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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 90

El mayor enigma de Atapuerca

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El mayor enigma de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 90

Jesús Sinaola citó a Rafael Espejo en Atapuerca a su hora favorita: las ocho de la tarde, cuando el crepúsculo se dilataba y el cielo se teñía de rosas y violetas y la silueta cárdena de la sierra de la Demanda era más deliciosa de contemplar. Jesús no pudo soportar la idea de reunirse con Rafael para tratar el espinoso tema de la sucesión de Max Rey en un espacio cerrado, en su despacho del Gil de Siloé o en el Aranda.

La muerte de su sobrina ha angustiado a Jesús de tal forma que el tiempo se le ha parado. La vida, esa mala puta, por fin le ha alcanzado tras años de absurda baraka.

Ya no veía a Carla por cobardía. Jesús no podía enfrentarse a ese dolor tan descomunal que ella exudaba y, a la vez, se atormentaba por su miseria moral. Estaba paralizado. Estaba muerto. Estaba asustado como un niño que se pierde en una playa. Tenía miedo de quedarse solo en casa. Tenía miedo de salir a la calle. Marga, su mujer, lo cuidaba como si fuera un crío, lo cual acentuaba su culpa por no saber amar en la cotidianidad a la única mujer que lo quería tal y como era.

Cuando Jesús llegó con su Audi A5, tan diferente del 600 que tenía cuando pisó por primera vez Atapuerca, Los Geranios parecía a punto de derrumbarse. Una punzada de melancolía atravesó a Jesús. De repente, se sintió mortificado por el paso del tiempo que todo lo cambia y todo lo destruye, hasta las relaciones más sagradas.

Sinaloa dio una vuelta a la casa que otrora había albergado el bar de sus cuchipandas, de sus ruidosos, alegres, emocionados encuentros. Las paredes a punto de caerse, desconchadas de cal, el enfoscado agrietado.

Jesús se paró y oyó cómo reverberaban las risas, conversaciones, debates científicos, brindis al sol entre los coñacs y cañas, el tintineo de los miles de whiskys en vaso de tubo a palo seco que se había tomado allí con Max. Resonaron en su memoria las sobremesas infinitas con Max y Rafael y sus equipos, con Jordi, con Julia antes de que a Julia le alcanzara la catástrofe, con Sebastián y Helena, con Norberto y Paz, con Ana antes de que Ana muriera asfixiada dentro de la sima, con Andrea y Manu.

En pocos segundos, Jesús revivió su juventud en Atapuerca, cuando cada hora de vida le parecía un milagro, cuando una felicidad increíble le recorría las venas.

Ahora, de repente, Jesús se ha hecho viejo. Tras el asesinato de Miriam le han caído treinta años encima. Le faltan las fuerzas. El sol se ha puesto en su mundo resplandeciente. Jesús quería mucho a Miriam. El corazón siempre le daba un vuelco cuando la veía. Y ahora se atormenta: ¿había sufrido allí dentro de la sima?, ¿había luchado desesperadamente por su vida? Su niña. Jesús se desmoronó por dentro y apartó a manotazos los pensamientos negros.

Su bucle obsesivo de pena y remordimientos lo interrumpió Rafael cuando llegó a la entrada de Atapuerca, conduciendo su Toyota blanco híbrido. Otro que había cambiado de coche. Rafael tenía un Dos Caballos cuando Jesús lo conoció.

—Vaya, ya no nos podemos tomar un coñac en Los Geraniosantes de entrar.

—Mejor.

—Para mí no. Dame drogas, dame alcohol, que quiero estar en otro sitio —dijo Jesús.
Jesús y Rafael se abrazaron y atravesaron la explanada. Se dirigieron al fondo, donde estaba el portalón de hierro negro que cerraba la entrada a Atapuerca. Había un guardia de seguridad que les abrió la puerta después de saludarlos, ceremonioso. Jesús le devolvió el saludo con voz átona de indiferencia. Qué deprimido se sentía. Qué falta de sentido la vida.

Atapuerca ahora parecía un parque temático, con sus cartelones y expositores, con sus grandes fotos, su pulcritud y su limpieza. Era un yacimiento empaquetado, con un gran lazo dorado, con su parking perfecto, con su aire de dinero y prosperidad, tan diferente al yacimiento salvaje que era cuando Jesús llegó hace treinta y cinco años de la mano de Max Rey. Mejor no pensarlo. No quería llorar delante de Rafael.

Jesús y Rafael anduvieron por la Trinchera del Ferrocarril. Los trabajos de excavación en Cueva Mayor y la Sima de los Huesos estaban parados. En la Dolina no excavaba nadie porque no había dinero. Atapuerca se hundía como un Titanic. La decadencia reinaba en el yacimiento.

—¿Qué tal estás? —preguntó Rafael.

—Mejor no hablamos. No deseo esto ni a mi peor enemigo.

—¿Y Carla?

—Hecha polvo. No sé si va a poder sobrevivir a esto.

—Lo siento. Dicen que es lo peor que te puede pasar.

—Por eso no he tenido hijos.

—Oh, no, no ha sido por eso, Jesús.

—¿Y por qué ha sido entonces? —preguntó Jesús a su amigo.

—Porque te importa solo el trabajo.

—Bueno, también. De eso quería hablarte precisamente.

«El peloteo ha acabado», pensó Rafael. Ahora empezaba a disputarse el partido. Jesús se sintió agotado. Pero tenía que hacerlo. No iba a tirar el trabajo de una vida a la basura. No podía permanecer indiferente ante la visión de cómo Atapuerca se desintegraba día tras día.

Se hizo un silencio sobrenatural mientras recorrían a paso vivo y ligero la Trinchera del Ferrocarril. Las sombras ganaban terreno a la luz. Los arbustos desmochados coronaban las paredes blancas de piedra caliza. El suelo de tierra color beige, con gravilla, se extendía ante ellos bajo el sonido chirriante de sus botas.

Rafael tuvo la sensación de estar en un lugar sagrado. Nunca se acostumbraba. Nunca.

Pasaron la Sima del Elefante.

—Quería hablar contigo de la sucesión de Max —dijo Jesús.

—Me lo imaginaba —contestó Rafael.

—¿Querrías aceptar la dirección de la Dolina?

—No soy tu hombre, Jesús.

—¿Por qué?

—Porque Max lo viviría como una traición.

—Max está muerto.

—Pero no su hija.

—¿Quién mejor para ocupar su puesto que tú? Andrea confía en ti, tienes conocimientos y experiencia. Eres parte del legado de su padre.

—Parece mentira que me digas eso. Andrea pensaría que apuñalo por la espalda a su padre después de muerto.

Un silencio cuajado de desesperanza.

—Además, a estas alturas de la película yo ya no tengo energía —dijo Rafael al llegar a la curva que conducía a la Gran Dolina, vacía y desierta.

—Piénsalo al menos.

—Ya lo tengo pensado, Jesús. Max me trajo aquí, se lo debo. No ocuparé su cargo.

—Te debes a Atapuerca, al equipo, al objetivo que tenemos en común de investigar la historia de la evolución humana.

—Siempre has hablado muy bien, Jesús. Pero prefiero no hacerlo.

—Admiro tu lealtad, Rafael. Pero piénsatelo. No digas todavía que no. Piénsatelo.

—No cuentes conmigo.

—Te crees que Andrea es mi enemiga y que hago esto para perjudicarla. Pero no es así.

—Yo no he dicho eso.

—Me da igual, no quiero hacer reproches ni justificaciones. No le guardo rencor a Max. Y tampoco a su hija.

—Pero sois enemigos.

—No somos amigos.

—Lo que tú digas. —Rafael esbozó una sonrisa irónica. Antes creía que Jesús Sinaloa era un seductor, pero ahora sabía que era un manipulador.

—¿Por qué no pones a Andrea al frente de la Dolina? —preguntó Rafael al llegar a la altura de la Galería.

—Jamás.

—Ten a tus enemigos más cerca que a tus amigos.

El príncipe ha sido malinterpretado. En primer lugar, Maquiavelo no lo escribió para complacer a los Medici. Quería que los Medici hicieran algo importante por Italia. Igual que yo quiero que tú hagas algo importante por Atapuerca. Eres el mejor para el puesto.

 —Maquiavelo también decía que hay circunstancias especiales que justificaban la crueldad, la traición, la infidelidad. Yo no estoy de acuerdo.

—De todo eso ya hemos tenido más que suficiente aquí. Te ofrezco empezar de cero.

—No. Amo Atapuerca más que mi alma. Pero es el momento de decir adiós.

—¿Es tu última palabra?

—Sí.

Una pausa tensa se dilató y contuvo el distanciamiento de los dos amigos.

—Espera, que no veo ni Pepe Leches.

Rafael asintió. Sacó la linterna de un bolsillo de su chaqueta de fotógrafo y la encendió.

—Ser inteligente no es suficiente para dirigir la Dolina —dijo Jesús, que volvía a pensar en Andrea.

—Lo ha pasado muy mal.

—Ser víctima no la convierte ni en buena persona ni en la persona apta para dirigir la Dolina.

—¿Por qué la odias tanto?

—No la odio. No confío en ella. No puedo hacer jefa a alguien en quien no confío. No respeta las reglas. La he pillado excavando a escondidas por la noche, sin mi permiso. Además, es otro Quijote y no quiero a otro Quijote. De visionarios iluminados y populistas ya he tenido bastante con Max Rey. Quiero a un Sancho Panza, a alguien que se ciña a la realidad y lleve la Dolina con sensatez. ¿Soy mala persona por ello?

—No, no lo eres. Por eso me quieres a mí.

—No te lo tomes a mal. Acepta, Rafael, será la guinda de tu carrera.

—No quiero más gloria, Jesús. Ya he tenido suficiente. Y, sinceramente, no era lo que creía que iba a ser.

—¿Entonces qué quieres?

—Vivir. Recostarme sobre una barca y mirar el mar. Disfrutar de mi nieto. Me he comprado con Carmen un apartamento en Rota. Disfrutar de mis vacaciones, no venir cada verano a Atapuerca a trabajar bajo presión.

—Atapuerca es tu vida.

—Y le estoy agradecido, Jesús. Pero yo desde el infarto no soy el mismo. He cambiado. Quiero pasar más tiempo con los míos.

—Pues entonces el sucesor tiene que ser Norberto.

—Matarás a Andrea si haces eso.

—Me da igual. Andrea no manda aquí. Y no es superior a nosotros, por muy arrogante y capaz que sea.

—Menos mal que no era tu enemigo.

Cuando Jesús y Rafael llegaron a las faldas de la Dolina, ya había oscurecido. La noche se había comido la pared de roca kárstica, la malla de andamios, el corsé metálico que ceñía la espalda del yacimiento más importante de toda Atapuerca.

Anda que no se había quemado bajo el sol excavando allí Rafael. Cómo se emocionó cuando Andrea encontró los dientes del Homo antecessor. De repente, una sonrisa emergió en su cara cuando recordó la broma que le gastó Max cuando él tiró una piedra al capacho de los desperdicios y Max le gritó: «¿Qué haces, loco? Es un fémur de caballo, pedazo de fósil». Rafael se quedó hecho polvo. Ráfagas de la risa de Max, la mejor risa del mundo. Cuando estaba entusiasmado, Max era el mejor, pero cuando se oscurecía, era el más oscuro.

—Es una broma, Rafa —dijo Max partiéndose de risa.

Qué alegría y emoción había entonces en Atapuerca. Qué pena que todo se haya perdido. El tiempo se lo come todo.

Rafael sintió cómo el pecho se le llenaba de vacío existencial. Se metió dentro de un agujero de soledad que lo absorbió y lo dejó sin fuerzas.

—El elegido es Norberto Seseña entonces. ¿Me apoyarás al menos?

A Rafael le dio pavor ver a su amigo tan derrotado y acorralado. El estómago se le tensó. Asintió.

Rafael se dio cuenta de que Jesús sentía un inmenso alivio. Se había quitado un peso de encima.

—Confío en Seseña. Ahora mismo no confío en nadie más en Atapuerca. Solo en él y en ti. No quiero una guerra con Andrea Rey, pero no puedo tirar todo el trabajo de años por la borda, todo el esfuerzo de cientos de personas. No puedo dilapidar el trabajo de mi vida.

—¿Le eliges porque te es fiel?

—Por supuesto.

—¿Ese es el único criterio?

—Sí.

—¿Entonces por qué buscas mi aprobación?

—Porque eres el único amigo que me queda.

Los dos amigos caminan por la explanada negra a los pies de la Dolina.

—Ya sé que Seseña está tocado por el derrumbe de la Dolina. Fue mala idea excavar con esa lluvia.

—Murieron dos personas. Sepultadas.

—Fue un accidente.

—Max le pidió que parase de trabajar en la Dolina.

—Trabajábamos bajo mucha presión, una campaña sin resultados, y tras el accidente de Vicky, la Junta nos cerró el grifo del dinero.

—Otro accidente.

Una ráfaga de viento frío los sorprendió mientras hablaban.

—A veces pienso que la montaña no quiere que le robemos sus secretos. Es una profanación —dijo Rafael.

—Oh, vamos, no te pongas supersticioso. Somos científicos —contestó Jesús. Había tal carga de reproche en su voz que Rafael dijo:

—Era una broma.

Se remansó otro silencio. Jesús se sintió menos abatido. Una cosa menos. La sucesión de Max. Se sobresaltó cuando oyó a Rafael:

—¿Todavía crees que merece la pena?

 —Si no creyera que merece la pena, no podría volver otro verano.

—Pero el buen humor se ha perdido. Esto se parece cada vez más a la universidad a la que tanto hemos criticado. Sus malos rollos, sus guerras intestinas, sus venganzas.

—¿Qué nos ha pasado?

—Hemos dejado de ser una familia.

De golpe, Jesús recordó cuando, tras el descubrimiento del Homo antecessor, Max reunió al equipo en la Dolina y abrió cinco botellas de Moët & Chandon para celebrarlo. Su lengua lamiendo la espuma del cuello de una de las botellas. Las risas alegres burbujeando en la tarde quieta.

—Sois como mi familia, sois gente buena y os quiero mucho —dijo Max.

Rafael se emocionó. Vibró. ¡Oh, el carisma de Max! Cómo ardía Max, cómo ardía. Con él era todo o nada. ¿No podía tranquilizarse?, ¿no podía pedir menos? No, con él había que arder.

—No somos un equipo, no somos solidarios y no colaboramos. Y cuando la gente deja de colaborar es la muerte de un grupo.

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El mayor enigma de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 89

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Capítulo 89

Luisa conduce su BMW azul cobalto por la carretera que va de Burgos a Atapuerca. A su lado está sentado el subinspector Aduriz.

—¿Por qué no nos dijo la verdad, Enrique?

—A lo mejor no lo relacionó con la muerte de su hija, a lo mejor sí, pero prefirió engañarse a sí mismo.

—¿Por qué?

—Para seguir viviendo.

Luisa se castigó, se fustigó con el látigo de siete puntas de la culpa. Lo tenía delante de sus propias narices y no lo ha visto.

Sebastián. Su hermano. La persona que la sacó del pozo negro de la depresión en el que Luisa se metió tras el secuestro de su hermano Toni. La persona que se hizo cargo ese verano aciago de ella y la empotró en su equipo de la Dolina en Atapuerca enseñándola a excavar, aunque ella era una niña. La persona que construyó la elevación del andamio sobre el repecho de la Dolina ante sus ojos y le pedía, con una sonrisa dulce, que le trajera las barras para levantar metro tras metro y le hacía sentir que ella, que tan avergonzada se sentía, era una persona útil y necesaria en ese yacimiento. La persona que se había abrazado a Max Rey tras terminar de construir el andamio que se elevaba hacia el cielo desde el altozano de la Dolina.

—Viva la República de Atapuerca —dijo Max—. Tendremos nuestras propias leyes, nuestra propia organización social, nuestras propias reglas del juego. Sin jerarquías. Con libertad. Independencia —añadió.

—Brindo por eso —dijo Sebastián levantando el brazo, sosteniendo una copa imaginaria.

La persona de la que había estado enamorada en silencio toda su vida. La persona a la que más quería después de su hermano. Pero Toni estaba muerto. Mejor que estuviera muerto porque las otras alternativas eran demasiado espantosas. Por su culpa. Porque Luisa lo había matado. Porque Luisa había traicionado su confianza de inocente.

Su madre la tenía que haber matado aquella noche.

Luisa ha llamado al móvil de Sebastián. No lo ha cogido. Pero Luisa sabe dónde está. En la Gran Dolina, el yacimiento donde él ha sido tan feliz.

Luisa corre con Aduriz por la Trinchera del Ferrocarril. El subinspector le ha dejado a Baeza su pistola HK USP COMPACT 9 mm Parabellum. Él no se siente capaz de disparar si hay que hacerlo.

Reina un silencio mineral que no es de este mundo. La soledad es absoluta. No hay nadie excavando.

Luisa no quiere asustar a Sebastián. Le ha dicho a Aduriz que la deje a ella.

Si suben por las escaleras metálicas con forma de zigzag que conectan la base con el alto de la Dolina, Sebastián los oirá llegar.

Luisa y Aduriz ascienden a paso lento, concentrado, tenso, por el lomo de la colina que da acceso al yacimiento, circundándolo por detrás.

Ahora Luisa ve a Sebastián recortado en el repecho más alto de la Dolina, junto al andamio que ese verano él levantó con ella.

Luisa le apunta con su pistola.

—No te muevas. Las manos. Donde yo las vea.

Sebastián mira la sierra. Se vuelve hacia Luisa. Levanta las manos.

—De rodillas. Quieto. No te muevas —grita Luisa.

Sus palabras reverberan en el silencio sonoro de Atapuerca. La Trinchera del Ferrocarril le devuelve su eco.

—¿Me vas a matar?

—¿Por qué? Ay, Sebastián —le sale una voz triste a Luisa, la voz de una madre cuando ve sufrir a su hijo.

—¿Y tú me lo preguntas? —dice Sebastián.

—¿Por qué?

—Has visto a mi hijo.

Luisa se muerde los labios. Un desmayo afloja su cuerpo, una melancolía desatornilla su determinación. Las piernas le tiemblan. Aduriz la mira con angustia.

La tensión se corta con un cuchillo.

—Ese hijo de puta le hizo sufrir antes de que tuviera ninguna oportunidad. Lucas era un niño sano, perfecto. Y ahora no puede andar. No puede moverse. No puede hablar. No puede comer. No puede respirar. Se lo hace todo encima. Y venía sano. Su madre, oh, es la persona más inocente del mundo. No es justo.

—No, no lo es —la voz ahogada de Luisa, la emoción le obtura la garganta—. La vida no es justa.

Encajan las piezas en la mente de Luisa como si fueran bloques de un juego de Tetris.

—Por eso le rompiste los brazos y las piernas a su hija.

—¿Que Dios permitiría lo que le pasó a mi hijo?

—Sebastián. Mírame. Estoy contigo. No lo hagas.

—Y Max. Menudo cabrón.

—¿Cómo conseguiste su semen?

—Helena se acostaba con los dos. Dormí a Helena y se lo saqué con una jeringa. Después de dormirla dándole lorazepam. Luego se lo inyecté a la chica.

Pero ¿por qué? Antes de que Sebastián diga nada, Luisa ya lo sabe. Ha sido una venganza. Max era muy amigo de Enrique Sinaloa. Él le había recomendado a Jesús, su hermano, para que Max lo metiera en Atapuerca.

—Fue Max quien recomendó a Marta que cogiera a ese cabrón como ginecólogo.

—Mírame, Sebastián. Quédate conmigo.

Luisa se acerca muy lentamente hacia él sin dejar de apuntarle con su pistola.

—Se acabó.

—No, mírame.

Sebastián se acerca a ella. Luisa le apunta con su pistola, que le pesa mucho en las manos. Ojalá pudiera dejar de temblar. El corazón le martillea muy fuerte. Siente sus golpes sordos y dolorosos contra su pecho.

—Quieto.

—¿Me vas a disparar? —Esa sonrisa elegante de Sebastián. Él la había salvado durante aquel verano.

Sebastián trepa por el andamio hacia la luz radiante que baña la Dolina. Los campos, los árboles, la sierra, el cielo.

De repente, Sebastián extiende los brazos y cae al vacío como el ángel que siempre fue.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 88

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más doloroso de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 88

Diario de Burgos. 2 de febrero de 2017

No hubo negligencia médica en el caso del bebé que se quedó tetrapléjico tras un parto con fórceps, según el juez.

La denuncia de los hechos de la demandante M. A. por vía penal interpuesta en el juzgado de instrucción número cinco quedó archivada al considerar el médico forense que no había existido negligencia del ginecólogo por no practicar una cesárea en el momento del parto en el Hospital Universitario de Burgos. El bebé se quedó en estado tetrapléjico.

—Me indujeron el parto cuando estaba en la semana cuarenta y uno y seis días. El médico se empecinó en utilizar los fórceps a pesar de que mi bebé no bajaba hacia el canal del parto. Estaba en plano tres en lugar de en plano dos, que es cuando se aconseja utilizar el fórceps —dice M. A., la madre.

Según el abogado del Defensor del Paciente, la madre pasó al quirófano sin que el bebé estuviera monitorizado. Entonces el ginecólogo se puso a sacar al bebé utilizando el fórceps. El fórceps llegó a caérsele al suelo.

Tras el parto, M. A. dejó de trabajar como profesora de Educación Infantil para atender a su hijo, que necesita cuidados durante las veinticuatro horas del día. El ginecólogo le provocó una lesión bulbo medular al bebé debido al mal uso del fórceps durante el parto. La consecuencia es una tetraplejia de por vida.

—Los médicos se tapan las miserias unos a otros, hay un corporativismo feroz entre ellos. No hay justicia, no hay justicia —añade M.A.

«Su padre ya ha hecho justicia por su cuenta», piensa Luisa.

—Lo que no me deja dormir por las noches es el miedo a que la máquina que ayuda a mi hijo a respirar se desconecte sin que yo me dé cuenta. ¿Por qué no me hizo una cesárea? Si me la hubiera hecho, mi hijo ahora estaría sano. Mi niño venía sano.

—En los seis meses que estuvimos en la UCI, el ginecólogo que me asistió en el parto no subió ni una sola vez a preguntar —asegura M.A.

Luisa leyó el informe médico, caso 5423567, con el corazón en un puño.

El bebé nació en estado muy grave, con pérdida de bienestar fetal durante el parto. Tenía una frecuencia cardiaca inferior a cien latidos por minuto, bradicardia fetal. El test de Apgar reflejó un valor de tres al minuto de nacer, de seis a los cinco minutos. Su gasometría era de 7,32.

Luisa también supo que al niño se le había reconocido una situación de grado tres de dependencia, un ochenta por ciento de minusvalía debido a la tetraplejia que sufría. Necesita ventilación mecánica a través de un respirador artificial durante las veinticuatro horas del día. Además, le es imposible la deglución, lo que implica que el bebé tiene una gastrotomía permanente.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 87

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

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Capítulo 87

Luisa busca en Internet en su móvil algún caso de mala praxis médica al atender un parto. Un caso reciente. El hijo de Sebastián no tiene más de dos o tres años. Enrique Sinaloa, el padre de Miriam, es ginecólogo. Pero Luisa no encuentra nada. ¿Y si el caso no hubiera ido a juicio?, ¿y si hubiera habido un acuerdo extrajudicial? No, si hubiera habido una indemnización oficial, la noticia aparecería publicada en algún periódico. O no.

Cuando Aduriz y Luisa entran en casa de Carla y Enrique, sienten una bajada de temperatura. Captan la oscuridad del duelo, las persianas echadas, las cortinas corridas, el resplandor azulado de un televisor al fondo del salón. Delante de su pantalla está Enrique, quien mira la tele sumergido en una catatonia indiferente, ajena a la vida.

Una sirvienta vestida con uniforme negro y cofia les ha abierto la puerta de la entrada. Ahora los conduce al salón.

—Disculpe que le molestemos, señor Sinaloa —dice Aduriz parándose en el quicio de la puerta.

—No es molestia, pasen, por favor. Les pido que no hagamos ruido. Mi mujer está echada. Está muy cansada. No tienen que hablar con ella, ¿verdad? —pregunta Enrique.

Enrique Sinaloa es un viejo que lucha por sobrevivir, por respirar un segundo más, por consumir una hora más, por atravesar un día más. Toda su arrogancia ha desaparecido. Ahora los mira con ojos derrotados y acorralados.

—No. No se preocupe.

—Siéntense. ¿Les puedo ayudar en algo?

—¿Le importa que le hagamos unas preguntas, señor Sinaloa? —pregunta Aduriz.

—No, adelante. ¿Quieren tomar algo?, ¿té, café?

—No, muchas gracias, señor Sinaloa —dice Luisa hundiéndose al sentarse en el sofá de terciopelo color verde oliva.

Una casa de la alta burguesía. Techos altos, paredes forradas de madera de buena calidad, cuencos japoneses, un biombo también japonés, una mesa baja color cerezo, lámparas de araña de cristal, un lienzo enorme de san Juan Evangelista sosteniendo una pluma con una mano y mirando un pergamino, que coge con la otra mano. Sin embargo, la fuerza de la depresión, que flota en la estancia como una neblina tóxica, atrapa a Luisa. Siente la increíble melancolía que satura el ambiente.

—Solo les pido que no molesten a mi mujer. Ha sufrido mucho —dice Enrique.

—Tranquilo, señor Sinaloa —dice Aduriz, que parece un Becket moderno. Sus rasgos suaves, sus modales calmados y delicados, el respeto y la tranquilidad que irradia. Más que nunca se asemeja a un monje.

—Y bien, ¿qué querían preguntarme?

—¿Se ha enfrentado a algún caso de mala praxis en un parto? —pregunta Luisa.

Sinaloa se remueve como un gusano sobre el sofá. Luisa nota su incomodidad.

—No.

—¿Está seguro, señor Sinaloa? Es importante.

—¿Está relacionado con la muerte de Miriam? —ataja Enrique Sinaloa.

Es un hombre hundido, sin fuerzas. Medicado. Vuelve su mirada negra hacia Luisa. De pronto, ella se compadece de su vulnerabilidad. Nadie sabe lo que es que te asesinen a una hija hasta que te toca.

—Sí, creemos que sí —contesta Aduriz.

—Sí, hubo un caso de negligencia médica que afectó a mi marido —dice Carla desde el umbral de la puerta del salón.

Enrique se estremece y vuelve la mirada hacia ella.

—Vuelve a la cama, cariño. Necesitas descansar.

—No estoy cansada.

—¿Qué pasó? —pregunta Luisa.

—Mi marido usó mal el fórceps en un parto. El bebé se quedó tetrapléjico.

—No fue así.

—¿Y qué pasó entonces?

—Una paciente. No me dio tiempo a hacerle una cesárea. El bebé tuvo complicaciones. Tenía que sacarlo. Siempre hay riesgo en un parto, ¿saben?

—¿A qué complicaciones se refiere?

—Se quedó con lesiones motoras. El uso de fórceps estaba indicado en un caso así y lo utilicé. No hubo negligencia. El juez desestimó la denuncia de la madre.

—¿A su juicio qué hubo? —pregunta Luisa.

—Mala suerte.

Luisa baja la cabeza y mira el suelo. Siente una oleada de indignación y horror. Le asombra la incapacidad de Enrique Sinaloa para reconocer que ha cometido un error. De repente, se da cuenta de que el padre de Miriam prefiere morir antes que admitir que se ha equivocado.

—¿Pidió la madre del niño su inhabilitación?

—Sí. Pero no la consiguió.

—¿Subió usted a hablar con la madre mientras el bebé estuvo ingresado en la UCI?

—¿Qué tiene que ver todo esto con la muerte de mi hija? —Sinaloa pierde los nervios.

Su mujer lo mira con estupor y espanto desde el quicio de la puerta del salón. —Es una venganza. ¿No te das cuenta? Ojo por ojo —dice Carla.

—Hijo por hijo —añade Luisa.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 86

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato que estremeció Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 86

Sebastián se interna en una zona tranquila de chalets adosados nuevos e iguales, chopos recién plantados, coches Citroën C4 Picasso, Dacia Logan MCV, Seat Alhambra, Peugeot 5008, Skoda Superb Combi. Todos los vehículos tienen la sillita para el niño —a veces dos— instalada en el asiento trasero.

Luisa se queda en la esquina de la calle. Desde allí observa cómo Sebastián llama al telefonillo de uno de los adosados. Con un zumbido, alguien le abre la puerta y él recorre un pequeño camino con losetas color amarillo pálido hasta subir los escalones, situarse frente a la puerta de entrada y llamar al timbre.

En el pequeño jardín hay una bicicleta de mujer apoyada contra el murete del garaje. Luisa se palpa su chaqueta. Tienen que estar ahí. Siempre lleva una pequeña linterna y una ganzúa metidas en uno de los bolsillos interiores. Si no ha llevado la chaqueta al tinte, tienen que estar ahí. Ella no las ha sacado. «Dios mío, venga, venga, por favor».

Sus manos tocan un gancho de metal tibio. Luisa se acerca a la casa y mete su gancho en la cerradura de la puerta esforzándose por hacer el mínimo ruido posible. Un sudor frío le baña la cara. Siente una gran sequedad en la boca. Sabe que es por la paroxetina. Efecto secundario. También quedarte sin libido, sin deseo, sin picos altos ni bajos de ánimo. Por fin, tras un tenso y lento forcejeo, la cerradura cede y la puerta se abre con un clic.

Luisa se agacha todo lo que puede y se acerca a la ventana de la cocina como un hurón. Ha puesto el móvil en silencio.

Una luz tibia de color melocotón baña a un niño de dos años en una silla de ruedas. El corazón late muy deprisa a Luisa mientras espía a Sebastián, que se quita el abrigo, se acerca al niño que está conectado a un respirador por la garganta y no se mueve. Su cabeza de pájaro desolado se agita al reconocer a Sebastián, que le besa el pelo.

¿Qué está haciendo allí?, ¿qué tienen que ver esa mujer y el niño con él?

Una extraña terquedad, una perspicacia instintiva hacen permanecer a Luisa agazapada bajo el ventanal de la cocina.

La madre, una mujer morena y alta, guapa a pesar de su cara agotada y la opacidad de sus ojos, levanta la camiseta al niño y le inyecta en una cánula conectada a su estómago el contenido de una gran jeringa. El niño permanece flácido, sin vida, mira con sus ojos desorbitados a su madre mientras Sebastián le acaricia la cabeza.

El niño sonríe en una mueca ausente mientras su madre le alimenta con la jeringa. Luisa se fija en los otros tubos. Todos están conectados a un respirador artificial adosado a la silla de ruedas. Un escalofrío le recorre su columna vertebral. Ella se ha librado de semejante pesadilla al decidir no tener hijos.

De repente, el niño se agita, se convierte un bulto tembloroso y aúlla con la cara deforme por la angustia. Sebastián coge al niño en brazos, con cuidado de no desconectar los tubos que hacen respirar al niño, y vuelve la cara hacia Luisa. Parece un Cristo martirizado. A Luisa le impresiona el sufrimiento que irradia. Un sufrimiento que se hace eco en Luisa, que llora en silencio, sin poderlo evitar. Llora por su hermano Toni, por ese niño, por Sebastián, por ella.

El grito se hace espantoso. La madre parece drogada por los ansiolíticos. Una expresión hierática, desesperanzada, flota en su cara. De pronto, Sebastián besa el pelo al niño, que se calma y se adormece en sus brazos. Ese delicado gesto de ternura se le clava en el pecho a Luisa. Siente celos. Ella nunca ha tenido muestras de afecto así en su infancia.

Nada en la vida te prepara para algo así. Luisa, que en ese momento se siente una intrusa infame, una aprovechada inmoral, sigue robando imágenes de la intimidad de esa familia destrozada por las graves lesiones de su hijo. ¿Ocurrió durante el parto?, ¿una mala praxis médica? El niño es muy guapo. Es moreno y de ojos negros, tan hermoso como Sebastián.

En la encimera color azul de la cocina, Luisa atisba una hilera de origamis con forma de grullas color púrpura.

Luisa no puede respirar. Siente que se avecina un ataque de pánico. Se ve reducida a un manojo de nervios destruido sobre la extensión de césped artificial del chalet.

Luisa se aleja de allí como una miserable cobarde.

—Ojalá hubieras muerto tú y no tu hermano —le grita su madre hace veinticinco años.

Cuando Luisa saca el móvil, le tiemblan las manos. El ataque de pánico está muy cerca. En la habitación trasera de su cerebro le sonríe con los ojos crueles de un monstruo que no tiene piedad. La inspectora abre su bolso. Saca un lorazepam del blíster que siempre lleva dentro. Respira muy fuerte y muy rápido. Ya está hiperventilando. Siente la ansiedad como arena blanca cruel restregándose sobre su pecho. ¡Qué desagradable es! La caja torácica se le hunde a la vez que siente la arritmia desquiciada de su corazón. Se coloca la pastilla blanca bajo la lengua porque así hace un efecto más rápido. «¡Gracias, Dios mío, por las benzodiacepinas!».

Luisa se sienta en un banco de la calle donde está la casa porque tiene miedo a desmayarse. Tiene miedo de perder el dominio de sí misma. Tiene miedo de enloquecer. Tiene miedo de que la ingresen de por vida en un psiquiátrico. Tiene miedo de ser como su madre. Su cuerpo se desmadeja y se afloja.

Una depresión te pone de rodillas. Te da una humildad espantosa. Te hace perder todo orgullo. A su lado está su hermano Toni, que la mira con sus ojos aniñados, dulces. Es tan inocente que Luisa se desgarra de ternura al mirarlo.

—¿Por qué no viniste a buscarme, Luisa? —le pregunta el niño. Luisa le coge la mano.

Luisa saca el móvil. Llama a Aduriz, quien se lo coge al primer timbrazo. Le atormenta la mala conciencia por haber traicionado a su superior.

—¿A qué se dedica el padre de Miriam?

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 84

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. La verdad sobre el misterio de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 84

Cuando Luisa salió del hotel, el frío le dio un puñetazo de hielo. Bajo la oscuridad cruda salía vapor de su boca.

—Hola, ¿qué haces, inspectora?

Luisa sintió un calambre doloroso en el pecho.

—Nada en especial. ¿Y tú?

 Un silencio. Sebastián con traje negro, camisa blanca y un largo abrigo negro en la calle. Extendió los brazos hacia ella. Un pánico ciego latió muy fuerte en su garganta. «Corre. Corre. Ya».

—¿Qué tal estás?

—He estado mejor.

—Había pensado dar un paseo, cenar algo.

—No —demasiado brusca, habló deprisa—. Estoy muy liada.

—Los amores eternos son los más breves.

Silencio.

—¿Te estoy molestando?

—¿Por qué no nos lo tomamos con calma?

—Mensaje pillado, inspectora.

 Todas sus células se crisparon. La tensión se podía cortar con un escalpelo, el aire se volvió de acero. «Corre. Corre».

—Tengo trabajo, Sebastián.

—Oh, vamos, ya has ganado la medalla a la empleada del mes, inspectora.

Sonó el móvil de Luisa en el bolso.

—¿No lo vas a coger?

—No.

Silencio. Sonó otra vez. Abrió el bolso. Cogió su iPhone. Era Nico.

—Es nuestro hombre.

—¿Estás seguro? —A Luisa se le secó la boca. La ansiedad embadurnó su cerebro.

 —No hay dos bocas iguales, Baeza.

—Gracias.

—Segurísimo. Coincide. Trece puntos de contacto. Vale para ir a juicio.

Sebastián la abrazó y la besó antes de que ella pudiera evitarlo.

—No sé qué te pasa, pero me estás rompiendo el corazón —susurró en su cuello.

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La verdad sobre el misterio de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 83

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. También se cuenta la historia de amor de Andrea y Lara, dos arqueólogas en Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 83

Cuando amaneció, Luisa sintió los párpados pegados con pegamento y más sueño del que había tenido en su vida. Nico dormía bocarriba en el sofá, con su camiseta de Iron Maiden encima de su tripa fofa, con la boca abierta. Tenía la vulnerabilidad de un niño indefenso.

Luisa echó un vistazo a su alrededor. Su habitación parecía el garaje de Bill Gates cuando creó Microsoft con Paul Allen. La electricidad estática gravitaba en el aire. Los ordenadores y las impresoras zumbaban, ronroneaban, suspiraban, vibraban y tenían vida. Una hilera de dientes emergía de la aguja de la impresora, que perforaba el material y se movía con complejos movimientos en bucle. Motas de polvo danzaban bajo el haz de luz que se colaba por la ventana. Olía a una sustancia química que Luisa no supo reconocer.

Luisa abrió los ojos y revivió la pesadilla. Sebastián era un monstruo. Fue al baño y vomitó un líquido amarillo ácido. Reprodujo en su mente cómo su lengua la babeaba, cómo sus dientes la mordían como había mordido a Miriam. Un desasosiego espantoso borboteó en su pecho. Se atormentó visionando las imágenes de esa noche en su mente. Se desnudó. Se metió en la ducha. Puso el agua caliente al máximo hasta que se escaldó la piel mientras se restregaba todo el cuerpo, furiosa y asustada, con la esponja y el líquido dorado del jabón, frotó bien su sexo, se metió los dedos en la vagina para no dejar ningún rastro de él mientras una sensación de ahogo crecía y crecía en su pecho. El ala negra de la angustia la cobijó y ella frotó y frotó su piel para borrar todo rastro de él, para purificarse hasta que la piel le escoció. Ardía. Sus piernas se vencieron y Luisa se sentó en la bañera bajo una lluvia de agua muy caliente. Tembló como una niña recién nacida mientras sollozaba bajo la ducha.

—Luisa, ¿estás bien?

—He estado mejor.

—¿Pasa algo?

—Nada.

—Tengo que entrar al baño.

—Ya salgo.

Luisa se puso el albornoz y caminó hacia la puerta. La abrió. Nico parecía el yeti, barba, enorme, con el pelo alborotado.

—Buenos días.

—Buenos días.

Luisa oyó cómo Nico orinaba como un caballo al otro lado de la puerta.

—Voy a por café.

—Genial.

Su entusiasmo le encantó. Todo le parecía genial. Luisa se puso unas bragas limpias, el sujetador, una camiseta blanca del Primark y unos vaqueros. Se miró en el espejo y se peinó con las manos. Sintió un malestar en la boca de su estómago. La mordedura. Ahí estaba. No se iba. Él la había marcado como había marcado a Miriam Sinaloa. «Me va a matar. Me va a matar».

Oyó el sonido de lluvia de la ducha. Al salir, Luisa puso el cartel de «no molestar» en el picaporte dorado de la puerta. Se imaginó el horror de la limpiadora al entrar y descubrir que habían hecho de la habitación una madriguera cibernética de un adolescente friqui, topándose con Nico desnudo en el baño.

Ahora Luisa Baeza atraviesa el silencioso pasillo enmoquetado de azul. Llama al ascensor. No ha querido mirar el móvil por si ve llamadas perdidas de Sebastián. Entierra las cosas malas en los rincones oscuros de su cerebro. «Si no lo ves, no existe».

Cuando sale a la calle, se siente entumecida, metida en una burbuja de cristal. Los sonidos se amplifican: una taladradora que retumba sobre la acera, los cláxones de los coches, el chirrido del autobús que se para, el tráfago de conversaciones por los móviles que la gente mantiene mientras anda con prisa. La habitación era un útero donde se sentía a salvo, ella flotando con Nico en un mar de líquido amniótico, lejos de la crueldad del mundo. Se alegra de no estar sola.

Una hora después llama otra vez a la puerta de su habitación, en una mano sostiene una superficie de cartón con dos cafés con leche y en la otra una bolsa de croissants que prometen alegría y delicia. Oye el sonido de la tele. Bob Esponja. ¿Nico ve Bob Esponja? Nico se levanta, se arrastra hacia la puerta y dice:

—¿Eres tú?

—Soy Patricio.

El chico le abre. Pelo mojado, se ha peinado, una vaharada de colonia del hotel la golpea en la cara. Olor cítrico.

—He llamado al trabajo para decir que estaba malo. Es la primera vez que hago algo así en mi vida.

—No tienes que hacer eso.

—Quiero hacerlo. Quiero… —Una pausa dubitativa—. Trabajar contigo. Esto es lo mejor que me ha pasado.

Luisa no quiere pensar cómo es la vida de Nico si esto es lo mejor que le ha pasado. Siente mucha ternura por él.

—¿Cómo van los moldes?

—Al primero le queda una hora. Luego pondré el segundo.

—Agua con ajos. Toca esperar.

—Sí.

Desayunaron en silencio con el sonido monótono de la aguja de la impresora en 3D de fondo. Nico la miró y sonrió. Luisa aportaba una cualidad brillante al ambiente de la habitación con su sola presencia. Ella resplandecía y las sillas, la mesa, la cama, los ordenadores, las impresoras desaparecían. Solo estaba ella.

Una emoción latió en el vientre de Nico. Se sintió muy vivo. Nunca se había sentido tan feliz en la vida. Destellos de alegría.

Se abrieron el uno al otro como si no tuvieran nada que perder. Dos desconocidos que se encuentran en una situación extraña, cómplices. Luisa confiaba en él. Le conmovía que Nico se arriesgara por ella.

Charlaron durante horas. Los dos fueron sinceros.

Nico le dijo que le había criado su abuela. Sus padres eran fantásticos, pero estaban absortos el uno en el otro, se pasaban la vida viajando y no le prestaban atención. No le gustaba salir de fiesta con los amigos. No le dijo a Luisa que los otros chicos se metían con él por su gordura, bromas crueles que al final le hacían preferir quedarse en casa con su abuela enfrascado en sus criaturas.

Luisa le contó que su padre era alcohólico. Le dijo que su relación con su madre era un desastre. Su madre tenía problemas mentales y un día la quería mucho, de una manera desorbitada, y al siguiente la odiaba y la despreciaba. Una montaña rusa emocional. También le habló del secuestro de Toni, le dijo que ella no sentía el corazón, solo una plomada de culpa que tiraba de ella hacia abajo.

Él tenía raíces. Ella carecía de ellas.

No le habló de lo desesperada que se sentía por haber matado a Max. Esa caja cerrada en el rincón más oscuro de su mente no quería abrirla.

De repente, la aguja paró de moverse. Una luz roja se encendió. Nico se levantó, se acercó a la impresora, sacó la parte superior de la dentadura, sopló, un polvillo blanco cayó sobre la alfombra como escarcha. Con el dedo índice, Nico acarició el contorno de los dientes. Colocó una gruesa lámina de material en la parte baja de la impresora 3D, tecleó en su portátil y la aguja empezó a funcionar de nuevo.

Nico y Luisa se emboscaron en su refugio, lejos de las miradas de los adultos. Él puso en YouTube música de Philip Glass. Metaformosis.

—Mira qué pasada esta parte —dijo Nico—. Es una maravilla.

Ella dejó de sentir esa pesadez letal en la cabeza.

¿Lo había hecho él solito? No le extrañaba que los genios españoles se marcharan a Israel o a Silicon Valley a desarrollar sus apps, a conseguir capital, a desarrollar su software.

El peligroso y ambiguo juego de las apariencias. A veces quien menos te esperas se convierte en tu amigo.

El día pasó sin sentir. Cuando Luisa abrió los cortinajes y miró por el ventanal, la ciudad resplandecía en un mar de oscuridad.

—Voy a por la cena.

—Genial.

Luisa cogió el bolso y salió de la habitación. Oyó el sonido de la canción de Bob Esponja desde el pasillo.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 85

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más estremecedor de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 85

Doce horas después, la inspectora Baeza desemboca en una plaza donde hay una procesión. Unos hombres llevan un trono de una Virgen. El hermano mayor agita una campana. Una orquesta toca sus tambores y trompetas.

Luisa se pega a la pared de la plaza. Deja atrás a la multitud extática ante la Virgen, se aleja del bullicio y la charanga solemne, pasa por el mesón La Cueva, el mirador de la catedral, el cabildo metropolitano, la iglesia de San Nicolás de Bari. Luisa ve que el abrigo negro aletea al traspasar la entrada de la parroquia. Luisa cruza la calle y espera al lado del pórtico. Hay dos mujeres rumanas, con pañuelos coloridos en la cabeza y faldas largas y anchas, sentadas en el suelo, pidiendo dinero. Una de ellas pide a Luisa, que la ignora.

—Señora, cuánto tiempo sin verla —dice.

«Teniendo en cuenta que nunca he estado aquí, sí, es mucho tiempo», piensa Luisa.

—Una ayuda, señora, tengo un bebé y no tengo qué darle de comer.

«Coño, qué pesada», piensa Luisa.

Una irritación recorre a Luisa y la impulsa a entrar en la iglesia solo para alejarse de la rumana.

Retablo esculpido en piedra caliza del siglo XVI. La iglesia se construyó en 1408. Está en la ruta del Camino de Santiago.

A Luisa le duele el pecho como si le fuera a dar un infarto. Siente una opresión que la ahoga. Se da la vuelta y se coloca frente a la pila bautismal. Hay una mujer sentada frente a un confesionario. Un hombre pone una vela. Es Sebastián.

Una corriente ártica hace tiritar a la inspectora Baeza, que finge interesarse por un cuadro gigante de san Antonio junto a su carro de guindas volcado.

Cuando Sebastián sale de San Nicolás de Bari, Luisa lo sigue a una dilatada distancia. Recorren la calle Fernán González.

De repente, Sebastián se aleja del centro. Luisa no le pierde de vista. Conoce Burgos como la palma de su mano. Le encanta perseguir a sospechosos. Se crio con la serie Canción Triste de Hill Street. Por esa serie Luisa se hizo policía ante la abierta oposición y desaprobación de su padre, que le dijo que en la policía no había mujeres. Ella dijo que ella sería la primera. Su padre, que no soportaba que nadie cumpliera sus sueños porque él no había logrado ninguno de los suyos, se burló de su hija con un frío desdén. A Luisa le dolió, pero no le hizo perder ni un ápice de determinación. No quería repetir la vida de su padre. Ella quería hacer lo que quería hacer. Se marchó de casa al cumplir los dieciocho.

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El caso más estremecedor de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 81

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más misterioso de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 81

El juez Gaicano vive en plaza de España, la zona noble de Burgos. A las dos de la madrugada, la inspectora Baeza recorre la avenida de la Paz, la calle Regino Sáenz de la Maza y la calle Reyes Católicos bajo un aguacero helado. Atisba la fuente de los Delfines, chorros de agua plateada bajo la noche de tormenta. El triángulo de oro de la ciudad. Dos mil euros el metro cuadrado. Hierve dentro de ella un envidioso rencor de clase, un punzante anhelo de vivir en un piso como el del juez. Tiene la sensación de que estaría más completa. Tiene la sensación de que se vengaría de su niñez.

El juez Luis Gaicano duerme en un piso antiguo de doscientos metros cuadrados con techos altos, paredes estucadas, cortinajes barrocos y muebles de madera de nogal. Cuando suena la puerta, le parece que tocan el timbre de los vecinos. Tienen un hijo adolescente que hace botellón todos los fines de semana, un nini hosco y cabreado con el mundo que se suele dejar las llaves de casa. Pero el timbre insiste. Gaicano se levanta. Su cuerpo artrítico cruje. Siente cómo unos dolores atroces le martillean su rodilla derecha, hinchada como una pelota de tenis. A cada paso que da, los huesos laten feroces. Mira el móvil y ve que tiene cuatro llamadas perdidas de Luisa. Su mujer ha debido ponérselo en silencio. Siente una oleada de irritación hacia ella porque lo trata como a un niño. Adela cabecea adormilada.

—¿Quién es? —murmura, molesta.

—No sé.

—No abras a nadie. ¿Qué horas son estas para venir a casa? —llameante queja.

—Duérmete, anda. No pasa nada —dice Luis Gaicano con parsimonia. Le embarga la sensación de que se pasa la vida apaciguando a Adela, una niña mimada a los sesenta años.

Se incorpora, se pone las zapatillas de cuadros escoceses y la bata de estar por casa color burdeos que sus hijas le mandaron por Amazon cuando cumplió sesenta y cuatro años. Avanza por el pasillo, el paragüero, el gran espejo biselado, el aparador lleno de fotos familiares. El parqué cruje bajo sus pies mientras avanza renqueante y cojo hacia la puerta blindada. Mira por la mirilla. Luisa Baeza empapada y tiritando, calada hasta los huesos, con un pañuelo azul marino anudado al cuello, espera ante su puerta pisando su felpudo marrón de fibra de coco natural. El corazón le da un vuelco. Todo su cuerpo le tiembla. Antes de abrir la puerta, yergue la figura y aparenta que está en plena forma. Abre la puerta con una sonrisa ancha y lenta, como si los dos tuvieran una cita clandestina.

—Perdone que le moleste, señor, es algo importante.

—No me llames de usted, pasa, anda.

—Estoy mojada. No quiero manchar.

—No te preocupes. Pasa.

Luisa pasa tímida al vestíbulo señorial del piso del juez Gaicano como si fuera una novicia en su primer día de convento. Gaicano cierra la puerta del salón para no molestar a Adela, que se había tomado el Orfidal de todas las noches, no había peligro de que se levantara.

Conduce a Luisa a la cocina. La inspectora deja un reguero culpable de agua de lluvia, de frío desolado. Pero oye la voz mandona de Adela que le llama, controladora:

—¡Luis, Luis, Luis!

Otra vez esa frustración furiosa. Va a su habitación.

—Es algo urgente de trabajo. No te preocupes. Duérmete.

—No son horas, qué poca consideración.

Pero la benzodiacepina es más poderosa que su impulso gratificante de indignarse y clamar contra la gente maleducada de este mundo.

El juez Gaicano abre el armario de la habitación de servicio y ve apiladas las toallas dobladas y limpias de tonos pastel, rosas, amarillas y azules, la ropa de cama color tabaco planchada, las fundas de almohadas en un cuadrado perfecto. Reme, la señora que cocina y limpia en casa desde hace más de treinta años, se gana su sueldo. Coge una toalla amarilla que huele a suavizante. Vuelve a la cocina andando como si no tuviera ningún dolor, como si fuera joven. Le asombra y a la vez le asusta su deseo de causar buena impresión a Luisa.

—¿Quieres un té? —pregunta con calma.

—Sí. Gracias.

Gaicano se vuelve hacia el mueble color amarillo Venecia, abre la puerta y coge una gran tetera roja. Agarra un cazo negro, se dirige al fregadero, abre el grifo, lo llena de agua, cierra el grifo, pone el cazo a calentar sobre la vitrocerámica Bosch impoluta. El silencio echa raíces entre ellos. El ambiente, antes íntimo, se enrarece.

Le tiende la toalla amarilla a Luisa, que se seca el pelo muy negro, azulado, sus grandes ojos oscuros, su cara pálida, su desamparo mojado. Ella está en su casa. La alegría de verla supera cualquier lógica mundana. Gaicano abre una bolsa negra con letras doradas iridiscentes que proclaman: «té darjeeling». Echa un puñado de hebras que emanan un aroma floral a almizcle al cazo de agua hirviendo.

La tetera roja humea, reconfortante, sobre la mesa de la cocina. El juez pone un protector debajo de su base.

Gaicano sirve el té en tazas grandes de la Expo 92 de Sevilla con el dibujo de un Curro exultante. Pasa su taza a Luisa. Al beber el té muy caliente, ella se siente reconfortada. La lluvia repiquetea en las ventanas. Un relámpago convierte el fondo de la cristalera de la terraza en una radiografía azul y blanca.

—¿Qué pasa? —pregunta el juez sentándose frente a ella. La mesa de nogal entre los dos.

—El caso de Atapuerca. La mordedura —dice Luisa después de ahogar un chillido. Siente una bola de plomo ardiendo en la garganta. No puede respirar.

—Pero tú ya no estás en el caso.

—Lo sé. Pero he descubierto algo. No estoy segura, pero te lo quería enseñar. Necesito una orden judicial, Luis.

—No puedo, Baeza. No estás al cargo de la investigación.

Luisa saca su iPhone del bolso grande y negro, teclea los números de seguridad, desbloquea la pantalla, pulsa con el dedo índice el icono de la galería, selecciona la foto de la mordedura de su cuello, con el dedo índice y pulgar agranda la imagen, pone su móvil sobre la mesa y extrae de su bolso chorreante una carpeta azul, le quita las gomas, abre las tapas y coge una fotografía que muestra agrandada la mordedura del pecho derecho del cadáver de Miriam, los bordes dentados negros y púrpuras, la piel pálida, mortecina, sin vida. Pone su móvil y la fotografía sobre la mesa.

—Necesito las gafas de cerca. Soy un topo ciego —dice Gaicano con desaliento.

El juez se levanta. Abre con cuidado la puerta del salón. No quiere despertar a Adela y que le vuelva a dar el coñazo. Busca a tientas sus gafas de cerca en la mesa del comedor, junto al periódico ABC de ayer, su novela de P. D. James, su revista de Jara y Sedal, su Moleskine negra donde anota fragmentos sobre su infancia, donde rescata recuerdos del pecio hundido de su niñez. Por fin palpa unos cristales. Vuelve a la cocina. Cierra la puerta que chirría sobre el parqué. El dolor de la rodilla le palpita con un ritmo febril que le hace sudar.

El juez coge la foto con la mano derecha y la compara con la imagen del iPhone de Luisa.

Entre ambos se interpone un frutero con una gigantesca piña tropical, dos mangos, naranjas y plátanos muy amarillos con vetas negras que están a punto de pasarse. Un olor dulzón, bienestar sureño, impregna la cocina.

—¿Y?

—¿Te parecen iguales?

—Es posible.

El juez Gaicano la escruta. Huele su miedo animal.

—Yo nunca he estado aquí esta noche. Es Aduriz quien ha venido. Es Aduriz quien te ha pedido esa orden.

—¿De quién es la segunda mordedura? —pregunta el juez, levantando su mirada nebulosa hacia la inspectora Baeza.

Luisa se tensa. Le embarga un pavor helado. Le tiembla la barbilla. Tiene un pánico atroz a desvelar la verdad y a la vez siente un deseo kamikaze de hablar y quitárselo ya de encima, de aliviar su conciencia. Como única respuesta, Luisa se quita su pañuelo azul marino, se retira su pelo mojado y le enseña su cuello al juez Gaicano, que ve la mordedura color púrpura.

La cara del juez Gaicano se derrumba como si de repente le hubieran quitado miles de alfileres que sostenían sus facciones, se oscurece como si alguien le hubiera apagado la luz por dentro.

—¿Quién ha sido?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 73

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más tenebroso de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 73

Carla se enfrenta a su clase de nuevo. En la última fila está sentado Marco. Hace un esfuerzo por no mirar al chico. Mientras habla de El Rey Lear de Shakespeare, nota cómo la voz se le ahoga:

—Lear no entiende cómo la vida puede seguir sin su hija Cordelia porque tras su muerte el mundo se ha vaciado de significado. Por eso su monólogo se ha hecho clásico, porque expresa perfectamente el dolor cuando perdemos a un hijo.

Silencio indiferente y abúlico.

—¿Cuál es la clave del amor según Shakespeare? Demostrarlo sin expresarlo con palabras. Las bonitas palabras, los halagos delante de terceros se los lleva el viento, nos dice Shakespeare.

Cuando la clase termina, Carla le dice a Marco:

—¿Puedo hablar contigo?

Al chico se le nota muy incómodo. Como si ella le estuviera retorciendo el brazo.

—Sí.

—¿Viste a Miriam ese día?

—Escuche, ya se lo he dicho a la policía. Yo no la vi ese día.

La indiferencia hosca del adolescente enerva a Carla, la lleva a traspasar una frontera de frustración que está más allá del dolor vacío, la hartura irritada que suele sentir. No es ya dolor. Es una angustia agotada por vivir, una angustia que le impide levantarse cada día de la cama y atravesar mentalmente el pavimento de las horas vacías que le quedan por vivir. Es la horrible sensación de ser protagonista de una pesadilla que le puede pasar a los demás, pero nunca a una.

—Escucha, si le has hecho daño a mi niña, te mataré, Marco. Me da igual ir a la cárcel. ¿Te crees que tengo ya algo que perder?

Cuatro horas más tarde, Matías, el director del instituto, intercepta a Carla en el aparcamiento cuando ella está apuntando con su mando a la puerta de su Toyota Auris. Carla no quiere ir a casa. Solo quiere conducir. Solo quiere desaparecer. Solo quiere no pensar.

—¿Puedo hablar contigo un momento? —pregunta Matías.

Carla resopla. Se apodera de ella la irritación.

—No es nada malo.

—Sí, claro.

—La madre de un alumno, Marco Herráiz, se ha quejado de ti. Dice que hostigas a su hijo, que le amenazas y que le culpas de lo que le pasó a tu hija.

—Yo no hago eso, Matías.

—Escucha, Carla, sé que lo has pasado muy mal. Y lo estás pasando. Has recibido el peor palo que te puede dar la vida. Pero cógete la baja, no tienes que reincorporarte tan pronto.

—No puedo estar en casa. Me subo por las paredes. La casa se me cae encima.

—Muy bien. Lo entiendo. Pero necesitas descansar, Carla, has estado sometida a mucho estrés últimamente. El chico no…

—Ese chico trafica con drogas aquí en este instituto y metió a mi hija en las drogas, tú lo sabes y miras para otro lado.

—¿Tienes pruebas de lo que dices?

—¿Y tú harías algo, aunque yo te diese una prueba?

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