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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 50

La noche en que nos enamoramos

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Antes de la noche en que nos enamoramos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

La noche en que nos enamoramos.

Capítulo 50

Seis meses antes. Madrid

No Se Lo Digas A Nadie era un garito para gais y lesbianas de la calle Echegaray. Un local oscuro, con música de los 80, donde la gente se miraba y se volvía a mirar buscando una atracción, un enganche sexual, una chispa amorosa.

Me sentí excitada de una manera infantil. Pero tuve miedo al entrar. Pensé que todo el mundo se iba a fijar en mí. Tenía veinte años y era la primera vez que entraba en un bar de ambiente. Antón me empujó.

De repente me dio un vuelco el corazón. Vi a Andrea en la barra. Fingí no haberla visto. Estaba con unas amigas. Andrea llevaba la melena rizada suelta, su color negro lanzaba destellos azules bajo la luz violeta del bar. Estaba guapísima. Dios mío, se parecía a Alex Vause. Me sentí llena de alegría y emoción al verla. Después de todo, la noche iba a merecer la pena.

Antón y yo nos acercamos a la barra. Él pidió un Martini rojo, yo una cerveza. Andrea bebía un dry Martini. Me llegó el perfume de su piel, el olor a champú de hierbas y acondicionador, el aroma de su pelazo. Me erotizó mirar su larga melena. Además, yo tenía un poder especial. Estaba oculta. Andrea me daba la espalda y no me veía. Así podía yo observarla a placer.

De repente, Andrea se volvió y me miró. Arrugó el entrecejo, calibrándome. Yo ardí de vergüenza. Me había pillado mirándola, embelesada.

—Tu cara me suena de algo —dijo.

¿Así ligaba con todas las chicas? Qué currado. Coño.

—Nos vimos en la Facultad de Historia. Cuando diste la charla.

—Ah, sí. Una alumna. Ya me acuerdo.

—Sí.

—Me llamo Lara —dije.

—Yo Andrea. Bueno —ella se rio y cabeceó bajo su melena—. Eso ya lo sabes.

Bajé la cabeza, miré al suelo, sonreí mucho y me reí, aunque no tenía ningún motivo para reírme. Eran los nervios. Estaba en el infierno, expuesta a la más absoluta vulnerabilidad.

Andrea me sonrió. Yo le sonreí. Andrea me miró. Yo la miré. Ay, Dios, ¿qué estaba pasando? El corazón me latió muy deprisa. Me sentí más viva que nunca.

Andrea cogió un taburete que estaba libre y se sentó a mi lado.

—Me ha dicho que eres su hermana. —Señaló a Antón, que desaparecía por la puerta de salida con un chico con pinta de marroquí, cogido de la mano. Qué capacidad para ligar y para recuperarse de los desengaños amorosos tenía Antón. Era alucinante.

—No le hagas caso. Es un trolero.

—Entonces ya somos dos. Yo soy una atracadora de bancos.

Andrea se rio ante mi cara de estupor.

—Es broma —dijo.

No supe de qué hablar. Me quedé muda. No se me ocurrió ningún tema de conversación. Busqué, desesperada, en mi cabeza algo de lo que charlar con ella, pero no encontré nada. La impotencia me devoró. El silencio me pesó como una losa. Era porque Andrea me importaba mucho, porque me gustaba mucho. Por eso me paralizaba y me vaciaba de palabras. Si ella me hubiera importado una mierda, me habría comportado de una manera viva y locuaz, animada y simpática. Me sentí muy patética.

—¿Así que estudias Historia? —preguntó Andrea.

Me invadió un inmenso alivio por no tener yo que llevar la iniciativa de la conversación. También aleteó una tímida esperanza dentro de mí. Si Andrea se esforzaba por hablarme, era que yo algo le gustaba, ¿no?

—Sí.

—Qué valiente.

—Qué va. Me apasiona la historia.

La noche en la que nos conocimos Andrea y yo no hablamos de Atapuerca. Me alegré. Odiaba a la gente que hablaba de su trabajo y se daba autobombo. Odiaba a la gente que hablaba de su éxito y no escuchaba a los demás. Odiaba a la gente que se daba importancia y pretendía que todo el mundo le diese la razón. Como Esteban. Andrea no era así. Me puso contenta que no fuera así.

Bebimos, reímos, desparramamos, hablamos como si la noche fuera nuestra y las dos viviéramos en un eterno presente. Charlamos de cine asiático, de la película Oldboy, que me había impresionado.

—La escena en la que él sale de su encierro. Necesita tocar a alguien. Es flipante.

—Yo me volvería loca. ¿Tú no?

—Sí. Imagínate. Necesitamos relacionarnos con otro ser humano. Por eso el aislamiento es lo peor que le puedes hacer a alguien —dijo.

—No a mí. Soy una solitaria —dije y me puse de color escarlata.

—Ya será menos.

Yo me reí. Todo lo que decía ella me hacía gracia. Me habría pasado en ese bar el resto de mi vida charlando, riendo y bebiendo con Andrea.

Pedimos dos cervezas más y seguimos charlando de pelis que nos habían gustado.

Brokeback Mountain.

—Qué peliculón. Me flipó.

—Y la historia de amor —dijo ella. Era maravilloso escuchar la palabra «amor» de su boca.

Golpe en el pecho como si alguien me hubiera pegado un puñetazo. Amor.

—Cuando Ennis del Mar vomita cuando se va a separar de Jack Twist.

—Sí. Es incapaz de reconocer que lo quiere, que no puede vivir sin él. Heath Ledger es un actor genial.

—Y al final, cuando la hija se va a casar y Heath Ledger saca su camisa del armario y debajo está la camisa de Jack y una foto de Brokeback Mountain. Me encanta esa película.

—¿Y Lo que queda del día? —pregunté.

—Sí. Es buenísima. Las películas sobre los libros de Foster son mucho mejores que sus novelas —contestó Andrea.

Un silencio.

—Hay en la represión del amor que siente Anthony Hopkins por Emma Thompson más verdad que en cualquier amor declarado —añadió.

Golpe sordo en el pecho. Un aldabonazo. Otra vez la palabra «amor». ¿Lo hacía a propósito?, ¿estaba jugando conmigo? Me sentí muy feliz.

—Nunca lo había visto de esa forma —dije mientras bebía un trago de mi cerveza Estrella Galicia directamente de la botella.

«Tienes que tranquilizarte, Lara. Calma. Tranquila. Tranquila. Tranquila».

Sonreí. Volví a bajar la cabeza.

—Haz eso otra vez —dijo Andrea.

—¿Qué?

—Ese gesto de bajar la cabeza y volver la cabeza.

—¿Por qué? —Me dolían los labios de tanto sonreír, sentía la piel tensa en las comisuras de mi boca.

—Pareces una niña.

Ardí de deseo por ella. Tuve unas ganas inmensas de besarla. Pero no hice nada.

Repetí el gesto. Ella me miró con ojos resplandecientes. Me sentía tan nerviosa que podría haberme caído en ese momento del taburete al suelo.

—Ja, ja, ja.

—¿Y Boogie Nights?, ¿la has visto? Lo que mola de esa película es que trata del mundo del porno, pero son como una familia. Todos ellos buscan a la familia que no han tenido.

—Es verdad. Se protegen.

Andrea pidió otro dry Martini al camarero, lo cual me pareció el colmo de la sofisticación. A su lado yo, con mi tercio de cerveza Estrella Galicia, parecía una paleta. Cuando vi cómo Andrea daba un pequeño sorbo a su dry Martini como un pájaro delicado, la copa en forma de triángulo invertido, el palillo atravesando el corazón de una aceituna, como ella atravesaba con sus ojos mi pecho extasiado, me estremecí. ¿Se daba cuenta Andrea del efecto que causaba en mí? Me pregunté a qué sabría si la besaba ahora mismo. Sus labios sabrían a Martini y a ginebra. Me humedecí. Tosí. Me puse roja como un ladrillo.

—¿En qué piensas?

Me encogí de hombros.

—En nada.

Andrea no se puso en plan intelectual mientras hablábamos de cine. Eso también me encantó. Ya tenía que aguantar a demasiados pedantes estirados en la facultad. Pedimos otra ronda. Esta vez yo me atreví con el dry Martini mientras hacía cábalas en mi mente sobre el dinero que me quedaba. Tenía diez euros. ¿Era suficiente? No. Ay, coño, no iba a tener dinero para pagar mis copas. Pero a la vez no podía preocuparme mucho por eso en ese momento. La dopamina, la oxitocina, las endorfinas, la serotonina fluían salvajes por mi cerebro. Me sentía eufórica.

Andrea me dijo que le gustaba la historia de amor de A Star is Born de Bradley Cooper.

Cuando dijo otra vez la palabra «amor» sentí otro estallido dentro de mí. Una granada de emoción explotó dentro de mi pecho. Me dolía todo. ¿Qué era aquello?, ¿estaba enamorada?

—¿Por qué te gusta? —pregunté mientras me llevaba mi tercio de Estrella Galicia a la boca y le daba un buen trago.

—Me gusta porque muestra la adicción, la depresión y una infancia difícil. Y luego Lady Gaga muestra sus inseguridades. No va de diva.

—¿Cuáles?

—Que es fea. Que tiene una nariz muy grande. Que está acomplejada por eso. Que teme no tener talento para la música.

La miré. Andrea tenía una nariz muy grande. No encajaba en el canon de guapa oficial de Instagram.

—Ella sabe que tiene una buena voz, pero tiene miedo de no tener nada que decir —añadió mientras bebía un sorbito de su dry Martini.

—¿Te sientes así? —pregunté.

Un silencio. De repente, sin necesidad de que ella dijera nada, supe que sí se sentía así. Trabaja en Atapuerca cada verano y tiene la impresión de que nunca está a la altura. Su padre, Max Rey, ha puesto el listón muy alto. Despierta los celos del resto del equipo, que la acusa de ser una enchufada, una privilegiada.

Andrea también tenía una nariz grande y el miedo a ser fea, intuí. A mí me parecía preciosa, pero no reuní el valor para decírselo. Temí meter la pata. Siempre me pasaba con las personas que me gustaban mucho. Pero la escuché con mis cinco sentidos.

—Y en A Star is Born, él entiende eso. Y en vez de empequeñecer sus sueños, él los engrandece y le da un empujón hacia arriba —dijo.

—Es una versión de un clásico.

Había visto la versión de Judy Garland y James Mason con papá en nuestra vieja televisión Phillips, que no habíamos cambiado en veinticinco años, durante un domingo de infancia.

—Hubo una versión con Judy Garland, y luego otra con Kris Kristofferson y Barbra Streisand —expliqué mientras cogía una patata frita del cuenco que nos había puesto la camarera.

—Eres muy guapa —me dijo Andrea de repente, como si me viera por primera vez.

—Gracias.

Me reí muy nerviosa. Me ardieron las mejillas.

De repente, como hacía Bradley Cooper en A Star is Born, acerqué mi mano a su cara, extendí el dedo índice y acaricié el perfil de su nariz.

Ella sonrió. Pareció mucho más joven. Una niña. Su cara se despojó de tensión, de tristeza. Sus ojos se llenaron de ternura.

—Eso no se lo dejo hacer a todas las desconocidas.

—Yo no soy una desconocida. —Sonreí.

Le acaricié la nariz delicadamente. Ella me miró y me sonrió. Yo la miré y le sonreí.

Fue la mejor noche de mi vida.

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La noche en que nos enamoramos.

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