“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 47

El misterio más alucinante de Atapuerca

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 47

Hace seis meses. Madrid

El No Se Lo Digas A Nadie estaba a reventar, lleno de mujeres que miraban a un lado y a otro buscando a alguien con quien habían ligado ya por Tinder. Yo, para variar, me sentía asustada, frágil. Antón era gay, pero yo no sabía qué era. Lo único que tenía claro era que no quería volver a estar con un hombre después del horror que había pasado con Esteban. La humillación aún me dolía.

Sin embargo, la culpa era mía porque yo había pasado por alto demasiadas cosas, me había autoengañado a rabiar. Esteban y yo habíamos seguido saliendo como si no pasara nada, como si todo estuviera bien después de las cosas horribles que habían pasado. ¿Por qué lo había aguantado tanto tiempo? Por mi pasado, porque estaba acostumbrada a que me tratara mal la gente a la que quería, por los patrones familiares y mentales, por la buena educación, porque Esteban lloró y me pidió perdón. Y yo lo perdoné. Era una gilipollas.

Yo era un mar de contradicciones. No quería estar con nadie, pero a la vez estaba harta de estar sola en mi apartamento de la calle Canarias con vistas a un patio reluciente de lluvia que olía mal porque la gente tiraba basura desde las ventanas.

Antes de llegar al No Se Lo Digas A Nadie, Antón, Raúl y yo habíamos cenado en el Mushashi. Cuando me acerqué, bajando por la calle Las Conchas, a las nueve en punto de la noche, Antón y Raúl ya me esperaban en la puerta, al lado de la carta llena de fotos de sopa udon y bandejas de sushi moriawase. Nos saludamos, nos besamos y traspasamos una cortinilla negra que tenía impreso un samurái en posición de ataque.

La camarera china que pretendía ser japonesa nos sentó en una mesa de la parte más baja del restaurante. Las mesas estaban muy juntas y oíamos la conversación de tres tías sentadas al lado que hablaban del mundo Tinder. Odiaban a los tíos que decían que les gustaba el senderismo y la música. Les gustaban los tíos con sentido del humor. Miraban todo el rato sus móviles mientras señalaban y comentaban fotos de tíos, sin dejar de comer su sopa udon, con los palillos, de sus grandes cuencos de color negro.

—Mido un metro ochenta… con tacones, qué gracioso —dijo una mujer cincuentona con pelo color rojo.

—Ese me mola.

—Tiene hijos.

—Pero son mayores.

—Sí, yo con regalitos de corta edad paso.

Antón, Raúl y yo dimos la sensación de que no habíamos comido en la vida. Pedimos sopa udon, tempura de verduras, yakisoba, sushi moriawase, sashimi de atún y salmón y dos agedashis tofu. Para beber, cerveza Sapporo.

—¿Algo más? —dijo la camarera, que era la dueña, una china que tenía sesenta años, pero aparentaba cuarenta.

—No, gracias.

Cuando la camarera se fue, le dije a Antón:

—Esta ha hecho un pacto con el diablo. Cada día está más joven.

—Es por la soja que toman. Sin embargo, tú con lo que fumas te llenarás de arrugas —añadió.

Fumaba por la ansiedad. En ese mismo momento, me entraron ganas de salir a fumar a la calle Las Conchas, muy animada, con terrazas llenas de gente, que charlaban, reían y bebían cerveza, con un trasiego de grupos de amigos que pululaban por la calle. Más arriba estaba el callejón de la Ternera, donde antes había un ambulatorio al que fue a que le curaran una cuchillada en el culo Camilo José Cela. Me lo había contado papá.

—La vida puede ser muy cruel —dije.

—Dímelo a mí, que Dios me dio vagina —dijo Raúl.

Pagamos a pachas. Cuando salimos del restaurante, extraje un cigarrillo de mi cajetilla Camel con la foto de un hombre muerto de un infarto y fumé a placer. Nos compramos un helado de chocolate y caminamos por Gran Vía, Callao, Princesa, Sol, Carretas. En Gran Vía me quedé prendada del ángel negro sobre una peana dorada que emergía del edificio Metrópolis. Paseamos por Alcalá, que tenía una arquitectura de edificios altos que me recordaba a Nueva York, aunque nunca había estado en Nueva York. Pero daba igual porque las imágenes que poblaban mi mente eran producto de las películas y series que había visto, que me conectaban con otros seres humanos que compartían mi misma cultura, mis mismos sentimientos, mis mismos recuerdos visuales. Todos los Homo sapiens bullíamos en una olla común de experiencias, pensamientos, recuerdos, ansiedades, amor, miedos muy parecidos. Por eso me encantaba leer, porque sentía que nada de lo humano me era ajeno. Me evadía de un lugar, de un momento en el que no quería estar: mi presente. Yo vivía para el siguiente momento. Siempre me sentía insatisfecha y soñaba con completarme en un futuro próximo donde yo y las cosas que me pasaban iban a ser mucho mejores.

Cuando llegamos al No Se Lo Digas A Nadie, me embargaba un ánimo expectante que me hacía intuir que esa noche me iba a aportar algo bueno. Sentí algo en el ambiente que prometía alegrías en una noche que se abría a mí. De repente, se apoderó de mí un ansia de enamorarme.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 46

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El secreto más estremecedor de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 46

En el hotel NH, Luisa Baeza, a las cuatro de la mañana, en absoluta soledad, revisa el vídeo de la científica del escenario del crimen, donde aparece el cadáver de Miriam sobre un gran charco de sangre, con masa encefálica sobre los tablones de madera que protegen el sedimento. De repente, Luisa se fija en algo. Hace zoom y amplía el detalle. Son tres pequeñas marcas en el suelo. Luisa se queda pensativa.

Aduriz duerme junto a Ángela, con su vientre abultado de embarazada. De repente, su móvil suena. Ángela se sobresalta.

—¿Quién llama a estas horas? —pregunta, somnolienta y asustada.

—Tengo que cogerlo —dice Aduriz mientras se incorpora y se sienta en la cama.

—Buenas noches.

—El asesino grabó el crimen. Esas marcas que están en varias partes del suelo de la escena del crimen son marcas de un trípode que sostiene una cámara.

—¿Por qué iba a grabarlo?, ¿está loco? Eso le incriminaría.

—Para disfrutar después viéndolo y excitarse con la emoción del poder que supone matar a una persona.

—¿Crees que es un psicópata? —pregunta Aduriz.

—No lo sé, lo único que creo es que el móvil es la venganza. Por eso grabó el crimen. Para vengarse aún más.

—Hay que interrogar a los padres.

—Mañana.

—¿Quieres decir dentro de dos horas?

—¿Te he despertado? —pregunta Luisa.

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El secreto más estremecedor de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 45

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 45

2 de junio de 2019. 14 días antes del asesinato. Atapuerca

Tras acabar de cenar, estaba agotada, pero me puse a fregar. Era una forma de sentirme útil en casa, yo, que tan inútil me sentía en Atapuerca. Me dolían mucho las piernas, pero me alivió sentir el agua jabonosa caliente bajo mis manos. Fregué con el estropajo verde los platos blancos con delicadas estrías que Max había comprado en La Oca y los coloqué, uno por uno, en el escurridor. Llevaba los cascos y escuchaba en mi MP3 la canción Shallow de Lady Gaga y Bradley Cooper, que me parecía muy romántica y me recordaba a Andrea y a mí, solo que mi talento estaba aún por descubrir.

Tell me something, girl. Are you happy in this modern world? Or you need more…

«Sí, necesito más», pensé.

No oí a Andrea entrar en la cocina, tan concentrada estaba en fregar bajo la cúpula protectora de la música. Me dio un vuelco el corazón. Sentí cómo ella me abrazaba por detrás y me besaba la nuca. Me estremecí. Se me puso la carne de gallina.

—Ya lo harás mañana.

Sonreí. Y bajé la barbilla.

—No.

Tell me something, girl —cantó muy bajito Andrea—. Arent you tired trying to fill that void?

Me estremecí. Yo luchaba por llenar ese vacío, pero era como echar agua al mar. Era imposible. Y aun así no dejaba de buscar cosas con la que tapar ese agujero negro, hueco, que llevaba dentro de mí. Sexo, alcohol, drogas, comida, amor. Pero el dolor no desaparecía.

Or do you need more? Aint hard trying to keep so hardcore?

Andrea tenía una voz ronca, profunda, una voz que prometía altas cumbres de placer. Estuve a punto de desmayarme.

Vale, ya me podía morir.

—Qué guapa eres —dijo.

Puso las manos en mi cintura de tal manera que me sedujo para volverme hacia ella. Me miró. Me sonrió. La miré. Le sonreí. Por momentos como ese yo seguía con ella. Me unía a Andrea un cordón umbilical de amor atávico, primitivo, que no se expresaba con palabras, pero que me daba emociones intensas y una ilusión por vivir que creía haber perdido.

Me besó. Me mordió el labio inferior. Sentí una corriente de felicidad zumbando en mi espina dorsal. La besé. El corazón me latió muy deprisa.

—¿Quieres que continuemos con las clases de Prehistoria?

Jugábamos a eso.

—No me quedan claras un montón de cosas, las técnicas de excavación…

—Yo te las explicaré. Excavaremos juntas en tu sima.

—Ja, ja, ja. Muy graciosa —dije.

Andrea me cogió de la mano y tiró de mí hacia nuestra habitación. Yo temblaba de pies a cabeza. No me acostumbraba a ser tan feliz. Temía perder mi felicidad al instante siguiente. Momentos como ese me parecían un milagro.

Recorrimos el pasillo oscuro, fresco, con las ventanas abiertas. A la izquierda estaba nuestra habitación, escritorio del siglo xix, chimenea barroca, muebles victorianos, techos altos, muros estucados, el póster enmarcado de la obra Anthony and Cleopatra, interpretada por Glenda Jackson en el teatro Old Vic, la cama cubierta por una colcha color limón pálido.

Andrea me besó.

—Ponte cómoda —dijo.

—Tú también.

Nos abrazamos desnudas en la cama. Yo temblaba tan fuerte por la vulnerabilidad que me daba amarla de esa manera tan entregada que tuve miedo de que ella se diera cuenta de mis nervios. El pecho se me llenó de emoción y alegría por estar allí con ella.

—Te quiero con todo mi corazón y mi alma —me susurró en mi nuca. Yo la abracé tan fuerte que no quedó un milímetro de separación. Le besé los pechos, que eran duros como manzanas, y me entretuve en sus pezones, que se pusieron inhiestos bajo mi lengua ávida. Luego bajé hacia su intimidad. La lamí, rápida, como una gata. Ella arqueó el cuerpo y echó la cabeza hacia atrás.

Era increíble esa sensación de estar fuera del mundo, entre sus piernas, protegida de toda la ignominia y maldad de la gente, solo ella y yo, juntas en una sola sensación de intimidad, un sentimiento que yo no alcanzaba a comprender, pero atesoraba cada vez que lo sentía.

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“Antidisturbios”: cuando un desahucio empieza mal, acaba fatal

Cuando un desahucio empieza mal, acaba fatal y además es una radiografía de nuestra sociedad. “Antidisturbios”, la serie que ha molestado a los sindicatos de la policía. Vaya, tiene que ser buena. “Antidisturbios”, la serie que critican los policías: demasiada violencia y demasiada cocaína. Esto promete. “Antidisturbios”, la serie de la que todo el mundo habla. Coño, Nuri, la tienes que ver.

Al principio, cuando se estrenó, a mí, “Antidisturbios” me la sudaba. Isabel, una compañera de Televisión Española, me preguntó si la había visto, y respondí un escueto no. Me la recomendó pero no presté mucha atención a una ficción que creía que nos iba a contar cómo trabajan los Antidisturbios. Pereza negra.

Pero “Antidisturbios” no va de eso.

Seis antidisturbios ejecutan un problemático desahucio en el centro de Madrid, pero el desalojo se complica y sucede una tragedia. Un equipo de Asuntos Internos de la Policía será el encargado de investigar los hechos, ante los cuales los seis policías podrían enfrentarse a una acusación de graves consecuencias. El grupo de agentes busca una salida por su cuenta, complicando aún más la situación. La joven Laia Urquijo, una de las agentes de Asuntos Internos, se obsesiona con el caso y comienza a investigar, descubriendo poco a poco mucho más de lo que jamás hubiera imaginado.

Dureza y humanidad

Verdad, tesión, dureza, humanidad, una serie que se bebe como broncos chupitos de tequila y te deja sin aliento. Impresionante interpretación de los seis policías, solo conocía a Raúl Arévalo y Roberto Álamo, irreconocible pero los seis demuestran que son actorazos.

Brillante presentación del personaje de Laia

En el capítulo piloto, los guionistas Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña, presentan, de forma brillante, al personaje de Laia Urquijo interpretado con alma por Vicky Luengo. Su padre le hace trampas jugando al Trivial. Ella le pilla y se enfada mucho con su progenitor queriendo que lo reconozca. El padre se resiste como gato panza arriba pero al final lo reconoce. Pero la reunión familiar se ha arruinado.

Gracias a esta secuencia de apertura de la serie descubrimos que la principal motivación de Laia es el afán de justicia, lo cual será crucial en el desarrollo de “Antidisturbios”. Además la escena funciona emocionalmente y pasa de positivo a negativo.

La presentación del grupo de “Antidisturbios” es clásica. Se hace a través de un diálogo trivial aunque cómplice entre los miembros de la banda.

También se presenta a los personajes a través de un truco de siempre: la llegada de un integrante nuevo. Se utiliza mucho en guión, y ya pasaba en otra serie mítica como “Urgencias”, con la llegada de John Carter al servicio.

Estructura novedosa


La estructura de “Antidisturbios” también es novedosa para ser una serie de televisión española, y un acierto. Los capítulos van por personajes: Osorio, Úbeda, López, así hasta llegar a seis.

Los diálogos son realistas. En ellos, nada te chirría. Los antidisturbios hablan de dietas para coger músculo, escapadas a escalar al Pirineo, y cosas del curro.

Sin buenos ni malos

No hay buenos ni malos. Es gente normal. Algunos mandos quedan como el culo como suele pasar en la vida real.

Los guionistas renuncian al maniqueismo a la hora de dibujar a los personajes. Felicidades. ¡Ya era hora que pasara en una serie española!

Asistimos a las vidas de los personajes que son buenos padres, algunos muestran su humanidad en la relación con sus hijos, gente con sus contradicciones que sólo busca sobrevivir en la jungla policial en la que viven.

La clave de Isabel Peña


Isabel Peña, una de las creadora y guionista principal, tiene mucho qué ver con que el guion sea un logro.

La historia gana interés porque los guionistas van más allá del caso de mala praxis policial, hasta llegar a los intereses ocultos que se hay tras la judicatura y la jerarquía policial.

Está muy bien narrada la caída en desgracia de los seis antidisturbios y cómo sus problemas laborales afectan a sus relaciones de pareja, con su familia, ellos se vuelven cada vez más irascibles y tristes, encerrándose cada vez más en sí mismos y dentro del grupo donde encuentran apoyo y alivio.

-Voy drogado a trabajar-le confiesa Osorio a su ex mujer

A los seis antidisturbios les cambia el carácter cuando les dejan solos frente a la jauría, un significativo movimiento que muestra cómo funciona nuestra sociedad, en las que como ya contó Tom Wolfe en su libro “Nuevo Periodismo” siempre tiene que haber ‘negros’ maumando el mau mau que sirvan de parachoques a los problemas de sus jefes.

Nada ha cambiado bajo el sol.

Un reparto de lujo

Roberto Álamo, Raúl Prieto, Hovik Keuchkerian, Álex García, Raúl Arévalo y Patrick Criado interpretan a los miembros del grupo de antidisturbios en el que se centra la serie. La actriz mallorquina Vicky Luengo es la encargada de dar vida a la agente de Asuntos Internos encargada de la investigación, Laia. Lo que en un principio parece un personaje secundario dentro de la ficción, irá ganando en importancia a lo largo de los episodios para terminar siendo la protagonista en torno a la cual gira toda la trama de Antidisturbios. Inspirado en el personaje de Emily Blunt en Sicario, Laia es una figura para recordar y para dejar huella en la ficción española.

El primer capítulo se grabó con una cámara en mano y, prácticamente, dentro de una furgoneta policial. A medida que la trama se enreda y los episodios pasan, la técnica de rodaje se va refinando para mostrar hasta dónde pueden llegar los tentáculos de la trama corrupta que la protagonista femenina busca destapar.

Entiendes que nadie que entre la policia quiera ser antidisturbios, menudo marronazo, presionado por arriba, presionado por abajo, y tú en medio, carne para la picadora, desdes que entras en la furgona en la comisaría de Moratalaz hasta que te quitas el casco al final del día, y te tomas una caña mientras te fumas un cigarro en un grupo tan cerrado que solo tienes eso.

-Primero vamos a brindar por este grupo que es lo más grande que ha aparecido en mi vida porque os quiero-dice uno de los antidisturbios, al que en otra secuencia su mujer le da una revista Lecturas que ha robado de la peluquería para que pida ayuda porque lleva demasiado tiempo deprimido y ya no puede más.

Luego vamos a brindar por esta serie, que tiene más calidad quae la mayoría de series que he visto este año. Brindemos por ir a contracorriente.

Un guión redondo y con voz de mujer

Por cierto, noto que hay una guionista mujer, Isabel Peña, detrás de los guiones, y que esa guionista tiene libertad creativa, lo cual no es lo común en el universo guion de series.

Hay detalles que solo los podía haber pensado una mujer, cuando Moreno deja manchada de café y desperdicios la encimera de la cocina que utilizan todos en la Unidad de Asuntos Internos de la Policía, y él pasa olímpicamente, y Laia se lo reprocha, cuando ella mira limpiar a la trabajadora de la limpieza o cuando Laia, que ha salido de juerga, se encapricha de Alexander, y se ponen a follar en un baño aunque ella le avisa al antidisturbios antes:

-No te corras dentro.

Hay mil y un detalles, desde la discusión de Laia con su novio mientras cenan y ella le echa en cara que nunca la apoya a sus dinámicas de pareja que están contados desde el punto de vista de una guionista que es mujer.

Al acabar la serie, con Rodrigo Sorogoyen, el director de la adrenalina, acabas vacía como si salieses de una centrifugadora.
Esperamos segunda temporada, Rodrigo e iSabel. La esperamos con ansiedad, como la siguiente dosis de cocína que diría Alexander

Puedes ver “Antidisturbios” en Movistar.

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“Éxtasis”. Nueva novela

Sí, queridas lectoras, estoy escribiendo una nueva novela. Se llama “Éxtasis” y cuenta la historia de un verano en Grecia que pasé con mi amiga Manuela cuando tenía veinte años. Fue el mejor verano de mi vida, porque era joven y la vida estaba abierta. Fui a lo abierto y fue maravilloso. Estaba enamorada de Luis, pero allí conocí a Paraskevas y Vaso, dos amigos, que significaron mucho para mí. La felicidad era insoportable. Me aplastaba como el cielo y la tierra cuando se juntan.

Creo que escribo esta novela para recuperar esa emoción de la juventud, cuando la alegría y la tristeza, resonaban con mucha fuerza. Cuando tenía veinte años creía que toda la vida iba a ser así pero me equivocaba.

Capítulo 1

Me había peleado millones de veces con Manuela, mi mejor amiga en la carrera de Periodismo, en la Universidad Complutense y otras tantas me había reconciliado. Durante uno de las épocas en que volvíamos a ser amigas, que prometían ser para siempre por mi culpabilidad y su enfado por haberme perdido pero no duraban mucho tiempo, ella me propuso un plan increíble: pasar el verano en Grecia con un amigo suyo Paraskevas, Erasmus griego que había estudiado en Madrid durante el pasado año.

Manuela dijo “suyo” con un aire despectivo, no fuera yo a creer que tenía derecho a nada. Luego añadió:

-Yo creo que está enamorado de mí.

Sentí un punzante desasosiego, pero sonreí disimulando mis vagos celos. No conocía al tal Paraskevas, por mi podía ser un yeti griego con el que yo no tenía ningún deseo de intimar. Pero Manuela era competitiva conmigo y yo tenía la impresión de que le gustaba dominarme.

Me sonrió aún más, toda su boca grande y roja llena de dientes me aplastó con su fuerza. En la montaña mágica de Mann, ella hubiera sido la sana y yo la enfermiza y neurótica.

-No lo sé.

Me costaba decir no. De hecho, veinte años más tarde, pagaría a una psicóloga 90 euros la hora para que me enseñase a decir no y ser asertiva, entre otras cosas. 

Manuela frunció el entrecejo, se formó un gran y profundo surco en el epicentro de su frente que irradió potente y radioactiva desaprobación. Me perforó su mirada marrón y astuta. Deseé saber hacer ese esto e imponerme. Pero no, ella se imponía casi siempre. Tiraba de mí. Me dominaba. Muy rápida, Manuela se puso en modo seducción.

Yo no le sostuve la mirada, ni a ella ni a nadie, lo cual ella me criticaba abiertamente. Me lo había dicho Begoña, el tercer vértice del triángulo, con quien Manuela se había peleado el verano interior después de que hubiese metido a Begoña en el entuerto de su relación disfuncional y obsesiva con Peter Thompson, un inglés 10 años más mayor que ella, que quería ser músico, tocaba a veces en locales como la Fídula, y nosotras íbamos a verle siempre. En realidad, Peter vivía de dar clases de inglés en una oficina de la Castellana donde trabajaban pijos ejecutivos de coca rápida y visa de oro de principios de los 90. El curro se lo había conseguido su prima, Mary, una ejecutiva inglesa que había estudiado Económicas y había acabado en Madrid porque había roto con un novio en Londres que le había roto el corazón.

Los veranos cuando Manuela se iba a Valdetorres, en Badajoz, a ver a sus padres que tenían el colmado del pueblo y tierras y tenían dinero, Peter se quedaba tocando la guitarra en el metro para conseguir dinero. Luego iba a ver a Manuela al pueblo, y así podía comer, y estar a cobijo, y sufrir la desaprobación de la madre de Manuela, Toñi, que no soportaba la mala vida que este guiri daba a su hija.

Manuela y Peter eran súper pesados. Peter no estaba enamorado de Manuela pero se acostaba con ella. Peter no quería a Manuela pero ella no le soltaba porque no soportaba que no la quisiera. Eran como los amantes de Teruel: tonta ella, tonto él. Pero el ego de Manuela que iba de espiritual y new age y compraba en La casa del libro: “Ami, un amigo que te quiere”, no podía soportar que él no la quisiera como ella le quería y era como el protagonista del poema de Quevedo sólo que en tía:

Usted que con ojos fríos me mira…

Pero un día en la cafetería de Periodismo, donde me he cogido los mayores ciegos de mi vida con permiso de Televisión Española, barra metálica en curva y luego recta, un camarero que se parecía a Ray Liotta nos invitaba a Gemma y a mí a Ginebra con limón, paredes grises, mesas blancas, y unos ventanales en la franja alta de la pared que filtraban una luz blanca llena de motas de polvo, que se mezclaba con la desesperación y la curiosidad brutal y las ganas de hablar de todo del grupo de amigos que estudiábamos tercero de periodismo en 1993 y éramos fuera de Madrid, la mayoría, Manuela me dijo:

-Paraskevas me ha invitado a su casa en Atenas. ¿quieres venir conmigo a Grecia este verano?

Hasta aquí el primer capítulo. ¿Os gusta? ¿Merece la pena seguir escribiendo? ¿Os apetece seguir leyendo?

Muchas gracias por acompañarme en esa emocionante y reconfortante experiencia que es la lectura.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 44

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 44

Hace seis meses. Madrid

El destino nos unió a Andrea y a mí. En esa clase oscura y melancólica de la Facultad de Historia, Universidad Complutense, llena de estudiantes abatidos por el pesimismo propio de la juventud, que rumiaban su negro futuro laboral mientras envidiaban el presente espléndido de Andrea Rey, le pedí a Dios que me uniera a ella. Se lo pedí con toda mi alma. Si me volvía a encontrar con ella, sería una señal. Una señal. Esperé. Confié.

Pensé en Andrea. La reviví una y otra vez en mi cabeza, hablábamos, hacíamos al amor, éramos una pareja alegre y feliz, justo al contrario de mi desastrosa experiencia amorosa en la vida real, yo inconsciente por la borrachera, Esteban penetrándome, haciéndome daño. Yo no quería. Pero estaba próxima a caer inconsciente.

En los confines de mi cerebro, Andrea irradiaba una luz fascinante, un resplandor enigmático que borraba el dolor de mi vida.

Después de la catástrofe con Esteban —que todavía me dolía como si me hubiera clavado una estaca en mi corazón porque la primera vez que había hecho el amor la había sentido como una violación—, yo solía pasarme los fines de semana viendo la tele en casa o yendo al cine, mi gran pasión, donde durante dos horas ponía en suspenso los problemas que asediaban mi vida.

La noche del sábado en la que volví a encontrarme con Andrea, me sonó el móvil. Era Antón, mi mejor amigo. Dudé entre cogerlo o no. Cuando me angustiaba, solía encerrarme en mí misma. Cogí el móvil. La soledad empezaba a pesarme demasiado.

—¿Qué haces? —me preguntó Antón.

Se hizo un pequeño silencio. Me esforcé por encontrar algo interesante que contar, pero mi mente no halló nada. Llevaba una vida tediosa y vacía. Estaba viendo la tele en mi diminuto apartamento de once metros cuadrados de la calle Canarias.

—No, mejor no me lo cuentes o me cortaré las venas —dijo—. Voy a adivinarlo: te has hecho palomitas del microondas de Mercadona y estás viendo en el Movistar Brokeback Mountain.

Acababan de estrenar la película en abierto en Movistar+.

—No. Las palomitas me las he hecho yo. Y sí. ¿No es la mejor película? —contesté yo mientras buscaba el mando para darle a la pausa.

—Que digas eso de una película de dos vaqueros maricas me preocupa. Pero más me preocupa esa vida de topo que llevas, Lara. Sal conmigo. Voy a ir al No Se Lo Digas A Nadie. Habrá chicas guapas.

—No. No me apetece. Ya me he puesto el pijama.

—Son las siete de la tarde, Lara. ¿Cómo has podido ponerte ya el pijama de rayas? Eres lo peor.

—Gracias. Yo también te quiero.

Antón recurrió a la técnica del chantaje emocional que sabía que me hacía mella.

—Venga, cari, ¿hace cuánto que no nos vemos, Lara? Te podrías haber puesto bótox y haber cambiado de cara como Nicole Kidman y yo verte y no reconocerte. Te podrías haber cambiado el estilismo y llevar un modelito de Alexander McQueen.

—Sigo yendo con camisas de cuadros y vaqueros —le atajé.

—Eres muy deprimente, cari. ¿Lo sabes?

—Lo sé.

—Vamos a cenar al japotalego. Y luego vamos al No Se Lo Digas A Nadie y nos emborrachamos y olvidamos las penas.

—No sé.

—Señorita Scarlatta, señorita Scarlatta —imitó Antón el acento negro sureño de la Mami de Lo que el viento se llevó—. No puede comer nada, ¿me oye?

—Aprieta más, Mami —me reí.

Había visto Lo que el viento se llevó mil millones de veces. Solía ver la película los domingos por la tarde con mi abuela y mi hermana. La parábamos cuando la hija de Rhett y Scarlatta se caía al saltar con su caballo. Mi hermana y yo nos partíamos de risa.

—¿Qué penas tienes tú? —pregunté.

—Pablo me ha dicho que soy demasiado viejo para él y que no nos ve juntos dentro de diez años. Tremendo. Vuelvo a estar en la carretera, cari.

—Lo siento.

—Yo no. Estoy mejor sin él. La pareja está sobrevalorada. ¿Entonces nos vemos en el japotalego a las nueve?

El japotalego era el Mushashi, un restaurante japonés que estaba en la calle Las Conchas, cerca de Callao, cuyo agedashi tofu y tofu frito nos volvía locos a Antón y a mí. Una vez pedimos los dos platos y la camarera china —nadie era japonés en el japotalego— nos dijo:

—Bueno tofu, ¿eh?

Antón y yo nos quedamos cortados y luego nos reímos un montón imitando a la camarera china.

—Bueno tofu, ¿eh?

—Después pensaba ver Veredicto final, la acaban de poner en abierto —dije mientras echaba una mirada desolada por el patio de los vecinos donde reverberaba la lluvia, el aburrimiento, las discusiones familiares y las voces de teles encendidas como la mía.

—¿Cuántas veces la has visto?

—Dieciséis.

—Te puedes ahorrar la Diecisiete. Yo te cuento el final. Paul Newman no le coge el teléfono a Charlotte Rampling.

—¿Viene María José?

María José era un amigo trans de Antón muy gracioso que había pasado de chica a chico.

—No lo llames así o te fusilará al amanecer. Es Raúl.

—Pero no tiene rabo.

—Sí, pero él no lo sabe. No le quites la ilusión. Y mucho mejor que no lo tenga. Hay demasiados rabos en este mundo, créeme, y están sobrevalorados, como las estrellas Michelín y las opiniones de Amazon. Lo sé porque me he comido unos cuantos sobrevaloradísimos.

—No me des envidia con tu vida sexual. Yo hace mucho tiempo que no me como una rosca.

—Porque no quieres, cari.

—Es verdad.

—Te pides un cabifull y nos vemos en el japotalego a las nueve.

Iba a decirle que no, pero Antón colgó antes de que pudiera articular palabra. Qué pereza me daba salir de casa. Pensé en mil excusas y en mi mente escribí decenas de wasap a Antón para no quedar. «Pero una vez que estés allí todo será mejor, Lara», me dijo una voz en la cabeza. Quizás tuviera razón.

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Ver la película “Días de fútbol” gratis aquí en el blog

Ve la película “Días de fútbol” gratis aquí en el blog. Jorge tiene 30 años y piensa que su vida no puede empeorar. Su trabajo le deprime y su novia le deja cuando él le pide matrimonio. Pero las cosas siempre pueden ir a peor, y como muestra solo hay que echar un vistazo a sus amigos: Ramón no sabe que le saca más de quicio, si las ocurrencias de su mujer, o su más que perdida lucha contra la alopecia; Gonzalo lleva tanto tiempo estudiando derecho como buscando novia; Carlos aspira a ser un gran actor pero no ha pasado de ser secundario en la teletienda; Miguel es policía y padre de familia pero su sueño es ser cantautor, lo que saca de quicio a su mujer. El único que parece llevar controladas las riendas de su vida es Antonio, pero eso no quiere decir mucho teniendo en cuenta que acaba de salir de la cárcel. Creen que ha llegado el momento de cambiar sus vidas y la brillante solución que encuentran es volver a montar el equipo de fútbol que tenían de jóvenes, y por fin ganar algo en su vida, aunque sea un trofeo de fútbol 7.

“DÍAS DE FÚTBOL”. PARTE 1.

“DÍAS DE FÚTBOL”. PARTE 2.

“DÍAS DE FÚTBOL”. PARTE 3.

El sufrimiento es comedia

Si analizamos las situaciones cómicas de las series de televisión, nos damos cuenta de que la comedia se basa en padecimiento, martirio, dolor de los personajes. El sufrimiento es comedia.

Por ejemplo, Sam Malone en “Cheers”, es un ex alcóholico que debe luchar todos los días contra su pasada adiccion en la barra de un bar.

Por ejemplo, Michael Palin, en “Un pez llamado Wanda”, es un ladrón y amante de los animales que se quiere cargar a una ancianita para conseguir un sabroso botín pero en lugar de matar a la vieja se carga a su adorable perrito para gran sufrimiento de Michael.

O por ejemplo, Ross en la serie “Friends”, tan pulcro y ordenado, que se enamora de una chica que es desordenada y desastrosa hasta la exageración más extrema.

Una delas claves del humor es la exageración como muy bien veis en la película de “Días de fútbol”. Todos los personajes están exagerados, incluso los gags están hiperboliz

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Libro de poesía “Amor atávico”. “La doble vida de Verónica”

La doble vida de Verónica

matiné de cine, 

íntimo pecho de una chica que va a morir

y no hace un drama de ello.

Carrera a por el siguiente apunte para el viaje,

volcánico paladar de tu cielo

en la caníbal ansia de las horas.

Después una historia colonial

de americanos con buenas intenciones,

mientras escribo una carta apasionada de cumpleaños

para mi madre adoptiva

en la que puntúa atreverse a decirle cuánto la quiero,

sin la cruceta de la formal marioneta,

sin los mensajes anónimos de un coche de caballos 

que hice parar,

los nombré los jinetes del entusiasmo

y luego compré otra entrada de cine

y entré a ver “Nueve semanas y media.” 

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Ve “Anatomía de Grey” online gratis en el blog

El famoso Hospital Seattle Grace es el escenario en el que se desarrolla la vida de cinco jóvenes que, tras licenciarse en medicina, empiezan allí un duro periodo de pruebas. La serie ha sido definida como una mezcla entre “Urgencias” y “Sexo en Nueva York”, por el interés tanto de las intrigas amorosas como de los casos médicos. La frenética actividad del equipo de cirujanos consigue transmitir el stress al que se ven sometidos los personajes.

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Ve “Life unexpected” gratis aquí en el blog

“Life Unexpected” narra la vida de Lux (Britt Robertson) una joven que, tras 15 años pasando de centro en acogida en centro de acogida, decide independizarse y comenzar a viajar sola en la vida, algo que le llevará finalmente a conocer a su padre biológico, Nate “Baze” Bazile (Kristoffer Polaha) de poco más de treinta años, y que vive junto a dos chicas compartiendo piso…

Ve “Modern Family” gratis aquí en el blog




Aclamada serie -es la sitcom más premiada en los últimos años- que narra el día a día de una gran familias compuesta por Jay Pritchett (Ed O’Neill) y su joven mujer Gloria Delgado (Sofia Vergara), madre de Manny (Rico Rodriguez), y al mismo tiempo muestra la vida de las dos familias compuestas por sus hijos ya adultos: el abogado gay Mitchell (Jesse Tyler Ferguson), casado con Cameron Tucker (Eric Stonestreet) y padres adoptivos de la pequeña Lily, y su hija Claire (Julie Bowen), casada con Phil Dunphy (Ty Burrell) y que son padres de 3 hijos, la pija Haley (Sarah Hyland), la estudiosa Alex (Ariel Winter) y el simple Luke (Nolan Gould)

Los agujeros de guion de “Rapa”

Los que me conocéis o habéis seguido mi blog “Cómo crear una serie de televisión” sabéis mi afición por detectar los agujeros de guion de una serie o película, esas incongruencias en la trama, esos pasos forzados para que todo encaje en la historia, ese rábano cógido por las hojas para conseguir llegar a un objetivo, esos detalles metidos con calzador, esos renglones torcidos del guionista aka dios en la obra que crea, el demiurgo de un universo cuyos contornos define él o ella.

Vamos a ello. Antes de meter las manos en harina, doy un aviso a navegantes: en este post hay spoilers. Es imposible analizar y explicar los agujeros del guion de una serie sin desmenuzar elementos de sus tramas.

No sigas leyendo si huyes de los spoilers como de la viruela del mono. Quien avisa no es traidora.

Empezamos con los agujeros de guion de “Rapa”, ojo, una serie que me ha gustado mucho. Los creadores no tienen la culpa de que yo sea una friqui maniática del análisis del guion de serie.

Os recuerdo la historia de “Rapa”: Sierra de la Capelada, en Galicia. Una tierra antigua, de altos acantilados sobre el mar, donde los caballos viven libres. Salvo un día: el de la “rapa das bestas”. Una tradición que sintetiza lo bello y lo salvaje de un territorio por lo general tranquilo, pero que resulta ser ahora el escenario de un crimen. Buscar al asesino de Amparo Seoane, la alcaldesa de la localidad, será el objetivo común de Tomás, un profesor frustrado, y de Maite, una sargento de la guardia civil.

Más agujeros que un queso gruyere

La Guardia Civil descarta como sospechoso del crimen de Amparo Seoane muy rápido a Tomás, a pesar de que es el hombre que ha encontrado el cadáver de Amparo, además su coartada es débil.

La serie no juega la carta de averiguar quién es el asesino ni la carta del caso detectivesco, sino a alumbrar los claoscuros de las almas humanas, vidas tronzadas por diferentes causas de los protagonistas que tienen cuentas perdidas con un pasado inclemente y cruel.

En “Rapa” no hay buenos ni malos si exceptuamos al personaje de Darío, que es malo sin matices, pero el resto de los personajes es gente normal, con sus virtudes y defectos, con sus cargas del pasado y pérdidas de ilusiones frente al futuro.

Muy pronto sabemos que Norma, la fisioterapeuta, es la asesina. Pero cuando la interroga Maite, la sargento de la Guardia Civil, Norma da una coartada que es mentira, muy fácil de comprobar, sobre el por qué pasó el día del asesinato su coche por la zona donde se asesinó a Amparo Seoane. Norma miente pero ha tenido tiempo para elaborar una coartada mejor, que iba a dar un paseo por el monte, por ejemplo. Norma es una mujer muy inteligente y capaz. Esa mentira tan fácil de averiguar, que dio una sesión de fisio a un vecino cercano a la zona del asesinato, no es digna de ella.

Hasta que la Guadia Civil interroga a Norma pasa tiempo. ¿No ha tenido tiempo de pensar nada? Aunque solo sea que estaba dando una vuelta. Si la Guardia Civil te pilla en una mentira, sospecha de ti.

Un error de Norma. Un agujero de guion para lograr un objetivo en la historia necesario para la trama: que la Guardia Civil sospeche de Norma como asesina de Amparo Seoane.

¡Elemental, querido Watson!

A continuación, Norma limpia los bajos de su coche con lejía, cuando es bien sabido que la lejía no hace desaparecerr la sangre. Pero la científica no encuentra nada. ¿No le hacen un análisis forense al coche blanco (tal y como dijo Tomás) de la principal sospechosa de una asesinato?

Raro, raro. Rarísimo.

Vale. Otro agujerito más.

Pero, luego, Norma, se lleva la pesa con la que ha asesinado a Amparo a su consulta. La Guardia Civil hace un registro con una orden judicial de su consulta de fisioterapia pero no requisa las pesas. ¿Son lerdos? ¿Poli lerdos que no requisan un posible objeto de ataque a Amparo Seoane cuando según la autopsia, se la mató con un objeto pesado como un martillo, una barra de hierro…o ¿una pesa? Siendo Norma la principal sospechosa y siendo el principal objetivo de la Guardia Civil encontrar el arma homicida del asesinato de Amparo Seaone, ¿y no se llevan las pesas? ¿Estamos locos?

Súper agujero

Agujero de guion del tamaño del mar de la tranquilidad de la Luna. Lo siento. Agujerazo negro. Agujero tamaño cráter, ay petones guionistas. Qué petes.

Seguimos con mi análisis inmisericorde de esta poronga infinita que son los agujero de guion. Más madera, perra motociclona.

Allá voy. Abrocharos el cinturón, que vienen curvas, amigas.

Cráter de guion

Antes de disecciónar el siguiente agujero de guion de “Rapa” quiero decir que es excelente la actriz que interpreta a Norma. Se llama Lucía Veiga y se merece una papel protagónico ya, qué delicia de interpretación con la que Lucía Veiga consigue el logro inconmensurable de que empaticemos con ella y con sus motivaciones.

Norma es un personaje siempre humano, con carácter y corazón ardientes y abiertos de par en par, quiere a su amiga y desea protegerla, no queremos que la cojan, no queremos que la metan en la cárcel y se pudra en prisión. Hay un empoderamiento en Norma, un dignidad seca frente a los injusticia de los poderosos que se encarnan con su desprecio absoulto y sus tejemanejes al margen de la ley en el personaje de Amparo Seoane y Darío, ese en versión frustrado mequetrefe en el trabajo que lo paga con su mujer en casa.

A ver: el siguiente agujero de guion es grande, gigante, inmenso, pantagruélico.

Cuando Norma se fabrica a sí misma una coartada para salvarse cuando va a matar a Dario, va al cine en Ferrol, se mete en una película larga de tres horas, sabedora de que la están grabando las cámaras de seguridad cuando entra en la sala, se sienta, apaga el móvil, se pone una gorra, y agacha la cabeza y sale de la sala del cine, sin que la graben las cámaras de seguridad porque hay un ramal desviado a una salida de emergencia, que Norma empuja para salir a las escaleras exteriores del cine que baja para llegar al párking donde está aparcado su coche que arranca para ir a Cedeira a matar a Dario. Conduce por carreteras secundarias para que las cámaras de seguridad no graben su coche. Chica lista.

Norma mata a Dario y vuelve a la sala de cine, subiendo las escaleras exteriores con rápidez hasta llegar a la puerta de seguridad exterior que tiene una manija para abrirla como una puerta normal. Pero, yo os pregunto queridas lectoras ¿cuándo se ha visto eso? ¿Desde cuando una puerta de emergencia se abre desde fuera? Si fuera así toda la basca podría colarse impunemente en el cine con sólo subir las escaleras de fuera del centro comercial y abrir la puerta de emergecia con la manija.

¡Gran agujerazo de guion! Lo entiendo, ojo, es la única manera para hacer que Norma vuelva a la sala de cine sin ser vista y se mezcle entre los espectadores que salen de ver la película, por los pelos, porque, con gran angustia, al principio Norma cree que no ha llegado a tiempo.

Emocionalmente la trama de Norma se prende en el corazón porque va a dar su merecido a un puto maltratador de esos que siempre se van de rositas y ejercen su imperio del dolor en su casa sin que nadie diga ni haga nada.

Vale, Norma le mata, le da su merecido, bueno, se pasa un poco nuestra Norma, pero es un asesinato con un trasfondo de justicia. queridas lectoras. Empatizamos con Norma porque también sabemos cómo va a acabar su amiga Rebeca: muerta e intuimos, no sin un deje de culpabilidad, que por el bien de las mujeres que sufren violencia de género, este mundo está mejor sin un tío como Darío.

¿Qué opináis? ¿Detéctais vosotras alguna incongruencia más en el guion? ¿Hay algo que no os cuadra? ¿alguna secuencia o paso de trama que os huela a chamusquina?

Ánimo sabuesas, en cualquier serie hay agujeros de guion, algunos son más cantosos y otros menos. Pero haberlos, haylos.

Os dejo este juego abierto para que os animéis a ver “Rapa”. Un aperitivo para degustar con una cervecita. U 2.

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Puedes ver la película “Los lunes al sol” aquí

La ironía anárquica de Fernando León es su firma de autor en las películas que ha dirigido. Acabo de ver “El buen patrón”, su última película, el reverso ácido de otra película que me gustó muchísimo: “Los lunes al sol”.

Puedes ver la película “Los lunes al sol” aquí, en este blog Falta el final de la película que pondré a disposición vuestra, mañana en un nuevo post. Tengo que pasar los fragmentos de “Los lunes al sol” a mp4 y eso me lleva un tiempo.

Javier Bardem estaba jovencito, y ya desplegada esa forma de actuar natural y naturalista, que tan bien le iba al estilo rebelde, irónico y anarquista del director de “Los lunes al sol” que puedes ver aquí.

Sin duda, es la mejor película de León y ha envejecido bien. “Los lunes al sol” nos sigue emocionando y nos sigue haciendo reir. No os perdáis la antológica secuencia en la que Javier Bardem lee el cuento de “La cigarra y la hormiga” a un niño reinterpretando en clave anarquista su significado .

Sí, “Los lunes al sol” sigue haciendo llorar, sigue cabreando y sigue recomponiendo los pedazos que deja por el camino.

Os recuerdo la historia de “Los lunes al sol”: en una ciudad costera del norte de España, a la que el desarrollo industrial ha hecho crecer desaforadamente, Santa (Bardem) y otros afectados por la reconversión recorren cada día las calles, buscando salidas a su situación precaria. Son funambulistas de fin de mes, sin red y sin público, sin aplausos al final; viven en la cuerda floja del trabajo precario y sobreviven gracias a sus pequeñas alegrías y rutinas. 

PARTE 1. LOS LUNES AL SOL


PARTE 2. LOS LUNES AL SOL

PARTE 3 LOS LUNES AL SOL

PARTE 4. LOS LUNES AL SOL

PARTE 5. LOS LUNES AL SOL

¿Qué os aparecido, amigas? Ya me contaréis.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 38

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como en las mejores novelas negras los crímenes.

Capítulo 38

Luisa se reunió a las seis de la tarde en el despacho del juez de instrucción del caso, Luis Gaicano, para contarle los últimos avances en la investigación. El juez se reclinó en su asiento y escrutó a Luisa. Suspiró. La estancia se cargó con una melancolía ligera, diáfana, que envolvió a Luisa como una manta. El silencio se remansó y los acercó. Gaicano se inclinó hacia delante y abrió un cajón marrón claro de su escritorio de abeto Périgord. Con gestos lentos y cansados, sacó una botella de coñac Napoleón.

—Son las seis de la tarde. La hora de un aperitivo. ¿Quieres? —preguntó Gaicano.

—Si insistes, te hago el favor —respondió Luisa.

Ella se levantó de su gran butacón de cuero situado frente a la inmensa e impoluta mesa del juez, se dio la vuelta preguntándose si se habría manchado los pantalones —le había venido la regla y el segundo y tercer día del periodo siempre tenía miedo a dejar huellas allí donde se sentaba, aunque se pusiera una compresa extra indicada para las noches y un tampón seguía traspasando el pantalón y las bragas porque últimamente tenía un flujo fortísimo— y le avergonzó la visión del butacón barroco del juez manchado con su sangre, sintió un retortijón menstrual y decidió anudarse la rebeca azul marino alrededor de la cintura aunque no quedase elegante. La limpiaría al sentarse. Menos mal que esta mañana había elegido la rebeca azul marino y no la amarillo pálido. Los hombres nunca pasaban por estas angustias determinadas por la biología. Nunca se preocupaban por manchar el sillón al juez de instrucción, por tener dolores premenstruales, no sentían el sufrimiento del parto ni tenían pechos con dolores punzantes, ni pezones agrietados, ni episiotomías ni desgarros vaginales. Luisa no veía la hora de que le llegara la menopausia para dejar de preocuparse de si manchaba con su sangre los asientos de los coches de la Unidad de Homicidios, la silla frente a su ordenador, el sofá de la sala del café. Tenía más miomas uterinos que bolas un árbol de Navidad. Tenía que ir al ginecólogo, pero le daba un perezón espantoso. Aplazaba la cita una y otra vez. Se resistía como gato panza arriba. Muy en el fondo tenía un pánico atroz a que el médico le diera una mala noticia. Así que hacía lo único que podía hacer: meter sus problemas en una caja, cerrarla, arrinconarla en el rincón más oscuro y recóndito de su cerebro. No pensar en ello.

No debería beber porque el alcohol aumentará su flujo de sangre ya copioso. Pero no pudo resistir la tentación de suavizar el estrés que la cargaba. Se dirigió hacia el mueble licorera vintage tallboy. Abrió una de sus dos puertas de madera decoradas con apliques de bronce dorados y cogió dos vasos chatos, de buen cristal, no como los vasos toscos y verdes Duralex que tuvo en la casa de sus padres. Le fascinaban el lujo y el estatus. No podía evitarlo. Era una forma como otra cualquiera de vengarse de su infancia difícil.

Mientras Gaicano servía el coñac, ella dijo que tenía que ir al baño un momento.

El juez sabía que se estaba haciendo viejo porque cada vez pensaba más en su infancia. Nació en Nogales, Cantabria, en el caserío de su abuela paterna. Pesó casi seis kilos y a punto estuvo de matar a su madre al nacer. Sus padres vivían en Madrid, donde se habían ido huyendo de la pobreza del campo. Su padre era tendero de un ultramarinos de la calle La Bola, muy guapo, rasgos delicados, nariz respingona, pelo rizado y ojos azules, se parecía a un astro de cine. Siempre compraba un décimo de lotería, embargado por la ilusión de que el premio los sacara de la penuria. Pero su padre no tuvo suerte, enfermó de tuberculosis a los veinticinco años y, adivinando la muerte, le dijo a su mujer que lo llevara al caserío. No quería morir y ser enterrado en una ciudad donde no conocía nadie. Su madre cumplió su voluntad, y al poco de llegar a Nogales papá murió. Él tenía tres años.

—Vamos a ver los corderos —le dijo su tío Miguel una tarde mientras le cogía de la mano y lo llevaba al prado al otro lado de la loma verde. Las mujeres lloraban dentro de la casa de piedra.

Su hermano tenía seis meses, un bebé rubio y dulce al que todos quisieron desde el principio. Él era más salvaje, más solitario, más esquinado. Pero su abuela Manuela era muy queredora y le dio el cariño que necesitaba y más. Una mujer que había tenido diez hijos y al final se había quedado sola con el huerfanito. A su hermano José María se lo llevaron a Arguedas, Navarra, y su tía Angelita lo cuidó.

Su madre, con una mano delante y otra detrás, buscó trabajo como auxiliar de enfermería en un hospital de tuberculosos en Navacerrada. Cuando él se salió del noviciado con los padres Dominicos en Caleruega tras sufrir una crisis nerviosa, aunque entonces no se decía así, se decía solo que no tenía vocación —sin embargo, su hermano José María continuó y se ordenó sacerdote—, se reunió con su madre en Madrid y ambos se dieron cuenta de que eran unos desconocidos. Sus vidas eran dos caminos bifurcados. Fue imposible recuperar el tiempo perdido. Se peleaban mucho.

Cuando tenía cuatro años, un día escondió las lentes de la abuela en las oquedades de la baranda de piedra del porche del caserío. Su abuela las buscaba a tientas, con la vista oscurecida y nublada, mientras él se reía a su lado atravesado por una alegría sin motivo.

Su infancia era el caserío con su abuela Manuela. La verde colina, el mar de fondo, el cielo muy azul, las vacas, la miel, el requesón, el cariño de su abuela era donde volvía él ahora una y otra vez después de trabajar toda su vida el olvido.

—¿Dónde están mis lentes? Chitín, ¿tú las has visto? —dijo la abuela con inquietud.

Cuando ella tentaba el hueco donde se encontraban sus lentes, su manita juguetona las cambiaba a otra oquedad del muro.

Nunca fue tan feliz como con la abuela. El juez Gaicano tenía que ir andando a la escuela de Nogales, que estaba a diez kilómetros del caserío. Cuando nevaba, la abuela le untaba mantequilla en gruesas rebanadas de pan que ella misma hacía en su horno y se las daba de desayuno junto con el tazón de leche. De forma instintiva, ella sabía que su nieto tenía que comer mucha mantequilla para que pudiera ver bien en la nieve camino a la escuela, para que el sol no le cegase al refractarse en el hielo. «Vitamina A para los ojos», pensó él cuando ya era un adulto.

En la escuela él se hizo amigo de Amparito, que era una niña linda y buena de un caserío vecino. Un día le enseñó su catecismo, él se lo cogió y lo llenó de garabatos y burdos dibujos. Cuando la maestra lo vio, le repudió como si él fuera un perro sarnoso.

Él era el juguete de la abuela y la abuela era su juguete. Tenían todo el día para jugar. Nunca fue tan libre en la vida como a los cuatro años, sin una autoridad paterna que lo coartase. Su padre estaba enterrado en el cementerio del altozano de la colina que estaba a un kilómetro del caserío. Él era libre.

A la hora de la siesta, Gaicano se escapaba al prado de los cerezos. Se subía a uno de los árboles más altos, trepaba de rama en rama hasta que se encajaba con ambos pies en una horquilla e impulsándose con la cadera se cimbreaba y balanceaba embargado por una sensación de frenesí, embargado por una excitación efervescente que le recorría todo el cuerpo. Se sentía liviano y alegre como si el universo cupiera en la palma de su mano. Se sentía el amo y señor de la vida.

Dos horas después, come con la inspectora Baeza en La Favorita, uno de los mejores restaurantes de Burgos que no te puedes perder si visitas la ciudad según las webs de recomendaciones gastronómicas. Se encuentra en pleno casco histórico, en la calle Avellanos.

Comparten un chuletón troceado al punto con patatas fritas y se beben un Finca Resalso. Luisa va mucho al baño, llevándose el bolso, y vuelve sonrojada.

—Pero ¿cuál es la vinculación del asesino con la víctima? —pregunta el juez Gaicano.

—No lo sabemos.

—Sin eso es dar palos de ciego.

—Ya lo sé.

—Hay algo que no me cuadra.

—¿Qué?

—Muerde en el pecho a la víctima, pero no hay agresión sexual. Las mordeduras están asociadas a violaciones, crímenes muy violentos.

—Tal vez por rabia descontrolada.

—No sé.

—La chica le conocía. No hay heridas defensivas en brazos y manos.

—Y roció a la víctima con lejía para borrar restos de ADN.

—Es un asesinato premeditado, muy bien planeado. Por eso no me cuadra lo de que la mordiera. Un acto descontrolado. Es un comportamiento animal.

—Tienes razón.

 Luis Gaicano se había casado enamorado. Pero ahora Adela, su mujer, se había vuelto más celosa, crítica y posesiva. Prefería pasar el menor tiempo en casa y la mayor parte del día la consumía en los juzgados. Sin embargo, un divorcio a esas alturas le daba pereza. ¿A dónde iba él con sesenta y cuatro años? Su único escape era salir a cazar con Max Rey, al que había conocido en el internado de los Dominicos. Max era un alumno brillante y excéntrico que ya entonces destacaba en ciencias y ocultaba su ateísmo. Nació arqueólogo. Luis no había conocido a una persona más entregada a su vocación que Max.

—¿Y las huellas dactilares?

—Hay tantas huellas dactilares sobre los tablones y en las paredes como para que los técnicos trabajen durante un año.

 —¿Y qué más?

—Hemos comprobado el registro de herramientas de Atapuerca.

—Sí.

—Falta una maza.

—¿El arma homicida?

—Lo más seguro.

—¿Dónde se guardan las herramientas?

—En una caseta que hay enfrente de la Dolina.

—¿Quién tiene llaves?

—Los directores de las excavaciones, Paz, Norberto, Antonio López y los tres directores de Atapuerca, Max, Jesús y Rafael.

—¿Alguno vio algo sospechoso o echó en falta la maza?

—Les hemos interrogado. Dicen que no.

—¿Algo más?

—He pedido la lista de los trabajadores de Atapuerca durante los últimos años, también la lista de los padres y alumnos de la clase de Miriam. He cruzado los datos y nada. Lo único la chica que murió en la Sima hace un año por hipoxia.

—Sí, me acuerdo. Ana Cruz. Una tragedia. Tenía veinticinco años.

—Sí. Era la novia de Andrea Rey. Fue al mismo instituto de la víctima.

—¿Hubo investigación?

—No. Muerte accidental. La chica excavó más tiempo del permitido dentro de la Sima de los Huesos.

—¿Por qué?, ¿no sabía el riesgo que corría?

—Sí. Por lo visto tenía mucha prisa por acabar su tesis. Estaba obsesionada con su carrera académica.

—Mira de lo que le sirven su tesis y su ambición ahora bajo tierra.

—Desde luego.

—¿Y algo más?

Luisa dejaba la bomba para el final. Quería pedirle una orden a Gaicano y sabía que tenía que jugar bien sus cartas.

—Sí. He mirado en nuestra base de datos si algún trabajador tiene antecedentes penales, si lo tenemos fichado. Si hay alguna denuncia.

—¿Y?

—Sí. Hay dos. Rodrigo Martín, paleontólogo, investigador del CSIC en Madrid, condenado a diez años por abusos sexuales a menores cuando era profesor de instituto aquí en Burgos, sí, el mismo instituto en el que estudiaba Miriam, el Manuel Machado. Pero cuando Martín enseñaba allí, Miriam no era una alumna.

—¿Estaba en Atapuerca ese día?

—No. Tiene coartada. Y una buena. Martín estaba en Madrid. Hemos localizado su móvil allí. Y hay un resguardo de su tarjeta de crédito. Cenó con su mujer en una terraza al lado del viaducto, subió la foto a Facebook.

—¿Y el segundo?

—Max Rey. Condenado por agresión. No fue a la cárcel. No tenía antecedentes. Pagó una indemnización de cinco mil euros a la víctima.

Luisa vio el conflicto moral reflejado en la cara del juez. Conocía su amistad con Max. Pero Gaicano era un hombre recto, moral.

—¿Qué pasó? —preguntó el juez Gaicano con un suspiro de agotamiento.

—Se peleó a puñetazos con Jesús Sinaloa en un bar.

—¿Por? Max no es violento.

—Esos dos se llevan a matar. Se pelean hasta por la ciencia. Sinaloa hasta le acusa de meter su ideología política en la ciencia. Max es comunista. Al parecer, Max estaba borracho. Jesús le gastó una broma. Le dijo que el antecessor no era una nueva especie, que Max se había equivocado. La discusión se calentó. Y Max le soltó un guantazo.

—Comprendo.

—¿Y hay algo más?

Silencio tenso.

—Jesús vio a Max hablando con la víctima a las tres de la tarde fuera de Cueva Mayor.

—La última persona que vio a Miriam con vida.

—Voy a interrogarlo, tenía la llave del Portalón, un odio declarado a Sinaloa, una coartada débil y un testigo lo vio hablar con la víctima cuando fue vista por última vez.

Luisa esperó.

—Necesito un orden para extraer una muestra de ADN y hacerle un escáner dental en 3D.

—No. Necesitamos más pruebas.

¿Se tomaba Trankimazin o lorazepam el juez? Gaicano cabeceó de sueño.

—¿Por qué esa prueba de ADN?

—Creo que el semen que apareció en la vagina de la víctima es suyo.

—¿Y en qué se basa?

—Señor, hay una web de contactos en el Internet oculto. Aduriz la ha rastreado. Hombres pujan por la virginidad de chicas adolescentes. Miriam estaba en ella. Alguien pujó por la virginidad de Miriam dos días antes de que la mataran. El alias del postor lo vincula con Max Rey.

—¿Max Rey?, ¿que no tiene ni móvil? —dijo el juez.

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“Aguas oscuras”: paletos, poderosos, injusticia e infancia

“Aguas oscuras” (que puedes ver en RTVE Play gratuitamente) es un drama legal clásico que, sin embargo consigue evitar los más manidos estereotipos del género. La película tiene varias claves que hacen que funcione y me atrape en una noche de insomnio de domingo: una impresionante interpretación de Mark Ruffalo, que encarna al abogado sureño de orígenes pobretones, Rob Billot, un guión sólido y un clasicismo y estilo sobrio a la hora de narrar de Todd Haynes, un director que me encanta. Sí, es una historia de paletos, poderosos, injusticia e infancia. Aguas oscuras el mal está en el agua. El abogado arrogante de la multinacional Dupont que fabrica teflón le grita a Rob en una cena:

-¡Vete a tomar por culo, paleto!

En efecto, Rob es ‘basura blanca’, un niño que nació en West Virginia y de milagro fue a la Universidad y se hizo abogado.

El argumento te pone los pelos de punta: “Aguas oscuras” está inspirada en una impactante historia real. Un tenaz abogado (Mark Ruffalo) descubre el oscuro secreto que conecta un número creciente de muertes y enfermedades con una de las corporaciones más grandes del mundo. En el proceso arriesga su futuro, su trabajo y hasta su propia familia para sacar a la luz la verdad

Aviso a navegantes: los créditos finales te dejan sin ganas de volver a beber agua del grifo.

El guion de “Aguas oscuras” sigue los 12 pasos clásicos del viaje del héroe: invitación a la aventura, el héroe dice no a la aventura, algo pasa que le hace cambiar de idea, primeros intentos fallidos, trabaja para mejorar, crisis, punto medio, avances, punto crítico cercano a la muerte psicológica o física del héroe, se rehace y se llega a la resolución del conflicto.

Lo que me ha gustado mucho de “Aguas oscuras” es su tono realista, y su final realista y un tanto melancólico como la vida adulta de verdad.

La película tiene antológicos precedentes en films como “Erin Brockowich” y “Civil Action”, pero, lo que cuenta al final no es triunfalista, sino realista, y tanto su conflicto como su resolución te deja una punzada amarga en el alma.

La historia enhebra tragedias humanas. Y las tragedias recaen en los de siempre: los desherados de esta tierra, los mansos de corazón.

La película escapa a los tópicos más grastados gracias a Dios, Tim Robbins como jefe del bufete Tuffs no es el típico gilipollas arrogante que es muy malo muy malo sino que, tras negarse primero a que Rob coja el caso de la contaminación de las aguas por la empresa Dupont en Wst Virginia, luego lo apoya aunque perjudique losintereses del bufete.

“Aguas oscuras” tiene una historia larga y complejísimas, que Todd Haynes logra contar con secillez y maestría, sin querer imponer su estilo propio sobre la naturalidad de los hechos narrados y las personas que los protagonizan.

Todd Haynes es un director que me encanta. Creo que no está suficientemente reconocido, es más, está infravalorado, cuando Haynes ha hecho películas maravillosas como “Carol” o “Lejos del cielo” (“Far from Heaven” en inglés)

Aquí renuncia a su estilo clásico, preciosista, con ese punto de galmour y modernidad que Haynes da sobre todo a la hora de ambientar década de los años 50

Sin duda no esperamos grandes sorpresas del argumento, que está basado en un caso real y en un artículo periodístico del New York Times Magazine titulado “The Lawyer Who Became DuPont’s Worst Nightmare” de Natahniel Rich.

“Aguas oscuras” es un alegato contra el capitalismo salvaje, contra su hipocresía más lacerante que, con la mano derecha nos mata y con la izquierda nos da trabajo y patrocina eventos deportivos.

Hay secundarios de lujo, Tim Robbins, Anne Hathaway, Bill Pullman, Bill Camp. Los disfrutamos uno a uno. Mientras veo a Tim Robbins en acción, uno de mis actores favoritos, camaeleónico, capaz de interpretar a un jugador de beisbolgenial al que le falta un hercvor o un abogado curtido y jefe de un bufete como Tuffs, especializado en casos económicos que defiende a las coorporaciones.

Es una película prosaica, recia, sólida y pulcra. Me gusta mucho que Todd Haynnes no quiera lucirse ern la puesta en escena de “Dark Waters” y se ciña a contar bien el caso y sacar lo mejor de esos actores de lujazo con los que cuenta.

El guion tiene reminiscencias de la historia clásica de David contra Goliath, pero, insisto, sin exageraciones triunfalistas e irreales, lo cual, profundiza su realismo periodístico.

Y es un acierto que Rob Billot no sea un experto en química como nosotros y cuando se reune en una cafetería con un químico que suele ser testigo en juicios donde se dirimen cuestiones muy especializadas en dicha materia, se muestre como un lego. Si lo comprende él, lo comprendemos nosotros.

Para los guionistas Matthew Carnahan, Mario Correa, Nathaniel Rich, los retos son tres: bajar la historia a tierra y que todos la entendemas, sin perder el interés, mantener la tensión y no aburrir a pesar de su final.

Puedes ver “Aguas oscuras” en RTVE Play , la plataforma de Televisión Española que es gratuita. Os animo a curiosearla porque hay verdaderas joyas escondidas.

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Aguas oscuras el mal está en el agua.

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“Rapa”: el buen comer y el mejor beber

Madre mía, ¡qué ganas me entran de escaparme a Cedeira (Galicia) a beber buen albariño y ponerme morada de nécoras al ver la serie “Rapa”! Vamos, que seguro que Cedeira sube de turismo este verano por el efecto arrastre de “Rapa”. Comer bien y beber mejor, todo es empezar, y hay ficciones que son un auténtico deleite para las papilas gustativas como la serie con guion de Pepe Coira. El mejor comer en la serie Rapa.

Joer, estoy en plan perra de Paulov, babeando y salivando bestialmente cuando veo a Javier Cámara degustar esas caldeiradas, platazos de queso,y beberse esos vinos ricos en compañía de Mónica López.

Hay secuencias cocinillas como le gustan a mi amiga guionista Carmen Llano por todos los rincones del guion. ¡Qué gustazo! ¡Qué placer! ¡Qué alboroto, le ha tocado un bonito piso piloto!

Lo del buen comer de “Rapa” se lo comento a mi amiga Merche Yoyoba en la tele.

-¿Pero se ha rodado en Cedeira?-me pregunta mientras abre el ordenador, que en la tele tarda un Congo.

-Sí, es la localización principal, también sale Ferrol.

-Yo viví allí en un hotel con mis hermanos, en Cabañas, al lado de Cedeira y Sada. Tenía quince años, te ponías morada de percebes grandes como mi dedo y te salía barateiro, barateiro.

-Que rico-digo yo, otra vez salivando.

La verdad es que en la tele paso más hambre que Carpanta.

-Marisquito riquiño y baratísimo. Claro que entonces en España todo era muy barato.

-Qué ganas, Merche. Me iba yo a Cedeira

-Anda, qué tonta y yo contigo.

Si no tuviéramos que trabajar en TVE, carretera y manta, Yoyoba y yo nos largábamos como Thelma y Louise a Cedeira.

Poco se habla de la influencia gastrónómica que directamente se va a mi michelín, mi querido rodillo tripero que no consigo quitarme ni muerta, de la serie “Rapa”. Mucho hablar de la nueva cultura de las series, de su influencia en el imaginario colectivo de nuestra sociedad heteropatriarcal pero poco hablar de la influencia gastronómica y enológica de toda la ficción que engullo desde una esquina del sofá de mi salón.

Yoyoba y yo hacemos periodismo fracking en Torrespaña, lo que significa que todos los días cojemos la taladradora para extraer alguna noticia, poner un huevo en nuestro chicken run en forma de pieza informativa.

Aunque lo hace más Merche que trabaja en la redacción del 24h que yo, que trabajo en un programa que se llama Objetivo Igualdad.

En “Rapa”, Jorge Bosch, el capitán de la UCO que llega de Madrid para ayudar en la investigación, le pregunta nada más llegar a Cedeira a Mónica López a cuánto están los percebes.

Chico listo.

En otra secuencia, Jordi invita a Mónica a tomar una caldeirada aunque el bar al que el capitán de la Guardia Civil quiere ir, El Rápido,ya ha cerrado.

-Estuve en el 89. ¡Qué caldeirada!-dice Jordi.

El rápido ha desaparecido, como casi todos los sitios buenos de toda la vida, cuya nueva generación de dueños no quiere hacerse cargo del negocio familiar, o el casero les sube el alquiler, no pueden pagarlo y chapan. Una lástima. La sargento propone otro garito, no es tan bueno como “El rápido” pero es lo que hay. El capitán dice que sí. Chico listo.

En otro capítulo, el capitán y la sargento degustan un deliciosa tarta de queso de esas de caerse la lágrima nada más verla en un restaurante de Cedeira, con vistas brumosas al monte verde y al mar muy azul.

Objetivo: escapar del calor de Madrid

Qué ganas me entran de escapar del calor y el tedio de Madrid.

Pero ambos miembros de la Benemérita no son los únicos gourmets que habitan la ficción de los hermanos Coira porque Javier Cámara también se pone finito. En el capítulo 1 de Rapa, el profesor de instituto, se prepara unas nécoras grandes para cenar que quitan el sentido.

En otra ocasión Javier le dice a Mónica López cuando están investigando en el piso de ella que se queda si tiene cerveza negra. Y la sargento tiene unas botellas en el frigo. Qué crack.

Luego Mónica López y Javier Cámara entran en un no parar de cenas gozosas en el piso de Ferrol de Mónica, y venga platazos de queso rico, vinazos, guisos, pulpo con cachelos, marisquito y ensaladas con queso de cabra aunque a Javier no le convence el queso de cabra en la ensalada.

-Nadie puede ocultar lo que desea durante demasiado tiempo-dice Javier Cámara a propósito de la novela “Madame Bovary” que enseña en la clase de Literatura en el instituto de Cedeira en el que trabaja.

En “Rapa”, tampoco nadie puede esconder lo que come durante demasiado tiempo. Por ejemplo, Jordi Bosch pregunta a Mónica López donde pueden tomar un buen caldo gallego durante la investigación del asesinato de Amparo Seoane.

El mejor comer en la serie Rapa.

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El mejor comer en la serie Rapa.

“Terapia”: el guion completo de un corto nominado a los Goya

Queridas amigas, es una alegría compartir con vosotras mi cortometraje “Terapia” nominado a Mejor Corto de Ficción en Los Premios Goya de 2010.

Pongo a vuestra disposición mi corto “Terapia” al completo, y su guión.

Ya me contaréis qué os parece.

Para ANA, psiquiatra de 35 años, una jornada normal de trabajo en el hospital se convertirá en una jornada muy particular. ANA es seria y eficaz y está acostumbrada a tener el control. O quizás no tanto porque nada es como parece. Pero a las once y media de la mañana le queda un paciente que atender: LUCIA. ANA está deseando marcharse de vacaciones de Semana Santa con su marido ENRIQUE, que la espera en Nueva York.

Pero de repente, todo cambia cuando ENRIQUE llama a ANA durante sus sesión terapéutica con LUCIA para decirle que la abandona. ANA cae en barrena. ANA deberá dar tratamiento psiquiátrico a su paciente, LUCIA, cuando ella es la que lo necesita. Es el mundo al revés en el que asistiremos a un cambio de roles entre LUCIA y ANA, entre paciente y psiquiatra.

Cortometraje “Terapia”, escrito y dirigido por Nuria Verde.

Guión: Nuria Verde. 2008.

Dirección: Nuria Verde

Productora: Nuria Verde.

 

Fechas de rodaje: 1,2,8,9 de noviembre 2008 

Núm. de Registro de la Propiedad Intelectual: M-009715/2007

ANA se chocan con la cabeza. Se dan un coscorrón. ANA se lleva la mano a la cabeza, con dolor… ANA y LUCIA se miran.

LUCIA

Perdón

ANA

Perdón

ANA (muy irritada) 

Deje, deje, ya puedo yo, no toque…

LUCIA Y ANA se incorporan. ANA Y LUCIA se sientan muy incómodas. SILENCIO. ANA se queda paralizada y con ojos llorosos.

SILENCIO. LUCIA le pasa un kleenex. ANA lo coge y se limpia las lágrimas.

                ANA

                Gracias

LUCIA

¿Puedo ayudarla en algo?


ANA niega. SILENCIO INCÓMODO.

LUCIA (cómplice)

Bueno ¿y cuál es su serie favorita?

ANA se encoge de hombros. Niega con la cabeza.

LUCIA

Venga mujer, dígamela. Que una serie no es nada personal…

ANA (hecha polvo)

Los Soprano. (con rabia) Encima la quinta temporada (se le quiebra la voz) Es justo cuando Tony y Carmela se separan y ella descubre que su marido le ha sido infiel (suspiro) con la rusa que cuidaba de su madre y le faltaba una pierna…

LUCIA (excitada, gesticulando)

Que fuerte, que fuerte, que fuerte… 

SILENCIO.

LUCIA

Que le den.

ANA

¿A quién?

LUCIA (con intención)

A Tony.

ANA

No.  

ANA llora más fuerte.

ANA

Jo, ahora no tengo vergüenza pero se que mañana cuando me levante voy a tener una vergüenza horrible.

LUCIA (graciosa)

Eso se llama la vergüenza tardona.

Las dos cruzan una sonrisa cómplice.

LUCIA (aprovechando)

A mi también me da mucha vergüenza sacar esto… ¿pero me va a firmar el alta o no?

6. CONSULTA PSIQUIATRA. INT/DÍA.

ANA lee la historia de LUCIA.

7. FLASHBACK. CALLE. EXT./DÍA

Un niño (11 años) vestido con una camiseta de jugador de fútbol camina de la mano de LUCIA. EL NIÑO es su hijo. LUCIA y SU HIJO  esperan a cruzar la calle. A su lado está LUCIA. El semáforo se pone verde. EL NIÑO se echa a correr y cruza la calle. De repente, un coche se salta el semáforo y atropella al niño. LUCIA grita, desesperada.

CORTE A:

Un plástico dorado típico del SAMUR cubre el cuerpo del niño. Al lado se extiende una gran mancha de sangre. LUCIA, de espaldas, llora, histérica.

Sobre las imágenes oímos a ANA leyendo el informe.

OFF ANA

Estrés postraumático, depresión severa… No ha pasado todavía el duelo por la muerte de…

FIN DEL FLASHBACK.

8.PSIQUIATRICO. CONSULTA PSIQUIATRA. INT./DÍA

ANA mira a LUCIA. LUCIA devuelve la mirada a ANA, expectante.

                ANA

                No puedo firmarle el alta

                LUCIA (enfadada)

                Pero ¿Por qué no? Si yo estoy bien.

                ANA (niega con la cabeza)

                No, no está bien. Y lo sabe

                LUCIA (cabreada)

¿Y usted? Usted sí que está de puta madre, ¿no?

                ANA (la corta, disgustada)

No voy a entrar en eso… Además aquí soy yo la que decide

LUCIA (pierde los nervios, grita…)

Pero ¿qué derecho tiene a decidir sobre mi vida…? ¿Qué derecho tiene a juzgarme?

ANA

Es lo que hay… (PAUSA) Además usted no me ayuda… ni siquiera es capaz de hablar de lo que le pasó.

LUCIA (con dolor)

No hable de eso… No quiero hablar de eso…

ANA

Así nunca va a aceptar su duelo.

LUCIA se levanta y se acerca a la cara de ANA, confrontándose…

LUCIA (salta con rabia y estalla)      

¿Mi duelo? ¿Qué sabrá de mi duelo? ¿Qué sabe usted de lo qué es perder un hijo? De no poder dormir, de entrar en la habitación de mi hijo, y ya no está, de oler su ropa… Usted en esa foto, con su hija de la mano tan feliz… ¿se imagina lo que es ver a su hijo muerto? ¿saber que no está?

ANA (sin emoción, sin alterarse)

El de la foto no es mi hija. Es mi sobrina. Yo no puedo tener hijos…

PAUSA

LUCÍA

Tiene suerte, ¿sabe? así nunca sabrá lo que es perderlo. No entiendes nada, no hay manera de entenderlo. Piensas si podías haber hecho algo…

ANA

Fue un accidente, usted no tuvo la culpa

LUCÍA

¡Pero estaba allí! ¡Estaba allí cuando ese hijo de puta se saltó el semáforo! ¿Por qué estaba allí?

LUCÍA se derrumba, llorando abiertamente. ANA siente una piedad distinta de la que podía haber sentido en otras ocasiones.

LUCÍA

Veo a las madres con sus hijos y pienso: ¿por qué yo? ¿Por qué el mío? ¿Por qué ellas tienen a sus niños y yo no?

UN SILENCIO. ANA deja que LUCIA llore.

ANA

Mire… una vez tuve un paciente al que le descubrieron un cáncer. Me dijo una cosa que se me quedó grabada. Cuando pasa algo así, todos pensamos: ¿por qué me tiene que pasar a mí?, pero nadie piensa: “¿por qué no me va a pasar a mí?”

LUCÍA alza la vista y mira a la doctora.

LUCÍA

No sabe qué envidia me da su paciente. Me gustaría pensar como él.

ANA le sonríe.

ANA

Y a mí.

LUCÍA, ya más calmada, habla con serenidad.

LUCÍA

¿Sabe doctora? Sinceramente no creo que aquí pueda mejorar. Veo a todos esos locos y pienso que yo no estoy loca, que si sigo más tiempo encerrada voy a acabar como ellos. Si tengo que pasar mi duelo, como dice, prefiero hacerlo en mi casa. Si tengo que seguir viviendo, quiero tener mi vida… la que pueda.

ANA

A veces necesitamos ayuda.

LUCÍA

No, si yo no digo que no necesite ayuda. Sólo que no está aquí dentro.

SILENCIO. LUCIA se sienta, más tranquila. Saca un paquete de cigarrillos y se pone a fumar. ANA la mira, pensativa.

LUCIA (ofreciéndole un cigarrillo a ANA)

¿Quiere?

ANA

No fumo (PAUSA, se lo piensa. Alarga una mano) pero venga… alguna vez tiene que ser la primera vez.  

ANA coge un cigarrillo. ANA aspira con cara de asco y extrañeza típica de una no fumadora. ANA tose y expulsa el humo ahogándose. LUCIA y ANA se cruzan una sonrisa y hasta una risa…. Se miran a los ojos mientras ANA se recupera del ataque de tos.

LUCIA extrae el plástico de la cajetilla de tabaco y lo sostiene en la mano a modo de cenicero. ANA y LUCIA se fuman un cigarrillo. ANA, con cara de susto y de agobio. Pero poco a poco ANA y LUCIA se destensan, calibrándose. SILENCIO. ANA evalúa a LUCIA con la mirada cómo si estuviera decidiendo algo…  

ANA

Oiga… ¿le puedo hacer una pregunta?

LUCIA (echa el humo del cigarro)

Dispare… 

ANA

¿Qué va a hacer cuando salga de aquí?

LUCIA se queda muy sorprendida. Eso no se lo esperaba.

LUCIA (con agradecimiento, aliviada)

Ver series…

9. PSIQUIÁTRICO. CONSULTA PSIQUIATRA. INT./DÍA.

ANA firma el alta. ANA, profesional, la mira desde la mesa. 

LUCIA la mira, agradecida. ANA se levanta. LUCIA se levanta. ANA y LUCIA se aprietan la mano.

                ANA

                Lucía, no lo vuelva a intentar ¿vale?

                LUCIA

                Sí. Gracias.  

SILENCIO. ANA se dispone a salir. ANA se dirige hacia la puerta.

LUCIA (como si fuera un juego)

¿Sabe? Cuando entré por esa puerta quería morirme. Ahora ya no (reconoce) Pero no se que pasará dentro de una hora.

ANA se vuelve hacia LUCIA. ANA la mira con comprensión, asimilando la información.

SILENCIO.

ANA

Venga a verme la semana que viene. Pero cualquier cosa llámeme antes. Y por favor, no deje la medicación ¿lo hará?

LUCIA asiente.

LUCIA

Sí. Se lo prometo. Vendré a verla

LUCIA, en un impulso, besa a ANA. ANA se queda un tanto rígida.

ANA Y LUCIA se separan. LUCIA sale. Cierra la puerta. ANA se queda sola. El móvil vibra y suena con una llamada. Se leen el número y el nombre de “ENRIQUE”. ANA lo mira, impasible. Lo deja sonar hasta que salta el buzón de voz.

10.AZOTEA. EXT.DÍA.

LUCIA está de pie. De repente, LUCIA descubre a su hijo al otro lado de la azotea. Se miran.  

LUCIA abraza a su hijo. Su hijo se deja envolver por el abrazo.    

LUCIA se suelta del abrazo de su hijo…

LUCIA deja que su hijo se marche. LUCIA mira, serena, cómo su hijo se aleja…

FIN

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Libro de poesía “Amor atávico”. “Siempre hicimos lo que quisimos”

Comparto un nuevo poema de mi Libro de poesía “Amor atávico”; “Siempre hicimos lo que quisimos”

Siempre hicimos lo que quisimos

Siempre hicimos lo que quisimos

siempre hicimos la revista que quisimos, 

escribimos mejor que vivimos

sin ganas para los huecos roncos

del triste rencor.

Siempre hicimos lo que quisimos 

pagando un precio. 

Siempre jugamos a ganar

sabiendo que íbamos a perder 

Sólo quien ha sufrido

conoce las líneas maestras

de la feliz desproporción de la dicha. 


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Puedes leer “Amor atávico” aquí.

Puedes leer otro poema de “Amor Atávico” aquí.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 32

Sinopsis “Los crímenes de Atapuerca”

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como en las mejores novelas negras.

Capítulo 32

Siempre supe el momento exacto en el que me enamoré de Andrea, igual que te acuerdas del día en que te bajó la regla, igual que te acuerdas de la primera vez que besas a un chico o a una chica, hecha un manojo de nervios, asustada por la intensidad del deseo e inseguridad que sientes, igual que te acuerdas de dónde estabas cuando sucedieron los atentados de las Torres Gemelas el once de septiembre de 2001.

Yo me enamoré de Andrea el primer día de excavación en la Gran Dolina en mayo. Sentí un estallido de felicidad. Sentí una apertura de mi pecho. Sentí que se me caía un velo de los ojos. Sentí que concentraba mis cinco sentidos en otro ser humano, que en ese momento abrazaba a un hombre viejo y enfermo y le ayudaba a subir a la Dolina, tratándole con una amabilidad y un cariño que me deslumbraron.

De repente, Andrea se volvió y me miró con ojos resplandecientes. Era increíble. Me había leído todos sus libros, había curioseado miles de noticias que le tenían a él como protagonista, me había sumergido en artículos y reportajes de revistas como quien se baña en un mar frío, pero aquella mañana de finales de mayo, de cielo azul y quieto que yo asociaba a la infancia y a la felicidad, no fui capaz de reconocer a Max Rey. Luego supe que acababa de superar un cáncer y había estado a punto de morir.

Yo sabía quién era Max Rey. Era imposible no saber quién era: el descubridor de la mandíbula del niño de la Gran Dolina, el paleontólogo que halló una nueva especie: el Homo antecessor en 1994. Pero ese hombre no se parecía en nada a las fotos de Max Rey que había visto en los libros y en Internet. No le reconocí porque era una sombra de sí mismo. Un fantasma.

Esa mañana empapada en quietud, poco después de amanecer, los trigales, los campos de avena y centeno, la tierra, la sierra, los bosques de encinas y quejigos, el robledal, las terrazas, las paredes de piedra caliza, las cuevas cortadas en dos por el Ferrocarril, la Dolina colmatada de sedimento se abrieron ante mí porque me había enamorado de Andrea, la mujer que me había llevado a Atapuerca. La mujer a la que estaba agradecida porque me había cambiado la vida. La mujer que me había hecho creer que mis sueños eran grandes y posibles. La mujer que derrochaba encanto.

«¡Ah, sería genial si fuese mía!», pensé.

Andrea camina por los tablones que protegen el sedimento de la superficie de la Dolina, donde cincuenta personas excavaban, tres por cuadrícula, dan martillazos a destornilladores clavados en el sedimento rojizo, limpian el polvo y la arcilla de las protuberancias de fósiles enterrados, hacen mediciones con una cinta métrica, echan el sedimento sobrante a grandes capachos negros de obra con un recogedor, luego vuelcan su contenido en un gran colector amarillo que baja desde lo alto de la Dolina hasta un contenedor en la base, donde se acumula el sedimento que luego otro equipo de Atapuerca lavará y cribará en las aguas del río Arlanzón, delimitan los contornos de las piedras y huesos con instrumental de dentista, haciendo emerger sus perfiles, apuntan coordenadas geoespaciales en sus iPhone, hacen fotos de los restos que encuentran con las cámaras de sus móviles, sitúan su posición dentro del yacimiento, meten fósiles en bolsas de plástico que datan y firman.

—Aquí hay algo.

—¿Qué es?

—Un fémur de oso.

Andrea empuña una jeringa e inyecta una solución consolidante en el fósil del fémur de oso. Así podrán extraer mañana el fósil sin que se rompa o, al menos, rompiéndose lo menos posible. Porque los fósiles no se desentierran ni enteros, ni limpios, ni lustrosos. No se extraen en piezas sólidas a las que luego hay que desempolvar. En la mayoría de los casos se sacan piezas pequeñas que luego hay que reconstruir, uniendo diminutos fragmentos en puzles por la tarde en los laboratorios.

El horario de trabajo sigue una rutina fija de lunes a viernes en Atapuerca. A las ocho, toque de queda. Hay que levantarse haya pasado lo que haya pasado la noche anterior: alcohol, drogas, sexo, rock and roll. A las ocho y media, desayunamos en la cantina del albergue Gil de Siloé. A las nueve nos subimos al autocar que nos lleva a excavar a Atapuerca. A las nueve y media llegamos y excavamos hasta las once, cuando se hace una pausa para tomar un bocata y un botellín de cerveza. Se vuelve a excavar hasta las dos, cuando se para a comer bajo la carpa blanca de un comedor improvisado con capacidad para más de doscientas personas. A las cuatro nos volvemos a meter en el autocar y de vuelta al Gil de Siloé, donde hay una hora de descanso que la gente aprovecha para ducharse, cambiarse de ropa y echarse media hora de siesta. A las cinco vamos a los laboratorios que se encuentran en un edificio junto al Gil de Siloé. Allí examinamos, bajo los microscopios electrónicos, los fragmentos de fósiles de fauna, industria lítica, que están sellados en bolsas de plásticos muy parecidas a las bolsas de pruebas que utiliza la policía. Cada bolsa está etiquetada. A las siete hay tiempo libre. Y hasta la mañana siguiente.

Fue increíble lo que pasó en el mes de julio de 1994, cuando Rafael Espejo, el responsable en analizar la dentición en Atapuerca, se encerró con Sebastián, con Max, en el laboratorio para estudiar la mandíbula del niño de la Gran Dolina que Andrea, con solo diez años, acababa de descubrir. Diez minutos después averiguaron que el hueso tenía marcas de dientes humanos. Eran caníbales. Ese miedo. Ese mareo, ese desmayo, ese vértigo. ¿Qué iba a decir la comunidad científica?, ¿qué iban a decir los periodistas? Caníbales. Se les iban a echar encima. Era muy polémico. Caníbales.

—Max, mira tú.

—Hay marcas.

—¿Qué opinas?

—Que son de dientes humanos. —¿Sabes lo que significa?

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El estremecedor misterio de Atapuerca.

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“La tumba”: el enigma de tres asesinatos en relación con las dimensiones espacio-tiempo

La serie israelí, “La tumba”, arranca su historia con un terremoto que abre una grieta en una reserva natural donde aparecen tres esqueletos humanos. El enigma y la intriga crecen al descubrir la policía que el ADN de los tres esqueletos coincide con el ADN de tres personas vivas sin relación entre sí: Yoel, Avigail y Niko, algo que resulta científicamente imposible. Los agujeros de guion de La Tumba

La intriga policial engancha, los tres primeros capítulos de la serie son magníficos, pero a medida de que nos vamos adentrando en la ciencia ficción: universos paralelos, líneas de tiempo dobles, donde se alteran los sucesos de la vida, la posibilidad de tener a un doble, el efecto Dopplegänger, la teoría de las realidades indescernibles que plantea Yoel Russo en uno de los episodios, mi interés cae en picado.

Agujeros de guion

Tras ese arranque potente, la serie incurre en una serie de agujeros de guion impactantes, más propios de un queso gruyère que de un guion en condiciones. Insisto: en todo guion hay pequeños agujeros porque no hay un guion cerrado al cien por cien, quizás solo el de “Chinatown” como decía Syd Field, pero lo importante es que esos agujeros no canten al espectador. Los agujeros de guion de La Tumba

Y aquí cantan la traviata. Por ejemplo, cuando Aron oye a los operarios hablar de que tienen que deshacerse de lo que hay dentro de unos contenedores que hay en el puerto, y lo dicen a voz en grito, y acto seguido los tíos se suben a sus coches y se largan. Por supuesto, no hay policía portuaria ni leches. Y yo que soy de Málaga y veo, muy a menudo, a la policía portuaria patrullar por el puerto, me pregunto cómo en Tel Aviv, con el problema de terrorismo que tienen, son tan laxos.

Pero lo que viene a continuación, es flipante. Aron abre el contenedor (en la imagen inferior) que no tiene ni un triste candado en la puerta y encuentra con un quirófano perfectamente equipado donde se juega a ser Dios con el futuro. Ojo, sin seguridad ninguna. La discoteca de mi barrio tiene más seguridad.

Ojo, que acaba de hablar con el jefe de la empresa que lleva a cabo los experimentos en una caseta de al lado, y éste a por uvas.

Acojonante.

En conclusión: un piloto prometedor y original, que juega a descolocar nuestras espectativas, una progresión floja, y un vale todo gracias al truco de la ciencia ficción y vidas paralelas, que, por cierto, resulta un tanto manido ya en la ficción audiovisual.

“La tumba” no está a la altura de su poderoso arranque. Aunque merece la pena verla, si no te importan mucho los agujeros de guion y que te tomen el pelo.

Como decía el torero El Gallo: “hay gente pa tó”.

Aquí va el trailer de aperitivo.

Puedes ver “La tumba” een Sundance TV.

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Los agujeros de guion de La Tumba.

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“Hierro”: inmensa Candela Peña

Confieso que uno de mis peores defectos es que huyo de las series españolas, sí, es una manía, un prejuicio porque creo que las series españolas son malas y predecibles, y a sus actores y actrices los he visto en mil y una pelícuals, en ciento y un series, que me dejan un regusto amargo a dejà vu. Excepto con Candela Peña el éxito de Hierro.

También he cogido manía a los guionistas españoles, es mi culpa, otro prejuicio de marras pero sus tramas se me antojan predecibles y retorcidas, sus guiones toscos, y sus personajes de cartón piedra, sus diálogos poco naturales, y forzados, revirados hacia el populismo chusco y la palabrotería.

Mea culpa.

Pero “Hierro” es una serie española diferente y me ha gustado. No hay lugares comunes, ni siquiera con el personaje de Díaz, que con tanta maestría interpreta Darío Grandinetti, importa más -al igual de lo que pasa con “Rapa”-, el alma humana que los detalles del caso policiaco, que más bien es un pretexto para hablarnos de los clarooscuros de los corazones de Díaz y Candela. Importa más lo humano que el noir. Es un puntito que me chifla.

Pero antes de entrar en materia, os recuerdo la historia que cuenta “Hierro”: La jueza Candela Montes (Candela Peña) es enviada a El Hierro, la isla más remota y menos poblada del archipiélago canario. Apenas deshechas las maletas, tendrá que enfrentarse a un complejo e inusitado caso: el asesinato de un joven llamado Fran. Las principales sospechas caen sobre Díaz (Darío Grandinetti), el futuro suegro de Fran, un hombre oscuro, sobre el que pesa un oscuro pasado, que no dudará en mover cielo y tierra para demostrar su inocencia.

La serie tiene muchos atractivos, pero el principal es que nos deja bucear en la humanidad y las contradicciones de sus personajes, su dolor y satisfacción, su fracaso y su esperanza.

Los guionistas se centran en Candela, la jueza que aterriza en la isla del Hierro, una mujer de carácter y con las cosas muy claras, que no se deja intimidar, una mujer a la que enseguida odian los habitantes de la isla llamándole “La cabrona”.

Sólo una actriz del talento y la valentía de Candela Peña puede hincar el diente a ese personaje, la jueza Candela, y dotarlo de tanta complejidad y fuerza, consiguiendo que nos caiga bien, que empaticemos con ella, que veamos sus cicatrices y su pasado como una mochila triste e invisible a sus espaldas. Es el primer acierto de la serie. Mini punto positivo para “Hierro”.

El segundo acierto es la localización. Estamos ya más que hartas de ver series enclavadas en Madrid y Barcelona, qué hartura por Dios, como si solo hubiera vida en las dos grandes ciudades de España, como si sólo ocurrieran historias en Madrid y Barcelona. ¡Basta ya! El Hierro aparece como una isla llena de peculiaridades, costumbres, modismos propios que hacen mis delicias y placeres como espectadora. Más allá del paisaje seco, rocoso, esos troncos de árboles retorcidos sobre sí mismos, esos acantilados perturbadores, esas plantaciones de plátanos saturadas de calor, esa tierra negra volcánica, esa isla donde el aislamiento y la insularidad siempre están presentes, los límites finitos de la isla, que conecta con el mundo exterior a través del ferry que sale cada día del puerto.

Claustrofobia, belleza y viento.

Luego hay personajes secundarios auténticos: la abuela de Fran, la secretaria judicial, la pandilla de amigos de Pilar y Fran, los trabajadores del platanal, Mónica López con acento canario haciendo de guardia civil. Genial. Que los personajes secundarios de Madrid ya están más vistos que el tebeo. Otro mini punto positivo para “Hierro”.

El cuarto acierto es el punto de vista. Nunca habíamos visto, en una serie española, a una jueza como Candela Peña involucrada tanto en la investigación policial del caso, dictando lo que hay que hacer, los pasos que hay que dar, comandando a la Guardia Civil judicial, mandando a los investigadores, y marcando el ritmo de la búsqueda de la verdad. En realidad es lo que pasa en un sistema legal como el de España pero los guionistas de otras series policiacas ponen el foco siempre en inspectores, agentes de policía, Guardia Civil.

Además, en “Hierro”, se añade otra particularidad en el punto de vista porque el otro investigador del asesinato de Fran es Díaz, un delicuente con más sombras que luces, al que sin embargo le duele que su hija Pilar, que se iba a casar con el asesinado, crea que él mató a su novio. Otro mini punto positivo para “Hierro”.

Sin duda, es fundamental el papel que juega Candela Peña, una actriz que está inmensa y levanta la serie. Venga, sumamos otro mini punto.

Y un detalle exquisito de guion, uno de los puntitos que tanto me chiflan en una serie de televisión. Se trata del trazo maestro de escribir contra las expectativas del espectador, no es fácil, pero sí es sencillo. Sólo es un detalle en el piloto de “Hierro”, una menudencia exquisita guionística que me sorprende. Cuando Candela llega a la isla de Hierro, habla con unos albañiles que le están arreglando el baño de su nueva casa, y les pide, taxativamente, que acaben la obra ya tal y como se habían comprometido. Enseguida nuestra mente proyecta una imagen de Candela como mujer rica y fuerte, que exige que se acabe una obra porque no puede vivir ni un día sin cuarto de baño. Una mujer de posibles, una mujer profesional de carácter que abronca a los obreros.

Al final del capítulo, descubrimos que Candela tiene un hijo discapacitado, Nico, afectado por una enfermedad neurológica. La jueza necesita el cuarto de baño adaptado terminado para duchar a su hijo, al que ama con una ternura desgarradora.

Eso es escribir contra las expectativas del espectador.

La mente nos engaña casi siempre. Porque como le pasa a la mía con los guionistas españoles, está condicionada por prejuicios, gustos, aversiones, historia y legados.

Sigo viendo “Hierro” con inusitado placer.

Os dejo un aperitivo de la serie con el trailer. Puedes ver “Hierro” en Movistar.

Por cierto, una vez le hice una entrevista a Candela Peña en RTVE. La podéis ver aquí. Es muy maja.

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Candela Peña el éxito de Hierro.

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“Rapa”: alta pereza pero me equivoco

Vale, me da alta pereza ver “Rapa”, pero me obligo a mí misma a hacerlo porque quiero escribir un artículo sobre la serie en el blog. La historia se situa en Sierra de la Capelada, en Galicia. Una tierra antigua, de altos acantilados sobre el mar, donde los caballos viven libres. Salvo un día: el de la “rapa das bestas”. Una tradición que sintetiza lo bello y lo salvaje de un territorio por lo general tranquilo, pero que resulta ser ahora el escenario de un crimen. Buscar al asesino de Amparo Seoane, la alcaldesa de la localidad, será el objetivo común de Tomás, un profesor frustrado, y de Maite, una sargento de la Guardia Civil.

Antes una reflexión sobre la cabecera de las series españolas. Desde que se estrenó “True Detective”, las series españolas empezaron a imitar la cabecera de la ficción de Nic Pizzolatto, rostros emergentes sobre fondos de pueblos, lagunas, cadáveres que se desintegran, una canción hipnótica, carteles de carretera. Pero viendo “Rapa” me doy cuenta de su cabecera imita la intro de “Atrapados”, el thriller islandés. Qué grande. Paisajes y texturas, piel humana, en vez de cicatrices y espaldas, palma de una mano y sangre, y en sustitución de montañas y playas heladas, playas de arena gris y olas que se rizan de espuma, ojos humanos, ojos de caballo, niebla y acantilados, montes y farolas, bruma. Galicia e Islandia. Pues la verdad es que atrae.

Me sorprende la serie porque empieza con una secuencia atmósférica de niebla y monte, cielos cargados de nubes, planos desenfocados y enfocados, un clima claustrofóbico, no empieza con el típico plano general.

Luego enseguida “Rapa” me engancha porque me encantan los actores, Javier Cámara demuestra que es camaleónico y hace creíble a ese profesor de Literatura friqui y frustrado, que suelta lo primero que se le pasa por la cabeza, y también me chifla Mónica López, actriz a la que descubrí en la película “En la ciudad” de Cesc Gay. Aquí interpreta a la sargento de la Guradia Civil, Maite, que mantiene una relación esporádica de amante con Jorge Bosch, actor que interpreta al inspector jefe que viene de Madrid, otro actor que me gusta mucho.

“Rapa” me fascina. De repente, me doy cuenta de que estaba equivocada- Todo por mis malditos prejuicios hacia las series españolas.

Hay muchas cosas que me consuelan en la serie. La primera es que no se trata de una ficción truculenta, ni violenta, ni desoladora ni posapocalíptica, en la que la gente es malvada por naturaleza, y se dedica a odiar y dañar a sus congéneres. Minipunto positivo a favor de “Rapa”.

La segunda razón es que los guionistas eluden jugar sobre la pregunta ¿quién lo hizo? Muy pronto ya sabemos quién lo hizo, de hecho, el punto de vista de la asesina, (una mujer normal), está muy presente en el desarrollo de las tramas de “Rapa”. Entonces como espectadora te intriga conocer sus motivaciones, saber qué ha pasado, indagar en los porqués de semejante crimen, bucear en el pasado y encontrar las claves de asesinato de Amparo Seoane, la alcaldesa de Cedeira. Segundo mini punto positivo a favor.

La tercera razón es que importa mucho más el contexto humano que la trama detectivesca. Tercer mini punto positivo para “Rapa”.

Al evitar pivotar la trama de continuación en el quién lo hizo, nos ahorramos giros y más giros rocambolescos de muchos thrillers, muchos falsos culpables, otros tantos callejones sin salida, y un agotamiento al haber visto muchas series que siguen esta fórmula manida en la que o innovas mucho o la cagas. En “Rapa” no es el caso. Sabemos quien lo hizo desde el principio. Aunque no sabemos porqué lo hizo.

Y luego están los paisajes de Galicia, acantilados y prados, sus montes y mares hermosísimos, sus cruces frente al mar, un pueblo que acumula tanta belleza como Cedeira, con sus bares y restaurantes, su marisco, sus percebes estelares y su caldeirada, sus costumbres populares como la “Rapa das bestas”.

A continuación se encuentra Javier Cámara, que lo hace francamente bien como profesor de Literatura irónico y huérfano, que vive para leer, y que se frustra al escribir porque “se sufre mucho”. El actor encarna a Tomás, que se implica en la investigación y traba amistad con Maite, para dar un sentido a su vida y escribir una novela que nunca escribe.

La serie es maravillosa. Y nos habla de cómo se tronza la vida en un segundo, cómo la injusticia pervive y los ricos siguen siendo ricos y los pobres siguen siendo pobres, acumulando mala suerte. “Rapa” también nos habla del fracaso, de que los sueños no se cumplen y nadie consigue sus objetivos, sólo los de siempre.

El capítulo final de “Rapa” te deja un regusto agridulce a melancolía y vulnerabilidad.

En conclusión: “Rapa” es una serie súper recomendable, con un ritmo sólido y una intriga eficaz, sin estridencias. La pareja formada por Javier Cámara y Mónica López tiene química y funciona con complicidad bien hilada.

La serie nos protege y nos ampara como un gran paraguas que nos salva de la lluvia y el frío, nos consuela y reconforta, con su niebla y modismos gallegos, dejándonos con ganas de más.

¡Ojalá haya segunda temporada de “Rapa”!

Como aperitivo os dejo el trailer:

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“Lakewood”: la pesadilla de cualquier madre

En medio del bosque que rodea su hogar, a kilómetros de la ciudad y abrumada por el pánico, Amy Carr (Naomi Watts) recibe una llamada terrible: las autoridades están buscando al responsable de un tiroteo que ha tenido lugar en el instituto de su hijo adolescente, Noah. Amy se niega a sucumbir a la desesperación. Con la única ayuda de su móvil, buscará todos los recursos posibles para tratar de lograr la salvación de su hijo. Pero Lakewood más un timo que una pesadilla.

Hay algo de artificioso en “Lakewood” por el uso continuo y excesivo del móvil y del fuera de campo, pero también reverera un eco realista y emocional al retratar el trauma de una generación de padres por culpa de los tiroteos que suceden en algunos institutos de Estados Unidos.

Precisamente, mientras escribo esta entrada, me entero de que se ha producido un tiroteo en el que un estudiante ha matado a 19 niños y dos adultos en una escuela de Texas. El atacante ha sido abatido por la policía.

Confieso que “Lakewood” no me gusta ni un pelo porque me da la sensación de que es una película falsa y tramposa, que juega con un tema muy sensible, al retratar la angustia de una madre con su hijo adolescente atrapado dentro de un instituto en el que un atacante tirotea a alumnos y profesores. Lakewood más un timo que una pesadilla.

No a la banalización de las tragedias.

Es la falta de realismo lo que más me molesta de la película, que transcurre como un telefilm barato que busca los fuegos artificiales, ese abusivo uso de drones de los bosques por donde está corriendo Naomi Watts, esa ayuda desinteresada del empleado del garaje a esa madre que no conoce, con la que habla por teléfono, prácticamente el chico se pone a investigar todo lo que ella le pide y eso que el chaval está en medio de un tiroteo en un Instituto (vale, en el parking, pero ¿y se escapa una bala? Cero creíble. Y aún más increíbles y falsas son las conversaciones de Naomi Watts con la policía y la mujer amable del servicio de urgencias. Creo que no es así cómo sucedería en la realidad. Cero realismo. Esas conversaciones suelen ser nefastas y desagradables. Y aquí parecen sacadas de una película de Disney.

Lo único creíble es que Uber le diga a Noami Watts que su coche está a quince minutos y luego resulta que son cuarenta y no la localiza.

Disneyficación de la tragedia

Hay un tendencia en cierto cine ‘mainstream’ americano a la “disneyficación de la tragedia”, “la disneyficación del amor”, “la disneyficación de la maternidad”, “la disneyficación de la adolescencia y sus crueldades” que se plasman en esta película, “Lakewood”, dirigida por un director que no es santo de mi devoción: Phillip Noyce.

Aquí tiene lugar la “disneyficación de los tiroteos en institutos”.

Por favor. Vale ya con tanta chorrada y tomadura de pelo.

Basta ya.

El tema es jodidamente serio.

Fuera Disney.

Estoy harta de la banalización de la vida. No, un adolescente no está profundamente deprimido, dice que no se puede levantar de la cama, y luego se levanta sin más para ir al instituto, no, no pasa, la gente desconocida no es tan maja en un situacón de increíble tensión, ni te ayuda tan desinteresadamnente cuando la llamas por teléfono, y mucho menos, durante un tragedia como es un tiroteo indiscriminado y aterrorizador en un instituto, no, esos sucesos no tienen final feliz, no se salva tu hijo ni sus compañeros, el asesino no coge el teléfono a la madre de uno de sus rehenes y habla con ella como si tal cosa, acordaros de Columbine, acordaros de Newton, acordaros de Texas ¿realmente pasó así?

Ni de coña.

Protesto, señoría. Protesto contra los guiones que banalizan el dolor y la inapelable dureza de la vida. En los tiroteos a estudiantes de un instituto, no hay finales felices, ni adolescentes que se salvan y salen incólumes y graban vídeos buenistas para su Instagram en plan “esto tiene que acabar”. Todo eso es la píldora roja fake que le ofrecía Morfeo a Neo. ¿O era la azul?

Lo que cuenta “Lakewood” es Matrix, no la vida real.

Y a mí, salvo cuando voy con mi hijo de 11 años al cine, sólo me interesa la verdad.

La verdad es la película “Utoya” sobre la masacre que perpetró Breivik en la isla noruega donde se habían reunido las juventudes socialistas el 22 de julio de 2011, mientras gritaba: ¡Tenéis que morir!

Murieron 77 personas.

El mal no habla con mamás desesperadas a través de su iphone, ni deja adolescentes a salvo, ni tiene finales encantadores y majos. Lo siento pero no es lo que sucede.

No a la disneyficación de la vida, de tragedias tan graves como la que cuenta “Lakewood”.

No se habla sobre la legislación de la posesión de armas (no es comercial) ni de que Estados Unidos es el único lugar donde matan a tiros a niños en el cole (todavía menos comercial)

Y sí, Phillipp Noyce es muy habilidoso utilizando recursos narrativos como el fuera de campo que nos hace imaginarnos con mayor angustia el horror que está pasando en el insti sin verlo, y empleando planos cenitales con drones, buscando nuestra complicidad con guiños al enganche que tenemos a los móviles y a la cantidad de cosas que se pueden hacer con un iphone en la mano.

Por cierto ¿ha puesto iphone pasta en la peli? Porque menuda publi hace “Lakewood” de iphone.

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Lakewood más un timo que una pesadilla.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 30

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. También se cuenta la historia de amor de Sara y Andrea, dos excavadoras en Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 30

Una chaise longue color salmón, un cuadro de Juan Gris, un grabado con un hombre sentado sobre una viga, con las piernas colgando. La pared forrada de madera de roble, la gran mesa de teca con un billar por debajo, la lámpara de araña que colgaba del techo. El perfecto salón de una familia burguesa. Aire a respetabilidad y dinero. Las fotos de Miriam y Lucas sobre la amplia mesa de teca. Miriam, con cuatro años, con pantalones de cuadros y peto jugando en un arenero, con un cubo rojo volcado sobre la tierra. Lucas superrubio sorteando las olas en la playa de Rota.

Jesús y Carla hablan sentados al lado de la terraza. Al fondo se ve la sierra de Atapuerca.

—La última cosa que hice fue meterme con ella, regañarla por ese novio cabrón que se había echado. Le dije que era una irresponsable, una tonta por tomar drogas y echar su vida a la basura. Tuvimos una bronca horrible. Ahora me arrepiento tanto —susurra Carla, mortificada.

Jesús reacciona como si fuera una gigantesca neurona espejo. Se estremece. El dolor de Carla es su propio dolor.

—Ella sabía que la querías —dice mientras le acaricia su mano.

—¿Estás seguro?

Jesús se queda en silencio.

—Sí.

Quiere a esa mujer, aun ahora, destruida, hecha un bulto tembloroso que le mira con pupilas desesperadas. Sí, incluso ahora, cuando ya no queda nada de lo que ella fue. Pero es imposible. No pueden construir nada juntos. Después del asesinato de Miriam, imposible. Si tenían una posibilidad como pareja —por remota que fuera—, la han perdido con la muerte de la hija de Carla. Uno no sobrevive a una cosa así. Uno no ama igual después de una cosa así.

Atapuerca ya no le bastaba

Por cruel y mezquino que se sintiera, él era una mierda, ahora lo sabía, experimentaba celos de su hermano Quique. Ahora Quique estaba más cerca de Carla que antes de la muerte de Miriam. Hay parejas que se separan porque no pueden superar la muerte de un hijo y hay otras que se unen más. Quique y Carla eran de las últimas. «¿Se puede ser más miserable?», pensó Jesús.

—Y yo tenía que haber estado allí —dice Jesús con voz ahogada.

—En vez de conmigo en un hotel.

Jesús se arrodilló ante Carla. La abrazó por la cintura mientras ella le miraba con ojos eviscerados por el dolor. Antes estaba abierta. Ahora está cerrada. Antes estaba viva. Ahora está muerta.

—No pienses más, amor mío. O nos volveremos locos, cariño.

—No puedo dejar de pensarlo, Jesús. No puedo dejar de darle vueltas.

—¿Qué vamos a hacer?

Quique abrió la puerta de su casa. Sorprendió a su hermano abrazando a su mujer como si fuera La Pietá de Miguel Ángel. Si hubiera tenido una pistola, le habría pegado un tiro en ese mismo momento.

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La historia de amor de Sara y Andrea.

Puedes encontrar la novela “Los crímenes de Atapuerca” aquí.

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“En un lugar salvaje”: cuando todo se derrumba

Cuando atravesaba una profunda crisis personal, leí un libro de Pema Chodron, “Cuando todo se derrumba”. La autora, una monja budista, hablaba de ese momento en la vida en el que todo se viene abajo, el techo se cae nuestras cabeza y nos sepulta metiéndonos en la travesía de “la noche oscura del alma” de la que hablaba, en su poesía, San Juan de la Cruz. La necesaria sabiduria cuando todo se derrumba. “En un lugar salvaje”,cuando tode se derrumba en la vida de Robin Wright.

En la película, “En un lugar salvaje”, Robin Wright se adentra en ese túnel de oscuridad y pérdida tras una tragedia familias en la que pierde a sus dos seres más queridos: su marido y su hijo.

Luego Robin sólo puede soportar la soledad y el silencio, no aguanta el estar rodeada de gente, el ruido y la furia de la civilización, el rumor y rugido de otras personas que siguen ataréandose con la prisas y las cien mil cosas por hacer, cuando ella, como decía Pema Chodron, se ha quedado sin suelo bajo de sus pies.

“Se me hace muy difícil estar con gente”, dice Robin.

“La gente quiere que yo sea mejor”, añade.

Robin decide ir a una cabaña apartada y aislada en el corazón de las Montañas Rocosas y quedarse ahí, quieta, sin hacer nada salvo estar en silencio y sobrevivir mientras procesa o no procesa el dolor más salvaje que puede sentir un ser humano. Se amputa a sí misma toda posibilidad de huir del lugar solitario que ha elegido para apartarse de la civilización cuando le pide a Colt, su casero, que se lleve su 4×4 al pueblo. Colt le avisa de que no es buena cosa quedarse sin coche en una naturaleza tan salvaje y alejada de la vida humana, pero ella insiste.

Lo que hace Robin Wright es quedarse quieta, no huir, no escapar del dolor, que está encarnado en un lugar físico: su cabaña al lado del bosque, que también personifica la noche oscura del alma, donde según, Pema Chodron, lo más sabio es quedarse y aguantar la ansiedad, y el miedo, para luego también experimentar un crecimiento personal interior.

Crecimiento personal

Tras el calvario, Robin Wright crece interiormente, se desarrolla personalmente, es capaz de establecer nuevos lazos con la vida y con los demás, en especial, con su amigo Miguel, que tanto la ha ayudado, no sólo a sobrevivir en el bosque, sino a volver querer vivir, a abrirse de nuevo al mundo.

Robin Wright no es la misma que al comienzo de la película “En un lugar salvaje”. Ese hecho es precisamente una de las premisas fundamentales del guion de cine: el personaje tiene que completar su trasformación, por eso se llama dicho fenómeno narrativo: arco de transformación del personaje.

Aquí la clave de la transformación de Robin es la aceptación paulatina de su pérdida como parte fundamental de su viaje sanador. Lo que es, es, dice Pema Chodron en “Cuando todo se derrumba”, y no puede dejar de ser porque ya ha pasado. Pero aceptar lo que es, nos cuesta mucho a los seres humanos.

En realidad, nuestra compulsión es resistirnos a lo que pasa, sin embargo la clave de la transformación personal es la aceptación. Robin cambia porque acepta la tragedia, sin dejar de amar a su hijo y a su marido, sin dejar de amarse a sí misma.

La recompensa es la serenidad, no una vida feliz, pero sí una vida sosegada.

El viaje es arduo y difícil, porque sólo se crece personalmente al afrontar lo arduo y difícil.

La paz interior es una conquista o no es.

“Estoy aquí porque yo lo elegí”, dice Robin Wright.

Quizás esa sea la única libertad que tenemos como seres humanos: cómo nos tomamos lo que nos pasa ya que no tenemos control sobre lo que nos pasa. “Land” es un gran guion.

Puedes ver “En un lugar salvaje” (“Land” en inglés) en Movistar +.

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La necesaria sabiduria cuando todo se derrumba.

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“En un lugar salvaje”: el duelo en la soledad de la naturaleza

“Land” (“En un lugar salvaje”) es el debut en la dirección de películas de Robin Wright, a quien las mujeres de mi generación identificamos como “La princesa prometida”.

Edee (Robin Wright) afronta una tragedia familiar, no sabemos muy bien qué le ha pasado, sólo intuimos que ha sido algo horrible, devastador, que le ha dejado sin fuerzas para vivir en la civilización. Edee habla con su hermana Emma a la que le pregunta:

-¿Qué hago yo aquí?

Edee se refiere al mundo porque se siente alienada de la vida, medio muerta, azotada por la depresión y la pérdida.

El arranque de la película es un enigma. Los guionistas Jesse Chatham y Erin Digman renuncian a toda estrategia explicativa, y también nos ahorran el siguiente paso del guion, según el esquema del viaje del héroe: la invitación a la aventura. Edee compra una terreno y una casa en el corazón de los bosques de la Montañas Rocosas y se muda allí, porque dice que “es incapaz de estar rodeada de gente”.

-¿Por qué iba a querer compartir mi dolor con otros?-dice Edeee a su hermana, desde el fondo muy profundo, muy oscuro del pozo en el que está metida.

Robin Wright tiene que afrontar su doloroso proceso de duelo.

Con un trazo sereno y hermoso, Robin Wright se adentra en las penurias de la soledad, en las inclemencias de la naturaleza y el clima, en los miedos más profundos, en la tristeza infinita de Edee por la pérdida de su marido y su hijo pequeño Drew, una mujer inadaptada a un entorno natural tan salvaje, incapaz de cazar, de sembrar un huerto, de partir leña con un hacha, de serrar el tronco desmochado de un árbol. En un lugar salvaje duelo en la naturaleza.

Edee tiene que elegir entre vivir o morir.

Las secuencias que nos muestran dichas acciones son los intentos frustrados de la consecución del objetivo que tiene que haber en todo guión.

En el segundo acto de la historia, después del primer giro de guion que clausura el primer acto, Edee también habita su dolor insondable y cotidiano, se enfrenta a su soledad, sus terrores, su vulnerabilidad más extrema mientras convive con sus muertos, los contempla, los sigue amando profundamente. La protagonista no acepta la pérdida de su hijo y su marido. Ese acto de resistencia la tiene bloqueada por dentro y también por fuera, inadaptada a una naturaleza tan extrema y agreste.

Una Robinson Crusoe emocional

Roben Wright es una Robinson Crusoe emocional que tiene que atravesar, con dificultades, dolor, soledad, valor, su personal proceso de duelo. “En un lugar salvaje” ahonda en el duelo, en el caso de Robin, aislándose del mundo, convirtiéndose en una ermitaña que “no quiere tener noticias del mundo exterior”.

En realidad, la película está muy relacionada con “Nomadland”, la historia protagonizada por Frances McDormand, dirigida por Chloe Zhao en 2021. Y a la vez, es opuesta a ella. Si Frances, tras perder a su marido, decide embarcarse en un viaje en caravana por Estados Unidos, conectando con gente nómada como ella en el camino, sin querer arraigarse en ningún lugar, y formando parte de una comunidad de nómadas como ella, que se ayuda haciendo trueques, compartiendo lo que tiene, Robin Wright decide huir de la civilización para estar sola, elige aprender a estar quieta en un sitio lejos del mundanal ruido “y darse más cuenta de las cosas” como ella misma dice. En un lugar salvaje duelo en la naturaleza

“Nomadland” optaba por la estrategia de la cinética, del movimiento constante de Frances a bordo de su caravana pero, en el fondo, su protagonista quería lo mismo que Edee: una nueva vida que se distanciara de los años vividos con anterioridad. Edee se asienta mientras que Frances se mueve sin querer quedarse al resguardo de una buena casa incluso cuando su amigo le ofrece alojamiento gratuito.

El punto medio del guion en esta película

El punto medio de un guion no equivale a un giro que da comienzo a un nuevo acto en la historia que estamos contando, pero como lo definió el autor Syd Field “es un punto de cambio que se produce a la mitad del guion”.

En el ejemplo de “En un lugar salvaje”, el hambre, la nieve y el frío, la incapacidad de sobrevivir de Edee unidos a su mal estado estado anímico nos llevan al punto medio del guión cuando se coloca la escopeta en la boca decidiendo, rota de dolor, si suicidarse o no. El acto de anclarse a la vida marca un antes y un después para Edee en su estancia en solitario en su refugio en las montañas.

Sin historia de amor, gracias

Edee roza la muerte por hambre y el frío pero es rescatada por Miguel, un hombre solitario y su hermana Alawa. Gracias a Dios no asistimos a una historia de amor entre Edee y Miguel. Décadas de lucha feminista han producido su efecto, han dado su fruto y la solución a la desesperación de una mujer no reside en un hombre ni en una relación sentimental.

Menos mal. Muy buena decisión de los guionistas a la hora de dar una perspectiva profunda a la historia de supervivencia física y psicológica de Edee porque una historia de amor con Miguel, su salvador, hubiera banalizado la narración, y hubiera convertido la trama en un telefilm barato de sobremesa.

No, la solución no está en un hombre ni en vivir nada externo. La solución no es externa, no viene de la mano de ningún demiurgo de fuera, la solución está en el interior de Edee y solo puede venir de dentro de su alma.

Miguel le enseña a Edee a poner trampas para conejos y ardillas, a plantar un huerto protegido, a recoger bayas, a cazar y desmembrar el animal, enseña a Edee a no morirse, pero es ella la que decide vivir, y da un paso más allá cuando abre la caja de zapatos Vans que guarda en lo alto de una alacena y la abre y ve las fotografías de su marido y su hijo, sus dos amores perdidos, e incluso da un paso más cuando coloca las fotos con chinchetas en las paredes de su cabaña.

Ese acto de valentía propulsa a Edee a permitirse el placer y el auto cuidado que se plasman cuando se da un baño en una bañera frente a las montañas, envuelta en un manto de paz.

Tu aceptación es tu transformación.

Puedes ver “En un lugar salvaje” en Movistar +. Te dejo el trailer de aperitivo para que vayas abriendo boca. La película merece mucho la pena, y nos da un baño de serenidad y aceptación.

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En un lugar salvaje duelo en la naturaleza.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 28

Sinopsis

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como sucede en las mejores novelas negras. El fascinante y estremecedor misterio de Atapuerca.

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Capítulo 28

Aduriz conduce su Toyota con Luisa a su lado. Atraviesan la sierra de la Demanda, palpitante de belleza. Hace mucho calor. Un edredón de nubes color madreperla pasa muy deprisa por el cielo azul. Hay una luz color melocotón. Los días se alargan a medida que avanza el verano.

Atapuerca sobresale al fondo de la carretera de tierra que desemboca en una inmensa explanada. El yacimiento es un gigantesco queso gruyer. Un karst creado por rocas carbonatadas porosas. Hace diez millones de años el río Arlanzón agujeró su espalda kárstica y modeló galerías, cuevas y túneles naturales. Un tesoro arqueológico que fue refugio de humanos, a Luisa le costaba pensar en ellos como sus antepasados. ¿Habría vivido vidas pasadas y habría habitado ella en una de esas cuevas? No. No le gustaba pensar en el pasado. El pasado estaba arañado por las garras de la infelicidad.

 —Ruscalleda me ha llamado. Que quiere un arresto cuanto antes. Que le están presionando de Madrid, de la Junta —dice Luisa.

—Putos políticos.

—Son como buitres. Solo les preocupa la mala publicidad.

—Ya. No quieren matar la gallina de los huevos de oro.

—Lo único que les agobia es evitar la sangría económica en Atapuerca.

—Lo de que hayan matado a una pobre chica es lo de menos. Que les den por culo.

—No pensarían así si fuera su hija —dice Aduriz. Le viene a la cabeza su mujer Ángela, con su vientre abultado, donde crece su bebé. Pronto va a ser padre. Una vez más siente que no va a estar a la altura.

—Pero nunca es su hija —dice Luisa.

A Luisa le suena el móvil. Ruscalleda. Lo coge.

—Sí, justo ahora estamos aquí. Vale. Sí, sí, sí. Bueno, nos vemos.

Cuando cuelga Luisa, le dice a Aduriz que tienen que volver a Burgos. Videoconferencia con la ministra.

Cuando entran en la ciudad, culebrean en las callejuelas del centro. Luisa mira por el retrovisor. Se estremece. Se cruza con la mirada azul desconsolada de Toni, que va en el asiento trasero.

—¿Por qué no viniste a buscarme, Luisa?

La videoconferencia con la ministra es breve. Les pregunta por los avances del caso de Miriam Sinaloa. No hay ninguno, pero Luisa dice que están en la fase inicial de la investigación. La ministra dice que manda a Burgos a José Jiménez, un odontólogo forense de probada experiencia y prestigio para ayudarlos en la investigación. Omite contar que es amigo suyo.

Una hora después, Luisa Baeza se pelea con el comisario jefe Ruscalleda, que ya está más que harto de ella. Si no fuera una inspectora brillante y hubiera resuelto casos en Madrid, le daría una patada en el culo y la mandaría al infierno. Quizás lo haga, aunque Luisa sea el sursum corda.

—Encima me cae el muerto de la becaria —dice Luisa.

—No es una becaria —grita Ruscalleda—, es una agente de investigación en prácticas, se está preparando la oposición para subinspectora. Tenemos el deber de enseñar a los que tienen menos experiencia y menos conocimientos.

 ¿De quién fue la genial idea de construir su despacho con paredes de cristal? Ruscalleda siente que no tiene intimidad. Se siente expuesto a la vista de todos en la comisaría. Odia la sensación de estar bajo la luz pública. Todos sus agentes pueden ver los entresijos miserables que oculta su cargo, las peleas con esa mosca cojonera que es Luisa Baeza.

—No quiero saber nada de ella —brama Luisa—. Esto es un caso de asesinato de una menor. No es un parque de atracciones para principiantes.

—Oye, Luisa, ¿quién manda aquí?

—Pero en mi caso no. Yo no hago caridad. Esa niña está fuera.

—¿Te digo yo cómo tienes que llevar tu investigación? —Ruscalleda siente que un sudor frío baña su cara.

Qué puta mosca cojonera, coño. El brazo derecho le duele. De repente, se apodera de él un pánico cerval: se le va a repetir el infarto que sufrió hace un año.

—No. No lo hago. Pues no me toques lo cojones y no me digas cómo tengo que llevar lo mío. ¿O te quieres volver a Madrid? Porque ya me dijeron que nadie quiere trabajar contigo y que no es que seas difícil, no, lo siguiente —ruge Ruscalleda.

Siente la mirada de todos centrarse en él en esa pecera que tiene de despacho.

—¿Quién ha dicho eso? —dice Luisa, rígida.

La pregunta queda sin respuesta.

Fuera del despacho de Ruscalleda, Lucía Bernal, la becaria, escucha la bronca. Luisa sale sin mirarla. Pasa de largo por su mesa. Lucía se remueve como un gusano frente a su ordenador.

Frente a su portátil Mac, Luisa revisa las fotos del cadáver de Miriam, visiona la grabación de la cámara de seguridad de la entrada de Atapuerca, que registra el tráfico de los coches que acceden y salen del yacimiento. Toma nota de las matrículas de los vehículos y las comprueba en la base de datos. Nada. La frustración absorbe la poca energía que le queda.

Lucía finge trabajar frente a su ordenador mientras siente arder sus mejillas de pura vergüenza. Piensa que no va a poder con este trabajo, que se ha equivocado de profesión, que no está a la altura. Se levanta, se encierra en el baño, saca una cajita del bolsillo de su chaqueta, coge con su dedo meñique una pizca de polvo blanco y lo esnifa. La cocaína la hace sentirse mejor al instante. Su cabeza está despejada y fresca. Le invade una energía acelerada y ligera. Lucía quiere hacer cosas: correr, salir a interrogar a testigos, estudiarse el sumario, revisar las pruebas. Lucía hasta se atreve —gracias a la raya que se acaba de esnifar— a acercarse por detrás a la mesa de la inspectora Baeza, que visiona en su portátil la grabación de la cámara de seguridad de la entrada a Atapuerca durante el día del asesinato.

De repente, Lucía, superconcentrada por la potencia mental que proporciona la cocaína, se da cuenta de algo. Sin poder controlarse, pone la mano sobre el ratón del portátil de la inspectora Baeza y para la imagen.

—¿Qué coño haces? —pregunta Luisa.

Lucía mueve hacia atrás el vídeo y congela el fotograma. Una furgoneta blanca de reparto de cerveza marca Ámbar aparece en la pantalla.

—¿Qué hace una furgoneta de reparto de cerveza en Atapuerca?

—¿Por qué? —pregunta Luisa.

—Porque allí está prohibido beber alcohol. Lo prohibió Max Rey cuando se murió aquella chica en una fiesta —dice Lucía.

—Vicky.

 Lucía mira a Luisa. Sonríe. Luisa mira a Lucía. Le sonríe por primera vez desde que se conocen.

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El fascinante y estremecedor misterio de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 43

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El estremecedor misterio de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre. El estremecedor misterio de Atapuerca.

Capítulo 43

En comisaría, Max espera dentro del calabozo. Luisa entra y le tiende una bolsa.

—Mete tu ropa y tus zapatos aquí.

Max se empieza a desnudar en su celda. Luisa se da la vuelta.

—¿Me vas a arrancar las uñas?

—No seas ridículo.

A primera hora de la tarde, después de comer un sándwich de jamón y queso y beber una botella de agua mineral, Luisa y Aduriz interrogan a Max.

Aduriz coloca la cámara Sony HXR-NX5 en marcha dentro de la sala de interrogatorios. Enfoca y compone el plano que enmarca al detenido. Le da al botón de grabar. Un piloto rojo se enciende.

—¿Tenías una relación con Miriam?

—No.

—Max, hemos encontrado tu semen en el cadáver de la víctima.

—Yo no me acosté con ella.

—¿No?

—¿Y cómo ha acabado tu semen en la chica? —pregunta Luisa con tono calmado.

—No lo sé —contesta Max, serio.

—¿No lo sabes?

—Deja de mentir —ataja Aduriz.

—No miento.

—Sí, sí mientes. Las pruebas biológicas dicen lo contrario de lo que estás diciendo.

—Escucha, Max, una confesión te favorece de cara al juicio. Y las pruebas son abrumadoras. Está tu semen en el cadáver de la víctima, Jesús Sinaloa fue testigo de que tú fuiste la última persona en hablar con Miriam, has pujado por la virginidad de la chica en Internet.

—¿Qué? —Max se sorprende—. ¡No sé de lo que me estás hablando!

—Vamos, Max, hay pruebas. Tú eres un científico, sabes que delante de un jurado no hay salida, no con estas pruebas. Di la verdad.

—Ni idea de lo de la puja en Internet. No sé de qué me estáis hablando. Es una trampa. Van a por mí, ¿no te das cuenta? —dice Max.

—¿Quién?

—Sinaloa.

—¿Y también es una trampa que hubiera restos de tu semen en la víctima?

—Estaba enamorado de ella, pero no me acosté con ella. ¡Tenía dieciséis años!

—Eso nunca ha sido un impedimento para ti.

Luisa y Max se miran. Saltan chispas entre ellos.

—Ahora es el rencor que habla. No soy el monstruo que crees, inspectora Baeza.

—Escucha. Fue un accidente. La chica se lo iba a contar a Jesús. A su madre. Y te pusiste nervioso.

—Yo no lo hice, Luisa.

—Las pruebas dicen lo contrario.

—¿Qué pruebas?

—Tu semen, tu sangre.

—No es verdad. Soy inocente. Te han manipulado, Luisa.

—¿Y la sangre que hay en tu baño y en las paredes?

—Desde que pasé el cáncer y pasé la quimio sufro sangrados. Por la nariz, por el ano.

—Di la verdad y todo será más fácil.

Unos técnicos de la Policía Científica están analizando los restos de sangre que han encontrado en el baño de Max.

—Te estoy diciendo la verdad.

—¿Por qué no quieres colaborar con nosotros? —pregunta Aduriz.

—Si él me pregunta, me acojo a mi derecho a no declarar, Luisa —dice Max Rey, señalando con el mentón a Aduriz con un tono de frío desdén, de sorprendido regocijo.

El subinspector mira a Max con ojos de hielo. Luisa le lanza una mirada cómplice con la que le pide permiso para seguir ella con el interrogatorio. Aduriz hace un leve gesto de aceptación.

—¿Qué pasó esa tarde?

—Luisa…

—Te acostaste con ella, Max. Era virgen.

Max miró a Luisa. Ardió de vergüenza.

Aduriz dio la vuelta al ordenador y le enseñó una web de contactos de chicas con la foto de Miriam.

—¿Qué es eso? —preguntó Max.

—No lo sé. Dímelo tú —dijo Luisa.

Max guardó silencio.

—Es una web de contactos. Se puja por la virginidad de las chicas. Todas menores.

—Aquí está Miriam. Su foto. Tú pujaste por ella.

—Te lo he dicho: estaba enamorado de ella.

—Bonita manera de decirlo. Enamorado.

—Yo no hice nada de eso. Es una conspiración contra mí.

—¿Cómo supiste de esta web?

Max guarda un silencio hosco como un niño torvo al que sus padres han castigado sin motivo.

—¿Por qué pujaste, Max?

—Yo no pujé.

—¿Qué hiciste a partir de las dos de la tarde el martes 15 de junio?

—¿Cuánto mide su cerebro, Miguel Ángel?

—Aquí soy yo quien hace las preguntas.

—¿Sabe que en Dmanisi hay una controversia científica acerca de si un homínido con un cerebro de seiscientos centímetros cúbicos puede considerarse humano?, ¿pueden caber los parámetros de la humanidad en ese tamaño cerebral?

Luisa toca debajo de la mesa la muñeca de Aduriz, aprieta con suavidad, vuelve sus ojos hacia Max, que sonríe con un sarcasmo irritante y burlón.

—Aunque seiscientos centímetros cúbicos es mucho para un txakurra como tú.

—¿Por qué no te callas?

—¿Nos autorizas a hacer un escáner de tu dentadura, Max? —pregunta Luisa.

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El estremecedor misterio de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 42

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El alucinante secreto de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 42

Luisa Baeza y Miguel Ángel Aduriz se dirigen en el BMW azul cobalto a Atapuerca. A Luisa no le resulta fácil lo que va a hacer y siente esa antigua presión en el pecho. Max Rey siempre ha sido un padre para ella, la acogió aquel verano terrible y la puso a trabajar en su equipo. Pero hay que hacer lo que hay que hacer.

Mientras conduce flanqueada por trigales y campos de avena, Luisa vuelve al 8 de julio de 1994, un día mítico. Andrea, con diez años, descubrió al Homo antecessor. Ella estaba sentada en las tablas de la Dolina dibujando cráneos de un neandertal —Max le había dejado un libro de Historia de la evolución humana— junto a Sebastián, que martilleaba con la maza y el cincel en su cuadrícula bajo la canícula, llevaba un pañuelo rojo atado en la cabeza que aleteaba bajo el viento. Retumbaban los ecos metálicos de una decena de personas haciendo lo mismo.

Cuadrícula H16. Diez metros de profundidad. Sondeo al TD6. Andrea, con diez años, le ha pedido a Max excavar dentro de la brecha. Max ha dicho que sí haciendo uno de sus saludos al sol de excéntrico impenitente. La niña tiene afición, le consume el mismo ardor que le consumía a él de niño cuando entraba, con su abuela, en las cuevas del Pirineo en busca de fósiles.

Dentro del hueco de ascensor, Andrea da un golpe de destornillador a la pared, cae un terrón de sedimento del que emergen dos dientes. Cuando sube a la superficie, la niña se ahoga de emoción. Palpitaciones salvajes en el pecho como si tuviera dos corazones. La boca se le seca. Contiene la respiración. La gente se aproxima para ver los dientes, hay un griterío enloquecedor, toneladas de emoción crispan el ambiente. Alaridos roncos se propagan por el antiguo techo de la Gran Dolina.

—¿Dónde está Max?

—Abajo.

—Max, Max, sube, sube, rápido, Max.

Un premonición violenta y luminosa se levanta dentro de Max. Se acerca a los límites de la realidad de su deseo. El tiempo se acelera y lo empuja hacia el lugar en el que ha soñado estar durante dieciséis años de espera, dieciséis años de excavación estéril en la Dolina.

Sube las escaleras en zigzag del gran andamio con la cabeza volada, alelado, intoxicado por la emoción. Se siente liviano y feliz, como si acabara de nacer. Atraviesa el umbral donde se acumulan los escombros con el corazón en la boca. Un pavor frío le atenaza el estómago. ¿Es posible?

Andrea avanza con la mano abierta y los dientes rodeados de sedimento. El tiempo se para. La mañana zumba perezosa. El sol cae a plomo. Los mochuelos y las grajillas gorjean por encima de sus cabezas. Al fondo, cerros y majuelos quietos en atónita reverencia.

Max siente que se ahoga mientras examina los dientes. En sus manitas, Andrea lleva un incisivo.

«Es de oso», piensa con la cabeza agotada.

Pero Andrea abre la mano izquierda. Un premolar.

El corazón le bombea descontrolado, enloquecido.

—¡Es humano, es humano! —grita Max con una alegría brutal.

Latidos violentos. Max mira febril, con orgullo y embeleso, a su hija como si estuviera actuando en la función de Navidad del colegio.

Max coge la mano a Luisa, que también tiene diez años. Le tiembla todo el cuerpo mientras la mira con ojos afiebrados.

—¿Y Rafael?, ¿dónde está Rafael?

Niego con la cabeza.

—Ve con él, anda —dice Sebastián a Luisa.

Obedece, halagada por la proposición. Max y Luisa bajan como fantasmas enajenados, alobados, las escaleras metálicas y los tablones del andamio que forman una espiral triangular. El descenso hasta el suelo se hace eterno. Luisa tiene miedo de que Max se precipite al vacío. La niña está al borde del desmayo. Le entra un vértigo mortal mientras siente la mano callosa y grande de Max, con su muñequera verde de jugar al tenis, en su manita.

Se visualiza cayendo al vacío y rompiéndose el cuello.

Cuando Luisa pone los pies en el suelo, siente el alivio de una náufraga al pisar tierra firme. Su silenciosa desesperación se esfuma. De repente, ya sabe lo que quiere hacer el resto de su vida. Quiere estudiar lo que ha estudiado Max, quiere llevar la vida que lleva Max, quiere venir cada verano a excavar a Atapuerca como hace Max, quiere sentir lo que siente Max, quiere ilusionarse y ser tan libre como Max. Un escalofrío de emoción la sobrecoge. Satori.

Max y Luisa corren por la Trinchera buscando a Rafael, que no está ni en la Galería ni en la Cueva de Los Zarpazos. Una figura desdibujada hace fotos frente a la Sima del Elefante. Es Rafa.

Max, jadeante, lo abraza y se convulsiona entre sus brazos.

—¿Qué pasa, Max?, ¿estás bien?

—Nunca he estado mejor.

—¿Qué?

—Andrea ha encontrado unos dientes en el TD6 —dice con voz ahogada, afónica.

La cara de Rafael Espejo se anima con una luz bestial, como si alguien le hubiera encendido una linterna en su interior. Sus ojos refulgen con una excitación juguetona. Toca a ciegas, con las yemas de los dedos, los contornos evanescentes del sueño.

Los tres corren por el desfiladero de la Trinchera de vuelta a la Dolina, por donde se desliza una brisa fresca que les seca el sudor de la cara. Un silencio callado.

Desde el suelo, Luisa oye una algarabía que proviene del techo de la Dolina. Una confusa y animada algazara.

—¡Rafa, sube, sube! ¡Mira esto!

La gente se asoma por el andamio y espera a Rafael Espejo, experto en dentición humana, como si fuera el Mesías. Rafael, Max y Luisa vuelven a ascender por los tablones, a subir la escalera de metal del gigantesco andamio clavado en la pared de la Dolina.

Andrea ha metido el terrón de sedimento en una bolsa de plástico de pruebas. Se acerca ahora, tímida y temblorosa, como si le llevara una ofrenda a Jesucristo. No está acostumbrada a ser el foco de atención, pero le parece delicioso. Siente el calor de las miradas exultantes del equipo en su piel.

Todo el mundo ha dejado las mazas, martillos, cinceles, destornilladores sobre las tablas polvorientas. Gravita un silencio de otro mundo.

—¡Es humano, humano! —grita Rafael Espejo al examinar la bolsa.

Sus palabras roncas, que condensan las expectativas de toda una vida, reverberan en la Trinchera cretácica. Su eco de fondo permanece. Humano. Humano. Humano.

Acaban de descubrir los homínidos más antiguos de Europa. 800 000 años de antigüedad. La hipótesis de Thijs van Kolfschoten, apoyada por muchos paleoantropólogos del norte de Europa, que afirmaba que los humanos poblaban Europa solo desde hacía 500 000 años, salta por los aires.

Andrea y Luisa tienen la misma edad. Solo que a Luisa le ha tocado el lado malo de la vida y a Andrea el bueno. Ahora siente una envidia corrosiva y atroz mientras contempla cómo a Andrea la suben en hombros y la elevan en brazos Sebastián y Max.

Los ganadores se conocen desde la línea de salida de una carrera.

Cuando Luisa y Aduriz suben la loma hacia la Dolina, Max ya les está esperando. Tiene el labio reventado y sangra. Está sentado en una silla de plástico en la tarima del altozano. Andrea le aprieta la herida que tiene en la cara con una gasa.

Max sabe que le van a detener. Aduriz se acerca a él, le coge el brazo y le pone las esposas.

—Queda usted detenido. Se le acusa del asesinato de Miriam Sinaloa.

Toda la gente de su equipo para de martillear en sus destornilladores, que levantan terrones de sedimento. En medio de un silencio violento todos miran la escena.

—No creerás que yo lo he hecho, hija mía —susurra Max Rey a Luisa Baeza al oído. Baeza, emocionada, le coge del brazo y le conduce colina abajo hasta la explanada que desemboca en la Trinchera del Ferrocarril.

Andrea cruza la mirada con su padre. Andrea le sigue sin dejar de sostenerle la mirada en ningún momento. Por fin corre hacia él y le abraza. Luisa Baeza intenta apartarla. Forcejean. Andrea empuja a Luisa, que cae al suelo. Aduriz agarra e inmoviliza a Andrea.

Max le grita que suelte a su hija. Desde el suelo, mientras muerde el polvo con Aduriz bloqueándola encima, Andrea le dice a su padre: «Yo te creo».

—Vete a casa. Estoy bien —susurra Max.

Luisa mete a Max en su coche y arranca. Mientras conduce a Burgos, Luisa, desolada, y Max Rey, cubierto por un sudario de vergüenza, se retan en un duelo de miradas a través del espejo retrovisor.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 41

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El más fascinante misterio de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 41

Luisa, acostada en la cama de su habitación de hotel, llora desesperada. Aferrada a la almohada como una niña llama: «Toni, Toni, no quise hacerlo. Toni. Perdóname».

Frente al andamio que se levanta en el altozano de la Dolina, Max Rey mira la sierra dando la espalda a un equipo que trabaja en el tablero de cuerdas blancas que cuadriculan el suelo de la excavación. Norberto le ha dejado acercarse al que fue su yacimiento, su vida.

Max daría lo que le queda de vida por volver a ser joven durante un año, daría lo que fuera por que Miriam estuviera viva y tener una oportunidad con ella. Fantasías de un viejo acabado. La vida es más grande que cualquiera de nosotros. Pero Max teme a la vida porque le ha arrebatado a quien más quería.

De repente, Jesús Sinaloa llega por detrás de la colina. Sus botas retumban sobre los tablones de madera que tapizan la Dolina.

Cuando grita, su voz está llena de ansiedad y rabia.

—¿Qué le hiciste a mi sobrina?, ¿la has matado, cabrón?

Max agacha la cabeza avergonzado y dice que no. Jesús le empuja.

—No.

Max mira al suelo aún más avergonzado. Su silencio lo dice todo.

 —¡No me mientas, Max! Te vi riéndote con ella enfrente de Portalón el día que la mataron. Confiaba en ti.

De pronto, Jesús rompe a llorar. La tensión le puede.

—Eras mi amigo y ella era una niña, era mi sobrina —dice, roto.

—Estaba enamorado de ella.

Jesús se siente galvanizado por la rabia. Le pega un puñetazo a Max, que cae como una marioneta en la hondonada de la Dolina.

—¿Cómo te atreves, hijo de puta?

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El más fascinante misterio de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 40

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Atapuerca como nunca la has visto.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 40

2 de junio de 2019. Catorce días antes del asesinato. Sierra de Atapuerca

Un vaho se condensaba en las paredes de la ducha. Alguien había escrito con el dedo unos números en la pared de cristal: 5423567. Las cifras se desvanecieron a medida que el calor y la humedad desaparecieron. Cogí la alcachofa y abrí el grifo del agua caliente. Como estábamos en mitad del campo, el agua tardaba mucho en ponerse caliente. Durante unos minutos temblé desnuda en la ducha. Me sentí vulnerable. Por fin el agua se puso tibia y luego caliente, cogí el gel con olor a cítricos y me eché un buen chorreón color verde lima en la palma de la mano, me froté, con fuerza, la entrepierna, los pechos, el vientre, las piernas, la cara. Regueros de suciedad cayeron a la superficie blanca de la bañera, un agua negra se remansó antes de ser succionada por el desagüe.

Me quedé un rato más bajo el agua caliente. Ráfagas de placer corrieron arriba y abajo por mis venas, pero me salí porque no quería acabar con el agua caliente. Después de mí los chicos también se iban a duchar. Así lo hacíamos después de venir de excavar, antes de cenar, ver series en Movistar+ y acostarnos. Dormíamos durante el día y salíamos a Atapuerca por la noche, como los vampiros, al revés que nuestros congéneres humanos, de quienes nos habíamos aislado por completo.

Cogí una toalla y me sequé, recogí la ropa sucia y mojada del suelo, mis pantalones cortos de Primark, la camiseta de tirantes negra, salí del baño dejando una nube de vapor detrás. Fui a la cocina, abrí la puerta de la lavadora y eché mi ropa de excavar dentro del tambor, aproveché para ir a nuestra habitación y recoger más ropa sucia de Andrea y mía. Helena me vio y se acercó desde el pasillo. La luz débil del techo titiló, con un fulgor fantasmal, sobre ella.

—¿Vas a poner lavadora? —preguntó.

—Sí.

—Espera.

Helena me trajo un fardo de ropa: pantalones cortos con muchos bolsillos color caqui, bragas, un sujetador color escarlata, camisetas y los vaqueros de Sebastián, inconfundibles, marca Armani. ¿Qué hacían allí entre la ropa de Helena? Pero ninguno de nosotros hacía preguntas. Ninguno juzgaba. Eso era lo maravilloso de vivir juntos: el disfrutar de esa resplandeciente libertad.

—Me muero de hambre —dije mientras metía la ropa dentro del bombo de la lavadora. Busqué el detergente.

—Yo también.

—Ahora hago la cena —añadí mientras echaba dos tapones de detergente azulado y blanco Ariel dentro del hueco del cajón que había sacado en la parte superior de la lavadora.

—Yo te ayudo.

—Gracias. —Cerré la puerta de la lavadora. Puse un programa largo. El murmullo de succión del agua de la lavadora, la noche estrellada fuera de la casa, el silencio absoluto, esa calidez preocupada que irradiaba Helena me pusieron de buen humor. Me sentí muy a gusto a su lado después de tantos sobresaltos. Era una chica tímida y callada, delicada, que se preocupaba más por los demás que por ella misma. Al menos aquel affair desgraciado con Germán había terminado. O al menos ella ya no hablaba de él después de la visita de hacía ya casi un mes a Atapuerca de la mujer y los dos hijos de Germán.

—Qué bien cocinas.

—Gracias, Helena. Me gusta hacerlo.

Solo recibía cumplidos por mi cocina, lo cual tenía una parte alegre y otra triste.

Yo hablaba de que quería escribir, pero no escribía ni una línea.

—Si no fuera por ti, comeríamos a base de bolsas de patatas fritas.

—Ja, ja.

Oí a Andrea dar vueltas en nuestra habitación mientras hablaba por teléfono con alguien. Estaba enfadada. Supuse que estaría hablando con su padre, Max. Pero no quise saber nada. Estaba cansada de problemas.

Helena se puso a fregar los platos del desayuno que estaban apilados en el fregadero mientras yo iba a la bodega. La temperatura bajaba dos grados a medida que descendía los escalones de piedra. Cuando llegué a la estancia, olí a mineral. Cogí la cuerda de la luz del techo y tiré de ella. La bodega se iluminó con una luz azulada, fantasmagórica. Al fondo, junto a la pared opuesta, donde estaban colocadas las botellas de vino, se amontonaba la pequeña montaña de sedimento que habíamos sacado de la Gran Dolina. Otra vez la sensación de hacer algo prohibido me sobrevino. Cuando Jesús Sinaloa se enterara de lo que habíamos hecho, nos iba a matar. ¿Pero qué importaba eso frente a la muerte? A veces dábamos demasiada importancia a las cosas porque nos olvidábamos de que íbamos a morir un día. Las cosas no eran tan importantes como nuestra mente nos hacía creer.

Decidí que esta noche nos daríamos un homenaje. Fui a los estantes. Filos curvados donde reposaban las botellas, algunas muy antiguas, cubiertas de polvo. La pasión de Max Rey eran los vinos después de la investigación de la evolución humana. Muchas de las botellas que reposaban en la bodega se las habían regalado a Max políticos, empresarios, amigos, conocidos agradecidos porque había dejado a sus hijos excavar en el yacimiento, fans, famosos. Otras las había comprado él con su sueldo de catedrático de Prehistoria en la Universidad Rovira i Virgili.

Helena y yo hicimos la cena con los restos que encontramos en la nevera y dentro de los armarios: espárragos trigueros, huevos, nata, maicena y un paquete familiar de pan Bimbo. Hice tostadas, saqué la sartén grande mientras Helena cascaba seis huevos en un plato hondo y a continuación los batía con un tenedor, hice los espárragos al vapor, Helena mezcló los huevos con la leche y la maicena, a continuación, yo eché los espárragos. Me dirigí a los fogones de gas, cogí la gran caja de cerillas que siempre estaba colocada junto a la placa grande y blanca levantada, la abrí, extraje una cerilla, la encendí, un olor a fósforo se extendió por la cocina. Helena torció hacia la derecha la manija del fuego más grande, silbó el gas, yo acerqué la cerilla y diminutas llamas azuladas se prendieron. Había que permanecer un minuto con la manija apretada por seguridad.

Luego eché un chorreón de aceite a la sartén y la puse a calentar en el fuego.

—Échale un ojo —dije a Helena.

Dejé a Helena a la cocina para salir de casa y atravesar el porche. Bajé las escaleras hasta el jardín salpicado de naranjos, limoneros, nísperos, manzanos, perales, en la franja de tierra que flanqueaba la valla que nos protegía del exterior había arriates con fresales. Me dio un escalofrío. La noche estaba fría y desapacible. Fui a la huerta. Cogí tomates de la mata que aún estaban tibios por el calor del sol.

Cuando entré, la cocina se me antojó cálida y agradable. Lavé los tomates, que estaban recubiertos de una fina capa de polvo, los corté y los puse en la ensaladera, los aliñé a la andaluza, con aceite, vinagre, ajo picado y un poco de perejil que también había conseguido en la huerta. Saltó la tostadora, saqué del armario una cesta de mimbre y coloqué el pan, puse más tostadas a tostar.

Helena acabó de hacer la tortilla con espárragos trigueros. La dio la vuelta con un plato grande mientras yo abría las dos botellas de Alión. Cogí unas copas. Le pregunté a Helena si quería una copa y ella dijo que no, me serví una generosa ración, bebí mi vino, que me supo delicioso después de todo el miedo y la ansiedad que había pasado excavando, mientras Helena y yo terminábamos de cocinar la cena. Pero nada me había preparado para lo que Helena me iba a contar a continuación.

—Lara, ¿te puedo decir algo? —le tembló la voz.

Yo me puse a la defensiva. Una tensión en el estómago.

—Claro.

Helena dudó, se debatió en una lucha interna. Me dolió verla así.

—¿Tan grave es? —pregunté.

Creía que era algo malo sobre mí. Personalización, una de las múltiples distorsiones cognitivas de la depresión.

Ella asintió. De repente, se puso a llorar, yo abrí el cajón primero del mueble y le alcancé un kleenex.

—Estoy embarazada.

La miré, atónita.

A comienzos del nuevo milenio y una hembra de Homo sapiens se sigue complicando la vida de la misma manera que hace siglos.

No supe qué decir.

—No voy a tenerlo.

—Comprendo —dije.

—¿No me preguntas quién es el padre?

—Eso no me importa, Helena.

Su cara de dolor se volvió hacia mí.

—Es Sebastián.

—Creí que Sebastián era…

«Homosexual», pensé, pero no me pareció delicado decirlo.

—Sí, yo también lo creía. Pero no. Bueno, no sé qué pensar. Eso es lo que menos me importa ahora mismo. Todo es un lío espantoso. No sé cómo ha pasado. Tengo miedo.

—¿Se lo has dicho a él?

—No.

—¿Por qué?

—Porque querría tener al niño. Y es una locura. Con la vida que llevamos…

De repente supe que Helena tenía razón. Sebastián era un hombre galante, caballeroso, decimonónico. Me gustaba mucho. Había algo antiguo y decente en él que no pertenecía a este siglo, que no casaba con el mundo en el que vivíamos. Sebastián era un monje.

—Lo he pensado —dijo Helena atropelladamente, como si tuviera que hablar rápido para decir lo que quería decir—. Hay una clínica en Madrid. Una amiga me ha pasado el contacto. Y tengo el dinero. Son mis ahorros. Pero bueno…

Gruesas lágrimas como manzanas cayeron por sus mejillas. Tras un silencio engorroso, durante el que no supimos qué decir ninguna de las dos, yo la abracé.

—Pero no puedo ir sola. Te anestesian. Y tengo que ir acompañada. Tú tienes casa.

Helena me miró con sus ojos color miel asustados.

—Te acompañaré. No te preocupes.

—Gracias, Lara. No tengo a nadie.

—Todo va a salir bien.

—Te parezco una persona horrible.

—No, en absoluto.

—Piensas que podría tener al niño…

—No, no. Es decisión tuya.

—Eres una sentimental.

—Lo que tú hagas me parecerá bien, Helena. No soy quien…

—¿Y qué haríamos? Lo podríamos criar aquí entre todos.

Por un instante visualicé una imagen de nosotros cuidando del bebé. Yo tenía una tendencia increíble a la ensoñación. Pero sabía que la realidad era más brutal, más complicada. . Estaba cansada de problemas.

—Por favor, no se lo cuentes a Andrea.

—No, no.

—Andrea me odia.

—No te odia. La asustas.

Me sorprendió que dijera eso de Andrea. Yo había notado que Andrea y Helena se llevaban mal, eran como el agua y el aceite, pero Andrea la había invitado a vivir con nosotros en la casa, ¿no?

—Se le pasará. Andrea es cambiante —dije.

Helena y yo nos separamos con una sensación de embarazo, sin mirarnos a los ojos.

 —Sí. Bueno, da igual.

—Sí.

—No se lo cuentes a nadie —me rogó Helena.

Helena, esa chica despreocupada que parecía no haber tenido un problema en su vida, ahora dominada por esa mirada desesperada, por esa expresión acorralada en su cara infantil.

—Tranquila, no se lo diré a nadie.

—Solo puedo confiar en ti.

—No te preocupes.

—Si alguien se enterara, me moriría. Sobre todo, no quiero que se entere Sebastián.

—Sería capaz de proponerte matrimonio.

Helena y yo nos reímos más por quitar hierro al asunto que porque nos hiciera gracia la broma.

—Es un Quijote. ¿Te imaginas?, ¿Sebastián y yo casados?

—Cosas más raras se han visto. Mira yo y Andrea.

—Ah, Andrea tiene suerte de tenerte. —Una pausa dubitativa—. Ana no me caía nada bien.

Esa última frase que dijo Helena me complació tanto, me llenó de un placer tan culpable que me sonrojé. Bajé la cabeza para que ella no se diera cuenta de mi satisfacción. Había tenido unos celos tan inmensos de Ana, quien siempre se había interpuesto entre Andrea y yo, que no pude evitar sentir una sensación de triunfo. Podía amar más a Andrea que una mujer viva, pero no más que una mujer muerta. De alguna forma, la trágica muerte de Ana había magnificado su recuerdo.

La luz amarilla de la cocina, la lámpara de tulipa de seda vainilla, tan incongruente en una cocina como un rinoceronte en un salón, pero así de excéntrico era Max, y él había sido el encargado de decorar su casa, cayó como un chorro de sol sobre nuestras cabezas. Helena se enjugó las lágrimas, apretó su Kleenex muy fuertemente entre los dedos y suspiró.

—Eh, chicas, ¿de qué habláis?

Helena y yo nos sobresaltamos.

Sebastián asomó su cabeza por el quicio de la puerta.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 39

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El secreto más tremendo de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 39

Mientras Luisa y Aduriz registran la habitación de Max Rey en la residencia de estudiantes Gil de Siloé y cogen sus medicamentos, ordenador portátil, documentos y residuos de la papelera, los técnicos de la Científica pasan el luminol por paredes y techos. En el baño, la luz ultravioleta revela manchas de sangre en las paredes y en el lavabo.

En la tele, Andrea y yo vemos en el telediario de Televisión Española la noticia sobre el llamado crimen de la Sima de los Huesos.

—Una fuente de la policía apunta a que el semen que apareció en el cadáver de Miriam Sinaloa pertenece a Max Rey, uno de los directores del proyecto Atapuerca —dice Carlos Franganillo, el presentador.

Andrea se queda en estado de shock. Mira con conmoción embotada la pantalla azul. Yo siento cómo los nervios atenazan mi tripa.

Llaman a la puerta. Yo voy a abrir. Es la policía. Técnicos de la Científica enfundados en monos blancos, con gorros, patucos, con maletines de recolección de pruebas, entran en casa. Los lidera la inspectora Baeza, quien nos pide a Andrea y a mí que salgamos al porche. La obedecemos.

Manu, Sebastián y Helena están trabajando en el laboratorio. Los de la Científica examinan cada rincón de la casa, espolvorean polvos fosforescentes que brillan en la oscuridad, cogen el ordenador de Max y lo cargan en su furgoneta blanca, sacan una caja con papeles y blocs, también se llevan los cuadernos de campaña del padre de Andrea. Cargan bolsas donde han metido ropa y zapatos de Max, incluso se llevan el mono rojo con el que Max solía bajar a la Sima de los Huesos. Aunque hace años que ya no lo hace.

—¿Y sus herramientas? —pregunta la inspectora Baeza a Andrea. Esta la lleva al sótano, donde en un arcón están guardadas la maza, el martillo, el destornillador, un pequeño maletín de cuero marrón con instrumental de dentista, una bolsa de lona roja en la que hay guardadas jeringas y botes llenos de solución consolidante para endurecer los fósiles antes de extraerlos. Los técnicos de la Científica, con sus manos enfundadas en guantes de látex color azul, meten todo en una caja y se lo llevan.

La inspectora Baeza nos hace preguntas y más preguntas a Andrea y a mí en la penumbra desolada del porche. ¿Vimos a Max esa noche en Atapuerca?, ¿había algún coche?, ¿oímos o vimos algo sospechoso?, ¿estamos seguras de que la puerta del Portalón estaba cerrada? Yo tirito en el relente destemplado de la tarde. Andrea da vueltas y vueltas a lo mismo. Niega todo. Pero me doy cuenta de que la inspectora Baeza no le cree. Piensa que está encubriendo a su padre y tiene la certeza de que yo soy su cómplice.

—¿Sabéis los años que os pueden caer por encubrir un asesinato?, ¿y por ser cómplices de asesinato?, ¿os acordáis de Raquel Gago, la policía amiga de Montserrat y Triana en el crimen de León? Le cayeron catorce años.

La angustia me oprime el pecho. Las tarjetas de las cámaras GoPro. ¿Cuánto tardará la policía en averiguar que bajamos a la Sima de los Huesos con cámaras y grabamos todo? La ansiedad me cierra la garganta como una corbata de hierro que se ciñe a mi tráquea. Cuando la inspectora termina de interrogarnos, doy una vuelta por el jardín porque no puedo respirar. Necesito estar unos minutos a solas para tranquilizarme, lejos de las pupilas de hielo de Luisa Baeza. Boqueo en busca de aire. Me mareo y siento un vértigo enfermo. Me tengo que sentar en el césped de la pradera trasera, donde un topo ha hecho emerger un túnel de tierra, destripando el manto de hierba. La ansiedad, esa arena desagradable que araña mi corazón, se ceba en mí.

Dos horas después, cuando ha acabado el registro, la toma de pruebas de la científica, dos agentes de la Policía Judicial de Burgos llegan con dos perros, dos pastores alemanes, y hacen una batida por la casa y el jardín.

Son perros especializados en buscar sangre y otros restos biológicos, como huesos y dientes. Leí un artículo en El Mundo sobre dos de esos perros de la Guardia Civil cuando asesinaron a Laura Luelmo durante las Navidades pasadas. Marley y Athos, dos pastores belgas malinois, habían buscado y encontrado sangre de Laura en la casa de Montoya, su asesino. La sangre, una vez seca, puede ocultarse de muchas maneras, puede limpiarse, pero a ellos no se les escapa. Por lo visto, lo más difícil de su entrenamiento es enseñarles a que marquen la sangre sin tocarla. Para un perro la sangre humana es comida. Lo importante es que el perro encuentre los restos de sangre y se quedé inmóvil.

Las nubes como grandes algodones de azúcar color rosa pasan a cámara rápida por la pantalla del cielo violeta y vainilla. Yo saco un cigarrillo de mi paquete Camel y lo enciendo. Exhalo el humo blanco, que se condensa en la tarde húmeda y fría. Fumo para calmar los nervios. Pero mi corazón late arrítmico y desquiciado. La nicotina me sabe fatal. Pero sigo fumando un cigarro tras otro hasta que me acabo el paquete.

Una hora después, los dos agentes sacan a los perros al jardín. Hacen una batida de cada centímetro de su superficie. Los perros olfatean, ladran, sujetos por correas que dominan los dos policías. Pero no encuentran nada.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 37

Sinopsis

El crimen más mediático de Atapuerca. A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 37

Los resultados de la investigación del asesinato de Miriam Sinaloa tenían tan frustrada a la inspectora Baeza que sentía ganas de pegarse un tiro. La autopsia reveló que había restos de actividad sexual reciente en Miriam. La forense hizo un frotis vaginal y descubrió semen en la vagina de la víctima. Pero no tenían con quién cotejarlo. Más allá de eso, nada. Ninguna pista. Ninguna evidencia. Ningún sospechoso.

Ahora Luisa Baeza siente la angustia sedimentarse en su pecho mientras desciende por la escalera colgante que recorre la pared del tubo del calcetín de la Sima de los Huesos. Cuando llega a la base, se fija en el polvo gris que recubre las tablas de madera a medio palmo sobre el sedimento del suelo. Dentro dos técnicos de criminalística recogen con sus escobillas más huellas dactilares. Parecen astronautas dentro de un cráter lunar ataviados con sus monos, sus gorros, sus mascarillas quirúrgicas y sus patucos blancos. Solo pueden estar dentro durante una hora. Trascurrido ese tiempo, los técnicos y Luisa tienen que emerger a la superficie porque se acaba el oxígeno.

Los preneandertales no llegaron aquí vivos. Murieron fuera. El grupo, en vez de abandonar los cadáveres a la intemperie y que fueran pasto de los carroñeros, se apiadó de ellos y los arrojaron a la Sima.

El olor a cuerpos en descomposición atrajo el ansia de los carnívoros que se precipitaron al pozo.

Luisa se concentra en un técnico que extrae una bolsa negra de su maletín y con las manos cubiertas de látex introduce una maza dentro de una bolsa negra. Luego le pone una etiqueta y escribe la identificación, lugar y fecha. El laboratorio analizará si hay restos humanos en la maza.

De repente, Luisa siente tal ansiedad por estar allí encerrada que decide salir a la superficie de Cueva Mayor. A las doce ha quedado con Jesús Sinaloa para hacerle unas preguntas.

Rodeado de estalagmitas y estalactitas, Jesús la espera a la salida de la Sima. Entró en Cueva Mayor por Portalón, dónde hay pintados grafitis de la Edad Media. En el interior de la cavidad se estratifican diferentes niveles arqueológicos. Las tranchas de arriba son ocupaciones medievales y romanas. Los niveles del interior, que están dentro de una gran poza vacía, se remontan al Neolítico. Dentro está Antonio López, que trabaja con un buril y un destornillador en el sedimento. Ataviado con un mono color rojo Ferrari y el casco blanco parece un tosco astronauta de la Unión Soviética. Luisa descubre a Sebastián envuelto en la fresca y delicada penumbra que hay dentro de Cueva Mayor. Irradia encanto. La tensión que desgarra a Luisa se evapora. De repente, siente una vibración sostenida en su pecho. Amor. Qué bendita sensación es el enamoramiento. Aunque no lleve a nada o la relación fracase, solo sentirse así ya vale la pena.

El ambiente está cuajado de una tensión frágil, a punto de quebrarse. Luisa tiene una sensación de expectativa como si la vida estuviera abierta y todo pudiera pasar. En un segundo, la atmósfera que gravita en Cueva Mayor ha perdido su neutralidad y su calma. A Luisa le asombra lo que ve: los grupos halógenos que emanan un resplandor violeta que perforan la oscuridad, el racimo de diez personas que investigan dentro de la poza: arqueólogos, biólogos, arqueobotánicos, paleontólogos, geólogos, restauradores, incluso un médico. Buriles, martillos, escobillas, rasquetas, carretillas, destornilladores, paletines, pinceles, instrumental de dentista, escáneres, estaciones totales, ordenadores, PDA. Picar, rascar, limpiar, registrar la ubicación exacta del fósil. A Luisa le asombra todo. Le interesa todo. Bebe con los ojos y los oídos. Siente un increíble alivio al olvidarse de sí misma, de su madre, fuente inagotable de problemas, que vuelve a estar deprimida, y Luisa teme abrir un día su piso y encontrársela muerta. Suicidio al tragarse mamá cien lorazepames. El aburrimiento de saber que su madre es una montaña emocional previsible, un bucle repetido de emociones extremas que Luisa se conoce desde niña. Solo quiere huir. Solo quiere dejar de sentirse culpable. La maldición de la repetición familiar. Y sin embargo no podía distanciarse del todo de mamá. Luisa había ido a una psicóloga que le había dicho: «Trate a su madre con empatía, pero con distancia». Pero, claro, eso lo podías hacer con una paciente. Pero no con una madre. A pesar de que odiaba a su madre, no podía cortar del todo con ella. Luisa se quita el casco con la luz frontal y le da la mano a Sinaloa cuando termina de subir por el pardo terraplén que desemboca en el suelo resbaladizo de Cueva Mayor.

—¿Cuánto va a estar la sima cerrada? —pregunta Jesús.

—No lo sé. El tiempo que haga falta.

—No era eso lo que quería decir.

—¿Me permite hacerle unas preguntas?

—Claro.

El aire estaba enrarecido y olía a moho. Hacía frío y humedad.

—¿Cuándo termina el turno de trabajo en la sima?

—A las dos.

—¿Ha oído alguna vez algún rumor sobre la víctima?, ¿algo sospechoso?

—No.

—¿Y la víctima tenía relación con alguien del equipo de Atapuerca?

—No lo sé. Me extrañaría. Era una niña.

—Dieciséis años.

—Bueno, ya me entiende.

—¿Vio a alguien que le llamara la atención el día del asesinato de Miriam?

—No.

—¿Tiene usted enemigos?

—Los enemigos típicos que se pueden tener en la universidad cuando se tiene mucho éxito. —Sinaloa sonríe mucho para imprimir una nota de ironía a su frase y no parecer arrogante. Pero no logra el efecto deseado.

—¿Alguien sabía que su sobrina era alguien importante para usted?

—Cualquiera que me conozca un poco —respondió Jesús, conmovido.

Jesús Sinaloa da vueltas nerviosas dentro de Cueva Mayor. Luisa le sigue mirando la superficie irregular de pequeños terraplenes y hendiduras. No quiere romperse la crisma. Un gran foco proyectado hacia el techo ilumina la cueva. Un resplandor misterioso los baña a ambos con una luz violeta y fluvial.

—¿Sabía si Miriam tenía algún enemigo?

—No. Mi sobrina era un ángel. Era imposible llevarse mal con ella ni queriendo.

—¿Vio a Miriam con alguien después de la comida?

—Sí, y me extrañó, la verdad. Vi a mi sobrina con Max Rey hablando frente a la entrada de Portalón.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 36

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Un viaje alucinante a Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 36

En la comisaría, Luisa se topa con su madre hablando con Aduriz. Se queda en estado de shock. Arde de vergüenza.

—Mamá, ¿qué haces aquí? No puedes estar aquí.

Su madre se pone a llorar y a interpretar su papel de madre amantísima. Luisa mira al techo, agotada, impaciente.

—Hija mía, quiero que nos reconciliemos —dice su madre.

Luisa se tensa muchísimo. No quiere que su madre venga a verla al trabajo. La coge del brazo y la saca de la comisaría. Su madre se resiste y grita que su hija la maltrata.

Risitas y miradas fijas de los subordinados de Luisa.

—No puedes estar aquí, madre —dice Luisa mientras arrastra a su madre por las escaleras que descienden al vestíbulo y a la calle.

De repente, su madre cambia de humor y se vuelve, agresiva, hacia su hija.

—¿Por qué te fuiste a Madrid? Me has dejado sola todos estos años, sin nadie que me cuide.

—Tendrás valor.

—Me abandonaste. Nunca llamabas.

—Ya basta.

—Ni una llamada de teléfono durante todos estos años…

Su madre la mira fija con pupilas de loca. Cambia de tema en un solo segundo.

—¿Qué haces tú en la policía? Tú no pegas aquí. Tú no sirves para policía. ¿A quién quieres engañar, Luisa?, ¿eh?, ¿a quién? Tú no estás a la altura. Inspectora… A mí no me engañas.

Luisa extrae su iPhone de su chaqueta de cuero negro Yves Saint Laurent y llama a un taxi. Cuando llega el vehículo, mete dentro a su madre sin contemplaciones.

—No tienes corazón.

—Son los genes, madre.

—No quieres a nadie.

—Igual que tú.

—Pero ¿qué te he hecho yo, hija?

Luisa cierra la puerta del taxi y da al taxista la dirección de su hermana Mar. Luego se dirige de vuelta a la comisaría. Se queda ansiosa y descompuesta, con un mal cuerpo espantoso. Como un acto reflejo, se lleva las manos al cuello. Todavía tiene la cicatriz de la herida que le hizo su madre cuando la quiso matar.

—Siento lo de mi madre. Es una cruz —le dice Luisa a Aduriz.

—No pasa nada.

—No creas nada de lo que te haya contado mi madre. Es una mentirosa compulsiva. Está en estado maníaco y no se toma su medicación. Delira. Se inventa cosas y es incapaz de ver la realidad. Es bipolar.

Aduriz asiente con un gesto de la cabeza.

—¿Estás bien? —pregunta.

—He estado mejor.

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Un viaje alucinante a Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 35

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Un viaje estremecedor a Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 35

Aduriz lleva en el BMW a Luisa al hotel NH donde se aloja. La inspectora está hecha polvo. Aduriz le dice que no es culpa suya, ella no podía saber nada.

—¿Está muerta? —pregunta Luisa.

Aduriz asiente.

Luisa entierra la cara en sus manos.

—No.

—La vida es tan injusta. ¿Cuántos años tenía?

—Veinticinco.

—¿Qué ha pasado?

—Humberto Toribio había pegado una paliza a su hija. Casi la mata. Su novio le había puesto una bomba en el establo para vengarse de él.

—¿Por qué le había pegado una paliza a su hija?

—La chica había renunciado a una beca de investigación y a su trabajo en Atapuerca para irse a vivir con su novio a Madrid. Su padre no lo pudo soportar. Con todo lo que se había sacrificado por ella… Todos los sueños.

—¿Y cómo sabía ese tipo poner bombas?

—Le habían echado del TEDAX de Madrid. Un pirado.

Luisa se arrastra por el pasillo enmoquetado de azul del NH hasta la habitación 515. Se sitúa frente a la puerta. Extrae la tarjeta de plástico que le posibilita la entrada a su alojamiento. La pasa por el lector con un gesto rápido de la mano. Una lucecita se ilumina con un resplandor verde. Luisa dobla el picaporte y entra en su habitación.

Luisa se ducha, se enjabona, se quita los churretes de polvo y suciedad. Cierra los ojos y vuelve a su infancia, vuelve a buscar la compañía de su hermano Toni.

Dos niños duermen abrazados en su cama en un espacio de amor y protección. Luisa aferra a su hermano Toni. La niña de repente oye un ruido, se sobresalta, se levanta de la cama y arrastra la mesa de la habitación para colocarla contra la puerta como medida de seguridad.

En su habitación de hotel, Luisa Baeza duerme abrazada a un niño. Es Toni, su hermano pequeño. De repente, Luisa se sobresalta: el pomo de su puerta se gira. Se levanta. Arrastra la mesa hacia la puerta y la coloca allí para bloquearla.

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Un viaje estremecedor a Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 34

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El secreto mejor enterrado de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 34

La inspectora Baeza y el subinspector Aduriz interrogan a Max en su despacho del Gil de Siloé. Max se alegra de ver a la inspectora. Le cuenta temas banales, con un aire cálido, como si Luisa fuera una hija para él.

—¿Por qué autorizaste a que pasara esa furgoneta a Atapuerca, Max?

Luisa entrega la autorización especial firmada por Max permitiendo que pasara el vehículo que llevaba un cargamento de cerveza al yacimiento. Max la lee bajo sus gafas.

Max se confiesa avergonzado y dice que no pensaba decirlo.

—Esto es una investigación de asesinato, es algo muy serio, Max, han matado a una chica de dieciséis años.

Max mira al suelo, suspira y por fin confiesa la verdad.

—Humberto Toribio, un albañil de la sierra que trabajó en la construcción de mi casa, me pidió que metiera a su hija en Atapuerca y lo hice. Me debía un favor. Y me llamó para decirme que me regalaba un cargamento de cerveza para celebrarlo con los chicos —dice—. Fue él quien entró.

Max levanta la mano para parar a Luisa con lo que va a decir.

—Lo sé, hice mal. Yo había dejado el alcohol. Vicky murió y yo lo prohibí en Atapuerca. Pero hemos tenido mucha presión este año. Creí que nos merecíamos un respiro.

Max se encoge de hombros como diciendo: «¿Qué quieres que te diga?».

—¿Dónde estuviste esta tarde, Max?

—En mi despacho, como siempre.

—¿Hay testigos?

—No.

—¿Y por la noche?

—Estuve cenando con Rafael en el Aranda.

El asador Aranda en Burgos era donde comía el equipo de Atapuerca cuando tenía algo que celebrar. Pero este año había muy poco que celebrar.

—¿Conocías a Miriam?

—De vista. Era la sobrina de Jesús.

—¿Nada más?

—Nada más.

—¿La viste esa mañana cuando vino a Atapuerca con su clase?

—Sí.

—¿Viste a alguien extraño esa mañana en el yacimiento?, ¿alguien desconocido?

—Siempre hay desconocidos en Atapuerca.

—Tú ya me entiendes, Max.

—No. No vi a nadie.

El BMW azul cobalto de Luisa atraviesa la carretera que lleva de Burgos a Atapuerca. A los quince minutos de salir de la ciudad, emerge la planicie de los campos de cereal. Aduriz se imagina los tigres dientes de sable, los elefantes, los leones y osos gigantes conviviendo en ese hábitat con los homínidos que fueron sus antepasados. Se estremece con una sensación de placer. Sonríe, ausente, mientras el cielo azul hiriente pasa a cámara rápida por la ventanilla. De pronto se siente tan vivo que quiere gritar.

—¿Has comprobado la matrícula? —pregunta Luisa a Aduriz.

—Sí, es de Humberto.

En el asiento trasero del BMW Lucía toma notas. Luisa mira por el retrovisor a su becaria y frunce el ceño.

—No hables, ni opines, ni hagas nada —le dice Luisa a la becaria.

—Ni respires —añade Aduriz mientras guiña un ojo a Lucía.

La chica sonríe y esconde su miedo.

Llegan a la granja mísera y desangelada de Humberto Toribio, que los recibe malhumorado.

—Ahora venís —les abronca Humberto—, hace meses que espero que echéis a esos cabrones okupas de mi casa.

Humberto tiene otro viejo caserón en Ibeas de Juarros, un pueblo al lado del yacimiento, que unos chicos han ocupado.

—¿Qué hiciste el martes 15 de junio? —pregunta Miguel Ángel Aduriz a Humberto.

—Pues en el tajo, currando como siempre.

Lucía se aleja de ellos. Va a curiosear por la parte de atrás de la granja. Abre la puerta del establo. Estalla. Una fuerte deflagración. Polvo, ruido, metralla. Lucía sale volando.

Luisa, la cara blanca por el polvo y una herida en la frente, atiende a Lucía, que se desangra en el suelo. Miguel Ángel llama por el móvil al 112 y pide una ambulancia.

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El secreto mejor enterrado de Atapuerca

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 33

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Un misterio fascinante en Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 33

Andrea resplandeció con una luz misteriosa que me paró los pensamientos. Su cuerpo enflaquecido de chico, su pelo largo, negro, casi azulado, que se rizaba a ratos, sus ojos negros, esa sensación que emanaba Andrea de que era capaz de hacer cualquier cosa. Era fantástico. Me sentí muy feliz. Aunque había una sombra en esa felicidad que aleteaba como la cola de una cometa. La sombra era mi sensación de no ser lo suficientemente buena para ella. Esa zozobra contaminó el momento de júbilo plácido, esa angustia prevaleció y estropeó la mañana.

Yo había conocido a Andrea en Madrid, cuando ella daba una conferencia sobre sus investigaciones paleontológicas en Atapuerca, en la Facultad de Historia de la Complutense, donde yo estudiaba en contra de lo que esperaba de mí mi familia. Al verla por primera vez, sentí una detonación. Sus ojos llenos de vida y fuerza. ¿Qué significaba aquello? Nada. Era una fantasía. Ella era inalcanzable. Yo era una don nadie. Además, yo me sentía demasiado sola y temía otro fracaso después del desastre con Esteban. Aun así, me permití soñar. Sentada en mi banca, en una clase grande, llena de alumnos ávidos de conocer lo que se cocía en Atapuerca, ese Shangri-La de la evolución humana, tuve unas vívidas y fuertes fantasías sexuales con Andrea de protagonista mientras ella hablaba de análisis de dientes, de extracción de ADN mitocondrial de fósiles humanos, del Homo antecessor, del nivel TD6 de la Gran Dolina, de la secuencia temporal de un millón de años de evolución humana que estaba presente en Atapuerca.

—Somos la especie elegida, pero nuestro tiempo de vida en la Tierra no dura más de tres segundos en las veinticuatro horas de la evolución —dijo Andrea. Sus ojos estaban llenos de emoción.

Minutos más tarde, Andrea captó mi atención y dejé de abrazarla y besarla en el escenario de mi mente cuando tocó un tema más espinoso: ¿estaba equivocado el método de datación de los homínidos encontrados en la Sima de los Huesos? Según el profesor del Museo de Ciencias de Londres, Michael Donovan, sí. Donovan había acusado al equipo de Jesús Sinaloa de distorsionar la teoría de la evolución al datar de forma equivocada dichos fósiles humanos. Según el profesor británico, los humanos hallados en la Sima eran preneandertales y no Homo heidelberguensis, como Jesús Sinaloa aseguraba.

—Donovan mantiene que los restos humanos de la sima burgalesa no tienen los 600 000 años de antigüedad que sostenía Sinaloa, sino 400 000 años.

El corazón me latió muy fuerte. Ardí. Yo conocía a Michael Donovan gracias a mi padre, que había sido profesor de Prehistoria en la Universidad de Málaga y amigo de Michael. Quise hablar, pero no me atreví. La temeridad y la vergüenza se aliaron dentro de mí y me perturbaron. En mi interior pugnaban el ansia de brillar y gustar a Andrea y el miedo a su rechazo. Me callé.

Andrea nos contó que Sinaloa y Donovan estaban inmersos en una guerra científica por su divergencia a la hora de interpretar las evidencias.

Yo flameaba en una hoguera de deseo, me quemaban las llamas de la vulnerabilidad. Iba a levantar la mano para hablar cuando Luis Martín, un chico alto y listo, se me adelantó.

—¿Sí? —preguntó Andrea.

—¿Y de qué parte está usted?

Cualquier otro profesor que excavara en Atapuerca se habría escaqueado con esa hipocresía y superioridad moral que tiene la gente que tiene éxito y no quiere perder esa aura bajo ningún concepto, pero Andrea no. Había algo salvaje en ella. Me di cuenta de que no le importaba quedar mal.

—Yo apoyo la hipótesis de Michel Donovan —dijo relajada y tranquila, radió una suave elegancia al pasearse por la tarima de clase—. El hombre de la Sima de los Huesos no tiene más de 400 000 años. Es un neandertal primitivo. Entre él y el Homo antecessor hay hueco para otra especie.

—¿Y cuál es la teoría de Jesús Sinaloa?

—Cree que los fósiles de la Sima de los Huesos son Homo heidelberguensis y tienen una antigüedad de 500 000 años.

—¿Ya nadie cree que puedan tener 600 000 años, como se dijo cuando descubrieron el cráneo número 5?

—No. Esa datación ya está descartada.

Se hizo un silencio expectante, feliz. Los alumnos estábamos imantados por Andrea Rey.

—Hay una realidad absoluta —añadió—. La Sima de los Huesos es el mejor yacimiento de fósiles del mundo. Es un tesoro. Ningún otro ha dado tantos fósiles humanos y tan bien conservados. La temperatura y humedad en el interior de las cuevas han propiciado la preservación excelente de los restos.

Andrea paseó y sonrió para sí como si le divirtiera un chiste privado.

—Y, bueno, tengo una sorpresa.

Pausa.

—Quiero daros la oportunidad de venir a excavar conmigo a Atapuerca y proponeros un reto. ¿Quién quiere participar?

La miré. Me desmayé.

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Un misterio fascinante en Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Novela negra. Capítulo 31

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El secreto más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como sucede en las mejores novelas negras.

Capítulo 31

2 de junio de 2019. 14 días antes del asesinato. Atapuerca

Los guardias civiles nos guiaron a Andrea, Sebastián, Helena, Manu, Norberto y a mí con los haces de luz de sus linternas por una Trinchera del Ferrocarril silenciosa y extraña, como si perteneciese al planeta Venus. Me maravillé ante ese paisaje magnético que era Atapuerca. Una sensación de reverencia extática me inundó ante todos los tesoros y secretos que contenía en su interior. Sentí su aliento sobrenatural. Estaba en el escenario de un millón de años de evolución humana. No hay un lugar en el mundo como este. Max tiene razón. Es especial.

Andrea, Sebastián, Helena, Manu y yo seguimos a los agentes arrastrando los pies como una procesión triste a lo largo del tubo horizontal de la Trinchera. Norberto cerraba la cuerda de presos, satisfecho en su papel custodio.

En la explanada, ya fuera del yacimiento, Andrea cerró el gran portalón de hierro colado negro con su llave.

Delante de los dos agentes de la Guardia Civil, Norberto alargó la mano y le pidió las llaves de Atapuerca a Andrea. Ella se las entregó con un gesto taciturno y orgulloso. Yo sabía que a Andrea le daba igual porque tenía más copias en casa. Todos lo sabíamos, incluido Norberto, pero participamos en esa charada porque queríamos irnos a casa.

El guardia más alto miró a Norberto. Por un segundo pareció avergonzarse de él. Se dio la vuelta rápido y se dirigió a su coche, donde ya le esperaba su compañero sentado en el asiento del copiloto.

En silencio, Andrea, Helena, Sebastián, Manu y yo, muy juntos, como niños silenciosos y cansados que regresan de un campamento agotador, nos subimos al Land Rover de Max, viejo y hecho polvo. Sebastián se sentó en el asiento del conductor, Manu a su lado, como solía tener costumbre, y Andrea, Helena y yo detrás, sentadas sobre el asiento de cuero granate rajado donde salía una espuma anaranjada como grasa subcutánea.

Sebastián extrajo las llaves del bolsillo derecho de sus Levi’s, arrancó mientras hacía un gesto desvaído de despedida a los agentes. Nadie se despidió de Norberto, que se quedó como un fantasma junto a su coche, un Ford Fiesta rojo. Yo me avergoncé de mis pantalones empapados, me emparanoié por si olía a orina, pero si olía, a Andrea no le importó porque me pasó un brazo por los hombros y se juntó más a mí, cariñosa. Yo sostuve la respiración. Estaba decidiendo si la dejaba o no. «Escucha, Andrea, esto se ha acabado. Nuestra relación… No podemos seguir juntas. Yo tengo una vida en Madrid». Era por despecho, por desengaño, las razones por las que mantenía ese diálogo interior del que Andrea nada sabía. German me besaba y me tumbaba en la cama. Ya era demasiado tarde. Lo hecho hecho está. Aun así, el tormento de la mala conciencia trabajó, lento, en mi corazón.

Andrea me acariciaba detrás de las orejas, en el cuello, sin importar que estuviera Helena, que Sebastián nos viera por el espejo retrovisor, me besó, su lengua de terciopelo chocó contra mis dientes, se mezcló con mi lengua, me penetró. Me excité. Nos seguimos besando buena parte del camino a casa. El corazón me dio un vuelco. La emoción se removió en mi bajo vientre.

En cuanto llegara a casa me daría una ducha, pondría lavadora, qué hambre, mi estómago me daba tirones de hambre. Sin embargo, con cada vibración del Land Rover que devoraba metros de carretera, mi entrepierna se estremecía de deseo por Andrea, mi ansia crecía y crecía, y sentía una ansiedad como la de los heroinómanos por su dosis. Quería llegar a casa ya. Quería quedarme a solas con Andrea y hacerle el amor lenta, suavemente. Los propósitos de dejarla se desvanecieron. Yo cambié de humor. La amargura del desengaño que me había provocado el hecho de que Andrea se hubiera olvidado de mí cuando estaba dentro del túnel se esfumó.

El Land Rover traqueteó por la recta que conducía a la Nacional. Luego Sebastián enfiló hacia el pueblo de Ibeas de Juarros, nos desviamos por el monte antes de llegar al pueblo, cogimos una carretera secundaria para aproximarnos al pueblo de Atapuerca, donde en lo alto de una colina estaba nuestra casa.

Al subir la cuesta, las ruedas del Land Rover chirriaron bajo la gravilla del camino sin asfaltar. Los faros perforaron, con sus haces de luz, la oscuridad.

Atisbé al fondo las casas apagadas de piedra y la espadaña del campanario de la iglesia del pueblo que hendía el cielo. Bajamos del coche, nos sumergimos en el aire algodonoso de la noche. Abrimos el portalón de la casa, aún pintado de minio, color naranja. Vi el caserón con balconadas, bañado en ese aire improvisado y caótico tan propio de Max Rey. Había prestado el chalet a su hija después de que la gente le hiciera la vida imposible en la residencia Gil de Siloé. Andrea nos había invitado a Sebastián, Manu, Helena y a mí a pasar lo que quedaba de verano, una experiencia fascinante, como vivir un verano sin padres a los quince años, una segunda adolescencia en una Arcadia soñada.

Entramos en la cocina y dimos la luz, exhaustos y presos de un hambre voraz. Sebastián salió al porche para coger unas cuñas de leña, luego entró y se dirigió al salón, que estaba frío, destemplado. Una evanescente humedad gravitaba en el aire. Se acercó a la chimenea y con la escobilla y el recogedor limpió la capa de ceniza que cubría la superficie de piedra, rascó y frotó. Yo aproveché para meterme en el baño y quitarme mi ropa mojada, tiritando, presa de un tembleque imposible de contener. La fiebre me subía y a la vez tenía un frío escalofriante. Me metí en la bañera donde tantos baños me había dado ese verano con Andrea mientras nos acariciábamos y besábamos. Oh, ese verano de vino y rosas. Todos los seres humanos deberían vivir un verano como el nuestro una vez en la vida antes de hacerse mayores, tener trabajos, cargarse de niños, antes de olvidarse de cómo eran en su adolescencia, antes de dejar atrás sus sueños y morir.

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El secreto más estremecedor de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Novela negra. Capítulo 29

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Un misterio alucinante en Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como sucede en las mejores novelas negras.

Capítulo 29

2 de junio de 2019. 14 días antes del asesinato. Atapuerca

Mis entrañas dieron un vuelco. La decepción tembló en mi pecho. No había sido Andrea quien se había dado cuenta de que su novia seguía dentro del túnel. Había sido Sebastián. Esa verdad me hizo sufrir más allá de todo límite. No me quiere. No puede estar sola. Por eso está conmigo.

Alguien tiró de la cuerda que llevaba anudada a la cintura. Un dolor punzante me atravesó como una espada. Una fuerza me arrastró hacia atrás, solté la picoleta, mi cabeza rebotó contra el suelo, un alarido de sufrimiento rugió dentro de mí.

—¡Ayyyy, para, ayyy, coño! ¡No tires!

—¿Quién hay dentro? —gritó una voz.

—Yo —dije con un débil hilo de voz.

—Salga usted de ahí, por favor —dijo la voz desconocida, cargada de seriedad.

Su sonido reverberó en las paredes del túnel, luego se extinguió. Respiré. Me sentí sucia, asquerosa. Una criatura salvaje. Extrañas cosas se hacen por amor. La mayoría equivocadas.

—Ya voy.

Me arrastré hacia atrás como un cangrejo ermitaño. Agonicé de deseo por salir de ese agujero, a cielo abierto, y respirar aire fresco. Sentí oleadas de alivio y euforia mientras gateaba hacia el foco de luz. Vi piernas desenfocadas, botas negras, pantalones verdosos, un capacho negro, mazas y martillos en el suelo, luz y vida al final de la abertura del túnel.

Me sobrevino una sensación de esperanza como si hubiera naufragado y por fin pisara tierra firme. Con un último impulso desesperado salí al aire libre, empapada en mi propia orina y mi miedo.

¡Dios, qué gusto! Cielo y tierra. Respiré la noche de verano, deliciosa y dulce. Respiré la vida. Me arrastré sobre el suelo embarrado y me tumbé bocarriba, con la vista en el cielo negro punteado de estrellas amarillas resplandecientes. Una niebla algodonosa flotaba a un palmo del suelo.

Dos guardias civiles ataviados con su uniforme verde, el escudo, con la espada y el hacha dorados cruzados, chalecos amarillos fosforescentes, me escrutaron con una mirada severa. Me fijé en sus pistolas macizas, que colgaban sujetas a su cinto, en sus botas negras de suela gruesa manchadas de barro.

Tosí sin poder parar. Andrea vino hacia a mí con cara de preocupación mientras me ofrecía una botella de agua. Notó la frialdad con la que se la cogía.

Una ira me cegó, una ira como nunca había sentido antes: enorme, dolorosa.

—¿Estás bien? —preguntó Andrea, preocupada.

Asentí sin mirarla.

—A esta también la quieres matar —musitó Norberto. Con un gesto relámpago que yo ni siquiera vi porque me tumbé y volví a boquear bocarriba como una cucaracha inane sobre el suelo negro salpicado de hierba gris, esforzándome para no vomitar, Andrea le cruzó la cara de un bofetón.

—Vale ya —dijo uno de los guardias civiles, interponiéndose entre Andrea y Norberto.

—Te voy a denunciar. ¡Sal de aquí ahora mismo! —gritó Norberto con la mano sobre su mejilla roja como un ladrillo.

—Pareces un minero, Lara —dijo Sebastián mientras me acariciaba la espalda.

—Gracias, yo también me alegro de verte, Sebas.

Mis bronquios expulsaron parte de la porquería que había respirado allí dentro. Tosí y escupí un esputo de flemas negras. La garganta me picaba muchísimo y, cuanto más tosía, como un minero con silicosis, más me picaba.

—¡Ni siquiera es paleontóloga! ¡Lara es una estudiante! —gritó Norberto en un tono altivo, aunque me di cuenta de que estaba a punto de llorar con su cara marcada con la huella ardiente de la mano de Andrea. Me dio pena. Aunque por su tono de voz lo mismo podría haber dicho: «Lara es una mendiga».

Norberto estaba de color escarlata y sudaba a chorros. Detecté un brillo de satisfacción en sus consternadas pupilas cuando conseguí dejar de toser y lo miré. Me dejó de dar pena. Bebí un trago de agua de la botella que Andrea me había dado. Estaba muerta de sed. Me sentí más viva que nunca.

—El túnel se ha derrumbado por la parte de delante —dije.

Andrea me miró como si me viera por primera vez. Me di cuenta de que en ese mismo instante fue consciente del peligro que yo había corrido ahí dentro. Su cara se quedó sin sangre. Buscó mi mirada, pero yo la volví a ignorar, dolida. Con espíritu masoquista, reconstruí muchas cosas que había hecho por ella: abandonar Madrid, alejarme de mi familia y de mis amigos, dejar mi mundo. La decepción me asfixió. El desengaño me absorbió.

—Bueno, aquí hemos acabado. Recojan sus cosas. Y todos para fuera —dijo uno de los guardias.

—¿No los va a detener? —preguntó Seseña.

—No. Son miembros de su equipo. No han cometido ningún delito. Esto queda entre ustedes.

—Pero están aquí sin permiso haciendo algo ilegal. Jesús Sinaloa…

—No, mejor que nos encierren de por vida en la cárcel y tiren la llave —atajó Manu.

—¡La habéis cagado! ¡No me lo puedo creer! De verdad. De verdad. No me entra en la cabeza.

—¿Cómo te va a entrar con un cerebro de tu tamaño? —farfulló Sebastián mientras alargaba su mano grande, dedos largos y delgados, para cogerme de la mano y ayudar a levantarme. Tiró de mí hacia sí. Respiré la noche mágica. Mi corazón latió a una velocidad descontrolada y feliz. ¡Ah, qué bueno era vivir!

—¿Llega tu cerebro a los 1300 centímetros cúbicos? —preguntó Andrea a Norberto.

Me puse a reír de puros nervios. Sentí una alegría balsámica que se expandía en un ligero temblor por mi pecho, que se mezcló con mi decepción amorosa. La pesadilla había acabado. Ya no tenía miedo a morir enterrada. Todo había terminado. Solo quería irme a casa y dormir tres días seguidos sin saber nada de nadie. Solo quería olvidarme del mundo.

Un gran cansancio invadió cada músculo de mi cuerpo. Ahora que todo había acabado, mi organismo se colapsaba. Me destensé. Me avergoncé de mis bragas y mis pantalones mojados por mi propia orina. Pero era de noche. A nadie le preocupaba el estado de mis bragas. Miré hacia arriba. El cielo estaba precioso como un océano negro que emanaba luz.

¡Ahhhhhh! ¡Era maravilloso! Una noche más en el planeta Tierra. Una noche más en Atapuerca. Una noche más de vida.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Novela negra. Capítulo 27

Sinopsis

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como sucede en una novela negra. Los secretos inconfesables de Atapuerca.

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Capítulo 27

Serví una copa de vino Alión para Andrea y otra para mí. Ella se sentó en una silla blanca frente a la mesa blanca redonda donde desayunábamos. Le gustaba beberse una copa de vino mientras me miraba cocinar.

Yo, siempre muy tímida, me escondía en la domesticidad de cocinar, trajinando entre cacerolas y fuegos, entre sartenes y tablas para cortar y cuencos donde hacer el aliño para la ensalada. Tenía miedo a no estar a la altura en Atapuerca. Sabía mucho menos que ellos. Era una principiante a la hora de excavar. Me sentía muy poco competente. Era una estudiante.

Pero cocinar también era una forma de poner un muro entre yo y el mundo, un mundo tras el cual podía ocultarme. Entraron Manu, Sebastián y Helena, recién duchados.

—¿Sospecháis de alguien? —preguntó Helena.

—De esa rata de Seseña.

—Ojalá, pero no tiene móvil —dijo Andrea.

—Ni huevos.

Andrea se angustió. Yo me di cuenta de que toda esa sangre, ese cadáver con la lengua morada y los ojos desorbitados de sorpresa pánica volvían a vivir en su mente.

—Marco. Es el sospechoso evidente —dijo Manu.

—¿Quién? —preguntó Sebastián.

—El novio.

—¿Por qué?

—Trapicheaba en el Gil de Siloé con costo, éxtasis, coca. Tenía un buen mercado.

—Tú misma le compraste un éxtasis —dijo Sebastián dirigiéndose a Andrea—. Con Ana —añadió.

Andrea se sonrojó. Apuró su copa de golpe. Se sirvió más vino.

—Una noche de amor.

—O dos —bromeó Manu.

Sentí unos celos negros, pero disimulé. Sonreí con amabilidad como si no me importara. Andrea se había tomado la droga del amor que te hacía querer tocar y que te tocasen y te llevaba al éxtasis, como su propio nombre indicaba.

—Jesús Sinaloa.

—Me encantaría. Pero no soportaría que la sangre le salpicase y le apartara de la gloria científica —dijo Sebastián.

—¿Y el padre?

—Quique.

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Para vengarse de Carla. Sabe que su mujer le engaña con su propio hermano y…

—Ningún padre haría algo así a su hija —dijo Sebastián y me miró, serio.

—¿Cómo la encontrasteis?, ¿cómo estaba?

Me pareció innoble e inmoral aprovecharme de la atención que recibía por haber descubierto el cadáver de Miriam, pero, a la vez, disfruté muchísimo. Yo pasaba inadvertida en Atapuerca. Había gente mucho más interesante que yo. Yo era la chica de Andrea, poco más, «la concubina» había oído llamarme a Paz, con esa malicia que era marca de la casa. Ahora me dio mucha satisfacción que todos me hicieran tanto caso, que me hicieran tantas preguntas y me escucharan de esa forma concentrada y absorta.

El asesinato de Miriam era lo más emocionante, lo más espeluznante que había pasado en la historia de Atapuerca. Y Andrea y yo habíamos encontrado el cuerpo. Nos habían llamado periodistas de todas partes para hacernos todo tipo de preguntas, pero no habíamos dicho nada. Andrea había apagado su móvil. Yo había hecho lo mismo. Incluso había habido periodistas y cámaras apostados a la puerta de casa. Durante días, Andrea y yo no habíamos podido salir.

—Bajamos a la Sima y estaba allí, muerta. Al principio parecía una película de terror. No era real.

—En Atapuerca es la comidilla, hay un runrún tremendo. No te puedes ni imaginar —dijo Helena, abriendo mucho los ojos mientras ponía la mesa.

—En Atapuerca y en toda España.

—No hablemos más de esto. Me da mal rollo —dijo Andrea en un tono cortante de advertencia.

—Entonces, ¿de qué hablamos?

Yo odiaba el conflicto, odiaba las peleas y las desavenencias, reminiscencia de la exigencia, actitud crítica y severidad con la que me había tratado mi madre durante mi infancia. Me acordé de mi madre, con quien llevaba años enfadada, sin hablarme. Me callé.

—Sí, hablemos de otra cosa —dije.

—¿De qué?

—¿Una copa de vino? —pregunté.

—Sí, gracias.

—Lara debería abrir un restaurante. Así tendríamos que pagar lo que ahora comemos de gañote —dijo Manu.

—Gracias.

Puse una gran olla metálica, también de La Oca, Max debía haber asaltado la tienda cuando fue a Madrid, con agua hasta la mitad, a calentar en el fuego. Las llamas azules bailaron hipnóticas bajo la superficie metálica y emitieron un zumbido tranquilizador, doméstico, que nos envolvió a todos. Tantas comidas juntos, tantas cenas como amigos, en contraste con mis tristes cenas solas calentadas en un cazo rojo desportillado sobre el hornillo que tenía en mi habitación de la calle Canarias en Madrid, donde vivía. Espaguetis carbonara preparados marca Maggi que se quedaron hechos un engrudo asqueroso.

Piqué cebollas y ajos, puse en una sartén un chorro generoso de aceite de oliva, eché la cebolla y los ajos cortados que chisporrotearon sobre el aceite y liberaron agua, bajé el fuego para que no se me quemara el sofrito, acerqué la mano a mi copa de vino y bebí. Estaba delicioso. El Alión sabía a cereza, aroma fresco, potente, con ecos de madera, frutos rojos, confitura de ciruelas, un vino sabroso de taninos dulces, carnoso, que persistía sugerente y misterioso en el paladar. Papá habría estado orgulloso de mí.

Me aflojé de las tensiones del día. Me encantaba cocinar. Cuando lo hacía, me olvidaba de mis problemas.

—¿Quieres otra copa de vino? —le pregunté a Andrea, que tenía una mirada negra.

—No me importaría —dijo Andrea mientras sacaba de su chaqueta vaquera su inhalador para el asma, se lo llevaba a la boca y aspiraba profundamente.

Abrí otra botella de Alión. Su superficie estaba polvorienta y la etiqueta alabeada por la humedad. Tuve miedo de que el corcho estuviese picado, pero cuando la descorché, el vino no olía a vinagre. No estaba picado. Serví una copa de vino a Andrea y se la acerqué.

—¿Te ayudo? —me preguntó Sebastián.

Era maravilloso. El único que se ofrecía a ayudar, siempre tan bueno.

—Sí, por favor, corta los tomates y unos ajos.

Sebastián abrió un cajón de la cocina. Sacó la tabla grande de Max de profesional. Cogió un cuchillo afilado de la barra imantada donde estaban colocados diferentes cuchillos, todos buenos, todos afilados, relucientes sus hojas bajo la luz eléctrica que bañaba la cocina.

Nadie habló. La regañina de Andrea, en plan aguafiestas, nos había cortado el rollo.

—Sin ti, no la aguantaríamos. Tiene un carácter. Siempre lleva razón. Pero Andrea está mejor desde que estás tú —me había confesado Manu una semana antes.

—Vaya, ha pasado un ángel —dijo Helena, que se levantó y se acercó a la encimera para cortar el pan.

Manu seguía ensimismado con su móvil, concentrado en escribir un wasap.

Extraje las lonchas de jamón serrano del paquete, las puse sobre una tabla pequeña. La tabla tenía estrías oscuras y estaba mellada en el borde de la derecha. Corté el jamón serrano en finas y estrechas tiras. Cuando la cebolla y los ajos estuvieron hechos, añadí el jamón a la sartén para que se hiciera y la mezcla cogiera sabor. Casqué los huevos en un plato hondo, los batí con un tenedor, un movimiento enérgico de la mano, un ruido del cristal del plato y el metal de tenedor entrechocándose rompió el silencio, saturó la cocina. Cocí la pasta. Luego eché la pasta, que tenía un poco del agua de la cocción, a la sartén. La receta de los espaguetis carbonara según mi padre. Huevos batidos en vez de nata, jamón serrano en vez de beicon, los ajos eran una aportación mía, ya que siempre me gustaba dar mi toque especial.

—¿Qué serie estáis viendo? —preguntó Manu.

—La pregunta es: ¿qué serie no estáis viendo?
Me acerqué a la mesa de la cocina con la perola entre mis manos enfundadas en unos guantes de cocina rojos, con cráneos de antecessors dibujados. Viva el merchandising.

Serví la pasta humeante en cada plato. Luego, con la cuchara de madera, rebañé el fondo de la olla, donde se acumulaba una capa de cebolla frita y jamón serrano que exudaba una capa de grasa reluciente. Cogí grandes cucharones y los eché en cada plato.

—Gracias.

—Tiene una pinta buenísima.

—Empezad, que se enfría. A ver si os gusta.

Los espaguetis carbonara estaban aún muy calientes, pero deliciosos. Comí con mucha hambre. Era una respuesta biológica de supervivencia. Miré a Andrea. La pillé mirándome. Nos sonreímos. Nos quedamos enganchadas a nuestra mirada.

Andrea tenía unas pupilas ardientes, llenas de vida, y yo también me sentí muy viva. Supe que esa noche haríamos el amor al meternos en la cama como un gesto de confirmación de la vida. Esa anticipación de lo que me esperaba, alegrías y cosas buenas, esa noche que ya ardía dentro de mí, esa expectativa ligera me hizo más feliz que el hecho en sí de lo que iba a pasar dentro de dos horas. Me imaginé su vulnerabilidad y placer mientras ella se corría entre mis brazos.

De inmediato, me sentí mucho mejor, reconfortada por la comida tan rica, el buen vino y la agradable compañía de mis amigos.

—Está riquísimo.

—Qué buena cocinera eres, Lara.

—¿Cuánto nos habría costado esta cena en un restaurante? —preguntó Manu con una sonrisa inocente.

—Con el vino, por lo menos, cincuenta euros por cabeza —respondió Sebastián.

—Qué vinazo. Es espectacular.

—Cuando se acabe la bodega de Max, vamos a tener que cortarnos las venas.

—Y hay tiramisú casero de postre —dije yo, sonrojándome.
—Ah, me encanta el tiramisú —dijo Andrea.

—Lo hice ayer.

—Está mejor de un día para otro.

—Sí, la comida se reposa y está más sabrosa.

—Me gusta más la pasta de un día para otro.

—Pues lo siento, pero no ha quedado nada —dije mientras servía más vino en las copas.

—Gracias a ti no me alimento de sándwiches y patatas fritas de la máquina. Cásate conmigo, Lara —dijo Manu con gesto teatral.

—¡Ja, ja, ja!

—Lara, haces una labor social con nosotros. Nos has salvado del raquitismo.

Parecía impropio disfrutar tanto después del asesinato de Miriam. Su muerte violenta y espantosa estaba aún tan reciente. Pero esa noche todos teníamos miedo y el hablar de banalidades, cenar bien y reírnos era una forma de protegernos.

Ray Donovan, él está muy pasado de rosca, pero me gusta.

Orange Is The New Black —dije yo, tímida.

—Ah, no, coño, esa serie empezó bien, pero se les ha ido la olla.

—El motín de la quinta temporada era un coñazo.

—Y los personajes. Se han cargado a Piper…

—Cuando se volvía gilipollas perdida y se enrollaba con esa del perlo corto. ¿Quién se va a liar con otra tía teniendo a Alex?

—¿Has visto a la Alex Vause real? —preguntó Manu.

—No la veas —respondió Andrea, que había recuperado su buen humor.

Nos reímos.

—Me gusta ver a esos personajes de mujeres latinas, negras, asiáticas, pobres, dementes, que nunca salen en televisión —dije levantándome hacia la encimera para traer la ensalada y el pan.

—¿Solo por eso te mola Orange Is The New Black? —preguntó Andrea, con tono irónico.

No podía decir la verdad: que Andrea me recordaba a Alex Vause, con su melena negra y su inteligencia elegante y sarcástica.

—Me gusta la historia de amor. —Enrojecí.

—Espero que acaben juntas —dijo Helena.

—No creo —dijo Andrea.

Sentí una punzada de dolor.

—Nunca la puedo terminar. Lo siento. Es demasiado para mí.

—Y el sueño de Crazy Eyes de la sexta temporada. Es peor que los sueños de Tony Soprano. Nunca los pude soportar.
—Cuando en Los Soprano salía un sueño de Tony, yo lo pasaba rápido. Menudo coñazo.

—¿Y Mad Men?

—Es muy lenta.

—Pero Don Draper me pone —dijo Helena. Como nunca hablaba, nuestras miradas se centraron en ella.

—Don Draper me recuerda a mi padre. Sus mujeres, su Old Fashioned, su guapura. Aunque papá bebía coñac —dijo Manu.

—¿Sabéis cuando Betty dispara a las palomas?

—Coño, sí. Qué capítulo.

—Está basado en una experiencia real de una de las guionistas.

—El creador, Matthew Weiner, les pedía a los guionistas que tirasen de recuerdos personales para escribir —expliqué.

—También les pedía a las guionistas más guapas y jóvenes que se desnudaran delante de él.

—Una le ha acusado de acoso sexual.

—¿Antes o después de ganar el Globo de Oro? —preguntó Sebastián enarcando sus cejas negras.

Nos partimos de risa. Nuestras carcajadas burbujearon y se elevaron hasta el techo.

Andrea me miró y me sonrió. Yo la miré y le sonreí.
La tensión, la adrenalina, el susto, la ansiedad de los últimos días se desvanecieron en el ambiente cálido de la cocina. Una cena entre amigos. Había pasado una tragedia, pero la vida continuaba. Y ya nos habíamos olvidado de los dolientes. Tenías que comer, beber, defecar, orinar, dormir, hablar. Hacer los miles de actos cotidianos que marcaban las horas de cada día. Dejar pasar el tiempo. A la vez me embargó el horror de saber que una chica había muerto en la Sima de los Huesos y, aun así, la vida continuaba como si tal cosa.

El vino me sentó de maravilla. Se levantó dentro de mí una sensación de euforia llena de luz. Floté sobre los demás, hablé y participé en las conversaciones, cuando lo habitual era que me quedara callada de un modo huraño que a veces los amigos de Andrea interpretaban como hostilidad y rareza, pero para mí solo eran vergüenza y una sensación de no encajar allí. Pero no esa noche. Esa noche me sentí muy feliz.

—Yo veo This is Us y lloro con cada capítulo. ¿Qué queréis? Soy así de ñoña —dijo Helena.

—¿Y tú, Sebastián? —pregunté mientras servía la ensalada de tomate con las tranchas de burrata fresca. Sebastián siempre me intrigaba. Era el que se me salía del guion.

—Yo estoy enganchado a Black Mirror.

—¿Por qué?

—Bueno, en realidad, la serie no me interesaba hasta que vi un capítulo, San Junípero.

—Más vino. —Manu dio una palmada—. Esto se pone interesante.

El Alión tenía un gusto a bosque y a felicidad que me calentó el estómago y me relajó el cuerpo como si saliera de una sauna y me sintiera muy sedada. El mundo se quedó fuera. La amistad y la complicidad se quedaron dentro.

—¿Lo habéis visto?

—No.

—A mí me puedes hacer spoiler. No me importa —dije.

—Una chica muy inocente, con una inocencia muy particular, entra en una discoteca de los años 80 —dijo Sebastián.

—Hostia, lo he visto.

—Calla.

—No sabes muy bien de qué va la historia. Hay algo misterioso. ¿Qué está pasando? La chica, que se llama Yorkie, se fija en otra chica negra muy guapa que baila en la pista. Kelly. Se enamoran. Se nos propone la idea de que existe un sistema de realidad virtual que te permite llevar tu consciencia hasta un pueblo donde juegas con otras personas. Pero luego, en un giro tristísimo, descubres que Yorkie está tetrapléjica. Es una anciana moribunda en el mundo real —contó Sebastián.

—¿Todo es una fantasía amorosa? —pregunté.

—Sí, pero a la vez real. Tu conciencia cree que es real —respondió Sebastián.

—¿Por qué se llama San Junípero?

—Es como se llama el pueblo donde viven. Y hay algo curioso: si mueres, puedes vivir en San Junípero eternamente. Pero los vivos solo están durante cinco horas a la semana.

—¿Como un periodo de prueba? —preguntó Manu.

—Sí.

—Y resulta de lo más melancólico, pero a la vez profundo y romántico. Te preguntas si tú harías lo mismo —dijo Sebastián mientras bebía un sorbo de su copa de vino.

—Yo lo haría. Es maravilloso —dije.

—Yo no. Es como una paranoia. No es real —dijo Andrea.
—¿Qué dices? Es muy real —dije.

—Al final, Kelly, que es una anciana que estaba casada, decide seguir jugando con su amada en su vida paralela cuando muera. Y continuar con su historia de amor. Vivir para siempre en San Junípero. En realidad, el capítulo trata de segundas oportunidades en la vida, de vidas paralelas —añadió Sebastián.

—Qué romántico.

—¿Y ese tiramisú?

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Los secretos inconfesables de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Novela negra. Capítulo 26

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como sucede en las mejores novelas negras.

Capítulo 26

Max Rey vibra de frustración mientras se bebe una copa de Talisker en su despacho. No ha tenido éxito con los libros que ha publicado. Sus tochos son demasiado difíciles, especializados, herméticos. En comparación con él, Jesús ha vendido muchos más ejemplares y ha triunfado en su papel de divulgador de la investigación en Atapuerca.

Ahora, al repasar su carrera y hacer balance del pasado, a Max le asaltan los remordimientos, una profunda sensación de insatisfacción, un asedio de vida malgastada. Se da cuenta, con amargura, de que ha dedicado muy poca parte de su tiempo a investigar, solo un veinte por ciento del total, y demasiada energía a conseguir dinero haciendo la pelota a tipos que desprecia de fundaciones privadas como la Fundación Botín.

Ahora tintinea el color ámbar oscuro del whisky Talisker bajo los hielos y se tortura mentalmente a sí mismo. Neverita de hotel Zanussi solo para hacer hielo y guardar botellas de agua mineral Solán de Cabras en su refugio del Gil de Siloé.

No ha sido un buen padre, ni un buen marido, ni un buen arqueólogo. Una sensación de futilidad le ahoga. Una sensación de que no ha vivido la vida que ha querido. Todo es remordimiento y olvido.

De repente, se apodera de él un sentimiento de finitud. La fiesta se ha acabado. Siempre ha sabido que va a morir, solo quiere trascender por el conocimiento que deje tras de sí. Ese será su legado. Max Rey no cree en Dios ni en el Más Allá.

Pero le amarga ante las puertas de la muerte —es cuestión de tiempo el que el tumor se le reproduzca— tener la impresión de que ha dedicado demasiada atención y tiempo a gestionar un imperio arqueológico en el que solo durante un mes del año, julio, excavan más de doscientas personas de veintidós nacionalidades. Un imperio del que le acaban de echar.

Max Rey se siente muy solo en Atapuerca. Ya nada es como antes. Todo se ha estropeado. Todo se ha ido a la mierda. La ilusión se ha trocado en desgarro y decepción. Su propia gente —que antes lo apoyaba— se ha vuelto en contra de él. Hace tres años vivió un conflicto que hasta le divirtió. Max sufrió un motín de su propio equipo cuando aplicó una praxis organizativa que él mismo había inventado: la pirámide invertida. Una idea de Max para sacudir a los equipos y revertir el orden jerárquico que rige el funcionamiento establecido en la universidad española y en cualquier yacimiento arqueológico. Se trataba de dar la vuelta a la pirámide poniendo en el mando a la base, los becarios de investigación, y en lo más bajo a los catedráticos y profesores titulares.

En la teoría era una perspectiva llena de belleza y posibilidades. El placer de poner bocabajo a la jerarquía, pero en la práctica fue un caos brutal que enervó y desquició a gran parte de su equipo. Su decisión cayó como una bomba racimo en la Dolina. Su gente acumuló rencor contra él y alimentó planes para derrocarle. Su gente. La misma gente que le había ayudado en 1981 a levantar el techo de la Dolina con un martillo neumático, a construir una plataforma de listones de madera. La misma gente que sacó toneladas de sedimento estéril durante años sin lograr nada hasta llegar a los niveles de excavación.

La pirámide invertida fue el principio del fin.

No debería beber, aún está debilitado por la quimio. Pero si se va a morir, prefiere pasar sus últimos meses bebiendo whisky de malta y fumando su pipa. ¡Qué más da, coño! La muerte es larga. La vida es efímera y frágil.

Max da vueltas obsesivas a la certeza de que, si se muriese ahora mismo, Jesús se alegraría. Quién lo iba a decir, con lo que se querían antes. Es increíble cómo se deterioran las relaciones y se corrompen los grupos de amigos. Sabe que Jesús, Norberto y Paz lideran un movimiento en la sombra para expulsarle de Atapuerca de forma definitiva. No quieren que vuelva por allí el verano que viene. Duda de Rafael, pero aún pone la mano en el fuego por él.

Sin embargo, Max se resiste como gato panza arriba a irse de su yacimiento. Lo echarán de allí, pero antes sus enemigos, antes amigos, tendrán que pasar sobre su cadáver.

—No sirvas a quien sirvió ni pidas a quien pidió —rumia Max mientras abre la neverita, coge hielos de la bolsa que guarda en el congelador, extrae unos cuantos y los echa en su vaso de boca ancha. Se sirve cuatro dedos más de Talisker. Bebe. La embriaguez le afloja los músculos y los recuerdos.

Atapuerca es puro conflicto, reino del deseo y el sufrimiento, donde se consolidan los impulsos humanos de los que nos aconseja desapegarnos el budismo: ambición, reputación, deseo. Es maya, la ilusión de la que hablaban los hindúes, el matrix de una falsa realidad de lustrosa quincalla creada por el ego y sus ansias de posesión y reconocimiento.

En la vida real, Atapuerca tiene éxito. Es más, Atapuerca muere de éxito. Ha ganado lo que ningún proyecto científico en España ha ganado. A Jesús y a él solo les queda ganar el Premio Nobel.

Pero Max se quiebra en un desgarro de melancolía. Oh, Miriam, Miriam, pobrecita, su amor, su cariño. ¿Por qué ha tenido que morir Miriam, a la que ama sobre todas las cosas? Si creyera en Dios, le escupiría en la cara.

No hay consuelo ni esperanza. Solo vengar a Miriam. Por una vez siente que es más lo que le une a Jesús Sinaloa que lo que le separa.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 25

Sinopsis

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como sucede en las mejores novelas negras.

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Capítulo 25

Jesús Sinaloa espera a la inspectora Baeza y al subinspector Aduriz a las faldas de la Dolina. La cueva tiene diecinueve metros de estratigrafía y once niveles geológicos. El nivel inferior está compuesto por sedimentos finos de la caverna cuando se encontraba cerrada. En el segundo nivel hay bloques desprendidos del techo y las paredes, guarnecidos por una capa de suelo estalagmítico.

Desde el tercer nivel al sexto se despliegan siete metros de estratigrafía compuestos de grava, bloques de roca y arcilla. Humanos y carnívoros devoraban sus presas allí. Una pared de roca divide la parte baja del relleno.

En el séptimo nivel se marca el cambio de la polaridad magnética. Establece la frontera entre el Pleistoceno inferior y el medio. Cuando se formó corría el agua por la Dolina. El nivel octavo data de hace 600 000 años. Mide tres metros. Está compuesto de grava y bloques con escasa arcilla. El nivel noveno es fino y está formado de arcilla y guano de murciélago. En el décimo la cueva se abre como una gran tarta. En el undécimo nivel, la Dolina queda rellena.

Desde la explanada de la Trinchera, la excavación es invisible. Solo se ve una gran pared de roca y el borde del talud bajo el cielo azul. El equipo excava en el antiguo techo de la cueva.

Cueva Mayor está cerrada y precintada como escenario de un crimen. En Atapuerca se ha decretado una semana de luto y se ha interrumpido el trabajo.

—Hola.

—Buenas tardes.

—¿Qué tal está? —pregunta Aduriz.

—Se puede imaginar —dice Jesús.

—Sentimos mucho su pérdida. Le damos nuestro pésame —dice Aduriz con cortesía.

—¿Le puedo hacer unas preguntas? —inquiere la inspectora Baeza.

—Sí.

—¿Dónde estuvo desde las dos de la tarde el martes 15 de junio? —pregunta Luisa.

A las dos de la tarde fue la última vez que vieron a Miriam. La adolescente comía bajo la gran carpa blanca de Atapuerca, una cantina improvisada donde almuerza el equipo de paleontólogos, botánicos, biólogos, geólogos, paleoantropólogos. De repente, Miriam se levantó de la mesa y desapareció camino de su muerte, camino del mar de negrura, de dolor y violencia que la esperaba.

—Comí en Atapuerca. Y luego fui al laboratorio. Estamos reconstruyendo un nuevo cráneo que hemos encontrado en la Sima. Es un verdadero puzle —contesta Jesús.

—¿Alguien le vio en el laboratorio? —pregunta Aduriz.

—Mi ayudante. Antonio López.

Sinaloa ya había hablado con Antonio para que le diera una coartada. Él había dicho que sí. Siempre decía que sí a todo.

—Como le he dicho, intentamos pegar varias piezas del puzle del cráneo del neandertal primitivo que encontramos la campaña pasada —contesta Sinaloa.

Ah, Jesús ya no decía que era un Homo heidelberguensis, piensa Luisa.

—¿Hasta qué hora estuvo allí?

—Hasta las ocho.

—¿Y luego qué hizo?

—Un momento. ¿Soy sospechoso?

—No se le acusa de nada, señor Sinaloa. Solo son unas preguntas.

—Está bien. Disculpe. Estoy pasando muy mal momento —dice. Luisa se fija en que le tiembla el párpado izquierdo por la tensión nerviosa.

—¿Qué relación tenía usted con su sobrina?

Jesús Sinaloa se quiebra. Sus ojos se humedecen y su cara se contrae de dolor.

—La quería mucho. Era la niña de mis ojos.

—¿Y sabe si Miriam tenía algún problema en casa o en el instituto?

—Un novio que no les gustaba a sus padres. Es lo único que sé.

—¿Cómo se llama?

—Marco.

—¿Es alumno del instituto?

—Sí, un compañero de clase.

—¿Por qué no les gustaba a sus padres?

—Trapicheaba con drogas, llevaba a Miriam por mal camino. Era un bala.

—¿Marco estuvo en la visita a Atapuerca?

—No le vi.

—¿Quién tiene las llaves de Portalón? —pregunta Luisa.

—Max, Rafael, Antonio López y yo. Y Andrea.

—¿Es el único acceso a Cueva Mayor?

—Sí.

—¿Quién sabía que los chicos iban a visitar el yacimiento?

—La profesora de Biología, sus padres, yo, el director del instituto, seguridad. Y otros profesores, me imagino. Los alumnos celebraban la semana de la ciencia.

Se remansa un silencio incómodo.

—¿Me puedo marchar ya? Mariano cerrará tras irse ustedes.

—Una última pregunta.

—¿Sí?

—¿Quién tiene acceso a las herramientas que utilizáis en Atapuerca?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Novela negra. Capítulo 21

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El secreto inconfensable de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 21

2 de junio de 2019. 14 días antes del asesinato. Atapuerca

—Alto.

—Para.

—Guardia Civil, documentación, por favor.

—¿Qué estáis haciendo ahí? —una voz chillona alzó el tono para darse importancia. Reconocí la voz de torpe soberbia de Norberto Seseña, director de la Gran Dolina.

—Nada que a ti te importe, valiente —respondió Andrea.

—Documentación.

—Somos del equipo. Este señor está loco. Nos conoce perfectamente.

—El señor Seseña asegura que unos intrusos han entrado de forma ilegal en Atapuerca —dijo otra voz masculina.

—No es verdad, agente —dijo Sebastián. Reconocí su voz elegante como si él flotara a diez metros sobre el suelo—. Pertenecemos al equipo de excavación de la Gran Dolina.

Me imaginé que Sebastián señalaba a Andrea.

—Su padre es Max Rey —dijo.

—Ah, Max, sí, claro —dijo el guardia civil.

El agente quería acabar su turno ya para irse a su casa.

—En todo caso, estas no son horas de excavar, señores —dijo la voz de otro guardia civil.

—¿Quién lo dice? —dijo Andrea, testaruda.

Cortó Sebastián.

—En eso le concedo que tiene usted razón, agente. Ya nos íbamos a casa.

Sentí un alivio inmenso al darme cuenta de que algo había pasado fuera, alguna catástrofe externa a mí, algún desastre del que yo no tenía ninguna responsabilidad que iba a parar la locura en la que estaba inmersa.

Distinguí, entre la algarabía de voces, el tono chirriante, alto, indignado y falaz de Norberto Seseña. Me estremecí de placer. Nos habían descubierto. Por fin.

—¿Qué estáis haciendo?, ¿quién os ha dado permiso para excavar aquí?, ¿qué? —Hizo una pausa teatral—. ¿Qué demonios estáis haciendo?

Me di cuenta de que Seseña había querido decir: «¿Qué cojones estáis haciendo?», pero se había inhibido por su devota reverencia a la autoridad. Cobarde como una rata. Cagón. Le complacía rendir pleitesía a los que tenían algún poder, por mísero que fuera. Sin embargo, nunca me había alegrado más de oír su voz de cortesano hipócrita. Esta vez el muy idiota iba a salvarme la vida.

—Ya verás cuando se entere Jesús —dijo Seseña.

—Corre a chivarte a papá —farfulló Sebastián.

—Una salvajada contra nuestro proyecto científico. ¡Un atentado! ¡Sin permiso!

—Uy, qué miedo.

Norberto añadió, compungido, pero en el fondo encantado, que nos había pillado haciendo un acto de terrorismo científico como si los guardias civiles fueran agentes de la NSA.

—¡Fuera de aquí! —repitió Seseña. Me imaginé su figura enana, llevaba botas con alza, saltando sobre el suelo terroso salpicado de hierbajos y aulagas amarillas.

—¿Quién lo dice? —intervino Manu, nervioso.

Me di cuenta de que Manu aparentaba seguridad en su tono, pero la voz le temblaba.

—Yo lo digo —terció Norberto.

—¿Y quién eres tú?

—El jefe.

—Judas —atajó Andrea.

—Un jefe ilegítimo. Yo no reconozco tu autoridad —dijo Manu.

—Yo tampoco —se sumó Andrea.

—Yo tampoco —dijo Sebastián—. Roma no paga a traidores —sentenció.

—Yo tampoco —grité mientras gateaba hacia atrás con ansia pánica por salir de esa ratonera antes de que se me cayera encima. Me costaba mucho esfuerzo moverme. Era por la falta de oxígeno. Me mareé.

—Largo de aquí. No volveréis a excavar en Atapuerca en la vida, ¡terroristas! —la voz empapada de triunfo disfrazado de indignación de Seseña resonó en la sierra de la Demanda.

—Yo tampoco —grité otra vez, deseosa de apuntarme un tanto de cara a Andrea, sin mayor riesgo por mi parte. Solo quería salir de esa trampa mortal cuanto antes. Pero otro hilo de tierra del techo me cayó sobre el pelo. Noté un bicho que se movía en mi cabeza. Chillé y me revolví mientras me manoteaba la cabeza. Me toqué, histérica, el pelo con las manos. Algo vivo me picaba y recorría mi cuero cabelludo. Palmoteé mi cabeza hasta que el bicho cayó frente a la luz frontal de mi casco. Era una cucaracha gigante, negra, que revolvía sus patas bocarriba. ¡Qué asco, coño! Qué angustia estar metida ahí dentro.

Pero tenía que tener un extremo cuidado, moverme muy despacio. Cualquier movimiento brusco, cualquier golpe tonto podía hacer que el túnel se cayera sobre mi cabeza. Consciente de que me estaba jugando la vida por algo que no me importaba —yo solo estaba enamorada de Andrea y lo hacía por ella—, me sentí al borde del desmayo. Hiperventilé. Se me secó la boca. El estómago me dio un vuelco.

El oxígeno era cada vez más escaso. Podía caer en un estado de hipoxia y derrumbarme inconsciente en cualquier momento.

—A mí nadie me echa de Atapuerca, y menos tú. No hay huevos, Seseña.

—Me sacas de aquí con los pies por delante.

—Oh, Brutus, ¿tú también, hijo mío? —dijo Sebastián.

—Lo que habéis hecho es un delito, un crimen. ¡Menudos paleontólogos estáis hechos! —un desprecio viscoso como la tripa de una serpiente.

Sus gritos subieron in crescendo y resonaron en la sierra plácida y negra. Sebastián cortó a Seseña:

—Venga, que te estás corriendo de gusto, Norberto.

—No te permito que me hables así.

—Corre a contárselo a papá.

Coño, muy bien, pero nadie se acordaba de mí, que seguía dentro del estrecho pozo horizontal que conectaba la Galería con la Gran Dolina. La luz frontal del casco de espeleología parpadeó, aleteó como una mariposa lumínica herida y, por fin, se apagó. Oscuridad total. Pavor absoluto. Olor mineral.

Grité de miedo, un miedo físico, táctil como melaza negra en mi cerebro, un miedo que subía en forma de descargas eléctricas, en frías ráfagas desde mi estómago. «Voy a morir. No respiro».

Los guardias civiles bufaron de hartura y cansancio. Se dieron cuenta de que esto era una pelea privada entre los miembros del equipo de Atapuerca. Ellos allí no pintaban nada.

—Cállate —dijo Norberto.

— Puto Judas —murmuró Andrea, quien, de pronto, estalló en carcajadas, que reverberaron en la Trinchera del Ferrocarril.

Su risa nerviosa se contagió al resto del grupo. Los guardias civiles hicieron un esfuerzo para no reírse.

—Por favor, que yo sigo aquí. Sacadme, cabrones —quise gritar.

Pero la voz no me salió. Mi boca no me respondía. Era una criatura que respiraba aire contaminado, aterrorizada, en medio de la oscuridad mortuoria que me rodeaba.

—¡Joder, que Lara está ahí dentro! —gritó Sebastián.

—¡Ya ha pasado más de media hora! —dijo Helena.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 24

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El secreto más terrible de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como sucede en las mejores novelas negras.

Capítulo 24

Cuando la inspectora Luisa Baeza llega a las faldas de la Gran Dolina, se estremece de nostalgia. El pasado le sale al encuentro. Aquel verano.

Luisa gira la cabeza y descubre a Toni, su hermano de seis años, que la mira con ojos melancólicos. La culpa arde dentro de ella.

—¿Ya te has olvidado de mí? —pregunta el niño mientras coge de la mano a su hermana mayor.

—Eso es imposible.

—Perdone. ¿Dice usted algo? —pregunta Aduriz.

Desechos mentales, jirones de recuerdos, imágenes dispersas, percepciones desvaídas cruzan la mente de Luisa. De repente, Aduriz le coge el brazo. Ella se sobresalta.

—¿Estás bien?

—He estado mejor.

Luisa siente una sacudida de pánico, de histérico miedo a la muerte, y vuelve a la realidad. Los bordes del túnel que atraviesa la montaña, las mallas sobre las paredes para evitar desprendimientos. Luisa se fija en los andamios que escalan la trancha de piedra y sedimento vertical de la Dolina.

—¿Por qué hay tanto conflicto entre Max y Jesús? —pregunta Luisa.

—Ambos tienen dos concepciones muy diferentes a la hora de dirigir el yacimiento. Max es más político, con sus teorías marxistas y materialistas que aplica a la investigación. La socialización de la tecnológica, que no seremos humanos hasta que no compartamos los conocimientos sobre la innovación técnica. Jesús es más científico, más presentable, más vendible. No quiere saber nada de política, y menos aún política de izquierdas. Eso ha creado un conflicto entre los dos por sus formas diferentes de entender la evolución humana.

—¿Dirías que en Atapuerca hay dos clanes?

—Sí.

—¿Cuáles?

Aduriz se siente incómodo. Luisa sabe mucho más que él de Atapuerca. Tiene la sensación de que ella lo está examinando. Finge una mayor despreocupación, una actitud relajada y tranquila. Aunque tiene ganas de preguntar a Luisa qué se siente al creerse siempre más lista que los demás. Sí, se lo dirá cuando estén a solas. Le dirá que no le trate como a un becario.

—Ha habido dos clanes desde el principio: el clan catalán, que lidera Max Rey, que incorpora a muchos profesores y becarios de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, donde él es catedrático de Prehistoria, y el clan madrileño, que domina Jesús Sinaloa, que agrupa al equipo que trabaja con él en la Universidad Complutense y el CSIC de Madrid.

—Se odian. Típico de la universidad y la paleontología.

—¿Por qué?

—Hay mucho ego.

—Como en la policía entonces.

—Sí. Nos peleamos por el poder, el dinero, el prestigio.

—Por el amor.

—Eres un romántico, Aduriz.

Un silencio mineral, de otro mundo, los acompaña. Luisa echa de menos los sonidos tan característicos de las mazas y los martillos golpeando los destornilladores para extraer los fragmentos de sedimento. Volvió a 1987, cuando Max voló el tapón que conectaba Tres Simas con la Galería. Treinta kilos de anagolita, nitrato amónico con una mezcla de 5,6 % de fueloil. Le ayudó el Regimiento de Ingenieros número cinco de Castrillo del Val.

—¿Algún conflicto más que deba saber?

—Max Rey quiere hacer otra cata hasta el TD6 para encontrar más cráneos de Homo antecessor. Está picado porque su supuesta nueva especie de homínidos está en entredicho. Jesús Sinaloa se opone. Cree que la Dolina se podría derrumbar si se hace otra cata hasta el nivel donde está el antecessor. La gota que colmó el vaso fueron dos muertes de dos estudiantes durante la campaña pasada por un derrumbe en la Dolina durante una semana en la que llovió mucho.

—¿Qué pasó?

—Hubo un corrimiento de tierras por la lluvia.

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El secreto más terrible de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 23

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El secreto más espeluznante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 23

Atapuerca es un yacimiento en Burgos que conocen incluso los que no saben nada de paleontología. Es uno de los proyectos científicos más importantes, prósperos y famosos de España. Los yacimientos fueron declarados Patrimonio de la Humanidad en el año 2000 por la Unesco.

Por la mañana, la inspectora Luisa Baeza conduce su BMW color azul cobalto desde Burgos a Atapuerca. A su lado está sentado el subinspector Miguel Ángel Aduriz. La carretera se extiende ante ellos como una tira de regaliz infinita.

—¿Puedo poner música? —pregunta Aduriz.

—No —contesta Luisa.

—¿Estás bien?

—He estado mejor.

Vale, Luisa le va a hacer la vida imposible. No le importa. Él no es ningún niño. «Quien piensa que te castiga en realidad te beneficia», piensa.

—Te pones muy guapa cuando te cabreas conmigo

 —Es por eso por lo que siempre estoy cabreada contigo.

—¡Ja, ja, ja!

—Por cierto, micromachismo.

En los márgenes del campo crece la avena loca de color rubio salpicada de amapolas. El sonido de los grajos. El contorno azulado y majestuoso de la sierra.

—¿Estás bien? —pregunta Aduriz.

—Estaría mejor si no me lo preguntaras cada cinco minutos.

Cuando Luisa y Aduriz llegan a Atapuerca, ella le dice a su subordinado que no avise ni a Max ni a Jesús. Quiere llegar por sorpresa.

La inspectora Baeza extrae del chaquetón una llave grande. La introduce en la cerradura del gran portalón negro de hierro colado que da acceso a Atapuerca. Gira la muñeca, empuja la puerta, esta se abre.

—Vaya, todavía funciona.

Luisa saluda a la cámara que graba desde el poste más alto.

—Hola, Jesús.

—¿Tú te criaste aquí? —pregunta Aduriz mientras los dos se adentran por la Trinchera del Ferrocarril, donde reina un silencio sonoro. Es un desfiladero fascinante, un tajo que corta la sierra en dos. Las paredes altas y negras con vetas blanquecinas. Piedra caliza. Los andamios se clavan en el flanco de la derecha de la Trinchera.

—Sí. En el bar Los Geranios.

 Se hace un silencio incómodo entre Luisa y Aduriz mientras avanzan como dos gatos sigilosos por esa garganta de roca caliza gris y blanca que a la inspectora le recuerda a las Termópilas, aunque nunca haya estado en Grecia.

—Si no supiera nada de Atapuerca, si nunca hubiera estado aquí, ¿qué me contarías? —pregunta Luisa.

—El yacimiento funciona como un triunvirato en el que reinan tres machos alfa, tres masters and commanders: Max Rey, Jesús Sinaloa y Rafael Espejo. De entre ellos, primus inter pares, el rey es Max Rey, que domina la Gran Dolina y Atapuerca por méritos propios. Hasta hace quince días, cuando Max perdió el poder.

—¿Por qué lo perdió? —dice Luisa.

—Porque Salazar, presidente de la Junta, pidió su cabeza a cambio de dar dinero para la campaña de excavación del año que viene.

—¿Por qué Max dominaba hasta entonces?

—Fue el primero que llegó de la mano del catedrático de Prehistoria Antonio Castro en 1974. Luego Max trajo a Sinaloa y a Espejo a Atapuerca. Y lo más importante: durante veinte años lideró en la derrota en la Gran Dolina. Campaña tras campaña motivó y animó a su equipo cuando no sacaban nada más que polvo de esa excavación arqueológica. Supo, a fuerza de obsesión, entusiasmo y voluntarismo, arrastrar a su gente, verano tras verano, a seguir trabajando en Atapuerca pagándose ellos mismos todos los gastos.

 —Es un mesías.

—Algo así. Aunque ahora está de capa caída. Max ha perdido su poderío desde que murió Vicky Salazar.

—¿La hija del presidente de la Junta?

—Sí.

—¿Se investigó la muerte de Vicky?

—Sí, pero se determinó muerte accidental. La chica había tomado ayahuasca. Se tiró desde lo más alto de la Dolina durante una fiesta en la que celebraban el fin de campaña.

—Quería volar. Pobre desgraciada.

—Pues sí. El asunto causó bastante revuelo aquí. La prensa se cebó. Que si se organizaban orgías en Atapuerca, sexo, drogas y rituales.

—Me lo imagino.

 —El caso es que Jesús quería echar a Max de la dirección de Atapuerca desde entonces y lo ha conseguido. Fue la gota que colmó el vaso. Además, Jesús considera que la presencia de Max perjudica el proyecto científico. Sinaloa también esgrime razones políticas porque Max es catalán independentista, de la CUP.

—Manda huevos —dice la inspectora Baeza.

—Son muchos los que creen en Atapuerca que por culpa de Max tienen bloqueado gran parte del acceso al dinero público, que fluiría mucho mejor si él no estuviera. Además, Max tiene nula mano diplomática y no oculta su enfrentamiento con el PP en la Junta. No se levantó delante de una bandera española.

—Genio y figura.

—¿Lo conoces?

—Sí. Pero no sé si lo conozco de verdad. Creo que nunca se conoce a alguien de forma profunda. Max oculta muchas cosas y solo deja ver lo que él quiere.

Luisa Baeza le esconde al subinspector mientras caminan a paso vivo por la Trinchera de Ferrocarril que de niña cada noche había rezado a Dios pidiéndole que Max fuera su padre. Le rogaba a su Creador despertarse una mañana y descubrir que Max ocupaba el lugar de su padre, quien jamás le había dado una muestra de cariño, un beso, una caricia, que jamás le había dicho una palabra bonita. Su padre se emborrachaba y se convertía en el Monstruo. Decía incoherencias, pedía su comprensión, se mostraba sensiblero y patético. Luego se ponía agresivo con ella, con Toni y con su madre. Cuando Luisa defendía a su madre en las brutales broncas que tenían, su padre gritaba:

—Esa es un hueso.

«Esa» era Luisa. También era «la idiota», «la inútil», «la subnormal». Su padre jamás la llamaba por su nombre.

Cuando cumplió los quince años, cinco años después de la desaparición de Toni, Luisa se enamoró de Max Rey como quien se agarra a un clavo ardiendo. Lo seguía como un perrito por toda Atapuerca. Era la persona más carismática y entusiasta que Luisa había conocido en su vida. Max reconoció la inteligencia de la adolescente, la animó a estudiar y la empotró en su equipo de la Dolina enseñándole teorías de evolución humana y técnicas de excavación sobre el terreno. Max hizo que Sebastián cuidara de la niña y la ocupara haciendo algo útil.

Luisa vivía durante todo el año para el mes de junio, cuando empezaba la campaña en Atapuerca. Sobrevivía durante todo el año con la perspectiva ilusionada de participar en prospecciones, muestreos, retranqueos, catas, excavaciones en extensión durante el verano.

—En un solo verano aquí se han descubierto restos de neandertales de hace 300 000 años y fósiles de un millón y medio de años.

Cuando su madre le dijo a Luisa que no había dinero para estudiar, que tenía que ponerse a trabajar y aportar fondos a casa, Luisa masticó su orgullo, se tragó su pena y se apuntó a la Academia de Policía mientras trabajaba de camarera en todos los bares y restaurantes de Burgos. Su madre no le perdonó ni su talento ni el que tuviera un horizonte más radiante fuera del agujero en el que vivían. Ahora Luisa se clava las uñas en la palma de su mano derecha para dejar de pensar en su madre y todas las humillaciones que ha sufrido desde niña. Ha enterrado su infancia. Pero el pasado siempre te alcanza cuando ya creías que le habías dado esquinazo. El tiempo es más inteligente que tú. «Nadie se va de esta vida sin susto ni muerte», pensó Luisa.

«No pienses». Aduriz la miró, extrañado. ¿Se daba cuenta de que se empequeñecía cuando su mente la torturaba de esa manera?

«¿Por qué no has muerto tú? —le gritó su madre en el oscuro apartamento de Rota—. ¿Por qué Toni?».

El ambiente destila una cualidad sagrada. Un escalofrío recorre la espina dorsal de Luisa. La Trinchera se corona de encinas y quejigos, arbustos, matorral, hierbajos traslúcidos a la luz tibia del sol de las nueve y media de la mañana. Pasan al lado de la Sima del Elefante, cuya boca da al valle del río Pico.

 —Antes Max y Jesús eran muy buenos amigos —dice Luisa—. Desde hace años se llevan a matar. Max acusa a Jesús de deslealtad.

—No hace falta que Jesús eche a su mentor. Max se jubila este año de su puesto de catedrático en la universidad y lo lógico es que salga de Atapuerca.

—Sí. Pero Max sabe la prisa que tiene Sinaloa por quitárselo de encima y lo de irse de aquí y dejar paso a la sangre joven no lo va a hacer. Se ha ido de la Dolina, pero sigue manejando los hilos en la sombra.

—Solo por joder.

—Sí.

—¿Qué tal se llevan los equipos de la Dolina y la Sima de los Huesos?

—De cara a la galería, bien, en realidad fatal. Son enemigos. La Sima la dirige Jesús. Norberto Seseña manda en la Dolina. Es raro. Esta campaña arrancó antes, a mediados de mayo, cuando siempre suele empezar en julio, cuando acaba el curso en la universidad.

Dejan atrás la Galería, que adopta la forma de una sala con un techo horizontal. Le falta un gran trozo en el lado sur. Antes era un torcal. En la pared amarronada y roja hay orificios hechos para datar los fósiles y las herramientas. Los grandes picotazos en la pared se hacen para calcular la antigüedad de los hallazgos. Se tiene como referencia el último cambio de polaridad magnética, que fue hace 780 000 años. La antigüedad máxima de los fósiles es esa porque la polaridad magnética sigue siendo la actual. La datación fósil se realiza analizando los espeleotemas de la Galería con métodos físicos centrados en los isótopos de uranio que se aplican en estos carbonatos. También se utilizan los análisis del espín electrónico y las series de uranio. Los espeleotemas se crearon hace 200 000 años.

La unidad uno de los sedimentos tiene un color claro. La unidad dos tiene una tonalidad de arcilla roja.

La Galería era una trampa mortal donde caían cérvidos, caballos, humanos. Los homínidos descuartizaban la pieza. Luego abandonaban el tronco y la cabeza en la cueva. Solo se llevaban las partes más carnosas.

—Jesús también aprovechó que Max estaba enfermo de cáncer. Un momento de debilidad —añade Aduriz.

—A Jesús Sinaloa se le ve el rabo.

—¿Le conoces?

—Sí.

—¿Qué opinas de él?

—Que vendería a su primogénito por una portada en Science.

—Ya. La verdad es que es un asunto bastante turbio. Traición. Engaño. Deslealtad.

—La tríada.

—¿Pero un móvil como para que Max asesine a la sobrina de Sinaloa?

—No lo sé.

—¿Jesús tiene hijos?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 22

En las mejores novelas negras hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Capítulo 22

Por la noche, Luisa se dio un baño muy caliente en la bañera de su habitación del hotel NH disfrutando de su intimidad mientras bebía a pequeños sorbitos su vaso de whisky Macallan de veinticinco años. Se le aflojaron los músculos. Se sumió en un letargo semicatatónico. Sudó mientras el whisky le calentaba el estómago iluminando sus venas, haciendo de vasodilatador.

No pegó ojo hasta las cuatro de la mañana. Se entregó a una sesión de silenciosa masturbación. Cuando Luisa presintió el clímax, arqueó la espalda y se rindió a oleadas de placer que le sumieron en un éxtasis desfallecido, muy dulce.

Gritó en la soledad de su habitación de hotel austera y moderna:

—Sebastián, Sebastián.

La noche se comió el nombre del hombre del que Luisa había estado enamorada desde que guardaba memoria.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 20

Sinopsis

El crimen más misterioso de Atapuerca. A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 20

Durante la autopsia, Laura Rojas, la forense, explica a la inspectora Baeza que la víctima murió de un traumatismo craneoencefálico. Hematoma cerebral y hemorragia intracraneal. Además, Miriam tiene múltiples heridas contusas y fracturas craneales y faciales.

 —Ya sabes que a veces con fracturas estrelladas craneales es difícil determinar el arma homicida. No en este caso. Tiene fracturas hundidas que apuntan a un martillo, maza, como posible arma —dice la forense mientras le practica a la víctima una incisión en i griega. Miriam tiene otro corte limpio que va desde la barbilla hasta la pelvis.

Luisa pregunta si hay indicios de agresión sexual. La forense dice que no. No hay marcas abrasivas ni rojeces en el órgano sexual de la víctima que indiquen violencia. Pero sí ha encontrado fluidos en su vagina, posible semen, que ha enviado a analizar al laboratorio, añade.

—Y en las heridas hay restos sólidos que me han llamado la atención: restos de piedra caliza, trazas de cuarcita —dice Laura.

—¿El arma se pudo utilizar en el yacimiento para excavar?

—Sí, es posible. ¿Habéis encontrado el arma homicida? —pregunta Laura.

—No —contesta Luisa—. ¿Hora aproximada de la muerte? —pregunta la inspectora Baeza mientras da vueltas en torno a la cama metálica donde yace el cadáver de Miriam. La violencia y la muerte la han dejado vacía, solo una cáscara sin alma, le han arrebatado su resplandeciente belleza.

En ese momento, la inspectora Baeza se alegra de no haber tenido hijos. Se ha librado del máximo dolor que se puede sufrir en la vida.

—Entre las dos y media y las cinco de la tarde. ¿A qué hora la encontraron?

—A las doce y media de la noche.

Laura se dirige al cadáver y señala con su mano cubierta de guantes azules el pecho derecho de Miriam. Una mordedura ovalada, marcas dentales púrpuras y negras.

—¿El mordisco es del día que la mataron? —pregunta la inspectora Baeza.

—Sí.

—¿Podemos estar seguras?

—La clave está en los leucocitos. Cuando una persona sufre una herida, el cuerpo se defiende y produce glóbulos blancos para protegerse. La cantidad de leucocitos indica que se trata de una herida perimortal.

—Cerca del momento de la muerte.

—Sí. El organismo reaccionó muy poco. El asesino la mordió.

—¿Se puede identificar a una persona por la huella que deja una dentadura?

—Si tienes suficientes puntos de contacto, sí, y claro, el cotejo con el molde dental del agresor. Aun así, como sabes, hay mucha controversia científica.

—Y más te vale que el perito odontólogo forense sea bueno, ¿no?

—¿Y lo es? —pregunta Laura.

—No lo sé.

 —Y hay algo más —añade la forense—. La tomografía computerizada ha revelado una densidad extraña en la nariz.

—¿Como si el asesino le hubiera metido algo? —pregunta Luisa.

—Vamos a comprobarlo —dice Laura.

La forense coge unas pinzas largas. Las mete en la nariz del cadáver de Miriam. Extrae una figurita de papel color púrpura que coloca dentro de una bolsa de pruebas, que firma, data y cierra.

—¿Qué es? —dice Luisa.

—Parece un origami. Mi hija los hace.

—Se lo metió con unas pinzas en la nariz.

—Eso parece —dice Laura mientras pesa el corazón de Miriam sobre una balanza electrónica.

—Se tomó su tiempo. No fue un asesinato impulsivo, fue premeditado. El criminal se quedó un rato con su víctima, disfrutando con lo que había hecho, compartiendo esos momentos solo para él.

—¿No tenía miedo de que lo cogieran?

—Quizás sabía que nadie bajaba a la Sima a esas horas. Lo que apunta a que es alguien de dentro de Atapuerca que conoce el terreno, que tiene acceso al yacimiento.

 —Y hay una cosa más que ha revelado el TAC. Miriam tiene los brazos y las piernas fracturados —añade Laura.

Luisa pregunta si el asesino lo hizo para torturarla.

–No, son fracturas post mortem —contesta Laura.

—¿Y los números marcados en el pecho de la víctima?

La víctima tiene una serie de números hechos con un objeto punzante en el pecho.

Luisa los ha anotado en su bloc de notas, aunque también tiene las fotos que la científica ha hecho de la víctima y de la escena del crimen.

—5, 4, 2, 3.

—También post mortem. No salió sangre de las incisiones. La víctima ya estaba muerta cuando el asesino hizo los cortes.

—Gracias a Dios. ¿Con qué hizo los números?

—Con una navaja o un cúter. ¿Tienes idea de a qué se pueden referir?

El crimen más misterioso de Atapuerca.

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“Hijos de la nieve”, la trágica historia de las malas madres

Nordic noir en estado puro, los amantes del género están de enhorabuena. Una historia escalofriante sobre la desaparición de Lucas, un bebé de cinco semanas, en plenas Navidades. Nadie lo ha visto, nadie sabe donde está.

Siento algo perturbador, incómodo, un gancho que me remueve las entrañas cuando veo “Hijos de la nieve” y aún así siento la compulsión de seguir viendo la compulsiión de seguir viendola serie, ue en realidad es muy deprimente, pero supongo que soy una adicta al nordic noir y me consuela cuando el oscaso agoniza tras las ventanas de mi salón y el perfil del Pirulí hiere el cielo violeta oscura y el cansancio domina mi mente y mi cuerpo.

Hijos de la nieve nos cuenta la historia de unas personas que han perdido el rumbo en la vida y las cosas les van muy mal, francamente mal.

Seres humanos perdidos

Estamos en pleno diciembre, vísperas de Navidad, en un suburbio marginal a las afueras de Estocolmo. Una tormenta de nieve ha paralizado Suecia. Jenni, madre de dos hijos, nota la ausencia de uno de ellos. Es Lucas, de tan solo cinco semanas, quien ha desaparecido de su hogar. Ella no recuerda la última vez que lo vio y su otra hija, Nikole, sorda de nacimiento, permanece pasmada a su lado.

Jenni decide ir a visitar a su madre, Marianne, una tatuadora de mediana edad, para intentar refugiarse de su paranoia. Allí dos modelos de maternidad chocan y conocemos otra capa del personaje protagonista: Jenni es adicta a los somníferos y ex drogadicta. Tras discutir con su madre, decide acudir a la policía y de esa confesión emerge otra de las figuras principales. Alice, policía de Estocolmo, se hará cargo del caso de desaparición.

Por otra parte seguimos la historia de Marie, una enfermera pediátrica, que se enfrenta al sistema por intentar salvaguardar a una bebé, Rose, de su madre, que la mata de hambre, mientras cuida de su hermano discapacitado. Marie es un personaje increíble, con un inmenso corazón. La única que se preocupa en “Hijos de la nieve” de los bebés en estado de abandono y maltrato.

No es una serie policiaca al uso

El suspense se arraiga en el fracaso y la pérdida como seres humanos, no va de un policía persiguiendo a un asesino en serie.

“Hijos de la nieve” ha sido un fenómeno en Suecia y no es de extrañar. Esta ficción remueve el estómago de toda una sociedad, niños abandonados en un pasillo nevado, bebés que lloran y no son alimentados, madres que no se pueden levantar de la cama para atender a sus hijos, padres que llevan a sus pequeños al trabajo porque no tienen donde dejarlos, dolor y sufrimiento, infancia desamparada, tristeza y nieve, un presente muy oscuro en el corazón de Estocolmo donde malviven los desposeídos que son incapaces de cuidar de sus propios hijos por problemas de adicción, pobreza, depresión.

Y en medio de todo esa oscura realidad, Lucas, un bebé de cinco semanas que ha tenido malas cartas al nacer en la familia de Jenni y Salle, en ese suburbio de Estocolmo. El día de Navidad Lucas desaparece, nadie lo ha visto, no ha dejado rastro.

Despues del piloto muy bien planteado, dotado de una increíble tensión creada con muy pocos elementos en una trama original, con unos personajes creíbles, multidimensionales, ni buenos ni malos, solo atrapados en su propio dolor, sin poder salir de sus prisiones mentales pese a sus mejores intenciones, se inicia un flashback que nos pone en antecedentes de lo que ha pasado antes de la desaparición de Lucas.

“Hijos de la nieve” nos cuenta una historia de desgracia y malas decisiones en la vida cuyas víctimas más vulnerables son los niños, no solo los niños Lucas y Nicole, de Jenni y Salle, sino también otros niños atrapados en malas familias, pero sobre todo cautivos de malas madres, porque la mala maternidad es el hilo argumental de “Hijos de la nieve”.

La maldición de la naturaleza humana

No hay malos estereotipados, sino que el mal y el bien están presentes en todos los personajes como un claroscuro en la naturaleza humana al estilo del gran director sueco, tan influyente, Ingmar Bergman, que fue hasta el núcleo de lo humano, al núcleo ardiente y desolador del drama posible y cotidiano.

Penetramos en la disfuncionalidad, miserias y oscuridades de la sociedad sueca, muy alejada de esa imagen idealizada y progresista que solemos tener de los suecos y sus dinámicas sociales.

La Navidad envuelta en una tormenta de nieve separa barrios y familias, pobres y ricos, acomodados y supervivientes al límite de sus fuerzas, con su mochilas cargadas de piedras del pasado, cargadas hasta los topes.

Puedes ver “Hijos de la nieve” en Sundance TV.



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Los límites del ser humano en “Happy Valley”

La segunda temporada de “Happy Valley” no decae ni en interés ni en drama ni emoción. El guion es soberbio pero Catherine Caawood, la policía abuela monoparental de Ryan, su nieto fruto de una violación de su hija por parte de psicópata Tommy Lee Royce, interpretada por Sarah Lancashire, también nos pone los pelos como escarpias por la verdad que emana. Hay humanidad, eco en la nuca y conexión cuando vemos a Caawood atravesar las procelosas aguas de la segunda temporada de la serie. Los límites del ser humano en “Happy Valley”.

Sally Wainwright, la creadora de “Happy Valley”, también guionista y directora de algunos episodios de la serie, nos cuenta la historia del asesinato de una víctima de trata de origen bosnio a manos de una mafia que opera en Lacanshire y trafica con mujeres inmigrantes a las que le promete una vida mejor y trabajo en Inglaterra. Además se nos narra la historia del asesinato de la madre de Tomy Lee Royce, que se encuentra en la cárcel, y la acusación que pende sobre Caawood como autora del crimen por venganza hacia el violador de su hija, Rebecca que se suicidó tras dar a luz cuando tenía 16 años.

El personaje de Catherine Caawood es complejo y contradictorio. Como espectadoras, nos sentimos reflejadas en Catherine más que en cualquier otra policía.

-Me acusan de estrangular y violar con una botella a Neal, la madre de Tommy-dice Catherine Caawood.

Cuando la veterana policía se presenta de improviso en el funeral de la madre de Tommy, y éste está presente porque le han dado un permiso especial para salir de la cárcel, al verla, estalla con una explosión de rabia y odio.

-¡Puta! Tú la has matado. ¡Recibirás lo que te mereces!-grita Tommy acercándose a Catherine para apalearla, y ella, impertérrita, se mantiene sentada en el banco de la iglesia donde tiene lugar el sepelio, sin mover ni un solo músculo mientras otros policías reducen a Tommy.

Catherine sabe que si su hija Rebecca, de 16 años, no hubiera tenido la mala fortuna de cruzarse con Tommy, aún estaría viva. Y cuida de un nieto, Ryan, que se lo recuerda cada día.

Claire, la hermana de Catherine, es su principal apoyo.

Mientras comen unos bocadillos Catherine, sargento de policía, con su equipo de agentes, uno de ellos comenta en un ambiente festivo y despreocupado:

-Cuidado Anne, la sargento tiene una botella en la mano, cierra las piernas.

Se hace un silencio helador.

Es un buen ejemplo del efecto identificador que Sally Wainwright maneja a la perfección. ¿Cuántas veces como mujeres en el trabajo hemos tenido que aguantar bromas machistas que no tenían ni puta gracia y nos hemos callado la boca? Yo, un montón.

Silencio sepulcral.

-Señor Tequely, debería salir a comprobar el nivel de combustible de los coches patrulla-dice Catherine, en tono frío.

Como el agente se queda sentado con su bocata en la mano, ella grita:

-¡Muévete!

Catherine Caawood no puede devolverle la vida a la hija pero no tolera que ningún hombre le falte el respeto ni la mee encima. Son los límites del ser humano, esa frontera que marca lo que podemos controlar y lo que no.

Nuria Verde. Autora del blog

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“Una confesión”: las mejores historias surgen de la vida

Estremece darte cuenta de que “Una confesión” esté basado en un caso real porque expone una injusticia alarmante, la que la propia jefatura de policía inflige a su inspector jefes Steve Fulcher a la hora de interrogar a un detenido con el objetivo de encontrar a una víctima viva y el cuerpo de otra víctima muerta.

Me enganché a “Una confesión” por los actores. Me había encantado Martin Freeman en “Fargo” y “Sherlock” y había flipado con Imelda Staunton en la película “Vera Drake”, así que como ambos salían en “Una confesión” me lancé de cabeza a ver la serie.

Steve Fulcher testifica delante de sus superiores policiales por el interrogatorio a Halliwell. Su trabajo corre peligro.

Martin Freeman interpreta a un inspector de policía honesto, comprometido con las víctimas y sus familias. Eso le lleva a saltarse la ley PACE, dicha legislación dice que sólo es legal un interrogatorio si antes se le leen sus derechos a un detenido, se le da opción a contar con un abogado y se realiza en comisaría y por lo tanto, porque Fulcher arranca una confesión a Hallywell sentados en un banco frente a unos prados, sin leerle sus derechos, no sirve como prueba en un juicio.

La ley PACE en entredicho

Es una ley obsoleta, que se instauró en el Reino Unido en la década de los 70 para evitar los casos de brutalidad policial y causa mucha controversia social. La ley PACE muchas veces impide la labor policial a la hora de encontrar los cadáveres de las víctimas.

La rueda de prensa de Steve Fulcher, el novio y la madre
de Sian tras su asesinato.

Martin Freeman logra conectar c ganarse la confianza de Halliwell el estrangulador que trabajaba de taxista en Swindon, que ha asesinado a varias mujeres, aunque sólo se recuperen los cuerpos de dos.

El asesinato de Sian

En marzo del 2011, Sian O’Callaghan, una joven británica de 22 años, desapareció después de haber salido de fiesta con unos amigos en Swindon, en el suroeste de Inglaterra. Tras cinco días de búsqueda, hallaron su cadáver. Christopher Halliwell, de 48 años, sería condenado un año después por el asesinato.

Narrada en formato de crónica y manteniendo los nombres reales de todos los involucrados en el caso, esta miniserie producida y escrita por Jeff Pope (‘Philomena’) se complica con la denuncia de otra familia, preocupada por la ausencia de su hija, Becky Godden. Obsesionado con lograr una confesión del principal sospechoso del caso para encontrar a Sian con vida, Fulcher decide ignorar el protocolo policial habitual, lo que pondrá en peligro su propia carrera y también el curso de la investigación.

En la serie se entrevera una verdad incómoda: hay víctimas de primera y otras de segunda. Sian es considerada por la policía como una víctima de primera. Becky, una prostituta drogadicta, también estrangulada por Halliwell, es considerada como una víctima de segunda. Para todos menos par su madre, y el inspector que interpreta Freeman. Este se salta la ley PACE solo porque quiere encontrar el cadáver de Becky. Y los espectadores aplaudimos su decisión.

Fulcher se enfrenta a un calvario profesional.

A veces, las mejores historias con las que entretejer el tejido de las series surgen de la vida real. Es el caso de “Una confesión”, un drama crudo, duro, auténtico, que a veces es difícil de ver pero que merece la pena aguantar hasta el final porque la comprensión de un mundo, una sociedad, muchas veces se hace a través de las series. Este es el caso.

Puedes ver “Una confesión” en Movistar +.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 1

SINOPSIS

A Miriam Sinaloa, una estudiante de dieciséis años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de La Sima de los huesos. La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención. El crimen más oculto de Atapuerca.

CAPÍTULO 1

Andrea y yo nos ponemos los monos rojos manchados de arcilla, los arneses, los cascos de mineros con luz frontal, cogemos las linternas, nos subimos las cremalleras, nos ajustamos las cámaras Gopro en el casco antes de sumergirnos en el laberinto oscuro y frío de la Sima de los Huesos que tiene forma de calcetín.

La única investigación que importa en la vida es la de averiguar quiénes somos. Esa frase parpadea en la pantalla de la mente de Andrea ante de abismarse en el tobogán negro de la Sima de los Huesos. Baja por la escala anclada a la bocana que se balancea inestable.

Andrea es la nieta de Max Rey, codirector del proyecto Atapuerca y máximo responsable de la excavación en La Gran Dolina. Todo el mundo decía en Atapuerca que Max la dejaba bajar a la Sima sin control porque era una enchufada. Pero Andrea, que fue testigo del asesinato de su madre a los cuatro años de edad, ha soportado demasiado sufrimiento en la vida como para que le afecte a su serotonina las pullas de algunos. Su infancia es su caja negra. Sin embargo si sobrevives a los fantasmas del pasado, te haces fuerte porque ya no te importa lo que te pase.    

Yo la miro con cara de preocupación. He aceptado bajar con Andrea a la Sima de los Huesos porque quiero vigilarla. La última vez que descendió sola a excavar estuvo tanto tiempo en el agujero que se quedó sin oxígeno. Max tuvo que llamar al 112, que la salvó in extremis después de que entrara en parada cardiorrespiratoria.  

La excavación se divide en cuadrículas. El trabajo se aborda excavando en los estratos que corresponden a un fragmento de tiempo de la Prehistoria.

 

Es el yacimiento funerario más antiguo del mundo. Allí se encontró un fósil de 430.000 años de antigüedad, el famoso cráneo número cinco, también conocido como Miguelón, Homo heidelberguensis o neandertal primitivo -todavía hay polémica- conservado gracias a las increíbles condiciones de temperatura y humedad de la excavación.  

La Sima de los Huesos alberga la colección de fósiles humanos más completa de la era del Pleistoceno Medio. Se han encontrado 50 esqueletos completos de homínidos. Se ha logrado descifrar ADN humano en fósiles de hace medio millón de años. Hay muy pocos yacimientos donde se conserve ADN tan antiguo como no sea bajo el hielo. La Sima es única. No hay otro sitio donde se pueda extraer ADN mitocondrial tan antiguo.

Del techo de caliza cuelga la única planta que hay, al lado del termómetro. La temperatura se mantiene en diez grados. Estamos a treinta metros de profundidad. La concentración de oxígeno es muy baja. Movernos nos cuesta mucho esfuerzo a Andrea y a mí. 

Sierra de la Demanda en verano.

Unos huesos sobresalen como estacas grotescas del suelo de barro.

-Son fósiles de oso-dice Andrea-Los humanos están abajo-añade y se vuelve hacia mí, con esa sonrisa aniñada que me llena el pecho de emoción.

Los sedimentos han bajado hacia la base de la sima, una profunda hendidura de catorce metros de profundidad. Un puré de barro del que emergen huesos humanos que se fosilizaron hace medio millón de años.

-Me da miedo mirarlos por si se deshacen-digo.

-Ja, ja, ja-se ríe Andrea. La alegría burbujea en mis venas por haberla hecho reír.

Cada doce meses quitamos sólo veinte centímetros de barro. Es un trabajo paciente y desesperante.

-¿Qué hay?-pregunto.

-De todo-contesta Andrea-. Costillas, vértebras, cráneos, huesos de manos y pies, huesos de brazos y piernas.

Media hora antes Andrea y yo hemos estado en la Sala de los Cíclopes. El silencio era absoluto y sobrecogedor. Oía cómo caía una gota de agua al suelo con un eco que reverberaba en el túnel a oscuras. Andrea enfocó con su linterna. Era un fascinante sepulcro de calma sellada al vacío. El techo se encontraba a veinte metros de nuestras cabezas. Me invadió un gigantesco alivio por estar en un espacio más grande antes de meterme en el agujero.

Ahora, ya dentro de las entrañas de La Sima, nos adentramos en un cementerio de primitivos neandertales. Jesús Sinaloa, codirector de Atapuerca, se equivocó. Los homínidos que están enterrados aquí no encajan en la especie africana Homo heidelberguensis como él dijo años atrás.

Andrea y yo nos arrastramos por la tortuosa base de la Sima que tiene una altura de un metro cuadrado. Apenas caben cinco personas dentro. 13 grados centígrados de temperatura. 95 por ciento de humedad. Oxígeno al límite. El suelo es limoso, un barro de arcilla que se pega a los monos. La pared de roca kárstica aplasta nuestras caras. Me fijo en las manchas de color marfil en las paredes. Atisbo unas grandes piedras encima. Si la Tierra temblara, se desprenderían y nos aplastarían. La sensación de claustrofobia se puede tocar con las manos dentro de la Capilla Sixtina de la evolución humana.

La Sima de los Huesos es uno de los tres yacimientos que componen Portalón de Cueva Mayor. Los otros dos son La Galería de los Cíclopes y la Galería de las Estatuas. A Andrea sólo le interesa bajar a la Sima de los Huesos donde el año pasado desenterró los restos del cráneo 16, al que llamó Ana, por la chica de la que estaba enamorada y que acababa de morir por hipoxia mientras trabajaba dentro del gran túnel funerario.

La muerte de Ana sumió a Andrea en una depresión de la que aún no se ha recuperado del todo.

Durante esta campaña de 2019 el objetivo es excavar en la zona de paso entre la rampa y la cámara distal. Pero Andrea tiene su propia hoja de ruta.

Sin embargo, la niña bonita de Jesús Sinaloa, el director de Portalón y La Sima de los Huesos, es la Galería de las Estatuas situada a 350 metros de Cueva Mayor. La mayor parte del equipo trabaja en los sondeos de las dos catas excavadas. Allí hacen arqueología molecular en un yacimiento ideal para ello ya que está sellado. El principal problema que plantea la secuenciación de ADN de los homínidos desenterrados es que es muy cara y, muchas veces, no aporta novedades a la investigación. Pero Jesús dice que es una nueva manera de investigar la evolución humana.

Andrea y yo llegamos a la base de la Sima de los Huesos. El yacimiento tiene 700 metros de túneles bajo tierra. Nos apoyamos sobre tablones manchado de arcilla roja. Los tablones se han puesto para proteger el sedimento que se excava. Los paleoantropólogos trabajan tumbados sobre la madera.

Andrea y yo nos arrastramos sobre el suelo hasta llegar a la cuadrícula en la que estamos excavando en busca de un nuevo esqueleto de neandertal primitivo.

Me adentro en el corazón del yacimiento de fósiles humanos más rico del mundo. Me embarga una emoción brutal. Descarga de excitación efervescente. Me siento muy viva.

-Los arrojaban muertos-susurra Andrea mientras graba la claustrofóbica cavidad con su Gopro-Por una entrada que no es ésta.

-¿Se ha descubierto?

-No.

A oscuras, a tientas, al llegar a una de las cámaras funerarias donde los Neandertales primitivos amontonaban los cadáveres, de repente yo toco algo pegajoso, enfoco con mi linterna y reculo. Mi corazón me da un vuelco. Suelto un escalofriante alarido. Me estremezco de pánico.

El cadáver de una adolescente desnuda, con la cabeza reventada de un martillazo, descansa sobre un lecho de sangre, sobre los tablones de madera.

Andrea se acerca a gatas al cuerpo que tiene unas marcas tatuadas en el pecho. La toca.

-¿Quién es?-pregunta.

-Vámonos de aquí.

Me ahogo. El oxígeno no me llega al cerebro. Boqueo. Mi cámara Gopro oscila, desquiciada y graba el horror que estoy viendo en la oscuridad sobrenatural. Andrea empieza a hiperventilar. Se mete la mano en uno de los bolsillos de su mono rojo y saca un inhalador para el asma. Se lo coloca en la boca y aspira muy fuerte.

-Es Miriam-dice, con voz ahogada.

El crimen más oculto de Atapuerca.

“Los crímenes de Atapuerca” de Nuria Verde.

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El crimen más oculto de Atapuerca.

“Hive”: la necesidad y la dignidad como motores

Es de noche, domingo, la depresión silente de la noche previa a una semana de trabajo que se asemeja hace mucho calor pese a que tengo la ventana abierta. De repente, me pongo a ver “Hive”, el empoderamiento de una mujer que ha perdido todo.

Es la película más taquillera del Festival de Cine Americano de Sundance. Basada en una historia real ocurrida poco después de la guerra de Kosovo, “Hive” cuenta la vida de Fahrije Hoti, una madre soltera desde que su marido desapareció tras la guerra. Se ve obligada a lidiar con la sociedad patriarcal instaurada en su aldea y con unos vecinos que no apoyan su modo de vida.

La historia abre con una secuencia tremenda, que me pone los pelos de punta, y el alma en vilo, una cola de mujeres espera frente a tiendas de color blanco donde trabajan unos forenses, a reconocer los cadáveres de sus maridos.

La trama está basada en la historia de la verdadera Fahrije, de quien la directora oyó hablar en un reportaje de televisión. Entonces decidió conocerla y hacer una película sobre su historia.

“Ante todo no desesperar”, decía Thomas Bruegenthal, juez del Tribunal de Justicia de La Haya.

Y eso es lo que hace Fahrije, sin estridencias, con calma chicha en las venas surgida de la aceptación triste de la adversidad, de la pérdida de su marido, no sólo el padre de sus hijos y el amor de su vida, sino también el que traía el pan a la mesa y el sostén de la familia.

Fahrije elige la dignidad y la independencia de entre todas las opciones de su vida. Elige sobreponerse al ambiente hostil machista que la rodea.

En Hive el empoderamiento de una mujer que ha perdido todo es clave. Sólo porque la protagonista decide sacarse el carnet de conducir y tener un coche.

Lo más pequeño es un símbolo de lo más grande.

Puedes ver “Hive” en Movistar +.

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“Hive” el empoderamiento de una mujer que ha perdido todo.

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