“Málaga 1982”. Capítulo 2


Sinopis

Málaga 82. Sara Rojas es una adolescente que no tiene amigos. La novela relata la historia de Sara y Margarita, alumnas de BUP en la “insignificante” ciudad de Málaga hace cuatro décadas. Margarita es extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encuentra su vida exasperantemente aburrida. Sara, por el contrario, es tímida y no ha conseguido tener ninguna relación desde que se mudó con su familia a Málaga hace un año.

Capítulo 2

Lo que más odiaba de las chicas del Leon XIII eran las carpetas forradas con fotos de bebés que llevaban. Lo que más odiaba de las clases de Pretecnología eran las cruces que nos hacían hacer con pinzas de la ropa y luego barnizábamos.
Cerrar los ojos y volver a esa época es regresar a las pulseras de hilo que las chicas de mi clase se prendían a los vaqueros y luego trenzaban hasta formar un arcoiris de colores; las melenas rubias con mechas y cardadas; las carpetas forradas con fotos de Hombre G y una capa de plástico transparente; los abalorios de cuero; las hombreras; los Levi’s 501 pesqueros, los zapatos monster, y las botas Doc Martins; los sombreros anchos; la ropa de Amarras y Don Algodón; las Vespino y las Ducati; las manoletinas; las toreras; el dinero en pesetas; Tocata y el primer gin tonic que me tomé en Circuito 3.

La adolescencia era un infierno. Joder, ¿cuándo acabará? ¿Cuando dejaré de sentirme tan insegura y poseída por esa sensación de que en todo lo que hacía o decía la cagaba?

Echaba de menos Madrid, añoraba a mi abuela materna, la persona más importante de mi infancia, a quien más quería y gemía: “mi casa, mi casa, mi casa” con el dedo enfocado al norte de Despeñaperros como E.T. Mi madre nos había llevado a mi hermana Marta y a mí a ver la película en el cine Echegaray. Yo era Eliott que se sentía perdido sin su familia unida, mi padre todavía vivía en Madrid y era una ausencia en casa, pero era también E.T. que, errático, vagaba fuera de su planeta.

Mi mente me había convencido de que estaría mejor en Madrid en nuestra casa de Sánchez Barcaiztegui, con mi abuela viviendo en el piso de enfrente. Seguro que cuando estuviera en Madrid, mi mente me susurraría lo bien que estaba en Málaga. ¿Acaso no echaba de menos a Margarita y bajar a la playa después de clase? ¿Las largas avenidas de arena del Mediterráneo?

A los quince años, quería tener un Spectrum 48K pero era imposible. Mi familia no me lo quería comprar. Me decía que sólo lo iba a utilizar para jugar y era verdad. Sin embargo, cuando en clase, don Alberto, el profesor de Biología, alto, desgarbado, con los dientes pochos, que siempre llevaba el mismo jersey gris de líneas pálidas amarillas y verdes y el mismo pantalón de pana desgastado en el culo y en las rodillas -él mismo que nos dijo un día que él no vendría más a dar clase tan quemado estaba, trabajaría su mujer y él se quedaría en casa por mucho que la sociedad lo desaprobase con inquina- preguntó quién tenía un Spectrum, yo levanté la mano presa de una urgencia ansiosa.

Yo era cobarde y falsa. Las insuficiencias de mi alma me abrumaban. Sentí culpa y miedo de que me descubrieran. Pero por suerte Don Alberto no preguntó más sobre el Spectrum 48 k ni tampoco sobre el de 24 k.

También mentí cuando hubo una votación para elegir al delegado de clase que tenía que ir al claustro de profesores en representación de los alumnos y me voté a misma. Salí elegida en segunda opción, por los pelos, gracias a mi voto fraudulento.

Tres días más tarde, me senté con Antón en la amplia y diáfana sala de profesores donde se celebraba el claustro. Por la ventana entraba la luz del Mediterráneo. Alrededor de la mesa estaban Manuela Carranza, la profesora de Historia, perteneciente a la familia dueña del Leon XIII, su hermano, José Luis, débil y blanco de las bromas de los alumnos, profesor de Inglés, aunque radio macuto decía que no había acabado la carrera y que en realidad era profesor de Historia, Ana aka “La loca”, una profesora con el pelo teñido de rubio platino, que rondaría los 60, con aire excéntrico y rebelde, que vestía como una hippy en 1982, solitaria y menos que cero convencional, que enseñaba Latín y Griego. Alma, la profesora de Literatura, por quien yo había perdido la cabeza, la adoraba, un sentimiento religioso de devoto amor me conectaba con ella, y sentía un vértigo, una sensación de caída cada vez que la veía. Quería gustarle por encima de todas las cosas.

Esta tarde de diciembre la noche ya se había comido el exterior de la sala, los módulos de paredes encaladas, las piscina vacía donde se remansaba un charco de lluvia en la parte baja y las barras con grasa, el pequeño picadero con caballos que había a la derecha de la cuesta que descendía, suave. Normalmente me sentía insignificante y fracasada, me veía como me veían los demás, desgarbada y rara, sin nada que aportar, sin embargo esa tarde me sentí importante y orgullosa.

Desempeñaba un papel que me gustaba, estaba dentro del meollo de los profesores, una experiencia que me excitaba.

-Lucila ha bajado mucho el nivel-dijo Manuela mientras doblaba el cuello y se metía la mano en el sujetador y estiraba la cincha derecha. Un gesto que era muy suyo.

-Tiene problemas en casa. Hay que comprenderlo-intervine yo, levantando la voz aunque las piernas me temblaban como gelatina. Tenía miedo de quedar como una sumisa callada, un cero a la izquierda, un ser aquiesciente y genuflexo sin opiniones.

-Ya está Ironside. Todavía no es tu turno de palabra, señorita Rojas.

Un murmullo de risitas calladas y miradas curiosas. Recibir esa atención que jamás tenía en casa, solo de mi abuela y estaba en Madrid, me dio un subidón increíble. Me prestaban atención, creían que era más lista de lo que era, más vivaz, y en mi casa carecía de raíces, mis padres me ignoraban, algunas tardes sentía la necesidad lacerante y brutal de que alguien me hiciera caso, hablara conmigo o me escuchara, bordeaba el abismo de la culpa, del vértigo de volverme loca y golpeaba la puerta de la habitación de mi hermana que no me abría porque percibía mi necesidad.

-Recuerdo el caso de Pepa. Aunque su madre no pueda pagar la cuota esa chica no puede dejar de estudiar. Sería un crimen-dijo Alma, pequeña, con el pelo rubio y la boca fruncida con morritos de chica francesa, maquillada, con faldas que parecían hechas con una cortina floreada, una mujer muy sensible a quien yo adoraba, idolatraba, sentía una devoción mística por ella. Alma era la madre que a mí me hubiera gustado haber tenido. En medio del tedio, esperaba sus clases como maná caído del cielo, en medio de la grisura y esterilidad del erial del colegio, sus clases me daban emoción y alimento, me nutrían. Y si yo empezaba un día bajando del autobús del Burro con ese ánimo melancólico y roto, si pensaba que me esperaba una clase de Alma, mi ánimo mejoraba. Salía el sol en mi vida. Era mi estrella, mi luz, mi todo. Nunca había experimentado algo parecido con una profesora, y ya había experimentado muchas cosas en mi vida. La felicidad dolía.

Nuria Verde escritora

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