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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 9

ilustra la novela los crimenes de Atapuerca.  El crimen más terrible de Atapuerca

Sinopsis

Queridas lectoras: comparto con vosotras el capítulo nueve de mi novela «Los crímenes de Atapuerca». El crimen más terrible de Atapuerca. Os recuerdo la historia:

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 9

Amaneció una mañana preciosa. Un cielo despejado, de un azul delicado como si Dios lo hubiera pintado con sus propias manos. La sierra resplandecía verde brillante, empapada en rocío. Los bosques de encinas y robles se agitaban bajo una suave brisa.

Después de descubrir el cadáver de Miriam y responder a unas preguntas de la policía, Andrea y yo nos fuimos a la casa que Max tenía en la sierra de Atapuerca. Pero yo no pegué ojo en toda la noche. El insomnio y los fantasmas me mordieron la mente hasta que no pude más y me levanté, exhausta. A mi lado, Andrea dormía como un lirón, ajena a mi angustia.

Cuando cerraba los ojos, me venían a la memoria, en vertiginosas y envenenadas ráfagas de imágenes, la cara de Miriam pegajosa de sangre, con los ojos desorbitados, las moraduras en su cara, el pelo negro empapado de sangre coagulada y negra. Esos recuerdos se mezclaban con otros jirones de mi pasado que había intentado olvidar, pero había sido inútil. Yo abriendo la puerta de la habitación de papá. Papá tendido en el suelo, inconsciente, con una espuma blanca saliéndole por la boca, bajo un gran charco de sangre oscura que se oscurecía sobre las baldosas de mármol color salmón. La ansiedad latió en la base de mi garganta con su ritmo sin aire, con su tono siniestro. Papá se había tomado setenta Orfidales. Inconsciente, se había caído de la cama al suelo, donde se había golpeado la cabeza con la pata de mi mesa de estudio, la mesa en la que yo había preparado mis exámenes de Matemáticas, Historia y Literatura durante mi adolescencia, la mesa frente a la que yo había pasado horas y horas hincando los codos, tratando de escribir una novela frente a mi cuaderno y fracasando en el intento.

Por fin, harta de mi depresión silente, harta de estar en la cama dando vueltas, anhelando un descanso que no llegaría, decidí levantarme. Fui a la cocina vacía. Toda la casa dormía. Me preparé un café. Me lo bebí de pie ante la ventana con vistas al jardín que Max había plantado cuando se construyó la casa. A Max le encantaba trabajar la tierra, le encantaba ensuciarse las manos, cavar, arar, plantar, regar, escardar, rastrillar.

Max había nacido y crecido en un pequeño pueblo del Pirineo catalán, Tallül. Sus padres eran campesinos. Allí, de niño, Max se había metido en las cuevas de la montaña acompañado de su abuela y había desenterrado fósiles, los había estudiado y coleccionado. Su habitación era un cúmulo de huesos de osos, fragmentos de cráneos humanos que había excavado, cuchillos de sílex. Una tarde encontró hasta un bifaz tallado en piedra, perteneciente al periodo Achelense.

Durante el invierno, el jardín lo cuida Martín, un chico de Ibeas de Juarros que viene una vez por semana a regar, a quitar las malas hierbas, a rastrillar las hojas que se acumulan en el césped, a podar los árboles cuando toca.

En su jardín, Max creó su propio paraíso, su Arcadia particular. Plantó todas las especies arbóreas que se le antojaron. Hay árboles frutales: limoneros, naranjos, nísperos, manzanos, mandarinos, perales. Hay olmos, magnolios, cipreses, cedros del Líbano, nogales, avellanos, robles, cedros del Atlas, bojes, eucaliptos, enebros sirios, laureles, aligustres, mahonias, castaños de Indias, cedros del Himalaya y cipreses de Portugal.

Max, arrebatado por su entusiasmo maníaco, impulsado por su energía desbordante, incansable, llegó a plantar también un tejo y un gingko biloba, cuyas hojas se ponen amarillas en invierno. Es un jardín maravilloso.

Abro la puerta de la cocina y salgo al porche con suelo de losas de piedra. Estoy descalza. El suelo está frío. ¿Qué le voy a decir a la policía? Porque la policía va a venir a interrogarnos a Andrea y a mí enseguida. Es cuestión de minutos, de horas a lo sumo. Puede que la inspectora Baeza ya esté de camino hacia nuestra casa. Hará muchas preguntas. Querrá saber la verdad. Querrá saber lo que vi. ¿Y qué vi exactamente? Los recuerdos se tornan confusos en mi cabeza aturdida. Solo hay una cosa que voy a ocultar a la policía. Andrea me lo ha pedido como favor y yo le he dicho que sí.

Ayer llegamos a las tres de la mañana a casa. Estábamos agotadas. Bebimos agua como dos desesperadas, nos duchamos, nos pusimos el pijama y nos servimos una copa de vino de una botella de Alión mediada que había sobre la encimera de la cocina. Yo quería irme a la cama enseguida, estaba exhausta, pero Andrea insistió en que descargáramos los clips de las tarjetas de nuestras GoPro y viéramos su contenido en nuestro Mac portátil.

Nos sentamos frente a la mesa de la cocina y contemplamos los planos que habíamos grabado hacia unas horas cuando encontramos el cadáver de Miriam Sinaloa dentro de la Sima de los Huesos.

—¿No te registró la policía?

Andrea negó con la cabeza.

Qué inútiles, por favor. La policía real es menos eficaz que la que sale en las series de televisión. Menuda chapuza. La cantidad de asesinos que andarán sueltos por ahí, la cantidad de equivocaciones, de errores letales que se habrán producido a lo largo de los años en las investigaciones policiales, la cantidad de inocentes que estarán encerrados en las cárceles injustamente. Me estremecí.

La luz de nuestras linternas se proyectaba en la cámara funeraria de la Sima. El cadáver de Miriam sobre un gran charco de sangre en los tablones de madera, los gritos y el horror como brochazos rojos en el cerebro, el escalofrío y una sombra que se perdía en el corredor del fondo. ¿Quién era? No le reconocí la cara. Solo era un bulto. Pero supe que era el asesino. El corazón me latió muy deprisa. Me sobresalté. Paré con el puntero del ratón el vídeo. Rebobiné las imágenes. Me fijé en una débil luz titilante que había al fondo de un ramal de la sima. Me recorrió un escalofrío frío por la espina dorsal

—¿Esta salida no estaba ciega? —pregunté a Andrea.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 8

Sinopsis

Queridas amigas: comparto con vosotras el capítulo 8 de mi novela “Los crímenes de Atapuerca”. Os recuerdo la historia. El crimen más escalofriante de Atapuerca.

A Míriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 8

Carla, angustiada, corre hacia Cueva Mayor, se acerca a la puerta enrejada de Portalón, que está precintada por un cordón policial. El juez de guardia levanta el cadáver acompañado de la secretaria judicial, que toma notas en un bloc.

Es noche cerrada. La una de la mañana. Carla siente que le vacían las entrañas cuando ve a dos agentes que salen de Cueva Mayor portando el cadáver de Miriam metido en una bolsa funeraria negra, reposando sobre una tabla espinal.

—Hija mía, hija mía, aquí estoy, hija mía —aúlla Carla.

Ese aullido animal. Luisa solo lo ha oído dos veces. Cuando le dijo a aquel hombre que su niña había aparecido asesinada en aquel pozo cerca de Castro Urdiales después de que una vidente le hubiera convencido de que su hija de cuatro años estaba sana y salva, y a sí misma cuando volvió a la cueva de Rota y Toni, su hermano, había desaparecido con el monstruo.

Carla vuelve a aullar. No es agradable escuchar ese aullido de mamífera más allá de la desesperación. Ha perdido a su cría. La pesadilla empieza. No va a acabar nunca. Nada de lo que le diga Luisa va a poder consolar a esa madre. Lo sabe porque Luisa ha estado en ese lugar que está más cerca de la muerte que de la vida.

Un solo segundo te puede cambiar la vida para siempre.

Luisa coge a Carla del brazo y la retiene mientras le dice que no se acerque. Una mano invisible presiona el corazón a Luisa, que ahora se acuerda de Toni, su hermano. Siente que dentro de ella se desencadena una tormenta helada, llena de viento y nieve y desesperación.

Toni está a su lado. Tiene seis años como cuando desapareció.

—¿Por qué no volviste a buscarme, Luisa? Te esperé, te esperé. Pero no viniste —dice el niño.

La angustia cierra la garganta a Luisa.

—Me ha matado a mi hija. Hijo de puta, me ha matado a mi hija —grita Carla.

Desde una distancia de dos metros, Jesús Sinaloa mira cómo Quique, su hermano y padre de Miriam, abraza a su mujer.

Jesús arranca a andar por la cuesta embarrada fuera de Cueva Mayor y se seca las lágrimas que arrasan su cara con las mangas de su jersey.

Los dos agentes trasladan el cadáver al coche funerario. Otro agente abre la puerta trasera. Los policías meten dentro el cadáver de Miriam.

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Un viaje increíble a Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”.Capítulo 7

Sinopsis

Queridas lectoras: comparto con vosotras el capítulo 7 de mi novela «Los crímenes de Atapuerca». Trata de un crimen estremecedor. Os recuerdo la historia:

A Míriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 7

Una hora después, en una habitación del hotel NH de Burgos, Jesús Sinaloa y Carla Veiga, su cuñada, yacen en la cama en actitud cómplice tras hacer el amor. Se miran a los ojos y se acarician. Se abrazan y se ríen entre las sábanas.

Se han abierto el uno al otro. Se han buscado. Se han amado en silencio secreto como llevan haciendo desde hace años.

Por las ventanas se cuelan las agujas de la fachada de la catedral, el cimborrio del crucero —gótico flamígero—, que dan su carácter especial a la basílica Metropolitana de Santa María. Las torretas se elevan a un cielo muy azul y luminoso.

—Eres preciosa —dice Jesús.

Carla se ríe. Ronronea como una gata encima del cuerpo caliente de Jesús. Cuando ha eyaculado minutos antes —estaban haciendo el 69 y han parado para acoplarse uno dentro del otro—, su semen dorado ha formado una parábola perfecta que ha salpicado la pared. Carla se ha sentido en éxtasis. Está muy enamorada de Jesús. Sacrificaría toda su comodidad burguesa, su buen matrimonio, por este amor loco y sin esperanza. Sin embargo, no abandona a Quique.

Carla se lleva bien con Quique, su marido y hermano de Jesús, se acaban de comprar una nueva casa juntos, tienen una hija adolescente a la que quieren con locura, Miriam, y un hijo de diez años, Lucas, al que quieren aún más. En este momento, ella está dispuesta a arriesgarlo todo por vivir esta alegría, esta felicidad que siente. Cuando salga del hotel, se le pasará.

—Miriam no opina lo mismo. Dice que dos de las grandes bromas de la humanidad son que Trump haya ganado las lecciones y que yo diga que voy al gimnasio.

—Los adolescentes son crueles por naturaleza. Creen que nunca van a ser viejos —dice Jesús.

Jesús abraza a Carla y la besa con pasión.

Carla siente que se abre dentro de su pecho un agujero volcánico que rezuma lava, embriaguez amorosa, locura de gozo, plenitud jubilosa. Su nuca se ancla a esa sensación que no quiere perder. Acumula demasiadas mañanas aburridas, deprimidas, sin ganas de levantarse de la cama que Carla asocia a su matrimonio cómodo y vacío, mediocre, a su adaptación a una vida fácil y mecánica como profesora de Literatura en el instituto Manuel Machado.

El éxtasis amenaza con estallar en su pecho. Promete placer a medida que nota las caricias de Jesús, que recorren su espalda y bajan hacia su vientre, hacia su clítoris. Abajo y arriba, vuelta a empezar. La anticipación del clímax vacía la cabeza de oxígeno y preocupaciones a Carla.

—Me encanta.

—Ya me he recuperado.

Horas después pensará de forma obsesiva que, mientras ella estaba haciendo el amor con Jesús, su hija de dieciséis años yacía muerta con la cabeza reventada a martillazos dentro de la Sima de los Huesos. Pero ahora no. Ahora Carla es feliz. Aún no sabe la noticia y no intuye ni huele el dolor que la espera.

La iglesia San Martín de Atapuerca.

Después de hacer el amor por segunda vez, Carla y Jesús se abrazan. Carla se medio duerme entre los brazos de su amante. Es la hora de comer, cuando Jesús puede escaparse de su trabajo en Atapuerca y ella de corregir trabajos sobre Anna Karenina . No, no se le escapa la ironía respecto al paralelismo con su propia vida al haber elegido la novela de Tolstói. Muchos de los análisis críticos de sus alumnos están copiados de Internet, del Rincón del Vago, de foros y chats. Muy pocos de los chicos se han leído la novela de Tolstói, la mejor novela de la historia según Carla. Puede oler el heno en esta habitación cuando Lievin siega en su finca, también siente el enamoramiento de Anna por Vronsky, porque es el suyo, y horas más tarde experimentará su alienación, su desconexión de la gente, su ausencia de vida cuando Anna se tira a las vías del tren. Carla también querrá suicidarse tras la muerte de su hija y saldrá a la terraza de su casa y mirará hacia la calle, dominada por el ansia de escapar del sufrimiento y reunirse con Miriam en el más allá. Su niña. Querrá sentir el dolor que sintió su hija.

Pero todavía no ha llegado ese momento. Ahora Jesús y Carla se arrullan con una ternura despreocupada en su cama de hotel, sábanas frescas y blancas que una mujer anónima e invisible se ocupa de lavar, planchar, cambiar y estirar cada mañana.

—Me tengo que ir —dice Jesús de repente.

Carla nota que antes él estaba abierto y ahora está cerrado. Absorbe su olor y siente el hambre de la separación.

—Quédate —ronronea Carla.

—Tengo prisa. Muchas cosas que hacer.

—Tú mismo —dice ella mientras mira una extraña mancha de humedad en el techo, que para ella podría representar la imperfección de la vida, la frustración del amor cuando es demasiado intenso y los amantes no lo pueden contener.

—Esto no puede ser, no puede ser. No podemos recuperar el pasado —dice Jesús.

—Al menos vístete para decirme eso —dice Carla. Una llama de enfado cerca su corazón.

Jesús se incorpora. Se sienta en la cama para ponerse los calzoncillos y los pantalones. Cara enjuta, cabeza romana, nariz patricia, frente despejada, cuerpo delgado y escuchimizado, pero pecho muy buen formado, propio de un atleta. Le encanta correr maratones. Y más aún correr campo a través en la sierra de Atapuerca.

—Jesús, fuiste tú, fui yo, los dos lo estropeamos todo. Pero no todo está perdido.

—Para mí sí, yo ya no siento lo mismo.

Un estallido de dolor en el pecho. Cómo le duele a ella que él diga eso. En ese momento lo odia. Pero sabe que Jesús lo dice para castigarla. ¿Será capaz de dejarlo? Ahora tiene ganas de abandonarlo.

—Pero te acuestas conmigo.

—Sí. Pero es la última vez.

Carla asiente con un cansado gesto de cabeza. Jesús siempre dice lo mismo, pero luego siempre la busca y vuelve a ella.

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Un crimen estremecedor.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 6

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Un crimen espeluznante.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 6

Jesús Sinaloa guía la visita por la excavación de Cueva Mayor a los estudiantes del instituto Manuel Machado. Los adolescentes recorren la superficie rocosa húmeda, resbaladiza, y echan un vistazo a la bocana ancha, oscura y telúrica de la Sima de los Huesos. De allí Sinaloa y su equipo sacaron a mano toneladas de sedimento profanadas por bandidos y arqueólogos aficionados desde el siglo xviii hasta que consiguieron alcanzar los niveles de excavación. En la Sima no encontraron fósiles de herbívoros ni herramientas líticas. Pero sí más de doscientos osos, Ursus deningeri, amontonados dentro de la cavidad. También descubrieron leones, lobos, zorros, linces, garduñas y comadrejas.

Las paredes de la cueva están cubiertas de andamios para poder excavar en los niveles superiores.

Jesús cuenta a los alumnos que la acumulación de fósiles humanos del Pleistoceno Medio en la Sima es la más importante del mundo.

—Y también aquí se encontró al primer hombre asesinado de la historia. Hallamos un cráneo de hace 430 000 años con grandes agujeros en la frente —dice Jesús.

—¿Qué había pasado? —pregunta Max Rey, que aparece en la puerta de Cueva Mayor. Con su gran altura, bigote rotundo cano, aire enjuto y orgulloso, su salacot calado sobre su poderosa cabeza, siempre impresiona la primera vez que lo ves.

Max mira a Miriam. Esta le sostiene la mirada y esboza una sonrisa que derrocha encanto.

Cruz de Atapuerca en el Camino de Santiago.

—Chicos, os presento a Max Rey, el jefe de todo esto —dice Jesús con cierta sorna mal disimulada.

—Lo dice para hacerme la pelota. Pero no vas a quedarte con la Dolina por ello y la Liga la ha ganado el Barça —responde Max.

Los adolescentes se ríen, excitados.

—¿Qué tal estás? —dice Jesús.

—Fenomenal. —Max le escruta con los ojos amusgados—. A mí me sacan de aquí con los pies por delante —dice mientras se levanta el salacot.

Jesús lo ignora y prosigue con su historia.

—Es un misterio. El cráneo lo descubrimos a quince metros de profundidad. Es el cráneo número 17.

Un neandertal primitivo asesta con una piedra un golpe mortal en la cabeza de otro, que cae abatido al suelo. Luego el asesino tira el cadáver al agujero negro y profundo de la Sima de los Huesos.

—Hay pruebas forenses de que lo mataron —dice Jesús—. Lo que le convierte en uno de los primeros casos de asesinato documentados de la historia —añade—. Recogimos cincuenta y dos fragmentos de hueso. Descubrimos que el cráneo tenía dos lesiones mortales que penetraron en el hueso frontal, justo encima del ojo izquierdo del muerto.

—¿Seguro que no fue un accidente o una caída? —pregunta Max.

Jesús Sinaloa responde que los golpes se los dieron de arriba hacia abajo, lo cual confirma que fue un asesinato.

Max reposa otra vez su mirada sobre Miriam. La adolescente lo mira, desafiante y halagada. Por fin baja la mirada y sonríe.

Una hora después, Maite, la madre de Luisa Baeza, da vueltas alrededor del bar Los Geranios. El aparcamiento está iluminado bajo las iridiscentes nubes. Paredes encaladas y desconchadas, goteras, escombros, basura y ruina, un sitio que ha conocido tiempos mejores. Luisa llega con su coche, aparca, mira a su madre esperándola fuera. Se toma su tiempo antes de salir. Suspira, agotada.

Por fin sale. Su madre y Luisa ni se abrazan ni se besan. Se miran como dos felinos a la expectativa. La mirada a la defensiva de Luisa escruta a su madre. Se fija en sus manos, que tiemblan. Su madre se da cuenta de que su hija la mira. Esconde sus manos detrás de la espalda.

—¿Qué tal estás? —pregunta Luisa.

—Mejor que nunca —responde Maite.

—No es eso lo que me cuenta Mar —dice Luisa.

—Tu hermana es una exagerada que se ahoga en un vaso de agua —dice su madre—. Si me incendiaran la casa, yo también sería una drama queen —espeta Luisa, cansada ya de su madre, y acaba de verla.

—De eso no hay peligro porque yo nunca viviría en tu casa —dice Maite.

—Eso me alivia, madre —responde Luisa.

Un silencio tenso se remansa entre madre e hija.

—¿Vas a vivir sola en ese piso? —pregunta por fin Luisa a su madre.

Primer asalto. La dinámica de su relación disfuncional que se repite en bucle. No se quieren. Siempre las mismas pullas, los mismos reproches.

—Por supuesto que sí. A lo mejor me cojo a un chulazo y me gasto la herencia de tu padre —dice Maite.

—Mi padre no dejó herencia, pero sigue con tu ego en plan Blanche Dubois —dice Luisa.

—¿No sabes que quieren construir aquí un hotel?

—Creía que Atapuerca era patrimonio de la humanidad.

—Poderoso caballero es don dinero.

—Siempre ha sido así.

—Mira que eres cruel, ¿qué te he hecho? —dice su madre.

 —Nada. Yo soy así por naturaleza: cruel —dice Luisa.

—Te has quedado sola, Tomás ya no pudo más, ¿eh? —dice Maite.

Golpe en estómago. Malestar que le oprime el pecho como una lápida.

—Eso no te importa —dice Luisa, tensa.

Voy a estrangular a Mar. Bocachancla.

—Y a ti sí te importa cómo tengo que vivir mi vida —sentencia Maite.

Un silencio incómodo flota en el ambiente.

—Te morirás sola, Luisa, te encontrarán quince días después de muerta porque un vecino se quejará del mal olor —dice Maite.

—No te olvides de los pastores alemanes husmeando, madre. ¿Por eso me has llamado? —pregunta Luisa.

De repente, todo cambia. Su madre se va, angustiada, coge el móvil para llamar a un taxi. Tropieza, se cae, se tuerce el tobillo y se pone a llorar, vulnerable como una niña. Luisa se acerca y la ayuda.

—Mamá, ¿te has hecho daño? Perdona, mamá, no quería ponerme así. —La niña culpable que Luisa lleva dentro aflora de repente.

El bolso de su madre despanzurrado sobre la grava. La madre alarga una mano para recogerlo. Luisa coge antes que ella el bolso y se lo alcanza. De repente, Luisa mira unos papeles caídos sobre la grava y se da cuenta de algo. Mira a su madre.

—¿Qué es esto? —pregunta Luisa hojeando los papeles—. ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Quieres que renuncie a mi herencia? ¡Ja, ja, ja!

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Un crimen espeluznante.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 4

Sinopsis

Queridas lectoras: comparto con vosotras el capítulo cuatro de mi novela “Los crímenes de Atapuerca”.

A Míriam Sinaloa, una estudiante de dieciséis años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 4

1 junio de 2019. Quince días antes del asesinato. Burgos

La mañana en la que Max Rey nos convocó a su despacho, yo tenía una resaca espantosa. No me acordaba de nada de lo que había pasado la noche anterior en la fiesta. Solo tenía un puñado de estados de ánimo: ansiedad, vergüenza, culpa y la sensación ominosa de tener que guardar un secreto: mi infidelidad a Andrea, mi novia. No ha pasado. Si no piensas en ello, no ha pasado.

Andrea y yo acudimos a la cita con Max como dos conspiradoras. Salimos de nuestra habitación de la residencia de estudiantes Gil de Siloé con el sigilo de dos gatas. Atravesamos los pasillos de baldosas jaspeadas de piedras grises y marrones que olían a calcetines sucios, pizza revenida y jabón de fregar, un olor que me recordaba al colegio, donde había sido muy infeliz. La mala conciencia me atormentaba.

De camino al despacho de Max, nos cruzamos con Ricardo Díez, quien, con cara de malicia y una sombra de avidez lujuriosa que se posó en sus pequeños y mezquinos ojos, me preguntó:

—¿A dónde vas, Lara?

—A la cantina —improvisé sin aflojar el paso, con Andrea tirándome de la manga de la camiseta, impaciente ya por que nos despegáramos de Ricardo, quien le caía como una patada en el estómago.

Pero Ricardo se pegó a nosotras como una sanguijuela. Se acompasó a nuestro paso sin hacer caso del rechazo que irradiábamos.

—¿Ahora? —Ricardo fingió sorpresa.

—¿Qué tal anoche? —dije yo en un desesperado intento de cambiar de conversación, con Andrea poniendo mala cara y sacando la lengua como si vomitara, sin importarle que Ricardo la viera. No le importaba quedar bien. La independencia era una de sus mejores virtudes.

—Yo acabé fatal. Estoy superperjudicado. Me sobraron los últimos chupitos, esos jodidos cerebritos —dijo Ricardo sin aliento.

Andrea aceleró el paso. Odiaba a Ricardo, un pelota máximo, un lobo con piel de cordero, duro con los débiles y débil con los duros. Blando por fuera, despiadado por dentro.

Ricardo Díez era un experto en preparar los cerebritos que remataban la fiesta los sábados por la noche en el Gil de Siloé. Si eras lo suficientemente incauta como yo para seguirlo en su farra, los malditos cerebritos te cocían el cerebro con su alcohol eléctrico. El resultado era una jaqueca azul fosforescente que cabrilleaba en el horizonte más inmediato de las circunvoluciones de mi cerebro.

No había cumplido lo que me había prometido a mí misma. No me había escapado de la fiesta para ir a buscar a Andrea a su habitación monacal, donde ella estudiaba por la noche, tal y como había planeado cuando empezó la juerga. En contra de mi buen juicio, había permanecido en la celebración en la cancha de baloncesto mágica y sudorosa del Gil de Siloé, con Max cantando desde la cima de la barra al lado de la nevera de Coca-Cola Its Only Rock and Roll and I Like it mientras bebía sin parar whisky con agua y hablaba con Germán, con el que acabaría en la cama, borracha. No puedes beber así.

Saturada por la culpa, preocupadísima por que Andrea pudiera darse cuenta de que anoche le había sido infiel, aparté ese recuerdo de mi memoria. Pero la ansiedad me atormentó, me aplastó, me asfixió, me escaldó y no me dejó vivir.

Dos horas antes me he duchado en la habitación de Germán, desesperada y hecha polvo, con las piernas temblando por el agotamiento de la resaca, oliendo a sexo y a mala conciencia, dominada por el ansia de borrar el más mínimo rastro de la noche anterior.

La angustia posalcohólica me hizo pedir a Dios ser buena. Solo quería ser una buena persona. Solo quería ser decente. Sabía que era el dolor que tenía acumulado dentro de mí el que me hacía beber de esa manera desquiciada y hacer cosas horribles que no quería hacer. Arrepentida, prometí compensar a Andrea, a quien quería de verdad. Es la chica de la que estoy enamorada hasta las trancas.

—A mí también me duele la cabeza —dije mientras fijaba la vista en mis zapatillas New Balance negras.

Andrea puso los ojos en blanco y miró al techo.

—¿A qué hora acabaste?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 3

Sinopsis

Queridas lectoras: comparto con vosotras el tercer capítulo de mi novela “Los crímenes de Atapuerca”. Os recuerdo la historia:

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más increíble de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 3

Mientras conduce, Luisa se pierde el cielo diáfano y luminoso, sin rastro de nubes y las vistas a la sierra de la Demanda, en la que se crio y que conoce como la palma de su mano. Su mente absorbe toda su atención y borra la realidad que la rodea como si fuera una bayeta húmeda que friega los restos de suciedad sobre una mesa.

Luisa anticipa y escenifica en su mente la discusión que sabe que va a tener con su madre nada más llegar a Atapuerca.

Mar, su hermana pequeña, ya no quiere cuidar más de su madre, y esta no puede vivir sola, a pesar de que sea lo que ella quiere. Luisa quiere ingresarla en una residencia. Si algo tiene claro es que ella no va a cuidar de su madre. Mamá es bipolar y no se toma la medicación, lo que va a ser una juerga para toda la familia. Mamá está en estado maníaco. Fuegos artificiales, champán descorchándose, risas como burbujas resplandecientes en la noche.

Mar le ha dicho a Luisa que todos estos años lleva ella ocupándose de mamá, que no es justo. Mamá está demente y quiere dominar a toda la familia como ha hecho durante toda su vida. Ha incendiado la casa en un descuido, y Luis, el marido de Mar, un santo varón, le ha dado un ultimátum a su hermana: o él o su madre se van de casa. Mar, además, tiene dos niñas, la menor de dos años. ¿Podría Luisa vivir con ella durante unos días ahora que ha vuelto a Burgos?

No, coño, no.

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El crimen más increíble de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 5

Sinopsis

Queridas lectoras: comparto con vosotras el quinto capítulo de mi novela thriller “Los crímenes de Atapuerca” (Editorial Caligrama) Os dejo la sinopsis para las que os acabéis de incorporar a este viaje. Un crimen escalofriante.

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Capítulo 5

1 junio de 2019. Quince días antes del asesinato. Burgos

El zumbido de los tubos fluorescentes en el techo, el trasiego de la gente del equipo de la Dolina, que iba recién duchada a desayunar a la cafetería del Gil de Siloé. Los más viejos, con pantalones cortos vintage color caqui Coronel Tapioca de amplios bolsillos, camisetas beige con el dibujo impreso del Homo antecessor. Los más jóvenes, con el pelo de punta engominado, litros de colonia, olor a champú de hierbas. Mañana recién estrenada.

Ruido de bandejas metálicas. Café con leche y paquetes de galletas María. Una camarera, con cara de resignación y, a la vez, de desear estar en otro sitio, que lleva un gorro blanco parecido a los de la ducha, solo que de tela blanca ajustado a sus rizos grasientos y negros, me mira.

—¿Qué te pongo? —pregunta.

Flashes desagradables me bombardean la cabeza. Germán penetrándome en su cama. Yo arqueando la espalda y echando atrás la cabeza.

Germán, que busca neandertales en la cueva del Mirador.

¿Por qué lo había hecho? Cuando bebía no tenía límites, podía hacer cualquier cosa, perdía el control. Quiero retroceder en el tiempo y borrar mi infidelidad. La vergüenza me cubre como un sudario.

Esa mañana me juro que no vuelvo a beber. La resaca me hace sentirme fuera de la realidad, de todo lo bueno que tiene la vida, del amor por mi chica, atrapada por una espantosa migraña. El corazón me late como un pájaro angustiado.

Hace solo diez días que estoy en Atapuerca, pero me parece que llevo diez años. El yacimiento se divide en cuatro complejos. El primero que se investigó fue el complejo 1, que está compuesto por la Sima de los Huesos, la Sala de los Cíclopes, la Galería de las Estatuas, la Galería de Sílex y el Portalón.

La Trinchera del Ferrocarril es el complejo 2. Allí se encuentran los yacimientos de la Sima del Elefante, la Gran Dolina, Galería y Covacha de los Zarpazos y el Penal.

En los años 70 se descubrió el complejo 3, que está enclavado lejos de la Trinchera. Lo compone el yacimiento del Abrigo del Mirador. A continuación, en la década de los 80, fuera de las cuevas, al aire libre, se hallaron los yacimientos del Hundidero, Hotel California, Fuente Mudarra y Valle de las Orquídeas.

Aún estaba reciente la polémica acerca de la especie que se había encontrado en la Sima de Los Huesos. Michael Donovan, profesor del Museo de Ciencias Naturales de Londres, aseguraba que esos homínidos eran neandertales primitivos. Pero Jesús Sinaloa, director del yacimiento de la Sima de los Huesos, la había clasificado como Homo heidelberguensis.

En Atapuerca se excava en nueve yacimientos, un cinco por ciento de los doscientos descubiertos en la sierra. Se hace un trabajo de paleontología que se heredará de generación en generación. El 99 % de los fósiles y restos de la industria lítica siguen enterrados.

—Resacón en Burgos —bromea Ricardo mientras se acerca con un gesto cómplice y me susurra—: Un poco de coca te vendría bien.

—Ya llegamos tarde, vamos, Lara —dice Andrea, arrastrándome hacia el despacho de Max. Tengo que reprimirme porque todas las células de mi cuerpo ansían un gramito de cocaína. El deseo arde dentro de mí y me emborracha con su promesa infinita de euforia. La boca se me seca. Un latigazo de frustración me azota.

—Buenos días, Andrea. Anoche no te vi en la fiesta —dice Ricardo mirando a Andrea con gesto frío.

Andrea ni se molesta en contestarle. Tira otra vez de mi manga y me susurra:

—Vamos. ¿Tú no estabas muerto, Ricardo? —pregunta Andrea con ese orgullo que es marca de la casa.

A pesar de que estoy a punto de vomitar, no puedo evitar reírme.

—Cómo eres, qué tía —contesta Ricardo con tono de cabreo disfrazado de sorna—. Qué educación —añade.

Me doy cuenta de que un nubarrón negro cruza la cara de Andrea. De repente, intuyo que se avecina una pelea. Andrea no soporta que se le mencionen su infancia de huérfana ni su crianza sin padres biológicos.

Una oleada de irritación hacia Ricardo se levanta dentro de mí. «Qué invasivo, el muy idiota. ¿Por qué no nos deja en paz?, ¿no se da cuenta de que no queremos hablar con él? ¡Qué gilipollas!».

Cojo la mano de Andrea y se la aprieto en un gesto de complicidad.

Ahora soy yo la que tira del brazo de Andrea, que se ha puesto rígida. Me acerco a su cuello, ese cuello que yo tanto amo y que he acariciado durante tantas noches que ahora añoro, noches de cartografiar su cuerpo de huesos frágiles de pájaro. De pronto me viene su manera íntima y especial de llegar al orgasmo, retorciendo la cara y luego relajándola. Su grito de gozo íntimo.

—Pasa de él. Es un gilipollas.

—Te vi anoche. Pero tú no me viste, Lara. —Malicia en los ojos de Ricardo, que parpadean rápido como si fuera un Bambi inocente.

Siento una increíble tensión en mi tripa. Quiero tapar la boca de un puñetazo a ese pesado, quiero lanzarme a su carótida y darme un baño de sangre a su costa.

De repente, el miedo a que Ricardo diga algo de lo que pasó anoche con Germán me devora. «¿Por qué lo hiciste?, ¿estás loca? Tienes en Andrea lo que siempre has soñado. ¿Cómo puedes ser tan perversa y serle infiel a tu novia, que te quiere?». No puedo beber. Me lo decía mi amigo Antón. «Lara, no puedes beber». Llega un momento en el que descontrolo, hago cosas espantosas de las que luego me arrepiento. La culpa me come. Me muero si Andrea se entera. Me enferma la idea de perderla. Me odio a mí misma. Ardo de vergüenza.

Ricardo abre la boca con un deleite desnudo que brilla en sus ojos de serpiente, que aparentan una simpatía de quincalla.

—Te vi bailar con Germán.

Cuchillada en la tripa, pánico frío que se enrosca en mi espina dorsal. Hiervo de ira blanca, estallido caliente. El impulso de pegarle una bofetada al idiota integral de Ricardo me pica, poderoso.

Pero una náusea fría asciende del estómago a mi garganta. Voy a vomitar. Me doblo y echo un líquido amarillo sobre las Nike blancas y nuevas de Ricardo.

—¡Joder!

—Lo siento.

—Llegamos tarde, Ricardo. Ciao —dice dándole la espalda.

Andrea y yo dejamos con la palabra en la boca a Ricardo, quien es tan vulnerable al rechazo. Nos mira con expresión frustrada y cabreada.

Andrea se parte de risa mientras tira de mí hacia el baño. Me lavo y enjuago la boca llena de un eco ácido, repugnante. Me derrito de vergüenza. Tengo que dejar de beber.

Corremos por los pasillos del Gil de Siloé, la residencia donde se aloja todo el equipo que trabaja en Atapuerca durante la campaña de excavación. La Junta de Castilla y León paga el alojamiento. Al lado de este edificio están los laboratorios donde el equipo, por la tarde, analiza los restos fósiles que han encontrado por la mañana.

Normalmente se excava durante los meses de junio y julio. Pero este año es un año muy especial por muchas razones y unos pocos paleontólogos han empezado a trabajar a finales de mayo.

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Un crimen escalofriante.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 2

Me hace ilusión compartir con vosotras, queridas lectoras, el segundo capítulo de mi novela “Los crímenes de Atapuerca” (Editorial Caligrama, 2021) Os hago un resumen para aquellas que no conozcan la historia que cuenta la novela.

Campaña  de excavación de 2019. Sima de los Huesos. Atapuerca.

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca con su instituto, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El cadáver aparece sobre un charco de sangre, con los brazos y las piernas rotos posmortem.

La inspectora de la Policía Judicial de Madrid, Luisa Baeza, que creció en el bar Los Geranios,  a la entrada de Atapuerca, vuelve a Burgos, con el corazón desgarrado después de separarse de su pareja de toda la vida y presa de un grave conflicto familiar con su hermana: el decidir quién se hace cargo de su madre bipolar.

Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de Miriam junto al subinspector Miguel Ángel Aduriz. Expulsada de la Policía Judicial de Madrid por agredir a un acusado y víctima de una investigación interna que la ha sometido a escarnio público, Baeza se enfrenta profunda crisis personal y se obsesiona con un caso policial en el que busca una redención. Pero volver a casa también significa enfrentarse a sus demonios y a su pasado.

La historia tiene lugar en una Atapuerca desangrada por sus guerras intestinas: el equipo de la Dolina enfrentado al de la Sima de los Huesos por el reconocimiento, el prestigio y el poder.

Capítulo 2

10 horas antes. Atapuerca

Un autocar lleno de adolescentes se acerca al yacimiento. Los chicos, abismados en sus móviles, se mandan wasaps mientras oyen música trap por sus cascos. No prestan ninguna atención al entorno de increíble belleza que se cuela por las ventanillas. La sierra de Atapuerca, con sus perfiles violetas, sus lomas de encinas y arbustos color verde oliva, sus campos amarillos de trigo y avena loca, salpicados de amapolas como manchas de sangre.

Miriam tiene solo dieciséis años y ya se siente hastiada de la vida. Se apodera de ella un nihilismo pesimista que le hace desconfiar de la supuesta pureza y buenas intenciones de la gente. La adolescente se siente asqueada del mundo. El instituto es un entorno hostil que aborrece. Su casa es otro campo de minas, donde sus padres no paran de pelearse, del que quiere escaparse en cuanto pueda. La chica está sumida en una crisis existencial. Está pasando momentos negros.

Miriam es una chica muy guapa, morena, de pelo largo, con un piercing en la nariz y un tatuaje de una garza real en el brazo que le costó una buena bronca en casa.

Ahora, cuando faltan pocos minutos para llegar a Atapuerca, Miriam adelanta una y otra vez en su cabeza el momento en el que va a ver a su tío Jesús. Ya ha pensado en lo que va a hacer. Lo saludará como si no pasara nada. Pero el diablo lo lleva dentro. Miriam rabia al revivir la humillación que le inflige su madre al engañar a su padre con su propio hermano, Jesús. Pero ya no tendrá que aguantar mucho más. Pronto cumplirá los dieciocho y será libre. En cuanto sea mayor de edad, se irá de casa con Marco y empezará por fin a vivir. No volverá a ver a su madre. Esa será su venganza.

Piedras cerca de Atapuerca, en la ruta del Camino de Santiago.

La inspectora de homicidios Luisa Baeza recorre con su BMW azul cobalto la carretera que lleva de Burgos a Atapuerca. A pesar de que suena la voz sexy y aguardentosa de Bruce Springsteen en su iPod conectado al sistema de reproducción de música, a pesar de que oír a Bruce siempre la anima, Luisa no puede evitar sentirse al borde de la desesperación.

Hey, little girl, is your daddy home?

Did he go away and leave you alone? Mmmmmm.

I got a bad desire.

Oh, oh, oh, Im on fire.

«No pienses, no pienses, para, para», se dice Luisa a sí misma.

En el bar Los Geranios, justo a la entrada de Atapuerca, Maite espera a su hija Luisa. Sostiene nerviosa unos papeles en la mano. Es incapaz de estarse quieta y da cortos paseos inquietos alrededor de una casa y un bar que tienen pinta de llevar varios años cerrados.

Luisa mira en su móvil un wasap de Tomás, su marido, que permanece sin respuesta: «Cógeme el teléfono. Llámame».

La cabeza de Luisa viaja al pasado. Una mano le da al play de la cinta de una discusión con Tomás, su ex. Ahora su mente da versiones mejoradas de lo que le gritó en su momento. Qué puta mierda es la vida. Tiene que desengancharse del lorazepam como sea, está empanada y todo le parece bien, una pauta ajena a su personalidad salvaje. Solo hasta que supere la crisis y el divorcio que está atravesando.

—Te dejo —dice Tomás sin poder mirarla a la cara.

Luisa lo mira como si hubiera visto a un fantasma.

—¿Cómo se llama ella?

 —No hay ninguna «ella».

—Y Trump ha ganado las elecciones de forma limpia. Vete a tomar por culo.

—Ya nunca lo hacemos —dice Tomás.

—O sea, que ahora la culpa es mía —dice, despacio, Luisa.

—No.

—No me quieres —suelta Luisa sin pensarlo demasiado. El silencio de Tomás y su cabeza gacha son ominosos.

Luisa lo mira, derrotada.

—¿Es por lo de los niños? —pregunta Luisa con voz muy bajita.

Tomás niega con la cabeza.

—Cuando me conociste sabía que no quería.

—No es por eso.

—¿Y por qué es?

—Tienes un muro dentro. Es imposible llegar a ti. No puedo más.

—Cambiaré.

—No, la gente no cambia, Luisa.

—Yo sí. ¿Por qué, Tomás?

—Porque estás siempre deprimida o cabreada.

Touché.

El móvil de Luisa suena. Es su hermana Mar. Luisa mira al techo del BMW y suelta un bufido. Coge la llamada y pone el manos libres. Silencia a Bruce.

—Luisa, soy yo. Mira, mamá está insoportable. No, no quiere ir a la residencia. Ya sabes cómo es. Me veo en Navidades empantanada y ella todavía en casa. No puede estar sola. Bueno, ya lo sabes. Y encima venga a mandar. Yo me tengo que cuidar. Tengo una depresión en pie. Al final mamá nos entierra a ti y a mí.

—Mar, cálmate.

—Tú lo ves todo muy fácil, hermanita. Desde Madrid se ve todo muy fácil.

—Mamá va a ir a la residencia quiera o no quiera.

—Conjunto residencial para mayores.

—Lo que sea.

—Luisa, te tengo que decir algo.

Luisa contiene la respiración.

—Mamá ha dejado el litio.

—Coño.

—Ya, tía. Está fatal. Te lo aviso. No hay quien haga carrera de ella. Está cerril. A ver si a ti te hace caso.

—Sería la primera vez.

—¡Qué guerra da mamá, coño!

—¿Me lo dices o me lo cuentas?

Gracias querida lectora por compartir conmigo esta aventura. Leer es un refugio en la vida. Te dejo el enlace a “Los crímenes de Atapuerca”

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 1

SINOPSIS

A Miriam Sinaloa, una estudiante de dieciséis años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de La Sima de los huesos. La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención. El crimen más oculto de Atapuerca.

CAPÍTULO 1

Andrea y yo nos ponemos los monos rojos manchados de arcilla, los arneses, los cascos de mineros con luz frontal, cogemos las linternas, nos subimos las cremalleras, nos ajustamos las cámaras Gopro en el casco antes de sumergirnos en el laberinto oscuro y frío de la Sima de los Huesos que tiene forma de calcetín.

La única investigación que importa en la vida es la de averiguar quiénes somos. Esa frase parpadea en la pantalla de la mente de Andrea ante de abismarse en el tobogán negro de la Sima de los Huesos. Baja por la escala anclada a la bocana que se balancea inestable.

Andrea es la nieta de Max Rey, codirector del proyecto Atapuerca y máximo responsable de la excavación en La Gran Dolina. Todo el mundo decía en Atapuerca que Max la dejaba bajar a la Sima sin control porque era una enchufada. Pero Andrea, que fue testigo del asesinato de su madre a los cuatro años de edad, ha soportado demasiado sufrimiento en la vida como para que le afecte a su serotonina las pullas de algunos. Su infancia es su caja negra. Sin embargo si sobrevives a los fantasmas del pasado, te haces fuerte porque ya no te importa lo que te pase.    

Yo la miro con cara de preocupación. He aceptado bajar con Andrea a la Sima de los Huesos porque quiero vigilarla. La última vez que descendió sola a excavar estuvo tanto tiempo en el agujero que se quedó sin oxígeno. Max tuvo que llamar al 112, que la salvó in extremis después de que entrara en parada cardiorrespiratoria.  

La excavación se divide en cuadrículas. El trabajo se aborda excavando en los estratos que corresponden a un fragmento de tiempo de la Prehistoria.

 

Es el yacimiento funerario más antiguo del mundo. Allí se encontró un fósil de 430.000 años de antigüedad, el famoso cráneo número cinco, también conocido como Miguelón, Homo heidelberguensis o neandertal primitivo -todavía hay polémica- conservado gracias a las increíbles condiciones de temperatura y humedad de la excavación.  

La Sima de los Huesos alberga la colección de fósiles humanos más completa de la era del Pleistoceno Medio. Se han encontrado 50 esqueletos completos de homínidos. Se ha logrado descifrar ADN humano en fósiles de hace medio millón de años. Hay muy pocos yacimientos donde se conserve ADN tan antiguo como no sea bajo el hielo. La Sima es única. No hay otro sitio donde se pueda extraer ADN mitocondrial tan antiguo.

Del techo de caliza cuelga la única planta que hay, al lado del termómetro. La temperatura se mantiene en diez grados. Estamos a treinta metros de profundidad. La concentración de oxígeno es muy baja. Movernos nos cuesta mucho esfuerzo a Andrea y a mí. 

Sierra de la Demanda en verano.

Unos huesos sobresalen como estacas grotescas del suelo de barro.

-Son fósiles de oso-dice Andrea-Los humanos están abajo-añade y se vuelve hacia mí, con esa sonrisa aniñada que me llena el pecho de emoción.

Los sedimentos han bajado hacia la base de la sima, una profunda hendidura de catorce metros de profundidad. Un puré de barro del que emergen huesos humanos que se fosilizaron hace medio millón de años.

-Me da miedo mirarlos por si se deshacen-digo.

-Ja, ja, ja-se ríe Andrea. La alegría burbujea en mis venas por haberla hecho reír.

Cada doce meses quitamos sólo veinte centímetros de barro. Es un trabajo paciente y desesperante.

-¿Qué hay?-pregunto.

-De todo-contesta Andrea-. Costillas, vértebras, cráneos, huesos de manos y pies, huesos de brazos y piernas.

Media hora antes Andrea y yo hemos estado en la Sala de los Cíclopes. El silencio era absoluto y sobrecogedor. Oía cómo caía una gota de agua al suelo con un eco que reverberaba en el túnel a oscuras. Andrea enfocó con su linterna. Era un fascinante sepulcro de calma sellada al vacío. El techo se encontraba a veinte metros de nuestras cabezas. Me invadió un gigantesco alivio por estar en un espacio más grande antes de meterme en el agujero.

Ahora, ya dentro de las entrañas de La Sima, nos adentramos en un cementerio de primitivos neandertales. Jesús Sinaloa, codirector de Atapuerca, se equivocó. Los homínidos que están enterrados aquí no encajan en la especie africana Homo heidelberguensis como él dijo años atrás.

Andrea y yo nos arrastramos por la tortuosa base de la Sima que tiene una altura de un metro cuadrado. Apenas caben cinco personas dentro. 13 grados centígrados de temperatura. 95 por ciento de humedad. Oxígeno al límite. El suelo es limoso, un barro de arcilla que se pega a los monos. La pared de roca kárstica aplasta nuestras caras. Me fijo en las manchas de color marfil en las paredes. Atisbo unas grandes piedras encima. Si la Tierra temblara, se desprenderían y nos aplastarían. La sensación de claustrofobia se puede tocar con las manos dentro de la Capilla Sixtina de la evolución humana.

La Sima de los Huesos es uno de los tres yacimientos que componen Portalón de Cueva Mayor. Los otros dos son La Galería de los Cíclopes y la Galería de las Estatuas. A Andrea sólo le interesa bajar a la Sima de los Huesos donde el año pasado desenterró los restos del cráneo 16, al que llamó Ana, por la chica de la que estaba enamorada y que acababa de morir por hipoxia mientras trabajaba dentro del gran túnel funerario.

La muerte de Ana sumió a Andrea en una depresión de la que aún no se ha recuperado del todo.

Durante esta campaña de 2019 el objetivo es excavar en la zona de paso entre la rampa y la cámara distal. Pero Andrea tiene su propia hoja de ruta.

Sin embargo, la niña bonita de Jesús Sinaloa, el director de Portalón y La Sima de los Huesos, es la Galería de las Estatuas situada a 350 metros de Cueva Mayor. La mayor parte del equipo trabaja en los sondeos de las dos catas excavadas. Allí hacen arqueología molecular en un yacimiento ideal para ello ya que está sellado. El principal problema que plantea la secuenciación de ADN de los homínidos desenterrados es que es muy cara y, muchas veces, no aporta novedades a la investigación. Pero Jesús dice que es una nueva manera de investigar la evolución humana.

Andrea y yo llegamos a la base de la Sima de los Huesos. El yacimiento tiene 700 metros de túneles bajo tierra. Nos apoyamos sobre tablones manchado de arcilla roja. Los tablones se han puesto para proteger el sedimento que se excava. Los paleoantropólogos trabajan tumbados sobre la madera.

Andrea y yo nos arrastramos sobre el suelo hasta llegar a la cuadrícula en la que estamos excavando en busca de un nuevo esqueleto de neandertal primitivo.

Me adentro en el corazón del yacimiento de fósiles humanos más rico del mundo. Me embarga una emoción brutal. Descarga de excitación efervescente. Me siento muy viva.

-Los arrojaban muertos-susurra Andrea mientras graba la claustrofóbica cavidad con su Gopro-Por una entrada que no es ésta.

-¿Se ha descubierto?

-No.

A oscuras, a tientas, al llegar a una de las cámaras funerarias donde los Neandertales primitivos amontonaban los cadáveres, de repente yo toco algo pegajoso, enfoco con mi linterna y reculo. Mi corazón me da un vuelco. Suelto un escalofriante alarido. Me estremezco de pánico.

El cadáver de una adolescente desnuda, con la cabeza reventada de un martillazo, descansa sobre un lecho de sangre, sobre los tablones de madera.

Andrea se acerca a gatas al cuerpo que tiene unas marcas tatuadas en el pecho. La toca.

-¿Quién es?-pregunta.

-Vámonos de aquí.

Me ahogo. El oxígeno no me llega al cerebro. Boqueo. Mi cámara Gopro oscila, desquiciada y graba el horror que estoy viendo en la oscuridad sobrenatural. Andrea empieza a hiperventilar. Se mete la mano en uno de los bolsillos de su mono rojo y saca un inhalador para el asma. Se lo coloca en la boca y aspira muy fuerte.

-Es Miriam-dice, con voz ahogada.

El crimen más oculto de Atapuerca.

“Los crímenes de Atapuerca” de Nuria Verde.

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El crimen más oculto de Atapuerca.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 61

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más sangriento de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 61

Hace un mes, cuando Carla llegó a su casa, se cabreó nada más entrar al no encontrar a su hija Miriam en su habitación estudiando para el examen de Matemáticas que tenía. Sintió cómo crecía la animosidad que se había forjado entre su hija y ella desde que Miriam había alcanzado la adolescencia.

Carla fue al salón, donde Lucas estaba tumbado en el sofá jugando con el iPad al Brawl Stars.

—¿Dónde está tu hermana? —preguntó.

—No lo sé.

—Dímelo ahora mismo, Lucas.

—Que no lo sé te digo.

—Yo sé dónde está.

En el descampado no hay nadie. Solo están Marco y Miriam. La chica fuma hierba aspirando por la boquilla de un narguilé que Marco ha traído junto con dos litronas de Ámbar que ha robado de su casa.

Están sentados en un sillón de escay reventado por cuyas rajas sale una espuma amarilla como grasa subcutánea. Marco prepara los cubatas en vasos de tubo de plástico, también robados de casa, restos de una fiesta que su padre había dado con la gente de Atapuerca cuando encontraron el fémur de Eva en la Sima de los Huesos. Marco también había mangado el J&B y las latas de Coca-Cola.

Miriam expulsa el humo blanco al fresco aire de la tarde. El ambiente se carga con un olor acre a marihuana. Las nubes como un edredón blanco desfilan por la planicie azul pálido del cielo.

Miriam y Marco se besan. A Miriam la maría le da sueño y hambre y ganas de encerrarse en sí misma y no hablar con nadie.

Paran de besarse.

—¿Luego nos pedimos una pizza? Me muero de hambre.

—Está mi madre en casa. Pero ella pasa.

—Qué suerte. La mía es una loca que no me deja en paz.

Miriam y Marco se vuelven a besar. Al principio a Miriam le gusta, pero luego enseguida se cansa. Es como dar vueltas dentro de un agujero vacío, viciado, que no le aporta nada. Pero no puede parar, no ahora, porque Miriam sabe que cortar el rollo a un tío mientras te estás enrollando con él es romper una de las reglas tácitas que rigen la adolescencia. Aun así, tiene ganas de dejar de mover la lengua dentro de la boca de Marco, que huele a marihuana, a tabaco, a whisky, pero no puede hacerlo.

Al principio Marco le gustaba, pero cuando la besaba dejaba de gustarle. No sabía besar. No le daba placer. No era delicado ni experto. Era tosco, bruto.

Sin embargo, a Miriam le encantaba cómo Marco desquiciaba a su madre. Salir con él era una forma de vengarse de su progenitora, de todo lo que la había ignorado durante su infancia. Y el lunes al menos podría contar una versión muy mejorada de la experiencia real a Lucía y Marga, sus mejores amigas en el instituto. Adornarlo. «Tía, fue como 50 sombras de Grey». Miriam ni siquiera se había leído el libro. Pero todas las chicas presumían de sus experiencias sexuales en el instituto si pertenecías al grupo de las enrolladas como ella. Y Miriam por nada del mundo quería ser una pringada. Una apestada. Una leprosa como la Potrilla. La llamaban así porque era la hija del chófer de la ruta que recogía y llevaba a alumnos que vivían lejos del centro y del instituto. Era un hombre paleto y desgraciado de un pueblo de Málaga, Villanueva del Trabuco. Le llamaban el Burro. Su pobre hija, que venía de la Asunción, un colegio de monjas, donde era respetada y valorada por su carácter dócil y sus buenas notas, su concentración, en el instituto Manuel Machado era vilipendiada y humillada. Un día unas chicas de clase le habían llenado la melena rozada de pipas y chicles, le habían bajado los pantalones delante de todo el mundo. Encima la desgraciada tenía unas encías pronunciadas que sobresalían cuando hablaba y sonreía. Claro que la Potrilla había dejado de sonreír hacía mucho tiempo.

De repente, un Toyota Auris blanco apareció en el horizonte del descampado. El ruido, la furia, su madre. Miriam se separó de Marco como si le hubieran aplicado una corriente eléctrica. El Toyota derrapó en la tierra y salpicó piedrecitas de grava.

—Coño, no.

—Mierda.

Su madre salió del coche dando un portazo.

—¿Qué haces aquí?

—Mamá, por favor, no la montes —tono hastiado.

—Ven conmigo.

—No. Me quedo con Marco.

—Sube al coche ahora mismo te digo.

Delante de Marco no podía obedecer sumisamente a su madre. Perdería cincuenta puntos de enrollada en el instituto.

—Estás drogada.

—Es solo tabaco.

—¿Te crees que soy gilipollas?

—No estamos haciendo nada —balbució Marco.

—Tú cállate. Cierra la boca. Te quiero lejos de mi hija. Ni te acerques a ella, desgraciado —gritó Carla.

—Señora, no.

—Cierra la puta boca. Deja en paz a mi hija, ¿me oyes? Como le des más droga a mi hija, te denuncio, hijo de puta.

—Mamá, por favor.

—Súbete en el coche ahora mismo, idiota. Estás tirando tu vida a la basura.

—Mira quién fue a hablar, la que engaña a papá con su propio hermano.

Carla sintió la cara arder de vergüenza. La ira impulsó su mano contra la cara de su hija. La bofetada sonó como un disparo. Miriam la miró, rencorosa.

—En cuanto pueda me voy de casa.

—Pues ya estás tardando.

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Un viaje alucinante a Atapuerca.

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