All posts by NURIA VERDE

Escritora. Autora junto con Gonzalo Toledano del libro "Cómo crear una serie de televisión" (Ediciones T&B) y "El verdadero tercer hombre" (Ediciones del Viento) "Los crímenes de Atapuerca" (Caligrama) Periodista de RTVE.

“Málaga 1982”. Capítulo 2


Sinopis

Málaga 82. Sara Rojas es una adolescente que no tiene amigos. La novela relata la historia de Sara y Margarita, alumnas de BUP en la “insignificante” ciudad de Málaga hace cuatro décadas. Margarita es extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encuentra su vida exasperantemente aburrida. Sara, por el contrario, es tímida y no ha conseguido tener ninguna relación desde que se mudó con su familia a Málaga hace un año.

Capítulo 2

Lo que más odiaba de las chicas del Leon XIII eran las carpetas forradas con fotos de bebés que llevaban. Lo que más odiaba de las clases de Pretecnología eran las cruces que nos hacían hacer con pinzas de la ropa y luego barnizábamos.
Cerrar los ojos y volver a esa época es regresar a las pulseras de hilo que las chicas de mi clase se prendían a los vaqueros y luego trenzaban hasta formar un arcoiris de colores; las melenas rubias con mechas y cardadas; las carpetas forradas con fotos de Hombre G y una capa de plástico transparente; los abalorios de cuero; las hombreras; los Levi’s 501 pesqueros, los zapatos monster, y las botas Doc Martins; los sombreros anchos; la ropa de Amarras y Don Algodón; las Vespino y las Ducati; las manoletinas; las toreras; el dinero en pesetas; Tocata y el primer gin tonic que me tomé en Circuito 3.

La adolescencia era un infierno. Joder, ¿cuándo acabará? ¿Cuando dejaré de sentirme tan insegura y poseída por esa sensación de que en todo lo que hacía o decía la cagaba?

Echaba de menos Madrid, añoraba a mi abuela materna, la persona más importante de mi infancia, a quien más quería y gemía: “mi casa, mi casa, mi casa” con el dedo enfocado al norte de Despeñaperros como E.T. Mi madre nos había llevado a mi hermana Marta y a mí a ver la película en el cine Echegaray. Yo era Eliott que se sentía perdido sin su familia unida, mi padre todavía vivía en Madrid y era una ausencia en casa, pero era también E.T. que, errático, vagaba fuera de su planeta.

Mi mente me había convencido de que estaría mejor en Madrid en nuestra casa de Sánchez Barcaiztegui, con mi abuela viviendo en el piso de enfrente. Seguro que cuando estuviera en Madrid, mi mente me susurraría lo bien que estaba en Málaga. ¿Acaso no echaba de menos a Margarita y bajar a la playa después de clase? ¿Las largas avenidas de arena del Mediterráneo?

A los quince años, quería tener un Spectrum 48K pero era imposible. Mi familia no me lo quería comprar. Me decía que sólo lo iba a utilizar para jugar y era verdad. Sin embargo, cuando en clase, don Alberto, el profesor de Biología, alto, desgarbado, con los dientes pochos, que siempre llevaba el mismo jersey gris de líneas pálidas amarillas y verdes y el mismo pantalón de pana desgastado en el culo y en las rodillas -él mismo que nos dijo un día que él no vendría más a dar clase tan quemado estaba, trabajaría su mujer y él se quedaría en casa por mucho que la sociedad lo desaprobase con inquina- preguntó quién tenía un Spectrum, yo levanté la mano presa de una urgencia ansiosa.

Yo era cobarde y falsa. Las insuficiencias de mi alma me abrumaban. Sentí culpa y miedo de que me descubrieran. Pero por suerte Don Alberto no preguntó más sobre el Spectrum 48 k ni tampoco sobre el de 24 k.

También mentí cuando hubo una votación para elegir al delegado de clase que tenía que ir al claustro de profesores en representación de los alumnos y me voté a misma. Salí elegida en segunda opción, por los pelos, gracias a mi voto fraudulento.

Tres días más tarde, me senté con Antón en la amplia y diáfana sala de profesores donde se celebraba el claustro. Por la ventana entraba la luz del Mediterráneo. Alrededor de la mesa estaban Manuela Carranza, la profesora de Historia, perteneciente a la familia dueña del Leon XIII, su hermano, José Luis, débil y blanco de las bromas de los alumnos, profesor de Inglés, aunque radio macuto decía que no había acabado la carrera y que en realidad era profesor de Historia, Ana aka “La loca”, una profesora con el pelo teñido de rubio platino, que rondaría los 60, con aire excéntrico y rebelde, que vestía como una hippy en 1982, solitaria y menos que cero convencional, que enseñaba Latín y Griego. Alma, la profesora de Literatura, por quien yo había perdido la cabeza, la adoraba, un sentimiento religioso de devoto amor me conectaba con ella, y sentía un vértigo, una sensación de caída cada vez que la veía. Quería gustarle por encima de todas las cosas.

Esta tarde de diciembre la noche ya se había comido el exterior de la sala, los módulos de paredes encaladas, las piscina vacía donde se remansaba un charco de lluvia en la parte baja y las barras con grasa, el pequeño picadero con caballos que había a la derecha de la cuesta que descendía, suave. Normalmente me sentía insignificante y fracasada, me veía como me veían los demás, desgarbada y rara, sin nada que aportar, sin embargo esa tarde me sentí importante y orgullosa.

Desempeñaba un papel que me gustaba, estaba dentro del meollo de los profesores, una experiencia que me excitaba.

-Lucila ha bajado mucho el nivel-dijo Manuela mientras doblaba el cuello y se metía la mano en el sujetador y estiraba la cincha derecha. Un gesto que era muy suyo.

-Tiene problemas en casa. Hay que comprenderlo-intervine yo, levantando la voz aunque las piernas me temblaban como gelatina. Tenía miedo de quedar como una sumisa callada, un cero a la izquierda, un ser aquiesciente y genuflexo sin opiniones.

-Ya está Ironside. Todavía no es tu turno de palabra, señorita Rojas.

Un murmullo de risitas calladas y miradas curiosas. Recibir esa atención que jamás tenía en casa, solo de mi abuela y estaba en Madrid, me dio un subidón increíble. Me prestaban atención, creían que era más lista de lo que era, más vivaz, y en mi casa carecía de raíces, mis padres me ignoraban, algunas tardes sentía la necesidad lacerante y brutal de que alguien me hiciera caso, hablara conmigo o me escuchara, bordeaba el abismo de la culpa, del vértigo de volverme loca y golpeaba la puerta de la habitación de mi hermana que no me abría porque percibía mi necesidad.

-Recuerdo el caso de Pepa. Aunque su madre no pueda pagar la cuota esa chica no puede dejar de estudiar. Sería un crimen-dijo Alma, pequeña, con el pelo rubio y la boca fruncida con morritos de chica francesa, maquillada, con faldas que parecían hechas con una cortina floreada, una mujer muy sensible a quien yo adoraba, idolatraba, sentía una devoción mística por ella. Alma era la madre que a mí me hubiera gustado haber tenido. En medio del tedio, esperaba sus clases como maná caído del cielo, en medio de la grisura y esterilidad del erial del colegio, sus clases me daban emoción y alimento, me nutrían. Y si yo empezaba un día bajando del autobús del Burro con ese ánimo melancólico y roto, si pensaba que me esperaba una clase de Alma, mi ánimo mejoraba. Salía el sol en mi vida. Era mi estrella, mi luz, mi todo. Nunca había experimentado algo parecido con una profesora, y ya había experimentado muchas cosas en mi vida. La felicidad dolía.

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“Málaga 82”. Capítulo 1

Sinopsis

Málaga 82. Sara Rojas es una adolescente que no tiene amigos. La novela relata la historia de Sara y Margarita, alumnas de BUP en la “insignificante” ciudad de Málaga hace cuatro décadas. Margarita es extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encuentra su vida exasperantemente aburrida. Sara, por el contrario, es tímida y no ha conseguido tener ninguna relación desde que se mudó con su familia a Málaga hace un año.

Capítulo 1

Mi amigo Antón ha muerto. Me he enterado por un mensaje en el instagram de A., mi profesora de Literatura cuando tenía quince años. Una sensación de irrealidad e injusticia se ha adueñado de mí. Muerto. Tenía mi edad : 50 años. Me ha entrado una gran melancolía.

Antón fue el amigo que primero me avisó de que si me comía petazetas con Coca Cola me estallaría el estomago. Fue con él con quien vi por primera vez la serie V y la comenté mientras nos comíamos una rata gigante de gominola cual pérfidas Dianas.

Cuando Antón llamaba a mi casa y yo cogía el teléfono mientras mi madre pregonaba desde el lavadero: “¿pero con quién tienes que hablar tanto si os acabáis de ver todo el santo día?” siempre respondía cuando yo preguntaba: “¿quién es?”

-Tu amante el negro.

En 1982, yo acababa de llegar a Málaga desde Madrid. Era una friqui, era más rara que un perro verde, era un patito feo que gritaba en su cabeza:

-Mi vida es un asco. Sólo quiero crecer y que todos se den cuenta de que soy guapa…

No tenía amigos. Era la chica que no tenía amigos y eso me comía la médula, me martirizaba por dentro.

Mis padres me matricularon en el colegio Leon XIII situado en lo alto de una montaña de Pedregalejo. Se subía la colina por la calle del bar Marengo, que hacía esquina, tres metros más abajo estaba el Rolling cuando todavía el Rolling era el Rolling, una pista de patinaje sobre ruedas, y aún no se había convertido en una discoteca llamada Bobby Logan.

Cambiar del colegio Afuera en Madrid al Leon XIII en Málaga fue un shock, un puñetazo en el estómago. Una realidad tan brutal que todavía me duele. Yo, con once años de edad, ya adolecía de una náusea existencial sartriana e intuía que la vida no tenía ningún sentido. Una lucidez feroz me atenazaba. Al irme de Madrid había oído el ruido que hacía la alegría al marcharse.

Mi nuevo colegio malagueño era juegos de sota, caballo y rey, brutalidad, tirarse bostas secas unos a otros, un acento madrileño que no comprendían, niñas que se reían de mí por cómo hablaba, payasa, en Madrid hasta los quinquis hablan fino, los trapicheos de chocolate, los balonazos en el estómago cuando hacía de portera, y la sensación de ser una burla con patas, con un montón de chicos y chicas riéndose de mí en cuánto abría la boca. Un infierno. ¿Por qué nos habíamos tenido que mudar a Málaga?

Eran los tiempos del breakdance, de los calentadores y Eva Nasarre, eran los tiempos de Loli, nuestra asistenta, preparando el puchero y preguntándole a mi padre:

-¿Don Guillermo quiere que desolle dos conejos del campo?-Ante mi horror absoluto, mi parálisis aterrorizada.

Una fortuna caprichosa y aleatoria me había expulsado del sorteo del Paraíso para ir a acabar a dar con mis huesos en un mundo rural y subdesarrollado, en Málaga 1982.

Las pijas del Leon XIII solo hablaban de las fiestas de Lemon, sitio prohibidísimo para una pringles como yo.

Pero yo en realidad me había enamorado de Margarita, una chica canaria que se sentaba enfrente mía en clase pero lo guardaba como un oscuro y pulsátil deseo, muy muy dentro de mí. Si las pijas, los pijos, las chonis, los chonis descubrían que a mí me gustaba Margarita me convertiría en un pato de feria de la caseta del tiro al blanco. Y todavía no había leído “Las consolaciones de la Filosofía ” de Alain de Botton que nos animaban a aliviarnos de la impopularidad con el ejemplo del filófoso Sócrates, un buen hombre al que juzgaron malvado y un grupo saturado de estulticia condenó a muerte en la Atenas de siglos atrás.

Margarita era alta, espigada, y tenía una rizada melena cobriza untada de un acento canario dulcísimo que me derretía las venas cuando la escuchaba dirigirse a mí.

-Sara, te sabes el mapa de España en blanco? Pero bueno nena, cómo estás? ¿Tienes los apuntes de Historia?

Yo era invisible para Margarita. Ella era extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encontraba su vida exasperantemente aburrida. De vez en cuando gritaba cuando salíamos al patio, una terraza de baldosas color terracota que daba al polideportivo rojo, verde, amarillo, de la canchas de futbito, baloncesto, balonmano.

-¡Qué aburrido. Aquí no pasa nada. Qué puta mierda de Málaga!

Yo la miré fascinada, el corazón me latía tan fuerte que se me iba a salir del pecho.

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Poemas de amor. “La espera”

Queridas y pacientes lectoras:

Os presento un nuevo poema de mi libro “Amor atávico”, poesía de amor en caso de emergencia y catástrofe íntima. Poemas de amor. “La espera”.

La espera

En la hora de la vuelta a casa 

En la alegría de un taxi de ida

En la llamada inesperada

De un lunes con noche de sábado. 

Todo eso recordaré después del obsesivo olvido, 

Todo eso recordaré después de la callada muerte:

La memoria contenida de los días 

en el roce de tu mano

tras la espera de una vida.

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“Merlí Sapere Aude” o cómo tomarse la vida con Filosofía

Vale, que la Filosofía se ponga de moda gracias a una serie ya es un logro. “Merlí sapere aude” o cómo tomarse la vida con Filosofía. Ya se que “Merlí sapere aude” tiene defectos, el principal como he comentado con C., mi amiga de RTVE, es que no haya ningún personaje femenino positivo, y que las historias de amor heterosexuales sean grotescas, y también que se observe cierta misogínia en la serie.

Pero no es de eso lo que quiero hablar. Ahora mismo me estoy releyendo un libro que me encanta. Se llama “Las consolaciones de la Filosofía”, su autor autor es Alain de Botton.

Alain de Botton nos cuenta la historia de cómo nos consuela la Filosofía frente a la impopularidad, por ejemplo, contandonos el caso de Sócrates, un hombre afable y curioso que no hacía más que pasear por Atenas y hacer preguntas a los viandantes que se encontraba, preguntándoles que opinaban sobre tal y cual cuestión. Sócrates al que un tribunal de atenienses condenó a muerte, a beberse un vaso de cicuta, sin razón alguna, y el filósofo ateniense aceptó su destino con serenidad inusitada ante el lloro y llanto y lamento y crujir de dientes de sus amigos y familiares. Atenas estaba amargada por haber perdido la guerra del Peloponeso y la pagó con el bueno de Sócrates al que acusaron de corromper a la juventud. Pobrecito.

Tomarse la vida como viene

No me interesan una mierda las historietas de amor y sexo ni de “Merlí” ni de “Merlí sapere aude“. Sólo me interesa cómo se enfrentan sus protagonistas a las adversidades de la vida y se aferran a la Filosofía, sólo captura mi atención por lo que se habla de Filosofía y Ética en clase, en una universidad preciosa o en el instituto Ángel Guimerà de Barcelona.

Me pilla cuando Pol Rubio se quita la coraza y revela su miedo al descubrir que tiene sida, me atrapa cuando la Bolaños se enfrenta a su alcoholismo y deja de beber, me absorbe cuando Minerva se va a Argentina porque su abuela se está muriendo en Buenos Aires.

Igual que Alain de Botton se extiende en su libro sobre cómo consolarse del mal de amores con Schopenhauer, o de la ineptitud física y mental con Montaigne, o de la pobreza con Epicuro, o como aliviar la frustración con Séneca a quien Nerón le ordenó cortarse las venas, o como ayudarse frente a las dificultades con la obra de Nietzsche, Héctor Lozano me capta para su secta merliniana cuando escribe sobre Filosofía en una series de adolescente que trasciende el injustamente despreciado género teen.

El sentido vital de la Filosofía

Porque si la Filosofía no sirve para aplicarla a la vida pierde su esencial sentido.

Ambas series cambian al que las visiona porque nos enseñan a ser más críticos, a cuestionar las cosas que nos cuentan los poderosos, y a tomarse la vida la vida como viene sin amargarse a una misma innecesariamente.

Es contraria al signo de los tiempos, a lo que impera hoy en día, a los que nos venden desde Educación que recorta las horas de Filosofía en el Bachillerato después de haber prometido lo contrario.

Filosofar como le pasó a Sócrates es un estímulo a la independecia de espíritu, nos hace más libre, aunque a él le costara la vida.

Igual que “Las consolaciones de la Filosofía”, “Merlí” y “Merlí Sapere Aude” son una guía práctica para resolver problemas cotidianos y torear la vida más serenamente, con el uso inteligente de la Filosofía.

Recordemos que la obra de la que es autor Alain de Botton está inspirada por “La consolación de la Filosofía”, una consolación en 5 tomos escrita por Boecio durante los últimos años de su vida, poco antes de 524 d.C.

-El amor puro es casi un espejismo porque nadie es capaz de darse completamente al otro-dice María Bolaños, como sabéis mi personaje favorito de la serie reflexionando sobre el amor. Sin duda, la Bolaños se merece una tercera temporada de la serie.

Una crítica al guion de “Merlí sapere aude” y “Merlí”: los diálogos son demasiados expositivos del conflicto entre los personajes, apenas hay subtexto o sutileza. Las líneas que sueltan los personajes son demasiado obvias.

Puedes ver “Merlí Sapere aude” en Netflix y Movistar +. Puedes ver “Merlí” en RTVE Play, una plataforma gratuita y en streaming de RTVE.

Lo mejor: Las reflexiones sobre la Filosofía aplicada a la vida. Cuando Pol Rubio se enfrenta a la peor adversidad de su vida.

Lo peor: Falta de personajes femeninos positivos.

Para ver: Sola o con tus hijos e hijas. Con amigas, siempre.

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“Merlí Sapere Aude” o cómo tomarse la vida con Filosofía

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“Antes de ti”: la historia de amor de Louisa y Will

Es sábado por la tarde, tengo la cabeza como un bombo después de escribir toda la tarde, y mi única obsesión es desconectar de mi cabeza y mis obsesiones. Me engancho a “Antes de ti”

Louisa “Lou” Clark (Emilia Clarke), una chica inestable y creativa, reside en un pequeño pueblo de la campiña inglesa. Vive sin rumbo y va de un trabajo a otro para ayudar a su familia a llegar a fin de mes. Sin embargo, un nuevo trabajo pondrá a prueba su habitual alegría. En el castillo local, se ocupa de cuidar y acompañar a Will Traynor (Sam Claflin), un joven y rico banquero que se quedó tetrapléjico tras un accidente. 

La historia de amor está basada en el contraste entre ambos personajes: no pueden ser más diferentes Will y Luisa. Él, taciturno, amargado y sarcástico, ella, alegre, inocente, dicharachera, vital.

Si Will no hubiera tenido el accidente, estas dos personas jamás se habrían encontrado ni habrían vivido su historia de amor.

El tema de la película es la capacidad transformadora del amor. Como el amor cambia al que ama y es amado. La sustancia permanece pero los accidentes cambian. Aunque en la película el amor sólo cambia a Louisa, no a Will.

La historia de amor de Luisa y Will

En realidad, Will quiere morir y amar a Louisa no le hará cambiar de opinión. Me alegra que sea así porque si no la historia me resultaría insoportable y demasiado rosa, perdería su realismo, su conexión con la vida. Yo en la situación de Will también querría morir. La vida sería insufrible si no pudiésemos decidir sobre si suicidarnos o no. Eso lo decía Emile Cioran en el maravilloso libro de Alberto Domínguez, Emile Cioran, manual de antiayuda. Estoy de acuerdo.

Me sorprendo al leer críticas sobre la película en Filmaffinity que critican al personaje de Will porque no hace un ‘esfuerzo’, no cambia de opinión tras tener la suerte de ser amado por Luisa. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Nos hemos vuelto todos majaretas? ¿Nos hemos transformado en gilipollas integrales?

Por favor, un respeto al libre albedrío del ser humano. Si Will cambiará de opinión sobre su decisión de querer morir porque Luisa se ha enamorado de él, la película sería infumable porque perdería su verdad.

Patrick, el contrapunto a Will

Patrick, el novio de Luisa, es también el contrapunto más opuesto al nuevo Will, no tanto al antiguo. Representa al egoísmo del cuerpo frente al alma sensible. Su buena forma física se opone a su falta de sensibilidad y empatía. La fortaleza corporal pierde valor como absoluto. El pensamiento naif también pierde valor como absoluto, por ejemplo, cuando Patrick le dice a Will que hay ‘esperanza’ para revertir su situación, nuevos tratamientos con células madre, y Will le responde que no, durante una cena con Luisa y los padres de la chica.

De dioses y hombres

-No me puedo creer que no hayas visto “De dioses y hombres”-dice Will a Louise.

Ven la película juntos. Luego reflexionan y debaten sobre el dilema ético que plantea la historia. Un grupo de monjes cristianos franceses tienen que decidir si quedarse o no en Argelia tras amenazas de muerte islamistas. ¿Se quedan con su comunidad o la abandonan? Vuelven a Francia y salvan su vida o se quedan en Argelia y se arriesgan a que los asesinen?

Resulta que Louisa nunca ha visto películas de ese tipo y mucho menos ha mantenido conversaciones con su novio, Patrick, acerca de lo que ha querido decir el director de “De dioses y hombres”, Xavier Beauvois.

Cuando la chica va al cine con Patrick, y quiere ver “Todo sobre mi madre” de Pedro Almodóvar, su novio se niega porque está subtitulada y es una peli ‘rara’.

La capacidad física de Patrick contrasta con su escasa sensibilidad, y su discapacidad intelectual, su nulo interés por cuidar a Luisa, o ponerse en su lugar, hecho que se ve muy claramente en los planes de vacaciones que hacen juntos.

La película gravita en la risa fácil y cómplice, en las cosas sencillas de las que surge el amor verdadero. Habla de amor auténtico, pero no es una historia rosa ni falsa porque hay dolor, angustia, y deseos de morir de Will, hay desgarro y tristeza de Louisa.

No es una película para escépticas, obviamente. Pero tampoco es una pelicula ñoña o sensiblera porque rezuma encanto, afecto, humor, bromas, realidades médicas muy duras, y una filosofía a favor de la idea de que mi vida es mía.

El único pero que le pongo al guion es el detalle de la ex novia de Will, desapegada e insensible, que rizando el rizo se va a casar con el mejor amigo de Will. Un poco ”too much’. Me parece una subtramita metida con calzador en la historia, cogida por las hojas de los rábanos, y que sobra porque delata que hay una necesidad de que tiene que encajar todo, y la ex novia de Will es una pérfida que se va casar con su mejor amigo, qué traidores, que ‘recherché’. Totalmente innecesario.

La guionista de la película y autora de libro original en el que se basa la película “Me before You” es Jojo Moyes, que se inspiró en un caso real de un jugador de rugby de veinte años que sufrió un accidente fatal en el campo de juego. La directora del film es Thea Sharrock.

Puedes ver “Antes de ti” en Movistar +.

Lo mejor: para echarse una llorera o ver una historia de amor al margen de tanta distopía y desastre catastrófico.

Lo peor: no es apta para cínicas. La subtrama de la ex novia de Will con el mejor amigo del protagonista.

Para ver: sola o con amigas.

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“Antes de ti”: La historia de amor de Louisa y Will.

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“Halt and Catch Fire”: la emoción de crear un nuevo mundo

“Halt and Catch Fire” va de soñadores y de sueños, de crecer y hacer crecer una idea en un universo novedoso, con un infinito universo por descubrir: el de los ordenadores en los años 80. La serie creada por Christopher Cantwell y Christopher C. Rogers trata de obsesiones y pasiones, de locura y creatividad tecnológica, pero también de creatividad a secas. Ay, y cómo son esos deliciosos detalles de los años 80.

Es una serie que me flipa muchísimo.

Confieso que soy una friki, una nerd, una introvertida obsesionada con sus obsesiones, en mi caso escribir novelas y vivir experiencias. En mis mejores sueños me creo que me parezco a Cameron Howe, la creadora de software de ‘Halt and Catch Fire’ que interpretada por la actriz McKenzie Davis, pero cuando me despierto desaparece esa ilusión fantasmal.

A raíz de esta serie me llevé una zasca personal que ahora me hace reír pero en su momento me dolió muchísimo. Había quedado con mi amiga y mentora, Ana Tagarro, subdirectora de la revista XL El Semanal, Ana fue mi jefa en la revista ya extinguida Planeta HUMANO creada por el editor Ramón Pérez de Villaamil. Le dediqué mi primera novela “El verdadero tercer hombre” porque la primera persona que me dijo que valía para escribir. Además es una buena amiga.

Comíamos en el japonés de la calle O’Donnell con Menéndez Pelayo, un restaurante que ahora se llama “Yoishi” pero antes respondía al nombre de Hokaido. Mientras Ana y yo devorábamos gyozas, rollos california, sopa miso, y un tempura de gambas (Ana y yo siempre pedimos lo mismo, en una de esas rutinas fijas que tienen algunas amistades) y nos pusimos a hablar de Halt and Ctch Fire.

-A mí me gusta Cameron.

-¿Ese personaje que es tan insoporpotable? No hay quien la aguante

-Pero ¿qué dices?

-Insufrible.

Me tragué la intuición de que yo me parecía a Cameron Crowe al desinflarme por dentro. Mastiqué cristales en silencio.

Christopher Cantwell, Christopher C. Rogers, Jason Cahill, Jonathan Lisco son los guionistas de esta ficción desconocida para muchos, infravalorada, que merece mucho la pena como drama y como retrato de un mundo más entusiasta, más grande, por el que siento una viva y falsa nostalgia aunque era una cría cuando viví la explosión de vitalidad y progreso de la década de los años 80.

 Ambientada a principios de los 80, la serie relata la época de auge de los ordenadores personales a través de los ojos de un ambicioso directivo, un ingeniero y una joven programadora prodigio cuyas innovaciones y esfuerzos para intentar construir un PC en una pequeña empresa de Texas les enfrentarán directamente a los gigantes corporativos de entonces.

Joe MacMillan (Lee Pace) acaba de llegar de IBM y es un visionario pero con problemas en su pasado, Gordon Clark (Scoot McNairy) es un ingeniero que no logró su sueño junto a su mujer Donna (Kerry Bishé), y por último la joven Cameron Howe (Mackenzie Davis) es una programadora con enorme talento pero que prefiere picar código a relacionarse con personas. Juntos formarán un equipo no siempre unido pero con un objetivo común.

El tema es el fracaso

En realidad ‘Halt and Catch Fire’ es una serie de personajes, las tramas no son tan importantes y se resumen en una sola: el empuje ciego para crear un ordenador personal de tres cuatro descastados y ‘perdedores’ frente a los monstruos y dragones de las grandes corporaciones. Pero también abarca el desarrollo de La World Wide Web de la década de los 90.

El tema de la serie es el fracaso, lo que significa el fracaso, lo que supone el fracaso, la relación del fracaso con el talento. Sólo un ejemplo: a un personaje que despiden va medio siglo avanzado en su cabeza. Eso hace que ‘Halt y Catch Fire’ sea un éxito.

La primera temporada va de cómo hacerle la competencia a IBM. El manipulador y líder Joe MacMillan es una encarnación de Steve Jobs, Gordon Clark, tímido y genial, es Wozniak. Y las mujeres no lo sé porque desgraciadamente no me viene a la cabeza ningún modelo real de mujeres innovadoras en tecnología en los 80. Cameron es experta en software, una chica rebelde, con ideas que se adelantan al futuro, muy inmadura que tendrá que crecer a lo largo del gran arco narrativo de las cuatro temporadas.

Por supuesto, la parte más increíble es cuando Joe MacMillan descubre a Cameron en una universidad de tecnología, y pregunta a la clase cómo será el futuro. Estamos en los 80. Tras las habituales respuestas de los alumnos, coches voladores, cerebros artificiales, Joe le pide a Cameron su opinión:

-Habrá ordenadores conectados entre sí, linkados en un suprasistema que compartirán información.

Entonces es cuando Joe se fija por primera vez en esa chica rebelde rubia que acaba de predecir Internet.

La serie sabe evolucionar, y aunque, a mí personalmente el personaje que más me interesa es Cameron, reconozco que los cuatro personajes tienen su punto. Pero la serie, por alguna extraña razón, se recuerda más por su estilo que por su contenido.

La turbulenta y pasional historia de amor de Cameron y Joe.

Esos deliciosos detalles de los años 80

Por supuesto, ‘Halt and Catch Fire’ está salpicada de detalles deliciosos de la década prodigiosa ochentera: Duran Duran, Depeche Mode, Donna explicando a sus hijos lo grande que es tener 128 kb en el disco, los viejos sonidos del ‘dial up’, los disquettes, los ordenadores gigantescos con forma de cubo, con cpues inmensas, con una pequeña pantalla negra en la que titilan letras verdes fosforescentes, las hojas preimpresas que escupe la impresora con el código de la BIOS que quiere hacer la competencia a IBM.

La serie es una deconstrucción de los mitos sobre Silicon Valley a través de la profunda humanidad de los personajes. ‘Halt and Catch Fire’ es una de esas ficciones que mejoran a medida que pasan sus temporadas, sabe evolucionar y profundiza en el interés y los dramas de sus tramas.

Aunque en realidad solo hay dos tipos de personajes: apocalípticos e integrados.

La acumulación de sus cuatro temporadas hacen más que un solo capítulo individual. Gordon gana en emotividad y se vuelve a humanizar. Es, sin duda, el personaje más cercano y con el que más empatizamos.

La serie acontece a lo largo de 30 años pero vista desde el objetivo de la cámara de nuestro cerebro de ahora bien podía pasar en la época romana, ese es uno de los puntazos de “Halt and Catch Fire”.

La flipante cabecera de “Halt and Catch Fire”.

Puedes ver esta serie en Filmin.

Lo mejor: Cameron Howe, la adoro. Por fin una nerd que no es un espanto. Los guiños con los hechos históricos de los años 80 y 90, cuando el primer Mac habla y dice: “Hola”. Miles de detalles más.

Lo peor: que no haya más tramas de Cameron Howe, mi ídolo absoluto. Que no haya más tramas de Gordon Clark, el segundo personaje que más me interesa. Las historias de Donna. Lo siento pero me aburren.

Para ver: con amigas, con hijas e hijos, en plan abuela cebolleta que cuenta batallitas de cómo eran las cosas allende los años 80 con chavales que flipan con la incipiente y recién nacida tecnología de los ordenadores. En plan: ¡No me lo puedo creer!

Lo alucinante que resultaba tener un ordenador personal en los 80.

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“La familia Bélier”: la vergüenza adolescente y el don de la vocación

Me ha flipado “La familia Bélier”. Me ha emocionado, me ha puesto los pelos como escarpias, me ha cautivado y me ha hecho sentir adolescente. ¿Es una peli refinada? No. ¿Es una peli para fardar en cenáculos culto enrrollaos? Menos aún. ¿Es una peli para recomendarla? Sí, sí. Yo se la he recomendado a mi hermana Laura y os la recomiendo a vosotras, queridas lectoras de mi blog. Es una peli disfrutona, emocional cien por cien. Por cierto, su versión americana, “CODA”, arrasó en los últimos premios Oscars. ¿Por qué? Porque la historia funciona. Los protagonistas funcionan, vale, se apoyan en la vulgaridad y la exageración, y también se explota, con acierto, la vergüenza adolescente hasta el extremo de Paula Bélier, la hija que puede oir, en una familia de sordos. Pero lo más importante es que -no nos confundamos- “La familia Bélier” se asienta en tres pilares: la comedia, el melodrama y el musical. “La familia Bélier” trata de la vergüenza adolescente y el don de la vocación.

En realidad, la película es más melodrama que comedia. No es un musical al uso, en el que los protagonistas están fregando los platos o conduciendo el coche y se ponen a cantar de repente. No, la historia versa sobre el mito de cómo emprender el viaje de la independencia personal y la vocación profesional supone dejar atrás a tu familia, y abandonar las lealtades a las que has dedicado toda tu vida.

El guion esta lleno de tópicos: los sordos entrañables, los sueños adolescentes se cumplen, el profesor de canto parisino fracasado y gruñón, pero, ay de tan buen corazón, el chico guapo que, al final, se fija en la pueblerina, la gente del campo es la sal de la tierra. Sin embargo los protagonistas son tan encantadores, incluyendo a la ternerita Obama, tan deliciosos que me como la historia con patatas, con un pellizco en el corazón, y busco, rauda y veloz, la banda sonora en mi Spotify del móvil para no dejar de escuchar a esa joya que tiene una pepita de oro en su garganta y que responde al nombre de Louane Emera, según el señor Tomason, su profe de canto, mientras paseo por el Retiro, o atravieso el Parque Roma y me imagino cantando “Je vole” en la cena de Navidad del programa en el que trabajo en RTVE: Objetivo Igualdad.

La película dirigida por Eric Lartegau, quien saltó al vacío al contar una historia que se asoma al abismo del ridículo y lo sublime, tuvo un éxito espectacular en Francia, con siete millones de espectadores.

Pero es Louane Emera, que interpreta a esa Paula Bélier a la que todas las chicas adolescentes querríamos tener como amiga, una amiga sensata, inteligente, bondadosa y con fuerte personalidad, leal a sus amigas, (cuando se niega a entrar en el coro porque no han admitido a su mejor amiga), brava (al enfrentarse al alcalde cuando menosprecia la candidatura de su padre por ser sordo, “si han votado a un cabrón, también pueden votar a un sordo”, dice Paula), que le para los pies a Gabriel (el chico guapo parisina) cuando le propone una escapada en el coche de su abuela, y que, ahhh, por fin, me corro viva, sí, amigas, una adolescente que no se deja amargar la vida por penas de amor.

El melodrama se asienta en el reto de trascender los propios orígenes y enfrentarse a los peores miedos interiores, en la realidad de la dureza de que tus padres y tu hermano sean sordos, teniéndote que ocupar de muchas cuestiones y problemas que no te corresponden por la edad que tienes.

Pero el melodrama también se afianza en la aventura -siempre espinosa- de derribar las barreras interiores de la propia cárcel mental, la peor de las prisiones posibles.

Puedes ver “La familia Bélier” en Movistar + y Amazon Prime Video. “La familia Bélier”: la vergüenza adolescente y el don de la vocación.

Lo mejor: la emoción a chorros que provoca la película. La música con la increíble voz de Louane.

Lo peor: es muy sentimental. Pero yo soy sentimental.

Para ver: en familia, con amigas, con hijos, a solas.

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“Gran libertad”: luz en la oscuridad de los amores prohibidos

Por la noche, en la calma envasada al vacío de mi salón con vistas a Torrespaña, me acurruco en el sofá para ver “Gran libertad”, una película que me llama poderosamente la atención y me roba el aliento y el corazón. La historia se asienta sobre fuertes pilares: es un drama basado en hechos reales que no elige la carta de la reconstrucción histórica ni de época sino que prefiere mostrarnos vidas inocentes en el infierno de la cárcel con muy pocos elementos, pero curiosamente no echo de menos nada. Todo me sabe a verdad, a vida sin adulterar. ¡Viva el minimalismo! ¡Viva la sencillez a la hora de contar cuando la historia está empapada de emoción! “Gran libertad” emana luz en la oscuridad de amor prohibidos.

“Gran libertad” nos narra el relato basado en hechos reales de Hans en tres momentos (1945, 1957 y 1969) de su relación con Viktor, un asesino convicto. Un amor carcelario, propiciado por las entradas y salidas de prisión de Hans a causa de la represión a la que fueron sometidas las personas homosexuales en la Alemania de posguerra.  Hans es enviado a un campo de concentración durante La Segunda Guerra Mundial por ser homosexual y luego a la cárcel. En ese último momento, nos metemos en la prisión dentro de la cabeza y el corazón de Hans Hoffman, compartimos su vida en las cloacas, cómo se habitúa a la penosidad, y cómo nos enseña un brutal Franz Rogowski que se puede tener dignidad también en las cloacas.

La película ahonda, sin red de seguridad, con increíble contención emocional, en qué hacer, en cómo no dejar de ser humano, ni dejar de amar cuando te despojan de todo bajo la bota de una de las mayores injusticias posibles.

No es una fantasía porque el guion de Sebastian Maisie y Thomas Reider está basado en hechos reales, históricos sobre la represión y encarcelamiento a los gays sólo por existir.

Sebastian Maise observa con atención a Hans Hoffman y a Viktor. Se pone contemplativo para captar su alma. Sin embargo, no hace aspavientos emocionales sino que se prende a su increíble contención y nos lleva, con un pellizco en el corazón, desde el principio al fin de la película que consiguió el Premio del Jurado en el Festival de Cannes en 2021, y el premio a la mejor interpretación para Roganowski y mejor Película en el Festival de Sevilla.

Franz Roganowski y Gieor Friedich componen una original historia de amor. Aunque “Gran libertad” sobre todo abarca las consecuencias psicológicas del encarcelamiento, las derivas mentales de estar un largo tiempo en la cárcel: cómo se olvidan los afectos, cómo se olvida la compasión, cómo se olvida la vida.

El director se acerca con pausa y cariño a los personajes, en un baile delicado con la cámara, que aprisiona el dolor y la penuria del encierro deshumanizado.

Hans Hoffman es un 155, es decir un preso encarcelado por tener relaciones ‘antinatura’ como le dice un juez que tiene la indiferencia de los que tienen el poder y siguen órdenes.

La soledad de Hans dentro de la cárcel es abrumadora y definitiva. Pero Hans es como esa cerilla que enciende en la oscuridad del ‘agujero’. Hans es capaz de rebelarse cuando un guardia maltrata a su amigo, y soporta el castigo con estoicismo.

Porque Hans es un verdadero estoico. Aprendemos mucho de él en “Gran libertad”

No olvidemos que la película cuenta la historia de un hombre que es inocente encarcelado injustamente y maltratado como un paria. No olvidemos que lo más conmvedor de “Gran libertad” es que a un hombre bueno, la gente lo tome como malvado.Un corazón tan blanco percibido como un corazón tan negro por los demás.

Hans Hoffman es como “El hombre elefante” de David Lynch. Ambos hombres sufren uno de los más tristes sinos del ser humano: ser bondadoso, y que, sin embargo, te juzguez malo.

Hay algo universal en las historias de la incomprensión.

“Gran libertad” es un ejemplo real y trágico.

La vida en sociedad está saturada del abismo que separa cómo es nuestra propia realidad y cómo nos perciben los otros. A Hans le acusan de pervertido, invertido, basura humana cuando solo es un hombre que ama a otro hombre. Su dignidad se ve como arrogancia. Su compasion se trata como estupidez. Sus encarnizados enemigos, reflejados en una autoridad ciega que causa terror cargan contra él.

Pero la historia nos anima a interpretar la impopularidad de Hans Hofmann en clave distinta a la mirada implacable de los jueces alemanes. Ahora vemos la vida como la veía él, como la sentía él.

Lo mejor: La contención emocional de una historia no contada y la interpretación de Franz Rogowski.

Lo peor: Tarda en arrancar. Pero no hay nada malo.

Para ver: Sola o con amigas.

Puedes ver “Gran libertad” en Movistar +.

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“Buena suerte, Leo Grande”: una historia de expectativas, satisfacción y vergüenza

Nunca es tarde si el orgasmo es bueno. Emma Thompson en un alarde de generosidad emocional interpretativa en la que da su hueco a Daryl McCormac, su pareja de baile en esta danza a deux en “Buenos días, Leo Grande”, se desnuda interior y exteriormente, regalándonos una interpretación que nos corta la respiración y nos apura el alma, en una mezcla de pudor, sensibilidad, desfachatez y desafío a las cargas de una educación sexual y moral represiva, con las que pueden identificar muchas mujeres de la generación de Nancy Stokes.

Thomson se arriesga y mucho interpretando a Stokes, ex profesora de Religión, que ha tenido como marido a un buen pero aburrido hombre con el que nunca ha sentido un orgasmo ni ha experimentado la satisfacción sexual que quiere sentir ‘eso’ en la vida antes de morir.

La tierna paciencia de Leo, su mansedumbre compasiva, su saber esperar y aceptar a Nancy Stokes tal y como es, entregándole su tiempo, su espacio, componen y desgranan el resto de la historia en una película que se basa en el dueto, tan de moda ahora para cantar, para presentar informativos, para sostener una película.

Nancy Stokes, una maestra de escuela jubilada, anhela algo de aventura y sexo. Buen sexo. Su difunto marido Robert le proporcionaba un hogar, una familia y algo parecido a una vida, pero nunca tuvo buen sexo de él. Ahora que hace tiempo que Robert murió, Nancy pone en marcha su plan y contrata a un joven gigoló que responde al exótico nombre de “Leo Grande”.

Emma Thompson y Daryl McCormak en su ‘tour de force’ interpretativo

“Buena suerte, Leo Grande” tiene su morbo pero, en realidad, la historia es más un partido de tenis verbal que físico, la película se basa más en el diálogo que en la acción, más en la interpretación de Emma Thompson -pero también en el más juvenalia Daryl, que está a la altura de la actriz británica- que en secuencias en las que pasen muchas cosas. Supone regresar al teatro saliéndonos del teatro porque “Buena suerte, Leo grande” es cine, y cine del bueno en vena. No os la perdáis.

La forma de rodar las secuencias sensuales

Lo que más que llama la atención de la película es la manera en la que su directora, Sophie Hyde, destruye muchos tabúes sin la necesidad de ser explícita en el ámbito sexual. Sin duda esa capacidad de Hyde es brutal.

En primer lugar, Hyde es capaz de filmar las secuencias sexuales, sensuales, de otra forma a cómo habitualmente se ruedan esas escenas siempre enfocadas desde una mirada masculina. Me vienen a la memoria, por ejemplo, las secuencias de ‘La vida de Adéle’, ‘Instinto Básico’ o incluso el desnudo de ‘Las trece rosas’.

Nos hemos tragado miles y miles de películas, kilómetros de celuloide sobre lo que se supone que tiene que ser el sexo, sobre lo que les excita a los tíos, sobre sensualidad contada desde el foco de su retina, y es un soplo de aire fresco ver cómo Sophie Hyde rueda esta película sin cosificar a Daryl McCormac, es tan alucinante, tan sorprendente que siento un pellizco en el corazón al verlo después de ver una sexualidad contada en el cine desde el punto de vista de los hombres toda mi puñetera vida, hasta hacerme creer que eso es lo ‘normal’, ‘lo normativo’, lo que hay, directos a la penetración y al orgasmo de ellos.

Daryl McCormak interpreta al gigoló Leo Grande.

La sorpresa de una mujer mayor desnuda

Como he dicho la película desafía muchos tabúes sin necesidad de forzar grandes alaracas, sin hacer una efervescencia de gestualidad excesiva. Otro cliché que derrumba es que una mujer mayor no pueda salir desnuda en el cine a menos que sea en una película de terror o un asesino en serie la esté descuartizando y metiéndola en envoltorios de basura.

Echando la vista atrás, la única vez que he visto a una mujer mayor desnuda en el cine ha sido a Kathy Bates metida en un jacuzzi en ‘A propósito de Schmidt’, la película de Alexander Payne. Flipaiting.

Emma Thompson lo hace, tiene la valentía, la serenidad de realizar un desnudo frontal, y esa es otra razón por la que merece la pena ver también ‘Buena suerte, Leo Grande”.

Puedes ver “Buena suerte, Leo Grande” en Movistar +.

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“Envidia sana”: el mal rollo de los amigos cuando se tiene éxito

Daniel Cohen, el director de “Envidia Sana”, quería explorar lo que pasa en un grupo de amigos cuando uno de ellos tiene éxito profesional. Es el llamado “Schadenfreude”, ese palabro aleman que significa que nos alegramos de la adversidad ajena e implica que queremos más a nuestros amigos cuando fracasan, nos alivia y nos hace disfrutar cuando les va mal pero, en cambio, nos hace sufrir que triunfen y su talento se vea premiado. Son nuestros amigos, ¿eh? pero a la vez este estado de ánimo es muy humano. Una idea filosófica que explora Cohen en “Envidia sana” porque que levante la mano quien no haya sufrido “Schandenfreude” alguna vez en su vida.

En “Envidia sana”, un grupo de amigos ve alterada su dinámica emocional cuando Lea, una mujer tímida y sensible que trabaja en una tienda de un centro comercial de París, anuncia que está escribiendo una novela, y encima se la publican obteniendo un premio importante, lo cual destruye su matrimonio con Marc, un insufrible ejecutivo narcisista y su relación de amistad con una pareja de amigos, Karine y Francis (el único que se salva de la ‘melée’ celosa)

Karine y Francis en pleno éxtasis creativo

Nada molesta pero es machacona

Hay una secuencia de arranque insoportable por lo larga que se hace cuando el grupo decide qué postre tomar en un restaurante. Los guionistas, Daniel Dohen y Olivier Dazat, quieren presentar a los personajes pero se les va la mano con el ‘leit motif’ de las isla flotantes. El gran defecto de la película es la machaconería, la repetición de un tema: la envidia hace que odiemos a los amigos que triunfan creativamente y revela nuestra mezquindad. Ya lo pillamos con tres secuencias pero, por desgracia, se repite en veinte a lo largo de “Envidia sana”. Ay, Daniel, coño que ya me he enterado, que no me lo repitas más. Que ya sabemos que Karine es una celosa patética y Marc, un narcista ignorante, y Lea, muy maja y paciente, sin apenas evolución como personaje.

Aún así nada molesta en esta película, la veo con interés. “Envidia sana” bucea en la puñeterera envidia insana que, sobre todo, Karine saca a relucir cuando Lea, la más discreta del grupo, publica su novela sobre la gente que visita su boutique en un centro comercial porque Karine sólo es amiga de Lea cuando esta última se encuentra en un plano de inferioridad. Mientras Lea trabaja en una tienda de ropa no representa una amenaza para Karine ni le quita ni un ápice de su protagonismo en el grupo. Karine mira a su amiga por encima del hombro. Su reacción al éxito de Lea destapa su rampante mediocridad, su exhibicionismo patético y su afán competitivo.

La película es un catálogo de miserias humanas. Es alucinante lo mal que trata Karine a su amiga Lea, y ella se deja, pasándole todas las pullas, quizás porque el personaje de Lea está idealizado. Aunque menos mal que Francis, el marido de Karine, le hace el contrapunto a su esposa quizás por eso sea el único que sabe sacarle partido a su recién descubierta vena creativa.

Francis es François Damiens, el padre sordo de “La familia Bélier” y Karine, Florence Foresti que salía en “Mes amis, mes amours”.

Igual que adoramos ver a millonarios sufrir y ahí radica el triunfo de series como White Lotus, también nos encanta que a nuestros amigos les vaya mal en lo profesional, esa es la tesis de Cohen.

Cuando Lea triunfa, sus amigos cambian

Lo interesante del guion de “Envidia sana” es que no ahonda en la tópica premisa de que quien triunfa cambia y se vuelve insoportable, esa idea de que quien tiene éxito crece en arrogancia alimentando su ego, sino que son los demás, los amigos, el marido, los que revelan su peor parte por culpa de los celos y de la cochina envidia.

Marc, Vincent Cassel, con su mujer Lea, Bérenice Bejó, en su nuevo piso de París.

Con amigos como estos, ¿quién necesita enemigos?

La película tiene su origen en una obra de teatro. Realmente los dos pilares en los que se basa son los diálogos y la interpretación de los actores.

“Envidia sana” me interesa y, a la vez, me deja fría porque creo que los personajes no tienen evolución emocional ni contradicciones humanas. Al final del guion, hay un acelerón que no comprendo del todo.

La película de Daniel Cohen no es una comedia pura sino una historia ligera, con tintes morales, en la que los personajes son insufribles, salvo la perfecta Lea, oh vaya, parece sacada de una cuento de hadas. La comedia no vira hacia lo ácido ni hacia lo vitrólico y eso, en algún punto de la historia se echa de menos.

Lo mejor: Los actores y los diálogos. No es una comedia burracona.

Lo peor: La secuencia de arranque en la que los personajes eligen los postres. La linealidad de los personajes.

Para ver con: amigas y a solas.

Puedes ver “Envidia sana” en Movistar +.

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