El asesinato más misterioso de Atapuerca

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más misterioso de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 81

El juez Gaicano vive en plaza de España, la zona noble de Burgos. A las dos de la madrugada, la inspectora Baeza recorre la avenida de la Paz, la calle Regino Sáenz de la Maza y la calle Reyes Católicos bajo un aguacero helado. Atisba la fuente de los Delfines, chorros de agua plateada bajo la noche de tormenta. El triángulo de oro de la ciudad. Dos mil euros el metro cuadrado. Hierve dentro de ella un envidioso rencor de clase, un punzante anhelo de vivir en un piso como el del juez. Tiene la sensación de que estaría más completa. Tiene la sensación de que se vengaría de su niñez.

El juez Luis Gaicano duerme en un piso antiguo de doscientos metros cuadrados con techos altos, paredes estucadas, cortinajes barrocos y muebles de madera de nogal. Cuando suena la puerta, le parece que tocan el timbre de los vecinos. Tienen un hijo adolescente que hace botellón todos los fines de semana, un nini hosco y cabreado con el mundo que se suele dejar las llaves de casa. Pero el timbre insiste. Gaicano se levanta. Su cuerpo artrítico cruje. Siente cómo unos dolores atroces le martillean su rodilla derecha, hinchada como una pelota de tenis. A cada paso que da, los huesos laten feroces. Mira el móvil y ve que tiene cuatro llamadas perdidas de Luisa. Su mujer ha debido ponérselo en silencio. Siente una oleada de irritación hacia ella porque lo trata como a un niño. Adela cabecea adormilada.

—¿Quién es? —murmura, molesta.

—No sé.

—No abras a nadie. ¿Qué horas son estas para venir a casa? —llameante queja.

—Duérmete, anda. No pasa nada —dice Luis Gaicano con parsimonia. Le embarga la sensación de que se pasa la vida apaciguando a Adela, una niña mimada a los sesenta años.

Se incorpora, se pone las zapatillas de cuadros escoceses y la bata de estar por casa color burdeos que sus hijas le mandaron por Amazon cuando cumplió sesenta y cuatro años. Avanza por el pasillo, el paragüero, el gran espejo biselado, el aparador lleno de fotos familiares. El parqué cruje bajo sus pies mientras avanza renqueante y cojo hacia la puerta blindada. Mira por la mirilla. Luisa Baeza empapada y tiritando, calada hasta los huesos, con un pañuelo azul marino anudado al cuello, espera ante su puerta pisando su felpudo marrón de fibra de coco natural. El corazón le da un vuelco. Todo su cuerpo le tiembla. Antes de abrir la puerta, yergue la figura y aparenta que está en plena forma. Abre la puerta con una sonrisa ancha y lenta, como si los dos tuvieran una cita clandestina.

—Perdone que le moleste, señor, es algo importante.

—No me llames de usted, pasa, anda.

—Estoy mojada. No quiero manchar.

—No te preocupes. Pasa.

Luisa pasa tímida al vestíbulo señorial del piso del juez Gaicano como si fuera una novicia en su primer día de convento. Gaicano cierra la puerta del salón para no molestar a Adela, que se había tomado el Orfidal de todas las noches, no había peligro de que se levantara.

Conduce a Luisa a la cocina. La inspectora deja un reguero culpable de agua de lluvia, de frío desolado. Pero oye la voz mandona de Adela que le llama, controladora:

—¡Luis, Luis, Luis!

Otra vez esa frustración furiosa. Va a su habitación.

—Es algo urgente de trabajo. No te preocupes. Duérmete.

—No son horas, qué poca consideración.

Pero la benzodiacepina es más poderosa que su impulso gratificante de indignarse y clamar contra la gente maleducada de este mundo.

El juez Gaicano abre el armario de la habitación de servicio y ve apiladas las toallas dobladas y limpias de tonos pastel, rosas, amarillas y azules, la ropa de cama color tabaco planchada, las fundas de almohadas en un cuadrado perfecto. Reme, la señora que cocina y limpia en casa desde hace más de treinta años, se gana su sueldo. Coge una toalla amarilla que huele a suavizante. Vuelve a la cocina andando como si no tuviera ningún dolor, como si fuera joven. Le asombra y a la vez le asusta su deseo de causar buena impresión a Luisa.

—¿Quieres un té? —pregunta con calma.

—Sí. Gracias.

Gaicano se vuelve hacia el mueble color amarillo Venecia, abre la puerta y coge una gran tetera roja. Agarra un cazo negro, se dirige al fregadero, abre el grifo, lo llena de agua, cierra el grifo, pone el cazo a calentar sobre la vitrocerámica Bosch impoluta. El silencio echa raíces entre ellos. El ambiente, antes íntimo, se enrarece.

Le tiende la toalla amarilla a Luisa, que se seca el pelo muy negro, azulado, sus grandes ojos oscuros, su cara pálida, su desamparo mojado. Ella está en su casa. La alegría de verla supera cualquier lógica mundana. Gaicano abre una bolsa negra con letras doradas iridiscentes que proclaman: «té darjeeling». Echa un puñado de hebras que emanan un aroma floral a almizcle al cazo de agua hirviendo.

La tetera roja humea, reconfortante, sobre la mesa de la cocina. El juez pone un protector debajo de su base.

Gaicano sirve el té en tazas grandes de la Expo 92 de Sevilla con el dibujo de un Curro exultante. Pasa su taza a Luisa. Al beber el té muy caliente, ella se siente reconfortada. La lluvia repiquetea en las ventanas. Un relámpago convierte el fondo de la cristalera de la terraza en una radiografía azul y blanca.

—¿Qué pasa? —pregunta el juez sentándose frente a ella. La mesa de nogal entre los dos.

El asesinato más misterioso de Atapuerca

—El caso de Atapuerca. La mordedura —dice Luisa después de ahogar un chillido. Siente una bola de plomo ardiendo en la garganta. No puede respirar.

—Pero tú ya no estás en el caso.

—Lo sé. Pero he descubierto algo. No estoy segura, pero te lo quería enseñar. Necesito una orden judicial, Luis.

—No puedo, Baeza. No estás al cargo de la investigación.

Luisa saca su iPhone del bolso grande y negro, teclea los números de seguridad, desbloquea la pantalla, pulsa con el dedo índice el icono de la galería, selecciona la foto de la mordedura de su cuello, con el dedo índice y pulgar agranda la imagen, pone su móvil sobre la mesa y extrae de su bolso chorreante una carpeta azul, le quita las gomas, abre las tapas y coge una fotografía que muestra agrandada la mordedura del pecho derecho del cadáver de Miriam, los bordes dentados negros y púrpuras, la piel pálida, mortecina, sin vida. Pone su móvil y la fotografía sobre la mesa.

—Necesito las gafas de cerca. Soy un topo ciego —dice Gaicano con desaliento.

El juez se levanta. Abre con cuidado la puerta del salón. No quiere despertar a Adela y que le vuelva a dar el coñazo. Busca a tientas sus gafas de cerca en la mesa del comedor, junto al periódico ABC de ayer, su novela de P. D. James, su revista de Jara y Sedal, su Moleskine negra donde anota fragmentos sobre su infancia, donde rescata recuerdos del pecio hundido de su niñez. Por fin palpa unos cristales. Vuelve a la cocina. Cierra la puerta que chirría sobre el parqué. El dolor de la rodilla le palpita con un ritmo febril que le hace sudar.

El juez coge la foto con la mano derecha y la compara con la imagen del iPhone de Luisa.

Entre ambos se interpone un frutero con una gigantesca piña tropical, dos mangos, naranjas y plátanos muy amarillos con vetas negras que están a punto de pasarse. Un olor dulzón, bienestar sureño, impregna la cocina.

—¿Y?

—¿Te parecen iguales?

—Es posible.

El juez Gaicano la escruta. Huele su miedo animal.

—Yo nunca he estado aquí esta noche. Es Aduriz quien ha venido. Es Aduriz quien te ha pedido esa orden.

—¿De quién es la segunda mordedura? —pregunta el juez, levantando su mirada nebulosa hacia la inspectora Baeza.

Luisa se tensa. Le embarga un pavor helado. Le tiembla la barbilla. Tiene un pánico atroz a desvelar la verdad y a la vez siente un deseo kamikaze de hablar y quitárselo ya de encima, de aliviar su conciencia. Como única respuesta, Luisa se quita su pañuelo azul marino, se retira su pelo mojado y le enseña su cuello al juez Gaicano, que ve la mordedura color púrpura.

La cara del juez Gaicano se derrumba como si de repente le hubieran quitado miles de alfileres que sostenían sus facciones, se oscurece como si alguien le hubiera apagado la luz por dentro.

—¿Quién ha sido?

Nuria Verde
El asesinato más misterioso de Atapuerca

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