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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 3

Ilustra la novela "Los crímenes de Atapuerca". El crimen más increíble de Atapuerca

Sinopsis

Queridas lectoras: comparto con vosotras el tercer capítulo de mi novela “Los crímenes de Atapuerca”. Os recuerdo la historia:

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más increíble de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 3

Mientras conduce, Luisa se pierde el cielo diáfano y luminoso, sin rastro de nubes y las vistas a la sierra de la Demanda, en la que se crio y que conoce como la palma de su mano. Su mente absorbe toda su atención y borra la realidad que la rodea como si fuera una bayeta húmeda que friega los restos de suciedad sobre una mesa.

Luisa anticipa y escenifica en su mente la discusión que sabe que va a tener con su madre nada más llegar a Atapuerca.

Mar, su hermana pequeña, ya no quiere cuidar más de su madre, y esta no puede vivir sola, a pesar de que sea lo que ella quiere. Luisa quiere ingresarla en una residencia. Si algo tiene claro es que ella no va a cuidar de su madre. Mamá es bipolar y no se toma la medicación, lo que va a ser una juerga para toda la familia. Mamá está en estado maníaco. Fuegos artificiales, champán descorchándose, risas como burbujas resplandecientes en la noche.

Mar le ha dicho a Luisa que todos estos años lleva ella ocupándose de mamá, que no es justo. Mamá está demente y quiere dominar a toda la familia como ha hecho durante toda su vida. Ha incendiado la casa en un descuido, y Luis, el marido de Mar, un santo varón, le ha dado un ultimátum a su hermana: o él o su madre se van de casa. Mar, además, tiene dos niñas, la menor de dos años. ¿Podría Luisa vivir con ella durante unos días ahora que ha vuelto a Burgos?

No, coño, no.

Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Muchas gracias lectora.

El crimen más increíble de Atapuerca.

Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 5

Sinopsis

Queridas lectoras: comparto con vosotras el quinto capítulo de mi novela thriller “Los crímenes de Atapuerca” (Editorial Caligrama) Os dejo la sinopsis para las que os acabéis de incorporar a este viaje. Un crimen escalofriante.

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Capítulo 5

1 junio de 2019. Quince días antes del asesinato. Burgos

El zumbido de los tubos fluorescentes en el techo, el trasiego de la gente del equipo de la Dolina, que iba recién duchada a desayunar a la cafetería del Gil de Siloé. Los más viejos, con pantalones cortos vintage color caqui Coronel Tapioca de amplios bolsillos, camisetas beige con el dibujo impreso del Homo antecessor. Los más jóvenes, con el pelo de punta engominado, litros de colonia, olor a champú de hierbas. Mañana recién estrenada.

Ruido de bandejas metálicas. Café con leche y paquetes de galletas María. Una camarera, con cara de resignación y, a la vez, de desear estar en otro sitio, que lleva un gorro blanco parecido a los de la ducha, solo que de tela blanca ajustado a sus rizos grasientos y negros, me mira.

—¿Qué te pongo? —pregunta.

Flashes desagradables me bombardean la cabeza. Germán penetrándome en su cama. Yo arqueando la espalda y echando atrás la cabeza.

Germán, que busca neandertales en la cueva del Mirador.

¿Por qué lo había hecho? Cuando bebía no tenía límites, podía hacer cualquier cosa, perdía el control. Quiero retroceder en el tiempo y borrar mi infidelidad. La vergüenza me cubre como un sudario.

Esa mañana me juro que no vuelvo a beber. La resaca me hace sentirme fuera de la realidad, de todo lo bueno que tiene la vida, del amor por mi chica, atrapada por una espantosa migraña. El corazón me late como un pájaro angustiado.

Hace solo diez días que estoy en Atapuerca, pero me parece que llevo diez años. El yacimiento se divide en cuatro complejos. El primero que se investigó fue el complejo 1, que está compuesto por la Sima de los Huesos, la Sala de los Cíclopes, la Galería de las Estatuas, la Galería de Sílex y el Portalón.

La Trinchera del Ferrocarril es el complejo 2. Allí se encuentran los yacimientos de la Sima del Elefante, la Gran Dolina, Galería y Covacha de los Zarpazos y el Penal.

En los años 70 se descubrió el complejo 3, que está enclavado lejos de la Trinchera. Lo compone el yacimiento del Abrigo del Mirador. A continuación, en la década de los 80, fuera de las cuevas, al aire libre, se hallaron los yacimientos del Hundidero, Hotel California, Fuente Mudarra y Valle de las Orquídeas.

Aún estaba reciente la polémica acerca de la especie que se había encontrado en la Sima de Los Huesos. Michael Donovan, profesor del Museo de Ciencias Naturales de Londres, aseguraba que esos homínidos eran neandertales primitivos. Pero Jesús Sinaloa, director del yacimiento de la Sima de los Huesos, la había clasificado como Homo heidelberguensis.

En Atapuerca se excava en nueve yacimientos, un cinco por ciento de los doscientos descubiertos en la sierra. Se hace un trabajo de paleontología que se heredará de generación en generación. El 99 % de los fósiles y restos de la industria lítica siguen enterrados.

—Resacón en Burgos —bromea Ricardo mientras se acerca con un gesto cómplice y me susurra—: Un poco de coca te vendría bien.

—Ya llegamos tarde, vamos, Lara —dice Andrea, arrastrándome hacia el despacho de Max. Tengo que reprimirme porque todas las células de mi cuerpo ansían un gramito de cocaína. El deseo arde dentro de mí y me emborracha con su promesa infinita de euforia. La boca se me seca. Un latigazo de frustración me azota.

—Buenos días, Andrea. Anoche no te vi en la fiesta —dice Ricardo mirando a Andrea con gesto frío.

Andrea ni se molesta en contestarle. Tira otra vez de mi manga y me susurra:

—Vamos. ¿Tú no estabas muerto, Ricardo? —pregunta Andrea con ese orgullo que es marca de la casa.

A pesar de que estoy a punto de vomitar, no puedo evitar reírme.

—Cómo eres, qué tía —contesta Ricardo con tono de cabreo disfrazado de sorna—. Qué educación —añade.

Me doy cuenta de que un nubarrón negro cruza la cara de Andrea. De repente, intuyo que se avecina una pelea. Andrea no soporta que se le mencionen su infancia de huérfana ni su crianza sin padres biológicos.

Una oleada de irritación hacia Ricardo se levanta dentro de mí. «Qué invasivo, el muy idiota. ¿Por qué no nos deja en paz?, ¿no se da cuenta de que no queremos hablar con él? ¡Qué gilipollas!».

Cojo la mano de Andrea y se la aprieto en un gesto de complicidad.

Ahora soy yo la que tira del brazo de Andrea, que se ha puesto rígida. Me acerco a su cuello, ese cuello que yo tanto amo y que he acariciado durante tantas noches que ahora añoro, noches de cartografiar su cuerpo de huesos frágiles de pájaro. De pronto me viene su manera íntima y especial de llegar al orgasmo, retorciendo la cara y luego relajándola. Su grito de gozo íntimo.

—Pasa de él. Es un gilipollas.

—Te vi anoche. Pero tú no me viste, Lara. —Malicia en los ojos de Ricardo, que parpadean rápido como si fuera un Bambi inocente.

Siento una increíble tensión en mi tripa. Quiero tapar la boca de un puñetazo a ese pesado, quiero lanzarme a su carótida y darme un baño de sangre a su costa.

De repente, el miedo a que Ricardo diga algo de lo que pasó anoche con Germán me devora. «¿Por qué lo hiciste?, ¿estás loca? Tienes en Andrea lo que siempre has soñado. ¿Cómo puedes ser tan perversa y serle infiel a tu novia, que te quiere?». No puedo beber. Me lo decía mi amigo Antón. «Lara, no puedes beber». Llega un momento en el que descontrolo, hago cosas espantosas de las que luego me arrepiento. La culpa me come. Me muero si Andrea se entera. Me enferma la idea de perderla. Me odio a mí misma. Ardo de vergüenza.

Ricardo abre la boca con un deleite desnudo que brilla en sus ojos de serpiente, que aparentan una simpatía de quincalla.

—Te vi bailar con Germán.

Cuchillada en la tripa, pánico frío que se enrosca en mi espina dorsal. Hiervo de ira blanca, estallido caliente. El impulso de pegarle una bofetada al idiota integral de Ricardo me pica, poderoso.

Pero una náusea fría asciende del estómago a mi garganta. Voy a vomitar. Me doblo y echo un líquido amarillo sobre las Nike blancas y nuevas de Ricardo.

—¡Joder!

—Lo siento.

—Llegamos tarde, Ricardo. Ciao —dice dándole la espalda.

Andrea y yo dejamos con la palabra en la boca a Ricardo, quien es tan vulnerable al rechazo. Nos mira con expresión frustrada y cabreada.

Andrea se parte de risa mientras tira de mí hacia el baño. Me lavo y enjuago la boca llena de un eco ácido, repugnante. Me derrito de vergüenza. Tengo que dejar de beber.

Corremos por los pasillos del Gil de Siloé, la residencia donde se aloja todo el equipo que trabaja en Atapuerca durante la campaña de excavación. La Junta de Castilla y León paga el alojamiento. Al lado de este edificio están los laboratorios donde el equipo, por la tarde, analiza los restos fósiles que han encontrado por la mañana.

Normalmente se excava durante los meses de junio y julio. Pero este año es un año muy especial por muchas razones y unos pocos paleontólogos han empezado a trabajar a finales de mayo.

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Un crimen escalofriante.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 2

Me hace ilusión compartir con vosotras, queridas lectoras, el segundo capítulo de mi novela “Los crímenes de Atapuerca” (Editorial Caligrama, 2021) Os hago un resumen para aquellas que no conozcan la historia que cuenta la novela.

Campaña  de excavación de 2019. Sima de los Huesos. Atapuerca.

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca con su instituto, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El cadáver aparece sobre un charco de sangre, con los brazos y las piernas rotos posmortem.

La inspectora de la Policía Judicial de Madrid, Luisa Baeza, que creció en el bar Los Geranios,  a la entrada de Atapuerca, vuelve a Burgos, con el corazón desgarrado después de separarse de su pareja de toda la vida y presa de un grave conflicto familiar con su hermana: el decidir quién se hace cargo de su madre bipolar.

Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de Miriam junto al subinspector Miguel Ángel Aduriz. Expulsada de la Policía Judicial de Madrid por agredir a un acusado y víctima de una investigación interna que la ha sometido a escarnio público, Baeza se enfrenta profunda crisis personal y se obsesiona con un caso policial en el que busca una redención. Pero volver a casa también significa enfrentarse a sus demonios y a su pasado.

La historia tiene lugar en una Atapuerca desangrada por sus guerras intestinas: el equipo de la Dolina enfrentado al de la Sima de los Huesos por el reconocimiento, el prestigio y el poder.

Capítulo 2

10 horas antes. Atapuerca

Un autocar lleno de adolescentes se acerca al yacimiento. Los chicos, abismados en sus móviles, se mandan wasaps mientras oyen música trap por sus cascos. No prestan ninguna atención al entorno de increíble belleza que se cuela por las ventanillas. La sierra de Atapuerca, con sus perfiles violetas, sus lomas de encinas y arbustos color verde oliva, sus campos amarillos de trigo y avena loca, salpicados de amapolas como manchas de sangre.

Miriam tiene solo dieciséis años y ya se siente hastiada de la vida. Se apodera de ella un nihilismo pesimista que le hace desconfiar de la supuesta pureza y buenas intenciones de la gente. La adolescente se siente asqueada del mundo. El instituto es un entorno hostil que aborrece. Su casa es otro campo de minas, donde sus padres no paran de pelearse, del que quiere escaparse en cuanto pueda. La chica está sumida en una crisis existencial. Está pasando momentos negros.

Miriam es una chica muy guapa, morena, de pelo largo, con un piercing en la nariz y un tatuaje de una garza real en el brazo que le costó una buena bronca en casa.

Ahora, cuando faltan pocos minutos para llegar a Atapuerca, Miriam adelanta una y otra vez en su cabeza el momento en el que va a ver a su tío Jesús. Ya ha pensado en lo que va a hacer. Lo saludará como si no pasara nada. Pero el diablo lo lleva dentro. Miriam rabia al revivir la humillación que le inflige su madre al engañar a su padre con su propio hermano, Jesús. Pero ya no tendrá que aguantar mucho más. Pronto cumplirá los dieciocho y será libre. En cuanto sea mayor de edad, se irá de casa con Marco y empezará por fin a vivir. No volverá a ver a su madre. Esa será su venganza.

Piedras cerca de Atapuerca, en la ruta del Camino de Santiago.

La inspectora de homicidios Luisa Baeza recorre con su BMW azul cobalto la carretera que lleva de Burgos a Atapuerca. A pesar de que suena la voz sexy y aguardentosa de Bruce Springsteen en su iPod conectado al sistema de reproducción de música, a pesar de que oír a Bruce siempre la anima, Luisa no puede evitar sentirse al borde de la desesperación.

Hey, little girl, is your daddy home?

Did he go away and leave you alone? Mmmmmm.

I got a bad desire.

Oh, oh, oh, Im on fire.

«No pienses, no pienses, para, para», se dice Luisa a sí misma.

En el bar Los Geranios, justo a la entrada de Atapuerca, Maite espera a su hija Luisa. Sostiene nerviosa unos papeles en la mano. Es incapaz de estarse quieta y da cortos paseos inquietos alrededor de una casa y un bar que tienen pinta de llevar varios años cerrados.

Luisa mira en su móvil un wasap de Tomás, su marido, que permanece sin respuesta: «Cógeme el teléfono. Llámame».

La cabeza de Luisa viaja al pasado. Una mano le da al play de la cinta de una discusión con Tomás, su ex. Ahora su mente da versiones mejoradas de lo que le gritó en su momento. Qué puta mierda es la vida. Tiene que desengancharse del lorazepam como sea, está empanada y todo le parece bien, una pauta ajena a su personalidad salvaje. Solo hasta que supere la crisis y el divorcio que está atravesando.

—Te dejo —dice Tomás sin poder mirarla a la cara.

Luisa lo mira como si hubiera visto a un fantasma.

—¿Cómo se llama ella?

 —No hay ninguna «ella».

—Y Trump ha ganado las elecciones de forma limpia. Vete a tomar por culo.

—Ya nunca lo hacemos —dice Tomás.

—O sea, que ahora la culpa es mía —dice, despacio, Luisa.

—No.

—No me quieres —suelta Luisa sin pensarlo demasiado. El silencio de Tomás y su cabeza gacha son ominosos.

Luisa lo mira, derrotada.

—¿Es por lo de los niños? —pregunta Luisa con voz muy bajita.

Tomás niega con la cabeza.

—Cuando me conociste sabía que no quería.

—No es por eso.

—¿Y por qué es?

—Tienes un muro dentro. Es imposible llegar a ti. No puedo más.

—Cambiaré.

—No, la gente no cambia, Luisa.

—Yo sí. ¿Por qué, Tomás?

—Porque estás siempre deprimida o cabreada.

Touché.

El móvil de Luisa suena. Es su hermana Mar. Luisa mira al techo del BMW y suelta un bufido. Coge la llamada y pone el manos libres. Silencia a Bruce.

—Luisa, soy yo. Mira, mamá está insoportable. No, no quiere ir a la residencia. Ya sabes cómo es. Me veo en Navidades empantanada y ella todavía en casa. No puede estar sola. Bueno, ya lo sabes. Y encima venga a mandar. Yo me tengo que cuidar. Tengo una depresión en pie. Al final mamá nos entierra a ti y a mí.

—Mar, cálmate.

—Tú lo ves todo muy fácil, hermanita. Desde Madrid se ve todo muy fácil.

—Mamá va a ir a la residencia quiera o no quiera.

—Conjunto residencial para mayores.

—Lo que sea.

—Luisa, te tengo que decir algo.

Luisa contiene la respiración.

—Mamá ha dejado el litio.

—Coño.

—Ya, tía. Está fatal. Te lo aviso. No hay quien haga carrera de ella. Está cerril. A ver si a ti te hace caso.

—Sería la primera vez.

—¡Qué guerra da mamá, coño!

—¿Me lo dices o me lo cuentas?

Gracias querida lectora por compartir conmigo esta aventura. Leer es un refugio en la vida. Te dejo el enlace a “Los crímenes de Atapuerca”

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 1

SINOPSIS

A Miriam Sinaloa, una estudiante de dieciséis años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de La Sima de los huesos. La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención. El crimen más oculto de Atapuerca.

CAPÍTULO 1

Andrea y yo nos ponemos los monos rojos manchados de arcilla, los arneses, los cascos de mineros con luz frontal, cogemos las linternas, nos subimos las cremalleras, nos ajustamos las cámaras Gopro en el casco antes de sumergirnos en el laberinto oscuro y frío de la Sima de los Huesos que tiene forma de calcetín.

La única investigación que importa en la vida es la de averiguar quiénes somos. Esa frase parpadea en la pantalla de la mente de Andrea ante de abismarse en el tobogán negro de la Sima de los Huesos. Baja por la escala anclada a la bocana que se balancea inestable.

Andrea es la nieta de Max Rey, codirector del proyecto Atapuerca y máximo responsable de la excavación en La Gran Dolina. Todo el mundo decía en Atapuerca que Max la dejaba bajar a la Sima sin control porque era una enchufada. Pero Andrea, que fue testigo del asesinato de su madre a los cuatro años de edad, ha soportado demasiado sufrimiento en la vida como para que le afecte a su serotonina las pullas de algunos. Su infancia es su caja negra. Sin embargo si sobrevives a los fantasmas del pasado, te haces fuerte porque ya no te importa lo que te pase.    

Yo la miro con cara de preocupación. He aceptado bajar con Andrea a la Sima de los Huesos porque quiero vigilarla. La última vez que descendió sola a excavar estuvo tanto tiempo en el agujero que se quedó sin oxígeno. Max tuvo que llamar al 112, que la salvó in extremis después de que entrara en parada cardiorrespiratoria.  

La excavación se divide en cuadrículas. El trabajo se aborda excavando en los estratos que corresponden a un fragmento de tiempo de la Prehistoria.

 

Es el yacimiento funerario más antiguo del mundo. Allí se encontró un fósil de 430.000 años de antigüedad, el famoso cráneo número cinco, también conocido como Miguelón, Homo heidelberguensis o neandertal primitivo -todavía hay polémica- conservado gracias a las increíbles condiciones de temperatura y humedad de la excavación.  

La Sima de los Huesos alberga la colección de fósiles humanos más completa de la era del Pleistoceno Medio. Se han encontrado 50 esqueletos completos de homínidos. Se ha logrado descifrar ADN humano en fósiles de hace medio millón de años. Hay muy pocos yacimientos donde se conserve ADN tan antiguo como no sea bajo el hielo. La Sima es única. No hay otro sitio donde se pueda extraer ADN mitocondrial tan antiguo.

Del techo de caliza cuelga la única planta que hay, al lado del termómetro. La temperatura se mantiene en diez grados. Estamos a treinta metros de profundidad. La concentración de oxígeno es muy baja. Movernos nos cuesta mucho esfuerzo a Andrea y a mí. 

Sierra de la Demanda en verano.

Unos huesos sobresalen como estacas grotescas del suelo de barro.

-Son fósiles de oso-dice Andrea-Los humanos están abajo-añade y se vuelve hacia mí, con esa sonrisa aniñada que me llena el pecho de emoción.

Los sedimentos han bajado hacia la base de la sima, una profunda hendidura de catorce metros de profundidad. Un puré de barro del que emergen huesos humanos que se fosilizaron hace medio millón de años.

-Me da miedo mirarlos por si se deshacen-digo.

-Ja, ja, ja-se ríe Andrea. La alegría burbujea en mis venas por haberla hecho reír.

Cada doce meses quitamos sólo veinte centímetros de barro. Es un trabajo paciente y desesperante.

-¿Qué hay?-pregunto.

-De todo-contesta Andrea-. Costillas, vértebras, cráneos, huesos de manos y pies, huesos de brazos y piernas.

Media hora antes Andrea y yo hemos estado en la Sala de los Cíclopes. El silencio era absoluto y sobrecogedor. Oía cómo caía una gota de agua al suelo con un eco que reverberaba en el túnel a oscuras. Andrea enfocó con su linterna. Era un fascinante sepulcro de calma sellada al vacío. El techo se encontraba a veinte metros de nuestras cabezas. Me invadió un gigantesco alivio por estar en un espacio más grande antes de meterme en el agujero.

Ahora, ya dentro de las entrañas de La Sima, nos adentramos en un cementerio de primitivos neandertales. Jesús Sinaloa, codirector de Atapuerca, se equivocó. Los homínidos que están enterrados aquí no encajan en la especie africana Homo heidelberguensis como él dijo años atrás.

Andrea y yo nos arrastramos por la tortuosa base de la Sima que tiene una altura de un metro cuadrado. Apenas caben cinco personas dentro. 13 grados centígrados de temperatura. 95 por ciento de humedad. Oxígeno al límite. El suelo es limoso, un barro de arcilla que se pega a los monos. La pared de roca kárstica aplasta nuestras caras. Me fijo en las manchas de color marfil en las paredes. Atisbo unas grandes piedras encima. Si la Tierra temblara, se desprenderían y nos aplastarían. La sensación de claustrofobia se puede tocar con las manos dentro de la Capilla Sixtina de la evolución humana.

La Sima de los Huesos es uno de los tres yacimientos que componen Portalón de Cueva Mayor. Los otros dos son La Galería de los Cíclopes y la Galería de las Estatuas. A Andrea sólo le interesa bajar a la Sima de los Huesos donde el año pasado desenterró los restos del cráneo 16, al que llamó Ana, por la chica de la que estaba enamorada y que acababa de morir por hipoxia mientras trabajaba dentro del gran túnel funerario.

La muerte de Ana sumió a Andrea en una depresión de la que aún no se ha recuperado del todo.

Durante esta campaña de 2019 el objetivo es excavar en la zona de paso entre la rampa y la cámara distal. Pero Andrea tiene su propia hoja de ruta.

Sin embargo, la niña bonita de Jesús Sinaloa, el director de Portalón y La Sima de los Huesos, es la Galería de las Estatuas situada a 350 metros de Cueva Mayor. La mayor parte del equipo trabaja en los sondeos de las dos catas excavadas. Allí hacen arqueología molecular en un yacimiento ideal para ello ya que está sellado. El principal problema que plantea la secuenciación de ADN de los homínidos desenterrados es que es muy cara y, muchas veces, no aporta novedades a la investigación. Pero Jesús dice que es una nueva manera de investigar la evolución humana.

Andrea y yo llegamos a la base de la Sima de los Huesos. El yacimiento tiene 700 metros de túneles bajo tierra. Nos apoyamos sobre tablones manchado de arcilla roja. Los tablones se han puesto para proteger el sedimento que se excava. Los paleoantropólogos trabajan tumbados sobre la madera.

Andrea y yo nos arrastramos sobre el suelo hasta llegar a la cuadrícula en la que estamos excavando en busca de un nuevo esqueleto de neandertal primitivo.

Me adentro en el corazón del yacimiento de fósiles humanos más rico del mundo. Me embarga una emoción brutal. Descarga de excitación efervescente. Me siento muy viva.

-Los arrojaban muertos-susurra Andrea mientras graba la claustrofóbica cavidad con su Gopro-Por una entrada que no es ésta.

-¿Se ha descubierto?

-No.

A oscuras, a tientas, al llegar a una de las cámaras funerarias donde los Neandertales primitivos amontonaban los cadáveres, de repente yo toco algo pegajoso, enfoco con mi linterna y reculo. Mi corazón me da un vuelco. Suelto un escalofriante alarido. Me estremezco de pánico.

El cadáver de una adolescente desnuda, con la cabeza reventada de un martillazo, descansa sobre un lecho de sangre, sobre los tablones de madera.

Andrea se acerca a gatas al cuerpo que tiene unas marcas tatuadas en el pecho. La toca.

-¿Quién es?-pregunta.

-Vámonos de aquí.

Me ahogo. El oxígeno no me llega al cerebro. Boqueo. Mi cámara Gopro oscila, desquiciada y graba el horror que estoy viendo en la oscuridad sobrenatural. Andrea empieza a hiperventilar. Se mete la mano en uno de los bolsillos de su mono rojo y saca un inhalador para el asma. Se lo coloca en la boca y aspira muy fuerte.

-Es Miriam-dice, con voz ahogada.

El crimen más oculto de Atapuerca.

“Los crímenes de Atapuerca” de Nuria Verde.

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El crimen más oculto de Atapuerca.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 58

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más estremecedor de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 58

En la sala de reuniones olía a sudor y orines, a grasa de hamburguesa, a comida china, a gases mefíticos, a humanidad. Una gran mesa de cristal con los bordes mellados que había conocido tiempos mejores. Sillas a ambos lados.

Por la ventana empañada por regueros de lluvia sucia se veían las agujas caladas con influencia germánica de la catedral, obra de Juan de Colonia.

En las sillas pegadas a la pared gris claro estaban sentados Jiménez y Ruscalleda. Ambos tenían la mandíbula tensa, pero aparentaban la relajación propia de los impostores de nacimiento, como si estuvieran en una situación favorable y Luisa fuera la culpable y no ellos.

La inspectora Baeza supo que Jiménez no iba a admitir que había metido la pata hasta el fondo.

—Como sabes, se ha descartado a Max Rey como sospechoso.

—Mi informe pericial era correcto, lo hice con el máximo rigor científico. Descartar a Max Rey es un error.

«Soplapollas fantasma». A ella le molestó su tonillo autoritario de tenor, su exhibición de resoplidos de suficiencia y muecas de desprecio. Le pagaban por eso. Luisa se murió de ganas de levantarse y pegarle un puñetazo con todas sus ganas en toda la nariz. ¡Zasca! Luisa se murió de ganas de ver a Jiménez sangrar como un cerdo delante de ella.

—Señor Jiménez, las cámaras de seguridad han descartado a Max como sospechoso. Es imposible que él lo hiciera. ¿Sigue creyendo usted que su informe pericial era correcto? —preguntó Aduriz con cara de monje atormentado.

Luisa captó una risa en el fondo de su pregunta. Una perversa satisfacción aleteó dentro de Luisa. Contaba con un inesperado y útil aliado. Ella, que siempre se había sentido sola. «Gracias, Aduriz, por no ser un pelota ni un reptil servil».

Jiménez se pellizcó el mentón con el dedo índice y el pulgar de su mano derecha.

Luisa se tensó con una rabia incrédula. No podía ser verdad. Ese capullo se había equivocado en el peritaje de la mordedura de la víctima. Menuda cagada. Era un desastre. Jiménez era más falso que un duro sevillano. Y luego los políticos se colgaban medallas bramando que teníamos la mejor Policía Científica del mundo cuando habíamos quedado como cocheros después de que la perito 161 dijese que los huesos de Ruth y José, los niños de Córdoba asesinados por su padre, José Bretón, eran de animales. Se había necesitado del peritaje de Etxeberría para certificar que eran humanos.

¿Y si ahora ella hacía lo mismo?, ¿y si pedía una asesoría externa?, ¿a quién?, ¿y cuánto dinero iba a costar?

—No me puedo creer que digas eso. ¿Cómo puedes decir que tu dictamen tiene rigor científico? ¡Y yo soy la Virgen de Lourdes! Menuda jeta tienes.

—Luisa, cálmate.

—Tuve mucha presión y mucha falta de medios —farfulló Jiménez.

Un brillo feroz le cubrió la mirada.

—¡Eso no es verdad!

Luisa estaba fuera de sí. Había causado un daño profundo a Max Rey. Era muy grave lo que había pasado. Y ella había sido la ejecutora. Echó un vistazo a Aduriz, que miraba al suelo emanando un olor a vergüenza.

—Hay que hablar con Gaicano, poner a Max en libertad.

—Controlar a la prensa.

—La prensa es incontrolable.

—Pedir perdón.

—¿Por qué iba a pedir perdón?

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“Los crímenes de atapuerca”. Capítulo 57

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 57

Cuando la inspectora Baeza y el subinspector Aduriz entran en el laboratorio de la Policía Científica flota un olor a formaldehído.

Luisa habla con la técnica de la Científica que analiza el fragmento de papel encontrado dentro de la nariz de la víctima.

—Es un papel japonés extraño —dice la técnica, pasándole al minúsculo papel el microscopio de barrido.

—¿Para qué se utiliza? —pregunta Luisa.

—Para muchas cosas —responde la técnica de análisis de pruebas—. Además, he encontrado algo en el papel, estaba impregnado de un fluido.

—¿Qué fluido? —pregunta Luisa.

—Una solución consolidante.

—¿Como la que se utiliza en Atapuerca para endurecer los huesos fósiles antes de extraerlos en la excavación? —pregunta Luisa.

La técnica asiente.

–Y hay algo más, mira —añade.

Luisa observa por el microscopio y se fija en los números escritos en el papel: «5423567».

De vuelta a la comisaría, el día normal de la inspectora Baeza de repente se convierte en un día de mierda.

—Joder, no.

Luisa da un puñetazo sobre la mesa. Está revisando la grabación de la cámara de seguridad instalada en un cajero del Banco Santander que está situado enfrente de la residencia Gil de Siloé.

—¿Qué pasa? —pregunta Aduriz.

Luisa da la vuelta a la pantalla de su ordenador.

—Las dos y media de la tarde.

Max entra en el Gil de Siloé. Vuelve a salir a las ocho de la noche. La cámara capta su figura alta y pesada enfundada en su camisa caqui, pantalones cortos, botas de caña alta y un chaleco de fotógrafo, su cabeza cana coronada por su inconfundible sombrero salacot.

Aduriz oyó el redoble de los latidos de su corazón.

—¿Es la única salida?

—Sí.

—Cagada.

—Cagada.

—¿Pero el informe de Jiménez?

—¡Se ha equivocado el muy cabrito! ¡Sinaloa nos ha mentido! Max no podía estar en Atapuerca a las tres.

—Nos van a freír los periodistas.

—Bienvenido a mi pesadilla.

—Luisa, el comisario quiere verte.

—¿Para qué?

—¿Susto o muerte? —pregunta la secretaria de Ruscalleda, una rubia alta de pechos turgentes que se parece a Jessica Rabbit. El comisario seguro que la ha contratado por su acerada inteligencia.

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El caso más escalofriante de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 54

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El suspense más estremecedor en Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 54

Aduriz sabía que no tenía que haber participado en ese interrogatorio a Max porque estaba fuera de sí y no había dormido durante las últimas noches discutiendo, feroz, en su cabeza con su sospechoso. «Txakurra, ¿quién es ahora el txakurra, eh, asesino? Has matado como un perro a una niña. Tú no eres humano, cretino de mierda».

Ángela le había notado muy estresado. No la tocaba ni le hacía ningún caso, consumido como una pavesa con el caso de Miriam Sinaloa, obsesionado como un demente. No lo conocía. Él era un hombre tranquilo. Pero cuando le entraba la angustia, se pasaba dos días sin hablar, royéndose la cabeza. Era mejor dejarlo. Ángela cada vez se sentía más sola y más desamparada con la criatura creciendo en su interior, inquieta por la perspectiva del parto, imaginándose pariendo a solas porque Miguel Ángel no estaría con ella, estaría abismado en su caso, en la calle, en la unidad, en cualquier parte excepto con ella.

Él había perdido la perspectiva. Estaba cegado por la ira y la frustración. El desprecio de Max le escocía. Le daba vueltas una y otra vez a lo que le había dicho. Era mejor dejar a Max a Baeza. Pero no. Le tenía ganas. Unas ganas furiosas que le picaban por todo el cuerpo como un ejército de hormigas rojas mordiéndole bajo la piel.

El día en el que Aduriz perdió los nervios con el detenido fue un día normal. Amaneció despejado, se levantó a las seis, se preparó el desayuno en la cocina a oscuras, muesli Alpen y té verde, se duchó, se vistió pulcro y sencillo, pantalones chinos y camisa blanca. La rutina se impuso monótona y acompasada.

Pero todo cambió a las doce de la mañana. Supo que algo pasaba porque Luisa Baeza se quedó muy seria, como si se hubiera tragado un fantasma. El corazón le brincó en el pecho. Sufrió como un adolescente desengañado al darse cuenta de que ella sabía algo que no quería compartir con él. Pero su mente se equivocó.

Luisa se levantó y atravesó la unidad en dirección a su mesa. Le alargó un puñado de folios aún calientes de la impresora. El informe forense de Jiménez. Notó una espesa inquietud en el estómago.

Aduriz sintió una tensión embriagadora en su cerebro previa al estallido de cólera, el desahogo gozoso de toneladas de tensión y cabreo que tenía acumuladas contra Max. Él era un hombre tranquilo hasta que dejaba de serlo. Entonces una subpersonalidad de dolor emergía de su zona oscura.

En la sala de interrogatorios, Max estaba sentado y esposado frente a la mesa vacía.

—¿Qué hace usted aquí?

—Me parece que yo le podría preguntar lo mismo.

—No quiero hablar contigo.

—No está en condiciones de exigir nada, señor Rey.

—¿Me va a enterrar en cal, señor Aduriz?

—No sea absurdo.

Un silencio tensó el ambiente. Luisa apretó los puños. Si Aduriz acorralaba a Max, no iba a conseguir nada.

—¿Por qué no deja de mentir?

—Me temo que no le entiendo.

—Deja tu chulería…

—Miguel Ángel, calma.

—Para tu público.

—Vaya, tiene corazón, subinspector. Ya lo dudaba.

—Te hemos pillado.

—¿Disculpe?

—Fuiste tú quien mató a Miriam. Fuiste tú quien le machacó el cráneo. Y la mordiste.

—Eso supone una gran imaginación.

—¡Cállate, cállate, el informe forense lo acredita!

—No. No es así.

—Tus dientes coinciden con la mordedura que tenía Miriam.

Una satisfacción oscura se agitó inquieta en sus tripas.

—Hijo de puta. Venga, continúa con tu numerito de salón para la platea.

La sonrisa socarrona estampada en la cara de Max se esfumó.

—Eso es imposible.

—Es ciencia. Su religión.

—No es ciencia. Su basura.

—El odontólogo forense dice que coinciden.

—Es así, Max. Me parece que no hay salida. Es mejor que confieses. Te puede ayudar de cara al juicio.

—¿Estáis de puta coña? Eso lo que os enseñan en la academia, a putear mentes de inocentes.

—¡Culpable! —gritó Aduriz fuera de sí, los ojos desorbitados, las cuencas hundidas, ojeras terribles, cara de desquiciado insomne. Tiró sobre la mesa una copia del informe de Jiménez a Max, quien la cogió y, con cara de pavor helado, leyó como si se le derrumbara el cielo sobre su cabeza.

Luisa negó con la cabeza. Tenía ganas de llorar. La decepción y el horror se mezclaron hasta formar una pasta tensa en su pecho. No. Max. No, no.

—¿Quién es ahora el txakurra?, ¡¿quién?! —Miguel Ángel cogió a Max de las solapas de la chaqueta y lo empujó hacia atrás con un desprecio infinito. Max trastabilló. Cayó al suelo como un peso muerto. La sangre le manó empapándole la sien derecha.

—Me avergüenzo de ti.

—Aduriz, por Dios. ¡Ya está bien!

Aduriz bajó la cabeza, avergonzado.

—Sal de aquí. ¡Ya!

Luisa ayudó a Max a incorporarse del suelo. Le temblaba todo el cuerpo. Un terror pegajoso se apoderó de él. Se vino abajo y lloró como un niño recién nacido. Luisa apartó la mirada, pudorosa, incapaz de presenciar la escena.

—Espera, que te llevo a la enfermería.

—¡No le trates como si fuera tu padre! —gritó Aduriz desde el desolado pasillo.

—¡Contrólate!

Esa noche Aduriz durmió mal, atormentado por su mala conciencia. Se despertó a las tres de la mañana empapado en sudor, invadido por una náusea inmensa. Creyó que se iba a morir. Se levantó de la cama y fue al baño para vomitar. Se arrodilló frente al váter como si estuviera frente a un confesionario. Fuertes arcadas le subieron por la garganta. Pero solo echó bilis. Se sentó, envuelto por el desamparo de su soledad, sobre las frías baldosas azul turquesa del baño.

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El suspense más estremecedor en Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 23

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El secreto más espeluznante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 23

Atapuerca es un yacimiento en Burgos que conocen incluso los que no saben nada de paleontología. Es uno de los proyectos científicos más importantes, prósperos y famosos de España. Los yacimientos fueron declarados Patrimonio de la Humanidad en el año 2000 por la Unesco.

Por la mañana, la inspectora Luisa Baeza conduce su BMW color azul cobalto desde Burgos a Atapuerca. A su lado está sentado el subinspector Miguel Ángel Aduriz. La carretera se extiende ante ellos como una tira de regaliz infinita.

—¿Puedo poner música? —pregunta Aduriz.

—No —contesta Luisa.

—¿Estás bien?

—He estado mejor.

Vale, Luisa le va a hacer la vida imposible. No le importa. Él no es ningún niño. «Quien piensa que te castiga en realidad te beneficia», piensa.

—Te pones muy guapa cuando te cabreas conmigo

 —Es por eso por lo que siempre estoy cabreada contigo.

—¡Ja, ja, ja!

—Por cierto, micromachismo.

En los márgenes del campo crece la avena loca de color rubio salpicada de amapolas. El sonido de los grajos. El contorno azulado y majestuoso de la sierra.

—¿Estás bien? —pregunta Aduriz.

—Estaría mejor si no me lo preguntaras cada cinco minutos.

Cuando Luisa y Aduriz llegan a Atapuerca, ella le dice a su subordinado que no avise ni a Max ni a Jesús. Quiere llegar por sorpresa.

La inspectora Baeza extrae del chaquetón una llave grande. La introduce en la cerradura del gran portalón negro de hierro colado que da acceso a Atapuerca. Gira la muñeca, empuja la puerta, esta se abre.

—Vaya, todavía funciona.

Luisa saluda a la cámara que graba desde el poste más alto.

—Hola, Jesús.

—¿Tú te criaste aquí? —pregunta Aduriz mientras los dos se adentran por la Trinchera del Ferrocarril, donde reina un silencio sonoro. Es un desfiladero fascinante, un tajo que corta la sierra en dos. Las paredes altas y negras con vetas blanquecinas. Piedra caliza. Los andamios se clavan en el flanco de la derecha de la Trinchera.

—Sí. En el bar Los Geranios.

 Se hace un silencio incómodo entre Luisa y Aduriz mientras avanzan como dos gatos sigilosos por esa garganta de roca caliza gris y blanca que a la inspectora le recuerda a las Termópilas, aunque nunca haya estado en Grecia.

—Si no supiera nada de Atapuerca, si nunca hubiera estado aquí, ¿qué me contarías? —pregunta Luisa.

—El yacimiento funciona como un triunvirato en el que reinan tres machos alfa, tres masters and commanders: Max Rey, Jesús Sinaloa y Rafael Espejo. De entre ellos, primus inter pares, el rey es Max Rey, que domina la Gran Dolina y Atapuerca por méritos propios. Hasta hace quince días, cuando Max perdió el poder.

—¿Por qué lo perdió? —dice Luisa.

—Porque Salazar, presidente de la Junta, pidió su cabeza a cambio de dar dinero para la campaña de excavación del año que viene.

—¿Por qué Max dominaba hasta entonces?

—Fue el primero que llegó de la mano del catedrático de Prehistoria Antonio Castro en 1974. Luego Max trajo a Sinaloa y a Espejo a Atapuerca. Y lo más importante: durante veinte años lideró en la derrota en la Gran Dolina. Campaña tras campaña motivó y animó a su equipo cuando no sacaban nada más que polvo de esa excavación arqueológica. Supo, a fuerza de obsesión, entusiasmo y voluntarismo, arrastrar a su gente, verano tras verano, a seguir trabajando en Atapuerca pagándose ellos mismos todos los gastos.

 —Es un mesías.

—Algo así. Aunque ahora está de capa caída. Max ha perdido su poderío desde que murió Vicky Salazar.

—¿La hija del presidente de la Junta?

—Sí.

—¿Se investigó la muerte de Vicky?

—Sí, pero se determinó muerte accidental. La chica había tomado ayahuasca. Se tiró desde lo más alto de la Dolina durante una fiesta en la que celebraban el fin de campaña.

—Quería volar. Pobre desgraciada.

—Pues sí. El asunto causó bastante revuelo aquí. La prensa se cebó. Que si se organizaban orgías en Atapuerca, sexo, drogas y rituales.

—Me lo imagino.

 —El caso es que Jesús quería echar a Max de la dirección de Atapuerca desde entonces y lo ha conseguido. Fue la gota que colmó el vaso. Además, Jesús considera que la presencia de Max perjudica el proyecto científico. Sinaloa también esgrime razones políticas porque Max es catalán independentista, de la CUP.

—Manda huevos —dice la inspectora Baeza.

—Son muchos los que creen en Atapuerca que por culpa de Max tienen bloqueado gran parte del acceso al dinero público, que fluiría mucho mejor si él no estuviera. Además, Max tiene nula mano diplomática y no oculta su enfrentamiento con el PP en la Junta. No se levantó delante de una bandera española.

—Genio y figura.

—¿Lo conoces?

—Sí. Pero no sé si lo conozco de verdad. Creo que nunca se conoce a alguien de forma profunda. Max oculta muchas cosas y solo deja ver lo que él quiere.

Luisa Baeza le esconde al subinspector mientras caminan a paso vivo por la Trinchera de Ferrocarril que de niña cada noche había rezado a Dios pidiéndole que Max fuera su padre. Le rogaba a su Creador despertarse una mañana y descubrir que Max ocupaba el lugar de su padre, quien jamás le había dado una muestra de cariño, un beso, una caricia, que jamás le había dicho una palabra bonita. Su padre se emborrachaba y se convertía en el Monstruo. Decía incoherencias, pedía su comprensión, se mostraba sensiblero y patético. Luego se ponía agresivo con ella, con Toni y con su madre. Cuando Luisa defendía a su madre en las brutales broncas que tenían, su padre gritaba:

—Esa es un hueso.

«Esa» era Luisa. También era «la idiota», «la inútil», «la subnormal». Su padre jamás la llamaba por su nombre.

Cuando cumplió los quince años, cinco años después de la desaparición de Toni, Luisa se enamoró de Max Rey como quien se agarra a un clavo ardiendo. Lo seguía como un perrito por toda Atapuerca. Era la persona más carismática y entusiasta que Luisa había conocido en su vida. Max reconoció la inteligencia de la adolescente, la animó a estudiar y la empotró en su equipo de la Dolina enseñándole teorías de evolución humana y técnicas de excavación sobre el terreno. Max hizo que Sebastián cuidara de la niña y la ocupara haciendo algo útil.

Luisa vivía durante todo el año para el mes de junio, cuando empezaba la campaña en Atapuerca. Sobrevivía durante todo el año con la perspectiva ilusionada de participar en prospecciones, muestreos, retranqueos, catas, excavaciones en extensión durante el verano.

—En un solo verano aquí se han descubierto restos de neandertales de hace 300 000 años y fósiles de un millón y medio de años.

Cuando su madre le dijo a Luisa que no había dinero para estudiar, que tenía que ponerse a trabajar y aportar fondos a casa, Luisa masticó su orgullo, se tragó su pena y se apuntó a la Academia de Policía mientras trabajaba de camarera en todos los bares y restaurantes de Burgos. Su madre no le perdonó ni su talento ni el que tuviera un horizonte más radiante fuera del agujero en el que vivían. Ahora Luisa se clava las uñas en la palma de su mano derecha para dejar de pensar en su madre y todas las humillaciones que ha sufrido desde niña. Ha enterrado su infancia. Pero el pasado siempre te alcanza cuando ya creías que le habías dado esquinazo. El tiempo es más inteligente que tú. «Nadie se va de esta vida sin susto ni muerte», pensó Luisa.

«No pienses». Aduriz la miró, extrañado. ¿Se daba cuenta de que se empequeñecía cuando su mente la torturaba de esa manera?

«¿Por qué no has muerto tú? —le gritó su madre en el oscuro apartamento de Rota—. ¿Por qué Toni?».

El ambiente destila una cualidad sagrada. Un escalofrío recorre la espina dorsal de Luisa. La Trinchera se corona de encinas y quejigos, arbustos, matorral, hierbajos traslúcidos a la luz tibia del sol de las nueve y media de la mañana. Pasan al lado de la Sima del Elefante, cuya boca da al valle del río Pico.

 —Antes Max y Jesús eran muy buenos amigos —dice Luisa—. Desde hace años se llevan a matar. Max acusa a Jesús de deslealtad.

—No hace falta que Jesús eche a su mentor. Max se jubila este año de su puesto de catedrático en la universidad y lo lógico es que salga de Atapuerca.

—Sí. Pero Max sabe la prisa que tiene Sinaloa por quitárselo de encima y lo de irse de aquí y dejar paso a la sangre joven no lo va a hacer. Se ha ido de la Dolina, pero sigue manejando los hilos en la sombra.

—Solo por joder.

—Sí.

—¿Qué tal se llevan los equipos de la Dolina y la Sima de los Huesos?

—De cara a la galería, bien, en realidad fatal. Son enemigos. La Sima la dirige Jesús. Norberto Seseña manda en la Dolina. Es raro. Esta campaña arrancó antes, a mediados de mayo, cuando siempre suele empezar en julio, cuando acaba el curso en la universidad.

Dejan atrás la Galería, que adopta la forma de una sala con un techo horizontal. Le falta un gran trozo en el lado sur. Antes era un torcal. En la pared amarronada y roja hay orificios hechos para datar los fósiles y las herramientas. Los grandes picotazos en la pared se hacen para calcular la antigüedad de los hallazgos. Se tiene como referencia el último cambio de polaridad magnética, que fue hace 780 000 años. La antigüedad máxima de los fósiles es esa porque la polaridad magnética sigue siendo la actual. La datación fósil se realiza analizando los espeleotemas de la Galería con métodos físicos centrados en los isótopos de uranio que se aplican en estos carbonatos. También se utilizan los análisis del espín electrónico y las series de uranio. Los espeleotemas se crearon hace 200 000 años.

La unidad uno de los sedimentos tiene un color claro. La unidad dos tiene una tonalidad de arcilla roja.

La Galería era una trampa mortal donde caían cérvidos, caballos, humanos. Los homínidos descuartizaban la pieza. Luego abandonaban el tronco y la cabeza en la cueva. Solo se llevaban las partes más carnosas.

—Jesús también aprovechó que Max estaba enfermo de cáncer. Un momento de debilidad —añade Aduriz.

—A Jesús Sinaloa se le ve el rabo.

—¿Le conoces?

—Sí.

—¿Qué opinas de él?

—Que vendería a su primogénito por una portada en Science.

—Ya. La verdad es que es un asunto bastante turbio. Traición. Engaño. Deslealtad.

—La tríada.

—¿Pero un móvil como para que Max asesine a la sobrina de Sinaloa?

—No lo sé.

—¿Jesús tiene hijos?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 11

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más estremecedor de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 11

Una niebla blanca difuminaba los contornos de Atapuerca. Andrea corrió campo a través enfundada en unas mallas negras Under Armour y calzada con unas zapatillas de running Mizuno color violeta que le había regalado su padre por su último cumpleaños.

Al cruzar el dolmen, se asemejó a un fantasma flotando en la sierra blanca, una aparición azotada por una brisa fresca. Los montes estaban hechizados por una belleza delirante, cósmica. Cerros, lomas, cumbres. El paraíso terrenal.

A Andrea le gustaba el matiz de la luz cuando rompía la mañana durante el verano, le recordaba cosas buenas de su infancia: Coca-Colas muy frías y polos de fresa, su manita en las manos callosas de su padre, las incursiones con Max en la Dolina, donde se sentía bañada por las miradas de respeto que el equipo le dirigía a Max, los traqueteos a bordo del Halcón Milenario, el Land Rover de Max, en la recta que se internaba en los campos de trigo y cebada camino de Atapuerca, el rumor sedante de las aguas del Arlanzón, los pícnics con Max, cuchillo, chorizo, queso, vino y pan sentados debajo del viejo roble, té frío por la tarde, sandías, abrazos, el cariño que sentía por su padre, la mente tranquila sin trabajar contra sí misma.

El sol ascendió como una inmensa yema de huevo en un cielo veteado de franjas rosas y violetas. Había zonas en las que el calor había agostado la hierba hasta quemarla. Andrea descendió en dirección a Piedrahita. A la derecha estaba la Matanza, a la izquierda Puente de Canto. Latidos violentos, pulsaciones aceleradas.

Andrea empezó a correr de mala gana, ausente, perezosa y pesada. Al principio echó el bofe y odió cada zancada que dio, cada metro que arrancó fuego de sus pulmones. Luego superó esa primera fase de resistencia y el aire latió dulce sobre su cabeza. El corazón bombeó oxígeno a su cuerpo.

Subió una loma en dirección a la Trinchera. Mientras resoplaba y se ahogaba, encontró un oscuro placer en mortificarse y sufrir. Después de correr, se sentiría pletórica. La fuerza de su hábito se lo susurró al oído. El aire, el sol, la paz de la sierra. La mejor forma de sacarse esas horripilantes imágenes de la cabeza que le asfixiaban en la cama y la sumergían en una oscura y viscosa laguna de terror. Miriam con la cabeza negra, su cuerpo dislocado, recogido sobre sí mismo. La muerte y su definitiva ausencia.

Andrea corrió entre arbustos enmarañados que se le enredaron entre las piernas. Fue consciente de su pulso desbocado, de sus rítmicas pisadas sobre la hierba fría, de su respiración agitada y del dolor que palpitaba entre sus costillas.

Estaba desentrenada. En baja forma. Le dio rabia. Demasiado estrés. Demasiado trabajo. Demasiadas cenas copiosas. Demasiadas incursiones a la bodega pródiga de su padre. Demasiado olvidarse de sí misma. Demasiada obsesión con ese artículo sobre la filogénesis entre los Homo antecessors y los preneandertales de la Sima. Era la revista Nature. El miedo a no hacerlo bien, a quedar mal delante de su padre y sus colegas la llevaba al límite.

Crujidos de ramas, piedras resbaladizas con liquen y musgo.

El sudor salino se le metió en los ojos. Pero Andrea se sintió libre y feliz, lejos de la mirada de los demás. Nadie la podía ver. Nadie la podía juzgar. Era maravilloso. Era libre.

Se dio cuenta de que estaba sola en el yacimiento. Una extraña euforia le dolió en sus venas. Subió la loma de la Dolina hasta su punto más alto. Desde allí se dominaba la Trinchera de caliza cretácica. Atisbó la semicircunferencia que primero se ensanchaba, sus paredes parecían hormigón, luego se estrechaba y se volvía blanquecina. De frente la vaguada del río Pico, la alargada loma azul del Alto que dividía el inmenso valle del Arlanzón. Oteó a lo lejos la espalda cárdena de la sierra, el pueblo de Villalbal. Al otro lado estaba el Camino Francés de Santiago.

Los rayos del sol bañaron, con un resplandor dorado, la superficie medio cubierta de tablones de la excavación.

Diez minutos más tarde, Andrea bajó la ladera de la Dolina. Corrió más rápido. Pretiles blancos delante de cuevas. Andamios recubiertos de tejados. Arbustos y líquenes en los taludes de la herida en la sierra.

Todo se debió a una voltereta del destino, a un golpe de azar, a una sorpresa en el plan previsto, a un giro de guion. El plan original era que el ferrocarril fuera recto de Valhondo a Villafría, pero su trayecto original se desbarató y se forzó el que atravesara la caliza haciendo un semicírculo. A día de hoy, todavía es un enigma por qué se desvió el camino del tren. Gracias a ese rodeo en el trazado original, se descubrieron los yacimientos de Atapuerca.

Andrea culebreó por la Trinchera hasta el gran portalón de hierro colado negro, al otro lado estaba el aparcamiento, ahora vacío de coches. El bar Los Geranios cerrado desde hace años. Contempló el vacío condensado bajo el arco de un puente semiderruido y lúgubre, por donde pasaba hace más de un siglo un tren que transportaba mineral al abandonar la sierra.

Corrió a través de los trigales. El corazón le martilleó muy fuerte en el pecho. Riscos, gargantas, torrentes secos, terrazas, paredes blancas de piedra caliza. Un silencio propio de un planeta deshabitado.

De repente, una ráfaga de viento eléctrico preñada de tormenta golpeó su cara. Tuvo la sensación de que algo ominoso se cernía sobre ella. Un mal presentimiento. Alguien la acechaba. Trotó entre las zarzas y aulagas. Nubes negras y panzudas como corderos inmensos desfilaron morosas por el cielo. Olor a tierra y a hierba fresca.

El río Arlanzón bajaba tumultuoso. Venía crecido de la sierra y retumbaba. Andrea escuchó su estruendo desde la chopera. A la sombra, el aire se volvió húmedo. Fuera el sol caía desvaído, ausente.

Lara le vino a su cabeza en todo su esplendor y enigma. Pero no quería pensar en ella. Cada vez que deseaba ardientemente a alguien, no salía bien. Cada vez que se ilusionaba mucho en una relación, acababa decepcionándose. Albergar demasiadas expectativas daba mala suerte. Porque la vida no funcionaba así. Era mejor no esperar nada.

Pero Lara la deseaba. En la piscina, en la cama, en el jardín, en la Dolina, en el Land Rover de Max. Por la mañana, por la tarde, por la noche. Le debía más placer que el que había debido nunca a un hombre. Cuando le daban esos arrebatos a Lara, Andrea se sentía segura. Pero al día siguiente volvía a tener esa sensación de no tener un suelo bajo los pies.

Se quitó las zapatillas Mizuno. Anduvo descalza por la orilla. Tuvo la sensación de que el río se despertaba solo para ella. Se despojó de la ropa lejos de las cámaras camufladas que había en los chopos por culpa de los robos de las máquinas de lavado de sedimento que se habían producido y entró despacio, ceremoniosa, en el agua glacial del río.

Tiritó, le castañetearon los dientes. Se puso a nadar con brazadas furiosas para entrar en calor. Ejercicio enconado para olvidarse de sí misma. La mayor carga es nuestra propia mente, fuente de sufrimiento y gloria.

Un golpe infernal. Truenos que percutían en el cielo como si fuera la piel de un tambor. Nubes negras y púrpuras. Lluvia que repicaba sobre el río, sobre su cabeza. Rayos como culebras amarillas que cruzaban la panza gris que la cubría. Sonoridad acuática y fragante.

Empezó a llover como si se acercara el fin del mundo. Andrea salió del río, se puso sus ropas mojadas, se cargó su mochila a la espalda y corrió camino a casa. Todavía le quedaba un buen trecho antes de volver al refugio. Mientras se alejaba a grandes zancadas, notaba ya las piernas acalambradas. Se caló bajo el aguacero helado e iracundo. Oyó cómo las aguas del Arlanzón bramaban a su espalda.

Lara no tenía la culpa. Cuando se diera cuenta de lo podrida que ella estaba por dentro, la dejaría. Su mente se perdió en una maraña de pensamientos angustiosos. «Te va a dejar. Es cuestión de días. En realidad, está loca por Sebastián. No has visto cómo se miran y se ríen. Se está pasando un verano de puta madre a gastos pagados. Eso es todo». Los celos la aguijonearon como un enjambre de abejas furiosas sobre su piel embadurnada de miel. Se moría de celos. «Nunca te ha querido. —Andrea corrió más deprisa para apagar la voz de su cabeza—. Tu madre te dejó porque eras defectuosa». «Cállate. Cállate. Cállate». Era la misma historia negativa en bucle. «No pienses. No pienses. Ya».

En realidad, había sido una locura bañarse bajo semejante tempestad. Pero la muerte siempre había acompañado a Andrea desde que nació. A veces pensaba que la muerte solucionaría todos sus problemas. Se decía a sí misma que prefería la muerte al sufrimiento. Se obligó a correr más rápido para agotarse y aplastar sus pensamientos negativos bajo el delirio de endorfinas que regalaba el sobresfuerzo.

A pesar del agotamiento que sentía —estaba exhausta y notaba las piernas muy cargadas—, aún permanecía en su interior ese poso de tristeza profunda, esa reminiscencia de rabia hacia sí misma. Una sensación de responsabilidad la agobiaba. Andrea se sentía obligada a estar agradecida de por vida a Max y Teresa porque le habían salvado del centro de tutela un mes después de que cumpliera los tres años. Tenía que demostrarlo todo el tiempo. Al final se sentía como si cargara el peso del mundo sobre sus hombros. Nunca se relajaba. Tenía que hacerlo todo mejor que los demás. Era como llevar un ancla al cuello desde que se levantaba hasta que se acostaba. Indómita, enfadada, superresponsable. Así era ella. Max la quiso desde el principio. La llevó a excavar a la Dolina, a Dmanisi, a Olduvai, lo cual provocó los celos de Teresa. Ella, a cambio, se convirtió en la mejor aliada, la mejor confidente de su padre. Andrea se enteró de sus infidelidades y las tapó. Cuando bebía, Max se iba de la lengua y Max siempre bebía más de la cuenta. Una tarde de bares y cine por Madrid le había dicho:

—Es una trampa.

—¿El qué?

—El matrimonio es una trampa. Nos atrapan cuando estamos obnubilados con el sexo, luego tenemos hijos. Y nos encadenan a sus faldas para siempre. Nos quedamos tontitos. —Sonrió con aire bobalicón y frunció los labios sacando la punta de la lengua—. Y ya es demasiado tarde.

Max tenía dos hijos mayores a los que apenas veía y que ya se habían ido de casa.

¿Quiénes?, ¿las mujeres?, ¿su madre? Andrea no quiso preguntar. Cuando Max se ponía a hablarle de cosas íntimas de su matrimonio, hacía alusiones sexuales hacia otras mujeres, le hablaba de una amiga japonesa que tenía, Sasuki, y de lo mucho que le gustaban las mujeres orientales, sobre todo las japonesas, Andrea fingía una despreocupación falsa, una desenvoltura de quincalla, pero en realidad un desasosiego inquieto roía su estómago. Se sentía violenta por ser la receptora de las confidencias sexuales de su padre. Esas cosas no se cuentan a una hija.

Había aprendido a mostrarse cauta cuando Max se ponía de ese humor excitado, eufórico y quijotesco, cuando se enfadaba por la menor tontería, cuando montaba broncas de órdago y siempre quería tener la razón, incluso cuando era obvio que se equivocaba. A Andrea le muy ponía nerviosa estar cerca de su padre cuando estaba a punto de cabrearse y cargaba de tensión el ambiente. Solía seguirle la corriente. Le decía a todo que sí como a los locos.

Desde que tuvo conciencia, Andrea supo que no le gustaba a su madre. No es que no la quisiera, no. No era que le disgustase su carácter. No. No. Su madre sentía verdadera aversión por ella. Quería quitársela de en medio. Internado en Inglaterra. King College. Veranos en Estados Unidos. EF. Cuando Andrea se puso a estudiar Historia en la Universidad Complutense, su madre la estimuló a independizarse. Lo de independizarse era un decir. Teresa le pagaba el alquiler de un cuco apartamento en la calle Príncipe. Escaleras y pasillos intrincados, pisos divididos en estudios reformados, tejados rojos y grises de Madrid. Si mirabas la fachada del edificio desde la calle Príncipe, era imposible adivinar el fondo de vericuetos y puertas que se ocultaba dentro. Teresa la quería fuera de casa, fuera de sus vidas. Se habían peleado dos semanas atrás. Teresa le dijo que le pagaba un curso de verano en Cambridge, pero Andrea se había negado. Odiaba que dominara su vida, odiaba que le dijera lo que tenía que hacer, odiaba que la tratara con esa displicencia despreciativa como si ella fuera un mueble que se podía cambiar de sitio e incluso tirar a la basura. Andrea le dijo que se iba a Atapuerca.

—Espero que no conviertas en un lupanar la casa de tu padre y que no lleves a ninguna de tus amigas tan raras.

El tono de abierta repugnancia la puso frenética. Andrea se dio la vuelta y se marchó sin contestar a su madre.

Cuando estaba a punto de llegar a casa, Andrea se tropezó con una rama vieja de árbol en el suelo. Se cayó de boca al suelo. Se retorció de dolor después de aterrizar con las manos sobre la gravilla y arena fina del camino. Permaneció un buen rato sin levantarse. Todo el cuerpo le temblaba. Cuando se puso de pie, gruesas gotas de sangre le cayeron como monedas de cinco céntimos sobre las Mizuno. Tenía una herida en la rodilla que latía con un dolor atroz. Cojeó hasta casa mientras oleadas de agonía le subían calientes e irritantes desde el tobillo. Se había hecho un esguince. Un cristal se le clavó una y otra vez en la carne, le arañó el hueso. Andrea se sintió muy frustrada consigo misma. Se tomó su lesión como una derrota personal.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 14

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 14

No vi entrar a Sebastián en el salón. Luisa se fijó en él antes que yo. Algo en su interior se animó, como si de repente se encendiera una llama dentro de ella, como si alguien hubiera encendido la luz bajo su piel. Me di cuenta de que había habido algo entre ellos por la manera en la que la inspectora Baeza le acarició con la mirada. Ella, que era cortante como el hielo, se suavizó.

—Hola, ¿cómo estás? —preguntó Sebastián.

—He estado mejor. ¿Y tú?

—También.

—Me alegro de verte, Sebastián.

 Sebastián estaba hecho un dandi. Vestía un traje negro de Armani sin una arruga, llevaba una camisa blanca también de Armani pulcramente planchada. Se acababa de duchar. Exhalaba un perfume cítrico que le hacía muy atractivo. Tenía el pelo oscuro, aún mojado de agua, peinado hacia atrás.

—¿Quieres un té verde? Iba a hacer ahora mismo. Es orgánico y detox —preguntó Sebastián.

—Sí, gracias —dijo Luisa, que hizo un esfuerzo ímprobo por no dejar traslucir ninguna emoción en su cara.

—Muy amable.

Aduriz se sintió un paleto al lado de Sebastián, quien le cayó fatal al instante. Le azuzó un rencor de clase. También se había dado cuenta del efecto que Sebastián causaba en Luisa. Le azotó una oleada de celos negros. Le acosó una sensación lacerante de humillación. No se había dirigido a él.

Sebastián abrió la caja verde Twinings, cogió un puñado de hebras negras y las echó en una tetera japonesa de hierro fundido color negro. Puso un cazo con agua a calentar.

—¿Y usted?

—Nada, gracias.

—¿Nos vienes a detener, Luisa? —preguntó con una sonrisa torcida.

—¿Tendría que hacerlo?

Sebastián sonrió y el sol salió en la habitación.

A Luisa le vino de golpe a la memoria al oler su olor cítrico intenso aquel verano cuando él, por orden de Max, se hizo cargo de ella, una niña de diez años destrozada tras el secuestro de su hermano. Sebastián le enseñó a excavar a la Dolina, le prestó libros de Prehistoria, le habló de evolución humana, de datación de fósiles, de geología, de huesos, de cráneos, de especies de homínidos, la llevó al Gil de Siloé y la invitó a comer en la cantina, la invitó al laboratorio y le puso a mirar por el microscopio electrónico los fósiles que habían desenterrado —después de inyectarles una solución consolidante con una jeringuilla y esperar veinticuatro horas— por la mañana en la Gran Dolina.

Sebastián le explicó que los cortes de los rellenos tenían más de veinte metros de altura en la Gran Dolina. Por esa razón habían levantado el andamio desde la base hasta lo más alto. También le contó que la cueva esta partida en dos, la cavidad continuaba al otro lado de la Trinchera, en el yacimiento del Penal. Alguna noche Sebastián también la llevó en su coche a Los Geranios cuando Luisa caía rendida de sueño tras una tarde infinita y maravillosa pasada con Max y él charlando, desafiando teorías científicas dominantes como la que aseguraba que en Europa no había fósiles de homínidos más antiguos de 500 000 años.

Sebastián le había salvado la vida. Ella lo miró y sonrió. Él la miró y sonrió.

—¿Con azúcar?

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