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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 58

El asesinato más estremecedor de Atapuerca

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más estremecedor de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 58

En la sala de reuniones olía a sudor y orines, a grasa de hamburguesa, a comida china, a gases mefíticos, a humanidad. Una gran mesa de cristal con los bordes mellados que había conocido tiempos mejores. Sillas a ambos lados.

Por la ventana empañada por regueros de lluvia sucia se veían las agujas caladas con influencia germánica de la catedral, obra de Juan de Colonia.

En las sillas pegadas a la pared gris claro estaban sentados Jiménez y Ruscalleda. Ambos tenían la mandíbula tensa, pero aparentaban la relajación propia de los impostores de nacimiento, como si estuvieran en una situación favorable y Luisa fuera la culpable y no ellos.

La inspectora Baeza supo que Jiménez no iba a admitir que había metido la pata hasta el fondo.

—Como sabes, se ha descartado a Max Rey como sospechoso.

—Mi informe pericial era correcto, lo hice con el máximo rigor científico. Descartar a Max Rey es un error.

«Soplapollas fantasma». A ella le molestó su tonillo autoritario de tenor, su exhibición de resoplidos de suficiencia y muecas de desprecio. Le pagaban por eso. Luisa se murió de ganas de levantarse y pegarle un puñetazo con todas sus ganas en toda la nariz. ¡Zasca! Luisa se murió de ganas de ver a Jiménez sangrar como un cerdo delante de ella.

—Señor Jiménez, las cámaras de seguridad han descartado a Max como sospechoso. Es imposible que él lo hiciera. ¿Sigue creyendo usted que su informe pericial era correcto? —preguntó Aduriz con cara de monje atormentado.

Luisa captó una risa en el fondo de su pregunta. Una perversa satisfacción aleteó dentro de Luisa. Contaba con un inesperado y útil aliado. Ella, que siempre se había sentido sola. «Gracias, Aduriz, por no ser un pelota ni un reptil servil».

Jiménez se pellizcó el mentón con el dedo índice y el pulgar de su mano derecha.

Luisa se tensó con una rabia incrédula. No podía ser verdad. Ese capullo se había equivocado en el peritaje de la mordedura de la víctima. Menuda cagada. Era un desastre. Jiménez era más falso que un duro sevillano. Y luego los políticos se colgaban medallas bramando que teníamos la mejor Policía Científica del mundo cuando habíamos quedado como cocheros después de que la perito 161 dijese que los huesos de Ruth y José, los niños de Córdoba asesinados por su padre, José Bretón, eran de animales. Se había necesitado del peritaje de Etxeberría para certificar que eran humanos.

¿Y si ahora ella hacía lo mismo?, ¿y si pedía una asesoría externa?, ¿a quién?, ¿y cuánto dinero iba a costar?

—No me puedo creer que digas eso. ¿Cómo puedes decir que tu dictamen tiene rigor científico? ¡Y yo soy la Virgen de Lourdes! Menuda jeta tienes.

—Luisa, cálmate.

—Tuve mucha presión y mucha falta de medios —farfulló Jiménez.

Un brillo feroz le cubrió la mirada.

—¡Eso no es verdad!

Luisa estaba fuera de sí. Había causado un daño profundo a Max Rey. Era muy grave lo que había pasado. Y ella había sido la ejecutora. Echó un vistazo a Aduriz, que miraba al suelo emanando un olor a vergüenza.

—Hay que hablar con Gaicano, poner a Max en libertad.

—Controlar a la prensa.

—La prensa es incontrolable.

—Pedir perdón.

—¿Por qué iba a pedir perdón?

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“Los crímenes de atapuerca”. Capítulo 57

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 57

Cuando la inspectora Baeza y el subinspector Aduriz entran en el laboratorio de la Policía Científica flota un olor a formaldehído.

Luisa habla con la técnica de la Científica que analiza el fragmento de papel encontrado dentro de la nariz de la víctima.

—Es un papel japonés extraño —dice la técnica, pasándole al minúsculo papel el microscopio de barrido.

—¿Para qué se utiliza? —pregunta Luisa.

—Para muchas cosas —responde la técnica de análisis de pruebas—. Además, he encontrado algo en el papel, estaba impregnado de un fluido.

—¿Qué fluido? —pregunta Luisa.

—Una solución consolidante.

—¿Como la que se utiliza en Atapuerca para endurecer los huesos fósiles antes de extraerlos en la excavación? —pregunta Luisa.

La técnica asiente.

–Y hay algo más, mira —añade.

Luisa observa por el microscopio y se fija en los números escritos en el papel: «5423567».

De vuelta a la comisaría, el día normal de la inspectora Baeza de repente se convierte en un día de mierda.

—Joder, no.

Luisa da un puñetazo sobre la mesa. Está revisando la grabación de la cámara de seguridad instalada en un cajero del Banco Santander que está situado enfrente de la residencia Gil de Siloé.

—¿Qué pasa? —pregunta Aduriz.

Luisa da la vuelta a la pantalla de su ordenador.

—Las dos y media de la tarde.

Max entra en el Gil de Siloé. Vuelve a salir a las ocho de la noche. La cámara capta su figura alta y pesada enfundada en su camisa caqui, pantalones cortos, botas de caña alta y un chaleco de fotógrafo, su cabeza cana coronada por su inconfundible sombrero salacot.

Aduriz oyó el redoble de los latidos de su corazón.

—¿Es la única salida?

—Sí.

—Cagada.

—Cagada.

—¿Pero el informe de Jiménez?

—¡Se ha equivocado el muy cabrito! ¡Sinaloa nos ha mentido! Max no podía estar en Atapuerca a las tres.

—Nos van a freír los periodistas.

—Bienvenido a mi pesadilla.

—Luisa, el comisario quiere verte.

—¿Para qué?

—¿Susto o muerte? —pregunta la secretaria de Ruscalleda, una rubia alta de pechos turgentes que se parece a Jessica Rabbit. El comisario seguro que la ha contratado por su acerada inteligencia.

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El caso más escalofriante de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 52

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más truculento de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 52

Seis meses antes. Madrid

Al día siguiente, en clase, estaba resacosa, pero feliz. La catedrática de Prehistoria, Mercedes Solís, nos dijo:

—Andrea Rey quiere dar la oportunidad a uno de vosotros para excavar con ella en Atapuerca durante la campaña que viene. Para ello deberéis ganar un concurso. Hay que escribir un artículo de investigación sobre algún aspecto del trabajo paleontológico que se hace en Atapuerca. Es a vuestra libre elección. Andrea leerá vuestros artículos y elegirá al ganador que se empotrará en su equipo de la Gran Dolina.

—Yo sí que me la empotraría —dijo una voz masculina ronca.

Risas ahogadas.

—Silencio.

El corazón me latió muy deprisa. Mi cabeza se vació de pensamientos. Mi mente se aquietó y se empapó de silencio. En una ráfaga de lucidez, embargada por una excitación infantil, supe exactamente de qué iba a escribir el trabajo.

Tenía suerte. Baraka. Por una casualidad del destino, por un giro raro de la vida, por una conexión extravagante y una amistad inverosímil de mi padre, yo había conocido a Michael Donovan, el profesor del Museo de Ciencias Naturales de Londres, el archienemigo de Jesús Sinaloa, que había cuestionado la datación e identificación de la especie de los homínidos que se habían encontrado en la Sima de los Huesos.

Como todo lo que tenía que ver con papá, conocer a Donovan había sido una charada rocambolesca, un sainete burlesco, una broma excéntrica. Papá había participado en un congreso en Birmingham sobre evolución humana y, al momento, se había hecho amigo de Donovan, quien también daba una conferencia allí. Papá hizo amistad con Michael impelido por un ánimo eufórico e impulsivo, sin apenas conocerlo.

Durante la semana que duró el congreso sobre evolución humana, papá se encontraba en plena cima de su fase maníaca. Habló con los codos, persiguió cualquier falda que se le pusiera a tiro, se bebió media Inglaterra, durmió tres horas al día, salió por la noche, dio su conferencia sobre el primer cuchillo de hierro que se forjó en la península Ibérica, en Castillejos de Alcorrín, Málaga, y quiso dar diez más que no estaban en el programa del congreso, para gran alarma de su organizador, el catedrático Robert O’Shea, que llamó alarmado a mi madre, también profesora de Prehistoria.

Mi padre también se hizo amigo de muchos desconocidos, profesores, alumnos, camareros, recepcionistas del hotel, limpiadoras, taxistas, conductores de autobuses, tenderos. Papá se sentía abierto, hipersociable, animadísimo, de un buen humor insoportable, con ideas geniales que iban a cambiar el mundo y que se le ocurrían a cada segundo.

Una noche me llamó a las dos de la mañana para contarme que se le había ocurrido un método revolucionario para aprender inglés en pocas semanas, que combinaba la música, la psicología y la empatía llevada a un grado extremo. Tenían que ver las neuronas espejo. Yo tenía que ayudarle a escribirlo ya mismo.

—Apunta estas ideas —me dijo.

Le escuché, angustiada y soñolienta. A mis diecinueve años ya había vivido muchas fases altas de papá. Me preocupé. Pero no hice nada. No podía hacer nada. Si le dijera que fuera al psiquiatra o que tomara la medicación, me mandaría a tomar por culo.

Otra madrugada papá me llamó por teléfono para contarme que había escrito un libro genial sobre la filosofía de Marco Aurelio. Yo le seguí la corriente como a los locos, preocupada y a la vez agotada.

Hace dos veranos conocí a Michael Donovan en Málaga. Como todos los veranos, me fui a casa de mis padres porque era gratis, tenía una habitación propia, hacía sol, tenía la comida y bebida pagadas y la playa de la Malagueta enfrente de nuestro piso. Málaga era Shangri-La, el Caribe español.

Mediterráneo, espetos, cerveza, moragas en la playa, palmeras, baños, paseos bajo una luz almíbar, borracheras, conversaciones con mis amigos del colegio León XIII aceleradas y preñadas de una nostalgia demasiado prematura, tan solo teníamos diecinueve años, por Dios, era demasiado pronto para sentir nostalgia. Pero nuestras charlas rememoraban un pasado más esplendoroso al recordarlo de lo que había sido en la realidad. Sentíamos una absurda añoranza de nuestros días de colegio, cuando encerramos al profe de inglés en un armario, cuando pusimos su mesa al borde de una tarima que se levantaba a un metro del suelo de la clase y él posó sus manos sobre la mesa y se cayeron al suelo él y la mesa. Crueldad divertida adolescente que se expresaba en exabruptos de energía, venganza fácil hacia el más débil, el profesor, que está contratado en el colegio por enchufe, por ser el hermano de la directora, y es demasiado tímido, demasiado apocado para defenderse y cortar las bromas de raíz. Porque es inofensivo y bueno los alumnos vamos a por él con inquina. El chivo expiatorio. Ahora me avergüenzo de haber sido cruel con un débil. Pero en su día me alivió la frustración. Era divertido.

De repente, un viernes de agosto, la rutina de días largos y cervezas en la Chancla de Pedregalejo hasta el ocaso, con vistas a la planicie sedante azul añil del Mediterráneo derramándose en la arena, se interrumpió cuando alguien llamó al telefonillo de nuestro piso en el Paseo Marítimo. No esperábamos ninguna visita. Mi madre se sobresaltó muchísimo. Se puso a la defensiva de inmediato. Se irritó. Su casa era su refugio hermético donde cultivaba su privacidad. No quería ver a nadie una semana antes de su viaje a Venecia con mi padre. Se iban ellos dos solos, formaban una pareja absorta el uno con el otro, las hijas nos quedábamos fuera, en los márgenes, desempeñando un papel de observadoras y comparsas, ocasionales blancos de críticas por parte de mi madre. Lo que peor llevaba de volver esos veranos a Málaga, cuando ya me había ido de casa, era la seriedad crítica, profesoral, de mamá, que acrecentaba mi sensación de inutilidad.

Me ahogaba en casa, fregando cacharros, la frustración vibrando, encarando comidas donde solo hablaban mis padres, mi hermana y yo mudas, echándome una siesta donde si tenía suerte el sueño y la masturbación me liberarían durante unas horas de ese sentimiento de falta de valía que me oprimía como una bota en mi cuello cuando estaba en casa.

Mi hermana se reía cuando mi madre me criticaba, yo era una irresponsable, una inútil, una vaga, no trabajaba, no colaboraba en casa, era un parásito, no aportaba nada a la familia, vivía protegida, a la sopa boba. Yo no decía nada, pero arrastraba el rencor durante meses, empapada de un silencio hosco, que ocasionaba más burlas familiares. Quería estar sola. Yo era una solitaria. Tenía el sueño de escribir grandes novelas. Ya verían. Se iban a enterar cuando triunfara. No tenía ni idea de la vida salvo que quería comérmela a dentelladas.

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El crimen más truculento de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 54

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El suspense más estremecedor en Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 54

Aduriz sabía que no tenía que haber participado en ese interrogatorio a Max porque estaba fuera de sí y no había dormido durante las últimas noches discutiendo, feroz, en su cabeza con su sospechoso. «Txakurra, ¿quién es ahora el txakurra, eh, asesino? Has matado como un perro a una niña. Tú no eres humano, cretino de mierda».

Ángela le había notado muy estresado. No la tocaba ni le hacía ningún caso, consumido como una pavesa con el caso de Miriam Sinaloa, obsesionado como un demente. No lo conocía. Él era un hombre tranquilo. Pero cuando le entraba la angustia, se pasaba dos días sin hablar, royéndose la cabeza. Era mejor dejarlo. Ángela cada vez se sentía más sola y más desamparada con la criatura creciendo en su interior, inquieta por la perspectiva del parto, imaginándose pariendo a solas porque Miguel Ángel no estaría con ella, estaría abismado en su caso, en la calle, en la unidad, en cualquier parte excepto con ella.

Él había perdido la perspectiva. Estaba cegado por la ira y la frustración. El desprecio de Max le escocía. Le daba vueltas una y otra vez a lo que le había dicho. Era mejor dejar a Max a Baeza. Pero no. Le tenía ganas. Unas ganas furiosas que le picaban por todo el cuerpo como un ejército de hormigas rojas mordiéndole bajo la piel.

El día en el que Aduriz perdió los nervios con el detenido fue un día normal. Amaneció despejado, se levantó a las seis, se preparó el desayuno en la cocina a oscuras, muesli Alpen y té verde, se duchó, se vistió pulcro y sencillo, pantalones chinos y camisa blanca. La rutina se impuso monótona y acompasada.

Pero todo cambió a las doce de la mañana. Supo que algo pasaba porque Luisa Baeza se quedó muy seria, como si se hubiera tragado un fantasma. El corazón le brincó en el pecho. Sufrió como un adolescente desengañado al darse cuenta de que ella sabía algo que no quería compartir con él. Pero su mente se equivocó.

Luisa se levantó y atravesó la unidad en dirección a su mesa. Le alargó un puñado de folios aún calientes de la impresora. El informe forense de Jiménez. Notó una espesa inquietud en el estómago.

Aduriz sintió una tensión embriagadora en su cerebro previa al estallido de cólera, el desahogo gozoso de toneladas de tensión y cabreo que tenía acumuladas contra Max. Él era un hombre tranquilo hasta que dejaba de serlo. Entonces una subpersonalidad de dolor emergía de su zona oscura.

En la sala de interrogatorios, Max estaba sentado y esposado frente a la mesa vacía.

—¿Qué hace usted aquí?

—Me parece que yo le podría preguntar lo mismo.

—No quiero hablar contigo.

—No está en condiciones de exigir nada, señor Rey.

—¿Me va a enterrar en cal, señor Aduriz?

—No sea absurdo.

Un silencio tensó el ambiente. Luisa apretó los puños. Si Aduriz acorralaba a Max, no iba a conseguir nada.

—¿Por qué no deja de mentir?

—Me temo que no le entiendo.

—Deja tu chulería…

—Miguel Ángel, calma.

—Para tu público.

—Vaya, tiene corazón, subinspector. Ya lo dudaba.

—Te hemos pillado.

—¿Disculpe?

—Fuiste tú quien mató a Miriam. Fuiste tú quien le machacó el cráneo. Y la mordiste.

—Eso supone una gran imaginación.

—¡Cállate, cállate, el informe forense lo acredita!

—No. No es así.

—Tus dientes coinciden con la mordedura que tenía Miriam.

Una satisfacción oscura se agitó inquieta en sus tripas.

—Hijo de puta. Venga, continúa con tu numerito de salón para la platea.

La sonrisa socarrona estampada en la cara de Max se esfumó.

—Eso es imposible.

—Es ciencia. Su religión.

—No es ciencia. Su basura.

—El odontólogo forense dice que coinciden.

—Es así, Max. Me parece que no hay salida. Es mejor que confieses. Te puede ayudar de cara al juicio.

—¿Estáis de puta coña? Eso lo que os enseñan en la academia, a putear mentes de inocentes.

—¡Culpable! —gritó Aduriz fuera de sí, los ojos desorbitados, las cuencas hundidas, ojeras terribles, cara de desquiciado insomne. Tiró sobre la mesa una copia del informe de Jiménez a Max, quien la cogió y, con cara de pavor helado, leyó como si se le derrumbara el cielo sobre su cabeza.

Luisa negó con la cabeza. Tenía ganas de llorar. La decepción y el horror se mezclaron hasta formar una pasta tensa en su pecho. No. Max. No, no.

—¿Quién es ahora el txakurra?, ¡¿quién?! —Miguel Ángel cogió a Max de las solapas de la chaqueta y lo empujó hacia atrás con un desprecio infinito. Max trastabilló. Cayó al suelo como un peso muerto. La sangre le manó empapándole la sien derecha.

—Me avergüenzo de ti.

—Aduriz, por Dios. ¡Ya está bien!

Aduriz bajó la cabeza, avergonzado.

—Sal de aquí. ¡Ya!

Luisa ayudó a Max a incorporarse del suelo. Le temblaba todo el cuerpo. Un terror pegajoso se apoderó de él. Se vino abajo y lloró como un niño recién nacido. Luisa apartó la mirada, pudorosa, incapaz de presenciar la escena.

—Espera, que te llevo a la enfermería.

—¡No le trates como si fuera tu padre! —gritó Aduriz desde el desolado pasillo.

—¡Contrólate!

Esa noche Aduriz durmió mal, atormentado por su mala conciencia. Se despertó a las tres de la mañana empapado en sudor, invadido por una náusea inmensa. Creyó que se iba a morir. Se levantó de la cama y fue al baño para vomitar. Se arrodilló frente al váter como si estuviera frente a un confesionario. Fuertes arcadas le subieron por la garganta. Pero solo echó bilis. Se sentó, envuelto por el desamparo de su soledad, sobre las frías baldosas azul turquesa del baño.

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El suspense más estremecedor en Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 23

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El secreto más espeluznante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 23

Atapuerca es un yacimiento en Burgos que conocen incluso los que no saben nada de paleontología. Es uno de los proyectos científicos más importantes, prósperos y famosos de España. Los yacimientos fueron declarados Patrimonio de la Humanidad en el año 2000 por la Unesco.

Por la mañana, la inspectora Luisa Baeza conduce su BMW color azul cobalto desde Burgos a Atapuerca. A su lado está sentado el subinspector Miguel Ángel Aduriz. La carretera se extiende ante ellos como una tira de regaliz infinita.

—¿Puedo poner música? —pregunta Aduriz.

—No —contesta Luisa.

—¿Estás bien?

—He estado mejor.

Vale, Luisa le va a hacer la vida imposible. No le importa. Él no es ningún niño. «Quien piensa que te castiga en realidad te beneficia», piensa.

—Te pones muy guapa cuando te cabreas conmigo

 —Es por eso por lo que siempre estoy cabreada contigo.

—¡Ja, ja, ja!

—Por cierto, micromachismo.

En los márgenes del campo crece la avena loca de color rubio salpicada de amapolas. El sonido de los grajos. El contorno azulado y majestuoso de la sierra.

—¿Estás bien? —pregunta Aduriz.

—Estaría mejor si no me lo preguntaras cada cinco minutos.

Cuando Luisa y Aduriz llegan a Atapuerca, ella le dice a su subordinado que no avise ni a Max ni a Jesús. Quiere llegar por sorpresa.

La inspectora Baeza extrae del chaquetón una llave grande. La introduce en la cerradura del gran portalón negro de hierro colado que da acceso a Atapuerca. Gira la muñeca, empuja la puerta, esta se abre.

—Vaya, todavía funciona.

Luisa saluda a la cámara que graba desde el poste más alto.

—Hola, Jesús.

—¿Tú te criaste aquí? —pregunta Aduriz mientras los dos se adentran por la Trinchera del Ferrocarril, donde reina un silencio sonoro. Es un desfiladero fascinante, un tajo que corta la sierra en dos. Las paredes altas y negras con vetas blanquecinas. Piedra caliza. Los andamios se clavan en el flanco de la derecha de la Trinchera.

—Sí. En el bar Los Geranios.

 Se hace un silencio incómodo entre Luisa y Aduriz mientras avanzan como dos gatos sigilosos por esa garganta de roca caliza gris y blanca que a la inspectora le recuerda a las Termópilas, aunque nunca haya estado en Grecia.

—Si no supiera nada de Atapuerca, si nunca hubiera estado aquí, ¿qué me contarías? —pregunta Luisa.

—El yacimiento funciona como un triunvirato en el que reinan tres machos alfa, tres masters and commanders: Max Rey, Jesús Sinaloa y Rafael Espejo. De entre ellos, primus inter pares, el rey es Max Rey, que domina la Gran Dolina y Atapuerca por méritos propios. Hasta hace quince días, cuando Max perdió el poder.

—¿Por qué lo perdió? —dice Luisa.

—Porque Salazar, presidente de la Junta, pidió su cabeza a cambio de dar dinero para la campaña de excavación del año que viene.

—¿Por qué Max dominaba hasta entonces?

—Fue el primero que llegó de la mano del catedrático de Prehistoria Antonio Castro en 1974. Luego Max trajo a Sinaloa y a Espejo a Atapuerca. Y lo más importante: durante veinte años lideró en la derrota en la Gran Dolina. Campaña tras campaña motivó y animó a su equipo cuando no sacaban nada más que polvo de esa excavación arqueológica. Supo, a fuerza de obsesión, entusiasmo y voluntarismo, arrastrar a su gente, verano tras verano, a seguir trabajando en Atapuerca pagándose ellos mismos todos los gastos.

 —Es un mesías.

—Algo así. Aunque ahora está de capa caída. Max ha perdido su poderío desde que murió Vicky Salazar.

—¿La hija del presidente de la Junta?

—Sí.

—¿Se investigó la muerte de Vicky?

—Sí, pero se determinó muerte accidental. La chica había tomado ayahuasca. Se tiró desde lo más alto de la Dolina durante una fiesta en la que celebraban el fin de campaña.

—Quería volar. Pobre desgraciada.

—Pues sí. El asunto causó bastante revuelo aquí. La prensa se cebó. Que si se organizaban orgías en Atapuerca, sexo, drogas y rituales.

—Me lo imagino.

 —El caso es que Jesús quería echar a Max de la dirección de Atapuerca desde entonces y lo ha conseguido. Fue la gota que colmó el vaso. Además, Jesús considera que la presencia de Max perjudica el proyecto científico. Sinaloa también esgrime razones políticas porque Max es catalán independentista, de la CUP.

—Manda huevos —dice la inspectora Baeza.

—Son muchos los que creen en Atapuerca que por culpa de Max tienen bloqueado gran parte del acceso al dinero público, que fluiría mucho mejor si él no estuviera. Además, Max tiene nula mano diplomática y no oculta su enfrentamiento con el PP en la Junta. No se levantó delante de una bandera española.

—Genio y figura.

—¿Lo conoces?

—Sí. Pero no sé si lo conozco de verdad. Creo que nunca se conoce a alguien de forma profunda. Max oculta muchas cosas y solo deja ver lo que él quiere.

Luisa Baeza le esconde al subinspector mientras caminan a paso vivo por la Trinchera de Ferrocarril que de niña cada noche había rezado a Dios pidiéndole que Max fuera su padre. Le rogaba a su Creador despertarse una mañana y descubrir que Max ocupaba el lugar de su padre, quien jamás le había dado una muestra de cariño, un beso, una caricia, que jamás le había dicho una palabra bonita. Su padre se emborrachaba y se convertía en el Monstruo. Decía incoherencias, pedía su comprensión, se mostraba sensiblero y patético. Luego se ponía agresivo con ella, con Toni y con su madre. Cuando Luisa defendía a su madre en las brutales broncas que tenían, su padre gritaba:

—Esa es un hueso.

«Esa» era Luisa. También era «la idiota», «la inútil», «la subnormal». Su padre jamás la llamaba por su nombre.

Cuando cumplió los quince años, cinco años después de la desaparición de Toni, Luisa se enamoró de Max Rey como quien se agarra a un clavo ardiendo. Lo seguía como un perrito por toda Atapuerca. Era la persona más carismática y entusiasta que Luisa había conocido en su vida. Max reconoció la inteligencia de la adolescente, la animó a estudiar y la empotró en su equipo de la Dolina enseñándole teorías de evolución humana y técnicas de excavación sobre el terreno. Max hizo que Sebastián cuidara de la niña y la ocupara haciendo algo útil.

Luisa vivía durante todo el año para el mes de junio, cuando empezaba la campaña en Atapuerca. Sobrevivía durante todo el año con la perspectiva ilusionada de participar en prospecciones, muestreos, retranqueos, catas, excavaciones en extensión durante el verano.

—En un solo verano aquí se han descubierto restos de neandertales de hace 300 000 años y fósiles de un millón y medio de años.

Cuando su madre le dijo a Luisa que no había dinero para estudiar, que tenía que ponerse a trabajar y aportar fondos a casa, Luisa masticó su orgullo, se tragó su pena y se apuntó a la Academia de Policía mientras trabajaba de camarera en todos los bares y restaurantes de Burgos. Su madre no le perdonó ni su talento ni el que tuviera un horizonte más radiante fuera del agujero en el que vivían. Ahora Luisa se clava las uñas en la palma de su mano derecha para dejar de pensar en su madre y todas las humillaciones que ha sufrido desde niña. Ha enterrado su infancia. Pero el pasado siempre te alcanza cuando ya creías que le habías dado esquinazo. El tiempo es más inteligente que tú. «Nadie se va de esta vida sin susto ni muerte», pensó Luisa.

«No pienses». Aduriz la miró, extrañado. ¿Se daba cuenta de que se empequeñecía cuando su mente la torturaba de esa manera?

«¿Por qué no has muerto tú? —le gritó su madre en el oscuro apartamento de Rota—. ¿Por qué Toni?».

El ambiente destila una cualidad sagrada. Un escalofrío recorre la espina dorsal de Luisa. La Trinchera se corona de encinas y quejigos, arbustos, matorral, hierbajos traslúcidos a la luz tibia del sol de las nueve y media de la mañana. Pasan al lado de la Sima del Elefante, cuya boca da al valle del río Pico.

 —Antes Max y Jesús eran muy buenos amigos —dice Luisa—. Desde hace años se llevan a matar. Max acusa a Jesús de deslealtad.

—No hace falta que Jesús eche a su mentor. Max se jubila este año de su puesto de catedrático en la universidad y lo lógico es que salga de Atapuerca.

—Sí. Pero Max sabe la prisa que tiene Sinaloa por quitárselo de encima y lo de irse de aquí y dejar paso a la sangre joven no lo va a hacer. Se ha ido de la Dolina, pero sigue manejando los hilos en la sombra.

—Solo por joder.

—Sí.

—¿Qué tal se llevan los equipos de la Dolina y la Sima de los Huesos?

—De cara a la galería, bien, en realidad fatal. Son enemigos. La Sima la dirige Jesús. Norberto Seseña manda en la Dolina. Es raro. Esta campaña arrancó antes, a mediados de mayo, cuando siempre suele empezar en julio, cuando acaba el curso en la universidad.

Dejan atrás la Galería, que adopta la forma de una sala con un techo horizontal. Le falta un gran trozo en el lado sur. Antes era un torcal. En la pared amarronada y roja hay orificios hechos para datar los fósiles y las herramientas. Los grandes picotazos en la pared se hacen para calcular la antigüedad de los hallazgos. Se tiene como referencia el último cambio de polaridad magnética, que fue hace 780 000 años. La antigüedad máxima de los fósiles es esa porque la polaridad magnética sigue siendo la actual. La datación fósil se realiza analizando los espeleotemas de la Galería con métodos físicos centrados en los isótopos de uranio que se aplican en estos carbonatos. También se utilizan los análisis del espín electrónico y las series de uranio. Los espeleotemas se crearon hace 200 000 años.

La unidad uno de los sedimentos tiene un color claro. La unidad dos tiene una tonalidad de arcilla roja.

La Galería era una trampa mortal donde caían cérvidos, caballos, humanos. Los homínidos descuartizaban la pieza. Luego abandonaban el tronco y la cabeza en la cueva. Solo se llevaban las partes más carnosas.

—Jesús también aprovechó que Max estaba enfermo de cáncer. Un momento de debilidad —añade Aduriz.

—A Jesús Sinaloa se le ve el rabo.

—¿Le conoces?

—Sí.

—¿Qué opinas de él?

—Que vendería a su primogénito por una portada en Science.

—Ya. La verdad es que es un asunto bastante turbio. Traición. Engaño. Deslealtad.

—La tríada.

—¿Pero un móvil como para que Max asesine a la sobrina de Sinaloa?

—No lo sé.

—¿Jesús tiene hijos?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 13

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Capítulo 13

Dos días después, el coche azul BMW cobalto que conduce la inspectora Luisa Baeza cruza la Nacional. El subinspector Aduriz va sentado en el asiento del copiloto. Piensa en su hijo, que pronto va a nacer. ¿Será un buen padre? Solo quiere ser un padre al que su hijo no tenga miedo, al contrario de lo que le pasa a él con su padre. Ahora sabe que se hizo policía solo para joder a su padre. No tiene vocación. Ver cadáveres en la mesa de autopsias le descompone. Jamás ha disparado su arma y tener que dispararla le da pavor. Examinar fotografías de cuerpos mutilados, heridos, acuchillados, destrozados de forma violenta, le pone malo. Estudió la oposición para subinspector impulsado por la necesidad de demostrar al mundo que podía hacerlo, impelido por el miedo a fracasar, azuzado por la obligación de decir: «Yo valgo». La alegría de aprobar la oposición le duró menos de una semana.

Sin embargo, Aduriz sabe que su vida está a punto de cambiar por el nacimiento de Iván. La vida te puede cambiar en un solo segundo. A él le va a cambiar. Su hijo y su mujer le importan mucho más que su trabajo. Se esforzará en ser un buen padre. Sin embargo, le acosan las preocupaciones: que el niño no nazca sano y los condene a su mujer y a él a una vida de sufrimiento, que el niño muera dentro de la madre antes de nacer, que Ángela tenga un aborto y pierdan al niño. Tantas cosas pueden ir mal durante un embarazo. Tantas cosas pueden ir mal en una vida. Se acuerda de los padres de Miriam y siente un arrebato de compasión y, a la vez, de alivio por no estar en su pellejo.

Aduriz respira hondo y se obliga a dejar de pensar de esa forma oscura y entrópica.

Yo nado en la piscina bajo el cielo azul caramelo de junio. Me llega la fragante brisa fresca cargada del olor de los naranjos. Se levanta un sol amarillo como un melocotón que calienta la tierra. De repente, oigo el sonido del telefonillo. Me da un vuelco al corazón. Salgo del agua, me pongo la camiseta, siento los pezones inhiestos por el frío que marcan la camiseta y corro al porche a buscar un bañador de Sebastián o Manu. Siempre los dejan secando en la baranda.

Descalza, ando con pasos ligeros por el camino de piedras flanqueado de aligustres y cipreses que lleva hasta la reja de la puerta. La hiedra recorre en zigzag la pared blanca trasera de la casa.

Abro la puerta a una policía a la que no conozco. Va acompañada por ese policía tan guapo, Aduriz.

—Buenos días.

—Buenos días. Soy la inspectora Luisa Baeza. ¿Puedo hacerles unas preguntas a usted y a Andrea? —pregunta Luisa mientras espera frente a la puerta a que yo le dé permiso para entrar.

Fuera está aparcado el Land Rover de Max, el Halcón Milenario.

—Claro. Pasen —digo mientras me aparto dejando el camino libre. Exagero mi buena educación. Quiero caerles bien. Quiero demostrarles que no tengo nada que ver con este crimen. Quiero convencerlos de que soy inofensiva.

—Disculpe que la molestemos tan temprano —dice Aduriz.

—No pasa nada. Por favor. Pasen.

La inspectora Baeza lleva un maletín negro en su mano derecha. Tiene el pelo moreno recogido en una cola de caballo. Sus ojos negros me perforan con inteligencia. Aparto la mirada con un gesto que pretende ser timidez. Viste un traje pantalón con chaqueta gris marengo. Irradia un aire profesional, respetuoso y severo. Camina con zapatos negros muy brillantes de suela baja.

Me sorprende la belleza de Aduriz. Su pelo muy corto, su nariz romana, sus ojos azules. Me recuerda a un Paul Newman joven sin rizos, más moreno, con el pelo más corto. Se asemeja a un Apolo que destella bajo el sol. El mismo hoyuelo le marca la barbilla. El subinspector se mueve como un felino, impulsado por una actitud serena.

Los acompaño hasta el porche. Subimos los cuatros escalones que conducen a la puerta de entrada. Entramos en la cocina.

Lo primero que siente Luisa Baeza al entrar en la casa y contemplar las grandes estancias, los altos techos, es corrosiva envidia. Ella se crio en una casucha rodeada de fealdad y miseria. Ahora, para compensar, le domina una pasión inmobiliaria que quiere vengar su difícil infancia. Admira el buen gusto de Max Rey. Tiene celos del dinero que el codirector de Atapuerca ha invertido en decorar su casa con sumo cuidado, con cultivado instinto. Envidia su elegancia, su perspicacia astuta para comprar un escritorio Luis XV, un cuadro gigante de San Bartolomé que, junto con un gran espejo biselado con marco dorado, presiden la pared del salón. Luisa también se fija en la gran mesa alargada de caoba, en el sillón Chester del rincón, en la chimenea del siglo xix en la pared que da al porche, en la gran goleta en miniatura en la que se reproducen los velámenes, los altos mástiles de una goleta británica real, colocada sobre el poyete de mármol de la chimenea. Se recrea en las dos sedas chinas negras y grises enmarcadas que están en la única pared libre del salón, unas sedas imponentes. En una de ellas, un músico toca un piano delante de su señor, acompañado de cortesanos, en la otra, unas grullas zancudas se encuentran semisumergidas en una laguna plácida donde sobresalen los juncos y flotan nenúfares. También captan la atención de Luisa los dibujos a carboncillo de cráneos de los omnipresentes Homo antecessors decorando los huecos libres que quedan en las paredes. En el rincón izquierdo del fondo del salón reposa un sillón orejero de cuero negro con una lámpara alta lacada en color cereza. Sobre las mesas hay colocados cuencos art déco, jarrones y búcaros con rosas del jardín que exhalan un olor dulzón. Un aroma decadente impregna toda la estancia.

Luisa baja su vista y siente pisar las hermosas alfombras persas adornadas con motivos florales color burdeos sobre un fondo negro que tapizan los suelos entarimados del salón. Sillas y muebles victorianos.

Una luz dorada y quieta penetra por la ventana y revela el esplendor antiguo y refinado del salón. Max ha invertido sus ahorros en esa casa, pero no ha sabido disfrutarla. Su hija sí. Aún recuerda su infantil y loco intento de adoptarla. Cuánto deseaba ser hija de Max Rey en vez de hija de sus padres.

Voy a buscar a Andrea. Duerme a pierna suelta sobre la cama, estirada como una gata tranquila. Le toco el brazo y la meneo.

—Andrea, levanta.

—¿Qué?

—Está aquí la policía.

—Yaaaa. —Todo su ser protesta por tener que levantarse. Se incorpora, con el pelo como una maraña de zarzas revuelta y crespa. Se pone unos vaqueros y una camiseta negra. Yo aprovecho también para ponerme mis Levi’s 501 con una camiseta blanca que tiene impreso un fragmento de la partitura de las Variaciones Goldberg de Bach.

Una cortina blanca, con un mandarino pintado en ella, aletea en la puerta de la habitación de Andrea. Las mandarinas destellan bajo la tibia luz de la mañana. Andrea cojea hacia el salón. Parece una perra apaleada. Oscuras ojeras de cansancio y tensión marcan su rostro. Yo voy detrás.

Lo primero que piensa la inspectora Baeza es: «¿Cómo le han dejado construir esta casa aquí, en medio de la sierra, a Max Rey?».

Aunque Luisa lo sabe, por supuesto. Max le ha pedido el favor a la persona adecuada, a un político dispuesto a ayudar a cambio de alguna prebenda.

He ensayado en mi cabeza lo que voy a decirle a la policía, diez mil variantes, a cada cual más desquiciada, diez mil repeticiones en bucle representadas en el escenario aturdido de mi mente, diez mil diálogos mal hilados que buscan no dar la impresión de que estoy a la defensiva, de que oculto algo. No, no vimos nada. A ningún sospechoso. No, no era raro que excaváramos a esa hora. No, no me llevé el móvil. No conocía a Miriam. No hablar de las GoPro ni de las imágenes que grabamos.

Le había pedido a Andrea que llevara la iniciativa durante el interrogatorio de la policía. Ella había accedido.

—¿Quieren un café, un té? —ofrezco como si su visita fuera de cortesía.

—No, gracias —contesta Aduriz.

Luisa Baeza levanta la vista y reconoce a Andrea, la niña que tenía que haber sido ella. Se quedan en silencio mirándose la una a la otra. El tiempo se suspende. Una corriente de consciencia, de recuerdos, de pesadillas, de horas dolidas y baldías, fluye entre ambas.

Andrea y yo nos sentamos como dos alumnas modestas y púberes frente a la mesa de caoba donde nos esperan la inspectora Baeza y el subinspector Aduriz.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Quién tiene las llaves de Portalón? —pregunta la inspectora Baeza. Aduriz toma notas en una libreta de tapas negras.

 —Solo Max, Jesús y Rafael Espejo. Y Antonio López, la mano derecha de Jesús, creo. Y yo —contesta Andrea.

—¿Y cómo tenías tú una copia de la llave?

—Me hizo una copia Rafael Espejo.

Andrea protege a su padre. Miente. Sé que la copia de las llaves se la hizo Max.

—¿Y tú hiciste más copias?

—No.

—¿Cómo llegasteis a Atapuerca?

—En el Land Rover de Max.

—¿Quién conducía?

—Yo.

—¿Por dónde entrasteis al yacimiento?

—Por la puerta principal.

—El vigilante no os vio.

—Ese nunca ve nada —dice Andrea después de soltar un bufido.

—¿Cómo entrasteis?

—Yo tenía la llave de la entrada principal.

—¿A qué hora entrasteis en Cueva Mayor?

—A las doce de la noche. Lo sé porque estoy tomando antibióticos. Me tocaba la dosis. Y miré el reloj.

—¿Os llevasteis los móviles?

—No.

—¿Por qué? —pregunta la inspectora Baeza.

—Cuando excavo quiero estar tranquila y en paz. No quiero que nadie me incordie.

 —¿Conocías a la víctima?

—Sí. De vista.

—¿Qué relación tenías con ella?

—Ninguna. La había visto alguna vez en alguna fiesta de fin de campaña.

—¿Y tú, Lara?

—No la conocía.

—¿Qué hicisteis la tarde y la noche del martes antes de ir a Atapuerca?

—Estuvimos en casa juntas leyendo, viendo la tele.

—¿Algún testigo?

—Manu y Helena.

Recuerdo que el martes Sebastián estuvo en el Gil de Siloé trabajando con Max.

—¿Excaváis fuera del horario de trabajo?

—Sí. Estoy trabajando en mi tesis. Me gusta excavar a solas.

—¿Sueles hacerlo a esa hora?

—A veces.

—¿Por qué?

—Es una hora muy tranquila —dice Andrea.

—¿Jesús Sinaloa te da permiso?

—Yo no necesito permiso de Jesús para excavar en la Sima de los Huesos.

—¿Visteis a alguien en Atapuerca?

—No.

—¿Os fijasteis en algún coche?

—No vimos a nadie.

—¿Había huellas de neumáticos a la entrada de Portalón?

Recuerdo la cuesta embarrada con mucha pendiente. No había marcas de ningún coche.

—No —contesto. Mantengo las manos debajo de la mesa porque me tiemblan mucho. Los nervios me ahogan. Sin embargo, finjo que estoy muy tranquila. Miro a los ojos a la inspectora para aparentar seguridad en mí misma.

—Hemos encontrado ADN tuyo en el cuerpo de la víctima —dice la inspectora Baeza a Andrea.

—Me acerqué a Miriam y la toqué.

—¿Por qué?

—Quería saber si estaba viva.

—Siendo científica, ¿no sabes que no hay que tocar a la víctima?

—Solo quería saber si vivía y podía ayudarla.

—¿Tenéis las mazas y martillos con los que trabajáis?

—Sí.

—¿Podéis enseñárnoslos?

Andrea asiente, agotada.

 Nos levantamos y fuimos al garaje, donde dejábamos colgados en los percheros nuestros monos y mochilas manchados de arcilla y sedimento. Cogí una de las mochilas azules, desabroché los correajes y enseñé su contenido a la inspectora Baeza, que extrajo dos guantes de látex color blanco de su maletín negro y cogió las mazas, los destornilladores, los martillos con los que excavábamos en nuestras cuadrículas de sedimento y metió las herramientas en unas bolsas para guardar pruebas.

—¿Somos sospechosas? —preguntó Andrea—. ¿Tengo que llamar a mi abogado?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 11

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más estremecedor de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 11

Una niebla blanca difuminaba los contornos de Atapuerca. Andrea corrió campo a través enfundada en unas mallas negras Under Armour y calzada con unas zapatillas de running Mizuno color violeta que le había regalado su padre por su último cumpleaños.

Al cruzar el dolmen, se asemejó a un fantasma flotando en la sierra blanca, una aparición azotada por una brisa fresca. Los montes estaban hechizados por una belleza delirante, cósmica. Cerros, lomas, cumbres. El paraíso terrenal.

A Andrea le gustaba el matiz de la luz cuando rompía la mañana durante el verano, le recordaba cosas buenas de su infancia: Coca-Colas muy frías y polos de fresa, su manita en las manos callosas de su padre, las incursiones con Max en la Dolina, donde se sentía bañada por las miradas de respeto que el equipo le dirigía a Max, los traqueteos a bordo del Halcón Milenario, el Land Rover de Max, en la recta que se internaba en los campos de trigo y cebada camino de Atapuerca, el rumor sedante de las aguas del Arlanzón, los pícnics con Max, cuchillo, chorizo, queso, vino y pan sentados debajo del viejo roble, té frío por la tarde, sandías, abrazos, el cariño que sentía por su padre, la mente tranquila sin trabajar contra sí misma.

El sol ascendió como una inmensa yema de huevo en un cielo veteado de franjas rosas y violetas. Había zonas en las que el calor había agostado la hierba hasta quemarla. Andrea descendió en dirección a Piedrahita. A la derecha estaba la Matanza, a la izquierda Puente de Canto. Latidos violentos, pulsaciones aceleradas.

Andrea empezó a correr de mala gana, ausente, perezosa y pesada. Al principio echó el bofe y odió cada zancada que dio, cada metro que arrancó fuego de sus pulmones. Luego superó esa primera fase de resistencia y el aire latió dulce sobre su cabeza. El corazón bombeó oxígeno a su cuerpo.

Subió una loma en dirección a la Trinchera. Mientras resoplaba y se ahogaba, encontró un oscuro placer en mortificarse y sufrir. Después de correr, se sentiría pletórica. La fuerza de su hábito se lo susurró al oído. El aire, el sol, la paz de la sierra. La mejor forma de sacarse esas horripilantes imágenes de la cabeza que le asfixiaban en la cama y la sumergían en una oscura y viscosa laguna de terror. Miriam con la cabeza negra, su cuerpo dislocado, recogido sobre sí mismo. La muerte y su definitiva ausencia.

Andrea corrió entre arbustos enmarañados que se le enredaron entre las piernas. Fue consciente de su pulso desbocado, de sus rítmicas pisadas sobre la hierba fría, de su respiración agitada y del dolor que palpitaba entre sus costillas.

Estaba desentrenada. En baja forma. Le dio rabia. Demasiado estrés. Demasiado trabajo. Demasiadas cenas copiosas. Demasiadas incursiones a la bodega pródiga de su padre. Demasiado olvidarse de sí misma. Demasiada obsesión con ese artículo sobre la filogénesis entre los Homo antecessors y los preneandertales de la Sima. Era la revista Nature. El miedo a no hacerlo bien, a quedar mal delante de su padre y sus colegas la llevaba al límite.

Crujidos de ramas, piedras resbaladizas con liquen y musgo.

El sudor salino se le metió en los ojos. Pero Andrea se sintió libre y feliz, lejos de la mirada de los demás. Nadie la podía ver. Nadie la podía juzgar. Era maravilloso. Era libre.

Se dio cuenta de que estaba sola en el yacimiento. Una extraña euforia le dolió en sus venas. Subió la loma de la Dolina hasta su punto más alto. Desde allí se dominaba la Trinchera de caliza cretácica. Atisbó la semicircunferencia que primero se ensanchaba, sus paredes parecían hormigón, luego se estrechaba y se volvía blanquecina. De frente la vaguada del río Pico, la alargada loma azul del Alto que dividía el inmenso valle del Arlanzón. Oteó a lo lejos la espalda cárdena de la sierra, el pueblo de Villalbal. Al otro lado estaba el Camino Francés de Santiago.

Los rayos del sol bañaron, con un resplandor dorado, la superficie medio cubierta de tablones de la excavación.

Diez minutos más tarde, Andrea bajó la ladera de la Dolina. Corrió más rápido. Pretiles blancos delante de cuevas. Andamios recubiertos de tejados. Arbustos y líquenes en los taludes de la herida en la sierra.

Todo se debió a una voltereta del destino, a un golpe de azar, a una sorpresa en el plan previsto, a un giro de guion. El plan original era que el ferrocarril fuera recto de Valhondo a Villafría, pero su trayecto original se desbarató y se forzó el que atravesara la caliza haciendo un semicírculo. A día de hoy, todavía es un enigma por qué se desvió el camino del tren. Gracias a ese rodeo en el trazado original, se descubrieron los yacimientos de Atapuerca.

Andrea culebreó por la Trinchera hasta el gran portalón de hierro colado negro, al otro lado estaba el aparcamiento, ahora vacío de coches. El bar Los Geranios cerrado desde hace años. Contempló el vacío condensado bajo el arco de un puente semiderruido y lúgubre, por donde pasaba hace más de un siglo un tren que transportaba mineral al abandonar la sierra.

Corrió a través de los trigales. El corazón le martilleó muy fuerte en el pecho. Riscos, gargantas, torrentes secos, terrazas, paredes blancas de piedra caliza. Un silencio propio de un planeta deshabitado.

De repente, una ráfaga de viento eléctrico preñada de tormenta golpeó su cara. Tuvo la sensación de que algo ominoso se cernía sobre ella. Un mal presentimiento. Alguien la acechaba. Trotó entre las zarzas y aulagas. Nubes negras y panzudas como corderos inmensos desfilaron morosas por el cielo. Olor a tierra y a hierba fresca.

El río Arlanzón bajaba tumultuoso. Venía crecido de la sierra y retumbaba. Andrea escuchó su estruendo desde la chopera. A la sombra, el aire se volvió húmedo. Fuera el sol caía desvaído, ausente.

Lara le vino a su cabeza en todo su esplendor y enigma. Pero no quería pensar en ella. Cada vez que deseaba ardientemente a alguien, no salía bien. Cada vez que se ilusionaba mucho en una relación, acababa decepcionándose. Albergar demasiadas expectativas daba mala suerte. Porque la vida no funcionaba así. Era mejor no esperar nada.

Pero Lara la deseaba. En la piscina, en la cama, en el jardín, en la Dolina, en el Land Rover de Max. Por la mañana, por la tarde, por la noche. Le debía más placer que el que había debido nunca a un hombre. Cuando le daban esos arrebatos a Lara, Andrea se sentía segura. Pero al día siguiente volvía a tener esa sensación de no tener un suelo bajo los pies.

Se quitó las zapatillas Mizuno. Anduvo descalza por la orilla. Tuvo la sensación de que el río se despertaba solo para ella. Se despojó de la ropa lejos de las cámaras camufladas que había en los chopos por culpa de los robos de las máquinas de lavado de sedimento que se habían producido y entró despacio, ceremoniosa, en el agua glacial del río.

Tiritó, le castañetearon los dientes. Se puso a nadar con brazadas furiosas para entrar en calor. Ejercicio enconado para olvidarse de sí misma. La mayor carga es nuestra propia mente, fuente de sufrimiento y gloria.

Un golpe infernal. Truenos que percutían en el cielo como si fuera la piel de un tambor. Nubes negras y púrpuras. Lluvia que repicaba sobre el río, sobre su cabeza. Rayos como culebras amarillas que cruzaban la panza gris que la cubría. Sonoridad acuática y fragante.

Empezó a llover como si se acercara el fin del mundo. Andrea salió del río, se puso sus ropas mojadas, se cargó su mochila a la espalda y corrió camino a casa. Todavía le quedaba un buen trecho antes de volver al refugio. Mientras se alejaba a grandes zancadas, notaba ya las piernas acalambradas. Se caló bajo el aguacero helado e iracundo. Oyó cómo las aguas del Arlanzón bramaban a su espalda.

Lara no tenía la culpa. Cuando se diera cuenta de lo podrida que ella estaba por dentro, la dejaría. Su mente se perdió en una maraña de pensamientos angustiosos. «Te va a dejar. Es cuestión de días. En realidad, está loca por Sebastián. No has visto cómo se miran y se ríen. Se está pasando un verano de puta madre a gastos pagados. Eso es todo». Los celos la aguijonearon como un enjambre de abejas furiosas sobre su piel embadurnada de miel. Se moría de celos. «Nunca te ha querido. —Andrea corrió más deprisa para apagar la voz de su cabeza—. Tu madre te dejó porque eras defectuosa». «Cállate. Cállate. Cállate». Era la misma historia negativa en bucle. «No pienses. No pienses. Ya».

En realidad, había sido una locura bañarse bajo semejante tempestad. Pero la muerte siempre había acompañado a Andrea desde que nació. A veces pensaba que la muerte solucionaría todos sus problemas. Se decía a sí misma que prefería la muerte al sufrimiento. Se obligó a correr más rápido para agotarse y aplastar sus pensamientos negativos bajo el delirio de endorfinas que regalaba el sobresfuerzo.

A pesar del agotamiento que sentía —estaba exhausta y notaba las piernas muy cargadas—, aún permanecía en su interior ese poso de tristeza profunda, esa reminiscencia de rabia hacia sí misma. Una sensación de responsabilidad la agobiaba. Andrea se sentía obligada a estar agradecida de por vida a Max y Teresa porque le habían salvado del centro de tutela un mes después de que cumpliera los tres años. Tenía que demostrarlo todo el tiempo. Al final se sentía como si cargara el peso del mundo sobre sus hombros. Nunca se relajaba. Tenía que hacerlo todo mejor que los demás. Era como llevar un ancla al cuello desde que se levantaba hasta que se acostaba. Indómita, enfadada, superresponsable. Así era ella. Max la quiso desde el principio. La llevó a excavar a la Dolina, a Dmanisi, a Olduvai, lo cual provocó los celos de Teresa. Ella, a cambio, se convirtió en la mejor aliada, la mejor confidente de su padre. Andrea se enteró de sus infidelidades y las tapó. Cuando bebía, Max se iba de la lengua y Max siempre bebía más de la cuenta. Una tarde de bares y cine por Madrid le había dicho:

—Es una trampa.

—¿El qué?

—El matrimonio es una trampa. Nos atrapan cuando estamos obnubilados con el sexo, luego tenemos hijos. Y nos encadenan a sus faldas para siempre. Nos quedamos tontitos. —Sonrió con aire bobalicón y frunció los labios sacando la punta de la lengua—. Y ya es demasiado tarde.

Max tenía dos hijos mayores a los que apenas veía y que ya se habían ido de casa.

¿Quiénes?, ¿las mujeres?, ¿su madre? Andrea no quiso preguntar. Cuando Max se ponía a hablarle de cosas íntimas de su matrimonio, hacía alusiones sexuales hacia otras mujeres, le hablaba de una amiga japonesa que tenía, Sasuki, y de lo mucho que le gustaban las mujeres orientales, sobre todo las japonesas, Andrea fingía una despreocupación falsa, una desenvoltura de quincalla, pero en realidad un desasosiego inquieto roía su estómago. Se sentía violenta por ser la receptora de las confidencias sexuales de su padre. Esas cosas no se cuentan a una hija.

Había aprendido a mostrarse cauta cuando Max se ponía de ese humor excitado, eufórico y quijotesco, cuando se enfadaba por la menor tontería, cuando montaba broncas de órdago y siempre quería tener la razón, incluso cuando era obvio que se equivocaba. A Andrea le muy ponía nerviosa estar cerca de su padre cuando estaba a punto de cabrearse y cargaba de tensión el ambiente. Solía seguirle la corriente. Le decía a todo que sí como a los locos.

Desde que tuvo conciencia, Andrea supo que no le gustaba a su madre. No es que no la quisiera, no. No era que le disgustase su carácter. No. No. Su madre sentía verdadera aversión por ella. Quería quitársela de en medio. Internado en Inglaterra. King College. Veranos en Estados Unidos. EF. Cuando Andrea se puso a estudiar Historia en la Universidad Complutense, su madre la estimuló a independizarse. Lo de independizarse era un decir. Teresa le pagaba el alquiler de un cuco apartamento en la calle Príncipe. Escaleras y pasillos intrincados, pisos divididos en estudios reformados, tejados rojos y grises de Madrid. Si mirabas la fachada del edificio desde la calle Príncipe, era imposible adivinar el fondo de vericuetos y puertas que se ocultaba dentro. Teresa la quería fuera de casa, fuera de sus vidas. Se habían peleado dos semanas atrás. Teresa le dijo que le pagaba un curso de verano en Cambridge, pero Andrea se había negado. Odiaba que dominara su vida, odiaba que le dijera lo que tenía que hacer, odiaba que la tratara con esa displicencia despreciativa como si ella fuera un mueble que se podía cambiar de sitio e incluso tirar a la basura. Andrea le dijo que se iba a Atapuerca.

—Espero que no conviertas en un lupanar la casa de tu padre y que no lleves a ninguna de tus amigas tan raras.

El tono de abierta repugnancia la puso frenética. Andrea se dio la vuelta y se marchó sin contestar a su madre.

Cuando estaba a punto de llegar a casa, Andrea se tropezó con una rama vieja de árbol en el suelo. Se cayó de boca al suelo. Se retorció de dolor después de aterrizar con las manos sobre la gravilla y arena fina del camino. Permaneció un buen rato sin levantarse. Todo el cuerpo le temblaba. Cuando se puso de pie, gruesas gotas de sangre le cayeron como monedas de cinco céntimos sobre las Mizuno. Tenía una herida en la rodilla que latía con un dolor atroz. Cojeó hasta casa mientras oleadas de agonía le subían calientes e irritantes desde el tobillo. Se había hecho un esguince. Un cristal se le clavó una y otra vez en la carne, le arañó el hueso. Andrea se sintió muy frustrada consigo misma. Se tomó su lesión como una derrota personal.

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El crimen más estremecedor de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 14

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 14

No vi entrar a Sebastián en el salón. Luisa se fijó en él antes que yo. Algo en su interior se animó, como si de repente se encendiera una llama dentro de ella, como si alguien hubiera encendido la luz bajo su piel. Me di cuenta de que había habido algo entre ellos por la manera en la que la inspectora Baeza le acarició con la mirada. Ella, que era cortante como el hielo, se suavizó.

—Hola, ¿cómo estás? —preguntó Sebastián.

—He estado mejor. ¿Y tú?

—También.

—Me alegro de verte, Sebastián.

 Sebastián estaba hecho un dandi. Vestía un traje negro de Armani sin una arruga, llevaba una camisa blanca también de Armani pulcramente planchada. Se acababa de duchar. Exhalaba un perfume cítrico que le hacía muy atractivo. Tenía el pelo oscuro, aún mojado de agua, peinado hacia atrás.

—¿Quieres un té verde? Iba a hacer ahora mismo. Es orgánico y detox —preguntó Sebastián.

—Sí, gracias —dijo Luisa, que hizo un esfuerzo ímprobo por no dejar traslucir ninguna emoción en su cara.

—Muy amable.

Aduriz se sintió un paleto al lado de Sebastián, quien le cayó fatal al instante. Le azuzó un rencor de clase. También se había dado cuenta del efecto que Sebastián causaba en Luisa. Le azotó una oleada de celos negros. Le acosó una sensación lacerante de humillación. No se había dirigido a él.

Sebastián abrió la caja verde Twinings, cogió un puñado de hebras negras y las echó en una tetera japonesa de hierro fundido color negro. Puso un cazo con agua a calentar.

—¿Y usted?

—Nada, gracias.

—¿Nos vienes a detener, Luisa? —preguntó con una sonrisa torcida.

—¿Tendría que hacerlo?

Sebastián sonrió y el sol salió en la habitación.

A Luisa le vino de golpe a la memoria al oler su olor cítrico intenso aquel verano cuando él, por orden de Max, se hizo cargo de ella, una niña de diez años destrozada tras el secuestro de su hermano. Sebastián le enseñó a excavar a la Dolina, le prestó libros de Prehistoria, le habló de evolución humana, de datación de fósiles, de geología, de huesos, de cráneos, de especies de homínidos, la llevó al Gil de Siloé y la invitó a comer en la cantina, la invitó al laboratorio y le puso a mirar por el microscopio electrónico los fósiles que habían desenterrado —después de inyectarles una solución consolidante con una jeringuilla y esperar veinticuatro horas— por la mañana en la Gran Dolina.

Sebastián le explicó que los cortes de los rellenos tenían más de veinte metros de altura en la Gran Dolina. Por esa razón habían levantado el andamio desde la base hasta lo más alto. También le contó que la cueva esta partida en dos, la cavidad continuaba al otro lado de la Trinchera, en el yacimiento del Penal. Alguna noche Sebastián también la llevó en su coche a Los Geranios cuando Luisa caía rendida de sueño tras una tarde infinita y maravillosa pasada con Max y él charlando, desafiando teorías científicas dominantes como la que aseguraba que en Europa no había fósiles de homínidos más antiguos de 500 000 años.

Sebastián le había salvado la vida. Ella lo miró y sonrió. Él la miró y sonrió.

—¿Con azúcar?

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El crimen más terrible de Atapuerca.

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El crimen más terrible de Atapuerca.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 9

Sinopsis

Queridas lectoras: comparto con vosotras el capítulo nueve de mi novela «Los crímenes de Atapuerca». El crimen más terrible de Atapuerca. Os recuerdo la historia:

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 9

Amaneció una mañana preciosa. Un cielo despejado, de un azul delicado como si Dios lo hubiera pintado con sus propias manos. La sierra resplandecía verde brillante, empapada en rocío. Los bosques de encinas y robles se agitaban bajo una suave brisa.

Después de descubrir el cadáver de Miriam y responder a unas preguntas de la policía, Andrea y yo nos fuimos a la casa que Max tenía en la sierra de Atapuerca. Pero yo no pegué ojo en toda la noche. El insomnio y los fantasmas me mordieron la mente hasta que no pude más y me levanté, exhausta. A mi lado, Andrea dormía como un lirón, ajena a mi angustia.

Cuando cerraba los ojos, me venían a la memoria, en vertiginosas y envenenadas ráfagas de imágenes, la cara de Miriam pegajosa de sangre, con los ojos desorbitados, las moraduras en su cara, el pelo negro empapado de sangre coagulada y negra. Esos recuerdos se mezclaban con otros jirones de mi pasado que había intentado olvidar, pero había sido inútil. Yo abriendo la puerta de la habitación de papá. Papá tendido en el suelo, inconsciente, con una espuma blanca saliéndole por la boca, bajo un gran charco de sangre oscura que se oscurecía sobre las baldosas de mármol color salmón. La ansiedad latió en la base de mi garganta con su ritmo sin aire, con su tono siniestro. Papá se había tomado setenta Orfidales. Inconsciente, se había caído de la cama al suelo, donde se había golpeado la cabeza con la pata de mi mesa de estudio, la mesa en la que yo había preparado mis exámenes de Matemáticas, Historia y Literatura durante mi adolescencia, la mesa frente a la que yo había pasado horas y horas hincando los codos, tratando de escribir una novela frente a mi cuaderno y fracasando en el intento.

Por fin, harta de mi depresión silente, harta de estar en la cama dando vueltas, anhelando un descanso que no llegaría, decidí levantarme. Fui a la cocina vacía. Toda la casa dormía. Me preparé un café. Me lo bebí de pie ante la ventana con vistas al jardín que Max había plantado cuando se construyó la casa. A Max le encantaba trabajar la tierra, le encantaba ensuciarse las manos, cavar, arar, plantar, regar, escardar, rastrillar.

Max había nacido y crecido en un pequeño pueblo del Pirineo catalán, Tallül. Sus padres eran campesinos. Allí, de niño, Max se había metido en las cuevas de la montaña acompañado de su abuela y había desenterrado fósiles, los había estudiado y coleccionado. Su habitación era un cúmulo de huesos de osos, fragmentos de cráneos humanos que había excavado, cuchillos de sílex. Una tarde encontró hasta un bifaz tallado en piedra, perteneciente al periodo Achelense.

Durante el invierno, el jardín lo cuida Martín, un chico de Ibeas de Juarros que viene una vez por semana a regar, a quitar las malas hierbas, a rastrillar las hojas que se acumulan en el césped, a podar los árboles cuando toca.

En su jardín, Max creó su propio paraíso, su Arcadia particular. Plantó todas las especies arbóreas que se le antojaron. Hay árboles frutales: limoneros, naranjos, nísperos, manzanos, mandarinos, perales. Hay olmos, magnolios, cipreses, cedros del Líbano, nogales, avellanos, robles, cedros del Atlas, bojes, eucaliptos, enebros sirios, laureles, aligustres, mahonias, castaños de Indias, cedros del Himalaya y cipreses de Portugal.

Max, arrebatado por su entusiasmo maníaco, impulsado por su energía desbordante, incansable, llegó a plantar también un tejo y un gingko biloba, cuyas hojas se ponen amarillas en invierno. Es un jardín maravilloso.

Abro la puerta de la cocina y salgo al porche con suelo de losas de piedra. Estoy descalza. El suelo está frío. ¿Qué le voy a decir a la policía? Porque la policía va a venir a interrogarnos a Andrea y a mí enseguida. Es cuestión de minutos, de horas a lo sumo. Puede que la inspectora Baeza ya esté de camino hacia nuestra casa. Hará muchas preguntas. Querrá saber la verdad. Querrá saber lo que vi. ¿Y qué vi exactamente? Los recuerdos se tornan confusos en mi cabeza aturdida. Solo hay una cosa que voy a ocultar a la policía. Andrea me lo ha pedido como favor y yo le he dicho que sí.

Ayer llegamos a las tres de la mañana a casa. Estábamos agotadas. Bebimos agua como dos desesperadas, nos duchamos, nos pusimos el pijama y nos servimos una copa de vino de una botella de Alión mediada que había sobre la encimera de la cocina. Yo quería irme a la cama enseguida, estaba exhausta, pero Andrea insistió en que descargáramos los clips de las tarjetas de nuestras GoPro y viéramos su contenido en nuestro Mac portátil.

Nos sentamos frente a la mesa de la cocina y contemplamos los planos que habíamos grabado hacia unas horas cuando encontramos el cadáver de Miriam Sinaloa dentro de la Sima de los Huesos.

—¿No te registró la policía?

Andrea negó con la cabeza.

Qué inútiles, por favor. La policía real es menos eficaz que la que sale en las series de televisión. Menuda chapuza. La cantidad de asesinos que andarán sueltos por ahí, la cantidad de equivocaciones, de errores letales que se habrán producido a lo largo de los años en las investigaciones policiales, la cantidad de inocentes que estarán encerrados en las cárceles injustamente. Me estremecí.

La luz de nuestras linternas se proyectaba en la cámara funeraria de la Sima. El cadáver de Miriam sobre un gran charco de sangre en los tablones de madera, los gritos y el horror como brochazos rojos en el cerebro, el escalofrío y una sombra que se perdía en el corredor del fondo. ¿Quién era? No le reconocí la cara. Solo era un bulto. Pero supe que era el asesino. El corazón me latió muy deprisa. Me sobresalté. Paré con el puntero del ratón el vídeo. Rebobiné las imágenes. Me fijé en una débil luz titilante que había al fondo de un ramal de la sima. Me recorrió un escalofrío frío por la espina dorsal

—¿Esta salida no estaba ciega? —pregunté a Andrea.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 8

Sinopsis

Queridas amigas: comparto con vosotras el capítulo 8 de mi novela “Los crímenes de Atapuerca”. Os recuerdo la historia. El crimen más escalofriante de Atapuerca.

A Míriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 8

Carla, angustiada, corre hacia Cueva Mayor, se acerca a la puerta enrejada de Portalón, que está precintada por un cordón policial. El juez de guardia levanta el cadáver acompañado de la secretaria judicial, que toma notas en un bloc.

Es noche cerrada. La una de la mañana. Carla siente que le vacían las entrañas cuando ve a dos agentes que salen de Cueva Mayor portando el cadáver de Miriam metido en una bolsa funeraria negra, reposando sobre una tabla espinal.

—Hija mía, hija mía, aquí estoy, hija mía —aúlla Carla.

Ese aullido animal. Luisa solo lo ha oído dos veces. Cuando le dijo a aquel hombre que su niña había aparecido asesinada en aquel pozo cerca de Castro Urdiales después de que una vidente le hubiera convencido de que su hija de cuatro años estaba sana y salva, y a sí misma cuando volvió a la cueva de Rota y Toni, su hermano, había desaparecido con el monstruo.

Carla vuelve a aullar. No es agradable escuchar ese aullido de mamífera más allá de la desesperación. Ha perdido a su cría. La pesadilla empieza. No va a acabar nunca. Nada de lo que le diga Luisa va a poder consolar a esa madre. Lo sabe porque Luisa ha estado en ese lugar que está más cerca de la muerte que de la vida.

Un solo segundo te puede cambiar la vida para siempre.

Luisa coge a Carla del brazo y la retiene mientras le dice que no se acerque. Una mano invisible presiona el corazón a Luisa, que ahora se acuerda de Toni, su hermano. Siente que dentro de ella se desencadena una tormenta helada, llena de viento y nieve y desesperación.

Toni está a su lado. Tiene seis años como cuando desapareció.

—¿Por qué no volviste a buscarme, Luisa? Te esperé, te esperé. Pero no viniste —dice el niño.

La angustia cierra la garganta a Luisa.

—Me ha matado a mi hija. Hijo de puta, me ha matado a mi hija —grita Carla.

Desde una distancia de dos metros, Jesús Sinaloa mira cómo Quique, su hermano y padre de Miriam, abraza a su mujer.

Jesús arranca a andar por la cuesta embarrada fuera de Cueva Mayor y se seca las lágrimas que arrasan su cara con las mangas de su jersey.

Los dos agentes trasladan el cadáver al coche funerario. Otro agente abre la puerta trasera. Los policías meten dentro el cadáver de Miriam.

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Un viaje increíble a Atapuerca.

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