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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 40

Ilustra la novela Los crimenes de Atapuerca. Atapuerca como nunca la has visto

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Atapuerca como nunca la has visto.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 40

2 de junio de 2019. Catorce días antes del asesinato. Sierra de Atapuerca

Un vaho se condensaba en las paredes de la ducha. Alguien había escrito con el dedo unos números en la pared de cristal: 5423567. Las cifras se desvanecieron a medida que el calor y la humedad desaparecieron. Cogí la alcachofa y abrí el grifo del agua caliente. Como estábamos en mitad del campo, el agua tardaba mucho en ponerse caliente. Durante unos minutos temblé desnuda en la ducha. Me sentí vulnerable. Por fin el agua se puso tibia y luego caliente, cogí el gel con olor a cítricos y me eché un buen chorreón color verde lima en la palma de la mano, me froté, con fuerza, la entrepierna, los pechos, el vientre, las piernas, la cara. Regueros de suciedad cayeron a la superficie blanca de la bañera, un agua negra se remansó antes de ser succionada por el desagüe.

Me quedé un rato más bajo el agua caliente. Ráfagas de placer corrieron arriba y abajo por mis venas, pero me salí porque no quería acabar con el agua caliente. Después de mí los chicos también se iban a duchar. Así lo hacíamos después de venir de excavar, antes de cenar, ver series en Movistar+ y acostarnos. Dormíamos durante el día y salíamos a Atapuerca por la noche, como los vampiros, al revés que nuestros congéneres humanos, de quienes nos habíamos aislado por completo.

Cogí una toalla y me sequé, recogí la ropa sucia y mojada del suelo, mis pantalones cortos de Primark, la camiseta de tirantes negra, salí del baño dejando una nube de vapor detrás. Fui a la cocina, abrí la puerta de la lavadora y eché mi ropa de excavar dentro del tambor, aproveché para ir a nuestra habitación y recoger más ropa sucia de Andrea y mía. Helena me vio y se acercó desde el pasillo. La luz débil del techo titiló, con un fulgor fantasmal, sobre ella.

—¿Vas a poner lavadora? —preguntó.

—Sí.

—Espera.

Helena me trajo un fardo de ropa: pantalones cortos con muchos bolsillos color caqui, bragas, un sujetador color escarlata, camisetas y los vaqueros de Sebastián, inconfundibles, marca Armani. ¿Qué hacían allí entre la ropa de Helena? Pero ninguno de nosotros hacía preguntas. Ninguno juzgaba. Eso era lo maravilloso de vivir juntos: el disfrutar de esa resplandeciente libertad.

—Me muero de hambre —dije mientras metía la ropa dentro del bombo de la lavadora. Busqué el detergente.

—Yo también.

—Ahora hago la cena —añadí mientras echaba dos tapones de detergente azulado y blanco Ariel dentro del hueco del cajón que había sacado en la parte superior de la lavadora.

—Yo te ayudo.

—Gracias. —Cerré la puerta de la lavadora. Puse un programa largo. El murmullo de succión del agua de la lavadora, la noche estrellada fuera de la casa, el silencio absoluto, esa calidez preocupada que irradiaba Helena me pusieron de buen humor. Me sentí muy a gusto a su lado después de tantos sobresaltos. Era una chica tímida y callada, delicada, que se preocupaba más por los demás que por ella misma. Al menos aquel affair desgraciado con Germán había terminado. O al menos ella ya no hablaba de él después de la visita de hacía ya casi un mes a Atapuerca de la mujer y los dos hijos de Germán.

—Qué bien cocinas.

—Gracias, Helena. Me gusta hacerlo.

Solo recibía cumplidos por mi cocina, lo cual tenía una parte alegre y otra triste.

Yo hablaba de que quería escribir, pero no escribía ni una línea.

—Si no fuera por ti, comeríamos a base de bolsas de patatas fritas.

—Ja, ja.

Oí a Andrea dar vueltas en nuestra habitación mientras hablaba por teléfono con alguien. Estaba enfadada. Supuse que estaría hablando con su padre, Max. Pero no quise saber nada. Estaba cansada de problemas.

Helena se puso a fregar los platos del desayuno que estaban apilados en el fregadero mientras yo iba a la bodega. La temperatura bajaba dos grados a medida que descendía los escalones de piedra. Cuando llegué a la estancia, olí a mineral. Cogí la cuerda de la luz del techo y tiré de ella. La bodega se iluminó con una luz azulada, fantasmagórica. Al fondo, junto a la pared opuesta, donde estaban colocadas las botellas de vino, se amontonaba la pequeña montaña de sedimento que habíamos sacado de la Gran Dolina. Otra vez la sensación de hacer algo prohibido me sobrevino. Cuando Jesús Sinaloa se enterara de lo que habíamos hecho, nos iba a matar. ¿Pero qué importaba eso frente a la muerte? A veces dábamos demasiada importancia a las cosas porque nos olvidábamos de que íbamos a morir un día. Las cosas no eran tan importantes como nuestra mente nos hacía creer.

Decidí que esta noche nos daríamos un homenaje. Fui a los estantes. Filos curvados donde reposaban las botellas, algunas muy antiguas, cubiertas de polvo. La pasión de Max Rey eran los vinos después de la investigación de la evolución humana. Muchas de las botellas que reposaban en la bodega se las habían regalado a Max políticos, empresarios, amigos, conocidos agradecidos porque había dejado a sus hijos excavar en el yacimiento, fans, famosos. Otras las había comprado él con su sueldo de catedrático de Prehistoria en la Universidad Rovira i Virgili.

Helena y yo hicimos la cena con los restos que encontramos en la nevera y dentro de los armarios: espárragos trigueros, huevos, nata, maicena y un paquete familiar de pan Bimbo. Hice tostadas, saqué la sartén grande mientras Helena cascaba seis huevos en un plato hondo y a continuación los batía con un tenedor, hice los espárragos al vapor, Helena mezcló los huevos con la leche y la maicena, a continuación, yo eché los espárragos. Me dirigí a los fogones de gas, cogí la gran caja de cerillas que siempre estaba colocada junto a la placa grande y blanca levantada, la abrí, extraje una cerilla, la encendí, un olor a fósforo se extendió por la cocina. Helena torció hacia la derecha la manija del fuego más grande, silbó el gas, yo acerqué la cerilla y diminutas llamas azuladas se prendieron. Había que permanecer un minuto con la manija apretada por seguridad.

Luego eché un chorreón de aceite a la sartén y la puse a calentar en el fuego.

—Échale un ojo —dije a Helena.

Dejé a Helena a la cocina para salir de casa y atravesar el porche. Bajé las escaleras hasta el jardín salpicado de naranjos, limoneros, nísperos, manzanos, perales, en la franja de tierra que flanqueaba la valla que nos protegía del exterior había arriates con fresales. Me dio un escalofrío. La noche estaba fría y desapacible. Fui a la huerta. Cogí tomates de la mata que aún estaban tibios por el calor del sol.

Cuando entré, la cocina se me antojó cálida y agradable. Lavé los tomates, que estaban recubiertos de una fina capa de polvo, los corté y los puse en la ensaladera, los aliñé a la andaluza, con aceite, vinagre, ajo picado y un poco de perejil que también había conseguido en la huerta. Saltó la tostadora, saqué del armario una cesta de mimbre y coloqué el pan, puse más tostadas a tostar.

Helena acabó de hacer la tortilla con espárragos trigueros. La dio la vuelta con un plato grande mientras yo abría las dos botellas de Alión. Cogí unas copas. Le pregunté a Helena si quería una copa y ella dijo que no, me serví una generosa ración, bebí mi vino, que me supo delicioso después de todo el miedo y la ansiedad que había pasado excavando, mientras Helena y yo terminábamos de cocinar la cena. Pero nada me había preparado para lo que Helena me iba a contar a continuación.

—Lara, ¿te puedo decir algo? —le tembló la voz.

Yo me puse a la defensiva. Una tensión en el estómago.

—Claro.

Helena dudó, se debatió en una lucha interna. Me dolió verla así.

—¿Tan grave es? —pregunté.

Creía que era algo malo sobre mí. Personalización, una de las múltiples distorsiones cognitivas de la depresión.

Ella asintió. De repente, se puso a llorar, yo abrí el cajón primero del mueble y le alcancé un kleenex.

—Estoy embarazada.

La miré, atónita.

A comienzos del nuevo milenio y una hembra de Homo sapiens se sigue complicando la vida de la misma manera que hace siglos.

No supe qué decir.

—No voy a tenerlo.

—Comprendo —dije.

—¿No me preguntas quién es el padre?

—Eso no me importa, Helena.

Su cara de dolor se volvió hacia mí.

—Es Sebastián.

—Creí que Sebastián era…

«Homosexual», pensé, pero no me pareció delicado decirlo.

—Sí, yo también lo creía. Pero no. Bueno, no sé qué pensar. Eso es lo que menos me importa ahora mismo. Todo es un lío espantoso. No sé cómo ha pasado. Tengo miedo.

—¿Se lo has dicho a él?

—No.

—¿Por qué?

—Porque querría tener al niño. Y es una locura. Con la vida que llevamos…

De repente supe que Helena tenía razón. Sebastián era un hombre galante, caballeroso, decimonónico. Me gustaba mucho. Había algo antiguo y decente en él que no pertenecía a este siglo, que no casaba con el mundo en el que vivíamos. Sebastián era un monje.

—Lo he pensado —dijo Helena atropelladamente, como si tuviera que hablar rápido para decir lo que quería decir—. Hay una clínica en Madrid. Una amiga me ha pasado el contacto. Y tengo el dinero. Son mis ahorros. Pero bueno…

Gruesas lágrimas como manzanas cayeron por sus mejillas. Tras un silencio engorroso, durante el que no supimos qué decir ninguna de las dos, yo la abracé.

—Pero no puedo ir sola. Te anestesian. Y tengo que ir acompañada. Tú tienes casa.

Helena me miró con sus ojos color miel asustados.

—Te acompañaré. No te preocupes.

—Gracias, Lara. No tengo a nadie.

—Todo va a salir bien.

—Te parezco una persona horrible.

—No, en absoluto.

—Piensas que podría tener al niño…

—No, no. Es decisión tuya.

—Eres una sentimental.

—Lo que tú hagas me parecerá bien, Helena. No soy quien…

—¿Y qué haríamos? Lo podríamos criar aquí entre todos.

Por un instante visualicé una imagen de nosotros cuidando del bebé. Yo tenía una tendencia increíble a la ensoñación. Pero sabía que la realidad era más brutal, más complicada. . Estaba cansada de problemas.

—Por favor, no se lo cuentes a Andrea.

—No, no.

—Andrea me odia.

—No te odia. La asustas.

Me sorprendió que dijera eso de Andrea. Yo había notado que Andrea y Helena se llevaban mal, eran como el agua y el aceite, pero Andrea la había invitado a vivir con nosotros en la casa, ¿no?

—Se le pasará. Andrea es cambiante —dije.

Helena y yo nos separamos con una sensación de embarazo, sin mirarnos a los ojos.

 —Sí. Bueno, da igual.

—Sí.

—No se lo cuentes a nadie —me rogó Helena.

Helena, esa chica despreocupada que parecía no haber tenido un problema en su vida, ahora dominada por esa mirada desesperada, por esa expresión acorralada en su cara infantil.

—Tranquila, no se lo diré a nadie.

—Solo puedo confiar en ti.

—No te preocupes.

—Si alguien se enterara, me moriría. Sobre todo, no quiero que se entere Sebastián.

—Sería capaz de proponerte matrimonio.

Helena y yo nos reímos más por quitar hierro al asunto que porque nos hiciera gracia la broma.

—Es un Quijote. ¿Te imaginas?, ¿Sebastián y yo casados?

—Cosas más raras se han visto. Mira yo y Andrea.

—Ah, Andrea tiene suerte de tenerte. —Una pausa dubitativa—. Ana no me caía nada bien.

Esa última frase que dijo Helena me complació tanto, me llenó de un placer tan culpable que me sonrojé. Bajé la cabeza para que ella no se diera cuenta de mi satisfacción. Había tenido unos celos tan inmensos de Ana, quien siempre se había interpuesto entre Andrea y yo, que no pude evitar sentir una sensación de triunfo. Podía amar más a Andrea que una mujer viva, pero no más que una mujer muerta. De alguna forma, la trágica muerte de Ana había magnificado su recuerdo.

La luz amarilla de la cocina, la lámpara de tulipa de seda vainilla, tan incongruente en una cocina como un rinoceronte en un salón, pero así de excéntrico era Max, y él había sido el encargado de decorar su casa, cayó como un chorro de sol sobre nuestras cabezas. Helena se enjugó las lágrimas, apretó su Kleenex muy fuertemente entre los dedos y suspiró.

—Eh, chicas, ¿de qué habláis?

Helena y yo nos sobresaltamos.

Sebastián asomó su cabeza por el quicio de la puerta.

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“Sucesión”: las argucias de un viejo psicópata

Hace años hicieron un estudio sobre psicopatía en grandes empresas, la mía salió en segundo lugar por detrás sólo de la Bolsa. Logan Roy tiene mucho de psicópata, por lo visto su modelo real es Rupert Murdoch, el magnate de la comunicación, y mueve los hilos, hasta el final, en su mezquina familia, pero Roy Logan también es un viejo y amargado pringado, que mientras se está muriendo conectado a un respirador en el ala de lujo de un hospital, sus hijos se pelean por el dinero, y el poder que ha logrado en vida en vez de sufrir y compadecerse por él. La psicopatía en la familia.

Los hijos de Logan son cómo niños avariciosos y egoístas que quieren comerse la tarta solitos, sin compartir con el otro, y sin dejar si quiera las migajas. Su padre agoniza, y ellos en el salón, en el que esperan en la suit privada de ese hospital, se dedican a pelearse, a discutir, a sacarse los ojos -cría cuervos-para hacerse con el control de la empresa de su padre.

No disimulan. Qué triste, señor Logan, no ser amado por tus propios hijos, qué mierda el que tu progenie codiciosa y malcriada te haga vergonzosamente la pelota, sólo porque quiere quedarse con la parte más jugosa del botín familiar.

Estarte muriendo y que tus hijos se peleen por tu herencia, sin tener ni un minuto de compasión por ti, el padre enfermo que sufre a solas.

Los diálogos hirientes y ácidos de los hermanos Roy en el hospital son impagables.

-Mientras tú estás hasta el culo de cocaína, un unicornio dirigirá la empresa-dice Kendall a su hermano ex adicto.

Greg soy yo

Mientras tanto, en medio de toda esta vorágine de rapiña y buitreo, pulula un desheredado: Greg, el sobrino pobre al que el patriarca Joe prometió vagamente un trabajo antes de sufrir un ictus y entrar en coma. Ahora la familia, muy ocupada en controlar la corporación de los medios de comunicación, pasa de Greg como de la mierda.

Greg intentando caer bien a Kendall.

Greg está pelado. No tiene donde caerse muerto. Está más tieso que la mojama, y huele a desesperación mientras comenta, de pasada, muy nervioso a la segunda mujer de Logan que su marido le prometió un trabajo en la corporación. Ella lo manda a casa a buscar unas zapatillas de estar por casa de Logan Roy. Greg obedece.

Greg sufre, intenta caer bien, sólo quiere un curro, no tiene ni un miserable dólar en el bolsillo. Pero es humano. Tiene alma. A los hermanos Roy se las comió un halcón al nacer.

Greg llamando a su madre para decirle que la ha cagado en la vida.

Coge lo que es tuyo

“Coge lo que es tuyo”. Ese es el slogan de “Sucesión”. El éxito de la maldad, ese el tema de “Sucesión”. Los repugnantes juegos de poder en el seno de una familia corrompida por el privilegio. La psicopatía en la familia.

La especie humana lucha por el privilegio. La especie humana codicia el estatus y se rinde al becerro de oro desde el principio de los tiempos.

Tener más que mi hermano es el leit motif de los vástagos Roy.

Hay muchos Roy Logan en este mundo, hombres ricos y poderosos que dicen que aman a España y Perú, mientras guardan su dinero, calentito, en las Islas Vírgenes, hombres que dicen que hay que “votar bien” en democracia y dan lecciones de moral mientras son titulares de una sociedad en un paraíso fiscal.

Hombres como Mario Vargas Llosa, que quiso ser Flaubert y al paso que va, pasará a la Historia como Logan Roy en “Sucesión”.

Puedes ver “Sucesión” en HBO.

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“Sucesión”: el arte de salirte con la tuya

Shakespeare ha vuelto para pasearse por Nueva York de la mano de familia Roy, que protagoniza un Juego de Tronos en un conglomerado mediático de cuyo control no abdica el patriarca, Logan Roy, aunque ya sienta el aliento gélido de la muerte. La serie más sobresaliente de HBO se llama “Sucesión” y no puedes perdértela.

Todos los miembros de la familia Roy son ricos e infelices. Sus juegos de poder, de rabia sibilina e hipocresía refinada, se ponen de manifiesto durante el cumpleaños del patriarca de la familia y dueño de la empresa, Logan Roy. Todos los hijos, yernos y nueras, incluso sobrinos, se muestran aduladores y serviles, con sus regalos, y su peloteo nauseabundo mientras el gran Logan los desprecia, con toda su alma negra.

Jesse Armstrong es el creador de “Sucesión”, que cuenta con tres temporadas.

El cumpleaños de Logan Roy me recuerda al cumpleaños del anciano, patriarca de una familia sureña, padre de Brick (Paul Newman), ante su inminente muerte en “La gata sobre el tejado de zinc” de Richard Brooks. Las familiares. como abejas zumbando ante un panal de miel con forma de futura herencia, halagan y miman al anciano, promoviendo a sus hijos (la cuñada de Brick), mintiendo, haciendo la rosca para quedarse con la mejor parte del pastel.

Un viejo retorcido y manipulador

Una de las empresas de medios de comunicación y entretenimiento más importantes del mundo. Un padre enfermo. Cuatro hijos ávidos, cada uno muy diferente del otro, cada uno ávido de cosas distintas. Pero Roy Logan, es un viejo retorcido, taimado, sibilino y manipulador que da por culo a sus vástagos y hasta el fondo. Porque las tramas de “Sucesión” responden a la pregunta: ¿Cómo me voy a salir con la mía?

Desarrollo de las intrigas de poder en el seno de una familia que parece más un avispero que un hogar, dulce hogar. Estratagemas y artimañas, estrategias para logran la expansión del ego y sus múltiples apetitos.

Familias sociópatas, familias normales

Pero los hijos no le van a la zaga a su padre. Son voraces, detrás de sus sonrisas y sus vamos a dar una fiesta sorpresa a papá, comprémosle un detallito, y venga relojazo Rolex, hagamos una genuflexión y rindamos pleitesía al viejo mientras salivamos como buitres ante la herencia que nos va a dejar cuando estire la pata papá, posicionémonos para coger una mayor parte de la tarta de papá.

Cada hijo es para darle de comer aparte. Sólo empatizas con el pringado del sobrino, al que han echado del parque de atracciones propiedad de Logan Roy, y busca el favor del anciano para volver a trabajar. Es el outsider en la familia Roy, el único que tiene un lado más débil, y por tanto, más humano.

Puedes ver “Sucesión” en HBO.

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“Succession”: familias sociópatas, familias normales.

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Mare of Easttown. Cuando todo se derrumba

HBO necesitaba como el comer una serie nueva que funcionara. Dios ha venido a verles con Mare of Easttown, un inteenso drama policial cuajado de suspense de 25 kilates con una Kate Winslet imperial, que sigue el camino auténtico y veraz de Frances McDermond.

Kate Winslet encarna con un millón de matices a la inspectora Mare.

Viaje a la América profunda de los desheredados y los yonkis, donde la heroína campa a sus anchas y las adolescentes se quedan embarazadas a los 16 años. Nos trasladamos a Easttown, un pequeño pueblo de Pennsylvania, donde todo el mundo se conoce y abunda la adicción a los opiáceos. Mare, sargento inspectora investiga el caso de la desaparición de una chica prostituta y drogadicta. Se acaba de cumplir un año desde que falta de casa. Hay presión de los padres acusando a la policía de que no hace nada y proclamando en la tele que van a buscar a su hija ellos mismos, presión del jefe, y una vida personal que se derrumba.

Mare es una inspectora, con muchos problemas personales

Katie era una joven drogadicta que se dedicaba a la prostitución.. El caso es que su cuerpo estará en el fondo del río Delawere.

Mare

El caso es que no sabemos nada.

Jefe

Los guionistas nos presentan a una Mare agotada, cabreada y triste, cuya vía de escape es la cerveza, una mujer que no atraviesa su mejor momento en la vida. Pero Mare tiene un corazón compasivo.

En el capítulo piloto, nada nuevo pero muy bien hecho todo, una narración clásica y realista, Mare, en mitad de la noche, recibe una llamada de una vecina vejuna pesada que le dice que hay un acosador en su patio . Mare aunque no tiene que hacerlo acude a hablar con la anciana. Nos presentan a una policía a la que la gente le importa.

Mare lucha por la custodia de su nieto e intenta no venirse abajo tras una tragedia familiar.

Edadismo

Por cierto Kate Winslet, que está estupenda con la cara lavada, en la plenitud de la vida, francamente, resulta que ya es abuela y tiene un nieto de cuatro años cuya custodia puede perder. Un claro signo de edadismo del género del que ya han avisado muchas actrices. Una actriz cumple cuarenta años y ya le ofrecen papeles de abuela. Vale, pues nos tenemos que creer a Kate Winslet de abuela.

A Mare le cuesta correr, come hamburguesas, y se cabrea consigo misma cuando comete errores y las cosas le salen mal, fuma cigarrillos electrónicos porque se está quitando, y las botellas de cerveza vuelan con ella. No se cuida y no es vegana. Gracias Dios mío. Una mujer con la que me puedo identificar.

Caso frío

El caso de la desaparición de Katie es un caso frío. Es decir, ha pasado el tiempo y hay cero pistas y muy escasas posibilidades de encontrar a la chica. Sin embargo el comisario jefe de Mare le pide que reabra el expediente. Su gozo en un pozo.

¿Kate Winslet abuela? Venga ya, joder, menuda broma.

Realismo cotidiano y falta de ínfulas y trolas. Empezamos bien HBO.