“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 87

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como en las mejores novelas negras los crímenes.

Capítulo 87

Luisa busca en Internet en su móvil algún caso de mala praxis médica al atender un parto. Un caso reciente. El hijo de Sebastián no tiene más de dos o tres años. Enrique Sinaloa, el padre de Miriam, es ginecólogo. Pero Luisa no encuentra nada. ¿Y si el caso no hubiera ido a juicio?, ¿y si hubiera habido un acuerdo extrajudicial? No, si hubiera habido una indemnización oficial, la noticia aparecería publicada en algún periódico. O no.

Cuando Aduriz y Luisa entran en casa de Carla y Enrique, sienten una bajada de temperatura. Captan la oscuridad del duelo, las persianas echadas, las cortinas corridas, el resplandor azulado de un televisor al fondo del salón. Delante de su pantalla está Enrique, quien mira la tele sumergido en una catatonia indiferente, ajena a la vida.

Una sirvienta vestida con uniforme negro y cofia les ha abierto la puerta de la entrada. Ahora los conduce al salón.

—Disculpe que le molestemos, señor Sinaloa —dice Aduriz parándose en el quicio de la puerta.

—No es molestia, pasen, por favor. Les pido que no hagamos ruido. Mi mujer está echada. Está muy cansada. No tienen que hablar con ella, ¿verdad? —pregunta Enrique.

Enrique Sinaloa es un viejo que lucha por sobrevivir, por respirar un segundo más, por consumir una hora más, por atravesar un día más. Toda su arrogancia ha desaparecido. Ahora los mira con ojos derrotados y acorralados.

—No. No se preocupe.

—Siéntense. ¿Les puedo ayudar en algo?

—¿Le importa que le hagamos unas preguntas, señor Sinaloa? —pregunta Aduriz.

—No, adelante. ¿Quieren tomar algo?, ¿té, café?

—No, muchas gracias, señor Sinaloa —dice Luisa hundiéndose al sentarse en el sofá de terciopelo color verde oliva.

Una casa de la alta burguesía. Techos altos, paredes forradas de madera de buena calidad, cuencos japoneses, un biombo también japonés, una mesa baja color cerezo, lámparas de araña de cristal, un lienzo enorme de san Juan Evangelista sosteniendo una pluma con una mano y mirando un pergamino, que coge con la otra mano. Sin embargo, la fuerza de la depresión, que flota en la estancia como una neblina tóxica, atrapa a Luisa. Siente la increíble melancolía que satura el ambiente.

—Solo les pido que no molesten a mi mujer. Ha sufrido mucho —dice Enrique.

—Tranquilo, señor Sinaloa —dice Aduriz, que parece un Becket moderno. Sus rasgos suaves, sus modales calmados y delicados, el respeto y la tranquilidad que irradia. Más que nunca se asemeja a un monje.

—Y bien, ¿qué querían preguntarme?

—¿Se ha enfrentado a algún caso de mala praxis en un parto? —pregunta Luisa.

Sinaloa se remueve como un gusano sobre el sofá. Luisa nota su incomodidad.

—No.

—¿Está seguro, señor Sinaloa? Es importante.

—¿Está relacionado con la muerte de Miriam? —ataja Enrique Sinaloa.

Es un hombre hundido, sin fuerzas. Medicado. Vuelve su mirada negra hacia Luisa. De pronto, ella se compadece de su vulnerabilidad. Nadie sabe lo que es que te asesinen a una hija hasta que te toca.

—Sí, creemos que sí —contesta Aduriz.

—Sí, hubo un caso de negligencia médica que afectó a mi marido —dice Carla desde el umbral de la puerta del salón.

Enrique se estremece y vuelve la mirada hacia ella.

—Vuelve a la cama, cariño. Necesitas descansar.

—No estoy cansada.

—¿Qué pasó? —pregunta Luisa.

—Mi marido usó mal el fórceps en un parto. El bebé se quedó tetrapléjico.

—No fue así.

—¿Y qué pasó entonces?

—Una paciente. No me dio tiempo a hacerle una cesárea. El bebé tuvo complicaciones. Tenía que sacarlo. Siempre hay riesgo en un parto, ¿saben?

—¿A qué complicaciones se refiere?

—Se quedó con lesiones motoras. El uso de fórceps estaba indicado en un caso así y lo utilicé. No hubo negligencia. El juez desestimó la denuncia de la madre.

—¿A su juicio qué hubo? —pregunta Luisa.

—Mala suerte.

Luisa baja la cabeza y mira el suelo. Siente una oleada de indignación y horror. Le asombra la incapacidad de Enrique Sinaloa para reconocer que ha cometido un error. De repente, se da cuenta de que el padre de Miriam prefiere morir antes que admitir que se ha equivocado.

—¿Pidió la madre del niño su inhabilitación?

—Sí. Pero no la consiguió.

—¿Subió usted a hablar con la madre mientras el bebé estuvo ingresado en la UCI?

—¿Qué tiene que ver todo esto con la muerte de mi hija? —Sinaloa pierde los nervios.

Su mujer lo mira con estupor y espanto desde el quicio de la puerta del salón. —Es una venganza. ¿No te das cuenta? Ojo por ojo —dice Carla.

—Hijo por hijo —añade Luisa.

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