Málaga 82 la llegada al Leon XIII

Sinopsis

Málaga 82Sara Rojas es una adolescente que no tiene amigos. La novela relata la historia de Sara y Margarita, alumnas de BUP en la “insignificante” ciudad de Málaga hace cuatro décadas. Margarita es extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encuentra su vida exasperantemente aburrida. Sara, por el contrario, es tímida y no ha conseguido tener ninguna relación desde que se mudó con su familia a Málaga.  

Capítulo 8

En realidad, yo fui al colegio León XIII por pura chamba. Fue un error, un requiebro del destino, una charada de la suerte, una carretera secundaria que mi vida no tendría que haber cogido. El azar es lo único real, dice Paul Auster. En mi caso, fue así.

Yo tenía que haber ido a las Teresianas al empezar el nuevo curso en Málaga porque las hijas de una colega de mi madre en la Facultad de Filología Inglesa, en San Agustín, Patricia Trainor, que llevaba a sus hijas, modelos de probidad y óptimo desarrollo adolescente, le había recomendado dicho colegio. Pero dio la casualidad, que había plaza para mí pero no para mi hermana pequeña, Marta. Sin embargo, mi madre no quería separarnos y en El León XIII, que aceptaba a todo quisqui, había plaza para ambas Rojas.

Un mes antes nos habíamos despedido de Colmenar del Arroyo, un pueblo en la sierra de Madrid, donde veraneaba con mis primas, y mi abuela tenía un chalet. Allí había vivido momentos de pura alegría lejos del colegio Afuera, donde todo era triste y opresivo, y, además, según Paco el Albondiguilla, un amigo de mi padre, tenía nombre de discoteca.

Mi padre arrancó el coche después de haber recogido nuestros enseres del chalet de Colmenar y condujo por la cuesta que desembocaba en una sierra poblada de armazones de hormigón, plantas vacías y sin paredes, esqueletos de chalets a medio construir, donde yo jugaba con mis primas, aunque mi padre decía:

-A ver si te vas a sacar un ojo-siempre tan alegría de la huerta. Aunque su frase tenía una razón de ser. Una vez cuando papá era niño y estaba interno en los Dominicos, durante el noviciado (sólo llegó hasta ahí) había presenciado cómo dos chicos, cuando jugaban a espadachines con dos palos uno le había sacado el ojo al otro, lo cual le había causado una honda y perdurable impresión a papá.

Mientras el Seat 1430 azul aka “el azulete” avanzaba por la tira de regaliz de asfalto, miré por la ventanilla y mis ojos se aguaron con una sensación de pérdida increíble. Se adueñaron de mí una melancolía y una nostalgia brutales. Mariposa mortecinas aletearon en mi estómago y luego subieron hasta la base de mi garganta para quedarse allí.

Parecía estar dentro de la película “La fuerza del cariño”, cuando Debra Winger se va de casa y se separa por primera con el coche cargado hasta la cencerretas con Jeff Daniels, su reciente marido, y su madre, Shirley McClain la despide y se desagarra por dentro, aunque a mí sólo me decía adiós yo misma, y a pesar del sentimiento de irrealidad y absurdo, de ser todo una broma macabra kafkiana, era consciente de que la máquina de la realidad movía sus ruedas, era mi propia vida que da un giro tan determinante en mi destino. Irnos de Madrid donde había pasado toda mi vida me abrumó.

Vivíamos de alquiler en el piso septimo del Paseo Marítimo, enfrente de la Residencia Militar en Málaga. A la derecha quedaba el club Mediterráneo, el faro muerto al que todo el mundo llamaba la farola, y detrás el puerto vallado, donde había algún portaviones americano y el eterno Melillero, con su atronadores resoplidos de salida y de llegada.

El piso era grande y frío, con muebles prestados que le daba un aspecto lunar y excéntrico, viajes revistas del corazón con el accidente en el que había muerto Gracia de Mónaco que devoré, un salón muy grande que daba a la playa, y al paseo donde pasaban coches de caballo con turistas, un campanilleo dulce y armonioso. Viniendo de Madrid, lo que más me impresionaba era la luz dorada que irradiaba el cielo y la sensación alucinante de estar frente a espacios abiertos, no encajonada bajo el grisú del cielo y edificios. Todo estaba abierto, la ciudad, la playa, el mar, el horizonte. Yo me abrí, algo se expandió en mi interior y me ensanché por dentro, y entró la luz azul del Mediterráneo y fue maravilloso.

Me invadio la sensación de respirar mejor. El rectángulo de mi pecho se había abierto, y la libertad era pletórica. Albergué muchas expectativas de una vida mejor, de futura alegría, de una realización de mi ser, de ser una serpiente que muda su piel vieja y seca, y se renueva con una nueva epidermis y una nueva vida.

La llegada al León XIII

Mi hermana empezaba antes que yo, y a mi padre le entro la manía de que yo tenía que acompañarla, la niña no podía ir sola en su primer día, yo tenía que ejercer de hermana mayor. Mis padres sobreprotegían a Marta y a mi me dejaban aventando en el abismo. Era una dinámica familiar.

Me resigné, porque si le decía que no, mi padre se enfurecía, y a mi me daba miedo cuando se ponía así, me sentía empequeñecer ante sus gritos como un personaje de dibujo animado. No me molaba nada la idea de ir a mi primer día de colegio, con los pequeños, sin nada que hacer durante el día, totalmente desplazada y desubicada, con una bola en el estómago que se convirtió en una bola en la garganta y ahí se quedó. Yo aguantaba el tipo porque una característica de mi personalidad es que, aunque estuviera muy angustiada aparentaba tranquilidad presa de un estúpido orgullo, una elegancia trasnochada de fingir que no pasaba nada, todo era cool, relajación conectada.

Esperé frente al restaurante Antonio Martín a que la ruta pasara muerta de nervios, empapada de sudor frío, y azorada y aterrorizada. Odiaba ser la nueva en mi no primer día de clase, sentí una fiera y ardiente irritación hacia mi padre por las ideas peregrinas que se le ocurrían, seguida de un amor culpable. Tuve ganas de besar su cabeza, olía a lana mojada, un sudor vinoso, y leña en una hoguera. ¿Cómo me las iba a arreglar? Puta mierda de vida.

Nuria Verde escritora
Málaga 82 la llegada al Leon XIII

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