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Tips de guión, consejos del libro COMO CREAR UNA SERIE DE TELEVISIÓN de Gonzalo Toledano y Nuria Verde (Ediciones T&B)

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 85

El caso más estremecedor de Atapuerca

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más estremecedor de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 85

Doce horas después, la inspectora Baeza desemboca en una plaza donde hay una procesión. Unos hombres llevan un trono de una Virgen. El hermano mayor agita una campana. Una orquesta toca sus tambores y trompetas.

Luisa se pega a la pared de la plaza. Deja atrás a la multitud extática ante la Virgen, se aleja del bullicio y la charanga solemne, pasa por el mesón La Cueva, el mirador de la catedral, el cabildo metropolitano, la iglesia de San Nicolás de Bari. Luisa ve que el abrigo negro aletea al traspasar la entrada de la parroquia. Luisa cruza la calle y espera al lado del pórtico. Hay dos mujeres rumanas, con pañuelos coloridos en la cabeza y faldas largas y anchas, sentadas en el suelo, pidiendo dinero. Una de ellas pide a Luisa, que la ignora.

—Señora, cuánto tiempo sin verla —dice.

«Teniendo en cuenta que nunca he estado aquí, sí, es mucho tiempo», piensa Luisa.

—Una ayuda, señora, tengo un bebé y no tengo qué darle de comer.

«Coño, qué pesada», piensa Luisa.

Una irritación recorre a Luisa y la impulsa a entrar en la iglesia solo para alejarse de la rumana.

Retablo esculpido en piedra caliza del siglo xvi. La iglesia se construyó en 1408. Está en la ruta del Camino de Santiago.

A Luisa le duele el pecho como si le fuera a dar un infarto. Siente una opresión que la ahoga. Se da la vuelta y se coloca frente a la pila bautismal. Hay una mujer sentada frente a un confesionario. Un hombre pone una vela. Es Sebastián.

Una corriente ártica hace tiritar a la inspectora Baeza, que finge interesarse por un cuadro gigante de san Antonio junto a su carro de guindas volcado.

Cuando Sebastián sale de San Nicolás de Bari, Luisa lo sigue a una dilatada distancia. Recorren la calle Fernán González.

De repente, Sebastián se aleja del centro. Luisa no le pierde de vista. Conoce Burgos como la palma de su mano. Le encanta perseguir a sospechosos. Se crio con la serie Canción Triste de Hill Street. Por esa serie Luisa se hizo policía ante la abierta oposición y desaprobación de su padre, que le dijo que en la policía no había mujeres. Ella dijo que ella sería la primera. Su padre, que no soportaba que nadie cumpliera sus sueños porque él no había logrado ninguno de los suyos, se burló de su hija con un frío desdén. A Luisa le dolió, pero no le hizo perder ni un ápice de determinación. No quería repetir la vida de su padre. Ella quería hacer lo que quería hacer. Se marchó de casa al cumplir los dieciocho.

CAPÍTULO 86

Sebastián se interna en una zona tranquila de chalets adosados nuevos e iguales, chopos recién plantados, coches Citroën C4 Picasso, Dacia Logan MCV, Seat Alhambra, Peugeot 5008, Skoda Superb Combi. Todos los vehículos tienen la sillita para el niño —a veces dos— instalada en el asiento trasero.

Luisa se queda en la esquina de la calle. Desde allí observa cómo Sebastián llama al telefonillo de uno de los adosados. Con un zumbido, alguien le abre la puerta y él recorre un pequeño camino con losetas color amarillo pálido hasta subir los escalones, situarse frente a la puerta de entrada y llamar al timbre.

En el pequeño jardín hay una bicicleta de mujer apoyada contra el murete del garaje. Luisa se palpa su chaqueta. Tienen que estar ahí. Siempre lleva una pequeña linterna y una ganzúa metidas en uno de los bolsillos interiores. Si no ha llevado la chaqueta al tinte, tienen que estar ahí. Ella no las ha sacado. «Dios mío, venga, venga, por favor».

Sus manos tocan un gancho de metal tibio. Luisa se acerca a la casa y mete su gancho en la cerradura de la puerta esforzándose por hacer el mínimo ruido posible. Un sudor frío le baña la cara. Siente una gran sequedad en la boca. Sabe que es por la paroxetina. Efecto secundario. También quedarte sin libido, sin deseo, sin picos altos ni bajos de ánimo. Por fin, tras un tenso y lento forcejeo, la cerradura cede y la puerta se abre con un clic.

Luisa se agacha todo lo que puede y se acerca a la ventana de la cocina como un hurón. Ha puesto el móvil en silencio.

Una luz tibia de color melocotón baña a un niño de dos años en una silla de ruedas. El corazón late muy deprisa a Luisa mientras espía a Sebastián, que se quita el abrigo, se acerca al niño que está conectado a un respirador por la garganta y no se mueve. Su cabeza de pájaro desolado se agita al reconocer a Sebastián, que le besa el pelo.

¿Qué está haciendo allí?, ¿qué tienen que ver esa mujer y el niño con él?

Una extraña terquedad, una perspicacia instintiva hacen permanecer a Luisa agazapada bajo el ventanal de la cocina.

La madre, una mujer morena y alta, guapa a pesar de su cara agotada y la opacidad de sus ojos, levanta la camiseta al niño y le inyecta en una cánula conectada a su estómago el contenido de una gran jeringa. El niño permanece flácido, sin vida, mira con sus ojos desorbitados a su madre mientras Sebastián le acaricia la cabeza.

El niño sonríe en una mueca ausente mientras su madre le alimenta con la jeringa. Luisa se fija en los otros tubos. Todos están conectados a un respirador artificial adosado a la silla de ruedas. Un escalofrío le recorre su columna vertebral. Ella se ha librado de semejante pesadilla al decidir no tener hijos.

De repente, el niño se agita, se convierte un bulto tembloroso y aúlla con la cara deforme por la angustia. Sebastián coge al niño en brazos, con cuidado de no desconectar los tubos que hacen respirar al niño, y vuelve la cara hacia Luisa. Parece un Cristo martirizado. A Luisa le impresiona el sufrimiento que irradia. Un sufrimiento que se hace eco en Luisa, que llora en silencio, sin poderlo evitar. Llora por su hermano Toni, por ese niño, por Sebastián, por ella.

El grito se hace espantoso. La madre parece drogada por los ansiolíticos. Una expresión hierática, desesperanzada, flota en su cara. De pronto, Sebastián besa el pelo al niño, que se calma y se adormece en sus brazos. Ese delicado gesto de ternura se le clava en el pecho a Luisa. Siente celos. Ella nunca ha tenido muestras de afecto así en su infancia.

Nada en la vida te prepara para algo así. Luisa, que en ese momento se siente una intrusa infame, una aprovechada inmoral, sigue robando imágenes de la intimidad de esa familia destrozada por las graves lesiones de su hijo. ¿Ocurrió durante el parto?, ¿una mala praxis médica? El niño es muy guapo. Es moreno y de ojos negros, tan hermoso como Sebastián.

En la encimera color azul de la cocina, Luisa atisba una hilera de origamis con forma de grullas color púrpura.

Luisa no puede respirar. Siente que se avecina un ataque de pánico. Se ve reducida a un manojo de nervios destruido sobre la extensión de césped artificial del chalet.

Luisa se aleja de allí como una miserable cobarde.

—Ojalá hubieras muerto tú y no tu hermano —le grita su madre hace veinticinco años.

Cuando Luisa saca el móvil, le tiemblan las manos. El ataque de pánico está muy cerca. En la habitación trasera de su cerebro le sonríe con los ojos crueles de un monstruo que no tiene piedad. La inspectora abre su bolso. Saca un lorazepam del blíster que siempre lleva dentro. Respira muy fuerte y muy rápido. Ya está hiperventilando. Siente la ansiedad como arena blanca cruel restregándose sobre su pecho. ¡Qué desagradable es! La caja torácica se le hunde a la vez que siente la arritmia desquiciada de su corazón. Se coloca la pastilla blanca bajo la lengua porque así hace un efecto más rápido. «¡Gracias, Dios mío, por las benzodiacepinas!».

Luisa se sienta en un banco de la calle donde está la casa porque tiene miedo a desmayarse. Tiene miedo de perder el dominio de sí misma. Tiene miedo de enloquecer. Tiene miedo de que la ingresen de por vida en un psiquiátrico. Tiene miedo de ser como su madre. Su cuerpo se desmadeja y se afloja.

Una depresión te pone de rodillas. Te da una humildad espantosa. Te hace perder todo orgullo. A su lado está su hermano Toni, que la mira con sus ojos aniñados, dulces. Es tan inocente que Luisa se desgarra de ternura al mirarlo.

—¿Por qué no viniste a buscarme, Luisa? —le pregunta el niño. Luisa le coge la mano.

Luisa saca el móvil. Llama a Aduriz, quien se lo coge al primer timbrazo. Le atormenta la mala conciencia por haber traicionado a su superior.

—¿A qué se dedica el padre de Miriam?

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 84

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. La verdad sobre el misterio de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 84

Cuando Luisa salió del hotel, el frío le dio un puñetazo de hielo. Bajo la oscuridad cruda salía vapor de su boca.

—Hola, ¿qué haces, inspectora?

Luisa sintió un calambre doloroso en el pecho.

—Nada en especial. ¿Y tú?

 Un silencio. Sebastián con traje negro, camisa blanca y un largo abrigo negro en la calle. Extendió los brazos hacia ella. Un pánico ciego latió muy fuerte en su garganta. «Corre. Corre. Ya».

—¿Qué tal estás?

—He estado mejor.

—Había pensado dar un paseo, cenar algo.

—No —demasiado brusca, habló deprisa—. Estoy muy liada.

—Los amores eternos son los más breves.

Silencio.

—¿Te estoy molestando?

—¿Por qué no nos lo tomamos con calma?

—Mensaje pillado, inspectora.

 Todas sus células se crisparon. La tensión se podía cortar con un escalpelo, el aire se volvió de acero. «Corre. Corre».

—Tengo trabajo, Sebastián.

—Oh, vamos, ya has ganado la medalla a la empleada del mes, inspectora.

Sonó el móvil de Luisa en el bolso.

—¿No lo vas a coger?

—No.

Silencio. Sonó otra vez. Abrió el bolso. Cogió su iPhone. Era Nico.

—Es nuestro hombre.

—¿Estás seguro? —A Luisa se le secó la boca. La ansiedad embadurnó su cerebro.

 —No hay dos bocas iguales, Baeza.

—Gracias.

—Segurísimo. Coincide. Trece puntos de contacto. Vale para ir a juicio.

Sebastián la abrazó y la besó antes de que ella pudiera evitarlo.

—No sé qué te pasa, pero me estás rompiendo el corazón —susurró en su cuello.

Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

La verdad sobre el misterio de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 83

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. También se cuenta la historia de amor de Andrea y Lara, dos arqueólogas en Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 83

Cuando amaneció, Luisa sintió los párpados pegados con pegamento y más sueño del que había tenido en su vida. Nico dormía bocarriba en el sofá, con su camiseta de Iron Maiden encima de su tripa fofa, con la boca abierta. Tenía la vulnerabilidad de un niño indefenso.

Luisa echó un vistazo a su alrededor. Su habitación parecía el garaje de Bill Gates cuando creó Microsoft con Paul Allen. La electricidad estática gravitaba en el aire. Los ordenadores y las impresoras zumbaban, ronroneaban, suspiraban, vibraban y tenían vida. Una hilera de dientes emergía de la aguja de la impresora, que perforaba el material y se movía con complejos movimientos en bucle. Motas de polvo danzaban bajo el haz de luz que se colaba por la ventana. Olía a una sustancia química que Luisa no supo reconocer.

Luisa abrió los ojos y revivió la pesadilla. Sebastián era un monstruo. Fue al baño y vomitó un líquido amarillo ácido. Reprodujo en su mente cómo su lengua la babeaba, cómo sus dientes la mordían como había mordido a Miriam. Un desasosiego espantoso borboteó en su pecho. Se atormentó visionando las imágenes de esa noche en su mente. Se desnudó. Se metió en la ducha. Puso el agua caliente al máximo hasta que se escaldó la piel mientras se restregaba todo el cuerpo, furiosa y asustada, con la esponja y el líquido dorado del jabón, frotó bien su sexo, se metió los dedos en la vagina para no dejar ningún rastro de él mientras una sensación de ahogo crecía y crecía en su pecho. El ala negra de la angustia la cobijó y ella frotó y frotó su piel para borrar todo rastro de él, para purificarse hasta que la piel le escoció. Ardía. Sus piernas se vencieron y Luisa se sentó en la bañera bajo una lluvia de agua muy caliente. Tembló como una niña recién nacida mientras sollozaba bajo la ducha.

—Luisa, ¿estás bien?

—He estado mejor.

—¿Pasa algo?

—Nada.

—Tengo que entrar al baño.

—Ya salgo.

Luisa se puso el albornoz y caminó hacia la puerta. La abrió. Nico parecía el yeti, barba, enorme, con el pelo alborotado.

—Buenos días.

—Buenos días.

Luisa oyó cómo Nico orinaba como un caballo al otro lado de la puerta.

—Voy a por café.

—Genial.

Su entusiasmo le encantó. Todo le parecía genial. Luisa se puso unas bragas limpias, el sujetador, una camiseta blanca del Primark y unos vaqueros. Se miró en el espejo y se peinó con las manos. Sintió un malestar en la boca de su estómago. La mordedura. Ahí estaba. No se iba. Él la había marcado como había marcado a Miriam Sinaloa. «Me va a matar. Me va a matar».

Oyó el sonido de lluvia de la ducha. Al salir, Luisa puso el cartel de «no molestar» en el picaporte dorado de la puerta. Se imaginó el horror de la limpiadora al entrar y descubrir que habían hecho de la habitación una madriguera cibernética de un adolescente friqui, topándose con Nico desnudo en el baño.

Ahora Luisa Baeza atraviesa el silencioso pasillo enmoquetado de azul. Llama al ascensor. No ha querido mirar el móvil por si ve llamadas perdidas de Sebastián. Entierra las cosas malas en los rincones oscuros de su cerebro. «Si no lo ves, no existe».

Cuando sale a la calle, se siente entumecida, metida en una burbuja de cristal. Los sonidos se amplifican: una taladradora que retumba sobre la acera, los cláxones de los coches, el chirrido del autobús que se para, el tráfago de conversaciones por los móviles que la gente mantiene mientras anda con prisa. La habitación era un útero donde se sentía a salvo, ella flotando con Nico en un mar de líquido amniótico, lejos de la crueldad del mundo. Se alegra de no estar sola.

Una hora después llama otra vez a la puerta de su habitación, en una mano sostiene una superficie de cartón con dos cafés con leche y en la otra una bolsa de croissants que prometen alegría y delicia. Oye el sonido de la tele. Bob Esponja. ¿Nico ve Bob Esponja? Nico se levanta, se arrastra hacia la puerta y dice:

—¿Eres tú?

—Soy Patricio.

El chico le abre. Pelo mojado, se ha peinado, una vaharada de colonia del hotel la golpea en la cara. Olor cítrico.

—He llamado al trabajo para decir que estaba malo. Es la primera vez que hago algo así en mi vida.

—No tienes que hacer eso.

—Quiero hacerlo. Quiero… —Una pausa dubitativa—. Trabajar contigo. Esto es lo mejor que me ha pasado.

Luisa no quiere pensar cómo es la vida de Nico si esto es lo mejor que le ha pasado. Siente mucha ternura por él.

—¿Cómo van los moldes?

—Al primero le queda una hora. Luego pondré el segundo.

—Agua con ajos. Toca esperar.

—Sí.

Desayunaron en silencio con el sonido monótono de la aguja de la impresora en 3D de fondo. Nico la miró y sonrió. Luisa aportaba una cualidad brillante al ambiente de la habitación con su sola presencia. Ella resplandecía y las sillas, la mesa, la cama, los ordenadores, las impresoras desaparecían. Solo estaba ella.

Una emoción latió en el vientre de Nico. Se sintió muy vivo. Nunca se había sentido tan feliz en la vida. Destellos de alegría.

Se abrieron el uno al otro como si no tuvieran nada que perder. Dos desconocidos que se encuentran en una situación extraña, cómplices. Luisa confiaba en él. Le conmovía que Nico se arriesgara por ella.

Charlaron durante horas. Los dos fueron sinceros.

Nico le dijo que le había criado su abuela. Sus padres eran fantásticos, pero estaban absortos el uno en el otro, se pasaban la vida viajando y no le prestaban atención. No le gustaba salir de fiesta con los amigos. No le dijo a Luisa que los otros chicos se metían con él por su gordura, bromas crueles que al final le hacían preferir quedarse en casa con su abuela enfrascado en sus criaturas.

Luisa le contó que su padre era alcohólico. Le dijo que su relación con su madre era un desastre. Su madre tenía problemas mentales y un día la quería mucho, de una manera desorbitada, y al siguiente la odiaba y la despreciaba. Una montaña rusa emocional. También le habló del secuestro de Toni, le dijo que ella no sentía el corazón, solo una plomada de culpa que tiraba de ella hacia abajo.

Él tenía raíces. Ella carecía de ellas.

No le habló de lo desesperada que se sentía por haber matado a Max. Esa caja cerrada en el rincón más oscuro de su mente no quería abrirla.

De repente, la aguja paró de moverse. Una luz roja se encendió. Nico se levantó, se acercó a la impresora, sacó la parte superior de la dentadura, sopló, un polvillo blanco cayó sobre la alfombra como escarcha. Con el dedo índice, Nico acarició el contorno de los dientes. Colocó una gruesa lámina de material en la parte baja de la impresora 3D, tecleó en su portátil y la aguja empezó a funcionar de nuevo.

Nico y Luisa se emboscaron en su refugio, lejos de las miradas de los adultos. Él puso en YouTube música de Philip Glass. Metaformosis.

—Mira qué pasada esta parte —dijo Nico—. Es una maravilla.

Ella dejó de sentir esa pesadez letal en la cabeza.

¿Lo había hecho él solito? No le extrañaba que los genios españoles se marcharan a Israel o a Silicon Valley a desarrollar sus apps, a conseguir capital, a desarrollar su software.

El peligroso y ambiguo juego de las apariencias. A veces quien menos te esperas se convierte en tu amigo.

El día pasó sin sentir. Cuando Luisa abrió los cortinajes y miró por el ventanal, la ciudad resplandecía en un mar de oscuridad.

—Voy a por la cena.

—Genial.

Luisa cogió el bolso y salió de la habitación. Oyó el sonido de la canción de Bob Esponja desde el pasillo.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 82

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El misterio de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 82

La inspectora Baeza entra en su habitación de hotel para ducharse y dormir un poco. Gracias a Dios, la limpiadora ha cambiado las sábanas con restos de semen, sudor de Sebastián, su propio sudor, ha puesto fundas de plástico nuevas en las papeleras y toallas limpias en el baño. Su santuario. Su refugio de soledad y quietud. Se pone un whisky. Lo bebe frente a la ventana que da a una calle solitaria. Las farolas salpican rodetes de luz amarilla en la acerca.

Comprueba por tercera vez, compulsiva, al borde de perder el control, que tiene la orden judicial en su bolso. La voz en la cabeza la castiga y no la deja en paz, «eres una idiota integral, no tienes remedio, estarías mejor muerta, dejarías de ser una carga para todo el mundo, sabes lo que te va a pasar, ¿verdad? Te van a crucificar. Te lo mereces, inútil».

Esa noche no duerme, da vueltas en su cama con las mantas pesándole como el velamen de un barco, asfixiada. Unas palpitaciones desagradables percuten sobre su pecho. Le da miedo cerrar los ojos porque ve a Sebastián haciéndole el amor y mordiéndola. Se sube por las paredes mientras el tiempo con su crueldad morosa se arrastra como una serpiente insomne.

Luisa se ducha embargada por sensaciones de desasosiego, desorientación y alivio porque ya es de día, porque la noche de pesadilla ha pasado ya. Cuando se peina frente al espejo, ve en sus ojos una conmoción embotada, un ramalazo de vergüenza la golpea en la cara. Sus ojos se dilatan. La maldita mordedura está en su cuello. Oh, Dios, se parece tanto a la de Miriam. «¿Por qué, Sebastián?, ¿por qué?, ¿por qué a mí?». Un conflicto moral tiene lugar en su cabeza.

«¿Y si no dijera nada?, ¿y si me callase? Además, no estoy segura de que la mordedura la haya hecho él. —Siente una gran agitación interior—. ¿Qué es lo que tengo después de todo? Una conjetura fantasmagórica. Una paranoia mía. Una locura que es no es real». La creencia de que todo es un espejismo de su mente la alivia. La lucha mental encarnizada le drena las últimas fuerzas que le quedan. Pero tiene que hacer lo que tiene que hacer. Es su deber.

Atenazada por el pánico ve en su móvil que tiene tres llamadas perdidas de Sebastián que no piensa contestar. Él ya se huele el pastel. Pero no puede hablar con él. No tiene valor. No puede fingir que no pasa nada.

Se viste con parsimonia mientras siente un agotamiento extremo. Sin energía. Sale de su habitación. Comprueba una y otra vez que ha cogido la tarjeta que abre y cierra la puerta. La ansiedad, su vieja amiga. Nunca da un adiós definitivo.

Cuando sale a la calle, su corazón late salvaje, revolucionado. Alguien tapa sus ojos con las manos. Odia que la gente haga eso.

—¿Quién soy?

—No lo sé —dice con irritación.

—¿No reconoces mi voz?

—No —dice Luisa al borde del desmayo.

El desconocido no quita las manos de su cara. Luisa tiene ganas de aullar. Por fin, tras unos segundos agónicos, la libera de la prisión de sus manos.

Sebastián la mira y sonríe.

—Hace dos noches sí la reconocías —dice Sebastián cuando ella se da la vuelta.

—Hace dos noches es hace mucho tiempo.

Se siente aterrada. Pero disimula. Tiene el cuerpo empapado en sudor. Sus escalofríos la convulsionan.

—¿Estás bien?

—He estado mejor.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—¿Te molesta que te acompañe?

—Sí. Tengo mucho trabajo que hacer —responde Luisa con dureza.

La cara de Sebastián se contrae de dolor como si ella le hubiera dado una bofetada.

—Ya lo pillo. Nos vemos —dice Sebastián mientras se aleja andando hacia atrás con grandes zancadas. El viento le revuelve el pelo.

—Hasta luego —dice ella

La clínica dental del doctor Orduna está situada en el barrio de Vista Alegre-G3, muy cerca del Hospital Universitario. Luisa ha llamado a todos los dentistas y clínicas dentales de Burgos presentándose como la agente de policía Laura Fornos, que trabaja en una investigación de un homicidio, y preguntando si han tenido como paciente a Sebastián Mur. En la clínica de Carlos Orduna le dijeron que sí.

Madres que llevan a sus hijos al colegio, putas parejitas que salen juntas a trabajar, pisos nuevos con pista de pádel, gimnasio, zona de juegos para los niños y piscina. Gimnasios donde hay gente corriendo en la cinta, sudando en la elíptica, montando en bici, ataviados con sus camisetas fosforescentes azules, rosas, amarillas, la funda de plástico en el brazo donde llevan su móvil, conectados con sus auriculares a su playlist de Spotify.

La clínica dental de Carlos Orduna es una oda al valor de la sonrisa perfecta para lograr una vida saturada de felicidad. Uno no ha completado la evolución humana si no luce dos hileras de dientes hiperblancos como los que exhiben la pareja de ancianos que aparece ultranimada en la foto gigantesca que tapiza la pared de cristal de la entrada. A Luisa se le revuelve el estómago al mirar sus caras tostadas por el sol, que supuran alegría falsa, sus dentaduras relucientes. También están los padres en radiante armonía, con sus dos hijos, primeros planos de caras orgásmicas de felicidad, más primeros planos de dientes de un blanco nuclear. «Tu sonrisa es tu mejor carta de presentación», reza un eslogan bajo las personas con dientes perfectos, con vidas realizadas.

La inspectora Baeza se siente un ser miserable con sus dientes montados, con un tono que tiende al blanco roto.

Al abrir la clínica, la inspectora Baeza se enfrenta a una recepción donde tras una barra blanca la espera una recepcionista con dientes ultrablancos. Se imagina que es requisito indispensable para obtener el trabajo o igual le hacen descuento por trabajar en la clínica del doctor Orduna. Luisa se ríe para sí misma al recordar el episodio de Friends en el que Ross se blanquea los dientes antes de su cita con Hillary y se le va la mano. Todos en esa clínica se han pasado de rosca al blanquearse los dientes.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla? —dice una chica de veintitantos años, morena y mona, muy maquillada. Sus dientes refulgen como si hubiera ganado un concurso de simpatía.

A la izquierda, Luisa ve una sala de espera con revistas ¡Hola!, Semana, National Geographic diseminadas sobre una mesa baja de cristal con patas lacadas en negro. Le recorre un escalofrío, recuerdo del sufrimiento que pasó cuando era niña en dentistas de medio pelo, más sacamuelas que otra cosa. Le viene a la memoria un tipo siniestro y viejo que accionaba el torno presionando con el pie un pedal mecánico y que le hizo ver las estrellas. Descargas eléctricas de dolor. Se sintió atrapada en ese potro de tortura. A la salida, su madre le pegó por llorar como una Magdalena.

Echa un vistazo al fondo, donde hay una sala iluminada bajo luces halógenas muy fuertes, como la nave de mister Spock, una silla de paciente forrada de cuero blanco que puede adoptar diferentes posiciones, una exhibición de herramientas dentales: pinzas de ortodoncia, Mershons, empujadores, pinzas de ligadura, posicionadores de brackets, alicates. Huele a enjuague bucal con sabor a menta. En el hilo musical suena Michael Jackson, políticamente incorrecto dado la cantidad de niños que son potenciales clientes.

—Tengo una cita con el doctor Orduna.

—¿De parte de quién?

—De Luisa Baeza.

La chica pizpireta de pelo moreno impoluto y resplandeciente levanta un teléfono blanco y marca un número con aire de eficiencia profesional.

—Doctor Orduna, está aquí la señora Baeza. Sí. Sí. Gracias.

La recepcionista le hace un gesto a Luisa para que la acompañe por un pasillo de aire futurista y vacío, más fotos de gente feliz con sonrisa Profident, hasta una puerta azul situada al fondo. Llama a la puerta de forma cuidadosa.

—¿Sí?

—Doctor Orduna. La señora Baeza.

—Sí, pase, pase.

La recepcionista, que huele a menta y jabón con aroma a rosas, abre la puerta a Luisa y la deja pasar.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes.

El despacho del doctor Orduna es un culto a su personalidad. Hay más ego por centímetro cuadrado que gente en el metro en Pekín en hora punta. Diplomas de máster en Harvard, Odontología en la Complutense, número uno en TopDoctors y Doctoralia, más diplomas de la Universidad de París IV.

Es un hombre de cincuenta y tantos años, cara aquilina, aristocrático perfil, muy moreno, sonrisa hiperblanca de tiburón triunfador, traje de chaqueta caro y reluciente, camisa azul y corbata, bata blanca que destella hasta herirle los ojos.

—Siéntese, por favor. ¿En qué puedo ayudarla? —dice en tono educado y condescendiente, típico de los que tienen mucho dinero y no tienen que preocuparse el resto de sus vidas. Una foto ladeada del doctor Orduna con una mujer más joven que se parece a la mujer de Julio Iglesias y cinco niños rubios vestidos iguales le sonríen desde un marco labrado con arabescos de plata. Todos con sonrisas blanqueadas. Las modas estéticas de Estados Unidos llegan aquí con veinte años de retraso.

—¿Por qué vino a su consulta el señor Sebastián Mur?

—El señor Mur vino porque quería hacerse un implante de titanio. Le hicimos un escáner con una férula radiológica específica.

—¿Por qué quería un implante?

—Tenía una agenesia del segundo premolar inferior.

El estómago le dio un vuelco a Luisa.

—¿Eso qué significa?

—Es la ausencia congénita de un diente debido a una anomalía genética. Causa problemas de oclusión y postura, un acelerado desarrollo de la arcada dental y problemas estéticos.

—¿Tiene el escáner del señor Mur antes del implante?

—Sí —dijo el doctor Orduna, frunció el ceño y emanó preocupación mientras tecleaba con dedos rápidos y esbeltos en el teclado de su ordenador HP—. Espero que esto no me salpique. Yo no tengo nada que ver.

—No se preocupe. Son datos confidenciales.

—No quiero…

—Señor Orduna. Yo nunca he estado aquí.

—Se lo agradezco.

El corazón le latió con violencia a Luisa. Segundos letales de angustia, tiempo que se alarga agónico como relojes fundidos sobre las paredes de su ansiedad.

—Sí, aquí está —dijo el doctor Orduna.

Un inmenso alivio se disolvió dentro del cerebro de Luisa.

—¿Dónde está la orden judicial?

Luisa abrió su bolso grande negro y sacó la orden. A continuación, le dio un pendrive negro y Orduna lo cogió, lo insertó en uno de los puertos USB de su ordenador HP y le copió la carpeta con los escáneres tridimensionales de la dentadura de Sebastián Mur.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 85

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más estremecedor de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 85

Doce horas después, la inspectora Baeza desemboca en una plaza donde hay una procesión. Unos hombres llevan un trono de una Virgen. El hermano mayor agita una campana. Una orquesta toca sus tambores y trompetas.

Luisa se pega a la pared de la plaza. Deja atrás a la multitud extática ante la Virgen, se aleja del bullicio y la charanga solemne, pasa por el mesón La Cueva, el mirador de la catedral, el cabildo metropolitano, la iglesia de San Nicolás de Bari. Luisa ve que el abrigo negro aletea al traspasar la entrada de la parroquia. Luisa cruza la calle y espera al lado del pórtico. Hay dos mujeres rumanas, con pañuelos coloridos en la cabeza y faldas largas y anchas, sentadas en el suelo, pidiendo dinero. Una de ellas pide a Luisa, que la ignora.

—Señora, cuánto tiempo sin verla —dice.

«Teniendo en cuenta que nunca he estado aquí, sí, es mucho tiempo», piensa Luisa.

—Una ayuda, señora, tengo un bebé y no tengo qué darle de comer.

«Coño, qué pesada», piensa Luisa.

Una irritación recorre a Luisa y la impulsa a entrar en la iglesia solo para alejarse de la rumana.

Retablo esculpido en piedra caliza del siglo XVI. La iglesia se construyó en 1408. Está en la ruta del Camino de Santiago.

A Luisa le duele el pecho como si le fuera a dar un infarto. Siente una opresión que la ahoga. Se da la vuelta y se coloca frente a la pila bautismal. Hay una mujer sentada frente a un confesionario. Un hombre pone una vela. Es Sebastián.

Una corriente ártica hace tiritar a la inspectora Baeza, que finge interesarse por un cuadro gigante de san Antonio junto a su carro de guindas volcado.

Cuando Sebastián sale de San Nicolás de Bari, Luisa lo sigue a una dilatada distancia. Recorren la calle Fernán González.

De repente, Sebastián se aleja del centro. Luisa no le pierde de vista. Conoce Burgos como la palma de su mano. Le encanta perseguir a sospechosos. Se crio con la serie Canción Triste de Hill Street. Por esa serie Luisa se hizo policía ante la abierta oposición y desaprobación de su padre, que le dijo que en la policía no había mujeres. Ella dijo que ella sería la primera. Su padre, que no soportaba que nadie cumpliera sus sueños porque él no había logrado ninguno de los suyos, se burló de su hija con un frío desdén. A Luisa le dolió, pero no le hizo perder ni un ápice de determinación. No quería repetir la vida de su padre. Ella quería hacer lo que quería hacer. Se marchó de casa al cumplir los dieciocho.

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El caso más estremecedor de Atapuerca.

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Poemas de amor.

Poemas de amor en español. Poemario “Amor Atávico” de Nuria Verde. ¿Me acompañas en este viaje?

Tormentas que olvidan

Cuatro agujeros negros desmemoriados

amenazan tormentas que olvidan y olvidan

el gesto desnudo

del riesgo de vida.

Mujer oscura,

pulso febril y misterioso

de una investigación privada

que sobrevive en secretos ciegos

omoplatos amargos

paisaje enroscado

en tu aflicción amarilla,

la clave

de los meses de enero y febrero

aire eléctrico

entre tu distancia y la mía,

el brutal barómetro del vuelo de altura.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 81

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más misterioso de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 81

El juez Gaicano vive en plaza de España, la zona noble de Burgos. A las dos de la madrugada, la inspectora Baeza recorre la avenida de la Paz, la calle Regino Sáenz de la Maza y la calle Reyes Católicos bajo un aguacero helado. Atisba la fuente de los Delfines, chorros de agua plateada bajo la noche de tormenta. El triángulo de oro de la ciudad. Dos mil euros el metro cuadrado. Hierve dentro de ella un envidioso rencor de clase, un punzante anhelo de vivir en un piso como el del juez. Tiene la sensación de que estaría más completa. Tiene la sensación de que se vengaría de su niñez.

El juez Luis Gaicano duerme en un piso antiguo de doscientos metros cuadrados con techos altos, paredes estucadas, cortinajes barrocos y muebles de madera de nogal. Cuando suena la puerta, le parece que tocan el timbre de los vecinos. Tienen un hijo adolescente que hace botellón todos los fines de semana, un nini hosco y cabreado con el mundo que se suele dejar las llaves de casa. Pero el timbre insiste. Gaicano se levanta. Su cuerpo artrítico cruje. Siente cómo unos dolores atroces le martillean su rodilla derecha, hinchada como una pelota de tenis. A cada paso que da, los huesos laten feroces. Mira el móvil y ve que tiene cuatro llamadas perdidas de Luisa. Su mujer ha debido ponérselo en silencio. Siente una oleada de irritación hacia ella porque lo trata como a un niño. Adela cabecea adormilada.

—¿Quién es? —murmura, molesta.

—No sé.

—No abras a nadie. ¿Qué horas son estas para venir a casa? —llameante queja.

—Duérmete, anda. No pasa nada —dice Luis Gaicano con parsimonia. Le embarga la sensación de que se pasa la vida apaciguando a Adela, una niña mimada a los sesenta años.

Se incorpora, se pone las zapatillas de cuadros escoceses y la bata de estar por casa color burdeos que sus hijas le mandaron por Amazon cuando cumplió sesenta y cuatro años. Avanza por el pasillo, el paragüero, el gran espejo biselado, el aparador lleno de fotos familiares. El parqué cruje bajo sus pies mientras avanza renqueante y cojo hacia la puerta blindada. Mira por la mirilla. Luisa Baeza empapada y tiritando, calada hasta los huesos, con un pañuelo azul marino anudado al cuello, espera ante su puerta pisando su felpudo marrón de fibra de coco natural. El corazón le da un vuelco. Todo su cuerpo le tiembla. Antes de abrir la puerta, yergue la figura y aparenta que está en plena forma. Abre la puerta con una sonrisa ancha y lenta, como si los dos tuvieran una cita clandestina.

—Perdone que le moleste, señor, es algo importante.

—No me llames de usted, pasa, anda.

—Estoy mojada. No quiero manchar.

—No te preocupes. Pasa.

Luisa pasa tímida al vestíbulo señorial del piso del juez Gaicano como si fuera una novicia en su primer día de convento. Gaicano cierra la puerta del salón para no molestar a Adela, que se había tomado el Orfidal de todas las noches, no había peligro de que se levantara.

Conduce a Luisa a la cocina. La inspectora deja un reguero culpable de agua de lluvia, de frío desolado. Pero oye la voz mandona de Adela que le llama, controladora:

—¡Luis, Luis, Luis!

Otra vez esa frustración furiosa. Va a su habitación.

—Es algo urgente de trabajo. No te preocupes. Duérmete.

—No son horas, qué poca consideración.

Pero la benzodiacepina es más poderosa que su impulso gratificante de indignarse y clamar contra la gente maleducada de este mundo.

El juez Gaicano abre el armario de la habitación de servicio y ve apiladas las toallas dobladas y limpias de tonos pastel, rosas, amarillas y azules, la ropa de cama color tabaco planchada, las fundas de almohadas en un cuadrado perfecto. Reme, la señora que cocina y limpia en casa desde hace más de treinta años, se gana su sueldo. Coge una toalla amarilla que huele a suavizante. Vuelve a la cocina andando como si no tuviera ningún dolor, como si fuera joven. Le asombra y a la vez le asusta su deseo de causar buena impresión a Luisa.

—¿Quieres un té? —pregunta con calma.

—Sí. Gracias.

Gaicano se vuelve hacia el mueble color amarillo Venecia, abre la puerta y coge una gran tetera roja. Agarra un cazo negro, se dirige al fregadero, abre el grifo, lo llena de agua, cierra el grifo, pone el cazo a calentar sobre la vitrocerámica Bosch impoluta. El silencio echa raíces entre ellos. El ambiente, antes íntimo, se enrarece.

Le tiende la toalla amarilla a Luisa, que se seca el pelo muy negro, azulado, sus grandes ojos oscuros, su cara pálida, su desamparo mojado. Ella está en su casa. La alegría de verla supera cualquier lógica mundana. Gaicano abre una bolsa negra con letras doradas iridiscentes que proclaman: «té darjeeling». Echa un puñado de hebras que emanan un aroma floral a almizcle al cazo de agua hirviendo.

La tetera roja humea, reconfortante, sobre la mesa de la cocina. El juez pone un protector debajo de su base.

Gaicano sirve el té en tazas grandes de la Expo 92 de Sevilla con el dibujo de un Curro exultante. Pasa su taza a Luisa. Al beber el té muy caliente, ella se siente reconfortada. La lluvia repiquetea en las ventanas. Un relámpago convierte el fondo de la cristalera de la terraza en una radiografía azul y blanca.

—¿Qué pasa? —pregunta el juez sentándose frente a ella. La mesa de nogal entre los dos.

—El caso de Atapuerca. La mordedura —dice Luisa después de ahogar un chillido. Siente una bola de plomo ardiendo en la garganta. No puede respirar.

—Pero tú ya no estás en el caso.

—Lo sé. Pero he descubierto algo. No estoy segura, pero te lo quería enseñar. Necesito una orden judicial, Luis.

—No puedo, Baeza. No estás al cargo de la investigación.

Luisa saca su iPhone del bolso grande y negro, teclea los números de seguridad, desbloquea la pantalla, pulsa con el dedo índice el icono de la galería, selecciona la foto de la mordedura de su cuello, con el dedo índice y pulgar agranda la imagen, pone su móvil sobre la mesa y extrae de su bolso chorreante una carpeta azul, le quita las gomas, abre las tapas y coge una fotografía que muestra agrandada la mordedura del pecho derecho del cadáver de Miriam, los bordes dentados negros y púrpuras, la piel pálida, mortecina, sin vida. Pone su móvil y la fotografía sobre la mesa.

—Necesito las gafas de cerca. Soy un topo ciego —dice Gaicano con desaliento.

El juez se levanta. Abre con cuidado la puerta del salón. No quiere despertar a Adela y que le vuelva a dar el coñazo. Busca a tientas sus gafas de cerca en la mesa del comedor, junto al periódico ABC de ayer, su novela de P. D. James, su revista de Jara y Sedal, su Moleskine negra donde anota fragmentos sobre su infancia, donde rescata recuerdos del pecio hundido de su niñez. Por fin palpa unos cristales. Vuelve a la cocina. Cierra la puerta que chirría sobre el parqué. El dolor de la rodilla le palpita con un ritmo febril que le hace sudar.

El juez coge la foto con la mano derecha y la compara con la imagen del iPhone de Luisa.

Entre ambos se interpone un frutero con una gigantesca piña tropical, dos mangos, naranjas y plátanos muy amarillos con vetas negras que están a punto de pasarse. Un olor dulzón, bienestar sureño, impregna la cocina.

—¿Y?

—¿Te parecen iguales?

—Es posible.

El juez Gaicano la escruta. Huele su miedo animal.

—Yo nunca he estado aquí esta noche. Es Aduriz quien ha venido. Es Aduriz quien te ha pedido esa orden.

—¿De quién es la segunda mordedura? —pregunta el juez, levantando su mirada nebulosa hacia la inspectora Baeza.

Luisa se tensa. Le embarga un pavor helado. Le tiembla la barbilla. Tiene un pánico atroz a desvelar la verdad y a la vez siente un deseo kamikaze de hablar y quitárselo ya de encima, de aliviar su conciencia. Como única respuesta, Luisa se quita su pañuelo azul marino, se retira su pelo mojado y le enseña su cuello al juez Gaicano, que ve la mordedura color púrpura.

La cara del juez Gaicano se derrumba como si de repente le hubieran quitado miles de alfileres que sostenían sus facciones, se oscurece como si alguien le hubiera apagado la luz por dentro.

—¿Quién ha sido?

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El asesinato más misterioso de Atapuerca.

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Poemas de amor. “Si tú me dices ven”

Nueva entrega del poemario “Amor atavico”. Poemas de amor para leer en caso de emergencia

Si tú me dices ven, lo dejo todo

papeles, informes, y fax

para coger el metro e ir

hasta tu cama fértil 

donde se queman mariposas.

Fragante hacha de la memoria, 

recuerdos del futuro, mi amor,

te escribiré después de muerta

para celebrar todos los hijos que no tuvimos

y a quienes tanto quisimos. 

Dedos blancos

impronta hirviente

en el reverso del alma,

en la corriente 

que se acuerda de su meandro.   

Poemas de amor. “Ilusiones”

Voy a soñar

bajo la lluvia repentina y emocionada,

con una mente en domingo

de dicha blanca

que respira su dulce lumbre innombrada. 

La bronca ilusión

es pensarte enamorada

y andarte por esta ciudad asfixiada,

la nave de la euforia 

de fiestas de cumpleaños de mi infancia,

de velas, cocacolas y lluvia nocturna. 

Vivo un espontáneo ejercicio de presente

disfruto de mis días

y me busco excusas para la alegría.

sinfonías de asfalto de hierba

que hoy soy ese pájaro que sobrevoló la terraza, 

el ciprés calvo de los paseos,

la novia sabia

de un enamorarse no calculado. 

Puedes leer “Amor atávico” aquí.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 79

Capítulo 79

El restaurante Malafemma era precioso. Luisa se sintió vestida como una pordiosera en un sitio tan elegante, al lado de un hombre que viste Armani a diario. Bombillas grandes desnudas con los filamentos interiores visibles se balanceaban en la pared izquierda. Ella se fijó en una alacena a la derecha repleta de ollas, grandes teteras, cazos de cobre. Macetas de helechos muy verdes colgaban del techo gravitando sobre la barra color blanco, con cestos de grissini, botellas de Romano dai Forno, Amarone della Valpolicella.

El ambiente era muy agradable. Butacones marrones de cuero. Plafones amarillos que bajaban del techo e irradiaban una luz vainilla. Mesas con manteles blancos y servilletas de verdad, decoradas con pequeños tiestos de Tillandsia. Atmósfera recogida que prometía placer y consuelo. Una pared pintada de rosa abullonada como la superficie de un sofá Chester.

Luisa echó un vistazo a su alrededor. Su atención se centró en un amplio mueble de madera de teca con grandes jarrones chinos, colores azules y verdes, una cesta enorme con limones que parecían sacados de un bodegón de la pintora flamenca Clara Peeters, al lado una cubitera de hielos y botellas de Bombay Saphire. No sabe cuándo es la última vez que se ha tomado un gin-tonic con un hombre que le gusta. Y Sebastián le gusta mucho. Lo suficiente como para querer ser mejor persona y no presentárselo jamás a su madre.

Sebastián se comportaba como un pez dentro del agua en el Malafemma.

La excitación le culebreó en la tripa. No supo qué decir. La situación era demasiado grande, el amor siempre lo era, para que ella encajara y se sintiera cómoda.

Una camarera alta y morena, que ha sido becaria de Sebastián en la Gran Dolina, les dio una buena mesa recoleta situada al lado de una íntima ventana por donde se coló el resplandor delicado de la noche sin estrenar.

Una luz rosada nimbaba el techo. Celosías de madera blanca.

Luisa leyó la carta como si le fuera la vida en ello. Un sosiego inquieto tensó su estómago.

Anti pasti freddi.

La nostra burrata. Con un toque de pesto y acompañado de un bruscheta napolitana.

Carpaccio. Finas láminas de solomillo de ternera con rúcula y parmesano.

Steak tartare al cuore de burrata.

La camarera se acercó. Sebastián hizo las presentaciones.

—Es Luisa Baeza. Una amiga.

—¿Qué tal?, ¿cómo estás?

—Laura. Trabajó con nosotros.

—Encantada.

—Igualmente. Aquí unos días mejor y otros peor. ¿Qué tal va por la Dolina?

—Como siempre. Atapuerca es un manicomio.

—Bueno, ahora más con el asesinato de esa chica. Cuando lo vi en la tele no me lo podía creer. Yo había estado ahí dentro, en la Sima de los Huesos. De terror.

—Sí, es verdad —dice Sebastián con voz inexpresiva. Cambiando de tema, murmuró—: ¿Cómo va tu tesis?

—La dejé. Estoy preparando oposiciones. Está complicado.

—Comprendo. Si te puedo ayudar en algo…

—Gracias, Sebastián. Eres un encanto.

Luisa se dio cuenta por la forma en que Laura miraba a Sebastián de que se habían acostado. Una tristeza brumosa opacó su ilusión.

—¿Qué queréis beber?

Brunello di Montalcino.

—Buena elección.

Luisa se sintió tan nerviosa que no supo qué decir. Si Sebastián le diera igual, seguro que charlaba de cualquier banalidad. Pero gracias a Dios, él se hizo cargo de la conversación tirando del hilo de la nostalgia de los veranos en Atapuerca.

—¿Te acuerdas de cuando Max sacó a esa panda de la cama con una manguera conectada a…?

—¿Una bombona de butano? Ja, ja, ja.

—Qué follón.

—¿Y cuando aquella vez por el folleteo que había vino Trinidad a la casa del pueblo donde dormíamos y puso un cartel que ponía…?

—«Solo mujeres».

—Ja, ja, ja. Y Max y los otros se escaparon de su casa para incursionar en la de las chicas.

—Y Trinidad vino con una escopeta como si fueran sus hijas.

—¿Owen Lovejoy?

—Oooooweeeennn Lovejoyyyyy.

Cuando llegan sus spaguetti alle vongole y los gnocchi al pesto de Sebastián ya estaban achispados por el maravilloso vino. Sebastián pidió una segunda botella a Laura. Un manto de tristeza cayó sobre la chica, que se sintió al margen de la conversación y las risas. Seguía enamorada de Sebastián y verle con otra mujer despertaba al monstruo de los celos.

—Por favor, Sinaloa siempre repitiendo lo mismo: «Owen Lovejoy cree que los australopitecus eran monógamos y que la monogamia está relacionada con la postura bípeda» —Sebastián imitó la voz eclesiástica y untuosa de Jesús Sinaloa.

A continuación, Sebastián fingió sostener una pipa entre sus labios y clonó el tono autoritario, seguro de sí mismo, desenvuelto, de macho alfa de Max Rey.

—Venga, Jesús, solo los católicos y las palomas se aparean para siempre.

—Ja, ja, ja, ja.

—Ja, ja, ja, ja, ja.

—El sexo refuerza la teoría darwinista.

—No estoy de acuerdo —imitó Luisa a Sinaloa. Max y Jesús estaban en el bar de su padre cuando se pelearon.

—¿Quién te ha dicho que me importe tu opinión?

—Uy, eso le dolió a Sinaloa.

—Con el ego que tiene. Peor que si le echaran ácido sulfúrico.

—Ja, ja, ja. Pobre.

De repente, Luisa calló. Esa caja guardada en su cerebro donde ha guardado la muerte de Max se abrió. Salieron serpientes que reptaron como espectros de culpa. Un estallido de dolor. Sus facciones se deformaron por la angustia y el remordimiento. Se puso a llorar como una niña.

—Perdona, no tendría que haber sacado ese tema.

—Aún creo que Max está vivo.

—Fue un accidente.

—Lo sé.

—Tú no querías. Fue un accidente.

—Lo sé, lo sé.

Pasaron un tiempo en silencio mientras Luisa se calmaba. Se forzó a buscar un tema de conversación.

—¿Y ahora qué estás investigando? —preguntó Luisa mientras cogía con la mano una chirla y la vaciaba en su boca. El sabor marino de la pequeña almeja, el ajo y el aceite se fundieron en su paladar. Enrolló un haz de espaguetis con el tenedor y la cuchara y se los llevó a la boca. Estaban riquísimos. Bebió un trago de vino que refractó el sol dentro de su estómago.

Antecessors en el TD6. Hay controversia sobre si realmente son una nueva especie.

Sebastián sonrió. Empezó a hablar de la serie The Wire, que Luisa no había visto. Por lo que contaba, Luisa pensó que los policías se parecían más a los que trabajaban en la unidad que los que retrataba CSI. De repente, Luisa escuchó una voz conocida. El corazón le dio un vuelco. Se dio la vuelta y vio a una mujer rubia, con cara de niña, sentada enfrente de él en una mesa detrás de ellos. Aduriz. Su mujer. Su pecho se desgarró de dolor. ¿Por qué se apenaba?

Aduriz sonrió al verla, le dijo algo a su mujer y se levantó para acercarse a su mesa.

—Hola. ¿Qué tal estás?

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