“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 91

El caso más enigmático de Atapuerca

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más enigmático de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 91

Jesús y Carla se encontraron por última vez en una cafetería del centro, Chez Maman, un sitio lleno de manteles de rosas de pitiminí, tapetes, frufrús, bordados, visillos antiguos aleteando en las ventanas que a Jesús le recordó el salón de su madre, que nunca usaba salvo el día de Nochebuena. Se estremeció. Pensar en su madre le llenaba de culpa. Tenía que llamarla, pero nunca la llamaba. Su madre nunca le había querido.

Jesús se sintió muy incómodo en Chez Maman. Pero el sitio lo había elegido Carla. Y Jesús no quiso negarle nada ahora que iba a dejar su relación. Él la había llamado para decirle que tenían que hablar. Jesús tenía una nueva novia, Helena. Carla fingió indiferencia cuando se enteró, pero una sensación amarga se sedimentó dentro de ella durante días. Luego le pareció una pérdida de tiempo montar un escándalo al amor de su vida. Todo se había ido al traste.

Su relación con Jesús quedó herida de muerte cuando ese animal asesinó a su niña.

Cuando se vieron, Jesús y Carla se besaron en la mejilla, con la incomodidad de los amantes a quienes su historia de amor les ha salido mal.

—¿Qué tal estás? —preguntó Carla.

—Tirando. Tú estás muy guapa.

—Gracias por la mentira.

—Oh, no es mentira.

—¿Qué tal con ella? —preguntó Carla.

—Bien —contestó Jesús.

—¿Es como conmigo?

—Eso es imposible.

—Bueno, ¿qué querías decirme?

—Que te quiero. Y que me da pena que todo haya salido de esta manera.

—Siempre fuimos unos cobardes, Jesús. Y los amores cobardes no llegan a nada.

Vale, no iba a ponérselo fácil, pensó Jesús. Pero eso ya lo sabía. Ya sabía que no iba a ser fácil.

—¿Quique cómo está? —dijo él buscando un nuevo tema de conversación. Su hermano cornudo. Qué tema tan socorrido.

—Destrozado.

—Si yo perdiera a una hija…

—En realidad, la has perdido —dijo ella muy rápido.

Carla observó su reacción de incredulidad, su perplejidad. Sintió un placer mórbido al ver cómo el dolor detonaba como una granada dentro de Jesús.

Ella le miró. Él la miró.

—Oh, pobrecito, pobrecito. ¿Nunca lo habías pensado?

Jesús se retorció de angustia delante de ella.

Por fin se había atrevido a decírselo. Ella ya no iba a ser feliz en la vida. Ahora solo quería que él tampoco fuera feliz. Esa sería su venganza.

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