All posts by NURIA VERDE

Escritora. Autora junto con Gonzalo Toledano del libro "Cómo crear una serie de televisión" (Ediciones T&B) y "El verdadero tercer hombre" (Ediciones del Viento) "Los crímenes de Atapuerca" (Caligrama) Periodista de RTVE.

Poemas de amor. “Ilusiones”

Cuando nos enamoramos

Voy a soñar

bajo la lluvia repentina y emocionada,

con una mente en domingo

de dicha blanca

que respira su dulce lumbre innombrada. 

La bronca ilusión

es pensarte enamorada

y andarte por esta ciudad asfixiada,

la nave de la euforia 

de fiestas de cumpleaños de mi infancia,

de velas, cocacolas y lluvia nocturna. 

Vivo un espontáneo ejercicio de presente

disfruto de mis días

y me busco excusas para la alegría.

sinfonías de asfalto de hierba

que hoy soy ese pájaro que sobrevoló la terraza, 

el ciprés calvo de los paseos,

la novia sabia

de un enamorarse no calculado. 

Puedes leer “Amor atávico” aquí.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 79

Capítulo 79

El restaurante Malafemma era precioso. Luisa se sintió vestida como una pordiosera en un sitio tan elegante, al lado de un hombre que viste Armani a diario. Bombillas grandes desnudas con los filamentos interiores visibles se balanceaban en la pared izquierda. Ella se fijó en una alacena a la derecha repleta de ollas, grandes teteras, cazos de cobre. Macetas de helechos muy verdes colgaban del techo gravitando sobre la barra color blanco, con cestos de grissini, botellas de Romano dai Forno, Amarone della Valpolicella.

El ambiente era muy agradable. Butacones marrones de cuero. Plafones amarillos que bajaban del techo e irradiaban una luz vainilla. Mesas con manteles blancos y servilletas de verdad, decoradas con pequeños tiestos de Tillandsia. Atmósfera recogida que prometía placer y consuelo. Una pared pintada de rosa abullonada como la superficie de un sofá Chester.

Luisa echó un vistazo a su alrededor. Su atención se centró en un amplio mueble de madera de teca con grandes jarrones chinos, colores azules y verdes, una cesta enorme con limones que parecían sacados de un bodegón de la pintora flamenca Clara Peeters, al lado una cubitera de hielos y botellas de Bombay Saphire. No sabe cuándo es la última vez que se ha tomado un gin-tonic con un hombre que le gusta. Y Sebastián le gusta mucho. Lo suficiente como para querer ser mejor persona y no presentárselo jamás a su madre.

Sebastián se comportaba como un pez dentro del agua en el Malafemma.

La excitación le culebreó en la tripa. No supo qué decir. La situación era demasiado grande, el amor siempre lo era, para que ella encajara y se sintiera cómoda.

Una camarera alta y morena, que ha sido becaria de Sebastián en la Gran Dolina, les dio una buena mesa recoleta situada al lado de una íntima ventana por donde se coló el resplandor delicado de la noche sin estrenar.

Una luz rosada nimbaba el techo. Celosías de madera blanca.

Luisa leyó la carta como si le fuera la vida en ello. Un sosiego inquieto tensó su estómago.

Anti pasti freddi.

La nostra burrata. Con un toque de pesto y acompañado de un bruscheta napolitana.

Carpaccio. Finas láminas de solomillo de ternera con rúcula y parmesano.

Steak tartare al cuore de burrata.

La camarera se acercó. Sebastián hizo las presentaciones.

—Es Luisa Baeza. Una amiga.

—¿Qué tal?, ¿cómo estás?

—Laura. Trabajó con nosotros.

—Encantada.

—Igualmente. Aquí unos días mejor y otros peor. ¿Qué tal va por la Dolina?

—Como siempre. Atapuerca es un manicomio.

—Bueno, ahora más con el asesinato de esa chica. Cuando lo vi en la tele no me lo podía creer. Yo había estado ahí dentro, en la Sima de los Huesos. De terror.

—Sí, es verdad —dice Sebastián con voz inexpresiva. Cambiando de tema, murmuró—: ¿Cómo va tu tesis?

—La dejé. Estoy preparando oposiciones. Está complicado.

—Comprendo. Si te puedo ayudar en algo…

—Gracias, Sebastián. Eres un encanto.

Luisa se dio cuenta por la forma en que Laura miraba a Sebastián de que se habían acostado. Una tristeza brumosa opacó su ilusión.

—¿Qué queréis beber?

Brunello di Montalcino.

—Buena elección.

Luisa se sintió tan nerviosa que no supo qué decir. Si Sebastián le diera igual, seguro que charlaba de cualquier banalidad. Pero gracias a Dios, él se hizo cargo de la conversación tirando del hilo de la nostalgia de los veranos en Atapuerca.

—¿Te acuerdas de cuando Max sacó a esa panda de la cama con una manguera conectada a…?

—¿Una bombona de butano? Ja, ja, ja.

—Qué follón.

—¿Y cuando aquella vez por el folleteo que había vino Trinidad a la casa del pueblo donde dormíamos y puso un cartel que ponía…?

—«Solo mujeres».

—Ja, ja, ja. Y Max y los otros se escaparon de su casa para incursionar en la de las chicas.

—Y Trinidad vino con una escopeta como si fueran sus hijas.

—¿Owen Lovejoy?

—Oooooweeeennn Lovejoyyyyy.

Cuando llegan sus spaguetti alle vongole y los gnocchi al pesto de Sebastián ya estaban achispados por el maravilloso vino. Sebastián pidió una segunda botella a Laura. Un manto de tristeza cayó sobre la chica, que se sintió al margen de la conversación y las risas. Seguía enamorada de Sebastián y verle con otra mujer despertaba al monstruo de los celos.

—Por favor, Sinaloa siempre repitiendo lo mismo: «Owen Lovejoy cree que los australopitecus eran monógamos y que la monogamia está relacionada con la postura bípeda» —Sebastián imitó la voz eclesiástica y untuosa de Jesús Sinaloa.

A continuación, Sebastián fingió sostener una pipa entre sus labios y clonó el tono autoritario, seguro de sí mismo, desenvuelto, de macho alfa de Max Rey.

—Venga, Jesús, solo los católicos y las palomas se aparean para siempre.

—Ja, ja, ja, ja.

—Ja, ja, ja, ja, ja.

—El sexo refuerza la teoría darwinista.

—No estoy de acuerdo —imitó Luisa a Sinaloa. Max y Jesús estaban en el bar de su padre cuando se pelearon.

—¿Quién te ha dicho que me importe tu opinión?

—Uy, eso le dolió a Sinaloa.

—Con el ego que tiene. Peor que si le echaran ácido sulfúrico.

—Ja, ja, ja. Pobre.

De repente, Luisa calló. Esa caja guardada en su cerebro donde ha guardado la muerte de Max se abrió. Salieron serpientes que reptaron como espectros de culpa. Un estallido de dolor. Sus facciones se deformaron por la angustia y el remordimiento. Se puso a llorar como una niña.

—Perdona, no tendría que haber sacado ese tema.

—Aún creo que Max está vivo.

—Fue un accidente.

—Lo sé.

—Tú no querías. Fue un accidente.

—Lo sé, lo sé.

Pasaron un tiempo en silencio mientras Luisa se calmaba. Se forzó a buscar un tema de conversación.

—¿Y ahora qué estás investigando? —preguntó Luisa mientras cogía con la mano una chirla y la vaciaba en su boca. El sabor marino de la pequeña almeja, el ajo y el aceite se fundieron en su paladar. Enrolló un haz de espaguetis con el tenedor y la cuchara y se los llevó a la boca. Estaban riquísimos. Bebió un trago de vino que refractó el sol dentro de su estómago.

Antecessors en el TD6. Hay controversia sobre si realmente son una nueva especie.

Sebastián sonrió. Empezó a hablar de la serie The Wire, que Luisa no había visto. Por lo que contaba, Luisa pensó que los policías se parecían más a los que trabajaban en la unidad que los que retrataba CSI. De repente, Luisa escuchó una voz conocida. El corazón le dio un vuelco. Se dio la vuelta y vio a una mujer rubia, con cara de niña, sentada enfrente de él en una mesa detrás de ellos. Aduriz. Su mujer. Su pecho se desgarró de dolor. ¿Por qué se apenaba?

Aduriz sonrió al verla, le dijo algo a su mujer y se levantó para acercarse a su mesa.

—Hola. ¿Qué tal estás?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 76

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más impactante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 76

La sala de interrogatorios de la comisaría olía a derrota y desesperación. Una mesa desnuda, dos sillas, dos vasos plásticos vacíos de café sobre la mesa, una papelera metálica negra forrada con una bolsa de basura también negra, los suelos sucios, aunque fregaran cada día, las paredes descascarilladas con una grieta que atravesaba su superficie como una fea y negra cicatriz.

Luisa Baeza se tensó delante de Andrea, que estaba sentada frente a ella y la miraba desafiante. Se había convertido en una mujer alta e independiente, inteligente y díscola. Se fijó en su abundante melena rizada, en sus ojos negros.

—Esta conversación va a ser grabada. Estoy junto al subinspector Miguel Ángel Aduriz, en Burgos. Es lunes, 1 de octubre de 2019. Las diez de la mañana. ¿Por qué no nos entregaste las cámaras? —pregunta la inspectora Baeza.

—Me acojo a mi derecho de no declarar.

—¿Por qué tocaste el cuerpo de la víctima?

—Me acojo a mi derecho de no declarar.

—¿Por qué la contaminaste con tu ADN?, ¿para ocultar el hecho de que su cuerpo ya tenía tu ADN antes?

—Me acojo a mi derecho a no declarar.

—¿Sabías que tu padre se había enamorado de Miriam?

Andrea cruzó los brazos y miró, dolida, a Luisa.

—No voy a decirte nada. Hija de puta.

—¿Por qué ese odio a Jesús Sinaloa, Andrea?, ¿mataste a Miriam, Andrea?

—¿Cómo está Lara?

—Está ingresada en el Hospital Universitario. Está estable.

Luisa leyó la desgarrada ternura en la cara de Andrea. Tuvo celos de Lara porque a ella nunca la habían querido así.

—¿Y mi padre?

—Ha muerto.

Andrea se quedó reducida a cenizas. El dolor la perforó por dentro y se comió sus órganos.

De repente, la puerta de la sala de interrogatorios se abrió de un golpe brusco. Era algo que nunca pasaba. Incluso había un cartel en la puerta de la sala en el que ponía: «No abrir la puerta. No interrumpir el interrogatorio en curso».

Luisa sintió un vértigo, un desmayo, un mareo. Otro ataque de pánico. Su corazón le latió a una velocidad desbocada.

Andrea se contrajo con un miedo aterrado que la paralizó.

Entraron Sergio Martín, de Asuntos Internos, y el juez Gaicano. Se dirigieron a la inspectora Baeza.

—Este interrogatorio ha acabado.

—Entrégueme su arma, inspectora Baeza. Está usted fuera del caso.

El juez Gaicano asintió. Evitó mirar a Andrea.

—¿De qué se me acusa? —preguntó la inspectora Baeza.

 —De mala praxis profesional.

—Fue legítima defensa.

—No es esa la versión de su compañero.

 —Sé que lo has pasado muy mal, Luisa. Pero ser una víctima no te convierte en buena policía. ¿No te das cuenta de que se ha acabado todo? —dijo Aduriz.

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El asesinato más impactante de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 75

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más mediático de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 75

Fue en una cena con el equipo de Atapuerca en el asador Aranda cuando todo se estropeó. Aunque yo ya quería que Andrea me pillara. Desde que sabía que se iba a África sin mí ya me daba igual todo. Sentía un placer mórbido en autodestruirme y volar por los aires nuestra unión.

Me tomaba una copa de Ribera del Duero en la barra cuando Germán se acercó a mí.

—¿Qué haces?

—Solo quería hablar contigo.

—No. He venido con Andrea.

—Solo estamos hablando.

—Vete, por favor, Germán. Ponte en mi lugar.

—Te echo de menos, Lara.

—No. Olvídame. Olvida lo que pasó.

—Pero ¿qué pasó exactamente?

—Nada.

Andrea me miró. Vi que analizaba cada movimiento, cada gesto, cada mínimo detalle de nuestra interacción. Sentí una tristeza anticipada y a la vez un deseo enconado de hacerle daño.

Germán me cogió la mano, buscó con sus dedos mi pulso.

—No puedo sacarte de mi cabeza.

Andrea me miró mientras enarcaba las cejas. Bueno, ya está, quería quitarme el peso de encima, aliviar mi conciencia. Quería que ella se enterara. Quería que ella sufriera lo que yo había sufrido al saber que había ganado una beca para excavar en Olduvai y no me había dicho nada porque pensaba irse sin mí. la protagonista era la actriz, qn nada, y mi silencio fue meguerie de sundande TV, Appele Yard, la protagonista era la actriz, q

—Estoy con Andrea. Por favor, Germán, déjame en paz.

Cinco horas después hicimos el trayecto a casa en el Land Rover de Max —el Halcón Milenario— envueltos en un silencio sepulcral, fúnebre. Yo iba sentada detrás con Sebastián. Andrea conducía. Manu iba a su lado. No habló durante todo el viaje atravesando la oscuridad, rasgando la dulce y satinada noche. Yo temblaba de miedo y ansiedad. Lo sabía. Y sufría como yo sufría. Me había vengado.

Cuando llegamos, Andrea y yo nos fuimos a nuestra habitación.

—Lárgate de aquí, Lara.

—¿Qué?

—¿Te has acostado con Germán?

No tuve fuerzas para mentir. No dije nada. Bajé la cabeza. Mi silencio fue más elocuente que cualquier cosa que hubiera dicho.

—¿Él te importa? —me preguntó.

—No.

—¿Y entonces por qué, Lara?

—Me sentía muy sola. Estaba borracha.

—Vete, por favor. No quiero verte más en mi vida.

—No fue nada. Estaba borracha.

—No te justifiques.

—No disfruté. Creo que tengo un problema con el alcohol. Bebo porque me siento mal. Siento tanta presión aquí. No quise hacerlo.

Me puse a llorar como una niña.

—No quise hacerte daño —dije.

—Pues me lo has hecho.

Con cada palabra, Andrea me clavaba una estaca en el corazón más y más hondo.

—Lo que no soporto es la mentira, el engaño. ¿Cómo voy a confiar en ti, Lara?

—¿Y yo?, ¿cómo voy a confiar en ti si me entero por Paz de que te largas a África dos años?

Sentí el dolor en su cara. Le había pegado un revés que no se esperaba.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

Un silencio culpable le cruzó los ojos. Esos ojos tan vivos, tan resplandecientes.

De repente, sonó el timbre de la puerta.

—Voy yo —dijo Andrea.

La inspectora Baeza y el subinspector Aduriz nos esperaban tras la puerta.

—¿Puedo hacerte unas preguntas? —preguntó la inspectora Baeza a Andrea.

—Sí, claro. Pasen.

Me di cuenta de que Andrea agradecía la interrupción de la policía. Yo me tragué las lágrimas y me recompuse como pude.

—¿Por qué no me dijisteis que habíais entrado con una cámara GoPro a la sima cuando encontrasteis a la víctima?

—No lo sé.

—¿A quién estás protegiendo, Andrea?

—A nadie.

—¿Dónde están las cámaras?

—No lo sé.

—¿Quieres que pida una orden y haga un registro de la casa? —pregunta la inspectora Baeza.

—No, no hace falta.

Luisa acompaña a Andrea a nuestra habitación. Andrea saca las dos GoPro y se las entrega al subinspector Aduriz.

—Las tarjetas están dentro.

Yo estoy en shock. Tiemblo de pies a cabeza.

Max ha entrado en casa, con sus llaves, sin que lo hayamos oído. Cuando volvemos a la cocina, Max empuña su escopeta de caza —la que siempre tiene colgada en la pared su despacho— y apunta a Aduriz. Luisa saca su pistola y apunta a Max.

—Déjala en paz. Ella no ha hecho nada —dice Max.

—Baja el arma, Max. Bájala —grita Luisa.

—Deja a mi hija.

Andrea desorbita sus ojos. La ansiedad le golpea el pecho con su puño monstruoso. Empieza a hiperventilar. Se ahoga. Sé que está teniendo uno de sus ataques de asma. Andrea se mete la mano en la chaqueta para coger el inhalador. Luisa dispara. Yo me pongo delante de ella. Max dispara. Luisa le dispara.

Andrea cae al suelo. Su inhalador rueda por las caras baldosas de terracota del suelo de la cocina. El pecho se me abre de dolor. Caigo al suelo como una marioneta desmadejada. La sangre caliente me empapa la camisa blanca.

Esa es la noche en la que Luisa Baeza mata a Max Rey.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 77

Capítulo 77

Un año después. Burgos

A Luisa Baeza le aburren hasta la náusea los niños. Se ha pasado toda su vida adulta aguantando a gente que le hacía preguntas impertinentes e irritantes: «¿Cuándo vas a tener hijos?», «¿por qué no quieres tener hijos?», «¿no?, ¿no te gustan los niños?», «¿tienes hijos?», «¡oh, qué pena, con lo niñero que es Tomás!», «oye, que se te pasa el arroz, tic, tac, tic tac, ¿no sientes el reloj biológico?». Luisa tenía ganas de estrangular con sus propias manos a esa gente invasiva y soltarles: «Me importan una mierda los niños, nunca he tenido instinto materno, me lo extirpó Mengele cuando nací, soy amiga de Poncio Pilatos, los niños me parecen un coñazo infinito, los bebés están sobrevalorados, les importan a sus madres, pero no al resto de la humanidad, que puede vivir perfectamente sin ver una foto de su bebé poniendo cara de gili en su Bugaboo, como me enseñes otra foto de tu bebé desnudo metido en el Tubitú te asesinaré». Pero la buena educación y el ser consciente de que su elección de no maternidad iba en contra de la corriente mayoritaria y convencional impulsaban a Luisa a sonreír débilmente y asentir con la cabeza. La inspectora Baeza tenía unas frases hechas preparadas para esas ocasiones: «No, yo nunca he querido ser madre», «claro que me gustan los niños», «tengo unas sobrinas monísimas».

Ahora finge delante de Lucía, su sobrina de cuatro años, una sonrisa encantada, aunque por dentro rabia de aburrimiento.

Por lo menos hoy Luisa se siente un poco mejor. Lo que quiere decir que la paroxetina le está haciendo efecto después de un año tomando el antidepresivo, después de un año durmiendo a base de Orfidales. La inspectora Baeza se ha refugiado durante un año en Málaga, ese Hawái español, donde hace veintidós grados durante doce meses del año, en un apartamento de una amiga en La Malagueta. Se ha dedicado a dar largos paseos por la playa, a leer cuando la depresión le daba tregua y a caminar por el monte. No se ha bañado. El agua estaba muy fría, a pesar de que era el Mediterráneo. También ha llorado mucho, de forma torrencial, sin parar, se le han obstruido los lacrimales. Ha llorado todo lo que no había llorado desde que secuestraron a Toni.

Contemplar el mar, sentarse en la arena firme de su orilla, escuchar su respiración acompasada y sedante calmaban su ánimo de bajura. Su madre también la ha llamado. Pero, por salud mental, Luisa ha desviado a su progenitora al buzón de voz.

Se siente en deuda con Mar. No es fácil cuidar e interesarse por una depresiva, aunque sea por el móvil. Y Mar se ha volcado con Luisa durante su depresión, cuando la inspectora se sentía acosada por los perros negros de la culpa. Haber matado a Max le pesaba como si llevara un ancla al cuello.

Por primera vez en su vida, Luisa hace caso a Mar, lo cual implica pasar mucho tiempo también con dos criaturas babosas por las que Luisa finge interesarse fingiendo un entusiasmo voluntarioso. En realidad, se aburre como una ostra. Debería estar trabajando dieciséis horas al día, debería estar absorbida por el caso de Miriam Sinaloa.

Como penitencia por sus pecados, Luisa ha prometido a Mar pasar un domingo juntas y luego invitar a mamá a comer. Luisa ya se desmaya con solo anticipar el plan. Qué resistencia siente a llevar a cabo esa frase dicha por inconsciencia y culpa a su hermana en una tarde tonta, cuando la paroxetina aún no había estimulado sus neurotransmisores y sus reservas de serotonina estaban bajo mínimos y se sentía culpable.

«¿Le dices ya a Mar: “Oye, nos vamos a tomar una cañita”?», se oye decir Luisa a sí misma en su mente. Pero su boca permanece muda. «Aguanta un poco más, Luisa», se dice a sí misma. Aún no son ni las seis de la tarde. Se supone que no debe beber porque está tomando medicación. A tomar por culo. Lo suyo nunca ha sido el seguir las reglas, al menos en lo que al alcohol se refiere. Un whisky doble Macallan on the rocks es lo que ella necesita. Para colmo de males, su hermana no bebe porque está como las maracas del Machín y sigue dando el pecho a su niña pequeña, que ya tiene dos años, a pesar de que le ha mordido dos veces el pezón con sus dientes de leche y le ha hecho una herida sangrante en la teta. Pero Mar erre que erre. Ha nacido masoquista y se morirá masoquista. «Que Mar se tome una caña sin alcohol. Yo me voy a tomar un whisky doble». A Mar no le gusta ir a un bar con las niñas. Bueno, irán a una terraza. Qué coñazo la maternidad.

La inspectora Baeza entra en un sopor aletargado semicatatónico, sentada en ese banco que se le clava en el culo mientras su sobrina Lucía juega en los columpios, se tira una y otra vez por el tobogán. Por lo menos no se acerca a Luisa ni reclama su atención. Luisa vuelve su cara en dirección al sol y sofoca sus ganas de gritar y tirarse de los pelos. Qué tedio, coño. Las bajas por depresión están sobrevaloradas.

Mar habla de los vuelos baratos de Ryanair, se ha ido a Lisboa con su marido y las niñas, los trataron como ganado, no te dan unos cacahuetes y para colmo de males los obligaron a facturar la maletita de ruedas porque les dijeron que no tenía las medidas adecuadas, y una mierda, es que no tenían ya sitio, en esos aviones vas como sardinas y al final lo barato sale caro.

Luisa asiente y sonríe. Luego Mar pasa a quejarse de la matraca que nos dan en todas partes con la crisis del clima. Joder, qué chapa, y esa tía, la tal Greta, que viene en catamarán desde Argentina, qué pesada. Hasta en la sopa la tal Greta.

—Es el signo de los tiempos. Un icono millennial —dice Luisa—. La chica no tiene la culpa.

—¿No puede hacer como todo el mundo y coger un avión?

—Lo que más contamina son los aviones.

—¿Y tenemos que dejar de coger aviones? Menuda mierda. Y el Bardem dando también la chapa. Pero él sí que coge aviones. ¿Y en su casoplón no pone la calefacción? ¡Venga, coño!

A Luisa le da un vuelco el corazón y finge no haberle visto mientras Sebastián se acerca derrochando encanto en dirección a su hermana y ella. Se pone color púrpura como una colegiala que estudia en las monjas. Sonríe mucho, como si le hubieran estirado con invisibles hilos de marioneta las comisuras de los labios.

—¿Qué te pasa? —dice su hermana, que no está acostumbrada a verla sonreír así.

Sebastián, vestido con traje y abrigo negro, alto y guapo, hinca una rodilla en el suelo ante Luisa como si le fuera a pedir matrimonio. Ella se alarma y le coge del brazo. Pero lo retira como si le hubieran dado una descarga eléctrica. Mar se ríe con regocijo malicioso.

El ambiente de la tediosa tarde se erotiza.

Sebastián. Un movimiento elegante de manos. Le ata el cordón suelto del zapato marrón desgastado en la puntera derecha de Luisa. Su corazón deja de latir, luego late muy fuerte, como puños que golpean una puerta. Una excitación frenética palpita en su pecho. Aldabonazos delirantes chocan contra su esternón. Cuando Luisa vuelve a respirar, se siente aturdida y culpable. «No te hagas ilusiones. Sebas no quiere nada contigo. Solo está siendo amable. Tú no eres mujer para un hombre como él». La voz chirriante y dura de su madre. La voz que la enloquece y le hace sentirse como una mierda. «Eres fea y una inútil. Nadie te va a querer. ¿Por qué no te vistes mejor?». Al final su madre va a tener razón. Pero la voz rayada se contradice con un callado y delicado impulso de seducción que germina en su pecho como un brote tierno que busca la luz. Quiere gustar a Sebastián. Odia tener que admitirlo. Finge una calma helada. Pero los nervios le comen a dentelladas el estómago.

Su hermana la mira con una sonrisa malintencionada de oreja a oreja. «Para. ¿Me oyes? Para de una puta vez».

—¿No te has ido de vacaciones? —pregunta Sebastián aún de rodillas, la mira desde abajo como un humilde siervo de la gleba salido de un túnel del tiempo.

—Sí.

—¿A dónde?

—A Málaga.

—Me han dicho que allí siempre es verano.

—Te han informado bien.

—Bueno, yo me voy, que es la hora de cenar y las niñas tienen cole mañana. Y tienen deberes que hacer. Es una locura la cantidad de deberes que les ponen ahora a los niños. Ni que fueran ministros.

—Quédate.

Luisa mira el cielo color salmón mientras se muerde el labio inferior con un gesto infantil. Tranchas de nubes doradas. La espalda de piedra de la catedral. El anochecer fresco y prometedor.

Siente su alma en un puño. Pero una ligereza se cuela en sus huesos y le hace gozar de esa sencilla plaza, de los columpios con muelles con cara de elefantes y vacas amarillos y azules, de los niños jugando con sus cubos y palas y miles de animales de plástico en el arenero. Le atraviesa una corriente de alegría sin motivo. Se siente como si hubiera aprendido a respirar de nuevo.

—No, me voy. Te dejo en buena compañía.

—Había prometido recoger a mamá.

—Ya la recojo yo.

Luisa da las gracias a su hermana en silencio. Sebastián la mira con ojos chisporroteantes de vida.

—¿Te apetece una cena rápida? Nada complicado.

—Solo si primero te levantas del suelo.

 —¿Cómo está tu madre?

—Con dos hijas y siempre sola o «me voy a tirar por el balcón, así os libráis de mí». Elige la variante que más te guste. Insoportable, como siempre.

Sebastián se ríe. A Luisa le da mucha satisfacción haberle arrancado una carcajada. Se relaja como si fuera una muñeca hinchable y alguien le hubiera quitado el tapón.

—¿Te gusta el Malafemma?

—Nunca he estado.

—Un día fui con Max. Conozco a una de las camareras y nos dará una buena mesa. Hacen unos gnocchi espectaculares.

Escuchar el nombre de Max remueve su mala conciencia. Un golpe de dolor en su tripa.

Se levanta del banco. Juntos se pierden por la umbría callejuela del fondo de la plaza.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 74

Capítulo 74

Carla se enfrenta a su clase de nuevo. En la última fila está sentado Marco. Hace un esfuerzo por no mirar al chico. Mientras habla de El Rey Lear de Shakespeare, nota cómo la voz se le ahoga:

—Lear no entiende cómo la vida puede seguir sin su hija Cordelia porque tras su muerte el mundo se ha vaciado de significado. Por eso su monólogo se ha hecho clásico, porque expresa perfectamente el dolor cuando perdemos a un hijo.

Silencio indiferente y abúlico.

—¿Cuál es la clave del amor según Shakespeare? Demostrarlo sin expresarlo con palabras. Las bonitas palabras, los halagos delante de terceros se los lleva el viento, nos dice Shakespeare.

Cuando la clase termina, Carla le dice a Marco:

—¿Puedo hablar contigo?

Al chico se le nota muy incómodo. Como si ella le estuviera retorciendo el brazo.

—Sí.

—¿Viste a Miriam ese día?

—Escuche, ya se lo he dicho a la policía. Yo no la vi ese día.

La indiferencia hosca del adolescente enerva a Carla, la lleva a traspasar una frontera de frustración que está más allá del dolor vacío, la hartura irritada que suele sentir. No es ya dolor. Es una angustia agotada por vivir, una angustia que le impide levantarse cada día de la cama y atravesar mentalmente el pavimento de las horas vacías que le quedan por vivir. Es la horrible sensación de ser protagonista de una pesadilla que le puede pasar a los demás, pero nunca a una.

—Escucha, si le has hecho daño a mi niña, te mataré, Marco. Me da igual ir a la cárcel. ¿Te crees que tengo ya algo que perder?

Cuatro horas más tarde, Matías, el director del instituto, intercepta a Carla en el aparcamiento cuando ella está apuntando con su mando a la puerta de su Toyota Auris. Carla no quiere ir a casa. Solo quiere conducir. Solo quiere desaparecer. Solo quiere no pensar.

—¿Puedo hablar contigo un momento? —pregunta Matías.

Carla resopla. Se apodera de ella la irritación.

—No es nada malo.

—Sí, claro.

—La madre de un alumno, Marco Herráiz, se ha quejado de ti. Dice que hostigas a su hijo, que le amenazas y que le culpas de lo que le pasó a tu hija.

—Yo no hago eso, Matías.

—Escucha, Carla, sé que lo has pasado muy mal. Y lo estás pasando. Has recibido el peor palo que te puede dar la vida. Pero cógete la baja, no tienes que reincorporarte tan pronto.

—No puedo estar en casa. Me subo por las paredes. La casa se me cae encima.

—Muy bien. Lo entiendo. Pero necesitas descansar, Carla, has estado sometida a mucho estrés últimamente. El chico no…

—Ese chico trafica con drogas aquí en este instituto y metió a mi hija en las drogas, tú lo sabes y miras para otro lado.

—¿Tienes pruebas de lo que dices?

—¿Y tú harías algo, aunque yo te diese una prueba?

Poemas de amor. “Éramos el cardumen”

Éramos el cardumen

Éramos el cardumen

de los sueños arbolados con buril

y mañanas ensimismadas. 

Cómo se pasa el tiempo, Dios mío 

Y ahora me pierdo en la vigilia de tu corazón,

y oigo tu voz rota de ilusión

mientras hay un terremoto 

de nueve puntos en la escala de Richter. 

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“Crímenes”: el pacto diabólico de Brito y Picatoste

Ya se han estrenado los nuevos capítulos de la serie documental de “True Crime”, “Crímenes” de Carles Porta. Dos de ellos tratan la fuga de Brito y Picatoste, un preso y su cómplice, un ex preso, amigos, quienes tuvieron en vilo a toda Cataluña, con disparos a mossos de esquadra (a uno lo dejan en una silla de ruedas) asesinato de una chico y violación de una chica. Brito y Picastote: un pacto diabólico

El inicio es escalofriante, más propio de la ficción que de un caso real: dos Mossos d’Esquadra custudian a un preso de Ponent en el hospital de Vilanau. De repente aparece un individuo, Picatoste, que los dispara liberando a su amigo. Con un coche robado huyen a los bosques de Cendanyola y se atrincheran allí poniendo en jaque a los cuerpos de seguridad del Estado.

Brito y Picatoste se han conocido y hecho amigos en la cárcel. Sobre Brito pesa una condena larga, 30 años, por robo con homicidio. Sin embargo Picatoste está libre, ex toxicómano, tiene SIDA, ya ha cumplido su condena por robo para pagarse su adicción a las drogas. Resulta incomprensible que se metiese en una movida semejante, sólo para sacar a su amigo de la cárcel.

La serie documental mantiene su identidad: poca reconstrucción, solo cuando es necesaria, plano fijo de presentador sobre los entrevistados que saben hablar bien y construyen el relato, ambiente minimalista, planos cenitales de dron, y archivos de la policía: cámaras en la calle, audio telefónicos, fotos y vídeos. Hay que recordar que son casos condenados y el colofón son siempre las imágenes reales del juicio a los acusados.

Tras la huida hacia adelante de Brito y Piactoste, se crea una alarma social. Dos hombres muy peligrosos están libres y mantienen en vilo a Mossos d’Esquadra. Además se da la circunstancia de que el cuerpo. recién creado se ve cuestionado porque esta fuga se une a otras fugas de presos, y los Mossos tienen un ratio más elevado que el resto de España.

Brito y Picatoste se emboscan en la montaña y ponen un jaque a la policía. La gran pregunta es: ¿Cómo un preso que ya está libre ayuda a otro preso a fugarse y se condena a sí mismo?

Mientras que Brito es un psicópata, Picatoste es una persona vulnerable, perdida en la vida, que se metió en las drogas y se arruinó la vida.

Picatoste está enamorado de Brito. En la cárcel, Brito le enseñó artes marciales, y según él, le sacó de la depresión y la soledad. Lo hace por su amigo.

“Crimenes” no amarillea y mantiene el rigor periodístico, un respeto por las víctimas y una capacidad para contar bien una historia de la crónica negra española, sin buscar el morbo y la cloaca a toda costa.

A veces a los episodios les sobran minutos, como en el caso de los tres capitulos de la huida de Brito y Picatoste. Hay una clara línea roja a la hora de escoger los contenidos para desarrollarlos audiovisualmente: son casos ya juzgados y condenados, no se escogen casos abiertos ni en investigación, no se especula con lo que pasó.


Brito y Picatoste, un pacto diabólico.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 73

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más tenebroso de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 73

Carla se enfrenta a su clase de nuevo. En la última fila está sentado Marco. Hace un esfuerzo por no mirar al chico. Mientras habla de El Rey Lear de Shakespeare, nota cómo la voz se le ahoga:

—Lear no entiende cómo la vida puede seguir sin su hija Cordelia porque tras su muerte el mundo se ha vaciado de significado. Por eso su monólogo se ha hecho clásico, porque expresa perfectamente el dolor cuando perdemos a un hijo.

Silencio indiferente y abúlico.

—¿Cuál es la clave del amor según Shakespeare? Demostrarlo sin expresarlo con palabras. Las bonitas palabras, los halagos delante de terceros se los lleva el viento, nos dice Shakespeare.

Cuando la clase termina, Carla le dice a Marco:

—¿Puedo hablar contigo?

Al chico se le nota muy incómodo. Como si ella le estuviera retorciendo el brazo.

—Sí.

—¿Viste a Miriam ese día?

—Escuche, ya se lo he dicho a la policía. Yo no la vi ese día.

La indiferencia hosca del adolescente enerva a Carla, la lleva a traspasar una frontera de frustración que está más allá del dolor vacío, la hartura irritada que suele sentir. No es ya dolor. Es una angustia agotada por vivir, una angustia que le impide levantarse cada día de la cama y atravesar mentalmente el pavimento de las horas vacías que le quedan por vivir. Es la horrible sensación de ser protagonista de una pesadilla que le puede pasar a los demás, pero nunca a una.

—Escucha, si le has hecho daño a mi niña, te mataré, Marco. Me da igual ir a la cárcel. ¿Te crees que tengo ya algo que perder?

Cuatro horas más tarde, Matías, el director del instituto, intercepta a Carla en el aparcamiento cuando ella está apuntando con su mando a la puerta de su Toyota Auris. Carla no quiere ir a casa. Solo quiere conducir. Solo quiere desaparecer. Solo quiere no pensar.

—¿Puedo hablar contigo un momento? —pregunta Matías.

Carla resopla. Se apodera de ella la irritación.

—No es nada malo.

—Sí, claro.

—La madre de un alumno, Marco Herráiz, se ha quejado de ti. Dice que hostigas a su hijo, que le amenazas y que le culpas de lo que le pasó a tu hija.

—Yo no hago eso, Matías.

—Escucha, Carla, sé que lo has pasado muy mal. Y lo estás pasando. Has recibido el peor palo que te puede dar la vida. Pero cógete la baja, no tienes que reincorporarte tan pronto.

—No puedo estar en casa. Me subo por las paredes. La casa se me cae encima.

—Muy bien. Lo entiendo. Pero necesitas descansar, Carla, has estado sometida a mucho estrés últimamente. El chico no…

—Ese chico trafica con drogas aquí en este instituto y metió a mi hija en las drogas, tú lo sabes y miras para otro lado.

—¿Tienes pruebas de lo que dices?

—¿Y tú harías algo, aunque yo te diese una prueba?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Es muy entretenida y engancha


cristinaescandellvega

LOS CRÍMENES DE ATAPUERCA, de Nuria Verde.
Casi toda la trama transcurre en el yacimiento de Atapuerca, donde aparece el cadáver de una adolescente brutalmente asesinada. Cada personaje tiene una historia en paralelo, todas duras y complicadas, desde la inspectora, traumatizada desde su infancia por la desaparición de su hermano pequeño y recién divorciada, pasando por Andrea, abandonada por su madre biológica y apartada por su madre adoptiva, y que además perdió a su novia recientemente en un accidente, hasta Miriam, enrollada con un camello de poca monta que ni siquiera le entusiasma sólo para vengarse de su madre porque es infiel a su padre. A partir de cada uno de ellos se podría escribir otra novela!! Son situaciones muy reales: amor y desamor, sexo, suicidios, enfermedades mentales, intrigas y mucha arqueología. Vamos, que la he empezado hoy y no he podido parar hasta terminarla.
Muchas gracias @nuriaverde71, he disfrutado con tu novela, es muy muy entretenida y engancha. Tendré que visitar Atapuerca.
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