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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 59

El fascinante secreto de Atapuerca.

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El fascinante secreto de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 59

—Cierra la puerta —dijo Ruscalleda.

Así que iba a ser uno de esos desahogos broncos.

Luisa lo obedeció. Se acercó a su mesa. Una foto de él con Felipe VI. No se sentó. Prefería encajar los golpes de Ruscalleda de pie.

—No es profesional eso que has hecho ahí dentro.

—Y su informe es muy profesional.

—O controlas tus ataques o estás fuera de mi unidad. No quiero malos profesionales en mi equipo. Y tú vas cagada tras cagada. ¿Qué le digo a la ministra?

—¿Que no enchufe a sus amigos?

La ministra de Interior solo se rodeaba de varones en los que confiaba.

— Y sigues. ¿Qué te he dicho? ¡Fuera de mi vista! La próxima vez te juro que te abro un expediente. ¡Ya tienes uno! ¿Te acuerdas?

—Sí, señor.

—Bueno, no te lo repito dos veces. Quien avisa no es traidor.

—Está bien, señor.

—Deja de comportante como una niña. ¡Haz tu trabajo!

Tres días después, la inspectora Baeza queda con el juez Gaicano a comer en el Restaurante Casa Ojeda, en la calle Vitoria número cinco. Cordero lechal a la brasa, morcilla de burgos, ensalada mixta y una botella de Matarromera.

—Sin el error de Jiménez, no estaríamos empantanados en este caso —dijo el juez Gaicano.

—¿Me lo dices o me lo cuentas?

—¿Crees que Jiménez está encubriendo a alguien?

—Oh, no. Es solo que es idiota.

—Max podría estar en la cárcel ahora. ¿Te das cuenta?

—Sí.

—¡Qué desastre de país! Menos mal que me jubilo, Luisa. Hostia, cuento los días. A mí me queda poco, pero vosotros lo tenéis más jodido.

—Bueno, también hemos tenido más vida muelle —dijo Luisa por decir. A ella cada cosa que había conseguido en la vida le había costado sangre, sudor y lágrimas.

—Eso es verdad.

—Jiménez conoce a la ministra del instituto. Son amigos.

—Pues entonces bula papal.

—Y aquí no tenemos un Innocence Project.

—No.

The Innocence Project se fundó en Estados Unidos para detectar condenas injustas. Cada año recibían miles de cartas de posibles inocentes que llevan más de dos décadas en prisión. No dan abasto. Los abogados y voluntarios de The Innocence Project investigan solo el uno por ciento de los casos que les llegan. Gracias a las pruebas genéticas que han hecho han sacado de la cárcel a trescientos culpables, incluidos dieciocho condenados a muerte.

—¿Sabes lo que dicen ellos respecto a las mordeduras humanas?

—Ilústrame, Luisa.

—Comparar los dientes de un acusado con las huellas en el cuerpo es, de lejos, subjetivo y propenso a error.

—No me das más que alegrías, Luisa.

—Voy a hablar con Ruscalleda. Esto no puede seguir así —dijo ella mientras sentía el aleteo del miedo. El despropósito la atemorizaba. Meter a un inocente en la cárcel la martirizaba.

—Max Rey nos ha demandado.

—Me alegraré si nos saca hasta el hígado —dijo Luisa con voz feroz.

—Dice que parte de la pasta gansa que va a sacar al Estado español va a ir para ayudar a Junqueras, otro inocente en la cárcel.

—Hummmm.

Meterse en las aguas fangosas del procés en plena comida le daba urticaria.

—El vino está muy rico —dijo con voz baja.

—¿Qué sería de nuestra miserable y perra vida sin los pequeños placeres?

Luisa se quedó callada. Pensó que Max Rey podía haber sido un nuevo Levon Brooks.

Era noche cerrada en Brooksville (Mississippi), un 15 de septiembre de 1990, cuando secuestraron a la pequeña Courtney Smith, que tenía tres años. Courtney dormía en su habitación junto a sus dos hermanas de seis y un año. Su cama daba a la ventana. Un tío suyo, de treinta y siete años, descansaba en el sofá cuando la niña desapareció. Su abuela también se había quedado a dormir en casa. Su madre había salido de bares con su mejor amiga.

—Pensé que las niñas estaban cuidadas —dijo después.

Cuando Ashley, de seis años, se despertó, se dio cuenta de que Courtney no estaba en su cama.

—¿Está Courtney contigo? —preguntó su madre a la abuela cuando volvió de farra.

—No. Está contigo.

Gritaron su nombre, avisaron a la policía, preguntaron a los vecinos. Pero Courtney no apareció.

Dos días después encontraron el cadáver de la niña sumergido en un lago a cien metros de su casa. La habían violado y asesinado.

La policía le pidió a la madre de Courtney que escribiera una lista de doce personas cercanas a la niña.

Levon Brooks se convirtió en sospechoso de la policía porque era un exnovio de la madre de la niña.

El inspector encargado también se centró en otro hombre: Justin Albert Johnson. Su exmujer y su hijo vivían cerca de la casa de Courtney. El día del secuestro de la niña Justin había estado en su casa.

El forense Steven Haynes hizo la autopsia de la víctima y demostró que había sufrido agresión sexual. También encontró marcas de una mordedura en la muñeca derecha de la niña. Le pasó el caso a Michael West, odontólogo forense en Mississippi, con el que Haynes ya había trabajado antes. West certificó que era una mordedura humana. Sacó moldes dentales de doce sospechosos, incluido Justin Albert Johnson. Pero no le hizo la prueba a Levon Brooks.

Diez días después del asesinato de Courtney, la policía interrogó a Ashley, su hermana de seis años. Le enseñaron fotos de los sospechosos. La cría aseguró que había visto a Levon Brooks en casa ese día. También dijo que llevaba una moneda en la oreja. Levon tenía un pendiente en forma de aro en la oreja derecha.

Levon trabajaba como portero en un club nocturno de Brooksville al que solo iban negros. Dejaba entrar gratis a la madre de Courtney porque le gustaba.

La noche del 15 de septiembre salió de trabajar a la una y media de la mañana, la mitad del fragmento de tiempo durante el que fue posible el secuestro de Courtney, Levon lo pasó en su club, donde le habían visto numerosos testigos.

 —¿Qué sabes del asesinato de Courtney?

—No sé nada.

—¿La conoces?

—Sí.

—¿Cuándo fue la última vez que la viste?

—No me acuerdo. Hace meses.

¿Creían que lo había hecho él?, ¿era posible? El surrealismo de lo irreal se trocó en el pánico de lo real cuando el 25 de septiembre, en la cárcel, West sacó un molde de su dentadura.

West testificó durante el juicio que Levon mordió a la niña con sus dos incisivos. Dos marcas de la mordedura de la víctima y dos dientes del acusado coincidían.

—Nadie salvo Levon Brooks pudo morder el brazo de esa niña —dijo West.

Cuando Ashley testificó en el juicio por el asesinato de su hermana, incurrió en varias contradicciones. Sin embargo, su testimonio fue dado por válido.

Por su parte, la defensa de Brooks intentó rebatir la credibilidad y conclusiones de West. También se centró en la falta de móvil por parte del acusado.

—Acababa de conseguir un nuevo trabajo que le encantaba como portero, cocinero, aparcacoches de un club nocturno. Además, se acababa de enterar de que iba a tener una hija.

El jurado, tras deliberar más de nueve horas, condenó a Levon Brooks a cadena perpetua.

Cuatro meses después de que se condenara a Levon Brooks, otra niña fue asesinada y violada en similares circunstancias a las de Courtney. La víctima también tenía tres años, la raptaron de su casa y encontraron su cadáver sumergido en un arroyo.

La investigación de la policía se centró en Kennedy Brewer, expareja de la madre de la niña. El doctor Steven Haynes también hizo la autopsia y encontró mordeduras en el cuerpo. Volvió a llamar al doctor West, odontólogo forense, para que las analizara. Este confirmó que eran mordeduras humanas y que Brewer era su autor. Al acusado se le condenó a muerte en 1995.

En 2001, The Innocence Project se involucró en el caso de Brewer. Hizo pruebas de ADN y demostró que el semen hallado en la niña no era de Brewer. Este hecho lo excluyó como culpable. Se anuló su condena. Sin embargo, permaneció entre rejas seis años más mientras esperaba someterse a un nuevo juicio. Se consiguieron nuevas pruebas forenses que encajaban con el perfil de Justin Albert Johnson, del que la policía había sospechado al comienzo de la investigación que inculpó a Brooks.

Durante el interrogatorio de la policía, Johnson confesó ser el asesino de las dos niñas, aunque negó haberlas mordido. Tras su confesión el 15 de febrero de 2008, se liberó a Brewer. El 13 de marzo de ese mismo año, Levon Brooks también recuperó su libertad.

Johnson está ahora en la cárcel de Macon, en el condado de Noxubee, Mississippi, cumpliendo cadena perpetua. Dijo que oía voces que le ordenaban matar a las niñas después de esnifar crack, al que era adicto.

The Innocence Project también investigó la praxis profesional del doctor Haynes. Comprobó que el forense hacía entre 1200 y 1800 autopsias al año en el estado de Mississippi, seis veces más de la media. Le condenaron a pagar una multa de un millón de dólares al año. El estado dejó de contar con él como forense. Seis de los informes periciales y declaraciones como testigo de West eran erróneos.

Levon Brooks pasó más de dieciocho años en la cárcel de Parchman por un crimen que no había cometido.

—No voy a permitir que la cárcel cambie al hombre que soy.

Al salir de prisión, Brooks se casó con Dinah, su novia, y abrió un pequeño restaurante detrás de casa. Durante los fines de semana invitaba a los vecinos a ver el fútbol en la tele del garito. Por la noche, la gente bailaba en un ambiente alegre y relajado.

Murió de cáncer en enero de 2018. Tenía cincuenta y ocho años.

La cumbre de la fama de una huella de mordedura en el cuerpo de la víctima como prueba forense coincidió con el caso Ted Bundy.

Bundy era un psicópata seductor que atraía y engañaba a las mujeres con su belleza física y su labia. Parecía un príncipe azul. Una noche se coló en la hermandad Chi Omega de la Universidad de Florida, donde violó, pegó y estranguló a dos chicas de veintiún años: Lisa Levy y Margaret Bowman. La policía no encontró ninguna huella. Eso sí: estaba su semen dentro del cuerpo de ambas chicas, pero a Jeffreys le faltaban siete años para descubrir la prueba de ADN.

Las únicas evidencias con las que contaba el inspector de la investigación eran dos mordiscos del agresor en el cadáver de Lisa Levy. Hubo suerte porque la noche del 14 de febrero de 1974 un agente de policía detuvo a Bundy cuando se dio cuenta de que conducía de manera extraña. Un odontólogo hizo un molde dental de Bundy gracias a una orden judicial. Las marcas de las fotos a escala 1:1 de los dos mordiscos de Lisa Levy coincidían con el molde dental del detenido.

Souviron, odontólogo forense, testificó durante el juicio del asesinato de Lisa a favor de la fiscalía y concluyó que los dientes de Bundy habían mordido a la víctima. Levine y Sperber, dos odontólogos más, lo confirmaron. El caso Bundy tuvo un inmenso impacto en la utilización procesal de la huella de una mordedura como evidencia forense.

 El 24 de enero de 1989, a Ted Bundy lo ejecutaron en la silla eléctrica. La noche antes de morir comió su última cena: filete poco hecho, huevos fritos, patatas fritas, tostadas con mantequilla y mermelada de fresa, zumo de naranja y un vaso de leche.

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El fascinante secreto de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 47

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 47

Hace seis meses. Madrid

El No Se Lo Digas A Nadie estaba a reventar, lleno de mujeres que miraban a un lado y a otro buscando a alguien con quien habían ligado ya por Tinder. Yo, para variar, me sentía asustada, frágil. Antón era gay, pero yo no sabía qué era. Lo único que tenía claro era que no quería volver a estar con un hombre después del horror que había pasado con Esteban. La humillación aún me dolía.

Sin embargo, la culpa era mía porque yo había pasado por alto demasiadas cosas, me había autoengañado a rabiar. Esteban y yo habíamos seguido saliendo como si no pasara nada, como si todo estuviera bien después de las cosas horribles que habían pasado. ¿Por qué lo había aguantado tanto tiempo? Por mi pasado, porque estaba acostumbrada a que me tratara mal la gente a la que quería, por los patrones familiares y mentales, por la buena educación, porque Esteban lloró y me pidió perdón. Y yo lo perdoné. Era una gilipollas.

Yo era un mar de contradicciones. No quería estar con nadie, pero a la vez estaba harta de estar sola en mi apartamento de la calle Canarias con vistas a un patio reluciente de lluvia que olía mal porque la gente tiraba basura desde las ventanas.

Antes de llegar al No Se Lo Digas A Nadie, Antón, Raúl y yo habíamos cenado en el Mushashi. Cuando me acerqué, bajando por la calle Las Conchas, a las nueve en punto de la noche, Antón y Raúl ya me esperaban en la puerta, al lado de la carta llena de fotos de sopa udon y bandejas de sushi moriawase. Nos saludamos, nos besamos y traspasamos una cortinilla negra que tenía impreso un samurái en posición de ataque.

La camarera china que pretendía ser japonesa nos sentó en una mesa de la parte más baja del restaurante. Las mesas estaban muy juntas y oíamos la conversación de tres tías sentadas al lado que hablaban del mundo Tinder. Odiaban a los tíos que decían que les gustaba el senderismo y la música. Les gustaban los tíos con sentido del humor. Miraban todo el rato sus móviles mientras señalaban y comentaban fotos de tíos, sin dejar de comer su sopa udon, con los palillos, de sus grandes cuencos de color negro.

—Mido un metro ochenta… con tacones, qué gracioso —dijo una mujer cincuentona con pelo color rojo.

—Ese me mola.

—Tiene hijos.

—Pero son mayores.

—Sí, yo con regalitos de corta edad paso.

Antón, Raúl y yo dimos la sensación de que no habíamos comido en la vida. Pedimos sopa udon, tempura de verduras, yakisoba, sushi moriawase, sashimi de atún y salmón y dos agedashis tofu. Para beber, cerveza Sapporo.

—¿Algo más? —dijo la camarera, que era la dueña, una china que tenía sesenta años, pero aparentaba cuarenta.

—No, gracias.

Cuando la camarera se fue, le dije a Antón:

—Esta ha hecho un pacto con el diablo. Cada día está más joven.

—Es por la soja que toman. Sin embargo, tú con lo que fumas te llenarás de arrugas —añadió.

Fumaba por la ansiedad. En ese mismo momento, me entraron ganas de salir a fumar a la calle Las Conchas, muy animada, con terrazas llenas de gente, que charlaban, reían y bebían cerveza, con un trasiego de grupos de amigos que pululaban por la calle. Más arriba estaba el callejón de la Ternera, donde antes había un ambulatorio al que fue a que le curaran una cuchillada en el culo Camilo José Cela. Me lo había contado papá.

—La vida puede ser muy cruel —dije.

—Dímelo a mí, que Dios me dio vagina —dijo Raúl.

Pagamos a pachas. Cuando salimos del restaurante, extraje un cigarrillo de mi cajetilla Camel con la foto de un hombre muerto de un infarto y fumé a placer. Nos compramos un helado de chocolate y caminamos por Gran Vía, Callao, Princesa, Sol, Carretas. En Gran Vía me quedé prendada del ángel negro sobre una peana dorada que emergía del edificio Metrópolis. Paseamos por Alcalá, que tenía una arquitectura de edificios altos que me recordaba a Nueva York, aunque nunca había estado en Nueva York. Pero daba igual porque las imágenes que poblaban mi mente eran producto de las películas y series que había visto, que me conectaban con otros seres humanos que compartían mi misma cultura, mis mismos sentimientos, mis mismos recuerdos visuales. Todos los Homo sapiens bullíamos en una olla común de experiencias, pensamientos, recuerdos, ansiedades, amor, miedos muy parecidos. Por eso me encantaba leer, porque sentía que nada de lo humano me era ajeno. Me evadía de un lugar, de un momento en el que no quería estar: mi presente. Yo vivía para el siguiente momento. Siempre me sentía insatisfecha y soñaba con completarme en un futuro próximo donde yo y las cosas que me pasaban iban a ser mucho mejores.

Cuando llegamos al No Se Lo Digas A Nadie, me embargaba un ánimo expectante que me hacía intuir que esa noche me iba a aportar algo bueno. Sentí algo en el ambiente que prometía alegrías en una noche que se abría a mí. De repente, se apoderó de mí un ansia de enamorarme.

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El misterio más alucinante de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 48

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 48

Desde muy pequeña, Andrea había aprendido que la vida venía con el estigma de la pérdida y el silencio. Esa clarividencia había formado su carácter reservado y callado, que solo se inflamaba cuando hablaba de trabajo.

Cuando algún amigo de su padre durante las cenas que daba Max en su casa le decía que estaba guapa esa noche, su madre no le dejaba aceptar el halago. Después Teresa y ella se quedaba a solas en la cocina, ella recogiendo, Teresa supervisando mientras le decía con tono duro que no se lo creyese, que ese hombre lo había dicho por hacer la pelota a Max, porque iba detrás de sus favores profesionales. Eso era verdad. Andrea se lo creía, pero una parte dentro de ella se rebelaba contra su madre. ¿Por qué siempre la tenía que ningunear? La trataba con una dureza que sentía injusta, con una fría rabia impropia de una madre, como si Andrea fuera una empleada incompetente, no una hija. Se calló, pero por dentro hirvió cuando echó las sobras de la comida a la basura y fregó los platos y los amontonó para luego secarlos y colocarlos en la vitrina aparador estilo inglés de caoba del salón. Era la vajilla Limoges, la buena, reservada para las ocasiones especiales, y esta lo era, una cena para conseguir financiación con los responsables de la Fundación Botín a los que Max había explicado, con todo detalle y entusiasmo, la investigación que llevaban a cabo en la Gran Dolina. Andrea irradió un aroma de impotencia. Se volvió pequeña ante la mirada cruzada de su madre.

Ahora es de noche, Lara duerme plácida a su lado. Ella, insomne, se siente acorralada y confusa. Las horas oscuras son largas y ásperas. El desierto blanco del desvelo. Palpitaciones en el pecho, súbitos despertares pánicos, una sensación de alienación como si unas grandes tijeras de hierro la hubieran cercenado y separado del resto de la humanidad, la certeza de que el mundo le era hostil.

Está acostada con las manos entre las piernas, en posición fetal. Desamparo. Siente un gran vacío dentro de ella. Llora. Se chupa sus propias lágrimas. Saben a sal. ¿Por qué la abandonó su madre?, ¿no la quería? Era un bebé. ¿Cómo se puede prescindir de un bebé?

Otra fiesta. Whisky Cutty Sark, cortezas, patatas y cervezas. La cancha de baloncesto del Gil de Siloé. Canastas mojadas y relucientes por la lluvia. Música de Little Richards, la música la pone Max, que hace de DJ oficial. Suelo azul con líneas blancas que marcan el área. Charcos calmos y plácidos picoteados por las gotas de una tormenta lenta y perezosa.

Un amigo de Max confundió a Andrea con una camarera y le pidió un Ribera cuando ella llevaba a su padre y a sus amigos una bandeja con vasos de Cutty Sark y hielo. Ella siempre complaciente, servil, sumisa con papá. Ella le llevó la copa de vino al tipo rubicundo y pagado de sí mismo que se reía muy fuerte de sus propios chistes sobre maricas y que ni siquiera le dio las gracias. Dos minutos después se odió a sí misma.

Otra escena. Max rodeado de doctorandas adoratrices perorando sobre los antecessors y que la evolución técnica no había acabado, y que un virus diezmaría la población, morirían cientos de miles de humanos después de que las autoridades nos encerraran a todos en casa por temor al rápido y letal contagio, un virus que amenazaría la supervivencia de los Homo sapiens, que nos haría replantearnos las bases de la vida humana en la Tierra.

—Ya está tu padre exhibiéndose —rumió Teresa de mala leche. Andrea adivinó su furia orgullosa. Nadie tenía derecho a ignorarla de esa manera, y mucho menos su marido. Detectó los contornos calientes y diáfanos de su humillación. Latió una oscura satisfacción en el estómago de Andrea, como una tenia alegre.

Su madre llamó a Max y le interrumpió en su monólogo egocéntrico bañado en la admiración arrobada y embelesada de sus alumnas, todas querían que les dirigiera la tesis él, por eso parpadeaban como si fueran ninfas salidas del bosque de los unicornios hechizados. Él se dio la vuelta como una hidra y su cara se nubló por una ira ardiente. Andrea supo que el matrimonio de sus padres se había acabado.

Ahora la oscuridad de su habitación late con su latido negro y acompasado. Andrea se enjuga las lágrimas con la funda de la almohada. Lo que le hace llorar es su orfandad.

Andrea se siente asfixiada bajo el sudario de la soledad. El abandono de su madre aún le sangra por la herida. Un vacío dentro de otro vacío más grande como un juego infinito de muñecas rusas.

La orfandad es la razón por la que se levanta a las cuatro de la madrugada para salir al porche descalza. Siente las pequeñas piedras taraceadas bajo las plantas de sus pies. Baja la escalera y camina por el césped frío y mojado. Escucha los sonidos de succión de la depuradora de la piscina. Contempla su resplandor azul y calmo.

La orfandad es lo que le hace callarse cuando todos hablan. La orfandad también le hace ocultar el mar de fondo de su tristeza.

A la mañana siguiente, mientras desayuna con Lara tostadas con mantequilla frente a un tazón con café con leche, ambas sumergidas en un lúgubre silencio, la detención de Max planea sobre sus cabezas como un buitre hambriento, Lara le pregunta por qué lloraba anoche. Andrea dice que era una pesadilla.

Dos noches después, Andrea, despierta en la hora bruja de los insomnes, las cuatro y media de la madrugada, la hora en la que más gente se muere en los hospitales, se aferra a una hilacha de recuerdo como a la cuerda de un globo que la impulsa hacia arriba y le saca de las arenas movedizas de su pesadumbre.

Lara quería hacerla sonreír. Al final consiguió arrancarle una sonrisa durante un día desquiciado, veinticuatro horas después de que la policía detuviera a su padre. Lara dijo que en Atapuerca todos se parecían a un perro mientras dejaban atrás la Cueva de los Zarpazos. La bautizaron con ese nombre por unas huellas de zarpas de oso que había en la pared del fondo.

—Max es un gran danés. Sinaloa un carlino. Seseña un chihuahua.

—¿Y Sebastián?

—Un galgo.

Era una broma muy mala, infantil y tonta, pero Andrea se deshizo en carcajadas y olvidó por un momento que todo el mundo se apartaba de ellas como si tuvieran la lepra. Lara levitó a un metro sobre la grava y arena pálidas de la Trinchera.

Sin embargo, algunas noches Andrea logra ocultar su orfandad en un agujero negro de su cerebro. Se pierde en la dulce espiral de lo posible. Toca los contornos de la realidad de lo que creía irreal: un amor correspondido. Ella creía que arrastraba una maldición desde la cuna. Ahora una tierna euforia la impulsa hasta tocar el techo blanco estucado. Polvo cósmico que se desliza en una amistosa oscuridad hasta hacer refulgir la espalda de Lara.

Aún no termina de creerse su buena suerte. Nada en su vida le había preparado para la posibilidad del amor. Por eso cuando sucede al conocer a Lara en aquel bar de Madrid le coge a traición. La sorpresa, el agradecimiento, el éxtasis son inconmensurables. Nada había sido tan bueno hasta ahora. A sus espaldas tiene el condicionamiento de su pasado, que ha marcado su forma de relacionarse con el mundo y ha modelado la frágil naturaleza de su mente. Una infancia difícil, el abandono de su madre biológica, un padre desconocido, la adopción, una madre hostil desde el primer momento, la premonición de que las cosas no iban a salir bien, el miedo constante a un segundo abandono, un padre de arrolladora personalidad ensimismado en su trabajo y en el resplandor de su éxito, al que las cosas siempre le salían bien, siempre de viaje, ausente aun cuando estaba presente. A su lado se sentía invisible, transparente, sin esencia. La gente la miraba y solo veía a Max. De repente, esa felicidad se acaba y todo se derrumba. Le invade un augurio punzante de que algo horrible va a pasar.

El crimen más escalofriante de Atapuerca.

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El crimen más escalofriante de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 49

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más horrible de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 49

Durante el segundo interrogatorio que hacen la inspectora Baeza y el subinspector Aduriz a Max Rey, este no borra su sonrisa desafiante. Max tiene ojos como brasas negras incandescentes, cara enflaquecida. El cáncer le ha hecho sufrir. Tiene esa mirada extraña de quien ha estado a punto de pasar al otro lado de la laguna Estigia.

—¿Qué relación tiene usted con Jesús Sinaloa? —pregunta Aduriz.

—Nos odiamos cordialmente. Pero no lo suficiente como para matar a su sobrina.

Aduriz tiene la inquietante sensación de que Max está jugando con él. Respira hondo. La ira le hierve en la sangre. Le sorprende la aversión que siente hacia ese hombre. Experimenta el violento impulso de levantarse de la mesa, acercarse a Max y quitarle esa sonrisa burlona de un manotazo. «Ten más respeto, imbécil». Max es un manipulador. Él no le ve el carisma por ningún lado. Le parece un tarado.

—¿Por qué se lleva tan mal con él?

—Eso se lo dejo a mis biógrafos.

—Esto es muy serio. Es una investigación por asesinato.

—¿De qué se me acusa? —pregunta Max.

—Del asesinato de Miriam Sinaloa —dice Luisa.

Max bufa y mira al techo.

—Jesús ha sido desleal. Tiene celos de mí. Ha querido todo el poder en Atapuerca y quitarme de en medio. Pero pincha en hueso.

—¿Qué relación tenía con Miriam Sinaloa?

—Ya os lo he dicho. Estaba enamorado de ella. Un amor platónico. Yo no la maté.

Max se queda pensativo.

—¿Sabe, inspector…?

—Subinspector —corrige Aduriz.

—Ah, mejor aún —esa risita divertida, ese sonido de succión con la lengua que hace Max. Un tic irritante.

—El aumento de la energía del metabolismo que va al cerebro por el cambio de alimentación, de vegetariana a carnívora, fue clave para el desarrollo de la inteligencia. ¿Usted qué es?, ¿vegetariano o carnívoro, subinspector? —pregunta Max.

Aduriz es vegetariano, pero no se lo piensa decir a Max. Se siente desquiciado con él. Y lo peor es que Max Rey se da cuenta.

—Aquí soy yo quien hace las preguntas, señor Rey.

—Si no hubiera variabilidad genética, no habría evolución. ¿En su familia se han mezclado los genes, subinspector?

—Deje a mi familia fuera de todo esto, señor.

—Discúlpeme. Le he ofendido.

—En absoluto. El único que se ofende es usted mismo.

—¿Dónde estuviste el 15 de junio a partir de las dos de la tarde? —pregunta Luisa.

—Si me hubieras invitado a tu habitación, tendría una coartada mejor.

—Prefiero ser sospechosa de asesinato.

—No se preocupe, subinspector, no estamos saliendo. Aunque Luisa me lo ha propuesto muchas veces.

El juez Gaicano observa el interrogatorio con el comisario Ruscalleda por el espejo de Judas.

—¿Por qué me da la impresión de que Max Rey está jugando con los dos? —dice Ruscalleda.

—No es un adversario fácil. Además, odia a la policía.

—No me diga. No me había dado cuenta. ¿Pero cuando les roban los motores del Lavadero del Arlanzón a quién llaman? A la policía.

—¿Ha terminado el informe pericial, Jiménez?

José Jiménez ha hecho ya los moldes dentales de la hilera superior e inferior de la dentadura de Max Rey. Está cotejándolos con la fotografía de la mordedura de la víctima a ver si coinciden.

 —Está en ello.

—Lleva mucho tiempo en ello.

El juez Gaicano desconfía de Ruscalleda, de Jiménez, de la ministra.

—¿Cuál es el móvil? No lo tengo claro.

—La quería tanto que la mató.

—Max no es un irracional descontrolado.

—¿Lo conoces?

—De los Dominicos.

—¿Cómo era?

—Pobre, inteligente y feliz. Tenía un don para vivir.

—Qué envidia.

El juez Gaicano espera con ansia a que Jiménez termine su informe. Max quedará libre. Está seguro de que no fue él quien hizo esa mordedura.

—¿Por qué la mató? —dice Aduriz con voz irritada mientras hace un esfuerzo por dominarse.

—Vamos, subinspector, eso no está a su altura.

—Responda.

—Seguro que tú eres carnívora, ¿verdad, Luisa?

Otra vez esa sonrisa insidiosa que irradiaba superioridad intelectual, esos ojos fijos de serpiente, ese tono de voz bajo, didáctico y altivo, que a Aduriz le recuerda a Hannibal Lecter.h

—Estuve en mi habitación leyendo y bebiendo whisky de malta.

—¿Algún testigo que le viera? —pregunta Aduriz.

—No. Estuve solo.

—Creía que lo que nos había hecho superiores como especie había sido tener capacidad simbólica, crear arte y poseer un sentimiento de comunidad, tener una identidad —dijo Luisa cambiando de tercio. Conocía a Max y sus juegos con la materia de la evolución humana. Quería que él se abriese a ella. Qué viejo estaba. ¿De ese hombre se había enamorado ella a los quince años?

—Ah, alumna aventajada, señorita Baeza. Pero lo que marcó la diferencia fue el crecimiento del volumen del cerebro. Y eso ocurrió porque comimos mucha carne.

—A las tres de la tarde Jesús te vio hablando con Miriam enfrente del Portalón. No estuviste en tu despacho, Max —dijo Luisa.

—Otra mentira más del señor Sinaloa. Me tiene mucha inquina. Más de lo que su volumen cerebral puede soportar.

—¿Por qué va a mentir?

—Ah, Luisa. Cómo has crecido. Seguro que tu madre está orgullosa de ti.

—Mi madre no se entera ni aunque yo vaya a la Luna.

—Siempre supe que llegarías lejos, Luisa. Prometías. Eres muy lista. Pero ¿por qué la policía?

—¿Por qué no? —preguntó Luisa.

—Es un órgano represor y autoritario del Estado español.

—No has cambiado, Max Rey. —Sonrió Luisa.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 60

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más espeluznante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Capítulo 60

Luisa no supo quién dejó pasar a Carla, la madre de Miriam, a la sala de reuniones, pero sí supo que quiso estrangularlo con sus propias manos. ¿Había sido el agente Negre, que estaba en la recepción? Si era así, le iba a caer una buena bronca.

Carla entró sin que ninguno de ellos se diera cuenta de que estaba allí, mientras discutían frente a una pizarra donde había pegadas fotos de Miriam en la escena del crimen, imágenes de la autopsia de Miriam, más fotos de la herida de la chica en la cabeza, la imagen ampliada de la mordedura en el pecho derecho de la víctima.

De repente, Luisa se dio la vuelta y vio a Carla. Su corazón latió muy deprisa, como si quisiera salirse de su pecho.

Carla contempló las imágenes del cadáver de su hija en posición fetal, tendida sobre los tablones que protegían el sedimento en la sima: la cara violácea, negra de sangre, abotargada y muy hinchada, un rostro que había perdido de golpe toda su belleza juvenil, las manos azules, las uñas negras, los dedos amoratados, los números tatuados en su pecho con un cúter, la cabeza pegajosa de sangre coagulada, la latente desesperación de la víctima, que era demasiado joven para morir.

La cara de la madre, muda de horror, tembló.

 Luisa Baeza la vio, saltó de la mesa donde estaba sentada frente a Sanchís, Aduriz y Roberto. Fue hacia ella.

—Déjeme acompañarla, por favor.

—Mi niña —musitó Carla.

Luisa no supo qué decir.

—Usted me dijo que no sufrió.

Luisa Baeza cabeceó sin poder mirar a esa madre a los ojos. ¿Cómo se vive la vida después de que te maten a una hija? Se sobrevive, ya no se vive. Se vive con el agua al cuello, agotándose por mantener la cabeza por encima del agua para no ahogarse, con esa tensión desdichada que nada tiene que ver con la espontaneidad de la verdadera vida.

Aduriz fijó su mirada en Luisa. La miró como si la viera por primera vez. Sintió un estallido de respeto por ella. Luisa se encargaba de los marrones. No se escaqueaba.

Sin saber muy bien por qué, en un impulso culpable y compasivo, Luisa abrazó a Carla. Se interpuso entre ella y las fotografías de su hija. Quería aliviar su dolor, pero no lo consiguió. No logró disfrazar su incomodidad absoluta. No pudo ocultar la tensión que le picaba en la piel.

—¿Me permite acompañarla a tomar un café? —preguntó la inspectora Baeza.

Carla, como un corderito, permitió que la inspectora Baeza la cogiera del brazo y la sacara de la sala de trabajo y la condujera por pasillos marrones, donde los fluorescentes colgantes del techo zumbaban y vibraban y titilaban. Pasillos que olían a pizza rancia, a sudor, a tristeza, a derrota.

—Lo del café es un decir. Es más bien un petróleo maléfico que le hará un agujero en el estómago.

Carla temblaba tanto que el temblor se contagió a Luisa, que contaba los segundos para dejar de coger a Carla del brazo sin ofender la buena educación.

—Gracias.

—Usted me dijo que no sufrió.

—Y no sufrió —mintió Luisa—. El golpe la dejó inconsciente y sufrió una parada cardiaca.

Carla lloró desconsolada.

—No, no sufrió —repitió Luisa ocultando su angustia.

Ahora la impotencia se apodera de ella.

Le tiende el café muy caliente, que irradia química y azúcar y burbujea en el vaso blanco de poliestireno.

Luisa baja la cabeza y, cuando mira a Carla, le resulta difícil reconocer a la mujer que es ahora, una oscuridad delgada, aterida y destruida. La madre de Miriam ha adelgazado veinte kilos y ha dejado de ser la jacona alta e imponente que recordaba a Joanne Holloway, la secretaria pelirroja, sexy y con carácter de la serie Mad Men. Ahora es un pajarillo frágil y desconsolado al que, si abrazas, notas todos los huesos bajo su temblor vulnerable y deprimido.

Se toman el café en silencio. Luisa muy enfadada por la cagada de dejar pasar a Carla a la sala de reuniones de la investigación, enfadada también con el arquitecto que diseñó la comisaría con paredes de cristal que hacen que la intimidad sea imposible, enfadada con el tedio funcionarial de los agentes que ese viernes están ya pensando en la película que van a ir a ver en el cine, en el restaurante en el que van a cenar o en el bar en el que se van a tomar la primera copa. Tal vez ella piensa así porque es una resentida que no tiene a nadie que la espere en casa, una demente que se toma demasiado en serio su trabajo, una obsesa con encontrar al que hizo sufrir, sí, sufrir, a Miriam.

La comisaría es un lugar deprimente. Va a la nevera para coger una botella de agua mineral para Carla, pero al ver su cartel admonitorio de limpiar y no dejar que los alimentos se pudran, se retrae.

—¿Por qué no salimos fuera? Así podremos estar más a gusto —dice.

Carla la mira con ojos acorralados. Ella no va a estar nunca a gusto en la vida. Luisa lo sabe. Se muerde los labios lamentando su torpeza. Tiene el corazón encogido. ¿Cómo ha podido pasar?, ¿cómo ha visto Carla esas fotos de su hija muerta, golpeada, con la cabeza abierta en canal?

España, qué país de chapuzas. Y todavía no tiene los análisis completos de toxicología del cuerpo de la víctima. Después tendrá que llamar al laboratorio. Ir detrás de los técnicos, presionarlos, amenazarlos. Luisa tendrá que sacar su cara más fea y le duele más sacarla de lo que la gente se cree. Mientras, su jefe, quien jamás la respalda, está en Londres en un banal e inútil congreso de la Interpol.

—Tome.

Carla le alarga un móvil a Luisa.

—¿Qué es?

—El móvil de Miriam. Lo escondía debajo del colchón. Se lo había regalado ese cabrón.

Luisa sabe que la madre de Miriam se refiere a Marco, el novio de la adolescente.

—El móvil que llevaba cuando la mataron era mi viejo Samsung. Si mira el WhatsApp, verá que Marco le escribió para que quedaran en Atapuerca. ¿Va a hacer algo?

El caso más espeluznante de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 54

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El suspense más estremecedor en Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 54

Aduriz sabía que no tenía que haber participado en ese interrogatorio a Max porque estaba fuera de sí y no había dormido durante las últimas noches discutiendo, feroz, en su cabeza con su sospechoso. «Txakurra, ¿quién es ahora el txakurra, eh, asesino? Has matado como un perro a una niña. Tú no eres humano, cretino de mierda».

Ángela le había notado muy estresado. No la tocaba ni le hacía ningún caso, consumido como una pavesa con el caso de Miriam Sinaloa, obsesionado como un demente. No lo conocía. Él era un hombre tranquilo. Pero cuando le entraba la angustia, se pasaba dos días sin hablar, royéndose la cabeza. Era mejor dejarlo. Ángela cada vez se sentía más sola y más desamparada con la criatura creciendo en su interior, inquieta por la perspectiva del parto, imaginándose pariendo a solas porque Miguel Ángel no estaría con ella, estaría abismado en su caso, en la calle, en la unidad, en cualquier parte excepto con ella.

Él había perdido la perspectiva. Estaba cegado por la ira y la frustración. El desprecio de Max le escocía. Le daba vueltas una y otra vez a lo que le había dicho. Era mejor dejar a Max a Baeza. Pero no. Le tenía ganas. Unas ganas furiosas que le picaban por todo el cuerpo como un ejército de hormigas rojas mordiéndole bajo la piel.

El día en el que Aduriz perdió los nervios con el detenido fue un día normal. Amaneció despejado, se levantó a las seis, se preparó el desayuno en la cocina a oscuras, muesli Alpen y té verde, se duchó, se vistió pulcro y sencillo, pantalones chinos y camisa blanca. La rutina se impuso monótona y acompasada.

Pero todo cambió a las doce de la mañana. Supo que algo pasaba porque Luisa Baeza se quedó muy seria, como si se hubiera tragado un fantasma. El corazón le brincó en el pecho. Sufrió como un adolescente desengañado al darse cuenta de que ella sabía algo que no quería compartir con él. Pero su mente se equivocó.

Luisa se levantó y atravesó la unidad en dirección a su mesa. Le alargó un puñado de folios aún calientes de la impresora. El informe forense de Jiménez. Notó una espesa inquietud en el estómago.

Aduriz sintió una tensión embriagadora en su cerebro previa al estallido de cólera, el desahogo gozoso de toneladas de tensión y cabreo que tenía acumuladas contra Max. Él era un hombre tranquilo hasta que dejaba de serlo. Entonces una subpersonalidad de dolor emergía de su zona oscura.

En la sala de interrogatorios, Max estaba sentado y esposado frente a la mesa vacía.

—¿Qué hace usted aquí?

—Me parece que yo le podría preguntar lo mismo.

—No quiero hablar contigo.

—No está en condiciones de exigir nada, señor Rey.

—¿Me va a enterrar en cal, señor Aduriz?

—No sea absurdo.

Un silencio tensó el ambiente. Luisa apretó los puños. Si Aduriz acorralaba a Max, no iba a conseguir nada.

—¿Por qué no deja de mentir?

—Me temo que no le entiendo.

—Deja tu chulería…

—Miguel Ángel, calma.

—Para tu público.

—Vaya, tiene corazón, subinspector. Ya lo dudaba.

—Te hemos pillado.

—¿Disculpe?

—Fuiste tú quien mató a Miriam. Fuiste tú quien le machacó el cráneo. Y la mordiste.

—Eso supone una gran imaginación.

—¡Cállate, cállate, el informe forense lo acredita!

—No. No es así.

—Tus dientes coinciden con la mordedura que tenía Miriam.

Una satisfacción oscura se agitó inquieta en sus tripas.

—Hijo de puta. Venga, continúa con tu numerito de salón para la platea.

La sonrisa socarrona estampada en la cara de Max se esfumó.

—Eso es imposible.

—Es ciencia. Su religión.

—No es ciencia. Su basura.

—El odontólogo forense dice que coinciden.

—Es así, Max. Me parece que no hay salida. Es mejor que confieses. Te puede ayudar de cara al juicio.

—¿Estáis de puta coña? Eso lo que os enseñan en la academia, a putear mentes de inocentes.

—¡Culpable! —gritó Aduriz fuera de sí, los ojos desorbitados, las cuencas hundidas, ojeras terribles, cara de desquiciado insomne. Tiró sobre la mesa una copia del informe de Jiménez a Max, quien la cogió y, con cara de pavor helado, leyó como si se le derrumbara el cielo sobre su cabeza.

Luisa negó con la cabeza. Tenía ganas de llorar. La decepción y el horror se mezclaron hasta formar una pasta tensa en su pecho. No. Max. No, no.

—¿Quién es ahora el txakurra?, ¡¿quién?! —Miguel Ángel cogió a Max de las solapas de la chaqueta y lo empujó hacia atrás con un desprecio infinito. Max trastabilló. Cayó al suelo como un peso muerto. La sangre le manó empapándole la sien derecha.

—Me avergüenzo de ti.

—Aduriz, por Dios. ¡Ya está bien!

Aduriz bajó la cabeza, avergonzado.

—Sal de aquí. ¡Ya!

Luisa ayudó a Max a incorporarse del suelo. Le temblaba todo el cuerpo. Un terror pegajoso se apoderó de él. Se vino abajo y lloró como un niño recién nacido. Luisa apartó la mirada, pudorosa, incapaz de presenciar la escena.

—Espera, que te llevo a la enfermería.

—¡No le trates como si fuera tu padre! —gritó Aduriz desde el desolado pasillo.

—¡Contrólate!

Esa noche Aduriz durmió mal, atormentado por su mala conciencia. Se despertó a las tres de la mañana empapado en sudor, invadido por una náusea inmensa. Creyó que se iba a morir. Se levantó de la cama y fue al baño para vomitar. Se arrodilló frente al váter como si estuviera frente a un confesionario. Fuertes arcadas le subieron por la garganta. Pero solo echó bilis. Se sentó, envuelto por el desamparo de su soledad, sobre las frías baldosas azul turquesa del baño.

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El suspense más estremecedor en Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 46

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El secreto más estremecedor de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 46

En el hotel NH, Luisa Baeza, a las cuatro de la mañana, en absoluta soledad, revisa el vídeo de la científica del escenario del crimen, donde aparece el cadáver de Miriam sobre un gran charco de sangre, con masa encefálica sobre los tablones de madera que protegen el sedimento. De repente, Luisa se fija en algo. Hace zoom y amplía el detalle. Son tres pequeñas marcas en el suelo. Luisa se queda pensativa.

Aduriz duerme junto a Ángela, con su vientre abultado de embarazada. De repente, su móvil suena. Ángela se sobresalta.

—¿Quién llama a estas horas? —pregunta, somnolienta y asustada.

—Tengo que cogerlo —dice Aduriz mientras se incorpora y se sienta en la cama.

—Buenas noches.

—El asesino grabó el crimen. Esas marcas que están en varias partes del suelo de la escena del crimen son marcas de un trípode que sostiene una cámara.

—¿Por qué iba a grabarlo?, ¿está loco? Eso le incriminaría.

—Para disfrutar después viéndolo y excitarse con la emoción del poder que supone matar a una persona.

—¿Crees que es un psicópata? —pregunta Aduriz.

—No lo sé, lo único que creo es que el móvil es la venganza. Por eso grabó el crimen. Para vengarse aún más.

—Hay que interrogar a los padres.

—Mañana.

—¿Quieres decir dentro de dos horas?

—¿Te he despertado? —pregunta Luisa.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 45

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 45

2 de junio de 2019. 14 días antes del asesinato. Atapuerca

Tras acabar de cenar, estaba agotada, pero me puse a fregar. Era una forma de sentirme útil en casa, yo, que tan inútil me sentía en Atapuerca. Me dolían mucho las piernas, pero me alivió sentir el agua jabonosa caliente bajo mis manos. Fregué con el estropajo verde los platos blancos con delicadas estrías que Max había comprado en La Oca y los coloqué, uno por uno, en el escurridor. Llevaba los cascos y escuchaba en mi MP3 la canción Shallow de Lady Gaga y Bradley Cooper, que me parecía muy romántica y me recordaba a Andrea y a mí, solo que mi talento estaba aún por descubrir.

Tell me something, girl. Are you happy in this modern world? Or you need more…

«Sí, necesito más», pensé.

No oí a Andrea entrar en la cocina, tan concentrada estaba en fregar bajo la cúpula protectora de la música. Me dio un vuelco el corazón. Sentí cómo ella me abrazaba por detrás y me besaba la nuca. Me estremecí. Se me puso la carne de gallina.

—Ya lo harás mañana.

Sonreí. Y bajé la barbilla.

—No.

Tell me something, girl —cantó muy bajito Andrea—. Arent you tired trying to fill that void?

Me estremecí. Yo luchaba por llenar ese vacío, pero era como echar agua al mar. Era imposible. Y aun así no dejaba de buscar cosas con la que tapar ese agujero negro, hueco, que llevaba dentro de mí. Sexo, alcohol, drogas, comida, amor. Pero el dolor no desaparecía.

Or do you need more? Aint hard trying to keep so hardcore?

Andrea tenía una voz ronca, profunda, una voz que prometía altas cumbres de placer. Estuve a punto de desmayarme.

Vale, ya me podía morir.

—Qué guapa eres —dijo.

Puso las manos en mi cintura de tal manera que me sedujo para volverme hacia ella. Me miró. Me sonrió. La miré. Le sonreí. Por momentos como ese yo seguía con ella. Me unía a Andrea un cordón umbilical de amor atávico, primitivo, que no se expresaba con palabras, pero que me daba emociones intensas y una ilusión por vivir que creía haber perdido.

Me besó. Me mordió el labio inferior. Sentí una corriente de felicidad zumbando en mi espina dorsal. La besé. El corazón me latió muy deprisa.

—¿Quieres que continuemos con las clases de Prehistoria?

Jugábamos a eso.

—No me quedan claras un montón de cosas, las técnicas de excavación…

—Yo te las explicaré. Excavaremos juntas en tu sima.

—Ja, ja, ja. Muy graciosa —dije.

Andrea me cogió de la mano y tiró de mí hacia nuestra habitación. Yo temblaba de pies a cabeza. No me acostumbraba a ser tan feliz. Temía perder mi felicidad al instante siguiente. Momentos como ese me parecían un milagro.

Recorrimos el pasillo oscuro, fresco, con las ventanas abiertas. A la izquierda estaba nuestra habitación, escritorio del siglo xix, chimenea barroca, muebles victorianos, techos altos, muros estucados, el póster enmarcado de la obra Anthony and Cleopatra, interpretada por Glenda Jackson en el teatro Old Vic, la cama cubierta por una colcha color limón pálido.

Andrea me besó.

—Ponte cómoda —dijo.

—Tú también.

Nos abrazamos desnudas en la cama. Yo temblaba tan fuerte por la vulnerabilidad que me daba amarla de esa manera tan entregada que tuve miedo de que ella se diera cuenta de mis nervios. El pecho se me llenó de emoción y alegría por estar allí con ella.

—Te quiero con todo mi corazón y mi alma —me susurró en mi nuca. Yo la abracé tan fuerte que no quedó un milímetro de separación. Le besé los pechos, que eran duros como manzanas, y me entretuve en sus pezones, que se pusieron inhiestos bajo mi lengua ávida. Luego bajé hacia su intimidad. La lamí, rápida, como una gata. Ella arqueó el cuerpo y echó la cabeza hacia atrás.

Era increíble esa sensación de estar fuera del mundo, entre sus piernas, protegida de toda la ignominia y maldad de la gente, solo ella y yo, juntas en una sola sensación de intimidad, un sentimiento que yo no alcanzaba a comprender, pero atesoraba cada vez que lo sentía.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 44

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 44

Hace seis meses. Madrid

El destino nos unió a Andrea y a mí. En esa clase oscura y melancólica de la Facultad de Historia, Universidad Complutense, llena de estudiantes abatidos por el pesimismo propio de la juventud, que rumiaban su negro futuro laboral mientras envidiaban el presente espléndido de Andrea Rey, le pedí a Dios que me uniera a ella. Se lo pedí con toda mi alma. Si me volvía a encontrar con ella, sería una señal. Una señal. Esperé. Confié.

Pensé en Andrea. La reviví una y otra vez en mi cabeza, hablábamos, hacíamos al amor, éramos una pareja alegre y feliz, justo al contrario de mi desastrosa experiencia amorosa en la vida real, yo inconsciente por la borrachera, Esteban penetrándome, haciéndome daño. Yo no quería. Pero estaba próxima a caer inconsciente.

En los confines de mi cerebro, Andrea irradiaba una luz fascinante, un resplandor enigmático que borraba el dolor de mi vida.

Después de la catástrofe con Esteban —que todavía me dolía como si me hubiera clavado una estaca en mi corazón porque la primera vez que había hecho el amor la había sentido como una violación—, yo solía pasarme los fines de semana viendo la tele en casa o yendo al cine, mi gran pasión, donde durante dos horas ponía en suspenso los problemas que asediaban mi vida.

La noche del sábado en la que volví a encontrarme con Andrea, me sonó el móvil. Era Antón, mi mejor amigo. Dudé entre cogerlo o no. Cuando me angustiaba, solía encerrarme en mí misma. Cogí el móvil. La soledad empezaba a pesarme demasiado.

—¿Qué haces? —me preguntó Antón.

Se hizo un pequeño silencio. Me esforcé por encontrar algo interesante que contar, pero mi mente no halló nada. Llevaba una vida tediosa y vacía. Estaba viendo la tele en mi diminuto apartamento de once metros cuadrados de la calle Canarias.

—No, mejor no me lo cuentes o me cortaré las venas —dijo—. Voy a adivinarlo: te has hecho palomitas del microondas de Mercadona y estás viendo en el Movistar Brokeback Mountain.

Acababan de estrenar la película en abierto en Movistar+.

—No. Las palomitas me las he hecho yo. Y sí. ¿No es la mejor película? —contesté yo mientras buscaba el mando para darle a la pausa.

—Que digas eso de una película de dos vaqueros maricas me preocupa. Pero más me preocupa esa vida de topo que llevas, Lara. Sal conmigo. Voy a ir al No Se Lo Digas A Nadie. Habrá chicas guapas.

—No. No me apetece. Ya me he puesto el pijama.

—Son las siete de la tarde, Lara. ¿Cómo has podido ponerte ya el pijama de rayas? Eres lo peor.

—Gracias. Yo también te quiero.

Antón recurrió a la técnica del chantaje emocional que sabía que me hacía mella.

—Venga, cari, ¿hace cuánto que no nos vemos, Lara? Te podrías haber puesto bótox y haber cambiado de cara como Nicole Kidman y yo verte y no reconocerte. Te podrías haber cambiado el estilismo y llevar un modelito de Alexander McQueen.

—Sigo yendo con camisas de cuadros y vaqueros —le atajé.

—Eres muy deprimente, cari. ¿Lo sabes?

—Lo sé.

—Vamos a cenar al japotalego. Y luego vamos al No Se Lo Digas A Nadie y nos emborrachamos y olvidamos las penas.

—No sé.

—Señorita Scarlatta, señorita Scarlatta —imitó Antón el acento negro sureño de la Mami de Lo que el viento se llevó—. No puede comer nada, ¿me oye?

—Aprieta más, Mami —me reí.

Había visto Lo que el viento se llevó mil millones de veces. Solía ver la película los domingos por la tarde con mi abuela y mi hermana. La parábamos cuando la hija de Rhett y Scarlatta se caía al saltar con su caballo. Mi hermana y yo nos partíamos de risa.

—¿Qué penas tienes tú? —pregunté.

—Pablo me ha dicho que soy demasiado viejo para él y que no nos ve juntos dentro de diez años. Tremendo. Vuelvo a estar en la carretera, cari.

—Lo siento.

—Yo no. Estoy mejor sin él. La pareja está sobrevalorada. ¿Entonces nos vemos en el japotalego a las nueve?

El japotalego era el Mushashi, un restaurante japonés que estaba en la calle Las Conchas, cerca de Callao, cuyo agedashi tofu y tofu frito nos volvía locos a Antón y a mí. Una vez pedimos los dos platos y la camarera china —nadie era japonés en el japotalego— nos dijo:

—Bueno tofu, ¿eh?

Antón y yo nos quedamos cortados y luego nos reímos un montón imitando a la camarera china.

—Bueno tofu, ¿eh?

—Después pensaba ver Veredicto final, la acaban de poner en abierto —dije mientras echaba una mirada desolada por el patio de los vecinos donde reverberaba la lluvia, el aburrimiento, las discusiones familiares y las voces de teles encendidas como la mía.

—¿Cuántas veces la has visto?

—Dieciséis.

—Te puedes ahorrar la Diecisiete. Yo te cuento el final. Paul Newman no le coge el teléfono a Charlotte Rampling.

—¿Viene María José?

María José era un amigo trans de Antón muy gracioso que había pasado de chica a chico.

—No lo llames así o te fusilará al amanecer. Es Raúl.

—Pero no tiene rabo.

—Sí, pero él no lo sabe. No le quites la ilusión. Y mucho mejor que no lo tenga. Hay demasiados rabos en este mundo, créeme, y están sobrevalorados, como las estrellas Michelín y las opiniones de Amazon. Lo sé porque me he comido unos cuantos sobrevaloradísimos.

—No me des envidia con tu vida sexual. Yo hace mucho tiempo que no me como una rosca.

—Porque no quieres, cari.

—Es verdad.

—Te pides un cabifull y nos vemos en el japotalego a las nueve.

Iba a decirle que no, pero Antón colgó antes de que pudiera articular palabra. Qué pereza me daba salir de casa. Pensé en mil excusas y en mi mente escribí decenas de wasap a Antón para no quedar. «Pero una vez que estés allí todo será mejor, Lara», me dijo una voz en la cabeza. Quizás tuviera razón.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 38

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como en las mejores novelas negras los crímenes.

Capítulo 38

Luisa se reunió a las seis de la tarde en el despacho del juez de instrucción del caso, Luis Gaicano, para contarle los últimos avances en la investigación. El juez se reclinó en su asiento y escrutó a Luisa. Suspiró. La estancia se cargó con una melancolía ligera, diáfana, que envolvió a Luisa como una manta. El silencio se remansó y los acercó. Gaicano se inclinó hacia delante y abrió un cajón marrón claro de su escritorio de abeto Périgord. Con gestos lentos y cansados, sacó una botella de coñac Napoleón.

—Son las seis de la tarde. La hora de un aperitivo. ¿Quieres? —preguntó Gaicano.

—Si insistes, te hago el favor —respondió Luisa.

Ella se levantó de su gran butacón de cuero situado frente a la inmensa e impoluta mesa del juez, se dio la vuelta preguntándose si se habría manchado los pantalones —le había venido la regla y el segundo y tercer día del periodo siempre tenía miedo a dejar huellas allí donde se sentaba, aunque se pusiera una compresa extra indicada para las noches y un tampón seguía traspasando el pantalón y las bragas porque últimamente tenía un flujo fortísimo— y le avergonzó la visión del butacón barroco del juez manchado con su sangre, sintió un retortijón menstrual y decidió anudarse la rebeca azul marino alrededor de la cintura aunque no quedase elegante. La limpiaría al sentarse. Menos mal que esta mañana había elegido la rebeca azul marino y no la amarillo pálido. Los hombres nunca pasaban por estas angustias determinadas por la biología. Nunca se preocupaban por manchar el sillón al juez de instrucción, por tener dolores premenstruales, no sentían el sufrimiento del parto ni tenían pechos con dolores punzantes, ni pezones agrietados, ni episiotomías ni desgarros vaginales. Luisa no veía la hora de que le llegara la menopausia para dejar de preocuparse de si manchaba con su sangre los asientos de los coches de la Unidad de Homicidios, la silla frente a su ordenador, el sofá de la sala del café. Tenía más miomas uterinos que bolas un árbol de Navidad. Tenía que ir al ginecólogo, pero le daba un perezón espantoso. Aplazaba la cita una y otra vez. Se resistía como gato panza arriba. Muy en el fondo tenía un pánico atroz a que el médico le diera una mala noticia. Así que hacía lo único que podía hacer: meter sus problemas en una caja, cerrarla, arrinconarla en el rincón más oscuro y recóndito de su cerebro. No pensar en ello.

No debería beber porque el alcohol aumentará su flujo de sangre ya copioso. Pero no pudo resistir la tentación de suavizar el estrés que la cargaba. Se dirigió hacia el mueble licorera vintage tallboy. Abrió una de sus dos puertas de madera decoradas con apliques de bronce dorados y cogió dos vasos chatos, de buen cristal, no como los vasos toscos y verdes Duralex que tuvo en la casa de sus padres. Le fascinaban el lujo y el estatus. No podía evitarlo. Era una forma como otra cualquiera de vengarse de su infancia difícil.

Mientras Gaicano servía el coñac, ella dijo que tenía que ir al baño un momento.

El juez sabía que se estaba haciendo viejo porque cada vez pensaba más en su infancia. Nació en Nogales, Cantabria, en el caserío de su abuela paterna. Pesó casi seis kilos y a punto estuvo de matar a su madre al nacer. Sus padres vivían en Madrid, donde se habían ido huyendo de la pobreza del campo. Su padre era tendero de un ultramarinos de la calle La Bola, muy guapo, rasgos delicados, nariz respingona, pelo rizado y ojos azules, se parecía a un astro de cine. Siempre compraba un décimo de lotería, embargado por la ilusión de que el premio los sacara de la penuria. Pero su padre no tuvo suerte, enfermó de tuberculosis a los veinticinco años y, adivinando la muerte, le dijo a su mujer que lo llevara al caserío. No quería morir y ser enterrado en una ciudad donde no conocía nadie. Su madre cumplió su voluntad, y al poco de llegar a Nogales papá murió. Él tenía tres años.

—Vamos a ver los corderos —le dijo su tío Miguel una tarde mientras le cogía de la mano y lo llevaba al prado al otro lado de la loma verde. Las mujeres lloraban dentro de la casa de piedra.

Su hermano tenía seis meses, un bebé rubio y dulce al que todos quisieron desde el principio. Él era más salvaje, más solitario, más esquinado. Pero su abuela Manuela era muy queredora y le dio el cariño que necesitaba y más. Una mujer que había tenido diez hijos y al final se había quedado sola con el huerfanito. A su hermano José María se lo llevaron a Arguedas, Navarra, y su tía Angelita lo cuidó.

Su madre, con una mano delante y otra detrás, buscó trabajo como auxiliar de enfermería en un hospital de tuberculosos en Navacerrada. Cuando él se salió del noviciado con los padres Dominicos en Caleruega tras sufrir una crisis nerviosa, aunque entonces no se decía así, se decía solo que no tenía vocación —sin embargo, su hermano José María continuó y se ordenó sacerdote—, se reunió con su madre en Madrid y ambos se dieron cuenta de que eran unos desconocidos. Sus vidas eran dos caminos bifurcados. Fue imposible recuperar el tiempo perdido. Se peleaban mucho.

Cuando tenía cuatro años, un día escondió las lentes de la abuela en las oquedades de la baranda de piedra del porche del caserío. Su abuela las buscaba a tientas, con la vista oscurecida y nublada, mientras él se reía a su lado atravesado por una alegría sin motivo.

Su infancia era el caserío con su abuela Manuela. La verde colina, el mar de fondo, el cielo muy azul, las vacas, la miel, el requesón, el cariño de su abuela era donde volvía él ahora una y otra vez después de trabajar toda su vida el olvido.

—¿Dónde están mis lentes? Chitín, ¿tú las has visto? —dijo la abuela con inquietud.

Cuando ella tentaba el hueco donde se encontraban sus lentes, su manita juguetona las cambiaba a otra oquedad del muro.

Nunca fue tan feliz como con la abuela. El juez Gaicano tenía que ir andando a la escuela de Nogales, que estaba a diez kilómetros del caserío. Cuando nevaba, la abuela le untaba mantequilla en gruesas rebanadas de pan que ella misma hacía en su horno y se las daba de desayuno junto con el tazón de leche. De forma instintiva, ella sabía que su nieto tenía que comer mucha mantequilla para que pudiera ver bien en la nieve camino a la escuela, para que el sol no le cegase al refractarse en el hielo. «Vitamina A para los ojos», pensó él cuando ya era un adulto.

En la escuela él se hizo amigo de Amparito, que era una niña linda y buena de un caserío vecino. Un día le enseñó su catecismo, él se lo cogió y lo llenó de garabatos y burdos dibujos. Cuando la maestra lo vio, le repudió como si él fuera un perro sarnoso.

Él era el juguete de la abuela y la abuela era su juguete. Tenían todo el día para jugar. Nunca fue tan libre en la vida como a los cuatro años, sin una autoridad paterna que lo coartase. Su padre estaba enterrado en el cementerio del altozano de la colina que estaba a un kilómetro del caserío. Él era libre.

A la hora de la siesta, Gaicano se escapaba al prado de los cerezos. Se subía a uno de los árboles más altos, trepaba de rama en rama hasta que se encajaba con ambos pies en una horquilla e impulsándose con la cadera se cimbreaba y balanceaba embargado por una sensación de frenesí, embargado por una excitación efervescente que le recorría todo el cuerpo. Se sentía liviano y alegre como si el universo cupiera en la palma de su mano. Se sentía el amo y señor de la vida.

Dos horas después, come con la inspectora Baeza en La Favorita, uno de los mejores restaurantes de Burgos que no te puedes perder si visitas la ciudad según las webs de recomendaciones gastronómicas. Se encuentra en pleno casco histórico, en la calle Avellanos.

Comparten un chuletón troceado al punto con patatas fritas y se beben un Finca Resalso. Luisa va mucho al baño, llevándose el bolso, y vuelve sonrojada.

—Pero ¿cuál es la vinculación del asesino con la víctima? —pregunta el juez Gaicano.

—No lo sabemos.

—Sin eso es dar palos de ciego.

—Ya lo sé.

—Hay algo que no me cuadra.

—¿Qué?

—Muerde en el pecho a la víctima, pero no hay agresión sexual. Las mordeduras están asociadas a violaciones, crímenes muy violentos.

—Tal vez por rabia descontrolada.

—No sé.

—La chica le conocía. No hay heridas defensivas en brazos y manos.

—Y roció a la víctima con lejía para borrar restos de ADN.

—Es un asesinato premeditado, muy bien planeado. Por eso no me cuadra lo de que la mordiera. Un acto descontrolado. Es un comportamiento animal.

—Tienes razón.

 Luis Gaicano se había casado enamorado. Pero ahora Adela, su mujer, se había vuelto más celosa, crítica y posesiva. Prefería pasar el menor tiempo en casa y la mayor parte del día la consumía en los juzgados. Sin embargo, un divorcio a esas alturas le daba pereza. ¿A dónde iba él con sesenta y cuatro años? Su único escape era salir a cazar con Max Rey, al que había conocido en el internado de los Dominicos. Max era un alumno brillante y excéntrico que ya entonces destacaba en ciencias y ocultaba su ateísmo. Nació arqueólogo. Luis no había conocido a una persona más entregada a su vocación que Max.

—¿Y las huellas dactilares?

—Hay tantas huellas dactilares sobre los tablones y en las paredes como para que los técnicos trabajen durante un año.

 —¿Y qué más?

—Hemos comprobado el registro de herramientas de Atapuerca.

—Sí.

—Falta una maza.

—¿El arma homicida?

—Lo más seguro.

—¿Dónde se guardan las herramientas?

—En una caseta que hay enfrente de la Dolina.

—¿Quién tiene llaves?

—Los directores de las excavaciones, Paz, Norberto, Antonio López y los tres directores de Atapuerca, Max, Jesús y Rafael.

—¿Alguno vio algo sospechoso o echó en falta la maza?

—Les hemos interrogado. Dicen que no.

—¿Algo más?

—He pedido la lista de los trabajadores de Atapuerca durante los últimos años, también la lista de los padres y alumnos de la clase de Miriam. He cruzado los datos y nada. Lo único la chica que murió en la Sima hace un año por hipoxia.

—Sí, me acuerdo. Ana Cruz. Una tragedia. Tenía veinticinco años.

—Sí. Era la novia de Andrea Rey. Fue al mismo instituto de la víctima.

—¿Hubo investigación?

—No. Muerte accidental. La chica excavó más tiempo del permitido dentro de la Sima de los Huesos.

—¿Por qué?, ¿no sabía el riesgo que corría?

—Sí. Por lo visto tenía mucha prisa por acabar su tesis. Estaba obsesionada con su carrera académica.

—Mira de lo que le sirven su tesis y su ambición ahora bajo tierra.

—Desde luego.

—¿Y algo más?

Luisa dejaba la bomba para el final. Quería pedirle una orden a Gaicano y sabía que tenía que jugar bien sus cartas.

—Sí. He mirado en nuestra base de datos si algún trabajador tiene antecedentes penales, si lo tenemos fichado. Si hay alguna denuncia.

—¿Y?

—Sí. Hay dos. Rodrigo Martín, paleontólogo, investigador del CSIC en Madrid, condenado a diez años por abusos sexuales a menores cuando era profesor de instituto aquí en Burgos, sí, el mismo instituto en el que estudiaba Miriam, el Manuel Machado. Pero cuando Martín enseñaba allí, Miriam no era una alumna.

—¿Estaba en Atapuerca ese día?

—No. Tiene coartada. Y una buena. Martín estaba en Madrid. Hemos localizado su móvil allí. Y hay un resguardo de su tarjeta de crédito. Cenó con su mujer en una terraza al lado del viaducto, subió la foto a Facebook.

—¿Y el segundo?

—Max Rey. Condenado por agresión. No fue a la cárcel. No tenía antecedentes. Pagó una indemnización de cinco mil euros a la víctima.

Luisa vio el conflicto moral reflejado en la cara del juez. Conocía su amistad con Max. Pero Gaicano era un hombre recto, moral.

—¿Qué pasó? —preguntó el juez Gaicano con un suspiro de agotamiento.

—Se peleó a puñetazos con Jesús Sinaloa en un bar.

—¿Por? Max no es violento.

—Esos dos se llevan a matar. Se pelean hasta por la ciencia. Sinaloa hasta le acusa de meter su ideología política en la ciencia. Max es comunista. Al parecer, Max estaba borracho. Jesús le gastó una broma. Le dijo que el antecessor no era una nueva especie, que Max se había equivocado. La discusión se calentó. Y Max le soltó un guantazo.

—Comprendo.

—¿Y hay algo más?

Silencio tenso.

—Jesús vio a Max hablando con la víctima a las tres de la tarde fuera de Cueva Mayor.

—La última persona que vio a Miriam con vida.

—Voy a interrogarlo, tenía la llave del Portalón, un odio declarado a Sinaloa, una coartada débil y un testigo lo vio hablar con la víctima cuando fue vista por última vez.

Luisa esperó.

—Necesito un orden para extraer una muestra de ADN y hacerle un escáner dental en 3D.

—No. Necesitamos más pruebas.

¿Se tomaba Trankimazin o lorazepam el juez? Gaicano cabeceó de sueño.

—¿Por qué esa prueba de ADN?

—Creo que el semen que apareció en la vagina de la víctima es suyo.

—¿Y en qué se basa?

—Señor, hay una web de contactos en el Internet oculto. Aduriz la ha rastreado. Hombres pujan por la virginidad de chicas adolescentes. Miriam estaba en ella. Alguien pujó por la virginidad de Miriam dos días antes de que la mataran. El alias del postor lo vincula con Max Rey.

—¿Max Rey?, ¿que no tiene ni móvil? —dijo el juez.

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