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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 61

Ilustra la novela Los crímenes de Atapuerca. Un viaje alucinante a Atapuerca

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más sangriento de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 61

Hace un mes, cuando Carla llegó a su casa, se cabreó nada más entrar al no encontrar a su hija Miriam en su habitación estudiando para el examen de Matemáticas que tenía. Sintió cómo crecía la animosidad que se había forjado entre su hija y ella desde que Miriam había alcanzado la adolescencia.

Carla fue al salón, donde Lucas estaba tumbado en el sofá jugando con el iPad al Brawl Stars.

—¿Dónde está tu hermana? —preguntó.

—No lo sé.

—Dímelo ahora mismo, Lucas.

—Que no lo sé te digo.

—Yo sé dónde está.

En el descampado no hay nadie. Solo están Marco y Miriam. La chica fuma hierba aspirando por la boquilla de un narguilé que Marco ha traído junto con dos litronas de Ámbar que ha robado de su casa.

Están sentados en un sillón de escay reventado por cuyas rajas sale una espuma amarilla como grasa subcutánea. Marco prepara los cubatas en vasos de tubo de plástico, también robados de casa, restos de una fiesta que su padre había dado con la gente de Atapuerca cuando encontraron el fémur de Eva en la Sima de los Huesos. Marco también había mangado el J&B y las latas de Coca-Cola.

Miriam expulsa el humo blanco al fresco aire de la tarde. El ambiente se carga con un olor acre a marihuana. Las nubes como un edredón blanco desfilan por la planicie azul pálido del cielo.

Miriam y Marco se besan. A Miriam la maría le da sueño y hambre y ganas de encerrarse en sí misma y no hablar con nadie.

Paran de besarse.

—¿Luego nos pedimos una pizza? Me muero de hambre.

—Está mi madre en casa. Pero ella pasa.

—Qué suerte. La mía es una loca que no me deja en paz.

Miriam y Marco se vuelven a besar. Al principio a Miriam le gusta, pero luego enseguida se cansa. Es como dar vueltas dentro de un agujero vacío, viciado, que no le aporta nada. Pero no puede parar, no ahora, porque Miriam sabe que cortar el rollo a un tío mientras te estás enrollando con él es romper una de las reglas tácitas que rigen la adolescencia. Aun así, tiene ganas de dejar de mover la lengua dentro de la boca de Marco, que huele a marihuana, a tabaco, a whisky, pero no puede hacerlo.

Al principio Marco le gustaba, pero cuando la besaba dejaba de gustarle. No sabía besar. No le daba placer. No era delicado ni experto. Era tosco, bruto.

Sin embargo, a Miriam le encantaba cómo Marco desquiciaba a su madre. Salir con él era una forma de vengarse de su progenitora, de todo lo que la había ignorado durante su infancia. Y el lunes al menos podría contar una versión muy mejorada de la experiencia real a Lucía y Marga, sus mejores amigas en el instituto. Adornarlo. «Tía, fue como 50 sombras de Grey». Miriam ni siquiera se había leído el libro. Pero todas las chicas presumían de sus experiencias sexuales en el instituto si pertenecías al grupo de las enrolladas como ella. Y Miriam por nada del mundo quería ser una pringada. Una apestada. Una leprosa como la Potrilla. La llamaban así porque era la hija del chófer de la ruta que recogía y llevaba a alumnos que vivían lejos del centro y del instituto. Era un hombre paleto y desgraciado de un pueblo de Málaga, Villanueva del Trabuco. Le llamaban el Burro. Su pobre hija, que venía de la Asunción, un colegio de monjas, donde era respetada y valorada por su carácter dócil y sus buenas notas, su concentración, en el instituto Manuel Machado era vilipendiada y humillada. Un día unas chicas de clase le habían llenado la melena rozada de pipas y chicles, le habían bajado los pantalones delante de todo el mundo. Encima la desgraciada tenía unas encías pronunciadas que sobresalían cuando hablaba y sonreía. Claro que la Potrilla había dejado de sonreír hacía mucho tiempo.

De repente, un Toyota Auris blanco apareció en el horizonte del descampado. El ruido, la furia, su madre. Miriam se separó de Marco como si le hubieran aplicado una corriente eléctrica. El Toyota derrapó en la tierra y salpicó piedrecitas de grava.

—Coño, no.

—Mierda.

Su madre salió del coche dando un portazo.

—¿Qué haces aquí?

—Mamá, por favor, no la montes —tono hastiado.

—Ven conmigo.

—No. Me quedo con Marco.

—Sube al coche ahora mismo te digo.

Delante de Marco no podía obedecer sumisamente a su madre. Perdería cincuenta puntos de enrollada en el instituto.

—Estás drogada.

—Es solo tabaco.

—¿Te crees que soy gilipollas?

—No estamos haciendo nada —balbució Marco.

—Tú cállate. Cierra la boca. Te quiero lejos de mi hija. Ni te acerques a ella, desgraciado —gritó Carla.

—Señora, no.

—Cierra la puta boca. Deja en paz a mi hija, ¿me oyes? Como le des más droga a mi hija, te denuncio, hijo de puta.

—Mamá, por favor.

—Súbete en el coche ahora mismo, idiota. Estás tirando tu vida a la basura.

—Mira quién fue a hablar, la que engaña a papá con su propio hermano.

Carla sintió la cara arder de vergüenza. La ira impulsó su mano contra la cara de su hija. La bofetada sonó como un disparo. Miriam la miró, rencorosa.

—En cuanto pueda me voy de casa.

—Pues ya estás tardando.

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Un viaje alucinante a Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 19

SINOPSIS

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 19

2 de junio de 2019. 14 días antes del asesinato. Atapuerca

Cuando fuimos a excavar a las cuatro de la madrugada a Atapuerca, había luna llena. Una miríada de estrellas iluminaba el yacimiento como si fuera un plató cinematográfico en un mar de oscuridad.

Andrea entró la primera en el túnel que conectaba la Galería con el TD6 de la Dolina.

Hacía años Max puso en práctica un método de excavación propio en la Galería. La investigación empezó en los niveles superiores. Max hizo un sondeo de cuatro metros cuadrados que llegó a la altura de los sedimentos fértiles. Él y su equipo sacaron los sedimentos estériles que se acumulaban en los veinticinco metros cuadrados de la Covacha de los Zarpazos. Al mismo tiempo investigaron en los treinta metros cuadrados de la Galería.

Años después excavó en «pastilla», en superficies verticales del mismo tamaño. Cuando se acababa de trabajar en esas «pastillas» y se desenterraban los niveles con material arqueopaleontológico, se picaba otra al lado. Así se contrastaban datos de las diferentes pastillas. Tras trabajar años se conseguía la misma información que en una excavación en extensión. La ventaja era que en cada abertura se profundizaba más y más para alcanzar antes lo más antiguo. Se excavaba solo en unas pocas pastillas. A medida que se ahondaba hacia el interior, escaseaban los fósiles porque los Homo del Pleistoceno medio e inferior ocupaban las entradas de las cavernas, donde tenían luz del sol.

«Luego voy yo», pensé. La angustia oprimió mi pecho como una tonelada de piedras.

Nos turnábamos dentro del túnel Andrea, Sebastián, Manu, Helena y yo porque debido a la falta de oxígeno no podíamos permanecer en el interior más de treinta minutos.

Cuando Andrea salió, con la cara negra y exhausta, y llegó mi turno, yo estaba aterrorizada, fuera de mí, con una corbata de hierro que se cerraba en mi garganta. Sebastián me ató la cuerda a la cintura. Me puse el casco de espeleología con la luz frontal. Me agaché a cuatro patas y gateé dentro del orificio.

Un aire nauseabundo, viciado y húmedo que olía a tierra y mineral me golpeó en la cara como un puñetazo. Hilos de sedimento y pequeños fragmentos de roca caliza se desgajaron del techo y me cayeron en el pelo. Me estremecí de miedo eléctrico. Una pitón de pánico frío e inquieto se ovilló dentro de mi tripa. Sentí los latidos de mi corazón en los oídos. Me obligué a arrastrarme hacia delante impulsándome con los codos porque todo mi ser me gritaba que me largara de allí y lo mandara todo a freír espárragos. Pero me adentré en esa oscuridad con la picoleta en la mano. Vi el capacho de obra color negro que me esperaba al fondo del túnel lleno de sedimento rojo oscuro. Allí tendría que echar el sedimento que excavara del TD6, el nivel donde se encontraban los fósiles humanos del Homo antecessor. Luego Sebastián sacaría el capacho cuando estuviera a rebosar y lo cargaría en el Land Rover de Max, en el Halcón Milenario, para almacenar el sedimento en la bodega de la casa en la sierra de Max. Allí se amontonaban montañas del material que habíamos extraído de las entrañas de la Dolina a la espera de ser cribado y lavado por las máquinas que estaban en la orilla del río Arlanzón. Pero no sería en esta campaña, sino en la siguiente. En un yacimiento paleolítico, y la Gran Dolina databa del Pleistoceno, hay que cribar todo el sedimento posible para recuperar los pequeños huesos de animales, los diminutos fragmentos que queden de las herramientas de la industria lítica, el polen y restos vegetales fosilizados.

Estábamos lejos de la hondonada en lo alto de la Gran Dolina, donde se excavaba normalmente, en un tablero de escaques formado por cuerdas blancas ancladas al suelo, con coordenadas cartesianas para situar geoespacialmente los fósiles, cuadrados suspendidos a medio metro de la superficie caliza. También había una cubierta de tablones de madera para no dañar el sedimento.

Me cayó un reguero de tierra sobre la cabeza. Me estremecí en un espasmo de terror cuando oí un murmullo de piedras que se desprendían, un fuerte estruendo, un trozo de túnel se derrumbó delante de mí.

Mi corazón se paró y luego latió muy acelerado. La sangre rugió en mi garganta. Sentí una quemazón en mi cara. Y otra vez esa espantosa sensación de miedo eléctrico, oscuro, que me dejó parada en el sitio sin poder mover un músculo, respirando con la boca abierta el aire con poco oxígeno del túnel. Me mareé y el vómito ácido e incontenible ascendió hasta mi boca, noté su amargura en la boca del esófago, reprimí el vómito. Tenía ganas de echarme a llorar. Las lágrimas se agolparon en los ojos y me oriné encima.

Fui cada vez más consciente del desastre que me acechaba, del riesgo que estaba corriendo, de la temeridad absoluta de lo que estábamos haciendo durante esas noches de verano. No podía llegar al TD6. El túnel estaba cegado. Tenía que salir antes de que se derrumbara otra parte del pozo horizontal y yo me quedara atrapada dentro.

Me sentí como una niña pequeña que, de repente, es consciente de que juega a un juego muy peligroso y quiere volver a su casa. Solo que yo no tenía ninguna casa a la que volver.

Mi menté proyectó escenas escalofriantes para obligarme a salir de ese agujero: yo sepultada bajo toneladas de tierra y roca caliza, yo muerta, pálida y fría, con la cara exangüe, salpicada de moraduras, tumbada sobre la mesa metálica de la sala de autopsias del Instituto Anatómico Forense de Burgos, yo asfixiándome con la boca llena de tierra. El corazón me latía, salvaje y desquiciado, sabiendo que iba a morir. El último soplo de vida, el último segundo y luego se pararía. Se acabaría la historia de la vida que me quedaba por vivir, solo tenía veinte años, por Dios.

De pronto sentí un apego brutal a esa vida que antes había despreciado y le prometí a Dios que jamás la volvería a desdeñar ni a minusvalorar si Él me daba una segunda oportunidad. Sería como volver a nacer, vivir con un nuevo yo más agradecido, con menos miedo, más feliz, más en paz. No quería morir. Aún no había escrito mis novelas, aún no había disfrutado de la vida lo suficiente, aún no había amado lo suficiente.

—¿Qué hacéis ahí? —gritó una voz bronca y desconocida.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 14

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 14

No vi entrar a Sebastián en el salón. Luisa se fijó en él antes que yo. Algo en su interior se animó, como si de repente se encendiera una llama dentro de ella, como si alguien hubiera encendido la luz bajo su piel. Me di cuenta de que había habido algo entre ellos por la manera en la que la inspectora Baeza le acarició con la mirada. Ella, que era cortante como el hielo, se suavizó.

—Hola, ¿cómo estás? —preguntó Sebastián.

—He estado mejor. ¿Y tú?

—También.

—Me alegro de verte, Sebastián.

 Sebastián estaba hecho un dandi. Vestía un traje negro de Armani sin una arruga, llevaba una camisa blanca también de Armani pulcramente planchada. Se acababa de duchar. Exhalaba un perfume cítrico que le hacía muy atractivo. Tenía el pelo oscuro, aún mojado de agua, peinado hacia atrás.

—¿Quieres un té verde? Iba a hacer ahora mismo. Es orgánico y detox —preguntó Sebastián.

—Sí, gracias —dijo Luisa, que hizo un esfuerzo ímprobo por no dejar traslucir ninguna emoción en su cara.

—Muy amable.

Aduriz se sintió un paleto al lado de Sebastián, quien le cayó fatal al instante. Le azuzó un rencor de clase. También se había dado cuenta del efecto que Sebastián causaba en Luisa. Le azotó una oleada de celos negros. Le acosó una sensación lacerante de humillación. No se había dirigido a él.

Sebastián abrió la caja verde Twinings, cogió un puñado de hebras negras y las echó en una tetera japonesa de hierro fundido color negro. Puso un cazo con agua a calentar.

—¿Y usted?

—Nada, gracias.

—¿Nos vienes a detener, Luisa? —preguntó con una sonrisa torcida.

—¿Tendría que hacerlo?

Sebastián sonrió y el sol salió en la habitación.

A Luisa le vino de golpe a la memoria al oler su olor cítrico intenso aquel verano cuando él, por orden de Max, se hizo cargo de ella, una niña de diez años destrozada tras el secuestro de su hermano. Sebastián le enseñó a excavar a la Dolina, le prestó libros de Prehistoria, le habló de evolución humana, de datación de fósiles, de geología, de huesos, de cráneos, de especies de homínidos, la llevó al Gil de Siloé y la invitó a comer en la cantina, la invitó al laboratorio y le puso a mirar por el microscopio electrónico los fósiles que habían desenterrado —después de inyectarles una solución consolidante con una jeringuilla y esperar veinticuatro horas— por la mañana en la Gran Dolina.

Sebastián le explicó que los cortes de los rellenos tenían más de veinte metros de altura en la Gran Dolina. Por esa razón habían levantado el andamio desde la base hasta lo más alto. También le contó que la cueva esta partida en dos, la cavidad continuaba al otro lado de la Trinchera, en el yacimiento del Penal. Alguna noche Sebastián también la llevó en su coche a Los Geranios cuando Luisa caía rendida de sueño tras una tarde infinita y maravillosa pasada con Max y él charlando, desafiando teorías científicas dominantes como la que aseguraba que en Europa no había fósiles de homínidos más antiguos de 500 000 años.

Sebastián le había salvado la vida. Ella lo miró y sonrió. Él la miró y sonrió.

—¿Con azúcar?

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El crimen más terrible de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 8

Sinopsis

Queridas amigas: comparto con vosotras el capítulo 8 de mi novela “Los crímenes de Atapuerca”. Os recuerdo la historia. El crimen más escalofriante de Atapuerca.

A Míriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

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Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 8

Carla, angustiada, corre hacia Cueva Mayor, se acerca a la puerta enrejada de Portalón, que está precintada por un cordón policial. El juez de guardia levanta el cadáver acompañado de la secretaria judicial, que toma notas en un bloc.

Es noche cerrada. La una de la mañana. Carla siente que le vacían las entrañas cuando ve a dos agentes que salen de Cueva Mayor portando el cadáver de Miriam metido en una bolsa funeraria negra, reposando sobre una tabla espinal.

—Hija mía, hija mía, aquí estoy, hija mía —aúlla Carla.

Ese aullido animal. Luisa solo lo ha oído dos veces. Cuando le dijo a aquel hombre que su niña había aparecido asesinada en aquel pozo cerca de Castro Urdiales después de que una vidente le hubiera convencido de que su hija de cuatro años estaba sana y salva, y a sí misma cuando volvió a la cueva de Rota y Toni, su hermano, había desaparecido con el monstruo.

Carla vuelve a aullar. No es agradable escuchar ese aullido de mamífera más allá de la desesperación. Ha perdido a su cría. La pesadilla empieza. No va a acabar nunca. Nada de lo que le diga Luisa va a poder consolar a esa madre. Lo sabe porque Luisa ha estado en ese lugar que está más cerca de la muerte que de la vida.

Un solo segundo te puede cambiar la vida para siempre.

Luisa coge a Carla del brazo y la retiene mientras le dice que no se acerque. Una mano invisible presiona el corazón a Luisa, que ahora se acuerda de Toni, su hermano. Siente que dentro de ella se desencadena una tormenta helada, llena de viento y nieve y desesperación.

Toni está a su lado. Tiene seis años como cuando desapareció.

—¿Por qué no volviste a buscarme, Luisa? Te esperé, te esperé. Pero no viniste —dice el niño.

La angustia cierra la garganta a Luisa.

—Me ha matado a mi hija. Hijo de puta, me ha matado a mi hija —grita Carla.

Desde una distancia de dos metros, Jesús Sinaloa mira cómo Quique, su hermano y padre de Miriam, abraza a su mujer.

Jesús arranca a andar por la cuesta embarrada fuera de Cueva Mayor y se seca las lágrimas que arrasan su cara con las mangas de su jersey.

Los dos agentes trasladan el cadáver al coche funerario. Otro agente abre la puerta trasera. Los policías meten dentro el cadáver de Miriam.

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Un viaje increíble a Atapuerca.

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