Tag Archives: las mejores series de netflix

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 44

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 44

Hace seis meses. Madrid

El destino nos unió a Andrea y a mí. En esa clase oscura y melancólica de la Facultad de Historia, Universidad Complutense, llena de estudiantes abatidos por el pesimismo propio de la juventud, que rumiaban su negro futuro laboral mientras envidiaban el presente espléndido de Andrea Rey, le pedí a Dios que me uniera a ella. Se lo pedí con toda mi alma. Si me volvía a encontrar con ella, sería una señal. Una señal. Esperé. Confié.

Pensé en Andrea. La reviví una y otra vez en mi cabeza, hablábamos, hacíamos al amor, éramos una pareja alegre y feliz, justo al contrario de mi desastrosa experiencia amorosa en la vida real, yo inconsciente por la borrachera, Esteban penetrándome, haciéndome daño. Yo no quería. Pero estaba próxima a caer inconsciente.

En los confines de mi cerebro, Andrea irradiaba una luz fascinante, un resplandor enigmático que borraba el dolor de mi vida.

Después de la catástrofe con Esteban —que todavía me dolía como si me hubiera clavado una estaca en mi corazón porque la primera vez que había hecho el amor la había sentido como una violación—, yo solía pasarme los fines de semana viendo la tele en casa o yendo al cine, mi gran pasión, donde durante dos horas ponía en suspenso los problemas que asediaban mi vida.

La noche del sábado en la que volví a encontrarme con Andrea, me sonó el móvil. Era Antón, mi mejor amigo. Dudé entre cogerlo o no. Cuando me angustiaba, solía encerrarme en mí misma. Cogí el móvil. La soledad empezaba a pesarme demasiado.

—¿Qué haces? —me preguntó Antón.

Se hizo un pequeño silencio. Me esforcé por encontrar algo interesante que contar, pero mi mente no halló nada. Llevaba una vida tediosa y vacía. Estaba viendo la tele en mi diminuto apartamento de once metros cuadrados de la calle Canarias.

—No, mejor no me lo cuentes o me cortaré las venas —dijo—. Voy a adivinarlo: te has hecho palomitas del microondas de Mercadona y estás viendo en el Movistar Brokeback Mountain.

Acababan de estrenar la película en abierto en Movistar+.

—No. Las palomitas me las he hecho yo. Y sí. ¿No es la mejor película? —contesté yo mientras buscaba el mando para darle a la pausa.

—Que digas eso de una película de dos vaqueros maricas me preocupa. Pero más me preocupa esa vida de topo que llevas, Lara. Sal conmigo. Voy a ir al No Se Lo Digas A Nadie. Habrá chicas guapas.

—No. No me apetece. Ya me he puesto el pijama.

—Son las siete de la tarde, Lara. ¿Cómo has podido ponerte ya el pijama de rayas? Eres lo peor.

—Gracias. Yo también te quiero.

Antón recurrió a la técnica del chantaje emocional que sabía que me hacía mella.

—Venga, cari, ¿hace cuánto que no nos vemos, Lara? Te podrías haber puesto bótox y haber cambiado de cara como Nicole Kidman y yo verte y no reconocerte. Te podrías haber cambiado el estilismo y llevar un modelito de Alexander McQueen.

—Sigo yendo con camisas de cuadros y vaqueros —le atajé.

—Eres muy deprimente, cari. ¿Lo sabes?

—Lo sé.

—Vamos a cenar al japotalego. Y luego vamos al No Se Lo Digas A Nadie y nos emborrachamos y olvidamos las penas.

—No sé.

—Señorita Scarlatta, señorita Scarlatta —imitó Antón el acento negro sureño de la Mami de Lo que el viento se llevó—. No puede comer nada, ¿me oye?

—Aprieta más, Mami —me reí.

Había visto Lo que el viento se llevó mil millones de veces. Solía ver la película los domingos por la tarde con mi abuela y mi hermana. La parábamos cuando la hija de Rhett y Scarlatta se caía al saltar con su caballo. Mi hermana y yo nos partíamos de risa.

—¿Qué penas tienes tú? —pregunté.

—Pablo me ha dicho que soy demasiado viejo para él y que no nos ve juntos dentro de diez años. Tremendo. Vuelvo a estar en la carretera, cari.

—Lo siento.

—Yo no. Estoy mejor sin él. La pareja está sobrevalorada. ¿Entonces nos vemos en el japotalego a las nueve?

El japotalego era el Mushashi, un restaurante japonés que estaba en la calle Las Conchas, cerca de Callao, cuyo agedashi tofu y tofu frito nos volvía locos a Antón y a mí. Una vez pedimos los dos platos y la camarera china —nadie era japonés en el japotalego— nos dijo:

—Bueno tofu, ¿eh?

Antón y yo nos quedamos cortados y luego nos reímos un montón imitando a la camarera china.

—Bueno tofu, ¿eh?

—Después pensaba ver Veredicto final, la acaban de poner en abierto —dije mientras echaba una mirada desolada por el patio de los vecinos donde reverberaba la lluvia, el aburrimiento, las discusiones familiares y las voces de teles encendidas como la mía.

—¿Cuántas veces la has visto?

—Dieciséis.

—Te puedes ahorrar la Diecisiete. Yo te cuento el final. Paul Newman no le coge el teléfono a Charlotte Rampling.

—¿Viene María José?

María José era un amigo trans de Antón muy gracioso que había pasado de chica a chico.

—No lo llames así o te fusilará al amanecer. Es Raúl.

—Pero no tiene rabo.

—Sí, pero él no lo sabe. No le quites la ilusión. Y mucho mejor que no lo tenga. Hay demasiados rabos en este mundo, créeme, y están sobrevalorados, como las estrellas Michelín y las opiniones de Amazon. Lo sé porque me he comido unos cuantos sobrevaloradísimos.

—No me des envidia con tu vida sexual. Yo hace mucho tiempo que no me como una rosca.

—Porque no quieres, cari.

—Es verdad.

—Te pides un cabifull y nos vemos en el japotalego a las nueve.

Iba a decirle que no, pero Antón colgó antes de que pudiera articular palabra. Qué pereza me daba salir de casa. Pensé en mil excusas y en mi mente escribí decenas de wasap a Antón para no quedar. «Pero una vez que estés allí todo será mejor, Lara», me dijo una voz en la cabeza. Quizás tuviera razón.

Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

Si quieres conseguir “Los crímenes de Atapuerca”, pincha aquí.

Si quieres leer otro capítulo de “Los crímenes de Atapuerca”, pincha aquí.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 43

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El estremecedor misterio de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre. El estremecedor misterio de Atapuerca.

Capítulo 43

En comisaría, Max espera dentro del calabozo. Luisa entra y le tiende una bolsa.

—Mete tu ropa y tus zapatos aquí.

Max se empieza a desnudar en su celda. Luisa se da la vuelta.

—¿Me vas a arrancar las uñas?

—No seas ridículo.

A primera hora de la tarde, después de comer un sándwich de jamón y queso y beber una botella de agua mineral, Luisa y Aduriz interrogan a Max.

Aduriz coloca la cámara Sony HXR-NX5 en marcha dentro de la sala de interrogatorios. Enfoca y compone el plano que enmarca al detenido. Le da al botón de grabar. Un piloto rojo se enciende.

—¿Tenías una relación con Miriam?

—No.

—Max, hemos encontrado tu semen en el cadáver de la víctima.

—Yo no me acosté con ella.

—¿No?

—¿Y cómo ha acabado tu semen en la chica? —pregunta Luisa con tono calmado.

—No lo sé —contesta Max, serio.

—¿No lo sabes?

—Deja de mentir —ataja Aduriz.

—No miento.

—Sí, sí mientes. Las pruebas biológicas dicen lo contrario de lo que estás diciendo.

—Escucha, Max, una confesión te favorece de cara al juicio. Y las pruebas son abrumadoras. Está tu semen en el cadáver de la víctima, Jesús Sinaloa fue testigo de que tú fuiste la última persona en hablar con Miriam, has pujado por la virginidad de la chica en Internet.

—¿Qué? —Max se sorprende—. ¡No sé de lo que me estás hablando!

—Vamos, Max, hay pruebas. Tú eres un científico, sabes que delante de un jurado no hay salida, no con estas pruebas. Di la verdad.

—Ni idea de lo de la puja en Internet. No sé de qué me estáis hablando. Es una trampa. Van a por mí, ¿no te das cuenta? —dice Max.

—¿Quién?

—Sinaloa.

—¿Y también es una trampa que hubiera restos de tu semen en la víctima?

—Estaba enamorado de ella, pero no me acosté con ella. ¡Tenía dieciséis años!

—Eso nunca ha sido un impedimento para ti.

Luisa y Max se miran. Saltan chispas entre ellos.

—Ahora es el rencor que habla. No soy el monstruo que crees, inspectora Baeza.

—Escucha. Fue un accidente. La chica se lo iba a contar a Jesús. A su madre. Y te pusiste nervioso.

—Yo no lo hice, Luisa.

—Las pruebas dicen lo contrario.

—¿Qué pruebas?

—Tu semen, tu sangre.

—No es verdad. Soy inocente. Te han manipulado, Luisa.

—¿Y la sangre que hay en tu baño y en las paredes?

—Desde que pasé el cáncer y pasé la quimio sufro sangrados. Por la nariz, por el ano.

—Di la verdad y todo será más fácil.

Unos técnicos de la Policía Científica están analizando los restos de sangre que han encontrado en el baño de Max.

—Te estoy diciendo la verdad.

—¿Por qué no quieres colaborar con nosotros? —pregunta Aduriz.

—Si él me pregunta, me acojo a mi derecho a no declarar, Luisa —dice Max Rey, señalando con el mentón a Aduriz con un tono de frío desdén, de sorprendido regocijo.

El subinspector mira a Max con ojos de hielo. Luisa le lanza una mirada cómplice con la que le pide permiso para seguir ella con el interrogatorio. Aduriz hace un leve gesto de aceptación.

—¿Qué pasó esa tarde?

—Luisa…

—Te acostaste con ella, Max. Era virgen.

Max miró a Luisa. Ardió de vergüenza.

Aduriz dio la vuelta al ordenador y le enseñó una web de contactos de chicas con la foto de Miriam.

—¿Qué es eso? —preguntó Max.

—No lo sé. Dímelo tú —dijo Luisa.

Max guardó silencio.

—Es una web de contactos. Se puja por la virginidad de las chicas. Todas menores.

—Aquí está Miriam. Su foto. Tú pujaste por ella.

—Te lo he dicho: estaba enamorado de ella.

—Bonita manera de decirlo. Enamorado.

—Yo no hice nada de eso. Es una conspiración contra mí.

—¿Cómo supiste de esta web?

Max guarda un silencio hosco como un niño torvo al que sus padres han castigado sin motivo.

—¿Por qué pujaste, Max?

—Yo no pujé.

—¿Qué hiciste a partir de las dos de la tarde el martes 15 de junio?

—¿Cuánto mide su cerebro, Miguel Ángel?

—Aquí soy yo quien hace las preguntas.

—¿Sabe que en Dmanisi hay una controversia científica acerca de si un homínido con un cerebro de seiscientos centímetros cúbicos puede considerarse humano?, ¿pueden caber los parámetros de la humanidad en ese tamaño cerebral?

Luisa toca debajo de la mesa la muñeca de Aduriz, aprieta con suavidad, vuelve sus ojos hacia Max, que sonríe con un sarcasmo irritante y burlón.

—Aunque seiscientos centímetros cúbicos es mucho para un txakurra como tú.

—¿Por qué no te callas?

—¿Nos autorizas a hacer un escáner de tu dentadura, Max? —pregunta Luisa.

Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

El estremecedor misterio de Atapuerca.

Si quieres conseguir “Los crímenes de Atapuerca”, pincha aquí.

Si quieres leer otro capítulo de “Los crímenes de Atapuerca”, pincha aquí.

Si quieres curiosear más sobre mí, échale un vistazo a mi Twitter.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 40

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Atapuerca como nunca la has visto.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 40

2 de junio de 2019. Catorce días antes del asesinato. Sierra de Atapuerca

Un vaho se condensaba en las paredes de la ducha. Alguien había escrito con el dedo unos números en la pared de cristal: 5423567. Las cifras se desvanecieron a medida que el calor y la humedad desaparecieron. Cogí la alcachofa y abrí el grifo del agua caliente. Como estábamos en mitad del campo, el agua tardaba mucho en ponerse caliente. Durante unos minutos temblé desnuda en la ducha. Me sentí vulnerable. Por fin el agua se puso tibia y luego caliente, cogí el gel con olor a cítricos y me eché un buen chorreón color verde lima en la palma de la mano, me froté, con fuerza, la entrepierna, los pechos, el vientre, las piernas, la cara. Regueros de suciedad cayeron a la superficie blanca de la bañera, un agua negra se remansó antes de ser succionada por el desagüe.

Me quedé un rato más bajo el agua caliente. Ráfagas de placer corrieron arriba y abajo por mis venas, pero me salí porque no quería acabar con el agua caliente. Después de mí los chicos también se iban a duchar. Así lo hacíamos después de venir de excavar, antes de cenar, ver series en Movistar+ y acostarnos. Dormíamos durante el día y salíamos a Atapuerca por la noche, como los vampiros, al revés que nuestros congéneres humanos, de quienes nos habíamos aislado por completo.

Cogí una toalla y me sequé, recogí la ropa sucia y mojada del suelo, mis pantalones cortos de Primark, la camiseta de tirantes negra, salí del baño dejando una nube de vapor detrás. Fui a la cocina, abrí la puerta de la lavadora y eché mi ropa de excavar dentro del tambor, aproveché para ir a nuestra habitación y recoger más ropa sucia de Andrea y mía. Helena me vio y se acercó desde el pasillo. La luz débil del techo titiló, con un fulgor fantasmal, sobre ella.

—¿Vas a poner lavadora? —preguntó.

—Sí.

—Espera.

Helena me trajo un fardo de ropa: pantalones cortos con muchos bolsillos color caqui, bragas, un sujetador color escarlata, camisetas y los vaqueros de Sebastián, inconfundibles, marca Armani. ¿Qué hacían allí entre la ropa de Helena? Pero ninguno de nosotros hacía preguntas. Ninguno juzgaba. Eso era lo maravilloso de vivir juntos: el disfrutar de esa resplandeciente libertad.

—Me muero de hambre —dije mientras metía la ropa dentro del bombo de la lavadora. Busqué el detergente.

—Yo también.

—Ahora hago la cena —añadí mientras echaba dos tapones de detergente azulado y blanco Ariel dentro del hueco del cajón que había sacado en la parte superior de la lavadora.

—Yo te ayudo.

—Gracias. —Cerré la puerta de la lavadora. Puse un programa largo. El murmullo de succión del agua de la lavadora, la noche estrellada fuera de la casa, el silencio absoluto, esa calidez preocupada que irradiaba Helena me pusieron de buen humor. Me sentí muy a gusto a su lado después de tantos sobresaltos. Era una chica tímida y callada, delicada, que se preocupaba más por los demás que por ella misma. Al menos aquel affair desgraciado con Germán había terminado. O al menos ella ya no hablaba de él después de la visita de hacía ya casi un mes a Atapuerca de la mujer y los dos hijos de Germán.

—Qué bien cocinas.

—Gracias, Helena. Me gusta hacerlo.

Solo recibía cumplidos por mi cocina, lo cual tenía una parte alegre y otra triste.

Yo hablaba de que quería escribir, pero no escribía ni una línea.

—Si no fuera por ti, comeríamos a base de bolsas de patatas fritas.

—Ja, ja.

Oí a Andrea dar vueltas en nuestra habitación mientras hablaba por teléfono con alguien. Estaba enfadada. Supuse que estaría hablando con su padre, Max. Pero no quise saber nada. Estaba cansada de problemas.

Helena se puso a fregar los platos del desayuno que estaban apilados en el fregadero mientras yo iba a la bodega. La temperatura bajaba dos grados a medida que descendía los escalones de piedra. Cuando llegué a la estancia, olí a mineral. Cogí la cuerda de la luz del techo y tiré de ella. La bodega se iluminó con una luz azulada, fantasmagórica. Al fondo, junto a la pared opuesta, donde estaban colocadas las botellas de vino, se amontonaba la pequeña montaña de sedimento que habíamos sacado de la Gran Dolina. Otra vez la sensación de hacer algo prohibido me sobrevino. Cuando Jesús Sinaloa se enterara de lo que habíamos hecho, nos iba a matar. ¿Pero qué importaba eso frente a la muerte? A veces dábamos demasiada importancia a las cosas porque nos olvidábamos de que íbamos a morir un día. Las cosas no eran tan importantes como nuestra mente nos hacía creer.

Decidí que esta noche nos daríamos un homenaje. Fui a los estantes. Filos curvados donde reposaban las botellas, algunas muy antiguas, cubiertas de polvo. La pasión de Max Rey eran los vinos después de la investigación de la evolución humana. Muchas de las botellas que reposaban en la bodega se las habían regalado a Max políticos, empresarios, amigos, conocidos agradecidos porque había dejado a sus hijos excavar en el yacimiento, fans, famosos. Otras las había comprado él con su sueldo de catedrático de Prehistoria en la Universidad Rovira i Virgili.

Helena y yo hicimos la cena con los restos que encontramos en la nevera y dentro de los armarios: espárragos trigueros, huevos, nata, maicena y un paquete familiar de pan Bimbo. Hice tostadas, saqué la sartén grande mientras Helena cascaba seis huevos en un plato hondo y a continuación los batía con un tenedor, hice los espárragos al vapor, Helena mezcló los huevos con la leche y la maicena, a continuación, yo eché los espárragos. Me dirigí a los fogones de gas, cogí la gran caja de cerillas que siempre estaba colocada junto a la placa grande y blanca levantada, la abrí, extraje una cerilla, la encendí, un olor a fósforo se extendió por la cocina. Helena torció hacia la derecha la manija del fuego más grande, silbó el gas, yo acerqué la cerilla y diminutas llamas azuladas se prendieron. Había que permanecer un minuto con la manija apretada por seguridad.

Luego eché un chorreón de aceite a la sartén y la puse a calentar en el fuego.

—Échale un ojo —dije a Helena.

Dejé a Helena a la cocina para salir de casa y atravesar el porche. Bajé las escaleras hasta el jardín salpicado de naranjos, limoneros, nísperos, manzanos, perales, en la franja de tierra que flanqueaba la valla que nos protegía del exterior había arriates con fresales. Me dio un escalofrío. La noche estaba fría y desapacible. Fui a la huerta. Cogí tomates de la mata que aún estaban tibios por el calor del sol.

Cuando entré, la cocina se me antojó cálida y agradable. Lavé los tomates, que estaban recubiertos de una fina capa de polvo, los corté y los puse en la ensaladera, los aliñé a la andaluza, con aceite, vinagre, ajo picado y un poco de perejil que también había conseguido en la huerta. Saltó la tostadora, saqué del armario una cesta de mimbre y coloqué el pan, puse más tostadas a tostar.

Helena acabó de hacer la tortilla con espárragos trigueros. La dio la vuelta con un plato grande mientras yo abría las dos botellas de Alión. Cogí unas copas. Le pregunté a Helena si quería una copa y ella dijo que no, me serví una generosa ración, bebí mi vino, que me supo delicioso después de todo el miedo y la ansiedad que había pasado excavando, mientras Helena y yo terminábamos de cocinar la cena. Pero nada me había preparado para lo que Helena me iba a contar a continuación.

—Lara, ¿te puedo decir algo? —le tembló la voz.

Yo me puse a la defensiva. Una tensión en el estómago.

—Claro.

Helena dudó, se debatió en una lucha interna. Me dolió verla así.

—¿Tan grave es? —pregunté.

Creía que era algo malo sobre mí. Personalización, una de las múltiples distorsiones cognitivas de la depresión.

Ella asintió. De repente, se puso a llorar, yo abrí el cajón primero del mueble y le alcancé un kleenex.

—Estoy embarazada.

La miré, atónita.

A comienzos del nuevo milenio y una hembra de Homo sapiens se sigue complicando la vida de la misma manera que hace siglos.

No supe qué decir.

—No voy a tenerlo.

—Comprendo —dije.

—¿No me preguntas quién es el padre?

—Eso no me importa, Helena.

Su cara de dolor se volvió hacia mí.

—Es Sebastián.

—Creí que Sebastián era…

«Homosexual», pensé, pero no me pareció delicado decirlo.

—Sí, yo también lo creía. Pero no. Bueno, no sé qué pensar. Eso es lo que menos me importa ahora mismo. Todo es un lío espantoso. No sé cómo ha pasado. Tengo miedo.

—¿Se lo has dicho a él?

—No.

—¿Por qué?

—Porque querría tener al niño. Y es una locura. Con la vida que llevamos…

De repente supe que Helena tenía razón. Sebastián era un hombre galante, caballeroso, decimonónico. Me gustaba mucho. Había algo antiguo y decente en él que no pertenecía a este siglo, que no casaba con el mundo en el que vivíamos. Sebastián era un monje.

—Lo he pensado —dijo Helena atropelladamente, como si tuviera que hablar rápido para decir lo que quería decir—. Hay una clínica en Madrid. Una amiga me ha pasado el contacto. Y tengo el dinero. Son mis ahorros. Pero bueno…

Gruesas lágrimas como manzanas cayeron por sus mejillas. Tras un silencio engorroso, durante el que no supimos qué decir ninguna de las dos, yo la abracé.

—Pero no puedo ir sola. Te anestesian. Y tengo que ir acompañada. Tú tienes casa.

Helena me miró con sus ojos color miel asustados.

—Te acompañaré. No te preocupes.

—Gracias, Lara. No tengo a nadie.

—Todo va a salir bien.

—Te parezco una persona horrible.

—No, en absoluto.

—Piensas que podría tener al niño…

—No, no. Es decisión tuya.

—Eres una sentimental.

—Lo que tú hagas me parecerá bien, Helena. No soy quien…

—¿Y qué haríamos? Lo podríamos criar aquí entre todos.

Por un instante visualicé una imagen de nosotros cuidando del bebé. Yo tenía una tendencia increíble a la ensoñación. Pero sabía que la realidad era más brutal, más complicada. . Estaba cansada de problemas.

—Por favor, no se lo cuentes a Andrea.

—No, no.

—Andrea me odia.

—No te odia. La asustas.

Me sorprendió que dijera eso de Andrea. Yo había notado que Andrea y Helena se llevaban mal, eran como el agua y el aceite, pero Andrea la había invitado a vivir con nosotros en la casa, ¿no?

—Se le pasará. Andrea es cambiante —dije.

Helena y yo nos separamos con una sensación de embarazo, sin mirarnos a los ojos.

 —Sí. Bueno, da igual.

—Sí.

—No se lo cuentes a nadie —me rogó Helena.

Helena, esa chica despreocupada que parecía no haber tenido un problema en su vida, ahora dominada por esa mirada desesperada, por esa expresión acorralada en su cara infantil.

—Tranquila, no se lo diré a nadie.

—Solo puedo confiar en ti.

—No te preocupes.

—Si alguien se enterara, me moriría. Sobre todo, no quiero que se entere Sebastián.

—Sería capaz de proponerte matrimonio.

Helena y yo nos reímos más por quitar hierro al asunto que porque nos hiciera gracia la broma.

—Es un Quijote. ¿Te imaginas?, ¿Sebastián y yo casados?

—Cosas más raras se han visto. Mira yo y Andrea.

—Ah, Andrea tiene suerte de tenerte. —Una pausa dubitativa—. Ana no me caía nada bien.

Esa última frase que dijo Helena me complació tanto, me llenó de un placer tan culpable que me sonrojé. Bajé la cabeza para que ella no se diera cuenta de mi satisfacción. Había tenido unos celos tan inmensos de Ana, quien siempre se había interpuesto entre Andrea y yo, que no pude evitar sentir una sensación de triunfo. Podía amar más a Andrea que una mujer viva, pero no más que una mujer muerta. De alguna forma, la trágica muerte de Ana había magnificado su recuerdo.

La luz amarilla de la cocina, la lámpara de tulipa de seda vainilla, tan incongruente en una cocina como un rinoceronte en un salón, pero así de excéntrico era Max, y él había sido el encargado de decorar su casa, cayó como un chorro de sol sobre nuestras cabezas. Helena se enjugó las lágrimas, apretó su Kleenex muy fuertemente entre los dedos y suspiró.

—Eh, chicas, ¿de qué habláis?

Helena y yo nos sobresaltamos.

Sebastián asomó su cabeza por el quicio de la puerta.

Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

Si quieres conseguir la novela “Los crímenes de Atapuerca” pincha aquí.

Si quieres curiosear más sobre mí, échale un vistazo a mi Twitter.

Akiva Shtisel. El conflicto multidimensional

La historia de amor de Akiva y Libby.

Las relaciones padre e hijo no funcionan. Akiva y Shulem se quieren pero no se entienden. El mimo Akiva lo reconoce:

-Mi problema es mi padre.

¿No eres ya mayorcito para echar la culpa a tu padre?-le espeta Menukha, la casamentera.

Y tiene razón. Porque Akiva también tiene un conflicto interno muy potente que lo atormenta una y otra vez: hacer lo que le dicta su corazón en el amor y la pintura o hacer lo que le dicta la ley, y la ley la representa su padre.

En el amor y el arte

Si en la primera temporada de “Shtisel”, el mayor conflicto era sobre la mujer de la que se enamoraba Akiva, una mujer más mayor que él, viuda, a la que su padre no estimaba como candidata para ser su esposa, en la segunda aparece el conflicto de la vocación y el trabajo de Kive.

Al final Kive se marcha de casa de su padre, buen tipo pero muy dominante, amenazando con asfixiar a su hijo, quien está harto de la martingala de su papá, que quería que hiciese lo que él decía. No se juega con los asuntos de corazón. Ni con los del arte.

Michael Alony es el actor que interpreta a Akiva

Para un rabino como Shulem, que ha dedicado su vida a la enseñanza talmúdica y al estudio de La Torá y el Talmud, el arte no tiene ningún significado, no es nada serio. El padre no valora ni el talento de su hijo Akiva ni la fuerza del arte dentro de la comunidad ultraortodoxa en la que vive.

El conflicto entre padre e hijo es constante.

De hecho cuando la casamentera habla con los padres de una candidata para casarse con Akiva, y les dice que Akiva trabaja como artista, cuando cuelga le reprocha:

-No digas que es artista. Queda mal.

En realidad el padre no acepta al hijo tal y como es, sino que lo acepta solo si es como él quiere que sea.

Atención spoiler

Atención spoiler de la segunda temporada.

En la segunda temporada de Shtisel, Akiva gana el premio Wasseman que supone gozar de 7.000 séquels al mes y un estudio en el que poder pintar durante un año. Un orgullo.

Pero su padre no aprecia la noticia cuando Kive se lo cuenta, y cuando su hijo recibe el premio y tiene que decir unas palabras, Shulem se sale por peteneras y avergüenza a su hijo. No da valor al talento y esfuerzo de Akiva.

Akiva es un talentoso pintor.

Akiva es un artista hasta la médula, es un niño en su interior, sensible, auténtico, tierno y romántico. Ha nacido para pintar.

Akiva se enamora de su prima Libbi en gran parte porque ella comprende su alma de artista y porque le apoya en sus anhelos de convertirse en pintor, anima sus sueños juveniles. Y eso no tiene precio.

Puedes ver “Shtisel” en Netflix.

La historia de amor de Akiva y Libby.

Si te ha gustado el post, compártelo. Te lo agradezco porque me ayudas mucho.

Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

Reseña de “Los crímenes de Atapuerca”. La incertidumbre de saber quién era el asesino

@mi_maleta_delibros Hola mis lectores!😊
Esta semana os traigo la reseña de🔹”Los Crímenes de Atapuerca”🔹es la última novela de la escritora española Nuria Verde. Es una novela policíaca y de misterio publicada en el año 2021 que cuenta con 407 páginas. ⚒️
A Miriam Sinaloa, una adolescente de dieciséis años que visita el yacimiento de Atapuerca en una excursión del instituto, la asesinan en la Sima de los huesos, el yacimiento funerario más antiguo del mundo.
Un día en una visita a la Sima para continuar con las excavaciones, la estudiante Lara y su novia Andrea paleontóloga, encuentran su cadáver.
La inspectora de homicidios Luisa Baeza junto al subinspector Aduriz serán los encargados de llevar a cabo la investigación de este asesinato.

¿Quién es el asesino de Miriam?

Nos encontramos con una novela de 91 capítulos pero que son muy cortos (2/3 páginas máximo), una lectura rápida y fácil.
Una novela bien narrada, con un buen trabajo de investigación por parte de la autora, que nos aporta muchas descripciones e información interesante sobre el mundo de la paleontología y el yacimiento de Atapuerca. Aparecen muchos personajes que a mí al principio me costó ubicarlos un poco, una novela en la que encontramos amor, celos, venganza, odio, traición.
Me ha gustado mucho todo lo relacionado con Atapuerca, y la incertidumbre que me generaba el saber quién era el asesino ya que un día pensaba que era uno y al día siguiente otro, y al final la autora me ha sorprendido…a mi parecer esta escritora promete.

✍️Mi puntuación es 8/10⭐
🔹¿Lo has leído? Si te ha gustado dale♥️ y comenta!! Te leo😉

Novela “Los crímenes de Atapuerca” de Nuria Verde.

Los mejores finales de series

El mejor final de series. Hablo con mi madre del final de “Mad Men”:

-No se si lo he entendido. Pero es fantástico. Es el mejor final que he visto de una serie.

Mamá me lo explica.

-Sí, lo has entendido-digo.

Luego mamá se enrolla sobre la cantidad de folleteo que hay en “Mad Men”, que es increíble. El Don Draper recién casado con la Megan, y ya está retozando en la cama con la vecina.

-Pero si se acaba de casar con Megan-grita mamá.

-Ya ves mamá. Este Don…

-No para.

-Es una vía de escape, el sexo, el alcohol, lo hace para no afrontar sus problemas.

No me gusta la deriva que ha tomado la conversación con mi madre.

-Y es increíble cuando lleva a los niños al prostíbulo en el que se crio. Pobre hombre…

-Hmmmm

-Menuda infancia. ¡Y tú te quejas de tu infancia!

-No me quejo.

-Sí te quejas…

-Megan…

-Ah no soporto a esa mujer ni a su familia. Me caen mal-remata mi madre.

Mi madre no soporta a Megan.

-Bueno, a mí tampoco me cae bien Megan.

-Qué tía más desagradable.

-Y al final Joan pasa de los hombres.

-Es que qué mal han tratado los hombres a Joan. Como para no pasar de ellos.

Mamá y yo hablamos de finales de series. Pero pronto me siento muy frustrada. Mamá no tiene HBO, de hecho “Mad Men” se la ve en DVD’s que compra por Amazon, flípalo, lorito.

Con mamá, no puedo hablar del final de “Los Soprano” ni de los de otras series que me han chiflado.

El final de “Los Soprano” es un final abierto, y me encantan los finales abiertos. David Chase se arriesgó al poner el punto final a su serie, además el creador de “los Soprano” tenía muchas presión encima. Lo cual siempre es una carga para un guionista.

¿Qué final de serie me ha gustado mucho últimamente?

El final de “Mare of Easttown” me encantó. Por favor, Brad Ingelsby que sea una miniserie cerrada, que no haya segunda temporada.

Odio que las miniseries se alargan en un bucle de temporadas.

Y a vosotros, ¿qué finales de series os han gustado? Se admiten apuestas.

Puedes ver “Mare of Easttown” en HBO.

Si te ha gustado el post, compártelo. Te lo agradezco porque me ayudas mucho.

El mejor final de series.

Si quieres curiosear más sobre mí, échale un vistazo a mi Twitter.

La importancia del piloto

En Estados Unidos, los arranques de las series son cruciales. Los pilotos marcan el nacimiento o muerte de una ficción. El sistema americano de venta se asienta en un calendario preciso. En septiembre, los productores financian las grabaciones de los pilotos de sus series, pero, una vez terminados, presentárselos a las cadenas en pases privados. Cómo escribir un piloto.

Pueden pasar tres cosas:

1.Se rechaza el piloto.

El siguiente paso de un productor es intentar amortizarlo en el mercado de los telefilms. Actualmente, se están dando a conocer los pilotos rechazados por las cadenas para que la opinión popular presione para darles unas segunda oportunidad.

La serie “Nobody’s Watching” se salvó gracias a los espectadores.

Es lo que pasó con la serie “Nobody’s Watchig·, creada por Bill Lawrence, autor de “Scrubs” o “Spin City”.

Alguien colgó el piloto rechazado en YouTube y tuvo más de 300.000 descargas.

En un despacho de la NBC un productor ejecutivo dio vida a la serie encargando a Bill seis capítulos más.

La serie narra las aventuras de dos amigos muy locos que logran vender su propia serie a una importante cadena de televisión.

Cómo escribir un piloto.

2. El piloto entra en la parrilla en enero, a la mitad de la temporada.

Normalmente esto pasa porque se cancela alguna serie.

3. El piloto es admitido para la siguiente temporada.

El anuncio es en mayo y la emisión en septiembre.

Fragmento del libro “Como crear una serie de televisión” (ediciones T&B) de Nuria Verde y Gonzalo Toledano.

Cómo escribir un piloto.

Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

Si quieres curiosear más sobre mí, échale un vistazo a mi Twitter.

El final de “The Crown”

El final de “The Crown” será la muerte de Isabel II. En los telediarios de la casa en la que trabajo son muy dados a hacerle una caja de pino a personajes de relumbrón de la vida pública, y ya se están preparando obituarios y especiales sobre la reina de Inglaterra, que entra mucho en el hospital. La reina me procuró cierta ternura, con sus lágrimas calladas, su cabeza gacha en el funeral de su marido. La serie de la que todo el mundo habla.

Pero antes de morir, a la reina le va a tocar pasar mucho y por su orden: en primer lugar pasar su annus horribilis: 1992 en el que la princesa Anna se divorció de su esposo, Mark Phillips, el príncipe Andrés se separó de Sarah Ferguson, y los problemas matrimoniales de Diana con su primogénito Carlos estuvieron en boca de todos en los mentideros del reino.

Se quema el castillo de Windsor

Los índices de popularidad caen en picado, y el castillo de Windsor, el favorito de la reina, se quema.

Pero lo peor estaba por llegar: la muerte de Diana y lo que para ella ha sido la puntilla: apartar a su favorito, el príncipe Andreé, menudo pájaro, de la familia real por su implicación en el escándalo Jeffrey Epstein, y la ruptura de amarras de su nieto Harry. La serie de la que todo el mundo habla.

La reina sufre crisis tras crisis a partir de 1992.

Sí, aún queda mucha tela que cortar en “The Crown”. En primer lugar, las relaciones entre Carlos y Diana se van a tensar hasta extremos inimaginables y el pulso entre Diana y la reina tendrá a una clara vencedora.

Por otra parte, la relación de Isabel con su marido se enfría, haciendo vidas separadas. E Isabel ve cómo lo poco que quedaba del Imperio se desmorona a la vez que la importancia geopolítica de Inglaterra se reduce cada vez más.

Sin embargo la reina ha consolidado a la familia Windsor sacrificando la parte personal y muchas cosas más, la principal: su sueño de vida que queda claro en la cuarta temporada de “The Crown” que es vivir tranquila en el cambo y montar a caballo.

Ted Sarandos, jefe de contenidos de Netflix, confirmó que el proyecto de “The Crown” creado por Morgan abarcaba seis temporadas, seis décadas del reinado de Isabel II.

Por cierto, ya sabemos que no se tocará el tema del príncipe Andrés y sus conexiones con el escándalo de abusos sexuales de Jeffrey Epstein.

Elegir a la actriz Imelda Staunton para interpretar a la reina me parece muy acertado porque es una actriz de 10, capaz de interpretar con igual verdad a una reina de Inglaterra que a una asistenta.

“Me encantó ver The Crown desde el principio. Como actriz fue un placer ver cómo Claire Foy y Olivia Colman aportaron algo especial y único a los guiones de Peter Morgan. Me siento realmente honrada de unirme a un equipo creativo tan excepcional y de llevar ‘The Crown’ a su conclusión”, dijo Imelda.

Uno de los puntos fuertes de “The Crown” es su gozoso casting. A Staunton le acompañarán nuevos rostros: tras Helena Bonham Carter y Vanessa KirbyLesley Manville (‘El hilo invisible’, ‘Un amor extraordinario’, ‘Harlots’) será la encargada de dar vida a la hermana pequeña de la reina, la princesa Margarita.

La dirección de arte como pilar

La otra clave de “The Crown” es su dirección de arte. Los creadores de la serie son capaces de llevarnos por diferentes épocas y diferentes países, con su épica y gloria, sin escatimar, sacando partido a la potencia visual de la historia.

Margarita es mi personaje favorito de “The Crown” por su alocada inconsciencia.

Aquí tienes un avance de la quinta temporada de “The Crown”

Puedes ver “The Crown” en Netflix.

Si te ha gustado el post, compártelo. Te lo agradezco porque me ayudas mucho.

Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

“The crown”: el conflicto es tradicional

La serie “The Crown” es una magnífica oportunidad, no sólo para interesarnos por la vida de Diana y ver documentales sobre ella y los Windsor, de esos que antes hubiéramos repudiado de forma pública, además también nos ofrece la oportunidad de aprender a dialogar de una forma limpia y clásica, aprender a escribir conflictos puros, old school, y de paso, reconocer que nadie ha encarnado mejor a Winston Churchill que John Lithgow.

Carlos y Diana están perfectamente caracterizados en “The Crown”
Margaret Thatcher no se llevaba bien con la reina Isabel II aunque se respetaban.
Isabel tiene que elegir entre la corona y todo lo demás.

El conflicto con Felipe de Edimburgo

Isabel II tiene en primer lugar un conflicto interno: no se siente preparada para ser reina, la muerte de su padre Jorge, al que ha llevado al trono la abdicación de su hermano Eduardo, le aboca a ser reina muy joven y tomarse en serio el reinar en el imperio Británico que luego se convertiría en la Commonwealth.

El conflicto es tradicional y clásico en “The Crown” aunque no por ello menos potente. La primera columna vertebral de dicho conflicto en la historia de Isabel II como reina se crea con su propio marido Felipe, que se se siente un segundón, siempre el último, siempre detrás de su mujer. Esto se desvela y desarrolla con mano maestra por los guionistas, en la secuencia en la que Felipe debe renunciar a que sus hijos lleven su apellido en favor del de su esposa: Windsor. Y como grita Felipe a su mujer:

-¡Soy el único hombre en Inglaterra que no puede dar su apellido a sus hijos!

Felipe e Isabel se distancian cada vez más. Felipe no soporta su papel de segundón.

Pero otro conflicto claro entre Isabel y Felipe se basa en las infidelidades del duque de Edimburgo que se saldan con una frase lapidaria de Isabel II:

-En mi caso tú siempre has sido el único al que he querido y quiero. ¿Y tú?

Aquí es muy importante un detalle a la hora de dialogar en guion. La verdad se expresa a veces mucho mejor a través del silencio.

Felipe se queda callado cuando su mujer le hace la pregunta. Y tanto los espectadores como la reina nos enteramos de su respuesta.

El silencio es un buen método a la hora de reconocer verdades difíciles.

El conflicto con Margarita

El conflicto con Margarita es quizás uno de los más amargos para Isabel II porque se lleva bien con su hermana y tiene que traicionar su propia palabra sólo por el hecho de poner el deber y el servicio por encima de su familia.

Después de la guerra, Margarita se enamora del capitán Peter Townsend, que está casado. Es un romance prohibido por evidentes razones.

La mujer de Twonsend le abandona por otro hombre y este se divorcia de ella. Margarita y su amor planean casarse, pero la reina le pide a su hermana que espere al menos un año a que las cosas se calmen mientras mandan a Townsend fuera de Inglaterra. A continuación la reina le pide a su hermana que se casen en Escocia, en una iglesia pequeña, desde luego no puede ser en la abadía de Westminster.

Pero la reina además de ser reina es la jefa de la iglesia anglicana. Y cuando se cumple el plazo, la reina ordena a Margarita que no se case con Peter Townsend o perderá todos sus privilegios reales, su dinero.

Ese conflicto abre una brecha con su hermana para siempre.

El conflicto con Carlos

Carlos interpretado por Josh O’Connor es un desdichado, no es valiente ni muy físico, y no es el hijo que a su padre le hubiera gustado tener mientras que su madre lo ignora.

Carlos es un hombre sensible al que alejan de casa mandándole a un internado terrible en Escocia, Gordonstuon, donde también se ha criado su padre. El niño vive un auténtico infierno.

El actor Josh O’Connor interpreta a Carlos de Inglaterra.

Carlos nunca se debería haber casado con Diana, a estas alturas ya lo sabemos todos. Pero su madre le presionó para que “encontrara a la chica adecuada”, adecuada se traduce por virgen e inocente.

El resto es historia

Se que no soy la madre más intuitiva del mundo pero sé cuando un hijo mío no es feliz. Puede que ahora te sientas triste y albergues miles de dudas pero si sigues el ejemplo de tu bisabuela, se que al final te llegará la felicidad.

Isabel II a su hijo Carlos

Pero no, Carlos nunca es feliz.

Puedes ver “The Crown” en Netflix

El conflicto con Felipe de Edimburgo.

Si te ha gustado el post, compártelo. Te lo agradezco porque me ayudas mucho.

Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

“The Crown” no acaba aquí

“The Crown”, la serie que puedes ver en Netflix, no ha acabado. Aún faltan dos temporadas que abarcan la vida de Isabel II que ahora mismo se encuentra enferma, y algunos dicen, que al borde de la muerte. Todavía falta por contar la historia de los Windsor en el siglo XXI, y no sabemos si los guionistas van a tener la misma libertad y capacidad de riesgo que han tenido hasta ahora a la hora de escribir sus guiones porque nos acercamos a aguas cenagosas, con el escándalo del príncipe Andrés a la que una menor le había acusado de haber mantenido relaciones de sexuales con ella dentro del mundo de corrupción y trata que tenía Harry Epstein y las acusaciones de racismo de Harry hacia la familia real. Es la serie del año.

Pr cierto, aviso a navegantes: “The Crown” se acabará en su sexta temporada. Hay que recordar que es una de las series más caras de la historia de la ficción televisiva, con un presupuesto que asciende a 260 millones de dólares.

La quinta temporada está prevista que se estrene en noviembre de 2022, justo dentro de un año.

Una representación de una familia a la que no quiero pertenecer: Los Windsor, madre mía qué miedito.

Los Windsor en decadencia

Sólo el heredero, William, ha mantenido su integridad como relevo dentro de la familia real. El resto se ha visto salpicado por los escándalos o ha querido alejarse de los Windsor como si fueran una maldición bíblica como es el caso de Harry y Meghan.

La sombra de Diana es alargada desde que murió en un accidente de tráfico en París.

Por cierto me pregunta mi madre que es una fiel y ávida espectadora de The Crown: ¿tu ves a Meghan negra?

-Esa mujer no es negra.

-Mama, eso es muy políticamente incorrecto.

Pero mi madre es sobretodo políticamente incorrecta y muy inteligente, aunque su ironía me deje apabullada a veces.

En la llamada ritual de todos los domingos (mamá vive en Málaga y la menda en Madrid) mi madre se centra en las Femen:

-Que se vayan a Afganistan a gritar en una mezquita: quiero que coman la almeja.

-Mamá…

-Ah, no, a eso no se atreven.

Jugosa quinta temporada

Pero volvamos a “The Crown”. ¿Qué es lo que nos espera en las dos temporadas que nos quedan de la serie?

Pues hay tomate en la saga Windsor, la verdad.

En primer lugar, Olivia Coleman pasa el testigo a Imelda Staunton, una actriz que me chifla, así que estoy de enhorabuena.

Las tramas versarán sobre Lady Di que acababa la cuarta temporada dándose cuenta de que su matrimonio con Carlos no tenía ningun futuro. En la quinta temporada asistiremos al culebrón amoroso de Diana con Dodi Al-Fayed, y sus tensiones con la reina, así como su intento desesperado por escapar de una familia y un estilo de vida, que aborrece.

Naturalmente nos meteremos de lleno en la mayor crisis de la monarquía de los Winsdor: la muerte de Diana y la desafección de la reina ante la tragedia.

La serie del año

Oliver Dowden, el Secretario de Cultura británico, obligó a Netflix que pusiera un aviso al principio de cada capítulo de la cuarta temporada asegurando que “The crown” se trataba de ficción, no de realidad. Aunque ha sido precisamente la cuarta temporada de la serie que trata los graves problemas de bulimia y depresión de Diana, y la crónica de un matrimonio que nació muerto, el de Lady Di con el heredero al trono, la que me ha parecido más realista.

Harry es el nieto que le ha salido rana a Isabel II.

Sin embargo, Harry ha metido cuchara en la serie y ha opinado sobre ella diciendo que “representa bien la presión de poner el deber y el servicio por encima de todo lo demás”.

Seguro que a su abuela le ha encantado la perla de su nieto-rana.

Puedes ver “The Crown” en Netflix.

La serie del año.

Si te ha gustado el post, compártelo. Te lo agradezco porque me ayudas mucho.

Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.