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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 58

El asesinato más estremecedor de Atapuerca

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más estremecedor de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 58

En la sala de reuniones olía a sudor y orines, a grasa de hamburguesa, a comida china, a gases mefíticos, a humanidad. Una gran mesa de cristal con los bordes mellados que había conocido tiempos mejores. Sillas a ambos lados.

Por la ventana empañada por regueros de lluvia sucia se veían las agujas caladas con influencia germánica de la catedral, obra de Juan de Colonia.

En las sillas pegadas a la pared gris claro estaban sentados Jiménez y Ruscalleda. Ambos tenían la mandíbula tensa, pero aparentaban la relajación propia de los impostores de nacimiento, como si estuvieran en una situación favorable y Luisa fuera la culpable y no ellos.

La inspectora Baeza supo que Jiménez no iba a admitir que había metido la pata hasta el fondo.

—Como sabes, se ha descartado a Max Rey como sospechoso.

—Mi informe pericial era correcto, lo hice con el máximo rigor científico. Descartar a Max Rey es un error.

«Soplapollas fantasma». A ella le molestó su tonillo autoritario de tenor, su exhibición de resoplidos de suficiencia y muecas de desprecio. Le pagaban por eso. Luisa se murió de ganas de levantarse y pegarle un puñetazo con todas sus ganas en toda la nariz. ¡Zasca! Luisa se murió de ganas de ver a Jiménez sangrar como un cerdo delante de ella.

—Señor Jiménez, las cámaras de seguridad han descartado a Max como sospechoso. Es imposible que él lo hiciera. ¿Sigue creyendo usted que su informe pericial era correcto? —preguntó Aduriz con cara de monje atormentado.

Luisa captó una risa en el fondo de su pregunta. Una perversa satisfacción aleteó dentro de Luisa. Contaba con un inesperado y útil aliado. Ella, que siempre se había sentido sola. «Gracias, Aduriz, por no ser un pelota ni un reptil servil».

Jiménez se pellizcó el mentón con el dedo índice y el pulgar de su mano derecha.

Luisa se tensó con una rabia incrédula. No podía ser verdad. Ese capullo se había equivocado en el peritaje de la mordedura de la víctima. Menuda cagada. Era un desastre. Jiménez era más falso que un duro sevillano. Y luego los políticos se colgaban medallas bramando que teníamos la mejor Policía Científica del mundo cuando habíamos quedado como cocheros después de que la perito 161 dijese que los huesos de Ruth y José, los niños de Córdoba asesinados por su padre, José Bretón, eran de animales. Se había necesitado del peritaje de Etxeberría para certificar que eran humanos.

¿Y si ahora ella hacía lo mismo?, ¿y si pedía una asesoría externa?, ¿a quién?, ¿y cuánto dinero iba a costar?

—No me puedo creer que digas eso. ¿Cómo puedes decir que tu dictamen tiene rigor científico? ¡Y yo soy la Virgen de Lourdes! Menuda jeta tienes.

—Luisa, cálmate.

—Tuve mucha presión y mucha falta de medios —farfulló Jiménez.

Un brillo feroz le cubrió la mirada.

—¡Eso no es verdad!

Luisa estaba fuera de sí. Había causado un daño profundo a Max Rey. Era muy grave lo que había pasado. Y ella había sido la ejecutora. Echó un vistazo a Aduriz, que miraba al suelo emanando un olor a vergüenza.

—Hay que hablar con Gaicano, poner a Max en libertad.

—Controlar a la prensa.

—La prensa es incontrolable.

—Pedir perdón.

—¿Por qué iba a pedir perdón?

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“Los crímenes de atapuerca”. Capítulo 57

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 57

Cuando la inspectora Baeza y el subinspector Aduriz entran en el laboratorio de la Policía Científica flota un olor a formaldehído.

Luisa habla con la técnica de la Científica que analiza el fragmento de papel encontrado dentro de la nariz de la víctima.

—Es un papel japonés extraño —dice la técnica, pasándole al minúsculo papel el microscopio de barrido.

—¿Para qué se utiliza? —pregunta Luisa.

—Para muchas cosas —responde la técnica de análisis de pruebas—. Además, he encontrado algo en el papel, estaba impregnado de un fluido.

—¿Qué fluido? —pregunta Luisa.

—Una solución consolidante.

—¿Como la que se utiliza en Atapuerca para endurecer los huesos fósiles antes de extraerlos en la excavación? —pregunta Luisa.

La técnica asiente.

–Y hay algo más, mira —añade.

Luisa observa por el microscopio y se fija en los números escritos en el papel: «5423567».

De vuelta a la comisaría, el día normal de la inspectora Baeza de repente se convierte en un día de mierda.

—Joder, no.

Luisa da un puñetazo sobre la mesa. Está revisando la grabación de la cámara de seguridad instalada en un cajero del Banco Santander que está situado enfrente de la residencia Gil de Siloé.

—¿Qué pasa? —pregunta Aduriz.

Luisa da la vuelta a la pantalla de su ordenador.

—Las dos y media de la tarde.

Max entra en el Gil de Siloé. Vuelve a salir a las ocho de la noche. La cámara capta su figura alta y pesada enfundada en su camisa caqui, pantalones cortos, botas de caña alta y un chaleco de fotógrafo, su cabeza cana coronada por su inconfundible sombrero salacot.

Aduriz oyó el redoble de los latidos de su corazón.

—¿Es la única salida?

—Sí.

—Cagada.

—Cagada.

—¿Pero el informe de Jiménez?

—¡Se ha equivocado el muy cabrito! ¡Sinaloa nos ha mentido! Max no podía estar en Atapuerca a las tres.

—Nos van a freír los periodistas.

—Bienvenido a mi pesadilla.

—Luisa, el comisario quiere verte.

—¿Para qué?

—¿Susto o muerte? —pregunta la secretaria de Ruscalleda, una rubia alta de pechos turgentes que se parece a Jessica Rabbit. El comisario seguro que la ha contratado por su acerada inteligencia.

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El caso más escalofriante de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 54

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El suspense más estremecedor en Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 54

Aduriz sabía que no tenía que haber participado en ese interrogatorio a Max porque estaba fuera de sí y no había dormido durante las últimas noches discutiendo, feroz, en su cabeza con su sospechoso. «Txakurra, ¿quién es ahora el txakurra, eh, asesino? Has matado como un perro a una niña. Tú no eres humano, cretino de mierda».

Ángela le había notado muy estresado. No la tocaba ni le hacía ningún caso, consumido como una pavesa con el caso de Miriam Sinaloa, obsesionado como un demente. No lo conocía. Él era un hombre tranquilo. Pero cuando le entraba la angustia, se pasaba dos días sin hablar, royéndose la cabeza. Era mejor dejarlo. Ángela cada vez se sentía más sola y más desamparada con la criatura creciendo en su interior, inquieta por la perspectiva del parto, imaginándose pariendo a solas porque Miguel Ángel no estaría con ella, estaría abismado en su caso, en la calle, en la unidad, en cualquier parte excepto con ella.

Él había perdido la perspectiva. Estaba cegado por la ira y la frustración. El desprecio de Max le escocía. Le daba vueltas una y otra vez a lo que le había dicho. Era mejor dejar a Max a Baeza. Pero no. Le tenía ganas. Unas ganas furiosas que le picaban por todo el cuerpo como un ejército de hormigas rojas mordiéndole bajo la piel.

El día en el que Aduriz perdió los nervios con el detenido fue un día normal. Amaneció despejado, se levantó a las seis, se preparó el desayuno en la cocina a oscuras, muesli Alpen y té verde, se duchó, se vistió pulcro y sencillo, pantalones chinos y camisa blanca. La rutina se impuso monótona y acompasada.

Pero todo cambió a las doce de la mañana. Supo que algo pasaba porque Luisa Baeza se quedó muy seria, como si se hubiera tragado un fantasma. El corazón le brincó en el pecho. Sufrió como un adolescente desengañado al darse cuenta de que ella sabía algo que no quería compartir con él. Pero su mente se equivocó.

Luisa se levantó y atravesó la unidad en dirección a su mesa. Le alargó un puñado de folios aún calientes de la impresora. El informe forense de Jiménez. Notó una espesa inquietud en el estómago.

Aduriz sintió una tensión embriagadora en su cerebro previa al estallido de cólera, el desahogo gozoso de toneladas de tensión y cabreo que tenía acumuladas contra Max. Él era un hombre tranquilo hasta que dejaba de serlo. Entonces una subpersonalidad de dolor emergía de su zona oscura.

En la sala de interrogatorios, Max estaba sentado y esposado frente a la mesa vacía.

—¿Qué hace usted aquí?

—Me parece que yo le podría preguntar lo mismo.

—No quiero hablar contigo.

—No está en condiciones de exigir nada, señor Rey.

—¿Me va a enterrar en cal, señor Aduriz?

—No sea absurdo.

Un silencio tensó el ambiente. Luisa apretó los puños. Si Aduriz acorralaba a Max, no iba a conseguir nada.

—¿Por qué no deja de mentir?

—Me temo que no le entiendo.

—Deja tu chulería…

—Miguel Ángel, calma.

—Para tu público.

—Vaya, tiene corazón, subinspector. Ya lo dudaba.

—Te hemos pillado.

—¿Disculpe?

—Fuiste tú quien mató a Miriam. Fuiste tú quien le machacó el cráneo. Y la mordiste.

—Eso supone una gran imaginación.

—¡Cállate, cállate, el informe forense lo acredita!

—No. No es así.

—Tus dientes coinciden con la mordedura que tenía Miriam.

Una satisfacción oscura se agitó inquieta en sus tripas.

—Hijo de puta. Venga, continúa con tu numerito de salón para la platea.

La sonrisa socarrona estampada en la cara de Max se esfumó.

—Eso es imposible.

—Es ciencia. Su religión.

—No es ciencia. Su basura.

—El odontólogo forense dice que coinciden.

—Es así, Max. Me parece que no hay salida. Es mejor que confieses. Te puede ayudar de cara al juicio.

—¿Estáis de puta coña? Eso lo que os enseñan en la academia, a putear mentes de inocentes.

—¡Culpable! —gritó Aduriz fuera de sí, los ojos desorbitados, las cuencas hundidas, ojeras terribles, cara de desquiciado insomne. Tiró sobre la mesa una copia del informe de Jiménez a Max, quien la cogió y, con cara de pavor helado, leyó como si se le derrumbara el cielo sobre su cabeza.

Luisa negó con la cabeza. Tenía ganas de llorar. La decepción y el horror se mezclaron hasta formar una pasta tensa en su pecho. No. Max. No, no.

—¿Quién es ahora el txakurra?, ¡¿quién?! —Miguel Ángel cogió a Max de las solapas de la chaqueta y lo empujó hacia atrás con un desprecio infinito. Max trastabilló. Cayó al suelo como un peso muerto. La sangre le manó empapándole la sien derecha.

—Me avergüenzo de ti.

—Aduriz, por Dios. ¡Ya está bien!

Aduriz bajó la cabeza, avergonzado.

—Sal de aquí. ¡Ya!

Luisa ayudó a Max a incorporarse del suelo. Le temblaba todo el cuerpo. Un terror pegajoso se apoderó de él. Se vino abajo y lloró como un niño recién nacido. Luisa apartó la mirada, pudorosa, incapaz de presenciar la escena.

—Espera, que te llevo a la enfermería.

—¡No le trates como si fuera tu padre! —gritó Aduriz desde el desolado pasillo.

—¡Contrólate!

Esa noche Aduriz durmió mal, atormentado por su mala conciencia. Se despertó a las tres de la mañana empapado en sudor, invadido por una náusea inmensa. Creyó que se iba a morir. Se levantó de la cama y fue al baño para vomitar. Se arrodilló frente al váter como si estuviera frente a un confesionario. Fuertes arcadas le subieron por la garganta. Pero solo echó bilis. Se sentó, envuelto por el desamparo de su soledad, sobre las frías baldosas azul turquesa del baño.

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El suspense más estremecedor en Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 8

Sinopsis

Queridas amigas: comparto con vosotras el capítulo 8 de mi novela “Los crímenes de Atapuerca”. Os recuerdo la historia. El crimen más escalofriante de Atapuerca.

A Míriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 8

Carla, angustiada, corre hacia Cueva Mayor, se acerca a la puerta enrejada de Portalón, que está precintada por un cordón policial. El juez de guardia levanta el cadáver acompañado de la secretaria judicial, que toma notas en un bloc.

Es noche cerrada. La una de la mañana. Carla siente que le vacían las entrañas cuando ve a dos agentes que salen de Cueva Mayor portando el cadáver de Miriam metido en una bolsa funeraria negra, reposando sobre una tabla espinal.

—Hija mía, hija mía, aquí estoy, hija mía —aúlla Carla.

Ese aullido animal. Luisa solo lo ha oído dos veces. Cuando le dijo a aquel hombre que su niña había aparecido asesinada en aquel pozo cerca de Castro Urdiales después de que una vidente le hubiera convencido de que su hija de cuatro años estaba sana y salva, y a sí misma cuando volvió a la cueva de Rota y Toni, su hermano, había desaparecido con el monstruo.

Carla vuelve a aullar. No es agradable escuchar ese aullido de mamífera más allá de la desesperación. Ha perdido a su cría. La pesadilla empieza. No va a acabar nunca. Nada de lo que le diga Luisa va a poder consolar a esa madre. Lo sabe porque Luisa ha estado en ese lugar que está más cerca de la muerte que de la vida.

Un solo segundo te puede cambiar la vida para siempre.

Luisa coge a Carla del brazo y la retiene mientras le dice que no se acerque. Una mano invisible presiona el corazón a Luisa, que ahora se acuerda de Toni, su hermano. Siente que dentro de ella se desencadena una tormenta helada, llena de viento y nieve y desesperación.

Toni está a su lado. Tiene seis años como cuando desapareció.

—¿Por qué no volviste a buscarme, Luisa? Te esperé, te esperé. Pero no viniste —dice el niño.

La angustia cierra la garganta a Luisa.

—Me ha matado a mi hija. Hijo de puta, me ha matado a mi hija —grita Carla.

Desde una distancia de dos metros, Jesús Sinaloa mira cómo Quique, su hermano y padre de Miriam, abraza a su mujer.

Jesús arranca a andar por la cuesta embarrada fuera de Cueva Mayor y se seca las lágrimas que arrasan su cara con las mangas de su jersey.

Los dos agentes trasladan el cadáver al coche funerario. Otro agente abre la puerta trasera. Los policías meten dentro el cadáver de Miriam.

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Un viaje increíble a Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”.Capítulo 7

Sinopsis

Queridas lectoras: comparto con vosotras el capítulo 7 de mi novela «Los crímenes de Atapuerca». Trata de un crimen estremecedor. Os recuerdo la historia:

A Míriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 7

Una hora después, en una habitación del hotel NH de Burgos, Jesús Sinaloa y Carla Veiga, su cuñada, yacen en la cama en actitud cómplice tras hacer el amor. Se miran a los ojos y se acarician. Se abrazan y se ríen entre las sábanas.

Se han abierto el uno al otro. Se han buscado. Se han amado en silencio secreto como llevan haciendo desde hace años.

Por las ventanas se cuelan las agujas de la fachada de la catedral, el cimborrio del crucero —gótico flamígero—, que dan su carácter especial a la basílica Metropolitana de Santa María. Las torretas se elevan a un cielo muy azul y luminoso.

—Eres preciosa —dice Jesús.

Carla se ríe. Ronronea como una gata encima del cuerpo caliente de Jesús. Cuando ha eyaculado minutos antes —estaban haciendo el 69 y han parado para acoplarse uno dentro del otro—, su semen dorado ha formado una parábola perfecta que ha salpicado la pared. Carla se ha sentido en éxtasis. Está muy enamorada de Jesús. Sacrificaría toda su comodidad burguesa, su buen matrimonio, por este amor loco y sin esperanza. Sin embargo, no abandona a Quique.

Carla se lleva bien con Quique, su marido y hermano de Jesús, se acaban de comprar una nueva casa juntos, tienen una hija adolescente a la que quieren con locura, Miriam, y un hijo de diez años, Lucas, al que quieren aún más. En este momento, ella está dispuesta a arriesgarlo todo por vivir esta alegría, esta felicidad que siente. Cuando salga del hotel, se le pasará.

—Miriam no opina lo mismo. Dice que dos de las grandes bromas de la humanidad son que Trump haya ganado las lecciones y que yo diga que voy al gimnasio.

—Los adolescentes son crueles por naturaleza. Creen que nunca van a ser viejos —dice Jesús.

Jesús abraza a Carla y la besa con pasión.

Carla siente que se abre dentro de su pecho un agujero volcánico que rezuma lava, embriaguez amorosa, locura de gozo, plenitud jubilosa. Su nuca se ancla a esa sensación que no quiere perder. Acumula demasiadas mañanas aburridas, deprimidas, sin ganas de levantarse de la cama que Carla asocia a su matrimonio cómodo y vacío, mediocre, a su adaptación a una vida fácil y mecánica como profesora de Literatura en el instituto Manuel Machado.

El éxtasis amenaza con estallar en su pecho. Promete placer a medida que nota las caricias de Jesús, que recorren su espalda y bajan hacia su vientre, hacia su clítoris. Abajo y arriba, vuelta a empezar. La anticipación del clímax vacía la cabeza de oxígeno y preocupaciones a Carla.

—Me encanta.

—Ya me he recuperado.

Horas después pensará de forma obsesiva que, mientras ella estaba haciendo el amor con Jesús, su hija de dieciséis años yacía muerta con la cabeza reventada a martillazos dentro de la Sima de los Huesos. Pero ahora no. Ahora Carla es feliz. Aún no sabe la noticia y no intuye ni huele el dolor que la espera.

La iglesia San Martín de Atapuerca.

Después de hacer el amor por segunda vez, Carla y Jesús se abrazan. Carla se medio duerme entre los brazos de su amante. Es la hora de comer, cuando Jesús puede escaparse de su trabajo en Atapuerca y ella de corregir trabajos sobre Anna Karenina . No, no se le escapa la ironía respecto al paralelismo con su propia vida al haber elegido la novela de Tolstói. Muchos de los análisis críticos de sus alumnos están copiados de Internet, del Rincón del Vago, de foros y chats. Muy pocos de los chicos se han leído la novela de Tolstói, la mejor novela de la historia según Carla. Puede oler el heno en esta habitación cuando Lievin siega en su finca, también siente el enamoramiento de Anna por Vronsky, porque es el suyo, y horas más tarde experimentará su alienación, su desconexión de la gente, su ausencia de vida cuando Anna se tira a las vías del tren. Carla también querrá suicidarse tras la muerte de su hija y saldrá a la terraza de su casa y mirará hacia la calle, dominada por el ansia de escapar del sufrimiento y reunirse con Miriam en el más allá. Su niña. Querrá sentir el dolor que sintió su hija.

Pero todavía no ha llegado ese momento. Ahora Jesús y Carla se arrullan con una ternura despreocupada en su cama de hotel, sábanas frescas y blancas que una mujer anónima e invisible se ocupa de lavar, planchar, cambiar y estirar cada mañana.

—Me tengo que ir —dice Jesús de repente.

Carla nota que antes él estaba abierto y ahora está cerrado. Absorbe su olor y siente el hambre de la separación.

—Quédate —ronronea Carla.

—Tengo prisa. Muchas cosas que hacer.

—Tú mismo —dice ella mientras mira una extraña mancha de humedad en el techo, que para ella podría representar la imperfección de la vida, la frustración del amor cuando es demasiado intenso y los amantes no lo pueden contener.

—Esto no puede ser, no puede ser. No podemos recuperar el pasado —dice Jesús.

—Al menos vístete para decirme eso —dice Carla. Una llama de enfado cerca su corazón.

Jesús se incorpora. Se sienta en la cama para ponerse los calzoncillos y los pantalones. Cara enjuta, cabeza romana, nariz patricia, frente despejada, cuerpo delgado y escuchimizado, pero pecho muy buen formado, propio de un atleta. Le encanta correr maratones. Y más aún correr campo a través en la sierra de Atapuerca.

—Jesús, fuiste tú, fui yo, los dos lo estropeamos todo. Pero no todo está perdido.

—Para mí sí, yo ya no siento lo mismo.

Un estallido de dolor en el pecho. Cómo le duele a ella que él diga eso. En ese momento lo odia. Pero sabe que Jesús lo dice para castigarla. ¿Será capaz de dejarlo? Ahora tiene ganas de abandonarlo.

—Pero te acuestas conmigo.

—Sí. Pero es la última vez.

Carla asiente con un cansado gesto de cabeza. Jesús siempre dice lo mismo, pero luego siempre la busca y vuelve a ella.

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Un crimen estremecedor.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 6

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Un crimen espeluznante.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 6

Jesús Sinaloa guía la visita por la excavación de Cueva Mayor a los estudiantes del instituto Manuel Machado. Los adolescentes recorren la superficie rocosa húmeda, resbaladiza, y echan un vistazo a la bocana ancha, oscura y telúrica de la Sima de los Huesos. De allí Sinaloa y su equipo sacaron a mano toneladas de sedimento profanadas por bandidos y arqueólogos aficionados desde el siglo xviii hasta que consiguieron alcanzar los niveles de excavación. En la Sima no encontraron fósiles de herbívoros ni herramientas líticas. Pero sí más de doscientos osos, Ursus deningeri, amontonados dentro de la cavidad. También descubrieron leones, lobos, zorros, linces, garduñas y comadrejas.

Las paredes de la cueva están cubiertas de andamios para poder excavar en los niveles superiores.

Jesús cuenta a los alumnos que la acumulación de fósiles humanos del Pleistoceno Medio en la Sima es la más importante del mundo.

—Y también aquí se encontró al primer hombre asesinado de la historia. Hallamos un cráneo de hace 430 000 años con grandes agujeros en la frente —dice Jesús.

—¿Qué había pasado? —pregunta Max Rey, que aparece en la puerta de Cueva Mayor. Con su gran altura, bigote rotundo cano, aire enjuto y orgulloso, su salacot calado sobre su poderosa cabeza, siempre impresiona la primera vez que lo ves.

Max mira a Miriam. Esta le sostiene la mirada y esboza una sonrisa que derrocha encanto.

Cruz de Atapuerca en el Camino de Santiago.

—Chicos, os presento a Max Rey, el jefe de todo esto —dice Jesús con cierta sorna mal disimulada.

—Lo dice para hacerme la pelota. Pero no vas a quedarte con la Dolina por ello y la Liga la ha ganado el Barça —responde Max.

Los adolescentes se ríen, excitados.

—¿Qué tal estás? —dice Jesús.

—Fenomenal. —Max le escruta con los ojos amusgados—. A mí me sacan de aquí con los pies por delante —dice mientras se levanta el salacot.

Jesús lo ignora y prosigue con su historia.

—Es un misterio. El cráneo lo descubrimos a quince metros de profundidad. Es el cráneo número 17.

Un neandertal primitivo asesta con una piedra un golpe mortal en la cabeza de otro, que cae abatido al suelo. Luego el asesino tira el cadáver al agujero negro y profundo de la Sima de los Huesos.

—Hay pruebas forenses de que lo mataron —dice Jesús—. Lo que le convierte en uno de los primeros casos de asesinato documentados de la historia —añade—. Recogimos cincuenta y dos fragmentos de hueso. Descubrimos que el cráneo tenía dos lesiones mortales que penetraron en el hueso frontal, justo encima del ojo izquierdo del muerto.

—¿Seguro que no fue un accidente o una caída? —pregunta Max.

Jesús Sinaloa responde que los golpes se los dieron de arriba hacia abajo, lo cual confirma que fue un asesinato.

Max reposa otra vez su mirada sobre Miriam. La adolescente lo mira, desafiante y halagada. Por fin baja la mirada y sonríe.

Una hora después, Maite, la madre de Luisa Baeza, da vueltas alrededor del bar Los Geranios. El aparcamiento está iluminado bajo las iridiscentes nubes. Paredes encaladas y desconchadas, goteras, escombros, basura y ruina, un sitio que ha conocido tiempos mejores. Luisa llega con su coche, aparca, mira a su madre esperándola fuera. Se toma su tiempo antes de salir. Suspira, agotada.

Por fin sale. Su madre y Luisa ni se abrazan ni se besan. Se miran como dos felinos a la expectativa. La mirada a la defensiva de Luisa escruta a su madre. Se fija en sus manos, que tiemblan. Su madre se da cuenta de que su hija la mira. Esconde sus manos detrás de la espalda.

—¿Qué tal estás? —pregunta Luisa.

—Mejor que nunca —responde Maite.

—No es eso lo que me cuenta Mar —dice Luisa.

—Tu hermana es una exagerada que se ahoga en un vaso de agua —dice su madre—. Si me incendiaran la casa, yo también sería una drama queen —espeta Luisa, cansada ya de su madre, y acaba de verla.

—De eso no hay peligro porque yo nunca viviría en tu casa —dice Maite.

—Eso me alivia, madre —responde Luisa.

Un silencio tenso se remansa entre madre e hija.

—¿Vas a vivir sola en ese piso? —pregunta por fin Luisa a su madre.

Primer asalto. La dinámica de su relación disfuncional que se repite en bucle. No se quieren. Siempre las mismas pullas, los mismos reproches.

—Por supuesto que sí. A lo mejor me cojo a un chulazo y me gasto la herencia de tu padre —dice Maite.

—Mi padre no dejó herencia, pero sigue con tu ego en plan Blanche Dubois —dice Luisa.

—¿No sabes que quieren construir aquí un hotel?

—Creía que Atapuerca era patrimonio de la humanidad.

—Poderoso caballero es don dinero.

—Siempre ha sido así.

—Mira que eres cruel, ¿qué te he hecho? —dice su madre.

 —Nada. Yo soy así por naturaleza: cruel —dice Luisa.

—Te has quedado sola, Tomás ya no pudo más, ¿eh? —dice Maite.

Golpe en estómago. Malestar que le oprime el pecho como una lápida.

—Eso no te importa —dice Luisa, tensa.

Voy a estrangular a Mar. Bocachancla.

—Y a ti sí te importa cómo tengo que vivir mi vida —sentencia Maite.

Un silencio incómodo flota en el ambiente.

—Te morirás sola, Luisa, te encontrarán quince días después de muerta porque un vecino se quejará del mal olor —dice Maite.

—No te olvides de los pastores alemanes husmeando, madre. ¿Por eso me has llamado? —pregunta Luisa.

De repente, todo cambia. Su madre se va, angustiada, coge el móvil para llamar a un taxi. Tropieza, se cae, se tuerce el tobillo y se pone a llorar, vulnerable como una niña. Luisa se acerca y la ayuda.

—Mamá, ¿te has hecho daño? Perdona, mamá, no quería ponerme así. —La niña culpable que Luisa lleva dentro aflora de repente.

El bolso de su madre despanzurrado sobre la grava. La madre alarga una mano para recogerlo. Luisa coge antes que ella el bolso y se lo alcanza. De repente, Luisa mira unos papeles caídos sobre la grava y se da cuenta de algo. Mira a su madre.

—¿Qué es esto? —pregunta Luisa hojeando los papeles—. ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Quieres que renuncie a mi herencia? ¡Ja, ja, ja!

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Un crimen espeluznante.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 4

Sinopsis

Queridas lectoras: comparto con vosotras el capítulo cuatro de mi novela “Los crímenes de Atapuerca”.

A Míriam Sinaloa, una estudiante de dieciséis años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 4

1 junio de 2019. Quince días antes del asesinato. Burgos

La mañana en la que Max Rey nos convocó a su despacho, yo tenía una resaca espantosa. No me acordaba de nada de lo que había pasado la noche anterior en la fiesta. Solo tenía un puñado de estados de ánimo: ansiedad, vergüenza, culpa y la sensación ominosa de tener que guardar un secreto: mi infidelidad a Andrea, mi novia. No ha pasado. Si no piensas en ello, no ha pasado.

Andrea y yo acudimos a la cita con Max como dos conspiradoras. Salimos de nuestra habitación de la residencia de estudiantes Gil de Siloé con el sigilo de dos gatas. Atravesamos los pasillos de baldosas jaspeadas de piedras grises y marrones que olían a calcetines sucios, pizza revenida y jabón de fregar, un olor que me recordaba al colegio, donde había sido muy infeliz. La mala conciencia me atormentaba.

De camino al despacho de Max, nos cruzamos con Ricardo Díez, quien, con cara de malicia y una sombra de avidez lujuriosa que se posó en sus pequeños y mezquinos ojos, me preguntó:

—¿A dónde vas, Lara?

—A la cantina —improvisé sin aflojar el paso, con Andrea tirándome de la manga de la camiseta, impaciente ya por que nos despegáramos de Ricardo, quien le caía como una patada en el estómago.

Pero Ricardo se pegó a nosotras como una sanguijuela. Se acompasó a nuestro paso sin hacer caso del rechazo que irradiábamos.

—¿Ahora? —Ricardo fingió sorpresa.

—¿Qué tal anoche? —dije yo en un desesperado intento de cambiar de conversación, con Andrea poniendo mala cara y sacando la lengua como si vomitara, sin importarle que Ricardo la viera. No le importaba quedar bien. La independencia era una de sus mejores virtudes.

—Yo acabé fatal. Estoy superperjudicado. Me sobraron los últimos chupitos, esos jodidos cerebritos —dijo Ricardo sin aliento.

Andrea aceleró el paso. Odiaba a Ricardo, un pelota máximo, un lobo con piel de cordero, duro con los débiles y débil con los duros. Blando por fuera, despiadado por dentro.

Ricardo Díez era un experto en preparar los cerebritos que remataban la fiesta los sábados por la noche en el Gil de Siloé. Si eras lo suficientemente incauta como yo para seguirlo en su farra, los malditos cerebritos te cocían el cerebro con su alcohol eléctrico. El resultado era una jaqueca azul fosforescente que cabrilleaba en el horizonte más inmediato de las circunvoluciones de mi cerebro.

No había cumplido lo que me había prometido a mí misma. No me había escapado de la fiesta para ir a buscar a Andrea a su habitación monacal, donde ella estudiaba por la noche, tal y como había planeado cuando empezó la juerga. En contra de mi buen juicio, había permanecido en la celebración en la cancha de baloncesto mágica y sudorosa del Gil de Siloé, con Max cantando desde la cima de la barra al lado de la nevera de Coca-Cola Its Only Rock and Roll and I Like it mientras bebía sin parar whisky con agua y hablaba con Germán, con el que acabaría en la cama, borracha. No puedes beber así.

Saturada por la culpa, preocupadísima por que Andrea pudiera darse cuenta de que anoche le había sido infiel, aparté ese recuerdo de mi memoria. Pero la ansiedad me atormentó, me aplastó, me asfixió, me escaldó y no me dejó vivir.

Dos horas antes me he duchado en la habitación de Germán, desesperada y hecha polvo, con las piernas temblando por el agotamiento de la resaca, oliendo a sexo y a mala conciencia, dominada por el ansia de borrar el más mínimo rastro de la noche anterior.

La angustia posalcohólica me hizo pedir a Dios ser buena. Solo quería ser una buena persona. Solo quería ser decente. Sabía que era el dolor que tenía acumulado dentro de mí el que me hacía beber de esa manera desquiciada y hacer cosas horribles que no quería hacer. Arrepentida, prometí compensar a Andrea, a quien quería de verdad. Es la chica de la que estoy enamorada hasta las trancas.

—A mí también me duele la cabeza —dije mientras fijaba la vista en mis zapatillas New Balance negras.

Andrea puso los ojos en blanco y miró al techo.

—¿A qué hora acabaste?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 1

SINOPSIS

A Miriam Sinaloa, una estudiante de dieciséis años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de La Sima de los huesos. La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención. El crimen más oculto de Atapuerca.

CAPÍTULO 1

Andrea y yo nos ponemos los monos rojos manchados de arcilla, los arneses, los cascos de mineros con luz frontal, cogemos las linternas, nos subimos las cremalleras, nos ajustamos las cámaras Gopro en el casco antes de sumergirnos en el laberinto oscuro y frío de la Sima de los Huesos que tiene forma de calcetín.

La única investigación que importa en la vida es la de averiguar quiénes somos. Esa frase parpadea en la pantalla de la mente de Andrea ante de abismarse en el tobogán negro de la Sima de los Huesos. Baja por la escala anclada a la bocana que se balancea inestable.

Andrea es la nieta de Max Rey, codirector del proyecto Atapuerca y máximo responsable de la excavación en La Gran Dolina. Todo el mundo decía en Atapuerca que Max la dejaba bajar a la Sima sin control porque era una enchufada. Pero Andrea, que fue testigo del asesinato de su madre a los cuatro años de edad, ha soportado demasiado sufrimiento en la vida como para que le afecte a su serotonina las pullas de algunos. Su infancia es su caja negra. Sin embargo si sobrevives a los fantasmas del pasado, te haces fuerte porque ya no te importa lo que te pase.    

Yo la miro con cara de preocupación. He aceptado bajar con Andrea a la Sima de los Huesos porque quiero vigilarla. La última vez que descendió sola a excavar estuvo tanto tiempo en el agujero que se quedó sin oxígeno. Max tuvo que llamar al 112, que la salvó in extremis después de que entrara en parada cardiorrespiratoria.  

La excavación se divide en cuadrículas. El trabajo se aborda excavando en los estratos que corresponden a un fragmento de tiempo de la Prehistoria.

 

Es el yacimiento funerario más antiguo del mundo. Allí se encontró un fósil de 430.000 años de antigüedad, el famoso cráneo número cinco, también conocido como Miguelón, Homo heidelberguensis o neandertal primitivo -todavía hay polémica- conservado gracias a las increíbles condiciones de temperatura y humedad de la excavación.  

La Sima de los Huesos alberga la colección de fósiles humanos más completa de la era del Pleistoceno Medio. Se han encontrado 50 esqueletos completos de homínidos. Se ha logrado descifrar ADN humano en fósiles de hace medio millón de años. Hay muy pocos yacimientos donde se conserve ADN tan antiguo como no sea bajo el hielo. La Sima es única. No hay otro sitio donde se pueda extraer ADN mitocondrial tan antiguo.

Del techo de caliza cuelga la única planta que hay, al lado del termómetro. La temperatura se mantiene en diez grados. Estamos a treinta metros de profundidad. La concentración de oxígeno es muy baja. Movernos nos cuesta mucho esfuerzo a Andrea y a mí. 

Sierra de la Demanda en verano.

Unos huesos sobresalen como estacas grotescas del suelo de barro.

-Son fósiles de oso-dice Andrea-Los humanos están abajo-añade y se vuelve hacia mí, con esa sonrisa aniñada que me llena el pecho de emoción.

Los sedimentos han bajado hacia la base de la sima, una profunda hendidura de catorce metros de profundidad. Un puré de barro del que emergen huesos humanos que se fosilizaron hace medio millón de años.

-Me da miedo mirarlos por si se deshacen-digo.

-Ja, ja, ja-se ríe Andrea. La alegría burbujea en mis venas por haberla hecho reír.

Cada doce meses quitamos sólo veinte centímetros de barro. Es un trabajo paciente y desesperante.

-¿Qué hay?-pregunto.

-De todo-contesta Andrea-. Costillas, vértebras, cráneos, huesos de manos y pies, huesos de brazos y piernas.

Media hora antes Andrea y yo hemos estado en la Sala de los Cíclopes. El silencio era absoluto y sobrecogedor. Oía cómo caía una gota de agua al suelo con un eco que reverberaba en el túnel a oscuras. Andrea enfocó con su linterna. Era un fascinante sepulcro de calma sellada al vacío. El techo se encontraba a veinte metros de nuestras cabezas. Me invadió un gigantesco alivio por estar en un espacio más grande antes de meterme en el agujero.

Ahora, ya dentro de las entrañas de La Sima, nos adentramos en un cementerio de primitivos neandertales. Jesús Sinaloa, codirector de Atapuerca, se equivocó. Los homínidos que están enterrados aquí no encajan en la especie africana Homo heidelberguensis como él dijo años atrás.

Andrea y yo nos arrastramos por la tortuosa base de la Sima que tiene una altura de un metro cuadrado. Apenas caben cinco personas dentro. 13 grados centígrados de temperatura. 95 por ciento de humedad. Oxígeno al límite. El suelo es limoso, un barro de arcilla que se pega a los monos. La pared de roca kárstica aplasta nuestras caras. Me fijo en las manchas de color marfil en las paredes. Atisbo unas grandes piedras encima. Si la Tierra temblara, se desprenderían y nos aplastarían. La sensación de claustrofobia se puede tocar con las manos dentro de la Capilla Sixtina de la evolución humana.

La Sima de los Huesos es uno de los tres yacimientos que componen Portalón de Cueva Mayor. Los otros dos son La Galería de los Cíclopes y la Galería de las Estatuas. A Andrea sólo le interesa bajar a la Sima de los Huesos donde el año pasado desenterró los restos del cráneo 16, al que llamó Ana, por la chica de la que estaba enamorada y que acababa de morir por hipoxia mientras trabajaba dentro del gran túnel funerario.

La muerte de Ana sumió a Andrea en una depresión de la que aún no se ha recuperado del todo.

Durante esta campaña de 2019 el objetivo es excavar en la zona de paso entre la rampa y la cámara distal. Pero Andrea tiene su propia hoja de ruta.

Sin embargo, la niña bonita de Jesús Sinaloa, el director de Portalón y La Sima de los Huesos, es la Galería de las Estatuas situada a 350 metros de Cueva Mayor. La mayor parte del equipo trabaja en los sondeos de las dos catas excavadas. Allí hacen arqueología molecular en un yacimiento ideal para ello ya que está sellado. El principal problema que plantea la secuenciación de ADN de los homínidos desenterrados es que es muy cara y, muchas veces, no aporta novedades a la investigación. Pero Jesús dice que es una nueva manera de investigar la evolución humana.

Andrea y yo llegamos a la base de la Sima de los Huesos. El yacimiento tiene 700 metros de túneles bajo tierra. Nos apoyamos sobre tablones manchado de arcilla roja. Los tablones se han puesto para proteger el sedimento que se excava. Los paleoantropólogos trabajan tumbados sobre la madera.

Andrea y yo nos arrastramos sobre el suelo hasta llegar a la cuadrícula en la que estamos excavando en busca de un nuevo esqueleto de neandertal primitivo.

Me adentro en el corazón del yacimiento de fósiles humanos más rico del mundo. Me embarga una emoción brutal. Descarga de excitación efervescente. Me siento muy viva.

-Los arrojaban muertos-susurra Andrea mientras graba la claustrofóbica cavidad con su Gopro-Por una entrada que no es ésta.

-¿Se ha descubierto?

-No.

A oscuras, a tientas, al llegar a una de las cámaras funerarias donde los Neandertales primitivos amontonaban los cadáveres, de repente yo toco algo pegajoso, enfoco con mi linterna y reculo. Mi corazón me da un vuelco. Suelto un escalofriante alarido. Me estremezco de pánico.

El cadáver de una adolescente desnuda, con la cabeza reventada de un martillazo, descansa sobre un lecho de sangre, sobre los tablones de madera.

Andrea se acerca a gatas al cuerpo que tiene unas marcas tatuadas en el pecho. La toca.

-¿Quién es?-pregunta.

-Vámonos de aquí.

Me ahogo. El oxígeno no me llega al cerebro. Boqueo. Mi cámara Gopro oscila, desquiciada y graba el horror que estoy viendo en la oscuridad sobrenatural. Andrea empieza a hiperventilar. Se mete la mano en uno de los bolsillos de su mono rojo y saca un inhalador para el asma. Se lo coloca en la boca y aspira muy fuerte.

-Es Miriam-dice, con voz ahogada.

El crimen más oculto de Atapuerca.

“Los crímenes de Atapuerca” de Nuria Verde.

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El crimen más oculto de Atapuerca.