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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 61

Ilustra la novela Los crímenes de Atapuerca. Un viaje alucinante a Atapuerca

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más sangriento de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 61

Hace un mes, cuando Carla llegó a su casa, se cabreó nada más entrar al no encontrar a su hija Miriam en su habitación estudiando para el examen de Matemáticas que tenía. Sintió cómo crecía la animosidad que se había forjado entre su hija y ella desde que Miriam había alcanzado la adolescencia.

Carla fue al salón, donde Lucas estaba tumbado en el sofá jugando con el iPad al Brawl Stars.

—¿Dónde está tu hermana? —preguntó.

—No lo sé.

—Dímelo ahora mismo, Lucas.

—Que no lo sé te digo.

—Yo sé dónde está.

En el descampado no hay nadie. Solo están Marco y Miriam. La chica fuma hierba aspirando por la boquilla de un narguilé que Marco ha traído junto con dos litronas de Ámbar que ha robado de su casa.

Están sentados en un sillón de escay reventado por cuyas rajas sale una espuma amarilla como grasa subcutánea. Marco prepara los cubatas en vasos de tubo de plástico, también robados de casa, restos de una fiesta que su padre había dado con la gente de Atapuerca cuando encontraron el fémur de Eva en la Sima de los Huesos. Marco también había mangado el J&B y las latas de Coca-Cola.

Miriam expulsa el humo blanco al fresco aire de la tarde. El ambiente se carga con un olor acre a marihuana. Las nubes como un edredón blanco desfilan por la planicie azul pálido del cielo.

Miriam y Marco se besan. A Miriam la maría le da sueño y hambre y ganas de encerrarse en sí misma y no hablar con nadie.

Paran de besarse.

—¿Luego nos pedimos una pizza? Me muero de hambre.

—Está mi madre en casa. Pero ella pasa.

—Qué suerte. La mía es una loca que no me deja en paz.

Miriam y Marco se vuelven a besar. Al principio a Miriam le gusta, pero luego enseguida se cansa. Es como dar vueltas dentro de un agujero vacío, viciado, que no le aporta nada. Pero no puede parar, no ahora, porque Miriam sabe que cortar el rollo a un tío mientras te estás enrollando con él es romper una de las reglas tácitas que rigen la adolescencia. Aun así, tiene ganas de dejar de mover la lengua dentro de la boca de Marco, que huele a marihuana, a tabaco, a whisky, pero no puede hacerlo.

Al principio Marco le gustaba, pero cuando la besaba dejaba de gustarle. No sabía besar. No le daba placer. No era delicado ni experto. Era tosco, bruto.

Sin embargo, a Miriam le encantaba cómo Marco desquiciaba a su madre. Salir con él era una forma de vengarse de su progenitora, de todo lo que la había ignorado durante su infancia. Y el lunes al menos podría contar una versión muy mejorada de la experiencia real a Lucía y Marga, sus mejores amigas en el instituto. Adornarlo. «Tía, fue como 50 sombras de Grey». Miriam ni siquiera se había leído el libro. Pero todas las chicas presumían de sus experiencias sexuales en el instituto si pertenecías al grupo de las enrolladas como ella. Y Miriam por nada del mundo quería ser una pringada. Una apestada. Una leprosa como la Potrilla. La llamaban así porque era la hija del chófer de la ruta que recogía y llevaba a alumnos que vivían lejos del centro y del instituto. Era un hombre paleto y desgraciado de un pueblo de Málaga, Villanueva del Trabuco. Le llamaban el Burro. Su pobre hija, que venía de la Asunción, un colegio de monjas, donde era respetada y valorada por su carácter dócil y sus buenas notas, su concentración, en el instituto Manuel Machado era vilipendiada y humillada. Un día unas chicas de clase le habían llenado la melena rozada de pipas y chicles, le habían bajado los pantalones delante de todo el mundo. Encima la desgraciada tenía unas encías pronunciadas que sobresalían cuando hablaba y sonreía. Claro que la Potrilla había dejado de sonreír hacía mucho tiempo.

De repente, un Toyota Auris blanco apareció en el horizonte del descampado. El ruido, la furia, su madre. Miriam se separó de Marco como si le hubieran aplicado una corriente eléctrica. El Toyota derrapó en la tierra y salpicó piedrecitas de grava.

—Coño, no.

—Mierda.

Su madre salió del coche dando un portazo.

—¿Qué haces aquí?

—Mamá, por favor, no la montes —tono hastiado.

—Ven conmigo.

—No. Me quedo con Marco.

—Sube al coche ahora mismo te digo.

Delante de Marco no podía obedecer sumisamente a su madre. Perdería cincuenta puntos de enrollada en el instituto.

—Estás drogada.

—Es solo tabaco.

—¿Te crees que soy gilipollas?

—No estamos haciendo nada —balbució Marco.

—Tú cállate. Cierra la boca. Te quiero lejos de mi hija. Ni te acerques a ella, desgraciado —gritó Carla.

—Señora, no.

—Cierra la puta boca. Deja en paz a mi hija, ¿me oyes? Como le des más droga a mi hija, te denuncio, hijo de puta.

—Mamá, por favor.

—Súbete en el coche ahora mismo, idiota. Estás tirando tu vida a la basura.

—Mira quién fue a hablar, la que engaña a papá con su propio hermano.

Carla sintió la cara arder de vergüenza. La ira impulsó su mano contra la cara de su hija. La bofetada sonó como un disparo. Miriam la miró, rencorosa.

—En cuanto pueda me voy de casa.

—Pues ya estás tardando.

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Un viaje alucinante a Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 52

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más truculento de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 52

Seis meses antes. Madrid

Al día siguiente, en clase, estaba resacosa, pero feliz. La catedrática de Prehistoria, Mercedes Solís, nos dijo:

—Andrea Rey quiere dar la oportunidad a uno de vosotros para excavar con ella en Atapuerca durante la campaña que viene. Para ello deberéis ganar un concurso. Hay que escribir un artículo de investigación sobre algún aspecto del trabajo paleontológico que se hace en Atapuerca. Es a vuestra libre elección. Andrea leerá vuestros artículos y elegirá al ganador que se empotrará en su equipo de la Gran Dolina.

—Yo sí que me la empotraría —dijo una voz masculina ronca.

Risas ahogadas.

—Silencio.

El corazón me latió muy deprisa. Mi cabeza se vació de pensamientos. Mi mente se aquietó y se empapó de silencio. En una ráfaga de lucidez, embargada por una excitación infantil, supe exactamente de qué iba a escribir el trabajo.

Tenía suerte. Baraka. Por una casualidad del destino, por un giro raro de la vida, por una conexión extravagante y una amistad inverosímil de mi padre, yo había conocido a Michael Donovan, el profesor del Museo de Ciencias Naturales de Londres, el archienemigo de Jesús Sinaloa, que había cuestionado la datación e identificación de la especie de los homínidos que se habían encontrado en la Sima de los Huesos.

Como todo lo que tenía que ver con papá, conocer a Donovan había sido una charada rocambolesca, un sainete burlesco, una broma excéntrica. Papá había participado en un congreso en Birmingham sobre evolución humana y, al momento, se había hecho amigo de Donovan, quien también daba una conferencia allí. Papá hizo amistad con Michael impelido por un ánimo eufórico e impulsivo, sin apenas conocerlo.

Durante la semana que duró el congreso sobre evolución humana, papá se encontraba en plena cima de su fase maníaca. Habló con los codos, persiguió cualquier falda que se le pusiera a tiro, se bebió media Inglaterra, durmió tres horas al día, salió por la noche, dio su conferencia sobre el primer cuchillo de hierro que se forjó en la península Ibérica, en Castillejos de Alcorrín, Málaga, y quiso dar diez más que no estaban en el programa del congreso, para gran alarma de su organizador, el catedrático Robert O’Shea, que llamó alarmado a mi madre, también profesora de Prehistoria.

Mi padre también se hizo amigo de muchos desconocidos, profesores, alumnos, camareros, recepcionistas del hotel, limpiadoras, taxistas, conductores de autobuses, tenderos. Papá se sentía abierto, hipersociable, animadísimo, de un buen humor insoportable, con ideas geniales que iban a cambiar el mundo y que se le ocurrían a cada segundo.

Una noche me llamó a las dos de la mañana para contarme que se le había ocurrido un método revolucionario para aprender inglés en pocas semanas, que combinaba la música, la psicología y la empatía llevada a un grado extremo. Tenían que ver las neuronas espejo. Yo tenía que ayudarle a escribirlo ya mismo.

—Apunta estas ideas —me dijo.

Le escuché, angustiada y soñolienta. A mis diecinueve años ya había vivido muchas fases altas de papá. Me preocupé. Pero no hice nada. No podía hacer nada. Si le dijera que fuera al psiquiatra o que tomara la medicación, me mandaría a tomar por culo.

Otra madrugada papá me llamó por teléfono para contarme que había escrito un libro genial sobre la filosofía de Marco Aurelio. Yo le seguí la corriente como a los locos, preocupada y a la vez agotada.

Hace dos veranos conocí a Michael Donovan en Málaga. Como todos los veranos, me fui a casa de mis padres porque era gratis, tenía una habitación propia, hacía sol, tenía la comida y bebida pagadas y la playa de la Malagueta enfrente de nuestro piso. Málaga era Shangri-La, el Caribe español.

Mediterráneo, espetos, cerveza, moragas en la playa, palmeras, baños, paseos bajo una luz almíbar, borracheras, conversaciones con mis amigos del colegio León XIII aceleradas y preñadas de una nostalgia demasiado prematura, tan solo teníamos diecinueve años, por Dios, era demasiado pronto para sentir nostalgia. Pero nuestras charlas rememoraban un pasado más esplendoroso al recordarlo de lo que había sido en la realidad. Sentíamos una absurda añoranza de nuestros días de colegio, cuando encerramos al profe de inglés en un armario, cuando pusimos su mesa al borde de una tarima que se levantaba a un metro del suelo de la clase y él posó sus manos sobre la mesa y se cayeron al suelo él y la mesa. Crueldad divertida adolescente que se expresaba en exabruptos de energía, venganza fácil hacia el más débil, el profesor, que está contratado en el colegio por enchufe, por ser el hermano de la directora, y es demasiado tímido, demasiado apocado para defenderse y cortar las bromas de raíz. Porque es inofensivo y bueno los alumnos vamos a por él con inquina. El chivo expiatorio. Ahora me avergüenzo de haber sido cruel con un débil. Pero en su día me alivió la frustración. Era divertido.

De repente, un viernes de agosto, la rutina de días largos y cervezas en la Chancla de Pedregalejo hasta el ocaso, con vistas a la planicie sedante azul añil del Mediterráneo derramándose en la arena, se interrumpió cuando alguien llamó al telefonillo de nuestro piso en el Paseo Marítimo. No esperábamos ninguna visita. Mi madre se sobresaltó muchísimo. Se puso a la defensiva de inmediato. Se irritó. Su casa era su refugio hermético donde cultivaba su privacidad. No quería ver a nadie una semana antes de su viaje a Venecia con mi padre. Se iban ellos dos solos, formaban una pareja absorta el uno con el otro, las hijas nos quedábamos fuera, en los márgenes, desempeñando un papel de observadoras y comparsas, ocasionales blancos de críticas por parte de mi madre. Lo que peor llevaba de volver esos veranos a Málaga, cuando ya me había ido de casa, era la seriedad crítica, profesoral, de mamá, que acrecentaba mi sensación de inutilidad.

Me ahogaba en casa, fregando cacharros, la frustración vibrando, encarando comidas donde solo hablaban mis padres, mi hermana y yo mudas, echándome una siesta donde si tenía suerte el sueño y la masturbación me liberarían durante unas horas de ese sentimiento de falta de valía que me oprimía como una bota en mi cuello cuando estaba en casa.

Mi hermana se reía cuando mi madre me criticaba, yo era una irresponsable, una inútil, una vaga, no trabajaba, no colaboraba en casa, era un parásito, no aportaba nada a la familia, vivía protegida, a la sopa boba. Yo no decía nada, pero arrastraba el rencor durante meses, empapada de un silencio hosco, que ocasionaba más burlas familiares. Quería estar sola. Yo era una solitaria. Tenía el sueño de escribir grandes novelas. Ya verían. Se iban a enterar cuando triunfara. No tenía ni idea de la vida salvo que quería comérmela a dentelladas.

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El crimen más truculento de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 41

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El más fascinante misterio de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 41

Luisa, acostada en la cama de su habitación de hotel, llora desesperada. Aferrada a la almohada como una niña llama: «Toni, Toni, no quise hacerlo. Toni. Perdóname».

Frente al andamio que se levanta en el altozano de la Dolina, Max Rey mira la sierra dando la espalda a un equipo que trabaja en el tablero de cuerdas blancas que cuadriculan el suelo de la excavación. Norberto le ha dejado acercarse al que fue su yacimiento, su vida.

Max daría lo que le queda de vida por volver a ser joven durante un año, daría lo que fuera por que Miriam estuviera viva y tener una oportunidad con ella. Fantasías de un viejo acabado. La vida es más grande que cualquiera de nosotros. Pero Max teme a la vida porque le ha arrebatado a quien más quería.

De repente, Jesús Sinaloa llega por detrás de la colina. Sus botas retumban sobre los tablones de madera que tapizan la Dolina.

Cuando grita, su voz está llena de ansiedad y rabia.

—¿Qué le hiciste a mi sobrina?, ¿la has matado, cabrón?

Max agacha la cabeza avergonzado y dice que no. Jesús le empuja.

—No.

Max mira al suelo aún más avergonzado. Su silencio lo dice todo.

 —¡No me mientas, Max! Te vi riéndote con ella enfrente de Portalón el día que la mataron. Confiaba en ti.

De pronto, Jesús rompe a llorar. La tensión le puede.

—Eras mi amigo y ella era una niña, era mi sobrina —dice, roto.

—Estaba enamorado de ella.

Jesús se siente galvanizado por la rabia. Le pega un puñetazo a Max, que cae como una marioneta en la hondonada de la Dolina.

—¿Cómo te atreves, hijo de puta?

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El más fascinante misterio de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 4

Sinopsis

Queridas lectoras: comparto con vosotras el capítulo cuatro de mi novela “Los crímenes de Atapuerca”.

A Míriam Sinaloa, una estudiante de dieciséis años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 4

1 junio de 2019. Quince días antes del asesinato. Burgos

La mañana en la que Max Rey nos convocó a su despacho, yo tenía una resaca espantosa. No me acordaba de nada de lo que había pasado la noche anterior en la fiesta. Solo tenía un puñado de estados de ánimo: ansiedad, vergüenza, culpa y la sensación ominosa de tener que guardar un secreto: mi infidelidad a Andrea, mi novia. No ha pasado. Si no piensas en ello, no ha pasado.

Andrea y yo acudimos a la cita con Max como dos conspiradoras. Salimos de nuestra habitación de la residencia de estudiantes Gil de Siloé con el sigilo de dos gatas. Atravesamos los pasillos de baldosas jaspeadas de piedras grises y marrones que olían a calcetines sucios, pizza revenida y jabón de fregar, un olor que me recordaba al colegio, donde había sido muy infeliz. La mala conciencia me atormentaba.

De camino al despacho de Max, nos cruzamos con Ricardo Díez, quien, con cara de malicia y una sombra de avidez lujuriosa que se posó en sus pequeños y mezquinos ojos, me preguntó:

—¿A dónde vas, Lara?

—A la cantina —improvisé sin aflojar el paso, con Andrea tirándome de la manga de la camiseta, impaciente ya por que nos despegáramos de Ricardo, quien le caía como una patada en el estómago.

Pero Ricardo se pegó a nosotras como una sanguijuela. Se acompasó a nuestro paso sin hacer caso del rechazo que irradiábamos.

—¿Ahora? —Ricardo fingió sorpresa.

—¿Qué tal anoche? —dije yo en un desesperado intento de cambiar de conversación, con Andrea poniendo mala cara y sacando la lengua como si vomitara, sin importarle que Ricardo la viera. No le importaba quedar bien. La independencia era una de sus mejores virtudes.

—Yo acabé fatal. Estoy superperjudicado. Me sobraron los últimos chupitos, esos jodidos cerebritos —dijo Ricardo sin aliento.

Andrea aceleró el paso. Odiaba a Ricardo, un pelota máximo, un lobo con piel de cordero, duro con los débiles y débil con los duros. Blando por fuera, despiadado por dentro.

Ricardo Díez era un experto en preparar los cerebritos que remataban la fiesta los sábados por la noche en el Gil de Siloé. Si eras lo suficientemente incauta como yo para seguirlo en su farra, los malditos cerebritos te cocían el cerebro con su alcohol eléctrico. El resultado era una jaqueca azul fosforescente que cabrilleaba en el horizonte más inmediato de las circunvoluciones de mi cerebro.

No había cumplido lo que me había prometido a mí misma. No me había escapado de la fiesta para ir a buscar a Andrea a su habitación monacal, donde ella estudiaba por la noche, tal y como había planeado cuando empezó la juerga. En contra de mi buen juicio, había permanecido en la celebración en la cancha de baloncesto mágica y sudorosa del Gil de Siloé, con Max cantando desde la cima de la barra al lado de la nevera de Coca-Cola Its Only Rock and Roll and I Like it mientras bebía sin parar whisky con agua y hablaba con Germán, con el que acabaría en la cama, borracha. No puedes beber así.

Saturada por la culpa, preocupadísima por que Andrea pudiera darse cuenta de que anoche le había sido infiel, aparté ese recuerdo de mi memoria. Pero la ansiedad me atormentó, me aplastó, me asfixió, me escaldó y no me dejó vivir.

Dos horas antes me he duchado en la habitación de Germán, desesperada y hecha polvo, con las piernas temblando por el agotamiento de la resaca, oliendo a sexo y a mala conciencia, dominada por el ansia de borrar el más mínimo rastro de la noche anterior.

La angustia posalcohólica me hizo pedir a Dios ser buena. Solo quería ser una buena persona. Solo quería ser decente. Sabía que era el dolor que tenía acumulado dentro de mí el que me hacía beber de esa manera desquiciada y hacer cosas horribles que no quería hacer. Arrepentida, prometí compensar a Andrea, a quien quería de verdad. Es la chica de la que estoy enamorada hasta las trancas.

—A mí también me duele la cabeza —dije mientras fijaba la vista en mis zapatillas New Balance negras.

Andrea puso los ojos en blanco y miró al techo.

—¿A qué hora acabaste?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 2

Me hace ilusión compartir con vosotras, queridas lectoras, el segundo capítulo de mi novela “Los crímenes de Atapuerca” (Editorial Caligrama, 2021) Os hago un resumen para aquellas que no conozcan la historia que cuenta la novela.

Campaña  de excavación de 2019. Sima de los Huesos. Atapuerca.

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca con su instituto, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El cadáver aparece sobre un charco de sangre, con los brazos y las piernas rotos posmortem.

La inspectora de la Policía Judicial de Madrid, Luisa Baeza, que creció en el bar Los Geranios,  a la entrada de Atapuerca, vuelve a Burgos, con el corazón desgarrado después de separarse de su pareja de toda la vida y presa de un grave conflicto familiar con su hermana: el decidir quién se hace cargo de su madre bipolar.

Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de Miriam junto al subinspector Miguel Ángel Aduriz. Expulsada de la Policía Judicial de Madrid por agredir a un acusado y víctima de una investigación interna que la ha sometido a escarnio público, Baeza se enfrenta profunda crisis personal y se obsesiona con un caso policial en el que busca una redención. Pero volver a casa también significa enfrentarse a sus demonios y a su pasado.

La historia tiene lugar en una Atapuerca desangrada por sus guerras intestinas: el equipo de la Dolina enfrentado al de la Sima de los Huesos por el reconocimiento, el prestigio y el poder.

Capítulo 2

10 horas antes. Atapuerca

Un autocar lleno de adolescentes se acerca al yacimiento. Los chicos, abismados en sus móviles, se mandan wasaps mientras oyen música trap por sus cascos. No prestan ninguna atención al entorno de increíble belleza que se cuela por las ventanillas. La sierra de Atapuerca, con sus perfiles violetas, sus lomas de encinas y arbustos color verde oliva, sus campos amarillos de trigo y avena loca, salpicados de amapolas como manchas de sangre.

Miriam tiene solo dieciséis años y ya se siente hastiada de la vida. Se apodera de ella un nihilismo pesimista que le hace desconfiar de la supuesta pureza y buenas intenciones de la gente. La adolescente se siente asqueada del mundo. El instituto es un entorno hostil que aborrece. Su casa es otro campo de minas, donde sus padres no paran de pelearse, del que quiere escaparse en cuanto pueda. La chica está sumida en una crisis existencial. Está pasando momentos negros.

Miriam es una chica muy guapa, morena, de pelo largo, con un piercing en la nariz y un tatuaje de una garza real en el brazo que le costó una buena bronca en casa.

Ahora, cuando faltan pocos minutos para llegar a Atapuerca, Miriam adelanta una y otra vez en su cabeza el momento en el que va a ver a su tío Jesús. Ya ha pensado en lo que va a hacer. Lo saludará como si no pasara nada. Pero el diablo lo lleva dentro. Miriam rabia al revivir la humillación que le inflige su madre al engañar a su padre con su propio hermano, Jesús. Pero ya no tendrá que aguantar mucho más. Pronto cumplirá los dieciocho y será libre. En cuanto sea mayor de edad, se irá de casa con Marco y empezará por fin a vivir. No volverá a ver a su madre. Esa será su venganza.

Piedras cerca de Atapuerca, en la ruta del Camino de Santiago.

La inspectora de homicidios Luisa Baeza recorre con su BMW azul cobalto la carretera que lleva de Burgos a Atapuerca. A pesar de que suena la voz sexy y aguardentosa de Bruce Springsteen en su iPod conectado al sistema de reproducción de música, a pesar de que oír a Bruce siempre la anima, Luisa no puede evitar sentirse al borde de la desesperación.

Hey, little girl, is your daddy home?

Did he go away and leave you alone? Mmmmmm.

I got a bad desire.

Oh, oh, oh, Im on fire.

«No pienses, no pienses, para, para», se dice Luisa a sí misma.

En el bar Los Geranios, justo a la entrada de Atapuerca, Maite espera a su hija Luisa. Sostiene nerviosa unos papeles en la mano. Es incapaz de estarse quieta y da cortos paseos inquietos alrededor de una casa y un bar que tienen pinta de llevar varios años cerrados.

Luisa mira en su móvil un wasap de Tomás, su marido, que permanece sin respuesta: «Cógeme el teléfono. Llámame».

La cabeza de Luisa viaja al pasado. Una mano le da al play de la cinta de una discusión con Tomás, su ex. Ahora su mente da versiones mejoradas de lo que le gritó en su momento. Qué puta mierda es la vida. Tiene que desengancharse del lorazepam como sea, está empanada y todo le parece bien, una pauta ajena a su personalidad salvaje. Solo hasta que supere la crisis y el divorcio que está atravesando.

—Te dejo —dice Tomás sin poder mirarla a la cara.

Luisa lo mira como si hubiera visto a un fantasma.

—¿Cómo se llama ella?

 —No hay ninguna «ella».

—Y Trump ha ganado las elecciones de forma limpia. Vete a tomar por culo.

—Ya nunca lo hacemos —dice Tomás.

—O sea, que ahora la culpa es mía —dice, despacio, Luisa.

—No.

—No me quieres —suelta Luisa sin pensarlo demasiado. El silencio de Tomás y su cabeza gacha son ominosos.

Luisa lo mira, derrotada.

—¿Es por lo de los niños? —pregunta Luisa con voz muy bajita.

Tomás niega con la cabeza.

—Cuando me conociste sabía que no quería.

—No es por eso.

—¿Y por qué es?

—Tienes un muro dentro. Es imposible llegar a ti. No puedo más.

—Cambiaré.

—No, la gente no cambia, Luisa.

—Yo sí. ¿Por qué, Tomás?

—Porque estás siempre deprimida o cabreada.

Touché.

El móvil de Luisa suena. Es su hermana Mar. Luisa mira al techo del BMW y suelta un bufido. Coge la llamada y pone el manos libres. Silencia a Bruce.

—Luisa, soy yo. Mira, mamá está insoportable. No, no quiere ir a la residencia. Ya sabes cómo es. Me veo en Navidades empantanada y ella todavía en casa. No puede estar sola. Bueno, ya lo sabes. Y encima venga a mandar. Yo me tengo que cuidar. Tengo una depresión en pie. Al final mamá nos entierra a ti y a mí.

—Mar, cálmate.

—Tú lo ves todo muy fácil, hermanita. Desde Madrid se ve todo muy fácil.

—Mamá va a ir a la residencia quiera o no quiera.

—Conjunto residencial para mayores.

—Lo que sea.

—Luisa, te tengo que decir algo.

Luisa contiene la respiración.

—Mamá ha dejado el litio.

—Coño.

—Ya, tía. Está fatal. Te lo aviso. No hay quien haga carrera de ella. Está cerril. A ver si a ti te hace caso.

—Sería la primera vez.

—¡Qué guerra da mamá, coño!

—¿Me lo dices o me lo cuentas?

Gracias querida lectora por compartir conmigo esta aventura. Leer es un refugio en la vida. Te dejo el enlace a “Los crímenes de Atapuerca”

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