“La familia Bélier”: la vergüenza adolescente y el don de la vocación

Me ha flipado “La familia Bélier”. Me ha emocionado, me ha puesto los pelos como escarpias, me ha cautivado y me ha hecho sentir adolescente. ¿Es una peli refinada? No. ¿Es una peli para fardar en cenáculos culto enrrollaos? Menos aún. ¿Es una peli para recomendarla? Sí, sí. Yo se la he recomendado a mi hermana Laura y os la recomiendo a vosotras, queridas lectoras de mi blog. Es una peli disfrutona, emocional cien por cien. Por cierto, su versión americana, “CODA”, arrasó en los últimos premios Oscars. ¿Por qué? Porque la historia funciona. Los protagonistas funcionan, vale, se apoyan en la vulgaridad y la exageración, y también se explota, con acierto, la vergüenza adolescente hasta el extremo de Paula Bélier, la hija que puede oir, en una familia de sordos. Pero lo más importante es que -no nos confundamos- “La familia Bélier” se asienta en tres pilares: la comedia, el melodrama y el musical. “La familia Bélier” trata de la vergüenza adolescente y el don de la vocación.

En realidad, la película es más melodrama que comedia. No es un musical al uso, en el que los protagonistas están fregando los platos o conduciendo el coche y se ponen a cantar de repente. No, la historia versa sobre el mito de cómo emprender el viaje de la independencia personal y la vocación profesional supone dejar atrás a tu familia, y abandonar las lealtades a las que has dedicado toda tu vida.

El guion esta lleno de tópicos: los sordos entrañables, los sueños adolescentes se cumplen, el profesor de canto parisino fracasado y gruñón, pero, ay de tan buen corazón, el chico guapo que, al final, se fija en la pueblerina, la gente del campo es la sal de la tierra. Sin embargo los protagonistas son tan encantadores, incluyendo a la ternerita Obama, tan deliciosos que me como la historia con patatas, con un pellizco en el corazón, y busco, rauda y veloz, la banda sonora en mi Spotify del móvil para no dejar de escuchar a esa joya que tiene una pepita de oro en su garganta y que responde al nombre de Louane Emera, según el señor Tomason, su profe de canto, mientras paseo por el Retiro, o atravieso el Parque Roma y me imagino cantando “Je vole” en la cena de Navidad del programa en el que trabajo en RTVE: Objetivo Igualdad.

La película dirigida por Eric Lartegau, quien saltó al vacío al contar una historia que se asoma al abismo del ridículo y lo sublime, tuvo un éxito espectacular en Francia, con siete millones de espectadores.

Pero es Louane Emera, que interpreta a esa Paula Bélier a la que todas las chicas adolescentes querríamos tener como amiga, una amiga sensata, inteligente, bondadosa y con fuerte personalidad, leal a sus amigas, (cuando se niega a entrar en el coro porque no han admitido a su mejor amiga), brava (al enfrentarse al alcalde cuando menosprecia la candidatura de su padre por ser sordo, “si han votado a un cabrón, también pueden votar a un sordo”, dice Paula), que le para los pies a Gabriel (el chico guapo parisina) cuando le propone una escapada en el coche de su abuela, y que, ahhh, por fin, me corro viva, sí, amigas, una adolescente que no se deja amargar la vida por penas de amor.

El melodrama se asienta en el reto de trascender los propios orígenes y enfrentarse a los peores miedos interiores, en la realidad de la dureza de que tus padres y tu hermano sean sordos, teniéndote que ocupar de muchas cuestiones y problemas que no te corresponden por la edad que tienes.

Pero el melodrama también se afianza en la aventura -siempre espinosa- de derribar las barreras interiores de la propia cárcel mental, la peor de las prisiones posibles.

Puedes ver “La familia Bélier” en Movistar + y Amazon Prime Video. “La familia Bélier”: la vergüenza adolescente y el don de la vocación.

Lo mejor: la emoción a chorros que provoca la película. La música con la increíble voz de Louane.

Lo peor: es muy sentimental. Pero yo soy sentimental.

Para ver: en familia, con amigas, con hijos, a solas.

Nuria Verde, escritora

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