Personajes principales en series de televisión

Akiva Shtisel se quedará en nuestro corazón para siempre por su humanidad.

Ya tenemos la idea de nuestra serie, hemos escrito el título, el pitch, el arranque. Pero ojo ojito. Decir hemos escrito quiero decir que nos hemos sentado, nos duele el culo, nuestra cabeza hecha humo y hemos escrito. Para llevar acabo esta tarea, es esencial no autoengañarse. No pasemos de un epígrafe a otro como quien oye llover.

Cualquier proceso creativo necesita concentración y tiempo, paletadas de tiempo, volquetes de tiempo. Práctica, práctica, y más práctica porque el arte de la ficción es el arte de práctica.

Es imposible que una guionista no haya sentido alguna vez el complejo de Dios, el poder absoluto, omnisciente, omnipresente. Se trata de una labor situada en los márgenes, mágica, que consiste en crear vida desde la nada para pupilas ajenas.

Akiva, el capitán Frank Furillo, el detective Starsky, Alf, Tony Soprano, Angela Channing, Kevin Arnold, teniente Colombo, Blanche Deveraux, Baretta, Cagney, Charles Ingalls, Sam Malone, Curro Jiménez, Steve Urkell, Ricardo Tubbs, Blake Carrintong, J.R, Don Draper… Son hombres, mujeres, extraterrestres y coches pero también son personajes principales en una serie de televisión.

Son, en definitiva, los verdaderos protagonistas de las ficciones que más amamos y más nos hacen disfrutar.

Los protagonistas son las caras de las series, factores identificativos y de arrastre de la espectadora. Los personajes principales centran y focalizan el interés de las ficciones.

La vida es una gran fuente de personajes. Por ejemplo, David Chase creó a Livia Soprano basándose en su madre que era “una mujer manipuladora pasivo agresiva que siempre se hacía la víctima y estaba al borde de la histeria”.

Chase creció en Nueva Yersey, y observó a personajes de la mafia mientras era niño. Sus dinámicas familiares las trasladó a Tony y compañía.

En “Los Soprano”, los gansters no son psicópatas -excepto un par de ellos- y es esa fusión entre autobiografía de una familia enferma psicológicamente, y ala vez, tan normal, junto con los problemas de depresión que tuvo Chase, juntos a sus sesiones reales de terapia, con el ingrediente de la mafia, la que hace que la receta de la serie funcione.

-Sino sería insoportable de ver-dice mi madre que vive sola en Málaga y se está volviendo a ver por enésima vez todas las temporadas de “Los Soprano”.

Carmela es el personaje que más le interesa, y Tony le parece un buen padre a mamá. Pero odia al hijo del matrimonio, Anthony.

-Menudo niñato impertinente, insoportable. No hay quien lo aguante-cuenta mamá que, en su soledad, ha recuperado un placer antiguo al ver una y otra vez las series más clásicas de la televisión. “Los Soprano” no envejecen, solo envejecemos nosotros.

Pero no sólo la vida es fuente de inspiración a la hora de crear los personajes de una serie de televisión. También pueden cobrar forma a través de una fantasía como Don Draper en el caso de Mathew Weiner, al que su subconsciente liberó y dio forma en un momento de crisis de la mediana edad, de crisis existencial del creador de “Mad Men“. Draper era todo lo que quería ser, queería hacer, y además llevaba sulado oscuro, su creatividad. toda la negrura que no salía flote en su vida real.

El éxtasis absoluto de ver “Perdición”, un clásico que ya tenías que haber visto

Hace quince años me obsesioné con la película “Perdición”. Mi amistad con Daniela Fejerman, directora de cine, que era también guionista y profesora de guion de largometraje en la SGAE, propició absorberme en esta película de Billy Wilder, y comentarla de arriba abajo con ella, con la minuciosidad de las fanáticas: cómo estaba construida la historia, cómo giraba el personaje de Barbara Stanwyck, los detalles sublimes del guion. “Perdición” fue una película que me marcó aunque no la vi en el cine sino en un DVD pirata que el hermano de Gonzalo me consiguió.

En el libro “Conversaciones con Billy Wilder” que versa de las entrevistas que le hace Cameron Crowe al nonagenario director de “Con faldas y a lo loco”, Billy habla de un agujero de guion que tiene “Perdición”, pero que es necesario para que le encajaran las piezas. En una secuencia de la película Fred MacMurray se esconde tras la puerta abierta del piso de Bárbara Stanwyck, en el hueco entre la pared y la puerta, pero en realidad las puertas se abren hacia dentro y no hacia fuera. Consuela mucho que Wilder recurriera a algún agujero de guion porque “nadie es perfecto”, ja, ja, ja.

En la ciudad de Los Angeles un agente de una compañía de seguros (Fred MacMurray) y una cliente (Bárbara Stanwyck) traman asesinar al marido de esta última para así cobrar un cuantioso y falso seguro de accidentes. Todo se complica cuando entra en acción Barton Keyes (Edward G. Robinson), investigador de la empresa de seguros.

Por supuesto, Bárbara Stanwyck es una ‘femme fatale’ genial, imperial. Como si se hubiera creado el estereotipo para que ella lo encarnase.

Sordidez y pasión, un clásico del cine negro que orientó el código visual del género. Poneros un Gimlet, daros un baño caliente y a disfrutar de Perdición” a sorbos breves y espaciados, aquí en blog “Serietelevision.com”

“Yo maté a Drietrichson. Yo, Walter Neff, vendedor de seguros, 25 años, soltero, sin cicatrices visibles, le maté por dinero y por una mujer. Pero no conseguí ni el dinero ni a la mujer…”

Suele pasar, Walter

Fred McMurry da el tipo como nadie en “Perdición”

Primera parte “Perdición”
Segunda parte.
Tercera parte.
Cuarta parte.

“Málaga 82”. Vivía partida entre dos mundos

Sinopsis

Málaga 82Sara Rojas es una adolescente que no tiene amigos. La novela relata la historia de Sara y Margarita, alumnas de BUP en la “insignificante” ciudad de Málaga hace cuatro décadas. Margarita es extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encuentra su vida exasperantemente aburrida. Sara, por el contrario, es tímida y no ha conseguido tener ninguna relación desde que se mudó con su familia a Málaga hace un año.

Capítulo 9

Vivía partida entre dos mundos: uno, Madrid, el colegio Afuera, con su pinta de castillito menor de pastiche y su tejado empingorotado color azul, sus torretas y gallardetes de imitación, mis primas, Alicia y Gloria, cercada en un universo acotado, donde me pasaba más tiempo con chicas de servicio que con mis padres, y otro, el colegio León XIII, con una vida más salvaje, de playas, carreras a campo a través por los montes de olivos hasta Las Esclavas, donde el primer día los chicos me persiguieron y me lanzaron bostas de caballo secas al oír mi acento fino de la capital. Cielos abiertos, azoteas, extrañeza de estar en el mundo, sumergida en una identidad demasiado sensible e impresionable.

Pero ya viviera en la calle Sánchez Barcaiztegui de Madrid o en el Paseo Marítimo, mi ser íntimo, ese núcleo profundo y escondido, sentía el colegio como una cárcel, como una prisión macabra y grotesca. Prefería estar en el júbilo cálido y reconfortante de la casa de mi abuela, buceando en su corriente submarina de amor incondicional, y complicidad que ondulaba de risa y compañía. El piso de mi abuela en la calle Reding era mi Valhalla, con mis comic s de Tintín, El príncipe Valiente, Flash Gordon, Súperhumores, y periódicos ABC y El Mundo que sobraban de casa.

Hacía todo tipo de estratagemas que me había contado el runrún de radio macuto de las chicas para quedarme en casa y no ir al cole, a resguardo de la intemperie de aburrimiento, crueldades, y asperezas del León XIII, donde estudiar mucho y sacar buenas notas se había convertido en mi única y obsesiva forma de sobrevivir. Me untaba las plantas de los pies colonia en los pies, una peste que inundaba el piso del Paseo Marítimo y corría por el parqué a toda velocidad hasta que explotaba un sudor súbito y me subía la temperatura, y le decía a mamá que tenía fiebre y me dolía la cabeza, y tras la corrobación del termómetro ganaba un día al triste destino y lo trileaba por 24 horas de bienestar y libertad absolutas en los confines amables de mi cama marinera, o me tragaba una tiza que había robado del saliente de la pizarra del León XIII, y vomitaba y rebañaba otro día reconfortante de goce y ocio doméstico de tele y dulce holganza.

¡Alucinante! ¡Aggggghhhhh, qué de puta madre1

Mi vocación era el escapismo moderno. Huir era lo que mejor sabía hacer en la vida, soñar ensoñaciones románticas y sexuales, profundamente eróticas, con Margarita, largarme a otro mundo con novelas y películas, pirarme con el pasaporte de mi imaginación porque lo que pasaba en mi fantasía tenía más peso específico que lo que acontecía en la tristona y chata realidad de estudios, comidas sórdidas y rutinas tediosas en el León XIII.

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Ver “Ally McBeal” online

Ally McBeal es una joven independiente pero insegura, inteligente pero neurótica, una romántica y soñadora abogada que por por puro azar empieza a trabajar en un bufete de abogados, donde también trabaja Billy, un ex-novio al que nunca olvidó. El problema es que Billy ya está casado, y, además, su esposa también trabaja en el despacho, un singular bufete donde todos comparten un baño unisex. 

Primera temporada interesante. Bastante imaginativa para la época, fantasías, vídeos virales, interludios musicales.

No estaba entre mis favoritas. Sólo para fans y nostálgicos.

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El colocón lisérgico de conocer a Jesse Pinkman. Ver el tercer capítulo de “Breaking Bad” gratis online

“Breaking bad” está la número en el ranking de la lista “Si no te gusta esta serie, a mí ni me hables”.

En una entrevista que le hicieron a su creador, el grande Vince Gilligan, contó que:

-No sé de dónde me vino a la cabeza la idea de la serie. Sí que me acuerdo del momento en el que la idea explotó dentro de mí. Intuyo que tuvo que ver algo, con el hecho de que yo iba a cumplir 40 años. Sentía una crisis de mediana edad desestabilizadora. Y creo que Walter White, al menos durante las primeras temporadas, está sufriendo la peor crisis de la mediana edad del mundo mundial. Aunque al final del primera episodio, en realidad Walter padece una crisis terminal, propia de cuando sientes que te vas a morir, no es una crisis de mediana edad. De ahí vino todo.

-Bueno, hay un concepto en “Breaking Bad” que se basa en que si un médico te da una sentencia de muerte, tienes el potencial derecho de hacer lo que te de la gana.

-Me he hecho esa pregunta un montón de veces. Creo que yo no haría nada ilegal como Walter White pero…

Tercer capítulo de la primera temporada de “Breaking Bad” “An the bag is in the river”.



-La serie transpira confianza. Como si tuvieses muy claro lo que querías hacer, Vince.

-Me encanta que la serie arrasara en todo el mundo. Pero, en realidad, soy la persona más insegura que hayas entrevistado jamás.

-¿Cómo eres como persona?

-Soy un neurótico. En cada giro de la serie, me creo que me van a quitarla de la parrilla. Nunca me creí que fueran a estrenar “Breaking Bad”. Cuando se estuvo emitiendo durante unos años, pensé: Bueno ahora la quitan en cualquier momento.

Nuria Verde, la autora de este blog, junto con dos de sus mejores amigas: Gabi y Marga, homenajeando a Walter White.

Disfrutal al ver el tercer capítulo de “Breaking Bad” gratis online.

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“Málaga 82”. La llegada al Leon XIII

Sinopsis

Málaga 82Sara Rojas es una adolescente que no tiene amigos. La novela relata la historia de Sara y Margarita, alumnas de BUP en la “insignificante” ciudad de Málaga hace cuatro décadas. Margarita es extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encuentra su vida exasperantemente aburrida. Sara, por el contrario, es tímida y no ha conseguido tener ninguna relación desde que se mudó con su familia a Málaga.  

Capítulo 8

En realidad, yo fui al colegio León XIII por pura chamba. Fue un error, un requiebro del destino, una charada de la suerte, una carretera secundaria que mi vida no tendría que haber cogido. El azar es lo único real, dice Paul Auster. En mi caso, fue así.

Yo tenía que haber ido a las Teresianas al empezar el nuevo curso en Málaga porque las hijas de una colega de mi madre en la Facultad de Filología Inglesa, en San Agustín, Patricia Trainor, que llevaba a sus hijas, modelos de probidad y óptimo desarrollo adolescente, le había recomendado dicho colegio. Pero dio la casualidad, que había plaza para mí pero no para mi hermana pequeña, Marta. Sin embargo, mi madre no quería separarnos y en El León XIII, que aceptaba a todo quisqui, había plaza para ambas Rojas.

Un mes antes nos habíamos despedido de Colmenar del Arroyo, un pueblo en la sierra de Madrid, donde veraneaba con mis primas, y mi abuela tenía un chalet. Allí había vivido momentos de pura alegría lejos del colegio Afuera, donde todo era triste y opresivo, y, además, según Paco el Albondiguilla, un amigo de mi padre, tenía nombre de discoteca.

Mi padre arrancó el coche después de haber recogido nuestros enseres del chalet de Colmenar y condujo por la cuesta que desembocaba en una sierra poblada de armazones de hormigón, plantas vacías y sin paredes, esqueletos de chalets a medio construir, donde yo jugaba con mis primas, aunque mi padre decía:

-A ver si te vas a sacar un ojo-siempre tan alegría de la huerta. Aunque su frase tenía una razón de ser. Una vez cuando papá era niño y estaba interno en los Dominicos, durante el noviciado (sólo llegó hasta ahí) había presenciado cómo dos chicos, cuando jugaban a espadachines con dos palos uno le había sacado el ojo al otro, lo cual le había causado una honda y perdurable impresión a papá.

Mientras el Seat 1430 azul aka “el azulete” avanzaba por la tira de regaliz de asfalto, miré por la ventanilla y mis ojos se aguaron con una sensación de pérdida increíble. Se adueñaron de mí una melancolía y una nostalgia brutales. Mariposa mortecinas aletearon en mi estómago y luego subieron hasta la base de mi garganta para quedarse allí.

Parecía estar dentro de la película “La fuerza del cariño”, cuando Debra Winger se va de casa y se separa por primera con el coche cargado hasta la cencerretas con Jeff Daniels, su reciente marido, y su madre, Shirley McClain la despide y se desagarra por dentro, aunque a mí sólo me decía adiós yo misma, y a pesar del sentimiento de irrealidad y absurdo, de ser todo una broma macabra kafkiana, era consciente de que la máquina de la realidad movía sus ruedas, era mi propia vida que da un giro tan determinante en mi destino. Irnos de Madrid donde había pasado toda mi vida me abrumó.

Vivíamos de alquiler en el piso septimo del Paseo Marítimo, enfrente de la Residencia Militar en Málaga. A la derecha quedaba el club Mediterráneo, el faro muerto al que todo el mundo llamaba la farola, y detrás el puerto vallado, donde había algún portaviones americano y el eterno Melillero, con su atronadores resoplidos de salida y de llegada.

El piso era grande y frío, con muebles prestados que le daba un aspecto lunar y excéntrico, viajes revistas del corazón con el accidente en el que había muerto Gracia de Mónaco que devoré, un salón muy grande que daba a la playa, y al paseo donde pasaban coches de caballo con turistas, un campanilleo dulce y armonioso. Viniendo de Madrid, lo que más me impresionaba era la luz dorada que irradiaba el cielo y la sensación alucinante de estar frente a espacios abiertos, no encajonada bajo el grisú del cielo y edificios. Todo estaba abierto, la ciudad, la playa, el mar, el horizonte. Yo me abrí, algo se expandió en mi interior y me ensanché por dentro, y entró la luz azul del Mediterráneo y fue maravilloso.

Me invadio la sensación de respirar mejor. El rectángulo de mi pecho se había abierto, y la libertad era pletórica. Albergué muchas expectativas de una vida mejor, de futura alegría, de una realización de mi ser, de ser una serpiente que muda su piel vieja y seca, y se renueva con una nueva epidermis y una nueva vida.

La llegada al León XIII

Mi hermana empezaba antes que yo, y a mi padre le entro la manía de que yo tenía que acompañarla, la niña no podía ir sola en su primer día, yo tenía que ejercer de hermana mayor. Mis padres sobreprotegían a Marta y a mi me dejaban aventando en el abismo. Era una dinámica familiar.

Me resigné, porque si le decía que no, mi padre se enfurecía, y a mi me daba miedo cuando se ponía así, me sentía empequeñecer ante sus gritos como un personaje de dibujo animado. No me molaba nada la idea de ir a mi primer día de colegio, con los pequeños, sin nada que hacer durante el día, totalmente desplazada y desubicada, con una bola en el estómago que se convirtió en una bola en la garganta y ahí se quedó. Yo aguantaba el tipo porque una característica de mi personalidad es que, aunque estuviera muy angustiada aparentaba tranquilidad presa de un estúpido orgullo, una elegancia trasnochada de fingir que no pasaba nada, todo era cool, relajación conectada.

Esperé frente al restaurante Antonio Martín a que la ruta pasara muerta de nervios, empapada de sudor frío, y azorada y aterrorizada. Odiaba ser la nueva en mi no primer día de clase, sentí una fiera y ardiente irritación hacia mi padre por las ideas peregrinas que se le ocurrían, seguida de un amor culpable. Tuve ganas de besar su cabeza, olía a lana mojada, un sudor vinoso, y leña en una hoguera. ¿Cómo me las iba a arreglar? Puta mierda de vida.

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Goza de “Extras” online con el humor de Ben Stiller

“Extras” es una de las criaturas que nacen del cerebro vitriólico y la ironía malvada del gran Richard Gervais, el creador de “The Office”, “After Life”, y tantas comedias que te dejan con la carcajada y con la desolación presentes a la vez.

Nos encontramos ante otro tipo de comedia, aquí no hay risas enlatadas ni trazo grueso ni gente que habla muy alto y exagera sus miserias porque la comedia de Gervais acepta la tristeza, la melancolía como elemento de la vida y ese gesto le da humanidad.

Personajes originales, con encanto, crítica a Hollywood y sus fanfarrias fnestas, Gervais demuestra que tiene un ojo cómico más agudo que el resto, puede ser cabrón, puede ser canalla, pero lo aceptamos.

Gervais crea otro personaje egocéntrico, insensible, impío y ruin, que me resulta fascinante. No es muy diferente de algunos personajes que conozco en TVE. Su especialidad son esos tipos tóxicos que cuando los vemos en una pantalla nos hacen más gracia pero, en la vida real, nos abren una brecha en el corazón con una botella rota.

Comedia alrededor de un amargado aspirante a actor que deja su empleo fijo para seguir su sueño de convertirse en un famoso actor de cine; y se encuentra con la triste realidad de no conseguir un papel importante para lograr su objetivo.

Espero que disfrutéis del capítulo, con Ben Stiller, un actor que siempre me ha parecido divertido, en sus papeles de pringado desgraciado.

El humor de Gervais es corrosivo y caótico, honrado, molesto en la superficie.

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La increíble experiencia de ver gratis online “Eli Stone”

Hablaba el otro día con mi amiga Yoyoba de John Lee Miller a propósito de la nueva temporada de “The Crown” en el comedor tiritón de Torrespaña, donde mis amigos y yo bajamos con los plumas puestos.

-El guapo de Trainspotting hace de John Major, así con un flequillo-dice Yoyoba mientras se pone la palma de la mano sobre la frente-y lo hace muy bien.

-¿Con qué famosa estaba casado?-rebusco en mi memoria y me siento frustrada porque en su pantalla táctil no sale ningún nombre.

-Ah, sí. Ewan McGregor-dice Joaquín, que hoy ha venido vestido con camisa de cuadros y vaqueros y cinturón charro como si se hubiese saltado del carro de Bonanza y hemos tenido un jugoso cachondeo en la redacción a costa de la anécdota.

-No, el otro guapo.

-John Lee Miller.

-Ese.

-¿Sicko?

-No me acuerdo.

Luego San Google me refresca la memoria. Miller estuvo casado hace 22 años con Angelina Jolie cuando eran dos desconocidos adolescentes. Se conocieron trabajando en Hackers. Pero Angelina sintió que había perdido su identidad y se separó de él al año de casados.

Hoy he recatado del baúl de la memoria, y de zarabanda de dvds que aún quedan en casa, el primer capítulo de la primera temporada de “Eli Stone”, protagonizada por Miller.

Se centra en la vida de un jurista que trabaja en un bufete de San Francisco, Eli Stone (Jonny Lee Miller), quien parece tenerlo todo: fama, dinero y amor. Pero a causa de una aneurisma cerebral que le hace ver visiones, cambia radicalmente su vida y se empeña en ser mejor persona y mejor abogado.

Los delirios musicales de Eli son una gozada pletórica.

A disfrutar de la serie, Elis de esta vida, perdidos en el maremagnum de la realidad, en la condición humana limitadora, en busca de esa conexión divina. Es la increíble experiencia de ver gratis online “Eli Stone”

El colocón lisérgico de conocer a Skyler White. Ver “Breaking Bad” capítulo 2 online gratis

 5 temporadas. 62 episodios. Tras cumplir 50 años, Walter White (Bryan Cranston), un profesor de química de un instituto de Albuquerque, Nuevo México, se entera de que tiene un cáncer de pulmón incurable. Casado con Skyler (Anna Gunn) y con un hijo discapacitado (RJ Mitte), la brutal noticia lo impulsa a dar un drástico cambio a su vida: decide, con la ayuda de un antiguo alumno (Aaron Paul), fabricar anfetaminas y ponerlas a la venta. Lo que pretende es liberar a su familia de problemas económicos cuando se produzca el fatal desenlace.

Escalofríos, estremecimientos, fascinación, emociones agridulces, shocks, batir del corazón, aceleración en la sangre, rugir de tímpanos: todas esas sensaciones te las da la serie “Breaking Bad”

En este blog vamos a disfrutar del segundo capítulo de la primera temporada gratis y online, con subtítulos en español. Espero que el chupito de tequila, Heisenbergs, os encante.

En una entrevista a Vince Gilligan, el creador de “Breaking Bad”, contó:

-Cuando se estrenó la serie, a los espectadores no les gustó nada Skyler (la mujer de Walter, el protagonista) Eso perturbó mucho a Anna Gunn (que interpreta a Skyler) porque el personaje de Skyler nunca hizo nada para merecer semejante reacción. Y Anna tampoco hizo nada para mercerla. Interpretaba el papel con mucha belleza. Me di cuenta de que la serie se veía a través de los ojos de Walter White, incluso en las secuencias en las que no estaba presente. Gus, su archienemigo, no recibía la aversión que Skyler recibía. Es algo raro, raro, todavía le doy vueltas años después.

Disfrutad del colocón lisérgico de la serie “Breaking Bad”.

La autora del blog, Nuria Verde, con dos maravillosas amigas, Marga y Gabi, tomándose un pisco sour. Atención a mi camiseta, Heisenbergs.

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“This England”: el machaque al ego de Boris Johnson

“La vida es lo que pasa mientras haces otros planes”, dijo John Lennon. Es lo que pasa en la serie británica ‘This England’, un híbrido entre periodismo, documental, y ficción, drama, en este caso, interesante pero muy al estilo Boris Johnson, fanfarrón y muy bien contado, pero poco profundo. ¿Consiguen los guionistas, Nichael Winterbotom y Julian Jarrod, retratar la estrategia fracasada de Inglaterra frente al COVID? Sí, totalmente. La serie se ve de forma absorbente, aunque no te conmueva, tal es la saturación que tenemos con una pandemia tan reciente, que nos ha afectado tanto, como la Covid 19. ‘This England’: el machaque al ego de Boris Johnson al que retrata también en su soledad acorralada.

Kenneth Branagh está muy logrado como Boris, le imita muy bien, a veces se encarna en él. El actor rompe la imagen mediática que tenemos de Johnson como patán arrogante, aquí aparece humanizado: su soledad, su mala relación con sus hijos que se han desapegado de él, sus frustraciones de nuevo ‘Churchill’, su cultura, su obsesión con Shakespeare y Churchill, su afabilidad con su equipo. En comparación, Dom Cummings, su segundo, es la figura más oscura. Como dice un asesor recién despedido de forma traumática en el pub con unos colegas:

-Boris no es malo. Pero Dom es Cronwell.

-Pues Boris no será Enrique VIII-contesta un compañero (en alusión a la cantidad de hijos que tiene Johnson)

Kenneth capta los gestos y la forma de hablar de Boris, lo mejor es que no se queda en una parodia de Joaquín Reyes sino que consigue retratar a un Boris humano, desbordado por la realidad y los trágicos acontecimientos, que no es el grosero tontolaba que reflejan los medios y Twitter, sino un hombre al que sus hijos nunca cogen el teléfono, y está constantemente rodeado de gente pero más solo que la una.

Por otra parte, Boris Johnson encarna el paradigma egotista, el símbolo del ego, prepotencia y miedo, ambición y derrota, triunfalismo narcisista y miseria moral.

Lo que me atrae de This England es el estilo periodístico a la hora de contar la historia. Es un acierto arrancar el piloto, con imágenes reales para luego trufar la narración de bloques de ficción que muestran a Boris en su mansión del campo con Carrie, su tercera mujer que está embarazada.

Los guionistas son cronistas de nuestra época, y pronto ya no sabes lo que es real y lo que es ficción.

En realidad, “This England” es una crítica acerba y feroz a la negligente respuesta que tuvo el Gobierno británico conservador a la pandemia.

Me debato entre que es demasiado pronto para hacer una serie sobre la pandemia, y no da muchas ganas de revivir la horripilante historia, sinceramente, a impresionarme por la enorme presión que sufrió el personal solitario, por la soledad, el miedo, la angustia de los pacientes conectados a los ventiladores, cómo es eso de morir a solas en un hospital lejos de tus seres queridos.

En realidad Boris Johnson, en el piloto, no aparece como un personaje negativo, porque tiene a un personaje mucho más malvado a su lado: Don Cummings. Como pasaba en la serie Los Soprano, Tony se salvaba por comparación con otros mafiosos, en especial con el psicópata Ralph Ciffareto. De hecho, en “This England” han criticado a los guionistas por presentar demasiado simpático a Johnson.

Boris Johnson, simpático

Kenneth Brannagh acierta al mimetizar a Johnson, personaje muy fácil de imitar, por otra parte, pero también lo logra al encarnar sus partes más humanas: su tristeza, su soledad, su frustración y derrota.

‘This England’ cuenta la historia de algunos de los eventos más devastadores ocurridos en el Reino Unido, liderados por un Primer Ministro, Boris Johnson, que operó en unos tiempos sin precedentes. El drama sigue el impacto generado por la pandemia y la respuesta de científicos, enfermeras y médicos que trabajaban incansable y heroicamente para contener y superar el virus. Está basada en el testimonio de primera mano de personas de todos los ámbitos de la vida, del nº 10 de Downing Street, del Grupo Asesor Científico para Emergencias y de hospitales y residencias de todo el país.

Curiosamente, lo que más llama mi atención es la naturaleza híbrida de ‘This England”, la mezcla de géneros, y el hecho de pasar del naturalismo periodístico de las secuencias que acontecen en los hospitales a la sátira política detrás de las puertas de Downing Street.

Muchas alusiones a Shakespeare, (la ingratitud de los hijos, Boris se ve como un Rey Lear) y a Churchill.

En realidad, para los espectadores el motor de la intriga es saber qué se cuece en las habitaciones y despachos de Downing Street, detalles jugosos y cotilleos.

Pasamos de la euforia de la victoria electoral de los torys en diciembre de 2019 con el slogan: “Get Brexit done” al maremoto que vino pocos meses después.

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“Málaga 82”. “Polvo de estrellas de Pumares”

Sinopsis

Málaga 82Sara Rojas es una adolescente que no tiene amigos. La novela relata la historia de Sara y Margarita, alumnas de BUP en la “insignificante” ciudad de Málaga hace cuatro décadas. Margarita es extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encuentra su vida exasperantemente aburrida. Sara, por el contrario, es tímida y no ha conseguido tener ninguna relación desde que se mudó con su familia a Málaga hace un año.Vamos ya con el capítulo 6 de “Málaga 82”. “Polvo de estrellas de Pumares”.

Capítulo 6

Era una noche de tempestad de domingo, truenos y aquelarre de relámpagos que cortaban el silencio, con su brusca oscuridad y fanfarria telúrica. Me desvelé. Me hice una sesión de placer solitario bajo el poster de James Dean y sentí fuegos artificiales fosforescentes tras los párpados. La cara y el sombrero tejano en blanco y negro de James Dean se agrandó y se pixeló. Me sentí mucho mejor y relajada. Pero el manantial del sueño se había secado.

Cuando dieron las cuatro de la mañana en el carrillón del salón, me levanté, desesperada. Había pasado algo horrible en la calle Bolivia y no conseguía olvidarlo. Me atormentaba como un vampiro angustioso. Al recordar la escena me quedé consternada. Sentí miedo y asco. Mis ojos se reblandecieron y humedecieron.

Me sentí de nuevo avergonzada y reprimí su recuerdo. Eres subnormal, me dije. Tuve ganas de quitarme la vida al evocar la ardiente vergüenza y odio hacia mí misma. Pero no tenía valor. Lloré, presa de un desconsuelo infinito que creía que iba a durar para siempre, mientras mordía la almohada y me entregaba a una desesperación mórbida.

Escribir era mi terapia. Vale, lo que escribía era una mierda pero me sentiría mejor después de haber vomitado toda la bola. La cabrona de Margarita, ¿cómo había podido traicionarme de esa manera? La vida era una puta mierda.

Me arrastré, remolqué mi propio ser doliente hasta la silla tapizada de cuero marrón oscuro, patas alabeadas, frente al escritorio donde ocupaba un lugar hegemónico mi máquina de escribir Olympia. Era eléctrica y de color blanco. Como mi madre no creía en los Reyes para los adultos y yo con catorce años lo era ya, me la había regalado para mi cumpleaños. Yo hubiese preferido un Spectrum 48 K -que era lo que de verdad me había pedido, pero mis padres rechazaron la idea diciéndome que sólo lo iba a utilizar para jugar. Era verdad.

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Si quieres leer otro capítulo de “Málaga 82”, pincha aquí.

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El colocón lisérgico de conocer al capo Heisenberg. Ver el primer capítulo de “Breaking Bad” gratis online

En “Breaking Bad” iban a pasar muchas cosas que luego no pasaron: Jesse iba a morir, Walt iba a matar a Jane, la primera temporada iba a durar doce capítulos pero sólo duró ocho por la huelga de guionistas, la metanfetamina era droga de verdad, no, estoy de coña, en realidad, eran dulces.

Vince Gilligan dio la campanada con esta serie. Me habló de ella, mi compañera de RTVE, Marta Rodríguez, allá por el 2008 cuando hacía menos de un año que yo había entrado en un programa dedicado a internet que se llama “Cámara Abierta 2.0”.

-Es una serie para adultos. Me está impresionando.

-¿Me la recomiendas?

-Total.

Tras cumplir 50 años, Walter White (Bryan Cranston), un profesor de química de un instituto de Albuquerque, Nuevo México, se entera de que tiene un cáncer de pulmón incurable. Casado con Skyler (Anna Gunn) y con un hijo discapacitado (RJ Mitte), la brutal noticia lo impulsa a dar un drástico cambio a su vida: decide, con la ayuda de un antiguo alumno (Aaron Paul), fabricar anfetaminas y ponerlas a la venta. Lo que pretende es liberar a su familia de problemas económicos cuando se produzca el fatal desenlace.

“Breaking bad” no es que sea un clásico televisivo, es que se ha convertido en un fenómeno sociocultural, una de esas series de la que todo el mundo habla, comenta el capítulo de la mosca en el laboratorio, o la secuencia del robo del cajero de la pareja yonki, o cuando aparece por primera vez Tuco Salamanca.

Sólo tiene un fallo: a los mejicanos que hablan español no hay quien se los crea. Pero bueno, el guion es tan bueno, que les vamos a perdonar la vida.

En este blog puedes ver el primer capítulo de “Breaking Bad” gratis online.

Disfruta de un buen colocón.

La autora del blog, Nuria Verde, con dos maravillosas amigas, Marga y Gabi. Atención a mi camiseta, Heisenbergs.

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Ver “Pizza, birra, faso” gratis online y disfruta

Cuatro amigos. Una ciudad. Una única salida… El Cordobés vive con sus tres amigos y su mujer embarazada, Sandra, en la misma casa. Los cuatro forman una banda de adolescentes marginales, que pulula por las calles de Buenos Aires, y vive del robo, pero no actúan por cuenta propia, siempre cumplen órdenes de alguien que les quita la mayor parte del botín. La filosofía de vida del Cordobés y los suyos consiste en que mientras no les falte cerveza, pizza y cigarrillos, todo es soportable. Tienes una oportunidad de ver Pizza birra faso gratis online y disfrutar.

Película argentina dirigida por Bruno Stagnaro e Israel Adrián Caetano.

Una opera prima madura que habla de la juventud bonaerense, escrita con las tripas, con una frescura y, a la vez, una hondura encomiables.

Unos jóvenes quemados por la pobreza y la miseria, devastados por una política económica que arrasa con los débiles, y una clase política reyes en el reino infinito de la corrupción se dedican a sus únicos placeres, las únicas motivaciones que les quedan: comer pizza barata, beber birra y mangar fasos (cigarrilllos)

Cinema verité muy bien contado.

Primera parte de “Birra, pizza y faso”
Segunda parte de “Birra, pizza y faso”
Tercera parte de “Birra, pizza y faso”

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“Málaga 82”. Málaga era Hawai

Capítulo 5

Sinopsis

Málaga 82Sara Rojas es una adolescente que no tiene amigos. La novela relata la historia de Sara y Margarita, alumnas de BUP en la “insignificante” ciudad de Málaga hace cuatro décadas. Margarita es extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encuentra su vida exasperantemente aburrida. Sara, por el contrario, es tímida y no ha conseguido tener ninguna relación desde que se mudó con su familia a Málaga hace un año.

Una semana antes.

En 1982, Málaga era Hawai: palmeras, playa, cielos rosas y una temperatura, con una media de 22 grados durante todo el año, que te hacía creer que siempre era verano.

Esa noche de domingo tibia y benigna de diciembre, yo me había encerrado en mi habitación, poster de James Dean en Gigante bajo el que me masturbaba y me quedaba vacía, flotando, extraía todos los pensamientos de mi cabeza, subiendo mi serotonina. Cama marinera imitación de barco, con un broche dorado con forma de ancla incrustada en el armazón de falsa caoba, color coñac llama.

Escribí en mi diario secreto. Hacía dos domingos habíamos celebrado el cumpleaños de Natalia, en un burger de Echevarría, donde ella vivía en un piso de los bloques verdes, muy cerca del colegio Estanislao de Koska. Había ido con Mónica y Virginia. Mónica era la única amiga que tenía, Virginia era una sofisticada y elegante adolescente, muy lista, espigada, y con media melena morena brillante como el pelaje lustroso de una foca. Sacaba buenas notas pero era una empollona diferente a mí. Yo me centraba en los estudios por una obsesión ciega y feroz por ser buena en algo, por compensar mi sensación de ser fea y cero carismática. Sin embargo Virginia brillaba en el colegio León XIII como si fuera natural en ella, como si todo lo que hiciera en la vida se revelase fácil, como si no le costase ningún esfuerzo ser una nínfula grácil, etérea, inteligente y crítica, que caminaba a diez metros del suelo de las demás mortales, como las deliciosas criaturas que hacían las delicias de Humbert Humbert en Lolita de Navokov.

Natalia nos había invitado a una hamburguesa, patatas y una Coca Cola grande. Estaba también su madre, Mariola, una mujer muy agradable que era la mujer del director del colegio León XIII, y trabajaba en secretaría. Se había quedado esperando en el banco de fuera del burger.

Como yo había llegado nueva ese año, y era más rara que un perro verde, jamás nadie me invitaba a un cumpleaños. La ilusión que me hizo ser una de las elegidas de Natalia fue sideral, brutal. Deambulé, borracha de alegría, por nuestro piso del Paseo Marítimo como en trance, embobada, y perdida en una ensoñación delirante, enredada en mis pensamientos excitados como muñecos sorpresa que hubieran salido de su caja prisión.

Al volver del burger a casa de Natalia, descubrí que salía humo por el ventanuco del garaje. Se estaba quemando un coche. Sentí un acelerado orgullo por dar la noticia a todo el mundo porque fui la primera en percatarme del incendio. Me excitó que un acontecimiento fuera de lo normal animara una tarde previsible y poder contar algo el lunes siguiente en el colegio.

A Natalia le habíamos regalado un diario de tapas duras azul cielo, con un broche dorado y una mágica llavecita plateada para clausurar la turbación efervescente de sus secretos. Mónica y yo lo habíamos comprado en la Azalea, una tienda de chucherías caras pero preciosas que estaba en el Paseo de Reding. Pero mi madre, siempre generosa en extremo, me había dado el doble de dinero de la parte que tenía que aportar. Así que yo había vuelto a la tienda, a espaldas de Mónica para que no pensara que tenía más dinero que ella y quedar mal, y me había comprado un diario idéntico, con gran satisfacción de propietario y con la embriagadora ilusión de escribir mis pensamientos más íntimos en él, el comienzo de una novela, una obra de teatro.

-No quiero ir a la fiesta de Navidad del colegio-escribí, sentada frente a mi escritorio de madera rayada, una pegatina de Acción contra el cáncer en la ventana, piso quince del Paseo Marítimo, el rumor amortiguado del Melillero en el puerto, el rumor de los niños que jugaban en el patio-y añadí:

-Quiero que Margarita se fije en mí. Quiero que Margarita se enamore de mí.

Margarita era una chica canaria, de melena color cobrizo, y una simpatía sobrenatural, alta y delgada, que vestía con jersey anchos de su hermano mayor, vaqueros pegados a sus piernas, de mi clase del colegio León XIII.

En ese momento, se abrió la puerta, y Marta, mi hermana pequeña, aulló como una hidra demente mientras yo me sobresaltaba de terror rojo y cerraba mi diario de un golpetazo brusco.

-¡Guarra. Fanguta. Me has robado mis bragas nuevas!

-No. Te lo juro-mentí.

-Que te folle un pez, mentirosa de mierda. Te odio-gritó Marta mientras me tiraba un libro a la cabeza que me impactó en la frente. Me puse a llorar. Una vez, Marta me había mordido la oreja en un ataque de rabia y me habían tenido que llevar a Urgencias. Me sentía como Van Gogh reencarnado aunque sin su genio para pintar noches estrelladas.

-Niñas, pero ¿para eso vais a colegios de pago?-preguntó, escandalizada, mi abuela desde el salón mientras veía un especial de Lina Morgan en la primera cadena de Televisión Española.

-¡Confiesa, perra!

-¡Que no he sido yo!

-Te odio.

-Yo también.

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Si quieres leer otro capítulo de “Málaga 82”, pincha aquí.

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Ver “Damages” online gratis en el blog

Me gusta más Glenn Close que Meryl Streep, creo que se arriesga más en su interpretación, lo da todo y sobre todo me impresiona una característica suya: su versatilidad. Lo mismo puede hacer de una abogada perturbada en “Atracción Fatal” que de una madre rural, pobre y tradicional en “4 días”. Es la protagonista de la serie “Damages”. Aquí vamos a tener la oportunidad de ver “Damages” online gratis en el blog.

Creo también que Close, como en su día hizo Bette Davis, se ha implicado en papeles de mujeres ‘malas’, complejas que dejan ver su sombra a las claras, que no se averguenzan de su oscuridad, no olvidemos a Glenn Close cocinando el conejo de la jija de MIchael Douglas ni luego secuestrándola para llevarla a la montaña rusa. Pero Close tambén puede hacer de matriarca ancianita Hillbilly o de Marquesa Isabelle de Merteuil con la misma credibilidad.

Gleen Close es una de mis actrices favoritas. Sus ‘malas’ siempre tienen una vulnerabilidad oculta que hace que empatices con ella.

Por eso, he subido un capítulo de la serie “Damages” para que lo disfrutéis. “Damages” era una buena serie, que tuvo una excelente primera temporada pero que luego fue a menos. Una lástima.

Es de carácter judicial y está ambientada en Nueva York. Patty Hewes (Glenn Close) es una famosa e implacable abogada, experta en litigios contra dirigentes de grandes compañías. Ellen Parsons (Rose Byrne) es su joven y brillante protegida. En un importante juicio se enfrentan a Arthur Frobisher (Ted Danson), uno de los más ricos y poderosos empresarios del país. Mientras Patty libra una dura batalla contra Frobisher y su abogado, Ellen se dedica a aprender los entresijos de la profesión.

En una entrevista que le hicieron a Glenn Kessler, uno de los creadores de Damages, (también es el creador de “Bloodline“) este aseguró que “es verdad que los tres creadores, tuvimos mucho debate al terminar la primera temporada de la serie, sobre los cambios que queríamos hacer y también los cambios que nos pedía la cadena respecto al share y tener más audiencia de una parte muy concreta de los espectadores. Pero no hicimos caso, y en vez que intentar captar a espectadores más jóvenes ganamos los premios Globos de Oro. Fue increíble, muy emocionante, que todo el mundo que se había involucrado en este proyecto consiguiera ese reconocimiento, y lográramos más libertad respecto a la cadena y la productora”.

Por su parte, Gleen Close afirma que “me gustó mucho el punto de que empezáramos la segunda temporada realmente donde acabamos la primera. Y la verdad es que mi personaje se ha traumatizado dolorosamente. Creo que el suicidio de Ray Fiske la puso en un lugar donde nunca había estado. Patty perdió el control por completo. Atacó a Ellen muchísimo. Hay mucho de lo que Patty se arrepiento. Y hay que contemplar este hecho”.

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Ver “Furtivos” gratis online

“Furtivos”, dirigida por José Luis Borau, cuenta la historia de Ángel (Ovidi Montllor) es un cazador furtivo que vive en un bosque con su madre (Lola Gaos), una mujer tiránica y violenta. En uno de sus escasos viajes a la ciudad, conoce a Milagros (Alicia Sánchez), una chica que ha huido de un reformatorio y que es la amante de un delincuente llamado El Cuqui. Ángel la protege y la lleva a su casa. La animosidad de la madre hacia Milagros, así como la atracción que Ángel siente hacia ella desembocarán en un drama. Os dejo Furtivos gratis online en mi blog.

La película “Furtivos” dirigida por José Luis Borau. Primera parte.

Borau retrata una España subdesarrollada, brutal y mísera. El director nos presenta a una madre, interpretada por Lola Gaos, que está imperial, tiránica y violenta, que tiene ninguneado y sometido a su hijo.

En “Furtivos”, los guionistas, el propio Borau y Manuel Gutiérrez Aragón, nos alejan de la imagen idílica y bucólica del mundo rural, lo cual me evoca la novela “Un amor” de Sara Mesa, en el sentido de que una mujer joven que busca escapar de la ciudad y encontrar un refugio en el campo, se encuentra con un entorno hostil y una realidad descarnada, perdiendo sus ilusiones y su identidad por el camino.

La película “Furtivos” dirigida por José Luis Borau. Segunda parte.

“Furtivos” es un clásico dorado del cine español, un peliculón. Cuesta creer que lograra pasar la censura franquista porque la historia es dura, durísima, y José Luis Borau no hace concesiones. Quizás porque se estrenó en 1975, cuando ya Francisco Franco daba sus últimos estertores.

Una fuerza telúrica y oscura recorre el guion, que junto con la interpretación de los actores, son las claves de un drama rural apasionado y brutal, contado de forma llana y directa, huyendo del cine de arte y ensayo, de los simbolismos.

La película “Furtivos” dirigida por José Luis Borau. Tercera parte.

Gonzalo, mi marido, me descubrió “Furtivos”, una peli que le gustaba mucho cuando nos enamoramos. La vimos juntos en su casa de Moratalaz, una tarde de domingo de lluvia, viento y otoño. Sus padres nos estaban.

El guion me impresionó mucho. Me clavó un cristal en el alma. Esta película nos unió a Gonzalo y a mí.

“Furtivos” ganó la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián en 1975.

El guion posee tensión dramática que va ‘in crescendo’, creando una sensación de angustia psicológica muy bien llevada, que acaba explotando con coherencia.

La figura del Gobernador Civil, interpretado por Borau, es todo un puntazo. Aficionado a la caza, y a la comida casera de Lola Gaos, hace gala de una dejada ética profesional, es negligente y chapucero al máximo, muy propio de una España en la que aún nos reflejamos.

Borau hurga en la España profunda, la España negra, que me recuerda a otra película impresionante, “Los santos inocentes” de Mario Camus, basada en la novela de Miguel Delibes.

Aunque en esta historia, la figura de la madre celosa, híperdominante, interpretado por una Lola Gaos en estado de gracia, acapara un protagonismo de peturbación y demencia desatadas. Hay alusiones nítidas al incesto, hay escenas de sexo y violencia increíbles y atrevidas para la época.

“Furtivos” es un cuento de hadas de terror en un bosque podrido hasta la médula, que nos habla de locura y aislamiento rural extremo, de soledad y maternidad opresiva y asfixiante.

La película “Furtivos” dirigida por José Luis Borau. Cuarta parte.

En una entrevista que le hizo la Academia de cine a José Luis Borau responde a las preguntas del entrevistador sobre Futivos:

-Es una película quintaesenciada. Yo no conocía el mundo de los bosques. Fue una idea de Manolo. Yo, de niño, había veraneado en el Pirineo y me habían marcado los bosques. Pero no era un hombre de bosques. Pero yo recuerdo que tenía una idea muy clara de que yo quería hacer: una película sobre un bosque, con Lola Gaos. Y Manolo dijo: ¿pero qué hace Lola Gaos en un bosque? Entonces yo no lo sabía. Empezamos a hablar. Lola Gaos, ¿por qué te gusta tanto? Pues me gusta mucho porque en “Tristana” era la que mejor estaba de todos, porque simplemente cruzaba los brazos así y ya era un tema y un personaje, mientras que los demás…Ella no tenía que interpretar, no como Franco Nero, Catherine DEneuve y Fernando Rey.

-Lola Gaos, Saturno, el padre que se come al hijo, es un monstruo, Lola Gaos se come al hijo, se lo come en un bosque pero ¿por qué? Ahí comenzo la fabulación sobre “Furtivos”.

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“Málaga 82” Bar Manhattan

Sinopsis

Málaga 82Sara Rojas es una adolescente que no tiene amigos. La novela relata la historia de Sara y Margarita, alumnas de BUP en la “insignificante” ciudad de Málaga hace cuatro décadas. Margarita es extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encuentra su vida exasperantemente aburrida. Sara, por el contrario, es tímida y no ha conseguido tener ninguna relación desde que se mudó con su familia a Málaga hace un año.

Capítulo 4

Aquella tarde sentí una sensación horrorosa y al a vez de líquido éxtasis. El nerviosismo, la flojera me hicieron temblar las piernas como gelatina. Luego el dolor de una flecha atravesó mi pecho. No, no era la valquiria negra que clavaba un cristal en mi alma.

Intuí que mi profesora de Literatura, aficionada al Pedro Ximénez y a las faldas hippies, me admiraba. Era porque le había gustado cómo estaba escrito el trabajo sobre Crimen y Castigo de Dostoevsky. Me sentí pletórica, destinada a hacer grandes cosas. Yo quería gustar a Alma por encima de todas las cosas. Brutal. Solo tenía quince años y mi profesora de Literatura creía que escribía bien. Era maravilloso. La vida era fantástica. Si no hubiese querido quedar bien delante de ella, me habría echado a llorar como una bebé recién nacida. Me deshice por dentro.

Me di cuenta de cómo me miraba Alma, y tuve la sensación de que me considerante brillante e irritante a la vez, ingeniosa pero vaga, depredadora y peligrosa, excéntrica e inquietante. Ser consciente de cómo me veía ella me turbó tanto que me enrojecí como un camión de bomberos.

Cuando mi profesora me conociera de verdad, se daría cuenta de que no tenía nada que decir. No era una escritora de verdad. Era una impostora, una falsaria. Pero yo no se lo iba a decir. Quería seguir viendo ese brillo que tenía en los ojos cuando me miraba, notar ese tirón de emoción en la oscuridad, la lluvia, y las calles desiertas.

Por nada del mundo, quería volver a mi desgana desfondada y melancólica de segundo de BUP, aunque ya por entonces había descubierto que el alcohol otorgaba una pátina mágica al mundo. Además, todos los escritores bebían, ¿no?

-Quedamos en Manhattan, entonces.

-Vale. Allí nos vemos.

-A las ocho y media. ¿Quieres que te baje la cuesta en coche?

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Poemas de amor. “Tormentas que olvidan”

Poemas de amor en español. Poemario “Amor Atávico” de Nuria Verde. ¿Me acompañas en este viaje?

Tormentas que olvidan

Cuatro agujeros negros desmemoriados

amenazan tormentas que olvidan y olvidan

el gesto desnudo

del riesgo de vida.

Mujer oscura,

pulso febril y misterioso

de una investigación privada

que sobrevive en secretos ciegos

omóplatos amargos

paisaje enroscado

en tu aflicción amarilla,

la clave

de los meses de enero y febrero

aire eléctrico

entre tu distancia y la mía,

el brutal barómetro del vuelo de altura,

para caer siempre, valquiria negra.

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“La sombra de una secuestro”: un cuento sobre ganar y perder

Wayne (Robert Redford), un conocido empresario, y Eileen Hayes (Helen Mirren) son una pareja que vive con toda clase de comodidades. Pero la paz familiar se rompe cuando él es secuestrado a plena luz del día. A medida que avanza la investigación del FBI, Eileen se entera de que su marido tenía una amante. Por su parte, Wayne, que siempre se había jactado de ser un astuto negociador, descubre, de repente, que su destino está en manos de un hombre (Dafoe) que no tiene nada que perder y mucho que ganar. “La sombra de un secuestro”: un cuento sobre ganar y perder.

El director nos quiere decir que el reino más importante del ser humano es su conciencia, y en el trono de su conciencia, no sin mácula, se sienta Wayne.

En una secuencia memorable, Helen Mirren le dice a la amante de Wayne:

-Usted lo admira, yo lo amo.

Siento compasión por William Dafoe porque es un hombre atormentado, despedido de su trabajo, que envidia lo que tiene Wayne porque cree que no lo merece.

Pero, en realidad, la película evoca un significado taoista y cristiano, quien todo lo pierde es quien gana todo, y quien gana el mundo pierde su alma.

La secuencia final es impresionante. El guion es dolorosamente humano. Es un thriller tenso, asfixiante, con secuencias muertas y otras secuencias llevadas al extremo que dejan un regusto a niebla y melancolía insondables al terminar de ver la historia.

El guion se basa en la profundidad de los personajes, y huye del efectismo. Destaca una Helen Mirren, brutal, la mejor actriz británica de su generación con permiso de Judie Dench.

Lo mejor: El retrato de personajes y la minimalista puesta en escena.

Lo peor: Las falsas expectativas que ofrece la trama.

Para ver: Con la familia, con amigas, a solas.

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Málaga 82. Capítulo 3

Sinopsis

Málaga 82. Sara Rojas es una adolescente que no tiene amigos. La novela relata la historia de Sara y Margarita, alumnas de BUP en la “insignificante” ciudad de Málaga hace cuatro décadas. Margarita es extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encuentra su vida exasperantemente aburrida. Sara, por el contrario, es tímida y no ha conseguido tener ninguna relación desde que se mudó con su familia a Málaga hace un año.

Capítulo 3

-¿A qué horas a acabas aquí? Ahora tengo clase pero nos podemos tomar una cerveza luego-preguntó Alma, mi profesora de Literatura en el Leon XIII.

-Claro-dije mientras hacía un esfuerzo para que no se me notara que temblaba como gelatina y el corazón me latía muy fuerte como si se fuera a salir del pecho. Me quedé muda. Buscaba en mi cabeza desesperadamente algo que decir pero no se me ocurría nada.

Qué infierno. Ay, ay, ay…

Esa tarde de junio tampoco llevaba dinero encima, había olvidado robar las monedas de 500 pesetas doradas y grandes del monedero de piel marrón de mi madre que guardaba en el bolso de su mesilla, con el ansia en la boca, el miedo a que pillaran con las manos en la masa. Ya había ocurrido. Yo ya había falsificado unos cheques de viajes de cientos de dólares de una carterita de plastico que tenían mis padres en el primer cajón del escritorio del salón del fondo, había imitado la firma de mi madre, por delante y por detrás cuando me advirtió el empleado de Correos que el cheque tenía que ir firmado por detrás tambien. Pasé un miedo aterrador, la policía me iba a detener en cualquier momento por ladrona de lo peor y me sentí perseguida y atrapada. Un bola de niquel y óxido me atoró la garganta. Al día siguiente volví con la firma falsificada por detrás en el cheque, con mucho cuidado de esquivar al mismo funcionario que me había acechado.

No me sentía culpable. Sólo me sentía pletórica por ser rica por ser capaz de despilfarrar mi dinero e invitar a Antón a cervezas en el Manhattan camino a su casa, el bloque de edificios nuevo delante de la playa de los baños del Carmen, donde moriría demasiado pronto, demasiado injustamente, 35 años después de esta historia. Hay muertes que llegan como tragedias, tan callando, sin avisar, la de mi amigo Antón -éramos uña y carne-fue una de esas muertes. Dulce niebla sobre el mar Mediterráneo, amargo río de llanto en la cala escondida enfrente de la clínica del parque San Antonio. Tres años después fuimos con mi hermana Marta a la Feria de Málaga, y Antón dijo que era más divertido con Paka con quien se había peleado en Madrid y ya no contaba con él para ir a la Feria.

Sentí un viento frío soplando dentro de mí. Antón y yo manteníamos una relación de amor y odio. Yo le quería más de lo que él me quería a mí. Él llevaba la sartén por el mango.

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Poemas de amor. “De tus manos nuevas”


Queridas amigas: esta mañaña os traigo un nuevo poema de “Amor atávico”, poemas de amor que conjuran el desamor y el desamparo. Gracias por estar ahí, queridas y fieles lectoras.

De tus manos nuevas


De tus manos nuevas
infantil sabiduría,
de nuestra vida
cartografía generosa 
en intenciones,
tantas como caricias 
imagino en tu espalda,
creativa en gestos
que conjuran el desamparo. 

Te abrí 
en la brusca noche,
te protegí de los inconsolables 
de los acusadores de la orden del santo yo acuso
que te critican por ser buena y ser hermosa
celosos de tu nombre libertario.

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Puedes leer otro poema de “Amor Atávico” aquí.

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La importancia de la mentira en guion

Hoy vamos a hablar de la importancia de la mentira en el guion. De cómo meter la mentira con naturalidad, de cómo introducir la falsedad en nuestras ficciones. Voy a poner ejemplos prácticos para darnos cuenta de que nuestros personajes son como nosotros. La gente mentimos de forma natural en nuestras vidas.

La mentira en guion posee un peso muy específico, una carga de profundidad para un personaje. En la vida cuando los otros nos mienten, no solemos saber la verdad pero en la ficción, por el contrario, sí, significando que podemos meternos en el alma oscura del personaje, conocer mejor sus miedos y miserias. Y si conociéramos los miedos y desgracias más íntimos de nuestros enemigos, no los odiaríamos.

En la vida se miente por muchas razones: para protegernos, para proteger a otros, para no hacer daño, para dar una mejor imagen, para evitar consecuencias negativas, por miedo, por debilidad, por educación.

En los guiones se miente por las mismas razones que en la vida. Pondré ejemplos prácticos para entender lo importante que es manejar la carta de la mentira a la hora de escribir series de televisión.

Tony Soprano miente a Carmela cuando ésta le pilla en la infidelidad, con la prima coja de su amante rusa. ¿Por qué se entera Carmela? Porque la amante rusa la llama para largárselo. Tony lo niega, lo niega, y lo vuelve a negar. Miente, miente, y miente en una discusión que es la puerta de entrada al divorcio del matrimonio Soprano.

Tony miente en muchas más ocasiones. Adriana miente, y Pussy Bonpensiero también miente. Los federales mienten cuando le tienden la trampa a Adriana. No mentir es no sobrevivir en “Los Soprano”.

Ahora veamos el caso práctico de la serie “Merlí”. Os recuerdo la historia: Francesc Orellana interpreta a Merlí Bergeron, un profesor de Filosofía, que escoge a un grupo de alumnos de bachillerato para convertirlos en “los peripatéticos del siglo XXI”. Como si se tratara de un nuevo Aristóteles, Merlí les enseña a cuestionar las cosas y a reflexionar. Pero, por su carácter irónico e irritante, despierta antipatías en el instituto, porque no todos los profesores están dispuestos a aguantar sus manías.

Como dice Orellana en una entrevista a “El País”, Merlí también es cobarde, manipulador y mentiroso.

En un capítulo que Héctor Lozano dedica a la verdad, valor que Merlí en clase defiende, incluso presume de su capacidad para decir lo que piensa ante sus alumnos entregados, pillamos al profesor de Filosofía en un renuncio. Cuando Angie le pregunta si ha estado con otra mujer después de su relación con Laia, Merlí dice que no, repitiéndolo varias veces y los espectadores sabemos que es falso porque se ha acostado con la madre de Iván.

Pero la desfachatez y capacidad de manipulación de Merlí se desvela sobre todo en la trama en la que Carmina Calduch, la madre del profesor de Filosofía, le pide a su hijo que se busque piso propio y se vaya de su casa, porque ya lleva viviendo en la casa de la mamerta demasiado tiempo. Además Bergeron no hace más que pelearse con su hijo Bruno, lo cual desconcentra y pone de los nervios a “La Calduch”.

Menuda bola suelta a Merlí a su madre, qué rostro de cemento tiene el tío jeta. Atención spoiler.

El profesor de Filosofía le dice que está pendiente de unas pruebas porque puede tener cáncer, una mentira para que su madre no le eche de casa.

Los personajes mienten más que hablan.

Capítulo aparte es Don Draper, el protagonista de la serie “Mad Men”.

El tema de “Mad Men” es la falsedad que vendemos como verdad. La publicidad, objetos de consumo para vender felicidad, paz interior, libertad.

Todo es mentira.

Don Draper miente a Betty Draper, su mujer, una y otra vez, hasta llega a negar su infidelidad con Bobbie, la mujer del cómico contratado por la agencia para vender patatas Utz. Aventura que pone punto y final a su relación con su esposa. Es la gota que colma el vaso.

-¿Cómo has podido engañarme con esa vieja?-le espeta Betty a Don.

Pero también Don se miente a sí mismo con la adicción que tiene al alcohol y al sexo, miente a los demás al no querer hablar de su durísima infancia, miente con su identidad, miente con su nombre, miente con su pasado.

En la escena final de “Mad Men”, Draper incluso tiene una irónica mentira interior en su mente porque, cuando medita en un retiro new age y sonrie, en realidad Don piensa en el famosísimo anuncio de la Coca Cola de los 70 sobre todas las razas unidas como hermanas y en paz.

El capitalismo ha absorbido la contracultura consciente de lo que vende. La gran mentira por excelencia.

Aunque Don Draper cuando suelta trola tras trola tras trola mantiene la confianza en sí mismo. Es el arte de mentir sin que se note en ese mundo de apariencias de la publicidad.

¿Cómo lo hace? Vamos a aprender de él.

  1. Tiene buena postura.
  2. No reacciona.
  3. No trata de convencer a los demás.
  4. Tiene la mentalidad de que va a estar bien pase lo que pase.

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Poemas de amor. “Arde mi memoria”

Queridas lectoras y pacientes lectoras:

Una nueva entrega de mis “Poemas de amor para leer en caso de urgencia”. Gracias por estar ahí y acompañarme en este viaje hacia las rutas salvajes de la poesía.

Arde mi memoria

Arde mi memoria

mientras invento un nuevo lenguaje sobre tu espalda,

tú eres el país extranjero

que siempre quise visitar.

Escribir rótulos en el Canal 24 horas

es como escribir un haiku,

nada me cabe

nada me llena.

La espuma de un cangrejo

en un río de niebla y sangre

mientras me quedo donde siempre,

en mi casa.

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“Málaga 1982”. Capítulo 2


Sinopis

Málaga 82. Sara Rojas es una adolescente que no tiene amigos. La novela relata la historia de Sara y Margarita, alumnas de BUP en la “insignificante” ciudad de Málaga hace cuatro décadas. Margarita es extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encuentra su vida exasperantemente aburrida. Sara, por el contrario, es tímida y no ha conseguido tener ninguna relación desde que se mudó con su familia a Málaga hace un año.

Capítulo 2

Lo que más odiaba de las chicas del Leon XIII eran las carpetas forradas con fotos de bebés que llevaban. Lo que más odiaba de las clases de Pretecnología eran las cruces que nos hacían hacer con pinzas de la ropa y luego barnizábamos.
Cerrar los ojos y volver a esa época es regresar a las pulseras de hilo que las chicas de mi clase se prendían a los vaqueros y luego trenzaban hasta formar un arcoiris de colores; las melenas rubias con mechas y cardadas; las carpetas forradas con fotos de Hombre G y una capa de plástico transparente; los abalorios de cuero; las hombreras; los Levi’s 501 pesqueros, los zapatos monster, y las botas Doc Martins; los sombreros anchos; la ropa de Amarras y Don Algodón; las Vespino y las Ducati; las manoletinas; las toreras; el dinero en pesetas; Tocata y el primer gin tonic que me tomé en Circuito 3.

La adolescencia era un infierno. Joder, ¿cuándo acabará? ¿Cuando dejaré de sentirme tan insegura y poseída por esa sensación de que en todo lo que hacía o decía la cagaba?

Echaba de menos Madrid, añoraba a mi abuela materna, la persona más importante de mi infancia, a quien más quería y gemía: “mi casa, mi casa, mi casa” con el dedo enfocado al norte de Despeñaperros como E.T. Mi madre nos había llevado a mi hermana Marta y a mí a ver la película en el cine Echegaray. Yo era Eliott que se sentía perdido sin su familia unida, mi padre todavía vivía en Madrid y era una ausencia en casa, pero era también E.T. que, errático, vagaba fuera de su planeta.

Mi mente me había convencido de que estaría mejor en Madrid en nuestra casa de Sánchez Barcaiztegui, con mi abuela viviendo en el piso de enfrente. Seguro que cuando estuviera en Madrid, mi mente me susurraría lo bien que estaba en Málaga. ¿Acaso no echaba de menos a Margarita y bajar a la playa después de clase? ¿Las largas avenidas de arena del Mediterráneo?

A los quince años, quería tener un Spectrum 48K pero era imposible. Mi familia no me lo quería comprar. Me decía que sólo lo iba a utilizar para jugar y era verdad. Sin embargo, cuando en clase, don Alberto, el profesor de Biología, alto, desgarbado, con los dientes pochos, que siempre llevaba el mismo jersey gris de líneas pálidas amarillas y verdes y el mismo pantalón de pana desgastado en el culo y en las rodillas -él mismo que nos dijo un día que él no vendría más a dar clase tan quemado estaba, trabajaría su mujer y él se quedaría en casa por mucho que la sociedad lo desaprobase con inquina- preguntó quién tenía un Spectrum, yo levanté la mano presa de una urgencia ansiosa.

Yo era cobarde y falsa. Las insuficiencias de mi alma me abrumaban. Sentí culpa y miedo de que me descubrieran. Pero por suerte Don Alberto no preguntó más sobre el Spectrum 48 k ni tampoco sobre el de 24 k.

También mentí cuando hubo una votación para elegir al delegado de clase que tenía que ir al claustro de profesores en representación de los alumnos y me voté a misma. Salí elegida en segunda opción, por los pelos, gracias a mi voto fraudulento.

Tres días más tarde, me senté con Antón en la amplia y diáfana sala de profesores donde se celebraba el claustro. Por la ventana entraba la luz del Mediterráneo. Alrededor de la mesa estaban Manuela Carranza, la profesora de Historia, perteneciente a la familia dueña del Leon XIII, su hermano, José Luis, débil y blanco de las bromas de los alumnos, profesor de Inglés, aunque radio macuto decía que no había acabado la carrera y que en realidad era profesor de Historia, Ana aka “La loca”, una profesora con el pelo teñido de rubio platino, que rondaría los 60, con aire excéntrico y rebelde, que vestía como una hippy en 1982, solitaria y menos que cero convencional, que enseñaba Latín y Griego. Alma, la profesora de Literatura, por quien yo había perdido la cabeza, la adoraba, un sentimiento religioso de devoto amor me conectaba con ella, y sentía un vértigo, una sensación de caída cada vez que la veía. Quería gustarle por encima de todas las cosas.

Esta tarde de diciembre la noche ya se había comido el exterior de la sala, los módulos de paredes encaladas, las piscina vacía donde se remansaba un charco de lluvia en la parte baja y las barras con grasa, el pequeño picadero con caballos que había a la derecha de la cuesta que descendía, suave. Normalmente me sentía insignificante y fracasada, me veía como me veían los demás, desgarbada y rara, sin nada que aportar, sin embargo esa tarde me sentí importante y orgullosa.

Desempeñaba un papel que me gustaba, estaba dentro del meollo de los profesores, una experiencia que me excitaba.

-Lucila ha bajado mucho el nivel-dijo Manuela mientras doblaba el cuello y se metía la mano en el sujetador y estiraba la cincha derecha. Un gesto que era muy suyo.

-Tiene problemas en casa. Hay que comprenderlo-intervine yo, levantando la voz aunque las piernas me temblaban como gelatina. Tenía miedo de quedar como una sumisa callada, un cero a la izquierda, un ser aquiesciente y genuflexo sin opiniones.

-Ya está Ironside. Todavía no es tu turno de palabra, señorita Rojas.

Un murmullo de risitas calladas y miradas curiosas. Recibir esa atención que jamás tenía en casa, solo de mi abuela y estaba en Madrid, me dio un subidón increíble. Me prestaban atención, creían que era más lista de lo que era, más vivaz, y en mi casa carecía de raíces, mis padres me ignoraban, algunas tardes sentía la necesidad lacerante y brutal de que alguien me hiciera caso, hablara conmigo o me escuchara, bordeaba el abismo de la culpa, del vértigo de volverme loca y golpeaba la puerta de la habitación de mi hermana que no me abría porque percibía mi necesidad.

-Recuerdo el caso de Pepa. Aunque su madre no pueda pagar la cuota esa chica no puede dejar de estudiar. Sería un crimen-dijo Alma, pequeña, con el pelo rubio y la boca fruncida con morritos de chica francesa, maquillada, con faldas que parecían hechas con una cortina floreada, una mujer muy sensible a quien yo adoraba, idolatraba, sentía una devoción mística por ella. Alma era la madre que a mí me hubiera gustado haber tenido. En medio del tedio, esperaba sus clases como maná caído del cielo, en medio de la grisura y esterilidad del erial del colegio, sus clases me daban emoción y alimento, me nutrían. Y si yo empezaba un día bajando del autobús del Burro con ese ánimo melancólico y roto, si pensaba que me esperaba una clase de Alma, mi ánimo mejoraba. Salía el sol en mi vida. Era mi estrella, mi luz, mi todo. Nunca había experimentado algo parecido con una profesora, y ya había experimentado muchas cosas en mi vida. La felicidad dolía.

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Si quieres leer otro capítulo de “Málaga 82”, pincha aquí.

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“Málaga 82”. Capítulo 1

Sinopsis

Málaga 82. Sara Rojas es una adolescente que no tiene amigos. La novela relata la historia de Sara y Margarita, alumnas de BUP en la “insignificante” ciudad de Málaga hace cuatro décadas. Margarita es extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encuentra su vida exasperantemente aburrida. Sara, por el contrario, es tímida y no ha conseguido tener ninguna relación desde que se mudó con su familia a Málaga hace un año.

Capítulo 1

Mi amigo Antón ha muerto. Me he enterado por un mensaje en el instagram de A., mi profesora de Literatura cuando tenía quince años. Una sensación de irrealidad e injusticia se ha adueñado de mí. Muerto. Tenía mi edad : 50 años. Me ha entrado una gran melancolía.

Antón fue el amigo que primero me avisó de que si me comía petazetas con Coca Cola me estallaría el estomago. Fue con él con quien vi por primera vez la serie V y la comenté mientras nos comíamos una rata gigante de gominola cual pérfidas Dianas.

Cuando Antón llamaba a mi casa y yo cogía el teléfono mientras mi madre pregonaba desde el lavadero: “¿pero con quién tienes que hablar tanto si os acabáis de ver todo el santo día?” siempre respondía cuando yo preguntaba: “¿quién es?”

-Tu amante el negro.

En 1982, yo acababa de llegar a Málaga desde Madrid. Era una friqui, era más rara que un perro verde, era un patito feo que gritaba en su cabeza:

-Mi vida es un asco. Sólo quiero crecer y que todos se den cuenta de que soy guapa…

No tenía amigos. Era la chica que no tenía amigos y eso me comía la médula, me martirizaba por dentro.

Mis padres me matricularon en el colegio Leon XIII situado en lo alto de una montaña de Pedregalejo. Se subía la colina por la calle del bar Marengo, que hacía esquina, tres metros más abajo estaba el Rolling cuando todavía el Rolling era el Rolling, una pista de patinaje sobre ruedas, y aún no se había convertido en una discoteca llamada Bobby Logan.

Cambiar del colegio Afuera en Madrid al Leon XIII en Málaga fue un shock, un puñetazo en el estómago. Una realidad tan brutal que todavía me duele. Yo, con once años de edad, ya adolecía de una náusea existencial sartriana e intuía que la vida no tenía ningún sentido. Una lucidez feroz me atenazaba. Al irme de Madrid había oído el ruido que hacía la alegría al marcharse.

Mi nuevo colegio malagueño era juegos de sota, caballo y rey, brutalidad, tirarse bostas secas unos a otros, un acento madrileño que no comprendían, niñas que se reían de mí por cómo hablaba, payasa, en Madrid hasta los quinquis hablan fino, los trapicheos de chocolate, los balonazos en el estómago cuando hacía de portera, y la sensación de ser una burla con patas, con un montón de chicos y chicas riéndose de mí en cuánto abría la boca. Un infierno. ¿Por qué nos habíamos tenido que mudar a Málaga?

Eran los tiempos del breakdance, de los calentadores y Eva Nasarre, eran los tiempos de Loli, nuestra asistenta, preparando el puchero y preguntándole a mi padre:

-¿Don Guillermo quiere que desolle dos conejos del campo?-Ante mi horror absoluto, mi parálisis aterrorizada.

Una fortuna caprichosa y aleatoria me había expulsado del sorteo del Paraíso para ir a acabar a dar con mis huesos en un mundo rural y subdesarrollado, en Málaga 1982.

Las pijas del Leon XIII solo hablaban de las fiestas de Lemon, sitio prohibidísimo para una pringles como yo.

Pero yo en realidad me había enamorado de Margarita, una chica canaria que se sentaba enfrente mía en clase pero lo guardaba como un oscuro y pulsátil deseo, muy muy dentro de mí. Si las pijas, los pijos, las chonis, los chonis descubrían que a mí me gustaba Margarita me convertiría en un pato de feria de la caseta del tiro al blanco. Y todavía no había leído “Las consolaciones de la Filosofía ” de Alain de Botton que nos animaban a aliviarnos de la impopularidad con el ejemplo del filófoso Sócrates, un buen hombre al que juzgaron malvado y un grupo saturado de estulticia condenó a muerte en la Atenas de siglos atrás.

Margarita era alta, espigada, y tenía una rizada melena cobriza untada de un acento canario dulcísimo que me derretía las venas cuando la escuchaba dirigirse a mí.

-Sara, te sabes el mapa de España en blanco? Pero bueno nena, cómo estás? ¿Tienes los apuntes de Historia?

Yo era invisible para Margarita. Ella era extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encontraba su vida exasperantemente aburrida. De vez en cuando gritaba cuando salíamos al patio, una terraza de baldosas color terracota que daba al polideportivo rojo, verde, amarillo, de la canchas de futbito, baloncesto, balonmano.

-¡Qué aburrido. Aquí no pasa nada. Qué puta mierda de Málaga!

Yo la miré fascinada, el corazón me latía tan fuerte que se me iba a salir del pecho.

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Poemas de amor. “La espera”

Queridas y pacientes lectoras:

Os presento un nuevo poema de mi libro “Amor atávico”, poesía de amor en caso de emergencia y catástrofe íntima. Poemas de amor. “La espera”.

La espera

En la hora de la vuelta a casa 

En la alegría de un taxi de ida

En la llamada inesperada

De un lunes con noche de sábado. 

Todo eso recordaré después del obsesivo olvido, 

Todo eso recordaré después de la callada muerte:

La memoria contenida de los días 

en el roce de tu mano

tras la espera de una vida.

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“Merlí Sapere Aude” o cómo tomarse la vida con Filosofía

Vale, que la Filosofía se ponga de moda gracias a una serie ya es un logro. “Merlí sapere aude” o cómo tomarse la vida con Filosofía. Ya se que “Merlí sapere aude” tiene defectos, el principal como he comentado con C., mi amiga de RTVE, es que no haya ningún personaje femenino positivo, y que las historias de amor heterosexuales sean grotescas, y también que se observe cierta misogínia en la serie.

Pero no es de eso lo que quiero hablar. Ahora mismo me estoy releyendo un libro que me encanta. Se llama “Las consolaciones de la Filosofía”, su autor autor es Alain de Botton.

Alain de Botton nos cuenta la historia de cómo nos consuela la Filosofía frente a la impopularidad, por ejemplo, contandonos el caso de Sócrates, un hombre afable y curioso que no hacía más que pasear por Atenas y hacer preguntas a los viandantes que se encontraba, preguntándoles que opinaban sobre tal y cual cuestión. Sócrates al que un tribunal de atenienses condenó a muerte, a beberse un vaso de cicuta, sin razón alguna, y el filósofo ateniense aceptó su destino con serenidad inusitada ante el lloro y llanto y lamento y crujir de dientes de sus amigos y familiares. Atenas estaba amargada por haber perdido la guerra del Peloponeso y la pagó con el bueno de Sócrates al que acusaron de corromper a la juventud. Pobrecito.

Tomarse la vida como viene

No me interesan una mierda las historietas de amor y sexo ni de “Merlí” ni de “Merlí sapere aude“. Sólo me interesa cómo se enfrentan sus protagonistas a las adversidades de la vida y se aferran a la Filosofía, sólo captura mi atención por lo que se habla de Filosofía y Ética en clase, en una universidad preciosa o en el instituto Ángel Guimerà de Barcelona.

Me pilla cuando Pol Rubio se quita la coraza y revela su miedo al descubrir que tiene sida, me atrapa cuando la Bolaños se enfrenta a su alcoholismo y deja de beber, me absorbe cuando Minerva se va a Argentina porque su abuela se está muriendo en Buenos Aires.

Igual que Alain de Botton se extiende en su libro sobre cómo consolarse del mal de amores con Schopenhauer, o de la ineptitud física y mental con Montaigne, o de la pobreza con Epicuro, o como aliviar la frustración con Séneca a quien Nerón le ordenó cortarse las venas, o como ayudarse frente a las dificultades con la obra de Nietzsche, Héctor Lozano me capta para su secta merliniana cuando escribe sobre Filosofía en una series de adolescente que trasciende el injustamente despreciado género teen.

El sentido vital de la Filosofía

Porque si la Filosofía no sirve para aplicarla a la vida pierde su esencial sentido.

Ambas series cambian al que las visiona porque nos enseñan a ser más críticos, a cuestionar las cosas que nos cuentan los poderosos, y a tomarse la vida la vida como viene sin amargarse a una misma innecesariamente.

Es contraria al signo de los tiempos, a lo que impera hoy en día, a los que nos venden desde Educación que recorta las horas de Filosofía en el Bachillerato después de haber prometido lo contrario.

Filosofar como le pasó a Sócrates es un estímulo a la independecia de espíritu, nos hace más libre, aunque a él le costara la vida.

Igual que “Las consolaciones de la Filosofía”, “Merlí” y “Merlí Sapere Aude” son una guía práctica para resolver problemas cotidianos y torear la vida más serenamente, con el uso inteligente de la Filosofía.

Recordemos que la obra de la que es autor Alain de Botton está inspirada por “La consolación de la Filosofía”, una consolación en 5 tomos escrita por Boecio durante los últimos años de su vida, poco antes de 524 d.C.

-El amor puro es casi un espejismo porque nadie es capaz de darse completamente al otro-dice María Bolaños, como sabéis mi personaje favorito de la serie reflexionando sobre el amor. Sin duda, la Bolaños se merece una tercera temporada de la serie.

Una crítica al guion de “Merlí sapere aude” y “Merlí”: los diálogos son demasiados expositivos del conflicto entre los personajes, apenas hay subtexto o sutileza. Las líneas que sueltan los personajes son demasiado obvias.

Puedes ver “Merlí Sapere aude” en Netflix y Movistar +. Puedes ver “Merlí” en RTVE Play, una plataforma gratuita y en streaming de RTVE.

Lo mejor: Las reflexiones sobre la Filosofía aplicada a la vida. Cuando Pol Rubio se enfrenta a la peor adversidad de su vida.

Lo peor: Falta de personajes femeninos positivos.

Para ver: Sola o con tus hijos e hijas. Con amigas, siempre.

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“Merlí Sapere Aude” o cómo tomarse la vida con Filosofía

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“Antes de ti”: la historia de amor de Louisa y Will

Es sábado por la tarde, tengo la cabeza como un bombo después de escribir toda la tarde, y mi única obsesión es desconectar de mi cabeza y mis obsesiones. Me engancho a “Antes de ti”

Louisa “Lou” Clark (Emilia Clarke), una chica inestable y creativa, reside en un pequeño pueblo de la campiña inglesa. Vive sin rumbo y va de un trabajo a otro para ayudar a su familia a llegar a fin de mes. Sin embargo, un nuevo trabajo pondrá a prueba su habitual alegría. En el castillo local, se ocupa de cuidar y acompañar a Will Traynor (Sam Claflin), un joven y rico banquero que se quedó tetrapléjico tras un accidente. 

La historia de amor está basada en el contraste entre ambos personajes: no pueden ser más diferentes Will y Luisa. Él, taciturno, amargado y sarcástico, ella, alegre, inocente, dicharachera, vital.

Si Will no hubiera tenido el accidente, estas dos personas jamás se habrían encontrado ni habrían vivido su historia de amor.

El tema de la película es la capacidad transformadora del amor. Como el amor cambia al que ama y es amado. La sustancia permanece pero los accidentes cambian. Aunque en la película el amor sólo cambia a Louisa, no a Will.

La historia de amor de Luisa y Will

En realidad, Will quiere morir y amar a Louisa no le hará cambiar de opinión. Me alegra que sea así porque si no la historia me resultaría insoportable y demasiado rosa, perdería su realismo, su conexión con la vida. Yo en la situación de Will también querría morir. La vida sería insufrible si no pudiésemos decidir sobre si suicidarnos o no. Eso lo decía Emile Cioran en el maravilloso libro de Alberto Domínguez, Emile Cioran, manual de antiayuda. Estoy de acuerdo.

Me sorprendo al leer críticas sobre la película en Filmaffinity que critican al personaje de Will porque no hace un ‘esfuerzo’, no cambia de opinión tras tener la suerte de ser amado por Luisa. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Nos hemos vuelto todos majaretas? ¿Nos hemos transformado en gilipollas integrales?

Por favor, un respeto al libre albedrío del ser humano. Si Will cambiará de opinión sobre su decisión de querer morir porque Luisa se ha enamorado de él, la película sería infumable porque perdería su verdad.

Patrick, el contrapunto a Will

Patrick, el novio de Luisa, es también el contrapunto más opuesto al nuevo Will, no tanto al antiguo. Representa al egoísmo del cuerpo frente al alma sensible. Su buena forma física se opone a su falta de sensibilidad y empatía. La fortaleza corporal pierde valor como absoluto. El pensamiento naif también pierde valor como absoluto, por ejemplo, cuando Patrick le dice a Will que hay ‘esperanza’ para revertir su situación, nuevos tratamientos con células madre, y Will le responde que no, durante una cena con Luisa y los padres de la chica.

De dioses y hombres

-No me puedo creer que no hayas visto “De dioses y hombres”-dice Will a Louise.

Ven la película juntos. Luego reflexionan y debaten sobre el dilema ético que plantea la historia. Un grupo de monjes cristianos franceses tienen que decidir si quedarse o no en Argelia tras amenazas de muerte islamistas. ¿Se quedan con su comunidad o la abandonan? Vuelven a Francia y salvan su vida o se quedan en Argelia y se arriesgan a que los asesinen?

Resulta que Louisa nunca ha visto películas de ese tipo y mucho menos ha mantenido conversaciones con su novio, Patrick, acerca de lo que ha querido decir el director de “De dioses y hombres”, Xavier Beauvois.

Cuando la chica va al cine con Patrick, y quiere ver “Todo sobre mi madre” de Pedro Almodóvar, su novio se niega porque está subtitulada y es una peli ‘rara’.

La capacidad física de Patrick contrasta con su escasa sensibilidad, y su discapacidad intelectual, su nulo interés por cuidar a Luisa, o ponerse en su lugar, hecho que se ve muy claramente en los planes de vacaciones que hacen juntos.

La película gravita en la risa fácil y cómplice, en las cosas sencillas de las que surge el amor verdadero. Habla de amor auténtico, pero no es una historia rosa ni falsa porque hay dolor, angustia, y deseos de morir de Will, hay desgarro y tristeza de Louisa.

No es una película para escépticas, obviamente. Pero tampoco es una pelicula ñoña o sensiblera porque rezuma encanto, afecto, humor, bromas, realidades médicas muy duras, y una filosofía a favor de la idea de que mi vida es mía.

El único pero que le pongo al guion es el detalle de la ex novia de Will, desapegada e insensible, que rizando el rizo se va a casar con el mejor amigo de Will. Un poco ”too much’. Me parece una subtramita metida con calzador en la historia, cogida por las hojas de los rábanos, y que sobra porque delata que hay una necesidad de que tiene que encajar todo, y la ex novia de Will es una pérfida que se va casar con su mejor amigo, qué traidores, que ‘recherché’. Totalmente innecesario.

La guionista de la película y autora de libro original en el que se basa la película “Me before You” es Jojo Moyes, que se inspiró en un caso real de un jugador de rugby de veinte años que sufrió un accidente fatal en el campo de juego. La directora del film es Thea Sharrock.

Puedes ver “Antes de ti” en Movistar +.

Lo mejor: para echarse una llorera o ver una historia de amor al margen de tanta distopía y desastre catastrófico.

Lo peor: no es apta para cínicas. La subtrama de la ex novia de Will con el mejor amigo del protagonista.

Para ver: sola o con amigas.

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“Antes de ti”: La historia de amor de Louisa y Will.

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“Halt and Catch Fire”: la emoción de crear un nuevo mundo

“Halt and Catch Fire” va de soñadores y de sueños, de crecer y hacer crecer una idea en un universo novedoso, con un infinito universo por descubrir: el de los ordenadores en los años 80. La serie creada por Christopher Cantwell y Christopher C. Rogers trata de obsesiones y pasiones, de locura y creatividad tecnológica, pero también de creatividad a secas. Ay, y cómo son esos deliciosos detalles de los años 80.

Es una serie que me flipa muchísimo.

Confieso que soy una friki, una nerd, una introvertida obsesionada con sus obsesiones, en mi caso escribir novelas y vivir experiencias. En mis mejores sueños me creo que me parezco a Cameron Howe, la creadora de software de ‘Halt and Catch Fire’ que interpretada por la actriz McKenzie Davis, pero cuando me despierto desaparece esa ilusión fantasmal.

A raíz de esta serie me llevé una zasca personal que ahora me hace reír pero en su momento me dolió muchísimo. Había quedado con mi amiga y mentora, Ana Tagarro, subdirectora de la revista XL El Semanal, Ana fue mi jefa en la revista ya extinguida Planeta HUMANO creada por el editor Ramón Pérez de Villaamil. Le dediqué mi primera novela “El verdadero tercer hombre” porque la primera persona que me dijo que valía para escribir. Además es una buena amiga.

Comíamos en el japonés de la calle O’Donnell con Menéndez Pelayo, un restaurante que ahora se llama “Yoishi” pero antes respondía al nombre de Hokaido. Mientras Ana y yo devorábamos gyozas, rollos california, sopa miso, y un tempura de gambas (Ana y yo siempre pedimos lo mismo, en una de esas rutinas fijas que tienen algunas amistades) y nos pusimos a hablar de Halt and Ctch Fire.

-A mí me gusta Cameron.

-¿Ese personaje que es tan insoporpotable? No hay quien la aguante

-Pero ¿qué dices?

-Insufrible.

Me tragué la intuición de que yo me parecía a Cameron Crowe al desinflarme por dentro. Mastiqué cristales en silencio.

Christopher Cantwell, Christopher C. Rogers, Jason Cahill, Jonathan Lisco son los guionistas de esta ficción desconocida para muchos, infravalorada, que merece mucho la pena como drama y como retrato de un mundo más entusiasta, más grande, por el que siento una viva y falsa nostalgia aunque era una cría cuando viví la explosión de vitalidad y progreso de la década de los años 80.

 Ambientada a principios de los 80, la serie relata la época de auge de los ordenadores personales a través de los ojos de un ambicioso directivo, un ingeniero y una joven programadora prodigio cuyas innovaciones y esfuerzos para intentar construir un PC en una pequeña empresa de Texas les enfrentarán directamente a los gigantes corporativos de entonces.

Joe MacMillan (Lee Pace) acaba de llegar de IBM y es un visionario pero con problemas en su pasado, Gordon Clark (Scoot McNairy) es un ingeniero que no logró su sueño junto a su mujer Donna (Kerry Bishé), y por último la joven Cameron Howe (Mackenzie Davis) es una programadora con enorme talento pero que prefiere picar código a relacionarse con personas. Juntos formarán un equipo no siempre unido pero con un objetivo común.

El tema es el fracaso

En realidad ‘Halt and Catch Fire’ es una serie de personajes, las tramas no son tan importantes y se resumen en una sola: el empuje ciego para crear un ordenador personal de tres cuatro descastados y ‘perdedores’ frente a los monstruos y dragones de las grandes corporaciones. Pero también abarca el desarrollo de La World Wide Web de la década de los 90.

El tema de la serie es el fracaso, lo que significa el fracaso, lo que supone el fracaso, la relación del fracaso con el talento. Sólo un ejemplo: a un personaje que despiden va medio siglo avanzado en su cabeza. Eso hace que ‘Halt y Catch Fire’ sea un éxito.

La primera temporada va de cómo hacerle la competencia a IBM. El manipulador y líder Joe MacMillan es una encarnación de Steve Jobs, Gordon Clark, tímido y genial, es Wozniak. Y las mujeres no lo sé porque desgraciadamente no me viene a la cabeza ningún modelo real de mujeres innovadoras en tecnología en los 80. Cameron es experta en software, una chica rebelde, con ideas que se adelantan al futuro, muy inmadura que tendrá que crecer a lo largo del gran arco narrativo de las cuatro temporadas.

Por supuesto, la parte más increíble es cuando Joe MacMillan descubre a Cameron en una universidad de tecnología, y pregunta a la clase cómo será el futuro. Estamos en los 80. Tras las habituales respuestas de los alumnos, coches voladores, cerebros artificiales, Joe le pide a Cameron su opinión:

-Habrá ordenadores conectados entre sí, linkados en un suprasistema que compartirán información.

Entonces es cuando Joe se fija por primera vez en esa chica rebelde rubia que acaba de predecir Internet.

La serie sabe evolucionar, y aunque, a mí personalmente el personaje que más me interesa es Cameron, reconozco que los cuatro personajes tienen su punto. Pero la serie, por alguna extraña razón, se recuerda más por su estilo que por su contenido.

La turbulenta y pasional historia de amor de Cameron y Joe.

Esos deliciosos detalles de los años 80

Por supuesto, ‘Halt and Catch Fire’ está salpicada de detalles deliciosos de la década prodigiosa ochentera: Duran Duran, Depeche Mode, Donna explicando a sus hijos lo grande que es tener 128 kb en el disco, los viejos sonidos del ‘dial up’, los disquettes, los ordenadores gigantescos con forma de cubo, con cpues inmensas, con una pequeña pantalla negra en la que titilan letras verdes fosforescentes, las hojas preimpresas que escupe la impresora con el código de la BIOS que quiere hacer la competencia a IBM.

La serie es una deconstrucción de los mitos sobre Silicon Valley a través de la profunda humanidad de los personajes. ‘Halt and Catch Fire’ es una de esas ficciones que mejoran a medida que pasan sus temporadas, sabe evolucionar y profundiza en el interés y los dramas de sus tramas.

Aunque en realidad solo hay dos tipos de personajes: apocalípticos e integrados.

La acumulación de sus cuatro temporadas hacen más que un solo capítulo individual. Gordon gana en emotividad y se vuelve a humanizar. Es, sin duda, el personaje más cercano y con el que más empatizamos.

La serie acontece a lo largo de 30 años pero vista desde el objetivo de la cámara de nuestro cerebro de ahora bien podía pasar en la época romana, ese es uno de los puntazos de “Halt and Catch Fire”.

La flipante cabecera de “Halt and Catch Fire”.

Puedes ver esta serie en Filmin.

Lo mejor: Cameron Howe, la adoro. Por fin una nerd que no es un espanto. Los guiños con los hechos históricos de los años 80 y 90, cuando el primer Mac habla y dice: “Hola”. Miles de detalles más.

Lo peor: que no haya más tramas de Cameron Howe, mi ídolo absoluto. Que no haya más tramas de Gordon Clark, el segundo personaje que más me interesa. Las historias de Donna. Lo siento pero me aburren.

Para ver: con amigas, con hijas e hijos, en plan abuela cebolleta que cuenta batallitas de cómo eran las cosas allende los años 80 con chavales que flipan con la incipiente y recién nacida tecnología de los ordenadores. En plan: ¡No me lo puedo creer!

Lo alucinante que resultaba tener un ordenador personal en los 80.

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“La familia Bélier”: la vergüenza adolescente y el don de la vocación

Me ha flipado “La familia Bélier”. Me ha emocionado, me ha puesto los pelos como escarpias, me ha cautivado y me ha hecho sentir adolescente. ¿Es una peli refinada? No. ¿Es una peli para fardar en cenáculos culto enrrollaos? Menos aún. ¿Es una peli para recomendarla? Sí, sí. Yo se la he recomendado a mi hermana Laura y os la recomiendo a vosotras, queridas lectoras de mi blog. Es una peli disfrutona, emocional cien por cien. Por cierto, su versión americana, “CODA”, arrasó en los últimos premios Oscars. ¿Por qué? Porque la historia funciona. Los protagonistas funcionan, vale, se apoyan en la vulgaridad y la exageración, y también se explota, con acierto, la vergüenza adolescente hasta el extremo de Paula Bélier, la hija que puede oir, en una familia de sordos. Pero lo más importante es que -no nos confundamos- “La familia Bélier” se asienta en tres pilares: la comedia, el melodrama y el musical. “La familia Bélier” trata de la vergüenza adolescente y el don de la vocación.

En realidad, la película es más melodrama que comedia. No es un musical al uso, en el que los protagonistas están fregando los platos o conduciendo el coche y se ponen a cantar de repente. No, la historia versa sobre el mito de cómo emprender el viaje de la independencia personal y la vocación profesional supone dejar atrás a tu familia, y abandonar las lealtades a las que has dedicado toda tu vida.

El guion esta lleno de tópicos: los sordos entrañables, los sueños adolescentes se cumplen, el profesor de canto parisino fracasado y gruñón, pero, ay de tan buen corazón, el chico guapo que, al final, se fija en la pueblerina, la gente del campo es la sal de la tierra. Sin embargo los protagonistas son tan encantadores, incluyendo a la ternerita Obama, tan deliciosos que me como la historia con patatas, con un pellizco en el corazón, y busco, rauda y veloz, la banda sonora en mi Spotify del móvil para no dejar de escuchar a esa joya que tiene una pepita de oro en su garganta y que responde al nombre de Louane Emera, según el señor Tomason, su profe de canto, mientras paseo por el Retiro, o atravieso el Parque Roma y me imagino cantando “Je vole” en la cena de Navidad del programa en el que trabajo en RTVE: Objetivo Igualdad.

La película dirigida por Eric Lartegau, quien saltó al vacío al contar una historia que se asoma al abismo del ridículo y lo sublime, tuvo un éxito espectacular en Francia, con siete millones de espectadores.

Pero es Louane Emera, que interpreta a esa Paula Bélier a la que todas las chicas adolescentes querríamos tener como amiga, una amiga sensata, inteligente, bondadosa y con fuerte personalidad, leal a sus amigas, (cuando se niega a entrar en el coro porque no han admitido a su mejor amiga), brava (al enfrentarse al alcalde cuando menosprecia la candidatura de su padre por ser sordo, “si han votado a un cabrón, también pueden votar a un sordo”, dice Paula), que le para los pies a Gabriel (el chico guapo parisina) cuando le propone una escapada en el coche de su abuela, y que, ahhh, por fin, me corro viva, sí, amigas, una adolescente que no se deja amargar la vida por penas de amor.

El melodrama se asienta en el reto de trascender los propios orígenes y enfrentarse a los peores miedos interiores, en la realidad de la dureza de que tus padres y tu hermano sean sordos, teniéndote que ocupar de muchas cuestiones y problemas que no te corresponden por la edad que tienes.

Pero el melodrama también se afianza en la aventura -siempre espinosa- de derribar las barreras interiores de la propia cárcel mental, la peor de las prisiones posibles.

Puedes ver “La familia Bélier” en Movistar + y Amazon Prime Video. “La familia Bélier”: la vergüenza adolescente y el don de la vocación.

Lo mejor: la emoción a chorros que provoca la película. La música con la increíble voz de Louane.

Lo peor: es muy sentimental. Pero yo soy sentimental.

Para ver: en familia, con amigas, con hijos, a solas.

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“Gran libertad”: luz en la oscuridad de los amores prohibidos

Por la noche, en la calma envasada al vacío de mi salón con vistas a Torrespaña, me acurruco en el sofá para ver “Gran libertad”, una película que me llama poderosamente la atención y me roba el aliento y el corazón. La historia se asienta sobre fuertes pilares: es un drama basado en hechos reales que no elige la carta de la reconstrucción histórica ni de época sino que prefiere mostrarnos vidas inocentes en el infierno de la cárcel con muy pocos elementos, pero curiosamente no echo de menos nada. Todo me sabe a verdad, a vida sin adulterar. ¡Viva el minimalismo! ¡Viva la sencillez a la hora de contar cuando la historia está empapada de emoción! “Gran libertad” emana luz en la oscuridad de amor prohibidos.

“Gran libertad” nos narra el relato basado en hechos reales de Hans en tres momentos (1945, 1957 y 1969) de su relación con Viktor, un asesino convicto. Un amor carcelario, propiciado por las entradas y salidas de prisión de Hans a causa de la represión a la que fueron sometidas las personas homosexuales en la Alemania de posguerra.  Hans es enviado a un campo de concentración durante La Segunda Guerra Mundial por ser homosexual y luego a la cárcel. En ese último momento, nos metemos en la prisión dentro de la cabeza y el corazón de Hans Hoffman, compartimos su vida en las cloacas, cómo se habitúa a la penosidad, y cómo nos enseña un brutal Franz Rogowski que se puede tener dignidad también en las cloacas.

La película ahonda, sin red de seguridad, con increíble contención emocional, en qué hacer, en cómo no dejar de ser humano, ni dejar de amar cuando te despojan de todo bajo la bota de una de las mayores injusticias posibles.

No es una fantasía porque el guion de Sebastian Maisie y Thomas Reider está basado en hechos reales, históricos sobre la represión y encarcelamiento a los gays sólo por existir.

Sebastian Maise observa con atención a Hans Hoffman y a Viktor. Se pone contemplativo para captar su alma. Sin embargo, no hace aspavientos emocionales sino que se prende a su increíble contención y nos lleva, con un pellizco en el corazón, desde el principio al fin de la película que consiguió el Premio del Jurado en el Festival de Cannes en 2021, y el premio a la mejor interpretación para Roganowski y mejor Película en el Festival de Sevilla.

Franz Roganowski y Gieor Friedich componen una original historia de amor. Aunque “Gran libertad” sobre todo abarca las consecuencias psicológicas del encarcelamiento, las derivas mentales de estar un largo tiempo en la cárcel: cómo se olvidan los afectos, cómo se olvida la compasión, cómo se olvida la vida.

El director se acerca con pausa y cariño a los personajes, en un baile delicado con la cámara, que aprisiona el dolor y la penuria del encierro deshumanizado.

Hans Hoffman es un 155, es decir un preso encarcelado por tener relaciones ‘antinatura’ como le dice un juez que tiene la indiferencia de los que tienen el poder y siguen órdenes.

La soledad de Hans dentro de la cárcel es abrumadora y definitiva. Pero Hans es como esa cerilla que enciende en la oscuridad del ‘agujero’. Hans es capaz de rebelarse cuando un guardia maltrata a su amigo, y soporta el castigo con estoicismo.

Porque Hans es un verdadero estoico. Aprendemos mucho de él en “Gran libertad”

No olvidemos que la película cuenta la historia de un hombre que es inocente encarcelado injustamente y maltratado como un paria. No olvidemos que lo más conmvedor de “Gran libertad” es que a un hombre bueno, la gente lo tome como malvado.Un corazón tan blanco percibido como un corazón tan negro por los demás.

Hans Hoffman es como “El hombre elefante” de David Lynch. Ambos hombres sufren uno de los más tristes sinos del ser humano: ser bondadoso, y que, sin embargo, te juzguez malo.

Hay algo universal en las historias de la incomprensión.

“Gran libertad” es un ejemplo real y trágico.

La vida en sociedad está saturada del abismo que separa cómo es nuestra propia realidad y cómo nos perciben los otros. A Hans le acusan de pervertido, invertido, basura humana cuando solo es un hombre que ama a otro hombre. Su dignidad se ve como arrogancia. Su compasion se trata como estupidez. Sus encarnizados enemigos, reflejados en una autoridad ciega que causa terror cargan contra él.

Pero la historia nos anima a interpretar la impopularidad de Hans Hofmann en clave distinta a la mirada implacable de los jueces alemanes. Ahora vemos la vida como la veía él, como la sentía él.

Lo mejor: La contención emocional de una historia no contada y la interpretación de Franz Rogowski.

Lo peor: Tarda en arrancar. Pero no hay nada malo.

Para ver: Sola o con amigas.

Puedes ver “Gran libertad” en Movistar +.

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“Buena suerte, Leo Grande”: una historia de expectativas, satisfacción y vergüenza

Nunca es tarde si el orgasmo es bueno. Emma Thompson en un alarde de generosidad emocional interpretativa en la que da su hueco a Daryl McCormac, su pareja de baile en esta danza a deux en “Buenos días, Leo Grande”, se desnuda interior y exteriormente, regalándonos una interpretación que nos corta la respiración y nos apura el alma, en una mezcla de pudor, sensibilidad, desfachatez y desafío a las cargas de una educación sexual y moral represiva, con las que pueden identificar muchas mujeres de la generación de Nancy Stokes.

Thomson se arriesga y mucho interpretando a Stokes, ex profesora de Religión, que ha tenido como marido a un buen pero aburrido hombre con el que nunca ha sentido un orgasmo ni ha experimentado la satisfacción sexual que quiere sentir ‘eso’ en la vida antes de morir.

La tierna paciencia de Leo, su mansedumbre compasiva, su saber esperar y aceptar a Nancy Stokes tal y como es, entregándole su tiempo, su espacio, componen y desgranan el resto de la historia en una película que se basa en el dueto, tan de moda ahora para cantar, para presentar informativos, para sostener una película.

Nancy Stokes, una maestra de escuela jubilada, anhela algo de aventura y sexo. Buen sexo. Su difunto marido Robert le proporcionaba un hogar, una familia y algo parecido a una vida, pero nunca tuvo buen sexo de él. Ahora que hace tiempo que Robert murió, Nancy pone en marcha su plan y contrata a un joven gigoló que responde al exótico nombre de “Leo Grande”.

Emma Thompson y Daryl McCormak en su ‘tour de force’ interpretativo

“Buena suerte, Leo Grande” tiene su morbo pero, en realidad, la historia es más un partido de tenis verbal que físico, la película se basa más en el diálogo que en la acción, más en la interpretación de Emma Thompson -pero también en el más juvenalia Daryl, que está a la altura de la actriz británica- que en secuencias en las que pasen muchas cosas. Supone regresar al teatro saliéndonos del teatro porque “Buena suerte, Leo grande” es cine, y cine del bueno en vena. No os la perdáis.

La forma de rodar las secuencias sensuales

Lo que más que llama la atención de la película es la manera en la que su directora, Sophie Hyde, destruye muchos tabúes sin la necesidad de ser explícita en el ámbito sexual. Sin duda esa capacidad de Hyde es brutal.

En primer lugar, Hyde es capaz de filmar las secuencias sexuales, sensuales, de otra forma a cómo habitualmente se ruedan esas escenas siempre enfocadas desde una mirada masculina. Me vienen a la memoria, por ejemplo, las secuencias de ‘La vida de Adéle’, ‘Instinto Básico’ o incluso el desnudo de ‘Las trece rosas’.

Nos hemos tragado miles y miles de películas, kilómetros de celuloide sobre lo que se supone que tiene que ser el sexo, sobre lo que les excita a los tíos, sobre sensualidad contada desde el foco de su retina, y es un soplo de aire fresco ver cómo Sophie Hyde rueda esta película sin cosificar a Daryl McCormac, es tan alucinante, tan sorprendente que siento un pellizco en el corazón al verlo después de ver una sexualidad contada en el cine desde el punto de vista de los hombres toda mi puñetera vida, hasta hacerme creer que eso es lo ‘normal’, ‘lo normativo’, lo que hay, directos a la penetración y al orgasmo de ellos.

Daryl McCormak interpreta al gigoló Leo Grande.

La sorpresa de una mujer mayor desnuda

Como he dicho la película desafía muchos tabúes sin necesidad de forzar grandes alaracas, sin hacer una efervescencia de gestualidad excesiva. Otro cliché que derrumba es que una mujer mayor no pueda salir desnuda en el cine a menos que sea en una película de terror o un asesino en serie la esté descuartizando y metiéndola en envoltorios de basura.

Echando la vista atrás, la única vez que he visto a una mujer mayor desnuda en el cine ha sido a Kathy Bates metida en un jacuzzi en ‘A propósito de Schmidt’, la película de Alexander Payne. Flipaiting.

Emma Thompson lo hace, tiene la valentía, la serenidad de realizar un desnudo frontal, y esa es otra razón por la que merece la pena ver también ‘Buena suerte, Leo Grande”.

Puedes ver “Buena suerte, Leo Grande” en Movistar +.

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“Envidia sana”: el mal rollo de los amigos cuando se tiene éxito

Daniel Cohen, el director de “Envidia Sana”, quería explorar lo que pasa en un grupo de amigos cuando uno de ellos tiene éxito profesional. Es el llamado “Schadenfreude”, ese palabro aleman que significa que nos alegramos de la adversidad ajena e implica que queremos más a nuestros amigos cuando fracasan, nos alivia y nos hace disfrutar cuando les va mal pero, en cambio, nos hace sufrir que triunfen y su talento se vea premiado. Son nuestros amigos, ¿eh? pero a la vez este estado de ánimo es muy humano. Una idea filosófica que explora Cohen en “Envidia sana” porque que levante la mano quien no haya sufrido “Schandenfreude” alguna vez en su vida.

En “Envidia sana”, un grupo de amigos ve alterada su dinámica emocional cuando Lea, una mujer tímida y sensible que trabaja en una tienda de un centro comercial de París, anuncia que está escribiendo una novela, y encima se la publican obteniendo un premio importante, lo cual destruye su matrimonio con Marc, un insufrible ejecutivo narcisista y su relación de amistad con una pareja de amigos, Karine y Francis (el único que se salva de la ‘melée’ celosa)

Karine y Francis en pleno éxtasis creativo

Nada molesta pero es machacona

Hay una secuencia de arranque insoportable por lo larga que se hace cuando el grupo decide qué postre tomar en un restaurante. Los guionistas, Daniel Dohen y Olivier Dazat, quieren presentar a los personajes pero se les va la mano con el ‘leit motif’ de las isla flotantes. El gran defecto de la película es la machaconería, la repetición de un tema: la envidia hace que odiemos a los amigos que triunfan creativamente y revela nuestra mezquindad. Ya lo pillamos con tres secuencias pero, por desgracia, se repite en veinte a lo largo de “Envidia sana”. Ay, Daniel, coño que ya me he enterado, que no me lo repitas más. Que ya sabemos que Karine es una celosa patética y Marc, un narcista ignorante, y Lea, muy maja y paciente, sin apenas evolución como personaje.

Aún así nada molesta en esta película, la veo con interés. “Envidia sana” bucea en la puñeterera envidia insana que, sobre todo, Karine saca a relucir cuando Lea, la más discreta del grupo, publica su novela sobre la gente que visita su boutique en un centro comercial porque Karine sólo es amiga de Lea cuando esta última se encuentra en un plano de inferioridad. Mientras Lea trabaja en una tienda de ropa no representa una amenaza para Karine ni le quita ni un ápice de su protagonismo en el grupo. Karine mira a su amiga por encima del hombro. Su reacción al éxito de Lea destapa su rampante mediocridad, su exhibicionismo patético y su afán competitivo.

La película es un catálogo de miserias humanas. Es alucinante lo mal que trata Karine a su amiga Lea, y ella se deja, pasándole todas las pullas, quizás porque el personaje de Lea está idealizado. Aunque menos mal que Francis, el marido de Karine, le hace el contrapunto a su esposa quizás por eso sea el único que sabe sacarle partido a su recién descubierta vena creativa.

Francis es François Damiens, el padre sordo de “La familia Bélier” y Karine, Florence Foresti que salía en “Mes amis, mes amours”.

Igual que adoramos ver a millonarios sufrir y ahí radica el triunfo de series como White Lotus, también nos encanta que a nuestros amigos les vaya mal en lo profesional, esa es la tesis de Cohen.

Cuando Lea triunfa, sus amigos cambian

Lo interesante del guion de “Envidia sana” es que no ahonda en la tópica premisa de que quien triunfa cambia y se vuelve insoportable, esa idea de que quien tiene éxito crece en arrogancia alimentando su ego, sino que son los demás, los amigos, el marido, los que revelan su peor parte por culpa de los celos y de la cochina envidia.

Marc, Vincent Cassel, con su mujer Lea, Bérenice Bejó, en su nuevo piso de París.

Con amigos como estos, ¿quién necesita enemigos?

La película tiene su origen en una obra de teatro. Realmente los dos pilares en los que se basa son los diálogos y la interpretación de los actores.

“Envidia sana” me interesa y, a la vez, me deja fría porque creo que los personajes no tienen evolución emocional ni contradicciones humanas. Al final del guion, hay un acelerón que no comprendo del todo.

La película de Daniel Cohen no es una comedia pura sino una historia ligera, con tintes morales, en la que los personajes son insufribles, salvo la perfecta Lea, oh vaya, parece sacada de una cuento de hadas. La comedia no vira hacia lo ácido ni hacia lo vitrólico y eso, en algún punto de la historia se echa de menos.

Lo mejor: Los actores y los diálogos. No es una comedia burracona.

Lo peor: La secuencia de arranque en la que los personajes eligen los postres. La linealidad de los personajes.

Para ver con: amigas y a solas.

Puedes ver “Envidia sana” en Movistar +.

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“Un pequeño mundo”: en nombre del hermano

Me resistía a ver “Un pequeño mundo” aunque ya la había visto estrenada en Movistar + y había llamado mi atención porque sabía que iba a sufrir. Una historia de bullying, un chaval de diez años, soy madre y tengo un hijo de esa edad, y mis neuronas espejo trabajan a pleno rendimiento.

Por fin he visto la película y me ha sorprendido. Está contada desde el punto de vista de la hermana pequeña del niño acosado por unos compañeros de clase, Nora, que tiene siete años y es nueva en el cole. La cámara se baja a la altura de sus ojos, y la realidad es tan aterradora y sórdida que se torna en imágenes difuminadas, subiendo el volumen de los gritos y las frases entrecortadas de los otros, que habían ese mundo peligroso y a veces insoportable del colegio, del que los adultos desconocen todo.

Nora entra en primaria y poco después descubre el acoso que sufre su hermano mayor, Abel. Nora se debate entre la necesidad de integrarse y ayudar a su hermano, que le pide que guarde silencio.

Nora marca la diferencia en esta historia tan cruda como real, tan dolorosa como triste y sangrante del acoso escolar a un chaval de diez años, Abel, hermano de Nora.

Lo mejor de la película son los protagonistas Nora y Abel, dos hermanos metidos en un infierno que se llama colegio, donde rige un mal banal.

Nora es nuestra pequeña heroína, llora y está nerviosa, es nueva en el cole, pero en cuanto se da cuenta de que unos matones pegan y humillan a su hermano, hace todo lo posible para salvar a su hermano, que no quiere ser salvado, que se ha dado por vencido, que se ha convencido de que no se puede hacer nada.

La vergüenza del maltratado

Pero Nora tambien sufre el conflicto interior de no querer ser tratada como una paria por sus compañeras al asociarla con su hermano, sus ganas de socializar y tener amigas, la zozobra, confusión y pena que le provocan el sufrimiento de Abel y su convicción a pesar de lo pequeña que es de que su hermano se ha paralizado.

-No te sabes defender, Abel-dice Nora a su hermano.

Nora atraviesa su propia tormenta interior y pasa dee defender a su hermano, a ignorarlo, a enrabietarse con él, a compadecerlo y guiarlo.

Los ojos de Nora son nuestro faro en un sistema escolar donde demasiados sufren en el silencio de la desesperación.

Las trincheras del sufrimiento de dos niños

Laura Wandel muestra el colegio como un campo de minas para los inocentes, el mal son los otros, y la crueldad sin límites, la indiferencia adulta.

Está genial el personaje del padre de Abel y Nora, aunque solo es marginal. Sus buenas intenciones, el cuidado a sus hijos, lo que pesa socialmente el estar parado, su preocupación.

Aunque en el albero del fango de la realidad desnuda y atroz, solo están Nora y Abel, encerrados en las trincheras del sufrimiento en un patio de recreo.

La cámara no rebasa sus miradas, y no muestra el contraplano de sus ojos, la agresión exterior, solo un plano corto sobre la cara. No se necesita más.

Los adultos aparecen muy pocas veces. Los niños están solos y los más fuertes agreden a los más débiles.

-Te pegan porque te ven débil-dice Nora a Abel, cuya indefensión aprendida nos taladra el corazón.

-Por tu culpa estoy sola-dice Nora a Abel cuando se da cuenta de que sus amigas le dan de lado.

Nora niega a su hermano como Pedro a Jesucristo porque no quiere que le arrastre en su desgracia.

¿Es “Un mundo pequeño” la mejor película que hay sobre el bullying? Sí.

Sin ninguna duda. Se tendría que poner en todos los colegios, en todos los institutos.

Hay muchas razones para conseguir tal logro, pero destacaré sólo dos: el punto de vista de la historia que reside en Nora, y no en el niño acosado, y el plano final que cierra la película, una maravilla.

Un alegato a favor del afecto y la solidaridad para no caer en el abisal oceáno negro de la indiferencia del mal.

Puedes ver “Un pequeño mundo en Movistar.

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“Merlí. Sapere Aude”: ese profesor que marcó nuestras vidas

Por azar, chamba, pura carambola ociosa de agosto fuera de las lindes de mi trabajo en Televisión Española he descubierto la serie “Merlí. Sapere Aude”. Se trata de la secuela de la serie “Merlí” que me encantó, por mezclar la filosofía con la vida cotidiana y los problemas e inseguridades de la errática adolescencia, por devolverme a la tierras fértiles e idealistas de la pubertad cuando la vida se abría como un melón en todo su esplendor e incertidumbre. Ay, el recuerdo de ese profesor que marcó nuestras vidas.

Pol Rubio, el alumno favorito del profesor de Filosofía Merlí Bergeron, entra en la Facultad de Filosofía (preciosos edificios antiguos, arcadas y balaustradas renacentistas, en una Barcelona que nos deja con ganar de ir de nuevo) tras la muerte del profesor que marcó su vida. Pol era un chaval que estaba destinado a ser obrero de la construcción, tornero como su padre o fresador, camarero, y ahora es un veinteañero ilusionado con estudiar Filosofía.

La serie rezuma encanto y se deja ver muy bien. Los diálogos son frescos y realistas, y me evocan épocas universitarias pasadas, quedadas en la biblioteca para estudiar, debates, farras, bajones y subidones en esa montaña rusa emocional que recorren y delinean la juventud.

Además “Merlí, Sapere Aude” narra la amistad juvenil desligada de obligaciones, parejas formales, trabajos e hijos. Esa amistad que prospera en una de las mejores épocas de nuestra vida: la etapa universitaria en la que disponemos de tiempo a manos llenas y los gastos pagados si tenemos suerte.

La Filosofía aparece, no de forma medular como en la serie matriz “Merlí”, sino diseminada en debates, cuestiones como el libre albedrío, los tabúes, la importancia social de la belleza, la moral y ética de la mano de mi personaje favorito de la serie: “La Bolaños”, catedrática de Filosofía interpretada con maestría irónica por María Pujalte.

María Bolaños es irónica, rebelde, inteligente, irreverente, nada dócil y muy poco convencional. Desafía la comodidad intelectual de sus alumnos dirigiéndose a ellos: hedonistas que viven el confort y han venido a estudiar Filosofía. También es madre de una joven con Síndrome de Down y está divorciada de su marido. La Bolaños como la llaman sus alumnos se cuida poco y bebe demasiado, no tiene pelos en la lengua, y suelta perlas a cada minuto. Genial María Pujalte. Una de las principales razones por la que estoy viendo la serie es “La Bolaños”.

Que en una serie de televisión desfilen Nietzsche, Platón, Compte, Aristóteles, Sartre y Camus, y se haga con naturalidad guionística ya es para quitarse el sombrero. Uno de los principales atractivos de esta ficción es que juega con la historia de la Filosfía e integra a sus principales filósofos en las tramas del guion sin meterlas con calzador, sin resultar forzado.

Al ver esta ficción me está dando ganas de estudiar la carrera de Filosofía. Me imagino en aulas universitarias, ilusionada mientras me empapo como una ávida espoja de la sabiduría y enseñanzas de Diógenes, Epicteto, Séneca, y Marco Aurelio.

Ah, sí, los filósfos estoicos son mis favoritos.

Los jóvenes celebran y viven a fondo su llegada al mundo universitario, hay demasiado sexo porque el sexo vende, pero aún así “Merlí. Sapere Aude” es una serie que está alegrando mi última semana de vacaciones antes de empezar a trabajar. Chapeau.

Puedes ver “Merlí. Sapere Aude” en Movistar +.

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“Hacia rutas salvaje”: el sentimiento adolescente de la vida

“La felicidad no es real si no se comparte”, escribe Chris McCandless en el autobús abandonado del que ha hecho su refugio en las montañas de Alaska. En “Hacia rutas salvajes” (“Into the wild”, en inglés) es una de la conclusiones a las que llega Chris aka Alex Supertramp tras culminar su viaje espiritual y físico a lo largo de Estados Unidos huyendo de todo: de sus padres, de la universidad, del éxito profesional -ese invento del hombre durante el siglo XX- dice Chris, de las obligaciones, de las presiones, de las expectativas, de las mentiras e hipocresías. El sentimiento adolescente de la vida.

Todos nos hemos sentido alguna vez en la vida como Chris porque lo que el protagonista de “Hacia rutas salvajes” expresa es el sentimiento adolescente de la vida llevado a su grado extremo, afianzado en la tozuded de su radicalidad que, al final, le va a costar la vida, marcado por la hormonas, por un pesimismo y rebelión absolutas, quemado por la impronta de una visión: vivir una vida auténtica, de verdad, ir al corazón del bosque para no pensar que no has vivido cuando mueras como decía Thoreau.

A principios de los años noventa, el joven e idealista Christopher McCandless (Emile Hirsch), adopta el nombre de Alexander Supertramp, deja sus posesiones y sus ahorros a la beneficencia y abandona el mundo civilizado con rumbo a la salvaje Alaska para entrar en contacto con la Naturaleza y descubrir el verdadero sentido de la vida. Adaptación del best-seller de Jon Krakauer, basado en las notas del diario de McCandless.

Chris quiere desembarazarse de su pequeño y falso yo hasta concluir su revolución esìritual. A lo largo del viaje de dos años, que supone su maduración como ser humano, adquiriendo sabiduría y conociendo a personas que le aportan mucho “llega la aventura final”: Alaska. Emula a su querido Jack London al que lee compulsivamente.

En su huida hacia adelante a Cris le acompañan amigos y mentores como Jan, su madre en el camino, Wayne, su hermano en el camino, pero también se deja arropar por escritores que le nutren y le incendian la cabeza con poesía y fuego: Tolstoi, Thoreau, London, Whitman.

Al final, uno de los creadores que más influyen en nuestro protagonistas, Jack London, le llama para que viaje al corazón de Alaska. Es la llamada de la naturaleza.

Chris huye de los convencionalismos y una visión materialista de la vida que le repele. “Era inevitable que Chris se fuera y cuando lo hizo, fue con su característica desmesura”, dice la voz en off de su hermana, que relata la historia, se hace preguntas, busca respuestas.

La hamartía griega que apunta a que hay un rasgo positivo de nuestro carácter que llevado a su extremo supondrá nuestra perdición también está muy presente en Chris, y al final, la realidad se comerá su idealismo. La realidad se acaba imponiendo. Pero como fruto nos queda esta película hermosísima, llena de poesía y adolescencia, de luz y oscuridad, que nunca me canso de ver.

He leído varias veces el libro de Jon Krakauer, periodista de la revista “Outside” y escritor, en el que está basado la película, un relato que captura el rabioso intento de Chris de vivir a su manera, aunque a veces McCandless también resulte algo irritante porque, a veces, me olvido de que yo también he sido adolescente, y he compartido con Cris muchos de sus sentimientos anti sistema. A diferencia de mí, el coraje de Chris le hace llevar su experiencia de liberación hasta sus últimas consecuencias.

Sin embargo Krakauer también cuenta cómo en la revista “Outside” en la que publica un primer reportaje sobre la aventura y muerte en Alaska de Chris, muchos lectores critican al chico por ser un inconsciente, ¿a quién se le ocurre?, por ir tal mal equipado a un lugar tan salvaje como las montañas de Alaska, le afean su imprudencia, su falta de previsión y conocimiento, su romanticismo de salón.

Krakauer defiende a Chris y yo también. Aunque solo sea porque yo me he sentido como él, hastiada de nuestra sociedad, en conflicto con mis padres, en rebelión con el mundo. Yo he sido tan idealista, tan poco realista como Chris McCandless.

Chris también huye de la ira y el maltrato de su padre, de la indiferencia de su madre, de una vida hueca que no le satisface.

Chris siente la llamada de la naturaleza, el reclamo de una vida más auténtica y profunda, y responde a su canto.

-Si consigues sobrevivir, pégame un toque, mi número está dentro de las botas, Chris.

¿Con que ley condenarte si todos somos juez y parte de tus andanzas? Todos hemos sido adolescentes en la vida y nos hemos sentido como tú.

Puedes ver “Hacia rutas salvajes” en Amazon Prime Video.

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El sentimiento adolescente de la vida.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 91

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más enigmático de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 91

Jesús y Carla se encontraron por última vez en una cafetería del centro, Chez Maman, un sitio lleno de manteles de rosas de pitiminí, tapetes, frufrús, bordados, visillos antiguos aleteando en las ventanas que a Jesús le recordó el salón de su madre, que nunca usaba salvo el día de Nochebuena. Se estremeció. Pensar en su madre le llenaba de culpa. Tenía que llamarla, pero nunca la llamaba. Su madre nunca le había querido.

Jesús se sintió muy incómodo en Chez Maman. Pero el sitio lo había elegido Carla. Y Jesús no quiso negarle nada ahora que iba a dejar su relación. Él la había llamado para decirle que tenían que hablar. Jesús tenía una nueva novia, Helena. Carla fingió indiferencia cuando se enteró, pero una sensación amarga se sedimentó dentro de ella durante días. Luego le pareció una pérdida de tiempo montar un escándalo al amor de su vida. Todo se había ido al traste.

Su relación con Jesús quedó herida de muerte cuando ese animal asesinó a su niña.

Cuando se vieron, Jesús y Carla se besaron en la mejilla, con la incomodidad de los amantes a quienes su historia de amor les ha salido mal.

—¿Qué tal estás? —preguntó Carla.

—Tirando. Tú estás muy guapa.

—Gracias por la mentira.

—Oh, no es mentira.

—¿Qué tal con ella? —preguntó Carla.

—Bien —contestó Jesús.

—¿Es como conmigo?

—Eso es imposible.

—Bueno, ¿qué querías decirme?

—Que te quiero. Y que me da pena que todo haya salido de esta manera.

—Siempre fuimos unos cobardes, Jesús. Y los amores cobardes no llegan a nada.

Vale, no iba a ponérselo fácil, pensó Jesús. Pero eso ya lo sabía. Ya sabía que no iba a ser fácil.

—¿Quique cómo está? —dijo él buscando un nuevo tema de conversación. Su hermano cornudo. Qué tema tan socorrido.

—Destrozado.

—Si yo perdiera a una hija…

—En realidad, la has perdido —dijo ella muy rápido.

Carla observó su reacción de incredulidad, su perplejidad. Sintió un placer mórbido al ver cómo el dolor detonaba como una granada dentro de Jesús.

Ella le miró. Él la miró.

—Oh, pobrecito, pobrecito. ¿Nunca lo habías pensado?

Jesús se retorció de angustia delante de ella.

Por fin se había atrevido a decírselo. Ella ya no iba a ser feliz en la vida. Ahora solo quería que él tampoco fuera feliz. Esa sería su venganza.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 90

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El mayor enigma de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 90

Jesús Sinaola citó a Rafael Espejo en Atapuerca a su hora favorita: las ocho de la tarde, cuando el crepúsculo se dilataba y el cielo se teñía de rosas y violetas y la silueta cárdena de la sierra de la Demanda era más deliciosa de contemplar. Jesús no pudo soportar la idea de reunirse con Rafael para tratar el espinoso tema de la sucesión de Max Rey en un espacio cerrado, en su despacho del Gil de Siloé o en el Aranda.

La muerte de su sobrina ha angustiado a Jesús de tal forma que el tiempo se le ha parado. La vida, esa mala puta, por fin le ha alcanzado tras años de absurda baraka.

Ya no veía a Carla por cobardía. Jesús no podía enfrentarse a ese dolor tan descomunal que ella exudaba y, a la vez, se atormentaba por su miseria moral. Estaba paralizado. Estaba muerto. Estaba asustado como un niño que se pierde en una playa. Tenía miedo de quedarse solo en casa. Tenía miedo de salir a la calle. Marga, su mujer, lo cuidaba como si fuera un crío, lo cual acentuaba su culpa por no saber amar en la cotidianidad a la única mujer que lo quería tal y como era.

Cuando Jesús llegó con su Audi A5, tan diferente del 600 que tenía cuando pisó por primera vez Atapuerca, Los Geranios parecía a punto de derrumbarse. Una punzada de melancolía atravesó a Jesús. De repente, se sintió mortificado por el paso del tiempo que todo lo cambia y todo lo destruye, hasta las relaciones más sagradas.

Sinaloa dio una vuelta a la casa que otrora había albergado el bar de sus cuchipandas, de sus ruidosos, alegres, emocionados encuentros. Las paredes a punto de caerse, desconchadas de cal, el enfoscado agrietado.

Jesús se paró y oyó cómo reverberaban las risas, conversaciones, debates científicos, brindis al sol entre los coñacs y cañas, el tintineo de los miles de whiskys en vaso de tubo a palo seco que se había tomado allí con Max. Resonaron en su memoria las sobremesas infinitas con Max y Rafael y sus equipos, con Jordi, con Julia antes de que a Julia le alcanzara la catástrofe, con Sebastián y Helena, con Norberto y Paz, con Ana antes de que Ana muriera asfixiada dentro de la sima, con Andrea y Manu.

En pocos segundos, Jesús revivió su juventud en Atapuerca, cuando cada hora de vida le parecía un milagro, cuando una felicidad increíble le recorría las venas.

Ahora, de repente, Jesús se ha hecho viejo. Tras el asesinato de Miriam le han caído treinta años encima. Le faltan las fuerzas. El sol se ha puesto en su mundo resplandeciente. Jesús quería mucho a Miriam. El corazón siempre le daba un vuelco cuando la veía. Y ahora se atormenta: ¿había sufrido allí dentro de la sima?, ¿había luchado desesperadamente por su vida? Su niña. Jesús se desmoronó por dentro y apartó a manotazos los pensamientos negros.

Su bucle obsesivo de pena y remordimientos lo interrumpió Rafael cuando llegó a la entrada de Atapuerca, conduciendo su Toyota blanco híbrido. Otro que había cambiado de coche. Rafael tenía un Dos Caballos cuando Jesús lo conoció.

—Vaya, ya no nos podemos tomar un coñac en Los Geraniosantes de entrar.

—Mejor.

—Para mí no. Dame drogas, dame alcohol, que quiero estar en otro sitio —dijo Jesús.
Jesús y Rafael se abrazaron y atravesaron la explanada. Se dirigieron al fondo, donde estaba el portalón de hierro negro que cerraba la entrada a Atapuerca. Había un guardia de seguridad que les abrió la puerta después de saludarlos, ceremonioso. Jesús le devolvió el saludo con voz átona de indiferencia. Qué deprimido se sentía. Qué falta de sentido la vida.

Atapuerca ahora parecía un parque temático, con sus cartelones y expositores, con sus grandes fotos, su pulcritud y su limpieza. Era un yacimiento empaquetado, con un gran lazo dorado, con su parking perfecto, con su aire de dinero y prosperidad, tan diferente al yacimiento salvaje que era cuando Jesús llegó hace treinta y cinco años de la mano de Max Rey. Mejor no pensarlo. No quería llorar delante de Rafael.

Jesús y Rafael anduvieron por la Trinchera del Ferrocarril. Los trabajos de excavación en Cueva Mayor y la Sima de los Huesos estaban parados. En la Dolina no excavaba nadie porque no había dinero. Atapuerca se hundía como un Titanic. La decadencia reinaba en el yacimiento.

—¿Qué tal estás? —preguntó Rafael.

—Mejor no hablamos. No deseo esto ni a mi peor enemigo.

—¿Y Carla?

—Hecha polvo. No sé si va a poder sobrevivir a esto.

—Lo siento. Dicen que es lo peor que te puede pasar.

—Por eso no he tenido hijos.

—Oh, no, no ha sido por eso, Jesús.

—¿Y por qué ha sido entonces? —preguntó Jesús a su amigo.

—Porque te importa solo el trabajo.

—Bueno, también. De eso quería hablarte precisamente.

«El peloteo ha acabado», pensó Rafael. Ahora empezaba a disputarse el partido. Jesús se sintió agotado. Pero tenía que hacerlo. No iba a tirar el trabajo de una vida a la basura. No podía permanecer indiferente ante la visión de cómo Atapuerca se desintegraba día tras día.

Se hizo un silencio sobrenatural mientras recorrían a paso vivo y ligero la Trinchera del Ferrocarril. Las sombras ganaban terreno a la luz. Los arbustos desmochados coronaban las paredes blancas de piedra caliza. El suelo de tierra color beige, con gravilla, se extendía ante ellos bajo el sonido chirriante de sus botas.

Rafael tuvo la sensación de estar en un lugar sagrado. Nunca se acostumbraba. Nunca.

Pasaron la Sima del Elefante.

—Quería hablar contigo de la sucesión de Max —dijo Jesús.

—Me lo imaginaba —contestó Rafael.

—¿Querrías aceptar la dirección de la Dolina?

—No soy tu hombre, Jesús.

—¿Por qué?

—Porque Max lo viviría como una traición.

—Max está muerto.

—Pero no su hija.

—¿Quién mejor para ocupar su puesto que tú? Andrea confía en ti, tienes conocimientos y experiencia. Eres parte del legado de su padre.

—Parece mentira que me digas eso. Andrea pensaría que apuñalo por la espalda a su padre después de muerto.

Un silencio cuajado de desesperanza.

—Además, a estas alturas de la película yo ya no tengo energía —dijo Rafael al llegar a la curva que conducía a la Gran Dolina, vacía y desierta.

—Piénsalo al menos.

—Ya lo tengo pensado, Jesús. Max me trajo aquí, se lo debo. No ocuparé su cargo.

—Te debes a Atapuerca, al equipo, al objetivo que tenemos en común de investigar la historia de la evolución humana.

—Siempre has hablado muy bien, Jesús. Pero prefiero no hacerlo.

—Admiro tu lealtad, Rafael. Pero piénsatelo. No digas todavía que no. Piénsatelo.

—No cuentes conmigo.

—Te crees que Andrea es mi enemiga y que hago esto para perjudicarla. Pero no es así.

—Yo no he dicho eso.

—Me da igual, no quiero hacer reproches ni justificaciones. No le guardo rencor a Max. Y tampoco a su hija.

—Pero sois enemigos.

—No somos amigos.

—Lo que tú digas. —Rafael esbozó una sonrisa irónica. Antes creía que Jesús Sinaloa era un seductor, pero ahora sabía que era un manipulador.

—¿Por qué no pones a Andrea al frente de la Dolina? —preguntó Rafael al llegar a la altura de la Galería.

—Jamás.

—Ten a tus enemigos más cerca que a tus amigos.

El príncipe ha sido malinterpretado. En primer lugar, Maquiavelo no lo escribió para complacer a los Medici. Quería que los Medici hicieran algo importante por Italia. Igual que yo quiero que tú hagas algo importante por Atapuerca. Eres el mejor para el puesto.

 —Maquiavelo también decía que hay circunstancias especiales que justificaban la crueldad, la traición, la infidelidad. Yo no estoy de acuerdo.

—De todo eso ya hemos tenido más que suficiente aquí. Te ofrezco empezar de cero.

—No. Amo Atapuerca más que mi alma. Pero es el momento de decir adiós.

—¿Es tu última palabra?

—Sí.

Una pausa tensa se dilató y contuvo el distanciamiento de los dos amigos.

—Espera, que no veo ni Pepe Leches.

Rafael asintió. Sacó la linterna de un bolsillo de su chaqueta de fotógrafo y la encendió.

—Ser inteligente no es suficiente para dirigir la Dolina —dijo Jesús, que volvía a pensar en Andrea.

—Lo ha pasado muy mal.

—Ser víctima no la convierte ni en buena persona ni en la persona apta para dirigir la Dolina.

—¿Por qué la odias tanto?

—No la odio. No confío en ella. No puedo hacer jefa a alguien en quien no confío. No respeta las reglas. La he pillado excavando a escondidas por la noche, sin mi permiso. Además, es otro Quijote y no quiero a otro Quijote. De visionarios iluminados y populistas ya he tenido bastante con Max Rey. Quiero a un Sancho Panza, a alguien que se ciña a la realidad y lleve la Dolina con sensatez. ¿Soy mala persona por ello?

—No, no lo eres. Por eso me quieres a mí.

—No te lo tomes a mal. Acepta, Rafael, será la guinda de tu carrera.

—No quiero más gloria, Jesús. Ya he tenido suficiente. Y, sinceramente, no era lo que creía que iba a ser.

—¿Entonces qué quieres?

—Vivir. Recostarme sobre una barca y mirar el mar. Disfrutar de mi nieto. Me he comprado con Carmen un apartamento en Rota. Disfrutar de mis vacaciones, no venir cada verano a Atapuerca a trabajar bajo presión.

—Atapuerca es tu vida.

—Y le estoy agradecido, Jesús. Pero yo desde el infarto no soy el mismo. He cambiado. Quiero pasar más tiempo con los míos.

—Pues entonces el sucesor tiene que ser Norberto.

—Matarás a Andrea si haces eso.

—Me da igual. Andrea no manda aquí. Y no es superior a nosotros, por muy arrogante y capaz que sea.

—Menos mal que no era tu enemigo.

Cuando Jesús y Rafael llegaron a las faldas de la Dolina, ya había oscurecido. La noche se había comido la pared de roca kárstica, la malla de andamios, el corsé metálico que ceñía la espalda del yacimiento más importante de toda Atapuerca.

Anda que no se había quemado bajo el sol excavando allí Rafael. Cómo se emocionó cuando Andrea encontró los dientes del Homo antecessor. De repente, una sonrisa emergió en su cara cuando recordó la broma que le gastó Max cuando él tiró una piedra al capacho de los desperdicios y Max le gritó: «¿Qué haces, loco? Es un fémur de caballo, pedazo de fósil». Rafael se quedó hecho polvo. Ráfagas de la risa de Max, la mejor risa del mundo. Cuando estaba entusiasmado, Max era el mejor, pero cuando se oscurecía, era el más oscuro.

—Es una broma, Rafa —dijo Max partiéndose de risa.

Qué alegría y emoción había entonces en Atapuerca. Qué pena que todo se haya perdido. El tiempo se lo come todo.

Rafael sintió cómo el pecho se le llenaba de vacío existencial. Se metió dentro de un agujero de soledad que lo absorbió y lo dejó sin fuerzas.

—El elegido es Norberto Seseña entonces. ¿Me apoyarás al menos?

A Rafael le dio pavor ver a su amigo tan derrotado y acorralado. El estómago se le tensó. Asintió.

Rafael se dio cuenta de que Jesús sentía un inmenso alivio. Se había quitado un peso de encima.

—Confío en Seseña. Ahora mismo no confío en nadie más en Atapuerca. Solo en él y en ti. No quiero una guerra con Andrea Rey, pero no puedo tirar todo el trabajo de años por la borda, todo el esfuerzo de cientos de personas. No puedo dilapidar el trabajo de mi vida.

—¿Le eliges porque te es fiel?

—Por supuesto.

—¿Ese es el único criterio?

—Sí.

—¿Entonces por qué buscas mi aprobación?

—Porque eres el único amigo que me queda.

Los dos amigos caminan por la explanada negra a los pies de la Dolina.

—Ya sé que Seseña está tocado por el derrumbe de la Dolina. Fue mala idea excavar con esa lluvia.

—Murieron dos personas. Sepultadas.

—Fue un accidente.

—Max le pidió que parase de trabajar en la Dolina.

—Trabajábamos bajo mucha presión, una campaña sin resultados, y tras el accidente de Vicky, la Junta nos cerró el grifo del dinero.

—Otro accidente.

Una ráfaga de viento frío los sorprendió mientras hablaban.

—A veces pienso que la montaña no quiere que le robemos sus secretos. Es una profanación —dijo Rafael.

—Oh, vamos, no te pongas supersticioso. Somos científicos —contestó Jesús. Había tal carga de reproche en su voz que Rafael dijo:

—Era una broma.

Se remansó otro silencio. Jesús se sintió menos abatido. Una cosa menos. La sucesión de Max. Se sobresaltó cuando oyó a Rafael:

—¿Todavía crees que merece la pena?

 —Si no creyera que merece la pena, no podría volver otro verano.

—Pero el buen humor se ha perdido. Esto se parece cada vez más a la universidad a la que tanto hemos criticado. Sus malos rollos, sus guerras intestinas, sus venganzas.

—¿Qué nos ha pasado?

—Hemos dejado de ser una familia.

De golpe, Jesús recordó cuando, tras el descubrimiento del Homo antecessor, Max reunió al equipo en la Dolina y abrió cinco botellas de Moët & Chandon para celebrarlo. Su lengua lamiendo la espuma del cuello de una de las botellas. Las risas alegres burbujeando en la tarde quieta.

—Sois como mi familia, sois gente buena y os quiero mucho —dijo Max.

Rafael se emocionó. Vibró. ¡Oh, el carisma de Max! Cómo ardía Max, cómo ardía. Con él era todo o nada. ¿No podía tranquilizarse?, ¿no podía pedir menos? No, con él había que arder.

—No somos un equipo, no somos solidarios y no colaboramos. Y cuando la gente deja de colaborar es la muerte de un grupo.

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El mayor enigma de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 89

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Capítulo 89

Luisa conduce su BMW azul cobalto por la carretera que va de Burgos a Atapuerca. A su lado está sentado el subinspector Aduriz.

—¿Por qué no nos dijo la verdad, Enrique?

—A lo mejor no lo relacionó con la muerte de su hija, a lo mejor sí, pero prefirió engañarse a sí mismo.

—¿Por qué?

—Para seguir viviendo.

Luisa se castigó, se fustigó con el látigo de siete puntas de la culpa. Lo tenía delante de sus propias narices y no lo ha visto.

Sebastián. Su hermano. La persona que la sacó del pozo negro de la depresión en el que Luisa se metió tras el secuestro de su hermano Toni. La persona que se hizo cargo ese verano aciago de ella y la empotró en su equipo de la Dolina en Atapuerca enseñándola a excavar, aunque ella era una niña. La persona que construyó la elevación del andamio sobre el repecho de la Dolina ante sus ojos y le pedía, con una sonrisa dulce, que le trajera las barras para levantar metro tras metro y le hacía sentir que ella, que tan avergonzada se sentía, era una persona útil y necesaria en ese yacimiento. La persona que se había abrazado a Max Rey tras terminar de construir el andamio que se elevaba hacia el cielo desde el altozano de la Dolina.

—Viva la República de Atapuerca —dijo Max—. Tendremos nuestras propias leyes, nuestra propia organización social, nuestras propias reglas del juego. Sin jerarquías. Con libertad. Independencia —añadió.

—Brindo por eso —dijo Sebastián levantando el brazo, sosteniendo una copa imaginaria.

La persona de la que había estado enamorada en silencio toda su vida. La persona a la que más quería después de su hermano. Pero Toni estaba muerto. Mejor que estuviera muerto porque las otras alternativas eran demasiado espantosas. Por su culpa. Porque Luisa lo había matado. Porque Luisa había traicionado su confianza de inocente.

Su madre la tenía que haber matado aquella noche.

Luisa ha llamado al móvil de Sebastián. No lo ha cogido. Pero Luisa sabe dónde está. En la Gran Dolina, el yacimiento donde él ha sido tan feliz.

Luisa corre con Aduriz por la Trinchera del Ferrocarril. El subinspector le ha dejado a Baeza su pistola HK USP COMPACT 9 mm Parabellum. Él no se siente capaz de disparar si hay que hacerlo.

Reina un silencio mineral que no es de este mundo. La soledad es absoluta. No hay nadie excavando.

Luisa no quiere asustar a Sebastián. Le ha dicho a Aduriz que la deje a ella.

Si suben por las escaleras metálicas con forma de zigzag que conectan la base con el alto de la Dolina, Sebastián los oirá llegar.

Luisa y Aduriz ascienden a paso lento, concentrado, tenso, por el lomo de la colina que da acceso al yacimiento, circundándolo por detrás.

Ahora Luisa ve a Sebastián recortado en el repecho más alto de la Dolina, junto al andamio que ese verano él levantó con ella.

Luisa le apunta con su pistola.

—No te muevas. Las manos. Donde yo las vea.

Sebastián mira la sierra. Se vuelve hacia Luisa. Levanta las manos.

—De rodillas. Quieto. No te muevas —grita Luisa.

Sus palabras reverberan en el silencio sonoro de Atapuerca. La Trinchera del Ferrocarril le devuelve su eco.

—¿Me vas a matar?

—¿Por qué? Ay, Sebastián —le sale una voz triste a Luisa, la voz de una madre cuando ve sufrir a su hijo.

—¿Y tú me lo preguntas? —dice Sebastián.

—¿Por qué?

—Has visto a mi hijo.

Luisa se muerde los labios. Un desmayo afloja su cuerpo, una melancolía desatornilla su determinación. Las piernas le tiemblan. Aduriz la mira con angustia.

La tensión se corta con un cuchillo.

—Ese hijo de puta le hizo sufrir antes de que tuviera ninguna oportunidad. Lucas era un niño sano, perfecto. Y ahora no puede andar. No puede moverse. No puede hablar. No puede comer. No puede respirar. Se lo hace todo encima. Y venía sano. Su madre, oh, es la persona más inocente del mundo. No es justo.

—No, no lo es —la voz ahogada de Luisa, la emoción le obtura la garganta—. La vida no es justa.

Encajan las piezas en la mente de Luisa como si fueran bloques de un juego de Tetris.

—Por eso le rompiste los brazos y las piernas a su hija.

—¿Que Dios permitiría lo que le pasó a mi hijo?

—Sebastián. Mírame. Estoy contigo. No lo hagas.

—Y Max. Menudo cabrón.

—¿Cómo conseguiste su semen?

—Helena se acostaba con los dos. Dormí a Helena y se lo saqué con una jeringa. Después de dormirla dándole lorazepam. Luego se lo inyecté a la chica.

Pero ¿por qué? Antes de que Sebastián diga nada, Luisa ya lo sabe. Ha sido una venganza. Max era muy amigo de Enrique Sinaloa. Él le había recomendado a Jesús, su hermano, para que Max lo metiera en Atapuerca.

—Fue Max quien recomendó a Marta que cogiera a ese cabrón como ginecólogo.

—Mírame, Sebastián. Quédate conmigo.

Luisa se acerca muy lentamente hacia él sin dejar de apuntarle con su pistola.

—Se acabó.

—No, mírame.

Sebastián se acerca a ella. Luisa le apunta con su pistola, que le pesa mucho en las manos. Ojalá pudiera dejar de temblar. El corazón le martillea muy fuerte. Siente sus golpes sordos y dolorosos contra su pecho.

—Quieto.

—¿Me vas a disparar? —Esa sonrisa elegante de Sebastián. Él la había salvado durante aquel verano.

Sebastián trepa por el andamio hacia la luz radiante que baña la Dolina. Los campos, los árboles, la sierra, el cielo.

De repente, Sebastián extiende los brazos y cae al vacío como el ángel que siempre fue.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 88

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más doloroso de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 88

Diario de Burgos. 2 de febrero de 2017

No hubo negligencia médica en el caso del bebé que se quedó tetrapléjico tras un parto con fórceps, según el juez.

La denuncia de los hechos de la demandante M. A. por vía penal interpuesta en el juzgado de instrucción número cinco quedó archivada al considerar el médico forense que no había existido negligencia del ginecólogo por no practicar una cesárea en el momento del parto en el Hospital Universitario de Burgos. El bebé se quedó en estado tetrapléjico.

—Me indujeron el parto cuando estaba en la semana cuarenta y uno y seis días. El médico se empecinó en utilizar los fórceps a pesar de que mi bebé no bajaba hacia el canal del parto. Estaba en plano tres en lugar de en plano dos, que es cuando se aconseja utilizar el fórceps —dice M. A., la madre.

Según el abogado del Defensor del Paciente, la madre pasó al quirófano sin que el bebé estuviera monitorizado. Entonces el ginecólogo se puso a sacar al bebé utilizando el fórceps. El fórceps llegó a caérsele al suelo.

Tras el parto, M. A. dejó de trabajar como profesora de Educación Infantil para atender a su hijo, que necesita cuidados durante las veinticuatro horas del día. El ginecólogo le provocó una lesión bulbo medular al bebé debido al mal uso del fórceps durante el parto. La consecuencia es una tetraplejia de por vida.

—Los médicos se tapan las miserias unos a otros, hay un corporativismo feroz entre ellos. No hay justicia, no hay justicia —añade M.A.

«Su padre ya ha hecho justicia por su cuenta», piensa Luisa.

—Lo que no me deja dormir por las noches es el miedo a que la máquina que ayuda a mi hijo a respirar se desconecte sin que yo me dé cuenta. ¿Por qué no me hizo una cesárea? Si me la hubiera hecho, mi hijo ahora estaría sano. Mi niño venía sano.

—En los seis meses que estuvimos en la UCI, el ginecólogo que me asistió en el parto no subió ni una sola vez a preguntar —asegura M.A.

Luisa leyó el informe médico, caso 5423567, con el corazón en un puño.

El bebé nació en estado muy grave, con pérdida de bienestar fetal durante el parto. Tenía una frecuencia cardiaca inferior a cien latidos por minuto, bradicardia fetal. El test de Apgar reflejó un valor de tres al minuto de nacer, de seis a los cinco minutos. Su gasometría era de 7,32.

Luisa también supo que al niño se le había reconocido una situación de grado tres de dependencia, un ochenta por ciento de minusvalía debido a la tetraplejia que sufría. Necesita ventilación mecánica a través de un respirador artificial durante las veinticuatro horas del día. Además, le es imposible la deglución, lo que implica que el bebé tiene una gastrotomía permanente.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 87

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como en las mejores novelas negras los crímenes.

Capítulo 87

Luisa busca en Internet en su móvil algún caso de mala praxis médica al atender un parto. Un caso reciente. El hijo de Sebastián no tiene más de dos o tres años. Enrique Sinaloa, el padre de Miriam, es ginecólogo. Pero Luisa no encuentra nada. ¿Y si el caso no hubiera ido a juicio?, ¿y si hubiera habido un acuerdo extrajudicial? No, si hubiera habido una indemnización oficial, la noticia aparecería publicada en algún periódico. O no.

Cuando Aduriz y Luisa entran en casa de Carla y Enrique, sienten una bajada de temperatura. Captan la oscuridad del duelo, las persianas echadas, las cortinas corridas, el resplandor azulado de un televisor al fondo del salón. Delante de su pantalla está Enrique, quien mira la tele sumergido en una catatonia indiferente, ajena a la vida.

Una sirvienta vestida con uniforme negro y cofia les ha abierto la puerta de la entrada. Ahora los conduce al salón.

—Disculpe que le molestemos, señor Sinaloa —dice Aduriz parándose en el quicio de la puerta.

—No es molestia, pasen, por favor. Les pido que no hagamos ruido. Mi mujer está echada. Está muy cansada. No tienen que hablar con ella, ¿verdad? —pregunta Enrique.

Enrique Sinaloa es un viejo que lucha por sobrevivir, por respirar un segundo más, por consumir una hora más, por atravesar un día más. Toda su arrogancia ha desaparecido. Ahora los mira con ojos derrotados y acorralados.

—No. No se preocupe.

—Siéntense. ¿Les puedo ayudar en algo?

—¿Le importa que le hagamos unas preguntas, señor Sinaloa? —pregunta Aduriz.

—No, adelante. ¿Quieren tomar algo?, ¿té, café?

—No, muchas gracias, señor Sinaloa —dice Luisa hundiéndose al sentarse en el sofá de terciopelo color verde oliva.

Una casa de la alta burguesía. Techos altos, paredes forradas de madera de buena calidad, cuencos japoneses, un biombo también japonés, una mesa baja color cerezo, lámparas de araña de cristal, un lienzo enorme de san Juan Evangelista sosteniendo una pluma con una mano y mirando un pergamino, que coge con la otra mano. Sin embargo, la fuerza de la depresión, que flota en la estancia como una neblina tóxica, atrapa a Luisa. Siente la increíble melancolía que satura el ambiente.

—Solo les pido que no molesten a mi mujer. Ha sufrido mucho —dice Enrique.

—Tranquilo, señor Sinaloa —dice Aduriz, que parece un Becket moderno. Sus rasgos suaves, sus modales calmados y delicados, el respeto y la tranquilidad que irradia. Más que nunca se asemeja a un monje.

—Y bien, ¿qué querían preguntarme?

—¿Se ha enfrentado a algún caso de mala praxis en un parto? —pregunta Luisa.

Sinaloa se remueve como un gusano sobre el sofá. Luisa nota su incomodidad.

—No.

—¿Está seguro, señor Sinaloa? Es importante.

—¿Está relacionado con la muerte de Miriam? —ataja Enrique Sinaloa.

Es un hombre hundido, sin fuerzas. Medicado. Vuelve su mirada negra hacia Luisa. De pronto, ella se compadece de su vulnerabilidad. Nadie sabe lo que es que te asesinen a una hija hasta que te toca.

—Sí, creemos que sí —contesta Aduriz.

—Sí, hubo un caso de negligencia médica que afectó a mi marido —dice Carla desde el umbral de la puerta del salón.

Enrique se estremece y vuelve la mirada hacia ella.

—Vuelve a la cama, cariño. Necesitas descansar.

—No estoy cansada.

—¿Qué pasó? —pregunta Luisa.

—Mi marido usó mal el fórceps en un parto. El bebé se quedó tetrapléjico.

—No fue así.

—¿Y qué pasó entonces?

—Una paciente. No me dio tiempo a hacerle una cesárea. El bebé tuvo complicaciones. Tenía que sacarlo. Siempre hay riesgo en un parto, ¿saben?

—¿A qué complicaciones se refiere?

—Se quedó con lesiones motoras. El uso de fórceps estaba indicado en un caso así y lo utilicé. No hubo negligencia. El juez desestimó la denuncia de la madre.

—¿A su juicio qué hubo? —pregunta Luisa.

—Mala suerte.

Luisa baja la cabeza y mira el suelo. Siente una oleada de indignación y horror. Le asombra la incapacidad de Enrique Sinaloa para reconocer que ha cometido un error. De repente, se da cuenta de que el padre de Miriam prefiere morir antes que admitir que se ha equivocado.

—¿Pidió la madre del niño su inhabilitación?

—Sí. Pero no la consiguió.

—¿Subió usted a hablar con la madre mientras el bebé estuvo ingresado en la UCI?

—¿Qué tiene que ver todo esto con la muerte de mi hija? —Sinaloa pierde los nervios.

Su mujer lo mira con estupor y espanto desde el quicio de la puerta del salón. —Es una venganza. ¿No te das cuenta? Ojo por ojo —dice Carla.

—Hijo por hijo —añade Luisa.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 86

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato que estremeció Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 86

Sebastián se interna en una zona tranquila de chalets adosados nuevos e iguales, chopos recién plantados, coches Citroën C4 Picasso, Dacia Logan MCV, Seat Alhambra, Peugeot 5008, Skoda Superb Combi. Todos los vehículos tienen la sillita para el niño —a veces dos— instalada en el asiento trasero.

Luisa se queda en la esquina de la calle. Desde allí observa cómo Sebastián llama al telefonillo de uno de los adosados. Con un zumbido, alguien le abre la puerta y él recorre un pequeño camino con losetas color amarillo pálido hasta subir los escalones, situarse frente a la puerta de entrada y llamar al timbre.

En el pequeño jardín hay una bicicleta de mujer apoyada contra el murete del garaje. Luisa se palpa su chaqueta. Tienen que estar ahí. Siempre lleva una pequeña linterna y una ganzúa metidas en uno de los bolsillos interiores. Si no ha llevado la chaqueta al tinte, tienen que estar ahí. Ella no las ha sacado. «Dios mío, venga, venga, por favor».

Sus manos tocan un gancho de metal tibio. Luisa se acerca a la casa y mete su gancho en la cerradura de la puerta esforzándose por hacer el mínimo ruido posible. Un sudor frío le baña la cara. Siente una gran sequedad en la boca. Sabe que es por la paroxetina. Efecto secundario. También quedarte sin libido, sin deseo, sin picos altos ni bajos de ánimo. Por fin, tras un tenso y lento forcejeo, la cerradura cede y la puerta se abre con un clic.

Luisa se agacha todo lo que puede y se acerca a la ventana de la cocina como un hurón. Ha puesto el móvil en silencio.

Una luz tibia de color melocotón baña a un niño de dos años en una silla de ruedas. El corazón late muy deprisa a Luisa mientras espía a Sebastián, que se quita el abrigo, se acerca al niño que está conectado a un respirador por la garganta y no se mueve. Su cabeza de pájaro desolado se agita al reconocer a Sebastián, que le besa el pelo.

¿Qué está haciendo allí?, ¿qué tienen que ver esa mujer y el niño con él?

Una extraña terquedad, una perspicacia instintiva hacen permanecer a Luisa agazapada bajo el ventanal de la cocina.

La madre, una mujer morena y alta, guapa a pesar de su cara agotada y la opacidad de sus ojos, levanta la camiseta al niño y le inyecta en una cánula conectada a su estómago el contenido de una gran jeringa. El niño permanece flácido, sin vida, mira con sus ojos desorbitados a su madre mientras Sebastián le acaricia la cabeza.

El niño sonríe en una mueca ausente mientras su madre le alimenta con la jeringa. Luisa se fija en los otros tubos. Todos están conectados a un respirador artificial adosado a la silla de ruedas. Un escalofrío le recorre su columna vertebral. Ella se ha librado de semejante pesadilla al decidir no tener hijos.

De repente, el niño se agita, se convierte un bulto tembloroso y aúlla con la cara deforme por la angustia. Sebastián coge al niño en brazos, con cuidado de no desconectar los tubos que hacen respirar al niño, y vuelve la cara hacia Luisa. Parece un Cristo martirizado. A Luisa le impresiona el sufrimiento que irradia. Un sufrimiento que se hace eco en Luisa, que llora en silencio, sin poderlo evitar. Llora por su hermano Toni, por ese niño, por Sebastián, por ella.

El grito se hace espantoso. La madre parece drogada por los ansiolíticos. Una expresión hierática, desesperanzada, flota en su cara. De pronto, Sebastián besa el pelo al niño, que se calma y se adormece en sus brazos. Ese delicado gesto de ternura se le clava en el pecho a Luisa. Siente celos. Ella nunca ha tenido muestras de afecto así en su infancia.

Nada en la vida te prepara para algo así. Luisa, que en ese momento se siente una intrusa infame, una aprovechada inmoral, sigue robando imágenes de la intimidad de esa familia destrozada por las graves lesiones de su hijo. ¿Ocurrió durante el parto?, ¿una mala praxis médica? El niño es muy guapo. Es moreno y de ojos negros, tan hermoso como Sebastián.

En la encimera color azul de la cocina, Luisa atisba una hilera de origamis con forma de grullas color púrpura.

Luisa no puede respirar. Siente que se avecina un ataque de pánico. Se ve reducida a un manojo de nervios destruido sobre la extensión de césped artificial del chalet.

Luisa se aleja de allí como una miserable cobarde.

—Ojalá hubieras muerto tú y no tu hermano —le grita su madre hace veinticinco años.

Cuando Luisa saca el móvil, le tiemblan las manos. El ataque de pánico está muy cerca. En la habitación trasera de su cerebro le sonríe con los ojos crueles de un monstruo que no tiene piedad. La inspectora abre su bolso. Saca un lorazepam del blíster que siempre lleva dentro. Respira muy fuerte y muy rápido. Ya está hiperventilando. Siente la ansiedad como arena blanca cruel restregándose sobre su pecho. ¡Qué desagradable es! La caja torácica se le hunde a la vez que siente la arritmia desquiciada de su corazón. Se coloca la pastilla blanca bajo la lengua porque así hace un efecto más rápido. «¡Gracias, Dios mío, por las benzodiacepinas!».

Luisa se sienta en un banco de la calle donde está la casa porque tiene miedo a desmayarse. Tiene miedo de perder el dominio de sí misma. Tiene miedo de enloquecer. Tiene miedo de que la ingresen de por vida en un psiquiátrico. Tiene miedo de ser como su madre. Su cuerpo se desmadeja y se afloja.

Una depresión te pone de rodillas. Te da una humildad espantosa. Te hace perder todo orgullo. A su lado está su hermano Toni, que la mira con sus ojos aniñados, dulces. Es tan inocente que Luisa se desgarra de ternura al mirarlo.

—¿Por qué no viniste a buscarme, Luisa? —le pregunta el niño. Luisa le coge la mano.

Luisa saca el móvil. Llama a Aduriz, quien se lo coge al primer timbrazo. Le atormenta la mala conciencia por haber traicionado a su superior.

—¿A qué se dedica el padre de Miriam?

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 85

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más estremecedor de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 85

Doce horas después, la inspectora Baeza desemboca en una plaza donde hay una procesión. Unos hombres llevan un trono de una Virgen. El hermano mayor agita una campana. Una orquesta toca sus tambores y trompetas.

Luisa se pega a la pared de la plaza. Deja atrás a la multitud extática ante la Virgen, se aleja del bullicio y la charanga solemne, pasa por el mesón La Cueva, el mirador de la catedral, el cabildo metropolitano, la iglesia de San Nicolás de Bari. Luisa ve que el abrigo negro aletea al traspasar la entrada de la parroquia. Luisa cruza la calle y espera al lado del pórtico. Hay dos mujeres rumanas, con pañuelos coloridos en la cabeza y faldas largas y anchas, sentadas en el suelo, pidiendo dinero. Una de ellas pide a Luisa, que la ignora.

—Señora, cuánto tiempo sin verla —dice.

«Teniendo en cuenta que nunca he estado aquí, sí, es mucho tiempo», piensa Luisa.

—Una ayuda, señora, tengo un bebé y no tengo qué darle de comer.

«Coño, qué pesada», piensa Luisa.

Una irritación recorre a Luisa y la impulsa a entrar en la iglesia solo para alejarse de la rumana.

Retablo esculpido en piedra caliza del siglo xvi. La iglesia se construyó en 1408. Está en la ruta del Camino de Santiago.

A Luisa le duele el pecho como si le fuera a dar un infarto. Siente una opresión que la ahoga. Se da la vuelta y se coloca frente a la pila bautismal. Hay una mujer sentada frente a un confesionario. Un hombre pone una vela. Es Sebastián.

Una corriente ártica hace tiritar a la inspectora Baeza, que finge interesarse por un cuadro gigante de san Antonio junto a su carro de guindas volcado.

Cuando Sebastián sale de San Nicolás de Bari, Luisa lo sigue a una dilatada distancia. Recorren la calle Fernán González.

De repente, Sebastián se aleja del centro. Luisa no le pierde de vista. Conoce Burgos como la palma de su mano. Le encanta perseguir a sospechosos. Se crio con la serie Canción Triste de Hill Street. Por esa serie Luisa se hizo policía ante la abierta oposición y desaprobación de su padre, que le dijo que en la policía no había mujeres. Ella dijo que ella sería la primera. Su padre, que no soportaba que nadie cumpliera sus sueños porque él no había logrado ninguno de los suyos, se burló de su hija con un frío desdén. A Luisa le dolió, pero no le hizo perder ni un ápice de determinación. No quería repetir la vida de su padre. Ella quería hacer lo que quería hacer. Se marchó de casa al cumplir los dieciocho.

Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 84

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. La verdad sobre el misterio de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 84

Cuando Luisa salió del hotel, el frío le dio un puñetazo de hielo. Bajo la oscuridad cruda salía vapor de su boca.

—Hola, ¿qué haces, inspectora?

Luisa sintió un calambre doloroso en el pecho.

—Nada en especial. ¿Y tú?

 Un silencio. Sebastián con traje negro, camisa blanca y un largo abrigo negro en la calle. Extendió los brazos hacia ella. Un pánico ciego latió muy fuerte en su garganta. «Corre. Corre. Ya».

—¿Qué tal estás?

—He estado mejor.

—Había pensado dar un paseo, cenar algo.

—No —demasiado brusca, habló deprisa—. Estoy muy liada.

—Los amores eternos son los más breves.

Silencio.

—¿Te estoy molestando?

—¿Por qué no nos lo tomamos con calma?

—Mensaje pillado, inspectora.

 Todas sus células se crisparon. La tensión se podía cortar con un escalpelo, el aire se volvió de acero. «Corre. Corre».

—Tengo trabajo, Sebastián.

—Oh, vamos, ya has ganado la medalla a la empleada del mes, inspectora.

Sonó el móvil de Luisa en el bolso.

—¿No lo vas a coger?

—No.

Silencio. Sonó otra vez. Abrió el bolso. Cogió su iPhone. Era Nico.

—Es nuestro hombre.

—¿Estás seguro? —A Luisa se le secó la boca. La ansiedad embadurnó su cerebro.

 —No hay dos bocas iguales, Baeza.

—Gracias.

—Segurísimo. Coincide. Trece puntos de contacto. Vale para ir a juicio.

Sebastián la abrazó y la besó antes de que ella pudiera evitarlo.

—No sé qué te pasa, pero me estás rompiendo el corazón —susurró en su cuello.

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La verdad sobre el misterio de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 83

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. También se cuenta la historia de amor de Andrea y Lara, dos arqueólogas en Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 83

Cuando amaneció, Luisa sintió los párpados pegados con pegamento y más sueño del que había tenido en su vida. Nico dormía bocarriba en el sofá, con su camiseta de Iron Maiden encima de su tripa fofa, con la boca abierta. Tenía la vulnerabilidad de un niño indefenso.

Luisa echó un vistazo a su alrededor. Su habitación parecía el garaje de Bill Gates cuando creó Microsoft con Paul Allen. La electricidad estática gravitaba en el aire. Los ordenadores y las impresoras zumbaban, ronroneaban, suspiraban, vibraban y tenían vida. Una hilera de dientes emergía de la aguja de la impresora, que perforaba el material y se movía con complejos movimientos en bucle. Motas de polvo danzaban bajo el haz de luz que se colaba por la ventana. Olía a una sustancia química que Luisa no supo reconocer.

Luisa abrió los ojos y revivió la pesadilla. Sebastián era un monstruo. Fue al baño y vomitó un líquido amarillo ácido. Reprodujo en su mente cómo su lengua la babeaba, cómo sus dientes la mordían como había mordido a Miriam. Un desasosiego espantoso borboteó en su pecho. Se atormentó visionando las imágenes de esa noche en su mente. Se desnudó. Se metió en la ducha. Puso el agua caliente al máximo hasta que se escaldó la piel mientras se restregaba todo el cuerpo, furiosa y asustada, con la esponja y el líquido dorado del jabón, frotó bien su sexo, se metió los dedos en la vagina para no dejar ningún rastro de él mientras una sensación de ahogo crecía y crecía en su pecho. El ala negra de la angustia la cobijó y ella frotó y frotó su piel para borrar todo rastro de él, para purificarse hasta que la piel le escoció. Ardía. Sus piernas se vencieron y Luisa se sentó en la bañera bajo una lluvia de agua muy caliente. Tembló como una niña recién nacida mientras sollozaba bajo la ducha.

—Luisa, ¿estás bien?

—He estado mejor.

—¿Pasa algo?

—Nada.

—Tengo que entrar al baño.

—Ya salgo.

Luisa se puso el albornoz y caminó hacia la puerta. La abrió. Nico parecía el yeti, barba, enorme, con el pelo alborotado.

—Buenos días.

—Buenos días.

Luisa oyó cómo Nico orinaba como un caballo al otro lado de la puerta.

—Voy a por café.

—Genial.

Su entusiasmo le encantó. Todo le parecía genial. Luisa se puso unas bragas limpias, el sujetador, una camiseta blanca del Primark y unos vaqueros. Se miró en el espejo y se peinó con las manos. Sintió un malestar en la boca de su estómago. La mordedura. Ahí estaba. No se iba. Él la había marcado como había marcado a Miriam Sinaloa. «Me va a matar. Me va a matar».

Oyó el sonido de lluvia de la ducha. Al salir, Luisa puso el cartel de «no molestar» en el picaporte dorado de la puerta. Se imaginó el horror de la limpiadora al entrar y descubrir que habían hecho de la habitación una madriguera cibernética de un adolescente friqui, topándose con Nico desnudo en el baño.

Ahora Luisa Baeza atraviesa el silencioso pasillo enmoquetado de azul. Llama al ascensor. No ha querido mirar el móvil por si ve llamadas perdidas de Sebastián. Entierra las cosas malas en los rincones oscuros de su cerebro. «Si no lo ves, no existe».

Cuando sale a la calle, se siente entumecida, metida en una burbuja de cristal. Los sonidos se amplifican: una taladradora que retumba sobre la acera, los cláxones de los coches, el chirrido del autobús que se para, el tráfago de conversaciones por los móviles que la gente mantiene mientras anda con prisa. La habitación era un útero donde se sentía a salvo, ella flotando con Nico en un mar de líquido amniótico, lejos de la crueldad del mundo. Se alegra de no estar sola.

Una hora después llama otra vez a la puerta de su habitación, en una mano sostiene una superficie de cartón con dos cafés con leche y en la otra una bolsa de croissants que prometen alegría y delicia. Oye el sonido de la tele. Bob Esponja. ¿Nico ve Bob Esponja? Nico se levanta, se arrastra hacia la puerta y dice:

—¿Eres tú?

—Soy Patricio.

El chico le abre. Pelo mojado, se ha peinado, una vaharada de colonia del hotel la golpea en la cara. Olor cítrico.

—He llamado al trabajo para decir que estaba malo. Es la primera vez que hago algo así en mi vida.

—No tienes que hacer eso.

—Quiero hacerlo. Quiero… —Una pausa dubitativa—. Trabajar contigo. Esto es lo mejor que me ha pasado.

Luisa no quiere pensar cómo es la vida de Nico si esto es lo mejor que le ha pasado. Siente mucha ternura por él.

—¿Cómo van los moldes?

—Al primero le queda una hora. Luego pondré el segundo.

—Agua con ajos. Toca esperar.

—Sí.

Desayunaron en silencio con el sonido monótono de la aguja de la impresora en 3D de fondo. Nico la miró y sonrió. Luisa aportaba una cualidad brillante al ambiente de la habitación con su sola presencia. Ella resplandecía y las sillas, la mesa, la cama, los ordenadores, las impresoras desaparecían. Solo estaba ella.

Una emoción latió en el vientre de Nico. Se sintió muy vivo. Nunca se había sentido tan feliz en la vida. Destellos de alegría.

Se abrieron el uno al otro como si no tuvieran nada que perder. Dos desconocidos que se encuentran en una situación extraña, cómplices. Luisa confiaba en él. Le conmovía que Nico se arriesgara por ella.

Charlaron durante horas. Los dos fueron sinceros.

Nico le dijo que le había criado su abuela. Sus padres eran fantásticos, pero estaban absortos el uno en el otro, se pasaban la vida viajando y no le prestaban atención. No le gustaba salir de fiesta con los amigos. No le dijo a Luisa que los otros chicos se metían con él por su gordura, bromas crueles que al final le hacían preferir quedarse en casa con su abuela enfrascado en sus criaturas.

Luisa le contó que su padre era alcohólico. Le dijo que su relación con su madre era un desastre. Su madre tenía problemas mentales y un día la quería mucho, de una manera desorbitada, y al siguiente la odiaba y la despreciaba. Una montaña rusa emocional. También le habló del secuestro de Toni, le dijo que ella no sentía el corazón, solo una plomada de culpa que tiraba de ella hacia abajo.

Él tenía raíces. Ella carecía de ellas.

No le habló de lo desesperada que se sentía por haber matado a Max. Esa caja cerrada en el rincón más oscuro de su mente no quería abrirla.

De repente, la aguja paró de moverse. Una luz roja se encendió. Nico se levantó, se acercó a la impresora, sacó la parte superior de la dentadura, sopló, un polvillo blanco cayó sobre la alfombra como escarcha. Con el dedo índice, Nico acarició el contorno de los dientes. Colocó una gruesa lámina de material en la parte baja de la impresora 3D, tecleó en su portátil y la aguja empezó a funcionar de nuevo.

Nico y Luisa se emboscaron en su refugio, lejos de las miradas de los adultos. Él puso en YouTube música de Philip Glass. Metaformosis.

—Mira qué pasada esta parte —dijo Nico—. Es una maravilla.

Ella dejó de sentir esa pesadez letal en la cabeza.

¿Lo había hecho él solito? No le extrañaba que los genios españoles se marcharan a Israel o a Silicon Valley a desarrollar sus apps, a conseguir capital, a desarrollar su software.

El peligroso y ambiguo juego de las apariencias. A veces quien menos te esperas se convierte en tu amigo.

El día pasó sin sentir. Cuando Luisa abrió los cortinajes y miró por el ventanal, la ciudad resplandecía en un mar de oscuridad.

—Voy a por la cena.

—Genial.

Luisa cogió el bolso y salió de la habitación. Oyó el sonido de la canción de Bob Esponja desde el pasillo.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 82

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El misterio de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 82

La inspectora Baeza entra en su habitación de hotel para ducharse y dormir un poco. Gracias a Dios, la limpiadora ha cambiado las sábanas con restos de semen, sudor de Sebastián, su propio sudor, ha puesto fundas de plástico nuevas en las papeleras y toallas limpias en el baño. Su santuario. Su refugio de soledad y quietud. Se pone un whisky. Lo bebe frente a la ventana que da a una calle solitaria. Las farolas salpican rodetes de luz amarilla en la acerca.

Comprueba por tercera vez, compulsiva, al borde de perder el control, que tiene la orden judicial en su bolso. La voz en la cabeza la castiga y no la deja en paz, «eres una idiota integral, no tienes remedio, estarías mejor muerta, dejarías de ser una carga para todo el mundo, sabes lo que te va a pasar, ¿verdad? Te van a crucificar. Te lo mereces, inútil».

Esa noche no duerme, da vueltas en su cama con las mantas pesándole como el velamen de un barco, asfixiada. Unas palpitaciones desagradables percuten sobre su pecho. Le da miedo cerrar los ojos porque ve a Sebastián haciéndole el amor y mordiéndola. Se sube por las paredes mientras el tiempo con su crueldad morosa se arrastra como una serpiente insomne.

Luisa se ducha embargada por sensaciones de desasosiego, desorientación y alivio porque ya es de día, porque la noche de pesadilla ha pasado ya. Cuando se peina frente al espejo, ve en sus ojos una conmoción embotada, un ramalazo de vergüenza la golpea en la cara. Sus ojos se dilatan. La maldita mordedura está en su cuello. Oh, Dios, se parece tanto a la de Miriam. «¿Por qué, Sebastián?, ¿por qué?, ¿por qué a mí?». Un conflicto moral tiene lugar en su cabeza.

«¿Y si no dijera nada?, ¿y si me callase? Además, no estoy segura de que la mordedura la haya hecho él. —Siente una gran agitación interior—. ¿Qué es lo que tengo después de todo? Una conjetura fantasmagórica. Una paranoia mía. Una locura que es no es real». La creencia de que todo es un espejismo de su mente la alivia. La lucha mental encarnizada le drena las últimas fuerzas que le quedan. Pero tiene que hacer lo que tiene que hacer. Es su deber.

Atenazada por el pánico ve en su móvil que tiene tres llamadas perdidas de Sebastián que no piensa contestar. Él ya se huele el pastel. Pero no puede hablar con él. No tiene valor. No puede fingir que no pasa nada.

Se viste con parsimonia mientras siente un agotamiento extremo. Sin energía. Sale de su habitación. Comprueba una y otra vez que ha cogido la tarjeta que abre y cierra la puerta. La ansiedad, su vieja amiga. Nunca da un adiós definitivo.

Cuando sale a la calle, su corazón late salvaje, revolucionado. Alguien tapa sus ojos con las manos. Odia que la gente haga eso.

—¿Quién soy?

—No lo sé —dice con irritación.

—¿No reconoces mi voz?

—No —dice Luisa al borde del desmayo.

El desconocido no quita las manos de su cara. Luisa tiene ganas de aullar. Por fin, tras unos segundos agónicos, la libera de la prisión de sus manos.

Sebastián la mira y sonríe.

—Hace dos noches sí la reconocías —dice Sebastián cuando ella se da la vuelta.

—Hace dos noches es hace mucho tiempo.

Se siente aterrada. Pero disimula. Tiene el cuerpo empapado en sudor. Sus escalofríos la convulsionan.

—¿Estás bien?

—He estado mejor.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—¿Te molesta que te acompañe?

—Sí. Tengo mucho trabajo que hacer —responde Luisa con dureza.

La cara de Sebastián se contrae de dolor como si ella le hubiera dado una bofetada.

—Ya lo pillo. Nos vemos —dice Sebastián mientras se aleja andando hacia atrás con grandes zancadas. El viento le revuelve el pelo.

—Hasta luego —dice ella

La clínica dental del doctor Orduna está situada en el barrio de Vista Alegre-G3, muy cerca del Hospital Universitario. Luisa ha llamado a todos los dentistas y clínicas dentales de Burgos presentándose como la agente de policía Laura Fornos, que trabaja en una investigación de un homicidio, y preguntando si han tenido como paciente a Sebastián Mur. En la clínica de Carlos Orduna le dijeron que sí.

Madres que llevan a sus hijos al colegio, putas parejitas que salen juntas a trabajar, pisos nuevos con pista de pádel, gimnasio, zona de juegos para los niños y piscina. Gimnasios donde hay gente corriendo en la cinta, sudando en la elíptica, montando en bici, ataviados con sus camisetas fosforescentes azules, rosas, amarillas, la funda de plástico en el brazo donde llevan su móvil, conectados con sus auriculares a su playlist de Spotify.

La clínica dental de Carlos Orduna es una oda al valor de la sonrisa perfecta para lograr una vida saturada de felicidad. Uno no ha completado la evolución humana si no luce dos hileras de dientes hiperblancos como los que exhiben la pareja de ancianos que aparece ultranimada en la foto gigantesca que tapiza la pared de cristal de la entrada. A Luisa se le revuelve el estómago al mirar sus caras tostadas por el sol, que supuran alegría falsa, sus dentaduras relucientes. También están los padres en radiante armonía, con sus dos hijos, primeros planos de caras orgásmicas de felicidad, más primeros planos de dientes de un blanco nuclear. «Tu sonrisa es tu mejor carta de presentación», reza un eslogan bajo las personas con dientes perfectos, con vidas realizadas.

La inspectora Baeza se siente un ser miserable con sus dientes montados, con un tono que tiende al blanco roto.

Al abrir la clínica, la inspectora Baeza se enfrenta a una recepción donde tras una barra blanca la espera una recepcionista con dientes ultrablancos. Se imagina que es requisito indispensable para obtener el trabajo o igual le hacen descuento por trabajar en la clínica del doctor Orduna. Luisa se ríe para sí misma al recordar el episodio de Friends en el que Ross se blanquea los dientes antes de su cita con Hillary y se le va la mano. Todos en esa clínica se han pasado de rosca al blanquearse los dientes.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla? —dice una chica de veintitantos años, morena y mona, muy maquillada. Sus dientes refulgen como si hubiera ganado un concurso de simpatía.

A la izquierda, Luisa ve una sala de espera con revistas ¡Hola!, Semana, National Geographic diseminadas sobre una mesa baja de cristal con patas lacadas en negro. Le recorre un escalofrío, recuerdo del sufrimiento que pasó cuando era niña en dentistas de medio pelo, más sacamuelas que otra cosa. Le viene a la memoria un tipo siniestro y viejo que accionaba el torno presionando con el pie un pedal mecánico y que le hizo ver las estrellas. Descargas eléctricas de dolor. Se sintió atrapada en ese potro de tortura. A la salida, su madre le pegó por llorar como una Magdalena.

Echa un vistazo al fondo, donde hay una sala iluminada bajo luces halógenas muy fuertes, como la nave de mister Spock, una silla de paciente forrada de cuero blanco que puede adoptar diferentes posiciones, una exhibición de herramientas dentales: pinzas de ortodoncia, Mershons, empujadores, pinzas de ligadura, posicionadores de brackets, alicates. Huele a enjuague bucal con sabor a menta. En el hilo musical suena Michael Jackson, políticamente incorrecto dado la cantidad de niños que son potenciales clientes.

—Tengo una cita con el doctor Orduna.

—¿De parte de quién?

—De Luisa Baeza.

La chica pizpireta de pelo moreno impoluto y resplandeciente levanta un teléfono blanco y marca un número con aire de eficiencia profesional.

—Doctor Orduna, está aquí la señora Baeza. Sí. Sí. Gracias.

La recepcionista le hace un gesto a Luisa para que la acompañe por un pasillo de aire futurista y vacío, más fotos de gente feliz con sonrisa Profident, hasta una puerta azul situada al fondo. Llama a la puerta de forma cuidadosa.

—¿Sí?

—Doctor Orduna. La señora Baeza.

—Sí, pase, pase.

La recepcionista, que huele a menta y jabón con aroma a rosas, abre la puerta a Luisa y la deja pasar.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes.

El despacho del doctor Orduna es un culto a su personalidad. Hay más ego por centímetro cuadrado que gente en el metro en Pekín en hora punta. Diplomas de máster en Harvard, Odontología en la Complutense, número uno en TopDoctors y Doctoralia, más diplomas de la Universidad de París IV.

Es un hombre de cincuenta y tantos años, cara aquilina, aristocrático perfil, muy moreno, sonrisa hiperblanca de tiburón triunfador, traje de chaqueta caro y reluciente, camisa azul y corbata, bata blanca que destella hasta herirle los ojos.

—Siéntese, por favor. ¿En qué puedo ayudarla? —dice en tono educado y condescendiente, típico de los que tienen mucho dinero y no tienen que preocuparse el resto de sus vidas. Una foto ladeada del doctor Orduna con una mujer más joven que se parece a la mujer de Julio Iglesias y cinco niños rubios vestidos iguales le sonríen desde un marco labrado con arabescos de plata. Todos con sonrisas blanqueadas. Las modas estéticas de Estados Unidos llegan aquí con veinte años de retraso.

—¿Por qué vino a su consulta el señor Sebastián Mur?

—El señor Mur vino porque quería hacerse un implante de titanio. Le hicimos un escáner con una férula radiológica específica.

—¿Por qué quería un implante?

—Tenía una agenesia del segundo premolar inferior.

El estómago le dio un vuelco a Luisa.

—¿Eso qué significa?

—Es la ausencia congénita de un diente debido a una anomalía genética. Causa problemas de oclusión y postura, un acelerado desarrollo de la arcada dental y problemas estéticos.

—¿Tiene el escáner del señor Mur antes del implante?

—Sí —dijo el doctor Orduna, frunció el ceño y emanó preocupación mientras tecleaba con dedos rápidos y esbeltos en el teclado de su ordenador HP—. Espero que esto no me salpique. Yo no tengo nada que ver.

—No se preocupe. Son datos confidenciales.

—No quiero…

—Señor Orduna. Yo nunca he estado aquí.

—Se lo agradezco.

El corazón le latió con violencia a Luisa. Segundos letales de angustia, tiempo que se alarga agónico como relojes fundidos sobre las paredes de su ansiedad.

—Sí, aquí está —dijo el doctor Orduna.

Un inmenso alivio se disolvió dentro del cerebro de Luisa.

—¿Dónde está la orden judicial?

Luisa abrió su bolso grande negro y sacó la orden. A continuación, le dio un pendrive negro y Orduna lo cogió, lo insertó en uno de los puertos USB de su ordenador HP y le copió la carpeta con los escáneres tridimensionales de la dentadura de Sebastián Mur.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 85

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más estremecedor de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 85

Doce horas después, la inspectora Baeza desemboca en una plaza donde hay una procesión. Unos hombres llevan un trono de una Virgen. El hermano mayor agita una campana. Una orquesta toca sus tambores y trompetas.

Luisa se pega a la pared de la plaza. Deja atrás a la multitud extática ante la Virgen, se aleja del bullicio y la charanga solemne, pasa por el mesón La Cueva, el mirador de la catedral, el cabildo metropolitano, la iglesia de San Nicolás de Bari. Luisa ve que el abrigo negro aletea al traspasar la entrada de la parroquia. Luisa cruza la calle y espera al lado del pórtico. Hay dos mujeres rumanas, con pañuelos coloridos en la cabeza y faldas largas y anchas, sentadas en el suelo, pidiendo dinero. Una de ellas pide a Luisa, que la ignora.

—Señora, cuánto tiempo sin verla —dice.

«Teniendo en cuenta que nunca he estado aquí, sí, es mucho tiempo», piensa Luisa.

—Una ayuda, señora, tengo un bebé y no tengo qué darle de comer.

«Coño, qué pesada», piensa Luisa.

Una irritación recorre a Luisa y la impulsa a entrar en la iglesia solo para alejarse de la rumana.

Retablo esculpido en piedra caliza del siglo XVI. La iglesia se construyó en 1408. Está en la ruta del Camino de Santiago.

A Luisa le duele el pecho como si le fuera a dar un infarto. Siente una opresión que la ahoga. Se da la vuelta y se coloca frente a la pila bautismal. Hay una mujer sentada frente a un confesionario. Un hombre pone una vela. Es Sebastián.

Una corriente ártica hace tiritar a la inspectora Baeza, que finge interesarse por un cuadro gigante de san Antonio junto a su carro de guindas volcado.

Cuando Sebastián sale de San Nicolás de Bari, Luisa lo sigue a una dilatada distancia. Recorren la calle Fernán González.

De repente, Sebastián se aleja del centro. Luisa no le pierde de vista. Conoce Burgos como la palma de su mano. Le encanta perseguir a sospechosos. Se crio con la serie Canción Triste de Hill Street. Por esa serie Luisa se hizo policía ante la abierta oposición y desaprobación de su padre, que le dijo que en la policía no había mujeres. Ella dijo que ella sería la primera. Su padre, que no soportaba que nadie cumpliera sus sueños porque él no había logrado ninguno de los suyos, se burló de su hija con un frío desdén. A Luisa le dolió, pero no le hizo perder ni un ápice de determinación. No quería repetir la vida de su padre. Ella quería hacer lo que quería hacer. Se marchó de casa al cumplir los dieciocho.

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El caso más estremecedor de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 81

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más misterioso de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 81

El juez Gaicano vive en plaza de España, la zona noble de Burgos. A las dos de la madrugada, la inspectora Baeza recorre la avenida de la Paz, la calle Regino Sáenz de la Maza y la calle Reyes Católicos bajo un aguacero helado. Atisba la fuente de los Delfines, chorros de agua plateada bajo la noche de tormenta. El triángulo de oro de la ciudad. Dos mil euros el metro cuadrado. Hierve dentro de ella un envidioso rencor de clase, un punzante anhelo de vivir en un piso como el del juez. Tiene la sensación de que estaría más completa. Tiene la sensación de que se vengaría de su niñez.

El juez Luis Gaicano duerme en un piso antiguo de doscientos metros cuadrados con techos altos, paredes estucadas, cortinajes barrocos y muebles de madera de nogal. Cuando suena la puerta, le parece que tocan el timbre de los vecinos. Tienen un hijo adolescente que hace botellón todos los fines de semana, un nini hosco y cabreado con el mundo que se suele dejar las llaves de casa. Pero el timbre insiste. Gaicano se levanta. Su cuerpo artrítico cruje. Siente cómo unos dolores atroces le martillean su rodilla derecha, hinchada como una pelota de tenis. A cada paso que da, los huesos laten feroces. Mira el móvil y ve que tiene cuatro llamadas perdidas de Luisa. Su mujer ha debido ponérselo en silencio. Siente una oleada de irritación hacia ella porque lo trata como a un niño. Adela cabecea adormilada.

—¿Quién es? —murmura, molesta.

—No sé.

—No abras a nadie. ¿Qué horas son estas para venir a casa? —llameante queja.

—Duérmete, anda. No pasa nada —dice Luis Gaicano con parsimonia. Le embarga la sensación de que se pasa la vida apaciguando a Adela, una niña mimada a los sesenta años.

Se incorpora, se pone las zapatillas de cuadros escoceses y la bata de estar por casa color burdeos que sus hijas le mandaron por Amazon cuando cumplió sesenta y cuatro años. Avanza por el pasillo, el paragüero, el gran espejo biselado, el aparador lleno de fotos familiares. El parqué cruje bajo sus pies mientras avanza renqueante y cojo hacia la puerta blindada. Mira por la mirilla. Luisa Baeza empapada y tiritando, calada hasta los huesos, con un pañuelo azul marino anudado al cuello, espera ante su puerta pisando su felpudo marrón de fibra de coco natural. El corazón le da un vuelco. Todo su cuerpo le tiembla. Antes de abrir la puerta, yergue la figura y aparenta que está en plena forma. Abre la puerta con una sonrisa ancha y lenta, como si los dos tuvieran una cita clandestina.

—Perdone que le moleste, señor, es algo importante.

—No me llames de usted, pasa, anda.

—Estoy mojada. No quiero manchar.

—No te preocupes. Pasa.

Luisa pasa tímida al vestíbulo señorial del piso del juez Gaicano como si fuera una novicia en su primer día de convento. Gaicano cierra la puerta del salón para no molestar a Adela, que se había tomado el Orfidal de todas las noches, no había peligro de que se levantara.

Conduce a Luisa a la cocina. La inspectora deja un reguero culpable de agua de lluvia, de frío desolado. Pero oye la voz mandona de Adela que le llama, controladora:

—¡Luis, Luis, Luis!

Otra vez esa frustración furiosa. Va a su habitación.

—Es algo urgente de trabajo. No te preocupes. Duérmete.

—No son horas, qué poca consideración.

Pero la benzodiacepina es más poderosa que su impulso gratificante de indignarse y clamar contra la gente maleducada de este mundo.

El juez Gaicano abre el armario de la habitación de servicio y ve apiladas las toallas dobladas y limpias de tonos pastel, rosas, amarillas y azules, la ropa de cama color tabaco planchada, las fundas de almohadas en un cuadrado perfecto. Reme, la señora que cocina y limpia en casa desde hace más de treinta años, se gana su sueldo. Coge una toalla amarilla que huele a suavizante. Vuelve a la cocina andando como si no tuviera ningún dolor, como si fuera joven. Le asombra y a la vez le asusta su deseo de causar buena impresión a Luisa.

—¿Quieres un té? —pregunta con calma.

—Sí. Gracias.

Gaicano se vuelve hacia el mueble color amarillo Venecia, abre la puerta y coge una gran tetera roja. Agarra un cazo negro, se dirige al fregadero, abre el grifo, lo llena de agua, cierra el grifo, pone el cazo a calentar sobre la vitrocerámica Bosch impoluta. El silencio echa raíces entre ellos. El ambiente, antes íntimo, se enrarece.

Le tiende la toalla amarilla a Luisa, que se seca el pelo muy negro, azulado, sus grandes ojos oscuros, su cara pálida, su desamparo mojado. Ella está en su casa. La alegría de verla supera cualquier lógica mundana. Gaicano abre una bolsa negra con letras doradas iridiscentes que proclaman: «té darjeeling». Echa un puñado de hebras que emanan un aroma floral a almizcle al cazo de agua hirviendo.

La tetera roja humea, reconfortante, sobre la mesa de la cocina. El juez pone un protector debajo de su base.

Gaicano sirve el té en tazas grandes de la Expo 92 de Sevilla con el dibujo de un Curro exultante. Pasa su taza a Luisa. Al beber el té muy caliente, ella se siente reconfortada. La lluvia repiquetea en las ventanas. Un relámpago convierte el fondo de la cristalera de la terraza en una radiografía azul y blanca.

—¿Qué pasa? —pregunta el juez sentándose frente a ella. La mesa de nogal entre los dos.

—El caso de Atapuerca. La mordedura —dice Luisa después de ahogar un chillido. Siente una bola de plomo ardiendo en la garganta. No puede respirar.

—Pero tú ya no estás en el caso.

—Lo sé. Pero he descubierto algo. No estoy segura, pero te lo quería enseñar. Necesito una orden judicial, Luis.

—No puedo, Baeza. No estás al cargo de la investigación.

Luisa saca su iPhone del bolso grande y negro, teclea los números de seguridad, desbloquea la pantalla, pulsa con el dedo índice el icono de la galería, selecciona la foto de la mordedura de su cuello, con el dedo índice y pulgar agranda la imagen, pone su móvil sobre la mesa y extrae de su bolso chorreante una carpeta azul, le quita las gomas, abre las tapas y coge una fotografía que muestra agrandada la mordedura del pecho derecho del cadáver de Miriam, los bordes dentados negros y púrpuras, la piel pálida, mortecina, sin vida. Pone su móvil y la fotografía sobre la mesa.

—Necesito las gafas de cerca. Soy un topo ciego —dice Gaicano con desaliento.

El juez se levanta. Abre con cuidado la puerta del salón. No quiere despertar a Adela y que le vuelva a dar el coñazo. Busca a tientas sus gafas de cerca en la mesa del comedor, junto al periódico ABC de ayer, su novela de P. D. James, su revista de Jara y Sedal, su Moleskine negra donde anota fragmentos sobre su infancia, donde rescata recuerdos del pecio hundido de su niñez. Por fin palpa unos cristales. Vuelve a la cocina. Cierra la puerta que chirría sobre el parqué. El dolor de la rodilla le palpita con un ritmo febril que le hace sudar.

El juez coge la foto con la mano derecha y la compara con la imagen del iPhone de Luisa.

Entre ambos se interpone un frutero con una gigantesca piña tropical, dos mangos, naranjas y plátanos muy amarillos con vetas negras que están a punto de pasarse. Un olor dulzón, bienestar sureño, impregna la cocina.

—¿Y?

—¿Te parecen iguales?

—Es posible.

El juez Gaicano la escruta. Huele su miedo animal.

—Yo nunca he estado aquí esta noche. Es Aduriz quien ha venido. Es Aduriz quien te ha pedido esa orden.

—¿De quién es la segunda mordedura? —pregunta el juez, levantando su mirada nebulosa hacia la inspectora Baeza.

Luisa se tensa. Le embarga un pavor helado. Le tiembla la barbilla. Tiene un pánico atroz a desvelar la verdad y a la vez siente un deseo kamikaze de hablar y quitárselo ya de encima, de aliviar su conciencia. Como única respuesta, Luisa se quita su pañuelo azul marino, se retira su pelo mojado y le enseña su cuello al juez Gaicano, que ve la mordedura color púrpura.

La cara del juez Gaicano se derrumba como si de repente le hubieran quitado miles de alfileres que sostenían sus facciones, se oscurece como si alguien le hubiera apagado la luz por dentro.

—¿Quién ha sido?

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El asesinato más misterioso de Atapuerca.

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Poemas de amor. “Si tú me dices ven”

Nueva entrega del poemario “Amor atavico”. Poemas de amor para leer en caso de emergencia

Si tú me dices ven, lo dejo todo

papeles, informes, y fax

para coger el metro e ir

hasta tu cama fértil 

donde se queman mariposas.

Fragante hacha de la memoria, 

recuerdos del futuro, mi amor,

te escribiré después de muerta

para celebrar todos los hijos que no tuvimos

y a quienes tanto quisimos. 

Dedos blancos

impronta hirviente

en el reverso del alma,

en la corriente 

que se acuerda de su meandro.   

Poemas de amor. “Ilusiones”

Voy a soñar

bajo la lluvia repentina y emocionada,

con una mente en domingo

de dicha blanca

que respira su dulce lumbre innombrada. 

La bronca ilusión

es pensarte enamorada

y andarte por esta ciudad asfixiada,

la nave de la euforia 

de fiestas de cumpleaños de mi infancia,

de velas, cocacolas y lluvia nocturna. 

Vivo un espontáneo ejercicio de presente

disfruto de mis días

y me busco excusas para la alegría.

sinfonías de asfalto de hierba

que hoy soy ese pájaro que sobrevoló la terraza, 

el ciprés calvo de los paseos,

la novia sabia

de un enamorarse no calculado. 

Puedes leer “Amor atávico” aquí.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 79

Capítulo 79

El restaurante Malafemma era precioso. Luisa se sintió vestida como una pordiosera en un sitio tan elegante, al lado de un hombre que viste Armani a diario. Bombillas grandes desnudas con los filamentos interiores visibles se balanceaban en la pared izquierda. Ella se fijó en una alacena a la derecha repleta de ollas, grandes teteras, cazos de cobre. Macetas de helechos muy verdes colgaban del techo gravitando sobre la barra color blanco, con cestos de grissini, botellas de Romano dai Forno, Amarone della Valpolicella.

El ambiente era muy agradable. Butacones marrones de cuero. Plafones amarillos que bajaban del techo e irradiaban una luz vainilla. Mesas con manteles blancos y servilletas de verdad, decoradas con pequeños tiestos de Tillandsia. Atmósfera recogida que prometía placer y consuelo. Una pared pintada de rosa abullonada como la superficie de un sofá Chester.

Luisa echó un vistazo a su alrededor. Su atención se centró en un amplio mueble de madera de teca con grandes jarrones chinos, colores azules y verdes, una cesta enorme con limones que parecían sacados de un bodegón de la pintora flamenca Clara Peeters, al lado una cubitera de hielos y botellas de Bombay Saphire. No sabe cuándo es la última vez que se ha tomado un gin-tonic con un hombre que le gusta. Y Sebastián le gusta mucho. Lo suficiente como para querer ser mejor persona y no presentárselo jamás a su madre.

Sebastián se comportaba como un pez dentro del agua en el Malafemma.

La excitación le culebreó en la tripa. No supo qué decir. La situación era demasiado grande, el amor siempre lo era, para que ella encajara y se sintiera cómoda.

Una camarera alta y morena, que ha sido becaria de Sebastián en la Gran Dolina, les dio una buena mesa recoleta situada al lado de una íntima ventana por donde se coló el resplandor delicado de la noche sin estrenar.

Una luz rosada nimbaba el techo. Celosías de madera blanca.

Luisa leyó la carta como si le fuera la vida en ello. Un sosiego inquieto tensó su estómago.

Anti pasti freddi.

La nostra burrata. Con un toque de pesto y acompañado de un bruscheta napolitana.

Carpaccio. Finas láminas de solomillo de ternera con rúcula y parmesano.

Steak tartare al cuore de burrata.

La camarera se acercó. Sebastián hizo las presentaciones.

—Es Luisa Baeza. Una amiga.

—¿Qué tal?, ¿cómo estás?

—Laura. Trabajó con nosotros.

—Encantada.

—Igualmente. Aquí unos días mejor y otros peor. ¿Qué tal va por la Dolina?

—Como siempre. Atapuerca es un manicomio.

—Bueno, ahora más con el asesinato de esa chica. Cuando lo vi en la tele no me lo podía creer. Yo había estado ahí dentro, en la Sima de los Huesos. De terror.

—Sí, es verdad —dice Sebastián con voz inexpresiva. Cambiando de tema, murmuró—: ¿Cómo va tu tesis?

—La dejé. Estoy preparando oposiciones. Está complicado.

—Comprendo. Si te puedo ayudar en algo…

—Gracias, Sebastián. Eres un encanto.

Luisa se dio cuenta por la forma en que Laura miraba a Sebastián de que se habían acostado. Una tristeza brumosa opacó su ilusión.

—¿Qué queréis beber?

Brunello di Montalcino.

—Buena elección.

Luisa se sintió tan nerviosa que no supo qué decir. Si Sebastián le diera igual, seguro que charlaba de cualquier banalidad. Pero gracias a Dios, él se hizo cargo de la conversación tirando del hilo de la nostalgia de los veranos en Atapuerca.

—¿Te acuerdas de cuando Max sacó a esa panda de la cama con una manguera conectada a…?

—¿Una bombona de butano? Ja, ja, ja.

—Qué follón.

—¿Y cuando aquella vez por el folleteo que había vino Trinidad a la casa del pueblo donde dormíamos y puso un cartel que ponía…?

—«Solo mujeres».

—Ja, ja, ja. Y Max y los otros se escaparon de su casa para incursionar en la de las chicas.

—Y Trinidad vino con una escopeta como si fueran sus hijas.

—¿Owen Lovejoy?

—Oooooweeeennn Lovejoyyyyy.

Cuando llegan sus spaguetti alle vongole y los gnocchi al pesto de Sebastián ya estaban achispados por el maravilloso vino. Sebastián pidió una segunda botella a Laura. Un manto de tristeza cayó sobre la chica, que se sintió al margen de la conversación y las risas. Seguía enamorada de Sebastián y verle con otra mujer despertaba al monstruo de los celos.

—Por favor, Sinaloa siempre repitiendo lo mismo: «Owen Lovejoy cree que los australopitecus eran monógamos y que la monogamia está relacionada con la postura bípeda» —Sebastián imitó la voz eclesiástica y untuosa de Jesús Sinaloa.

A continuación, Sebastián fingió sostener una pipa entre sus labios y clonó el tono autoritario, seguro de sí mismo, desenvuelto, de macho alfa de Max Rey.

—Venga, Jesús, solo los católicos y las palomas se aparean para siempre.

—Ja, ja, ja, ja.

—Ja, ja, ja, ja, ja.

—El sexo refuerza la teoría darwinista.

—No estoy de acuerdo —imitó Luisa a Sinaloa. Max y Jesús estaban en el bar de su padre cuando se pelearon.

—¿Quién te ha dicho que me importe tu opinión?

—Uy, eso le dolió a Sinaloa.

—Con el ego que tiene. Peor que si le echaran ácido sulfúrico.

—Ja, ja, ja. Pobre.

De repente, Luisa calló. Esa caja guardada en su cerebro donde ha guardado la muerte de Max se abrió. Salieron serpientes que reptaron como espectros de culpa. Un estallido de dolor. Sus facciones se deformaron por la angustia y el remordimiento. Se puso a llorar como una niña.

—Perdona, no tendría que haber sacado ese tema.

—Aún creo que Max está vivo.

—Fue un accidente.

—Lo sé.

—Tú no querías. Fue un accidente.

—Lo sé, lo sé.

Pasaron un tiempo en silencio mientras Luisa se calmaba. Se forzó a buscar un tema de conversación.

—¿Y ahora qué estás investigando? —preguntó Luisa mientras cogía con la mano una chirla y la vaciaba en su boca. El sabor marino de la pequeña almeja, el ajo y el aceite se fundieron en su paladar. Enrolló un haz de espaguetis con el tenedor y la cuchara y se los llevó a la boca. Estaban riquísimos. Bebió un trago de vino que refractó el sol dentro de su estómago.

Antecessors en el TD6. Hay controversia sobre si realmente son una nueva especie.

Sebastián sonrió. Empezó a hablar de la serie The Wire, que Luisa no había visto. Por lo que contaba, Luisa pensó que los policías se parecían más a los que trabajaban en la unidad que los que retrataba CSI. De repente, Luisa escuchó una voz conocida. El corazón le dio un vuelco. Se dio la vuelta y vio a una mujer rubia, con cara de niña, sentada enfrente de él en una mesa detrás de ellos. Aduriz. Su mujer. Su pecho se desgarró de dolor. ¿Por qué se apenaba?

Aduriz sonrió al verla, le dijo algo a su mujer y se levantó para acercarse a su mesa.

—Hola. ¿Qué tal estás?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 76

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más impactante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 76

La sala de interrogatorios de la comisaría olía a derrota y desesperación. Una mesa desnuda, dos sillas, dos vasos plásticos vacíos de café sobre la mesa, una papelera metálica negra forrada con una bolsa de basura también negra, los suelos sucios, aunque fregaran cada día, las paredes descascarilladas con una grieta que atravesaba su superficie como una fea y negra cicatriz.

Luisa Baeza se tensó delante de Andrea, que estaba sentada frente a ella y la miraba desafiante. Se había convertido en una mujer alta e independiente, inteligente y díscola. Se fijó en su abundante melena rizada, en sus ojos negros.

—Esta conversación va a ser grabada. Estoy junto al subinspector Miguel Ángel Aduriz, en Burgos. Es lunes, 1 de octubre de 2019. Las diez de la mañana. ¿Por qué no nos entregaste las cámaras? —pregunta la inspectora Baeza.

—Me acojo a mi derecho de no declarar.

—¿Por qué tocaste el cuerpo de la víctima?

—Me acojo a mi derecho de no declarar.

—¿Por qué la contaminaste con tu ADN?, ¿para ocultar el hecho de que su cuerpo ya tenía tu ADN antes?

—Me acojo a mi derecho a no declarar.

—¿Sabías que tu padre se había enamorado de Miriam?

Andrea cruzó los brazos y miró, dolida, a Luisa.

—No voy a decirte nada. Hija de puta.

—¿Por qué ese odio a Jesús Sinaloa, Andrea?, ¿mataste a Miriam, Andrea?

—¿Cómo está Lara?

—Está ingresada en el Hospital Universitario. Está estable.

Luisa leyó la desgarrada ternura en la cara de Andrea. Tuvo celos de Lara porque a ella nunca la habían querido así.

—¿Y mi padre?

—Ha muerto.

Andrea se quedó reducida a cenizas. El dolor la perforó por dentro y se comió sus órganos.

De repente, la puerta de la sala de interrogatorios se abrió de un golpe brusco. Era algo que nunca pasaba. Incluso había un cartel en la puerta de la sala en el que ponía: «No abrir la puerta. No interrumpir el interrogatorio en curso».

Luisa sintió un vértigo, un desmayo, un mareo. Otro ataque de pánico. Su corazón le latió a una velocidad desbocada.

Andrea se contrajo con un miedo aterrado que la paralizó.

Entraron Sergio Martín, de Asuntos Internos, y el juez Gaicano. Se dirigieron a la inspectora Baeza.

—Este interrogatorio ha acabado.

—Entrégueme su arma, inspectora Baeza. Está usted fuera del caso.

El juez Gaicano asintió. Evitó mirar a Andrea.

—¿De qué se me acusa? —preguntó la inspectora Baeza.

 —De mala praxis profesional.

—Fue legítima defensa.

—No es esa la versión de su compañero.

 —Sé que lo has pasado muy mal, Luisa. Pero ser una víctima no te convierte en buena policía. ¿No te das cuenta de que se ha acabado todo? —dijo Aduriz.

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El asesinato más impactante de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 75

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más mediático de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 75

Fue en una cena con el equipo de Atapuerca en el asador Aranda cuando todo se estropeó. Aunque yo ya quería que Andrea me pillara. Desde que sabía que se iba a África sin mí ya me daba igual todo. Sentía un placer mórbido en autodestruirme y volar por los aires nuestra unión.

Me tomaba una copa de Ribera del Duero en la barra cuando Germán se acercó a mí.

—¿Qué haces?

—Solo quería hablar contigo.

—No. He venido con Andrea.

—Solo estamos hablando.

—Vete, por favor, Germán. Ponte en mi lugar.

—Te echo de menos, Lara.

—No. Olvídame. Olvida lo que pasó.

—Pero ¿qué pasó exactamente?

—Nada.

Andrea me miró. Vi que analizaba cada movimiento, cada gesto, cada mínimo detalle de nuestra interacción. Sentí una tristeza anticipada y a la vez un deseo enconado de hacerle daño.

Germán me cogió la mano, buscó con sus dedos mi pulso.

—No puedo sacarte de mi cabeza.

Andrea me miró mientras enarcaba las cejas. Bueno, ya está, quería quitarme el peso de encima, aliviar mi conciencia. Quería que ella se enterara. Quería que ella sufriera lo que yo había sufrido al saber que había ganado una beca para excavar en Olduvai y no me había dicho nada porque pensaba irse sin mí. la protagonista era la actriz, qn nada, y mi silencio fue meguerie de sundande TV, Appele Yard, la protagonista era la actriz, q

—Estoy con Andrea. Por favor, Germán, déjame en paz.

Cinco horas después hicimos el trayecto a casa en el Land Rover de Max —el Halcón Milenario— envueltos en un silencio sepulcral, fúnebre. Yo iba sentada detrás con Sebastián. Andrea conducía. Manu iba a su lado. No habló durante todo el viaje atravesando la oscuridad, rasgando la dulce y satinada noche. Yo temblaba de miedo y ansiedad. Lo sabía. Y sufría como yo sufría. Me había vengado.

Cuando llegamos, Andrea y yo nos fuimos a nuestra habitación.

—Lárgate de aquí, Lara.

—¿Qué?

—¿Te has acostado con Germán?

No tuve fuerzas para mentir. No dije nada. Bajé la cabeza. Mi silencio fue más elocuente que cualquier cosa que hubiera dicho.

—¿Él te importa? —me preguntó.

—No.

—¿Y entonces por qué, Lara?

—Me sentía muy sola. Estaba borracha.

—Vete, por favor. No quiero verte más en mi vida.

—No fue nada. Estaba borracha.

—No te justifiques.

—No disfruté. Creo que tengo un problema con el alcohol. Bebo porque me siento mal. Siento tanta presión aquí. No quise hacerlo.

Me puse a llorar como una niña.

—No quise hacerte daño —dije.

—Pues me lo has hecho.

Con cada palabra, Andrea me clavaba una estaca en el corazón más y más hondo.

—Lo que no soporto es la mentira, el engaño. ¿Cómo voy a confiar en ti, Lara?

—¿Y yo?, ¿cómo voy a confiar en ti si me entero por Paz de que te largas a África dos años?

Sentí el dolor en su cara. Le había pegado un revés que no se esperaba.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

Un silencio culpable le cruzó los ojos. Esos ojos tan vivos, tan resplandecientes.

De repente, sonó el timbre de la puerta.

—Voy yo —dijo Andrea.

La inspectora Baeza y el subinspector Aduriz nos esperaban tras la puerta.

—¿Puedo hacerte unas preguntas? —preguntó la inspectora Baeza a Andrea.

—Sí, claro. Pasen.

Me di cuenta de que Andrea agradecía la interrupción de la policía. Yo me tragué las lágrimas y me recompuse como pude.

—¿Por qué no me dijisteis que habíais entrado con una cámara GoPro a la sima cuando encontrasteis a la víctima?

—No lo sé.

—¿A quién estás protegiendo, Andrea?

—A nadie.

—¿Dónde están las cámaras?

—No lo sé.

—¿Quieres que pida una orden y haga un registro de la casa? —pregunta la inspectora Baeza.

—No, no hace falta.

Luisa acompaña a Andrea a nuestra habitación. Andrea saca las dos GoPro y se las entrega al subinspector Aduriz.

—Las tarjetas están dentro.

Yo estoy en shock. Tiemblo de pies a cabeza.

Max ha entrado en casa, con sus llaves, sin que lo hayamos oído. Cuando volvemos a la cocina, Max empuña su escopeta de caza —la que siempre tiene colgada en la pared su despacho— y apunta a Aduriz. Luisa saca su pistola y apunta a Max.

—Déjala en paz. Ella no ha hecho nada —dice Max.

—Baja el arma, Max. Bájala —grita Luisa.

—Deja a mi hija.

Andrea desorbita sus ojos. La ansiedad le golpea el pecho con su puño monstruoso. Empieza a hiperventilar. Se ahoga. Sé que está teniendo uno de sus ataques de asma. Andrea se mete la mano en la chaqueta para coger el inhalador. Luisa dispara. Yo me pongo delante de ella. Max dispara. Luisa le dispara.

Andrea cae al suelo. Su inhalador rueda por las caras baldosas de terracota del suelo de la cocina. El pecho se me abre de dolor. Caigo al suelo como una marioneta desmadejada. La sangre caliente me empapa la camisa blanca.

Esa es la noche en la que Luisa Baeza mata a Max Rey.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 77

Capítulo 77

Un año después. Burgos

A Luisa Baeza le aburren hasta la náusea los niños. Se ha pasado toda su vida adulta aguantando a gente que le hacía preguntas impertinentes e irritantes: «¿Cuándo vas a tener hijos?», «¿por qué no quieres tener hijos?», «¿no?, ¿no te gustan los niños?», «¿tienes hijos?», «¡oh, qué pena, con lo niñero que es Tomás!», «oye, que se te pasa el arroz, tic, tac, tic tac, ¿no sientes el reloj biológico?». Luisa tenía ganas de estrangular con sus propias manos a esa gente invasiva y soltarles: «Me importan una mierda los niños, nunca he tenido instinto materno, me lo extirpó Mengele cuando nací, soy amiga de Poncio Pilatos, los niños me parecen un coñazo infinito, los bebés están sobrevalorados, les importan a sus madres, pero no al resto de la humanidad, que puede vivir perfectamente sin ver una foto de su bebé poniendo cara de gili en su Bugaboo, como me enseñes otra foto de tu bebé desnudo metido en el Tubitú te asesinaré». Pero la buena educación y el ser consciente de que su elección de no maternidad iba en contra de la corriente mayoritaria y convencional impulsaban a Luisa a sonreír débilmente y asentir con la cabeza. La inspectora Baeza tenía unas frases hechas preparadas para esas ocasiones: «No, yo nunca he querido ser madre», «claro que me gustan los niños», «tengo unas sobrinas monísimas».

Ahora finge delante de Lucía, su sobrina de cuatro años, una sonrisa encantada, aunque por dentro rabia de aburrimiento.

Por lo menos hoy Luisa se siente un poco mejor. Lo que quiere decir que la paroxetina le está haciendo efecto después de un año tomando el antidepresivo, después de un año durmiendo a base de Orfidales. La inspectora Baeza se ha refugiado durante un año en Málaga, ese Hawái español, donde hace veintidós grados durante doce meses del año, en un apartamento de una amiga en La Malagueta. Se ha dedicado a dar largos paseos por la playa, a leer cuando la depresión le daba tregua y a caminar por el monte. No se ha bañado. El agua estaba muy fría, a pesar de que era el Mediterráneo. También ha llorado mucho, de forma torrencial, sin parar, se le han obstruido los lacrimales. Ha llorado todo lo que no había llorado desde que secuestraron a Toni.

Contemplar el mar, sentarse en la arena firme de su orilla, escuchar su respiración acompasada y sedante calmaban su ánimo de bajura. Su madre también la ha llamado. Pero, por salud mental, Luisa ha desviado a su progenitora al buzón de voz.

Se siente en deuda con Mar. No es fácil cuidar e interesarse por una depresiva, aunque sea por el móvil. Y Mar se ha volcado con Luisa durante su depresión, cuando la inspectora se sentía acosada por los perros negros de la culpa. Haber matado a Max le pesaba como si llevara un ancla al cuello.

Por primera vez en su vida, Luisa hace caso a Mar, lo cual implica pasar mucho tiempo también con dos criaturas babosas por las que Luisa finge interesarse fingiendo un entusiasmo voluntarioso. En realidad, se aburre como una ostra. Debería estar trabajando dieciséis horas al día, debería estar absorbida por el caso de Miriam Sinaloa.

Como penitencia por sus pecados, Luisa ha prometido a Mar pasar un domingo juntas y luego invitar a mamá a comer. Luisa ya se desmaya con solo anticipar el plan. Qué resistencia siente a llevar a cabo esa frase dicha por inconsciencia y culpa a su hermana en una tarde tonta, cuando la paroxetina aún no había estimulado sus neurotransmisores y sus reservas de serotonina estaban bajo mínimos y se sentía culpable.

«¿Le dices ya a Mar: “Oye, nos vamos a tomar una cañita”?», se oye decir Luisa a sí misma en su mente. Pero su boca permanece muda. «Aguanta un poco más, Luisa», se dice a sí misma. Aún no son ni las seis de la tarde. Se supone que no debe beber porque está tomando medicación. A tomar por culo. Lo suyo nunca ha sido el seguir las reglas, al menos en lo que al alcohol se refiere. Un whisky doble Macallan on the rocks es lo que ella necesita. Para colmo de males, su hermana no bebe porque está como las maracas del Machín y sigue dando el pecho a su niña pequeña, que ya tiene dos años, a pesar de que le ha mordido dos veces el pezón con sus dientes de leche y le ha hecho una herida sangrante en la teta. Pero Mar erre que erre. Ha nacido masoquista y se morirá masoquista. «Que Mar se tome una caña sin alcohol. Yo me voy a tomar un whisky doble». A Mar no le gusta ir a un bar con las niñas. Bueno, irán a una terraza. Qué coñazo la maternidad.

La inspectora Baeza entra en un sopor aletargado semicatatónico, sentada en ese banco que se le clava en el culo mientras su sobrina Lucía juega en los columpios, se tira una y otra vez por el tobogán. Por lo menos no se acerca a Luisa ni reclama su atención. Luisa vuelve su cara en dirección al sol y sofoca sus ganas de gritar y tirarse de los pelos. Qué tedio, coño. Las bajas por depresión están sobrevaloradas.

Mar habla de los vuelos baratos de Ryanair, se ha ido a Lisboa con su marido y las niñas, los trataron como ganado, no te dan unos cacahuetes y para colmo de males los obligaron a facturar la maletita de ruedas porque les dijeron que no tenía las medidas adecuadas, y una mierda, es que no tenían ya sitio, en esos aviones vas como sardinas y al final lo barato sale caro.

Luisa asiente y sonríe. Luego Mar pasa a quejarse de la matraca que nos dan en todas partes con la crisis del clima. Joder, qué chapa, y esa tía, la tal Greta, que viene en catamarán desde Argentina, qué pesada. Hasta en la sopa la tal Greta.

—Es el signo de los tiempos. Un icono millennial —dice Luisa—. La chica no tiene la culpa.

—¿No puede hacer como todo el mundo y coger un avión?

—Lo que más contamina son los aviones.

—¿Y tenemos que dejar de coger aviones? Menuda mierda. Y el Bardem dando también la chapa. Pero él sí que coge aviones. ¿Y en su casoplón no pone la calefacción? ¡Venga, coño!

A Luisa le da un vuelco el corazón y finge no haberle visto mientras Sebastián se acerca derrochando encanto en dirección a su hermana y ella. Se pone color púrpura como una colegiala que estudia en las monjas. Sonríe mucho, como si le hubieran estirado con invisibles hilos de marioneta las comisuras de los labios.

—¿Qué te pasa? —dice su hermana, que no está acostumbrada a verla sonreír así.

Sebastián, vestido con traje y abrigo negro, alto y guapo, hinca una rodilla en el suelo ante Luisa como si le fuera a pedir matrimonio. Ella se alarma y le coge del brazo. Pero lo retira como si le hubieran dado una descarga eléctrica. Mar se ríe con regocijo malicioso.

El ambiente de la tediosa tarde se erotiza.

Sebastián. Un movimiento elegante de manos. Le ata el cordón suelto del zapato marrón desgastado en la puntera derecha de Luisa. Su corazón deja de latir, luego late muy fuerte, como puños que golpean una puerta. Una excitación frenética palpita en su pecho. Aldabonazos delirantes chocan contra su esternón. Cuando Luisa vuelve a respirar, se siente aturdida y culpable. «No te hagas ilusiones. Sebas no quiere nada contigo. Solo está siendo amable. Tú no eres mujer para un hombre como él». La voz chirriante y dura de su madre. La voz que la enloquece y le hace sentirse como una mierda. «Eres fea y una inútil. Nadie te va a querer. ¿Por qué no te vistes mejor?». Al final su madre va a tener razón. Pero la voz rayada se contradice con un callado y delicado impulso de seducción que germina en su pecho como un brote tierno que busca la luz. Quiere gustar a Sebastián. Odia tener que admitirlo. Finge una calma helada. Pero los nervios le comen a dentelladas el estómago.

Su hermana la mira con una sonrisa malintencionada de oreja a oreja. «Para. ¿Me oyes? Para de una puta vez».

—¿No te has ido de vacaciones? —pregunta Sebastián aún de rodillas, la mira desde abajo como un humilde siervo de la gleba salido de un túnel del tiempo.

—Sí.

—¿A dónde?

—A Málaga.

—Me han dicho que allí siempre es verano.

—Te han informado bien.

—Bueno, yo me voy, que es la hora de cenar y las niñas tienen cole mañana. Y tienen deberes que hacer. Es una locura la cantidad de deberes que les ponen ahora a los niños. Ni que fueran ministros.

—Quédate.

Luisa mira el cielo color salmón mientras se muerde el labio inferior con un gesto infantil. Tranchas de nubes doradas. La espalda de piedra de la catedral. El anochecer fresco y prometedor.

Siente su alma en un puño. Pero una ligereza se cuela en sus huesos y le hace gozar de esa sencilla plaza, de los columpios con muelles con cara de elefantes y vacas amarillos y azules, de los niños jugando con sus cubos y palas y miles de animales de plástico en el arenero. Le atraviesa una corriente de alegría sin motivo. Se siente como si hubiera aprendido a respirar de nuevo.

—No, me voy. Te dejo en buena compañía.

—Había prometido recoger a mamá.

—Ya la recojo yo.

Luisa da las gracias a su hermana en silencio. Sebastián la mira con ojos chisporroteantes de vida.

—¿Te apetece una cena rápida? Nada complicado.

—Solo si primero te levantas del suelo.

 —¿Cómo está tu madre?

—Con dos hijas y siempre sola o «me voy a tirar por el balcón, así os libráis de mí». Elige la variante que más te guste. Insoportable, como siempre.

Sebastián se ríe. A Luisa le da mucha satisfacción haberle arrancado una carcajada. Se relaja como si fuera una muñeca hinchable y alguien le hubiera quitado el tapón.

—¿Te gusta el Malafemma?

—Nunca he estado.

—Un día fui con Max. Conozco a una de las camareras y nos dará una buena mesa. Hacen unos gnocchi espectaculares.

Escuchar el nombre de Max remueve su mala conciencia. Un golpe de dolor en su tripa.

Se levanta del banco. Juntos se pierden por la umbría callejuela del fondo de la plaza.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 74

Capítulo 74

Carla se enfrenta a su clase de nuevo. En la última fila está sentado Marco. Hace un esfuerzo por no mirar al chico. Mientras habla de El Rey Lear de Shakespeare, nota cómo la voz se le ahoga:

—Lear no entiende cómo la vida puede seguir sin su hija Cordelia porque tras su muerte el mundo se ha vaciado de significado. Por eso su monólogo se ha hecho clásico, porque expresa perfectamente el dolor cuando perdemos a un hijo.

Silencio indiferente y abúlico.

—¿Cuál es la clave del amor según Shakespeare? Demostrarlo sin expresarlo con palabras. Las bonitas palabras, los halagos delante de terceros se los lleva el viento, nos dice Shakespeare.

Cuando la clase termina, Carla le dice a Marco:

—¿Puedo hablar contigo?

Al chico se le nota muy incómodo. Como si ella le estuviera retorciendo el brazo.

—Sí.

—¿Viste a Miriam ese día?

—Escuche, ya se lo he dicho a la policía. Yo no la vi ese día.

La indiferencia hosca del adolescente enerva a Carla, la lleva a traspasar una frontera de frustración que está más allá del dolor vacío, la hartura irritada que suele sentir. No es ya dolor. Es una angustia agotada por vivir, una angustia que le impide levantarse cada día de la cama y atravesar mentalmente el pavimento de las horas vacías que le quedan por vivir. Es la horrible sensación de ser protagonista de una pesadilla que le puede pasar a los demás, pero nunca a una.

—Escucha, si le has hecho daño a mi niña, te mataré, Marco. Me da igual ir a la cárcel. ¿Te crees que tengo ya algo que perder?

Cuatro horas más tarde, Matías, el director del instituto, intercepta a Carla en el aparcamiento cuando ella está apuntando con su mando a la puerta de su Toyota Auris. Carla no quiere ir a casa. Solo quiere conducir. Solo quiere desaparecer. Solo quiere no pensar.

—¿Puedo hablar contigo un momento? —pregunta Matías.

Carla resopla. Se apodera de ella la irritación.

—No es nada malo.

—Sí, claro.

—La madre de un alumno, Marco Herráiz, se ha quejado de ti. Dice que hostigas a su hijo, que le amenazas y que le culpas de lo que le pasó a tu hija.

—Yo no hago eso, Matías.

—Escucha, Carla, sé que lo has pasado muy mal. Y lo estás pasando. Has recibido el peor palo que te puede dar la vida. Pero cógete la baja, no tienes que reincorporarte tan pronto.

—No puedo estar en casa. Me subo por las paredes. La casa se me cae encima.

—Muy bien. Lo entiendo. Pero necesitas descansar, Carla, has estado sometida a mucho estrés últimamente. El chico no…

—Ese chico trafica con drogas aquí en este instituto y metió a mi hija en las drogas, tú lo sabes y miras para otro lado.

—¿Tienes pruebas de lo que dices?

—¿Y tú harías algo, aunque yo te diese una prueba?