tema, murmuró—: ¿Cómo va tu tesis?

—La dejé. Estoy preparando oposiciones. Está complicado.

—Comprendo. Si te puedo ayudar en algo…

—Gracias, Sebastián. Eres un encanto.

Luisa se dio cuenta por la forma en que Laura miraba a Sebastián de que se habían acostado. Una tristeza brumosa opacó su ilusión.

—¿Qué queréis beber?

Brunello di Montalcino.

—Buena elección.

El caso Atapuerca

Luisa se sintió tan nerviosa que no supo qué decir. Si Sebastián le diera igual, seguro que charlaba de cualquier banalidad. Pero gracias a Dios, él se hizo cargo de la conversación tirando del hilo de la nostalgia de los veranos en Atapuerca.

—¿Te acuerdas de cuando Max sacó a esa panda de la cama con una manguera conectada a…?

—¿Una bombona de butano? Ja, ja, ja.

—Qué follón.

—¿Y cuando aquella vez por el folleteo que había vino Trinidad a la casa del pueblo donde dormíamos y puso un cartel que ponía…?

—«Solo mujeres».

—Ja, ja, ja. Y Max y los otros se escaparon de su casa para incursionar en la de las chicas.

—Y Trinidad vino con una escopeta como si fueran sus hijas.

—¿Owen Lovejoy?

—Oooooweeeennn Lovejoyyyyy.

Cuando llegan sus spaguetti alle vongole y los gnocchi al pesto de Sebastián ya estaban achispados por el maravilloso vino. Sebastián pidió una segunda botella a Laura. Un manto de tristeza cayó sobre la chica, que se sintió al margen de la conversación y las risas. Seguía enamorada de Sebastián y verle con otra mujer despertaba al monstruo de los celos.

—Por favor, Sinaloa siempre repitiendo lo mismo: «Owen Lovejoy cree que los australopitecus eran monógamos y que la monogamia está relacionada con la postura bípeda» —Sebastián imitó la voz eclesiástica y untuosa de Jesús Sinaloa.

A continuación, Sebastián fingió sostener una pipa entre sus labios y clonó el tono autoritario, seguro de sí mismo, desenvuelto, de macho alfa de Max Rey.

—Venga, Jesús, solo los católicos y las palomas se aparean para siempre.

—Ja, ja, ja, ja.

—Ja, ja, ja, ja, ja.

—El sexo refuerza la teoría darwinista.

—No estoy de acuerdo —imitó Luisa a Sinaloa. Max y Jesús estaban en el bar de su padre cuando se pelearon.

—¿Quién te ha dicho que me importe tu opinión?

—Uy, eso le dolió a Sinaloa.

—Con el ego que tiene. Peor que si le echaran ácido sulfúrico.

—Ja, ja, ja. Pobre.

De repente, Luisa calló. Esa caja guardada en su cerebro donde ha guardado la muerte de Max se abrió. Salieron serpientes que reptaron como espectros de culpa. Un estallido de dolor. Sus facciones se deformaron por la angustia y el remordimiento. Se puso a llorar como una niña.

—Perdona, no tendría que haber sacado ese tema.

—Aún creo que Max está vivo.

—Fue un accidente.

—Lo sé.

—Tú no querías. Fue un accidente.

—Lo sé, lo sé.

Pasaron un tiempo en silencio mientras Luisa se calmaba. Se forzó a buscar un tema de conversación.

—¿Y ahora qué estás investigando? —preguntó Luisa mientras cogía con la mano una chirla y la vaciaba en su boca. El sabor marino de la pequeña almeja, el ajo y el aceite se fundieron en su paladar. Enrolló un haz de espaguetis con el tenedor y la cuchara y se los llevó a la boca. Estaban riquísimos. Bebió un trago de vino que refractó el sol dentro de su estómago.

Antecessors en el TD6. Hay controversia sobre si realmente son una nueva especie.

Sebastián sonrió. Empezó a hablar de la serie The Wire, que Luisa no había visto. Por lo que contaba, Luisa pensó que los policías se parecían más a los que trabajaban en la unidad que los que retrataba CSI. De repente, Luisa escuchó una voz conocida. El corazón le dio un vuelco. Se dio la vuelta y vio a una mujer rubia, con cara de niña, sentada enfrente de él en una mesa detrás de ellos. Aduriz. Su mujer. Su pecho se desgarró de dolor. ¿Por qué se apenaba?

Aduriz sonrió al verla, le dijo algo a su mujer y se levantó para acercarse a su mesa.

—Hola. ¿Qué tal estás?

Nuria Verde. El caso Atapuerca

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