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“El Estado contra Pablo Ibar”: una duda razonable

Una duda razonable

A veces pienso cómo le habría ido la vida a Pablo Ibar si se hubiera criado en España en vez de Estados Unidos. Lo que sí se es que no habría acabado en el corredor de la muerte. La imagen que se me clava en el alma durante el documental “El Estado contra Pablo Ibar” es la cara doliente de su padre, que lleva sobre sus hombros todo el sufrimiento del mundo, sus ojos, cuando condenan a su hijo a muerte permanece dentro de mi. Cándido, un pelotari vasco que fue al Nuevo Mundo a hacer fortuna y acabó con su hijo mayor, Pablo, en el corredor de la muerte. Una duda razonable.

Lo que te deja claro el documental es un puñado de dudas razonables sobre si Pablo fue el asesino de tres personas a mediados de la década de los 90 y también que Pablo no tuvo un primer juicio justo. Pero le condenaron a muerte.

Hay un espanto en comprobar cómo cambia la cara de Pablo tras treinta años en la cárcel, cómo el tiempo moldea y da gravedad a los rasgos juveniles de su rostro. Hay oscuridad ardiente, encerramiento, limitación absoluta, toneladas de soledad, y disciplina mental y física para no volverse loco, hay también amor y apoyo de los suyos, sin los que no hubiera sobrevivido, según él mismo confiesa.

A Seth Peñalver, el compañero tambien condenado a muerte junto a Pablo, lo absuelven en un segundo juicio. El primer juicio a Pablo Ibar es rápido y chapucero, lleno de equivocaciones y errores, el abogado de Pablo hace un defensa nefasta de su cliente. La Fiscalía busca una condena rápida con Pablo Ibar y la consigue: condena a muerte.

Pablo ha contado en una carta cómo es la vida diaria en el corredor de la muerte. Empieza antes del amanecer con un grito “Chow time” y a través de la bandeja, le sirven su rancho. Se guarda una parte para por la noche, cuando le entra el hambre. Le dejan salir un par de horas cada dos semanas. Pablo trabaja en su caso y hace ejercicio físico. Responde a las cartas de los que le apoyan fuera de los muros de la cárcel. Cuando le permiten salir de su celda, esas escasas horas al aire libre, juega al baloncesto, su deporte favorito. Ha comprado una radio en prisión y la música le salva la vida.

¿Es culpable o inocente? El documental no te lo deja claro como todos los buenos documentales. El final es tuyo. Yo tengo una duda razonable de que sea culpable. Por tanto creo que Pablo Ibar debería salir de la cárcel. Hay demasiadas irregularidades en el caso Ibar como para mantener encerrado a un hombre, que se ha pasado 30 años dentro de prisión, la mayoría de ellos en el corredor de la muerte.

Quien le iba a decir a Cándido Ibar cuando arribó a Miami, a Estados Unidos, con mil millones de ilusiones, y mujer y dos hijos pequeños, que su sueño de una vida mejor acabaría envenenado en el pozo del torcido destino, el mal azar.

Joe Nascimento abogado de Pablo, está increíble, hay qué ver cómo se implica, cómo lucha por su cliente, cómo consuela con su serenidad legal a Pablo Ibar y a su familia, cómo participa en sus comidas familiares y se muestra amable con Cándido, Tania, la mujer de Pablo, y el propio preso, calmando los ánimos.

Pablo Ibar, esposado, con el abogado encargado de su apelación, Joe Nascimento, al fondo.

Pero, al principio, Pablo Ibar tuvo a otro abogado, el desastroso Kayo Morgan, quien era para echarle de comer aparte.

Dos años antes de que en 1994 se cometiera el triple asesinato que llevaría al español Pablo Ibar a la cárcel durante 24 años16 de ellos en el corredor de la muerte, se celebraba en Fort Lauderdale, cerca de Miami, un juicio insólito. Un abogado acusado de desacato se presentaba ante el tribunal acompañado de Smooch, un mono diabético en pañales. Durante los interrogatorios, el simio permaneció sobre los hombros de su dueño, para deleite del jurado y del propio magistrado que, no obstante, acabó mandando al letrado al calabozo.

Cuando en el año 2000, se celebró el segundo juicio contra Pablo Ibar, Morgan se había enganchado a opiáceos para aliviar sus dolores. El abogado fue incapaz de encontrar a un experto en reconocimiento facial para impugnar la principal prueba de la Fiscalía: unas imágenes de la cámara de vídeo que tenía oculta una de las víctimas en el salón de la casa.

Volvamos a la casilla de salida de esta historia. El 26 de junio de 1994, el domingo en el que la vida de Pablo iba a cambiar para siempre, dos hombres entran en la casa de Casimir Sucharski, dueño de un célebre club nocturno de Miami: El Casey’s Nickelodeon. Este hombre de 48 años estaba acompañado de Marie Rogers y Sharon Anderson, dos modelos de 24 años, a las que aquel sábado no les apetecía salir pero que al final decidieron disfrutar de una noche de fiesta que acabó en tragedia.

Los dos asaltantes se cuelan por la puerta del jardín y golpean y asesinan a tiros al hombre y a sus acompañantes con la intención de robar. Una cámara oculta en la estancia graba la brutal escena e incluso filma el rostro de uno de los asesinos, cuando éste se quita la camiseta con la que se tapaba la cara. Por desgracia, la calidad de la imagen no es alta. La cámara no es de seguridad profesional, sino una para aficionados de la época que su dueño solía emplear para grabar encuentros sexuales a escondidas.

¿Es Pablo Ibar el chico que aparece en la imagen?

Puedes ver “El Estado contra Pablo Ibar” en HBO.

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“Allen vs Farrow”: la versión de Dylan, la hija

La obsesión enfermiza de Woody Allen con su hija adoptada junto a Mia Farrow, Dylan, su concentración excesiva en ella, con exclusión de su mujer y el resto de los hijos, su atracción hacia Dylan se ponen sobre la mesa en el documental “Allen vs Farrow”. La guerra de Allen y Farrow.

-Solo existían ellos dos-cuenta Mia Farrow.

-En cuanto entraba en casa, yo atraía como un imán a mi padre-dice Dylan, quien sentía que su padre la monopolizaba y la apartaba del resto de su familia, como si quisiera tenerla solo para él.

Dylan también cuenta que su padre, Woody Allen, se acostaba en calzoncillos, con ella, siendo niña en la cama de matrimonio y la abrazaba, y que ella se sentía culpable, porque sentía que eso era raro, que era algo que no le gustaba, pero era su padre ¿no? Dylan se sentía culpable.

Desde luego, al margen de si ha habido abusos sexuales a su hija de Woody Allen, el ambiente familiar era raro raro, rarísimo.

-Cuando Woody estaba en casa, Dylan no jugaba con otros niños. Allen se la llevaba a dar un paseo o a leerle un cuento a solas. Seguía a Dylan-dice Priscilla, una amiga de la familia.

La presencia omnipresente , enfermiza del padre.

-Recuerdo estar en la cama, juntos, en ropa interior, abrazados, recuerdo sentir su aliento en mí-recuerda Dylan.

-Él se arrodillaba y apoyaba su cara en el regazo de Dylan. Yo sentía que eso no estaba bien- añade Mia Farrow.

Mia Farrow, con su hija Dylan.
Foto familiar de tiempos más felices.

Siguiendo un patrón clásico como víctima de presuntos abusos de su padre, Dylan cuenta que, de niña, la actitud de su padre le parecía normal porque era lo que vivía en su día a día en su casa. De hecho, una vez una amiguita invita a Dylan a su casa, y ésta descubre que su padre no está encima de ella todo el día y ese hecho le parece raro.

El mundo al revés.

La pregunta que late en el fondo de la historia es la siguiente: ¿abusó Woody Allen de su hija Dylan realmente?

Bueno, si te crees la versión de Farrow y Dylan, sí. Claro. Nadie puede afirmar que sea verdad lo que dice el documental porque la historia está contada desde un único ángulo y no hay pruebas y los tribunales han declarado inocente a Allen. La guerra de Allen y Farrow.

¿Cómo desbrozar la verdad tras un divorcio traumático, una infidelidad de Allen con la propia hija adoptada de ambos, con el rencor de Mia Farrow? Yo dudo. Luego creo a Dylan. ¿Por qué no iba a creer a Dylan? ¿Por qué iba a mentir Dylan? Luego dudo. La duda está presente todo el rato.

La guerra de Allen y Farrow

Mia Farrow dice una frase demoledora:

-Yo fui la que metí a ese tío en la familia.

Pero ¿quién sabe la verdad? Yo no. ¿Cuenta Mia Farrow la verdad? Más dudas.

Por otra parte, el documental es aburrido, tedioso, y sí, tendencioso. Empecé a verlo con ganas y poco a poco me fui desinflando. Todo el rato es lo mismo. La historia no progresa, no tiene giros, no hay versiones contrastadas. Cuenta la versión de la hija, Dylan, que es la versión de la madre, Mia.

Pero más allá de la veracidad de los abusos, más allá de la acusación de abusos sexuales por parte de Allen con su hija Dylan, “Allen vs Farrow” es el retrato de una familia muy peculiar: la que formaban Mia y Woody, con ese porrón de niños revoloteando a su alrededor. Niños que se sienten incluidos o excluidos, amados o no, favoritos o ninguneados, dignos de atención o no. Algunos de los hijos son más estrellas que los otros. Soon Yi aparece, con una cara de triste, que te mueres.

Como espectadora siento la necesidad de ir más allá de la versión edulcorada que da Mia Farrow de su familia al margen de Allen, porque no me parece creíble ese mundo feliz, ideal, de familia idílica criada en el campo. Mia todo el rato grabando a los hijos en plan obsesivo, en su versión más naif y rosa. Raruno.

Moses y Soon Yi han dicho que había maltrato psicológico, encierros, y que Mia aceptaba a unos hijos y rechazaba a otros.

Al final el documental, pesadote y aburridote, es sobre la naturaleza humana, sobre familias que sufren, sobre madres, padres e hijos, sobre relaciones complicadas y misteriosas.

Puedes ver “Allen vs Farrow” en HBO.

La guerra de Allen y Farrow.