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El punto final de Garret McNamara. “Una ola de 30 metros”

Entresijos profesionales de un mundo desconocido

En el episodio quinto de “Una ola de 30 metros”, Garret descubre sus límites y también se da cuenta de que ni su cuerpo ni su mente le responden como antes. Garret se explaya sobre su auto sabotaje, su tendencia a la autodestrucción y cómo en vez de dedicarse a curarse el pie operado, se ha entregado a diversas colaboraciones con ONGs por África, enseñando a hacer surf a niños con problemas y a asistir a varios compromisos en Nueva York. Total, que cuando Garret se baja del avión en Nazaré tiene el pie como el de un elefante y no puede pillar olas gigantes. Hay un tono melancólico, de finitud, en esta parte del documental en el que Garret McNamara deja el surf de olas gigantes y se dedica a su familia y a mirar cómo los otros lo hacen, a ayudar a Cotty, su colega surfero irlandés, como ojeador desde lo alto del acantilado en Nazaré. Garret tiene que bajar de una ola de 30 metros. Entresijos profesionales de un mundo desconocido.

Garret McNamara es todo un personaje. Tuvo una infancia difícil con su madre divorciada y perteneciente a la secta “La familia de Cristo”
Si la ola te da un buen revolcón, puedes tardar mucho en salir a la superficie y respirar.

Y sí, “Una ola de 30 metros” sigue molando mogollón, con Maya Gabeira, la surfista brasileña que a punto estuvo de perder la vida en Nazaré, logrando pillar olas grandes y Justine, un surfista francesa súper buena que consigue un récord femenino de la ola más grande jamás surfeada, también conocemos a Kai, el surfero que ‘baila’ sobre la cresta reluciente de las olas.

Aunque, de repente, nos sentimos huérfanos al quedarnos sin la poderosa personalidad de Garret McNamara, cabalgando olas monstruo en Nazaré. Echamos de menos su buen humor y entusiasmo, y el documental tiene un bache y pierde interés. Te desinflas como espectador, porque, aunque entiendes su decisión de dejar el surf de grandes olas, de no arriesgarse más a sufrir un revolcón en el que podría ahogarse al no estar preparado ni física ni mentalmente. Sí lo comprendes, claro que lo comprendes, hacer surf no merece perder la vida y el hombre está hecho polvo, pero aún así, te da pena que Garret se quede entre bambalinas.

Entresijos profesionales de un mundo desconocido

Al ver “Una ola de 30 metros” conoces en profundidad el mundo del llamado ‘tow in surf’. sus entresijos, curiosidades, y tecnicismos, aprendes cómo los surfistas estudian las mareas y ven cuándo se acercan las gigantes olas a la costa, conoces mejor el tema tan importante de la seguridad, con las motos acuáticas, y los vigilantes desde lo alto del acantilado que avisan dónde está el surfero en caso de rescate.

Chris Smith dirige “Una ola de 30 metros”.

Así mismo como espectador, asistes a la transformación de Nazaré, de un pequeño pueblo de pescadores a uno de los principales destinos de surfistas de olas grandes. Incluso en febrero de 2020 llega a celebrarse el “Nazaré Challange”, donde compiten surfistas de todo el mundo, hombres y mujeres. Durante el concurso se produce el accidente de Hugo y Alex, dos surfistas brasileños a los que les da un tremendo revolcón la ola. Alex está inconsciente durante dos minutos y peligra su vida.

Cada episodio dura 60 minutos. Pero “Una ola de 30 metros” no se hace largo en ningún momento.

En el sexto episodio, es curioso, por primera vez tengo la sensación de que “Una ola de 30 metros” está guionizada, sobre todo en la secuencia en la que Garret habla con Cotty acerca de la organización del “Nazaré Challenge” y le dice que le preocupa la seguridad, le comunica su miedo de que el rescate con motos acuáticas no esté bien planteado. Hasta ahora las costuras del guion no habían aparecido, y los totales de las entrevistas me contaban bien la historia, pero ahí es como venga vamos a hacer que Garret llame a Cotty y ponga la cuestión de la seguridad sobre la mesa.

Os recomiendo ver “Una ola de 30 metros” en HBO, porque transmite muy buena energía, es una experiencia excitante y relajante a la vez y la música compuesta por Philip Glass vale su peso en oro.

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Entresijos profesionales de un mundo desconocido.

“Los asesinatos de Cheshire”: el documental que es un nuevo “A sangre fría”

La pesadilla de cualquier familia se hace realidad en Cheshire (Connecticut) en 2007. Dos criminales asaltan a plena luz del día a la familia Petit, un padre, sus dos hijas, y su mujer. Un documental que investiga la vida de los asesinos. El documental investiga la vida de los asesinos

Hayes y Jamarkovsky golpean con un bate al padre de la familia, al que dejan malherido en el sótano del chalet, y luego violan y asesinan a sus dos hijas y su mujer quemando la casa después. Este horrible crimen es núcleo del documental de HBO “Los asesinatos de Cheshire” que en realidad gira hacia tres subtramas importantes: las vidas de los asesinos, la negligencia de la policía que busca tapar lo que pasó, y la pena de muerte. El documental que investiga la vida de los asesinos.

William Petit con su cuñada.
Los asesinos.
Tras cometer los crímenes, los asesinos
incendiaron la casa de los Petit.

Obviamente, este documental no se sostiene si se quiere contar únicamente el triple asesinato, por muy horroroso que sea. Ni la defensa ni la acusación del caso niegan que el asalto a la casa de la familia Petit, y el asesinato de la madre y sus dos hijas es deleznable y horrible. Lo que busca la historia es encontrar giros y tramas más allá de los asesinatos en sí al estilo que lo que hizo el escritor y periodista Truman Capote en su inmortal libro “A sangre fría”.

La vida de los asesinos

El documental investiga la vida de los asesinos. Profundizamos en sus infancias, y adolescencias. Se entrevista a la hija de uno de ellos, a la novia del otro.

Steven Hayes, de 47 años, tenía un largo historial de abuso de sustancias y problemas disciplinarios en la cárcel. Ya había intentado rehabilitarse una vez, pero las buenas intenciones acabaron en nada cuando Hayes descubrió el crack. Su adicción le involucró en una ola de robos de 11 días, interrumpida periódicamente por atracones de crack.

El socio literal de Hayes en el crimen, Joshua Komisarjevsky, de 30 años, era un adicto a la metanfetamina de cristal y la cocaína que había estado enganchado a sus drogas preferidas desde los 19 años. Irrumpió en casas de lujo y robó todo lo que pudo conseguir para mantener su consumo.

Al mismo tiempo, se sigue la recuperación del padre de la familia Petit, único superviviente de los crímenes de Cheshire.

Lo incomprensible del caso es la mala praxis de la policía. Durante media hora, mientras se cometen las violaciones y los asesinatos, la policía está fuera, en el exterior de la casa. Sin embargo no se atreven a entrar. No hacen nada.

Parece una trama de la serie “The Wire” pero es la vida real.

La policía está allí pero no hace nada.

El documental es aterrador porque escenifica la peor pesadilla de cualquier familia.

Inocencia perdida

Tenemos la idea de que nuestro hogar es un lugar seguro, pero este documental derriba este mito y nos dice que la seguridad es solo una ilusión.

Puedes ver “Los asesinatos de Cheshire” en HBO.

El documental que investiga la vida de los asesinos.

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“El Estado contra Pablo Ibar”: una duda razonable

A veces pienso cómo le habría ido la vida a Pablo Ibar si se hubiera criado en España en vez de Estados Unidos. Lo que sí se es que no habría acabado en el corredor de la muerte. La imagen que se me clava en el alma durante el documental “El Estado contra Pablo Ibar” es la cara doliente de su padre, que lleva sobre sus hombros todo el sufrimiento del mundo, sus ojos, cuando condenan a su hijo a muerte permanece dentro de mi. Cándido, un pelotari vasco que fue al Nuevo Mundo a hacer fortuna y acabó con su hijo mayor, Pablo, en el corredor de la muerte. Una duda razonable.

Lo que te deja claro el documental es un puñado de dudas razonables sobre si Pablo fue el asesino de tres personas a mediados de la década de los 90 y también que Pablo no tuvo un primer juicio justo. Pero le condenaron a muerte.

Hay un espanto en comprobar cómo cambia la cara de Pablo tras treinta años en la cárcel, cómo el tiempo moldea y da gravedad a los rasgos juveniles de su rostro. Hay oscuridad ardiente, encerramiento, limitación absoluta, toneladas de soledad, y disciplina mental y física para no volverse loco, hay también amor y apoyo de los suyos, sin los que no hubiera sobrevivido, según él mismo confiesa.

A Seth Peñalver, el compañero tambien condenado a muerte junto a Pablo, lo absuelven en un segundo juicio. El primer juicio a Pablo Ibar es rápido y chapucero, lleno de equivocaciones y errores, el abogado de Pablo hace un defensa nefasta de su cliente. La Fiscalía busca una condena rápida con Pablo Ibar y la consigue: condena a muerte.

Pablo ha contado en una carta cómo es la vida diaria en el corredor de la muerte. Empieza antes del amanecer con un grito “Chow time” y a través de la bandeja, le sirven su rancho. Se guarda una parte para por la noche, cuando le entra el hambre. Le dejan salir un par de horas cada dos semanas. Pablo trabaja en su caso y hace ejercicio físico. Responde a las cartas de los que le apoyan fuera de los muros de la cárcel. Cuando le permiten salir de su celda, esas escasas horas al aire libre, juega al baloncesto, su deporte favorito. Ha comprado una radio en prisión y la música le salva la vida.

¿Es culpable o inocente? El documental no te lo deja claro como todos los buenos documentales. El final es tuyo. Yo tengo una duda razonable de que sea culpable. Por tanto creo que Pablo Ibar debería salir de la cárcel. Hay demasiadas irregularidades en el caso Ibar como para mantener encerrado a un hombre, que se ha pasado 30 años dentro de prisión, la mayoría de ellos en el corredor de la muerte.

Quien le iba a decir a Cándido Ibar cuando arribó a Miami, a Estados Unidos, con mil millones de ilusiones, y mujer y dos hijos pequeños, que su sueño de una vida mejor acabaría envenenado en el pozo del torcido destino, el mal azar.

Joe Nascimento abogado de Pablo, está increíble, hay qué ver cómo se implica, cómo lucha por su cliente, cómo consuela con su serenidad legal a Pablo Ibar y a su familia, cómo participa en sus comidas familiares y se muestra amable con Cándido, Tania, la mujer de Pablo, y el propio preso, calmando los ánimos.

Pablo Ibar, esposado, con el abogado encargado de su apelación, Joe Nascimento, al fondo.

Pero, al principio, Pablo Ibar tuvo a otro abogado, el desastroso Kayo Morgan, quien era para echarle de comer aparte.

Dos años antes de que en 1994 se cometiera el triple asesinato que llevaría al español Pablo Ibar a la cárcel durante 24 años16 de ellos en el corredor de la muerte, se celebraba en Fort Lauderdale, cerca de Miami, un juicio insólito. Un abogado acusado de desacato se presentaba ante el tribunal acompañado de Smooch, un mono diabético en pañales. Durante los interrogatorios, el simio permaneció sobre los hombros de su dueño, para deleite del jurado y del propio magistrado que, no obstante, acabó mandando al letrado al calabozo.

Cuando en el año 2000, se celebró el segundo juicio contra Pablo Ibar, Morgan se había enganchado a opiáceos para aliviar sus dolores. El abogado fue incapaz de encontrar a un experto en reconocimiento facial para impugnar la principal prueba de la Fiscalía: unas imágenes de la cámara de vídeo que tenía oculta una de las víctimas en el salón de la casa.

Volvamos a la casilla de salida de esta historia. El 26 de junio de 1994, el domingo en el que la vida de Pablo iba a cambiar para siempre, dos hombres entran en la casa de Casimir Sucharski, dueño de un célebre club nocturno de Miami: El Casey’s Nickelodeon. Este hombre de 48 años estaba acompañado de Marie Rogers y Sharon Anderson, dos modelos de 24 años, a las que aquel sábado no les apetecía salir pero que al final decidieron disfrutar de una noche de fiesta que acabó en tragedia.

Los dos asaltantes se cuelan por la puerta del jardín y golpean y asesinan a tiros al hombre y a sus acompañantes con la intención de robar. Una cámara oculta en la estancia graba la brutal escena e incluso filma el rostro de uno de los asesinos, cuando éste se quita la camiseta con la que se tapaba la cara. Por desgracia, la calidad de la imagen no es alta. La cámara no es de seguridad profesional, sino una para aficionados de la época que su dueño solía emplear para grabar encuentros sexuales a escondidas.

¿Es Pablo Ibar el chico que aparece en la imagen?

Puedes ver “El Estado contra Pablo Ibar” en HBO.

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“Allen vs Farrow”: la versión de Dylan, la hija

La obsesión enfermiza de Woody Allen con su hija adoptada junto a Mia Farrow, Dylan, su concentración excesiva en ella, con exclusión de su mujer y el resto de los hijos, su atracción hacia Dylan se ponen sobre la mesa en el documental “Allen vs Farrow”. La guerra de Allen y Farrow.

-Solo existían ellos dos-cuenta Mia Farrow.

-En cuanto entraba en casa, yo atraía como un imán a mi padre-dice Dylan, quien sentía que su padre la monopolizaba y la apartaba del resto de su familia, como si quisiera tenerla solo para él.

Dylan también cuenta que su padre, Woody Allen, se acostaba en calzoncillos, con ella, siendo niña en la cama de matrimonio y la abrazaba, y que ella se sentía culpable, porque sentía que eso era raro, que era algo que no le gustaba, pero era su padre ¿no? Dylan se sentía culpable.

Desde luego, al margen de si ha habido abusos sexuales a su hija de Woody Allen, el ambiente familiar era raro raro, rarísimo.

-Cuando Woody estaba en casa, Dylan no jugaba con otros niños. Allen se la llevaba a dar un paseo o a leerle un cuento a solas. Seguía a Dylan-dice Priscilla, una amiga de la familia.

La presencia omnipresente , enfermiza del padre.

-Recuerdo estar en la cama, juntos, en ropa interior, abrazados, recuerdo sentir su aliento en mí-recuerda Dylan.

-Él se arrodillaba y apoyaba su cara en el regazo de Dylan. Yo sentía que eso no estaba bien- añade Mia Farrow.

Mia Farrow, con su hija Dylan.
Foto familiar de tiempos más felices.

Siguiendo un patrón clásico como víctima de presuntos abusos de su padre, Dylan cuenta que, de niña, la actitud de su padre le parecía normal porque era lo que vivía en su día a día en su casa. De hecho, una vez una amiguita invita a Dylan a su casa, y ésta descubre que su padre no está encima de ella todo el día y ese hecho le parece raro.

El mundo al revés.

La pregunta que late en el fondo de la historia es la siguiente: ¿abusó Woody Allen de su hija Dylan realmente?

Bueno, si te crees la versión de Farrow y Dylan, sí. Claro. Nadie puede afirmar que sea verdad lo que dice el documental porque la historia está contada desde un único ángulo y no hay pruebas y los tribunales han declarado inocente a Allen. La guerra de Allen y Farrow.

¿Cómo desbrozar la verdad tras un divorcio traumático, una infidelidad de Allen con la propia hija adoptada de ambos, con el rencor de Mia Farrow? Yo dudo. Luego creo a Dylan. ¿Por qué no iba a creer a Dylan? ¿Por qué iba a mentir Dylan? Luego dudo. La duda está presente todo el rato.

La guerra de Allen y Farrow

Mia Farrow dice una frase demoledora:

-Yo fui la que metí a ese tío en la familia.

Pero ¿quién sabe la verdad? Yo no. ¿Cuenta Mia Farrow la verdad? Más dudas.

Por otra parte, el documental es aburrido, tedioso, y sí, tendencioso. Empecé a verlo con ganas y poco a poco me fui desinflando. Todo el rato es lo mismo. La historia no progresa, no tiene giros, no hay versiones contrastadas. Cuenta la versión de la hija, Dylan, que es la versión de la madre, Mia.

Pero más allá de la veracidad de los abusos, más allá de la acusación de abusos sexuales por parte de Allen con su hija Dylan, “Allen vs Farrow” es el retrato de una familia muy peculiar: la que formaban Mia y Woody, con ese porrón de niños revoloteando a su alrededor. Niños que se sienten incluidos o excluidos, amados o no, favoritos o ninguneados, dignos de atención o no. Algunos de los hijos son más estrellas que los otros. Soon Yi aparece, con una cara de triste, que te mueres.

Como espectadora siento la necesidad de ir más allá de la versión edulcorada que da Mia Farrow de su familia al margen de Allen, porque no me parece creíble ese mundo feliz, ideal, de familia idílica criada en el campo. Mia todo el rato grabando a los hijos en plan obsesivo, en su versión más naif y rosa. Raruno.

Moses y Soon Yi han dicho que había maltrato psicológico, encierros, y que Mia aceptaba a unos hijos y rechazaba a otros.

Al final el documental, pesadote y aburridote, es sobre la naturaleza humana, sobre familias que sufren, sobre madres, padres e hijos, sobre relaciones complicadas y misteriosas.

Puedes ver “Allen vs Farrow” en HBO.

La guerra de Allen y Farrow.

El miedo y la euforia. “Una ola de 30 metros”

En el episodio 6 de “Una ola de 30 metros”, se rompen las barreras y llegamos al surf místico, según dice Rodrigo Koxa, ese que te hace estar cerca de Dios. Garret se pone de nuevo un traje de neopreno y descubre que puede cabalgar de nuevo una ola gigante en Nazaré aunque sólo sea una vez más. Los surfistas hablan del significado, de la importancia de mantenerse presentes cuando pillan una ola, explican la necesidad de no pensar ni en el pasado ni en el futuro, dicen cómo estar en el momento, cerca de una sensación de euforia. Por eso vuelven a por más, una y otra vez. Pero tras el accidente de Alex en Nazaré, los surfistas también hablan del miedo, del terror que sienten, de lo aterrador que sería permanecer inconscientes bajo el agua, sin nadie que les ayude, y hasta qué punto practicar este tipo de surf tan extremo vale arriesgar su vida. El miedo y la euforia en una ola de 30 metros.

También han pasado diez años desde que McNamara logró el récord mundial a la ola gigante jamás surfeada en Nazaré y él ya no es el mismo.

La mala suerte de Andrew Cotton

En “Una ola de 30 metros”, pocos personajes resultan tan simpáticos y cercanos como el surfista Andrew Cotton aka Cotty. El inglés es un hombre sencillo hecho a si mismo, que empieza desde abajo, en el surf, cuando está en el colegio. Como dice Garret, Cotton está súper hambriento de surfear grandes olas, y eso importa, vaya si importa. Cotton deja su trabajo como fontanero en Inglaterra, viene de familia obrera -no es como otros surfistas guays de Hawai- y se ha hecho un hueco en el mundo del surf extremo como padre de familia, sin casi dinero, y sin creerselo demasiado. Nunca pensó que el surf le iba a pagar las facturas, para él, de joven, era un hobby. Pero como Cotty cuenta en el documental: no quería ser ese tío que a los 60, 70, años dice: “podría haberlo hecho si sólo…”

Sin embargo, como he contado en este blog, mientras surfea en Playa Norte en Nazaré, sufre un revolcón de una ola de 50 pies y se lesiona la espalda gravemente. Eso le provoca dolor, miedo, bajón y la angustia de si volverá a caminar y un largo tiempo de recuperación.

Pero Cotty vuelve a surfear en Nazaré, esta vez, él sobre la tabla y Garret conduciendo la moto acuática. Forman un buen equipo Garret y Cotty, y sus andanzas dotan de encanto lo que queda de la serie documental.

Andrew Cotton empezó a surfear a los siete años en las costas de Devon, Inglaterra. Desde entonces el surf ha sido su vocación.
Cuando Cotty dejó el instituto, trabajó en una fábrica de tablas de surf hasta los 25 años. Fue quien remolcó al surfista Garret McNamara durante el récord de la ola más grande jamas surfeada en Nazaré en 2012. Años más tarde, Garret le paso el testigo .

Llegamos a un punto en “Una ola de 30 metros” en el que notamos la frustración de Andrew Cotton. Es imposible no empatizar con su decepción, con su sensación de mala suerte. Los periodistas lo llaman y todos le preguntan por su lesión de espalda, por lo jodido que ha estado, no por ninguna ola que haya cogido en Nazaré.

Durante el “Nazaré Challenge”, todos los fotógrafos y filmmakers están con sus cámaras captando el accidente de Alex, al que da un terrible revolcón una ola monstruosa, y en ese momento Cotty está cabalgando una ola gigante, de récord, pero nadie lo graba, nadie capta en imágenes su hazaña porque ¡mala suerte! todas las cámaras apuntan al momento del accidente, lógico. Por lo tanto, el logro de Cotty no existe, se queda en agua de borrajas.

En marzo de 2020, llega el coronavirus, el mundo se confina. Garret y Cotty paran y se dedican a sus familias mientras surfean olitas por diversión. The end.

Cotty ha tenido que trabajar duro y ahorrar dinero para dedicarse también a cazar grandes olas. Es padre de familia y está casado con Katie, su novia de toda la vida.

Puedes ver “Una ola de 30 metros” en HBO.

La estructura de una serie documental: “Una ola de 30 metros”

La serie documental “Una ola de 30 metros” ha encontrado una estructura adecuada para arrastrarnos como una ola gigante de Nazaré desde el capítulo 1 al 6, sin perder el interés en ningún momento. El hilo conductor de la historia, el protagonista en torno al que giran los demás personajes, es Garret McNamara. Afortunadamente la personalidad y la vida de McNamara da suficiente juego como para sostener la estructura de la historia a lo largo de seis capítulos de una hora. Logro nada fácil de conseguir. La narración desde una ola de 30 metros.

La estructura está muy clara: presentación, nudo y desenlace, con sus puntos de giro correspondientes, y sostiene, con fuerza, la historia que se alarga y culmina en el emocionante capítulo final en el que Garret y Cotton se confinan, con sus familias, debido al coronavirus. “All passion spent”.

En el primer episodio, Garret se presenta como un explorador del océano que se encuentra más a gusto en el mar que en tierra. Unas voces en off de presentadores de televisión superpuestas a una imágenes familiares de Garret con sus hijos y su mujer en Hawai, nos informan sobre el récord mundial del Garret en Nazaré y nos dan un apresurado perfil de quien es nuestro protagonista.

Garret McNamara es un hombre de equipo y, a la vez, va por libre. El norteamericano descubre Nazaré como lugar para surfear grandes olas en el Cañón Norte y recibe el apoyo de muchos lugareños, quienes confían en él para dar a conocer su localidad.
Nicole, la segunda mujer de Garret, madre de sus dos últimos hijos y mente práctica y organizadora del proyecto surfero en común. Nicole también es surfista.

Urge una presentación del surf extremo. Aprendemos que, al principio, los surfistas se impulsaban con sus brazos tumbados sobre sus tablas para surfear olas más grandes. Huelga decir que las olas estaban masificadas y casi no había espacio para cabalgarlas, pero como cuando Edison creó la bombilla e iluminó el mundo, a alguien se le ocurre una idea genial para montar olas gigantes: utilizar primero zodiacs y más tarde motos acuáticas con una plataforma trasera, para remolcar mar adentro a los surfistas y rescatarlos después. ¡Eureka! Esa técnica lo cambia todo ya que los deportistas pueden alejarse de la orilla y coger olas mucho más grandes que si se propulsasen sólo con sus brazos.

Garret surfea en Hawai, México, California. Allí están las mejores playas para practicar ese tipo de surf.

Nazaré, la tierra de las olas

La historia da un giro de 180 grados cuando un funcionario del ayuntamiento de Nazaré, quien desde niño había observado las olas mastodónticas que se formaban en Playa Norte desde lo alto del acantilado, junto al faro, decide escribir un e mail a Garret McNamara con una foto que hace desde lo alto, mostrándole las olas gigantes vírgenes para el surf que hay en Nazaré.

La revolución.

Es Nicole quien se fija en este e mail, investiga junto a Garret las corrientes que hay en Nazaré y anima a su marido a viajar juntos a ver qué tal.

Esa decisión lo cambia todo. Presentación del lugar: Nazaré. Resulta que en este pueblo portugués se produce un curioso fenómeno geológico que da lugar a ese oleaje tan alucinante: hay una potente corriente submarina de una increíble potencia que pasa por el llamado Cañón Norte, que al final se comprime y fuerza, al emerger a la superficie, tan mastodónticas olas.

Garret y compañía

Como corresponde a un buen capítulo primero, toca la presentación del equipo que acompaña a Garret McNamara en su aventura portuguesa a lomos del oéano Atlántico. Conocemos a los personajes secundarios: C.J., hermano de Nicole, que es jugador de voleyball en Guadalajara, España, quien conduce la moto acuática en Nazaré, sufriendo un gran estrés porque él no es ningún experto y su cuñado es intensito, a Andrew Cotton, el fontanero surfero que sustituye a C.J. como piloto de la moto, al clan portugués que apoya a Garret, la gente del Ayuntamiento, los voluntarios, Celeste, la cocinera del restaurante donde almuerza todo el equipo, y Nicole, mujer de Garret y ojeadora desde lo alto del acantilado, cuya función se revela clave en el ejercicio de surf extremo de McNamara.

Puedes ver “Una ola de 30 metros” en HBO.

Dos posturas enfrentadas para una misma historia: “Elize Matsunaga”

En la serie documental, “Elize Matsunaga”, llega el momento del juicio a la viuda, Elize, por el asesinato de su marido Marcos. Hay dos posturas enfrentadas que, en realidad, se corresponden con dos versiones de una misma historia sobre lo que pasó y como espectadores tendremos que elegir sobre el punto de vista que nos creemos.

Si te crees a la acusación (fiscal y el abogado de la familia Matsunaga) se trata de un crimen premeditado, motivado por el ansia de venganza y dinero que tenía la acusada, quien efectuó el disparo a quemarropa cuando su marido, Marcos, volvía de comprar una pizza para cenar, sin darle ninguna oportunidad de defenderse. La otra versión corresponde a la defensa de Elize Matsunaga: se trata de un crimen pasional, Marcos insultó y abofeteó a su esposa y ésta, impelida por una arrebato, no aguantó más las humillaciones y le disparó cuando se acercaba a ella y se encontraba a dos metros, poseída por la rabia y por el miedo a una agresión de Marcos.

Elize trabajó de prostituta de lujo y así conoció a Marcos. Todos sus trapos sucios salen en el juicio deformados por un machismo rampante.

En realidad, como espectadora, tienes que elegir entre creer que Elize fue una víctima, maltratada psicológicamente por su tóxico marido, Marcos, (la versión de la defensa) o que es una asesina fría y despiadada que planeó el asesinato, con premeditación, para quedarse con la mitad de los bienes de Marcos, que en el momento de su asesinato acababa de vender el imperio familiar: la marca de alimentación Yoki, por un pastizal, también con el objetivo de quedarse con la custodia de su hija pequeña y de paso vengarse de su infiel esposo.

Los abogados de Elize. El hombre fue profesor suyo en la Facultad de Derecho de Sao Paulo.
Marcos y Elize durante tiempos más felices. Su historia de amor acabó en tragedia.

Esa estructura no deja de ser un final abierto porque aunque tú sabes que Elize lo hizo, al final tienes que decidir si asesinó a su marido en un contexto humano de angustia psicológica o si lo hizo con premeditación para quedarse con el dinero.

Puedes ver “Elize Matsunaga” en Netflix.

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Dos posturas enfrentadas para una misma historia: “Elize Matsunaga”.

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El lado oscuro de surfear grandes olas. El documental “Una ola de 30 metros”

Una serie documental, con episodios de casi un hora, como “Una ola de 30 metros” de HBO, necesita contar más que la historia, vida y milagros surfistas y familiares del surfer de grandes olas, Garret McNamara. Los guionistas abren el espectro de personajes y conocemos a Cotty, a Maya, la surfista brasileña que está a punto de ahogarse en Nazaré, a Carlos, y sobre todo al místico de las olas: Rodrigo Koxa, oh surfear es vivir una experiencia que te acerca a Dios, que supera el récord Guinness de la ola más grandes jamás surfeada por McNamara. Morir en busca de la ola.

Las olas te arrastran y te pueden causar lesiones importantes, incluso la muerte.

El lado oscuro

Obviamente, para construir una serie documental como “Una ola de 30 metros” no puedes contar sólo los momentos brillantes del surf de grandes olas, las glorias deportivos, lo guay que es Nazaré y lo tío enrollado que es McNamara. Eso no se sostiene a nivel de guion, por muchos planos espectaculares que tengas.

En el episodio 4, la serie documental da un giro de guion para contarnos el lado oscuro de surfear grandes olas hasta el punto de que Garret, Cotty, y otros surferos se pregunten: ¿realmente hacer esto vale la pena?

Se nos narran las heridas, lesiones, y experiencias cercanas a la muerte de Garret y compañía, se nos cuenta el dolor, la depresión, la inconsciencia, las graves heridas en la espalda, el nervio ciático, la cabeza de los protagonistas. Se nos habla de su estrés postraumático después de ser arrastrados por una ola gigante y haber estado a punto de ahogarse, se nos relata el trauma y la depresión, el terror que sienten, los días inmovilizados en la cama, el miedo a morir, los que tienen familia, el miedo a no poder a volver surfear, los más locos. Ahí, en ese punto, es donde cobra profundidad la serie documental “Una ola de 30 metros”.

Nazaré se descubre como pueblo surfero por excelencia gracias a Garret McNamara.

Todo empieza, en Nazaré, cuando Maya, una surfista brasileña, está a punto de ahogarse cuando una ola gigante la sepulta. Se produce una reacción de cero empatía en sus colegas masculinos, ah, que se quite de ahí, esto es demasiado peligroso para una mujer. Como dice Maya frente a la cámara:

-Me gustaría que hubiesen dicho mis compañeros: ponte bien y recupérate pronto.

Garret se apunta al torneo Mavericks en California, y una gran ola lo machaca, y le fractura el hombro: dolor, y ganas de suicidarse, depresión, problemas matrimoniales y la posibilidad de no volver a surfear en la vida.

Pero él quiere volver a Nazaré. Además, está el tema económico, implícito en el documental, porque toda la familia de Garret vive de eso. Los surfistas viven de los patrocinadores y para eso deben conseguir resultados. La máquina no se puede parar o no entra el dinero. No es sólo la pasión por el surf, es también un trabajo.

La cara oscura de su personalidad

De repente en “Una ola de 30 metros” muestra la sombra, la cara oscura de la personalidad de McNamara: su terquedad y su temeridad, su locura, sus bajones y subidones, cómo no puede parar ni descansar, tiene que ir a surfear en Indonesia, dónde se está recuperando de su accidente y pasando unas vacaciones con su familia.Como dice Nicole, su mujer, no sería Garret sino se largara a surfear a G. land donde se rodó “El verano interminable 2”, donde Garret se hace una herida en la cabeza y se rompe el pie.

Además Garret, de vuelta a Nazaré donde le operan el pie, como no le operen, no volverá a andar, le dice su médico, se siente presionado para volver a surfear olas gigantes del Atlántico. La gente le para por la calle, y se hace selfies con él, el alcalde está encantado de que Nazaré sea visible ahora en el mapa, y los patrocinadores quieren nuevas gestas deportivas.

Esas broncas matrimoniales, esos momentos de miedo y dolor, vulnerabilidad de Garret McNamara son los mejores instantes de la serie documental. Porque, en ese momento, es cuando conectamos con Garret McNamara como ser humano, hecho del mismo barro que nosotros.

Lo más interesante de “Una ola de 30 metros” no es cuando Garret McNamara consigue el récord mundial al surfear una ola de 30 metros. Lo más interesante es lo que pasa después.

Puedes ver “Una ola de 30 metros” en HBO.

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