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After Life, temporada 3: la melancolía divertida de Rick Gervais

Durante estos días gélidos de enero estoy viendo la tercera temporada de “After Life”, la serie creada y protagonizada por Ricky Gervais. Me acompañan en mi soledad sonora en la que me apetece reconfortarme en casa con el bueno de Ricky y salir poco a la calle, donde me esperan los dedos del frío que me van a pellizcar.

Ricky Gervais me reconforta con su peculia manera de hacer humor del desconsuelo. Ese menda depre que se arrastra por los pasillos de un periódico plagado de fracasados como él, con un cuñado aún más deprimido, recién separado de su mujer, sin ver a sus hijas, yendo a terapia con un psicólogo vulgar y zafio que le deprime aún más.

Cenizas al aire, monjas, periodistas desastrosos, noticias sobre lo paranormal (lo que más odia Gervais, según su monólogo “Supernature”), una amiga prostituta, y un cartero hipster, pueblan la serie “After Life” plagada de seres desamparados, perdidos, desvalidos y muy, muy, muy tristes.

Ricky Gervais tiene a una mentora en la figura de la viuda que va a hacer compañía y hablar con su marido muerto en el cementerio. La viuda aconseja, consuela, y guía en el camino al sufriente Gervais, que está de duelo, que ha perdido a su costilla, e irradia dolor a chorros.

Pero lo mejor que le dice la viuda-mentora a Gervais es que en la fábula de la rana y escorpión en la que el escorpión le pide ayuda a la rana, él es la rana.

Yo también soy la rana. Será que por eso me gusta la serie de Gervais.

Nací en Madrid, en 1971. Soy licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense. Trabajo como periodista en Televisión Española. También he trabajado como guionista en diferentes series de televisión (Cuatro, Canal +, Telecinco). Así mismo, soy autora del libro Cómo crear una serie de televisión (T&B Editores, 2007) y de la novela El verdadero tercer hombre (Ediciones del Viento).

En 2010 dirigí un corto, Terapia, que fue nominado a los Premios Goya.

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“The Office”: la crueldad surrealista en el trabajo

Le tengo mucho cariño a la serie “The Office”. Quizás porque me la descubrió mi marido Gonzalo, y juntos pasamos alegres noches en nuestro antiguo apartamento, riéndonos con las salvajes locuras realistas de Michael Scott y sus empleados. Gonzalo y yo nunca nos cansábamos de ver episodio tras episodio, y disfrutábamos como locos de cada cosa que decía y hacía nuestro personaje de la ofi favorito: Dwigth. “The office” es tan real como el trabajo mismo. Una serie sobre el surrealismo del curro.

El humor era en ocasiones cruel, políticamente incorrecto siempre, no hay mas que degustar el capítulo segundo de la primera temporada titulado “Dia de la diversidad” en la que Michael Scott humilla a su empleada india imitando al dueño de un super indio, y ella le da una bofetada, o cuando propone el taller de sensibilidad sobre la diversidad racial haciendo bromas sobre los negros, y ordenando un juego de rol donde al empleado negro le toca hacer de negro y donde la pregunta que plantea Michael Scott a sus desconcertados empleados es: ¿qué raza os atrae más sexualmente?

El formato que adopta la serie es el de falso documental, no tan utilizado como hoy en día hace una década, especialmente en el género de la comedia.

Michael Scott está ‘tronao’ como la mayoría de los jefes.
La serie es surrealista y, a la vez, realista por lo absurdo que resulta la mayoría de los trabajos en los que escuchamos tantas gilipolleces de jefes y empleados que nos estalla la cabeza.

Michael Scott se cree el mejor jefe del mundo, pero no se da cuenta de que maltrata psicológicamente a sus empleados, quienes lo desprecian y odian, excepto el fiel y loquísimo Dwigth, quien estaría dispuesto a morir por su jefe y su margen de beneficios en su empresa de material de oficina.

De izquierda a derecha: Dwigth, Pam y Jim, sentado, el inigualable y trastornado Michael Scott.

Michael Scott también se cree que es la hostia de gracioso cuando al único que hace gracia es a si mismo, se cree súper motivador como si se hubiera metido en vena todos los libros de cómo liderar de Stephen Covey, e intenta animar chuscamente a sus empleados que cada vez están más deprimidos bajo su demencial mando. Lo peor es que Michael Scott se lo cree.

Michael Scott dice cosas como que para él, las personas son la prioridad en el trabajo, y añade que le dio su primer empleo a un guatemalteco que no sabía ni una palabra de ingles, y el tipo le pidió a Michael que fuera su padrino, y ese fue el mejor día de su carrera. Aunque luego tuvo que despedir al guatemalteco.

“The Office” fue la serie más vista en las plataformas digitales en 2020. Con la matraca aterradora de la pandemia machacándonos, es una serie que sirve como necesaria y descacharrante vía de escape. ¿Quién no ha trabajado en una oficina tan patética como la que aparece en “The Office”?

Puedes ver “The Office” en Netflix.

“The office” es tan real como el trabajo mismo.

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“La asistenta”: la versión de la criada

“La asistenta”, la serie de Netflix nos cuenta la historia de una chica que ha tenido mal ojo con los hombres y se ha juntado con una perla, Sean Boyd, alcohólico, y violento, abusador emocional. Tras una noche aterradora, mientras su marido ronca en la cama, Alex coge a su hija de dos años Maddy, la envuelve en una manta, sale de casa y escapa de casa y de su horror doméstico. Alex se va, con una mano delante y otra detrás. Esta serie trata de la pobreza y de cómo encajona a la gente que la sufre en callejones sin salida. Pero no es una serie triste porque “La asistenta” cuenta la historia del empoderamiento de una mujer, Alex Russell, su esfuerzo para mejorar sus condiciones de vida y las de su hija. Para conseguirlo, sólo tiene un camino: limpar en casas ajenas.

Lucha de clases a la inversa

Tras ese punto de arranque muy emocional gracias a la interpretación de la actriz protagonista: Margaret Qualley, un portento de expresión y sensibilidad, cuyos ojos te cuentan lo que siente, sin necesidad de recurrir al diálogo, Alex pasa de un estado deprimido y desesperado a estar enfadada y luchar por su dignidad. Un triunfo interpretativo que la actriz construye, secuencia a secuencia, su personaje de chica pobre acorralada por la vida y buena madre, cariñosa, dulce, responsable de su hija Maddy.

Cuando a Álex le toca limpiar su primera casa, el uniforme y los productos de limpieza se los paga ella y, al final, lo que la pagan es una mierda pero es lo que tiene la putada de no tener apoyo familiar ni un duro, con una hija pequeña a su cargo. Su jefa es una mujer negra arrogante, tacaña y fría que la trata con desprecio, una trama muy marxista en la que los protagonistas cambian sus roles históricos: ahora es la negra la patrona y la blanca la obrera pero el sistema de explotación y las dinámicas de tiranía permanecen, oerdura una estructura capitalista en la que quien tiene dinero putea a quien no lo tiene.

Pero el encontronazo de Alex con Regina, la mujer rica a la que limpia Alex la casa, es también el detonante de que Alex se enfade, y pase de estar deprimida a cabreada, gracias a la injusticia cometida con ella.

Alex con su madre, interpretada por Andy McDowell.

La empatía es la clave

Lo mejor de “La asistenta” es la empatía, la empatía con la que tratan los guionistas y el director John Wells, (quien dirigió un porrón de episodios en “Urgencias”, a Alex Russell, la protagonista. Comprenden cómo se siente, y cómo la vida le ha dado malas cartas a una chica sensible que iba a ir a la Universidad, que escribe y lee, y tiene un corazón de oro, amantísima de su hija, quien tiene suerte de tenerla en su vida, un personaje asustado y vulnerable, que ha aprendido lo que los psicólogos llaman “la impotencia aprendida”, que significa que una persona intenta salir de una situación de depresión, ansiedad, se esfuerza todo lo que puede, trabaja siguiendo pautas, lucha y, al final, se da cuenta de que no puede salir del agujero por mucho que haga, entonces se rinde, se da por vencida y cae en un estado de pasividad aletargada y renuncia a realizar ninguna acción que mejore su vida porque cree que es inútil.

Puedes ver “La asistenta” en Netflix.

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Escribir en contra de las expectativas del espectador. El método Kominsky

Una de las cosas que más me flipan del guion de la serie El método Kominsky es que Chuck Lorre escribe contra las expectativas del espectador. Cuando te crees que va a pasar algo, pasa otra cosa. Y eso en comedia es súper difícil. cómo escribir contra las expectativascómo escribir contra las expectativas

El creador de El método Kominsky domina el poder de lo impredecible, la fuerza de lo inesperado, la increíble potencia de la sorpresa. Los personajes de El método Kominsky evolucionan, Phoebe, la hija drogadicta y desastrosa de Norman, busca su camino de redención, Sandy, el narcisista profesor de interpretación de Michael Douglas ve cómo, con sus jugadas de independencia con Madelyn, le sale el tiro por la culata, Martin, el novio añoso de Mindy, la hija de Sandy, da sorpresas y te esperas que los dos viejales se van a caer fatal cuando se conocen y no es así, la que se siente descolocada y ajena generacionalmente hablando es Mindy.

La química impresionante entre ambos personajes, Norman y Sandy, es parte de la calidad de El método Kominsky.

Al escribir comedia es muy fácil conducir por el carril y seguir clichés y estereotipos cómicos. Pero El método Kominsky no hace eso. De hecho Chuck Lorre, da una vuelta de tuerca a los temas objeto de la comedia. En esta serie, nos reímos a las puertas de la muerte.

Humor ácido y negro sí, pero también emoción y profundidad. Nunca nos sentimos mejor riéndonos de la vejez, la pérdida, los problemas de la próstata, la incontinencia urinaria, las limitaciones físicas y mentales, y la muerte.

Puedes ver El método Kominsky en Netflix.

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“Crímenes”. Anna Permanyer

La banalidad del mal. Esa reflexión horrorizada y perturbadora queda tras ver un crimen de una crueldad extrema como el asesinato de Anna Permanyer, una psicóloga y madre de cuatro hijos barcelonesa, a manos de su inquilina, Carmen Badía, en 2004. Esa frase acuñada por la filosofa alemana y judía, Hannah Arendt, durante el juicio al jerarca nazi, Eichmann, en Jerusalen, me cruza el pensamiento tras ver los tres capítulos de “Anna Permanyer” en la serie “Crímenes” de Movistar.

“Crímenes”. Anna Permanyer

Crímenes. Anna Permanyer

De abril a junio de 1961, Arendt asistió como reportera de la revista “The New Yorker” al proceso contra Adolf Eichmann. De ahí surgieron inicialmente algunos artículos y después su libro más conocido y más discutido hasta el presente: “Eichmann en Jerusalén, un informe sobre la banalidad del mal”. Se publicó primero en 1963 en EE. UU. y poco después en Alemania Occidental.

Pero la tesis de la Arendt sigue estando vigente cuando veo el caso Anna Permanyer en la serie documental “Crímenes” de Carles Porta. También reflexiono el peligro de la psicopatía, en Carmen Badía, condenada por el asesinato de su casera sólo por una razón: el dinero.

“Crímenes” adopta el estilo Netflix del True Crime.

En realidad, el marido de Anna Permanyer, lo explica muy bien, devastado, cuando habla de la pérdida de su mujer, un persona buena, madre, esposa, que no había hecho mal a nadie, a quien Carmen Badía engañó, asesinó con una cruedad atroz. “Siento rabia, injusticia. Esa persona tiene rasgos psicopáticos muy peligrosos”.

Sin embargo Carmen Badía estaba plenamente asimiliada a la sociedad, tenía una hija pequeña, y, aparentemente, llevaba una vida normal.

Pero quiso salirse con la suya y quedarse con el piso de Anna Permanyer. Esa fue su perdición como asesina.

La serie se basa en los detalles de la crueldad.

En la Barcelona que pretendía ser moderna tras el boom de 1992, en una ciudad abierta que se llenaba de turistas y estaba de moda, sucede el crimen de Anna Permanyer. Con su crimen y el de las dos policías, una de ellas en prácticas, a manos de un psicópata ex convicto en su casa, Barcelona volvía a retrotraerse a la oscuridad de los años 70, un ciudad franca, donde la crueldad y el mal campaban a sus anchas.

Porque es el mal el tema de la serie “Crímenes”.

“True Crime” renovado

Movistar con el formato de “Crímenes” de Carles Porta juega a una apuesta que le ha funcionado a la perfección a Netflix: El True Crime renovado.

Sin duda Netflix ha sabido innovar en nuevas formas narrativas de guión y audiovisual para contarnos historias de True Crime de forma diferente, por ejemplo, con “La escalera”, o con “Elize Matsunaga: Érase una vez un crimen”. En España ya se había hecho “Muerte en León” que tuvo mucho éxito, y “Nevenka”.

Sin embargo el formado creado por Carles Porta, que tiene su origen en su programa de radio, va un paso más allá porque cuenta con una colaboración excepcional de la policía en crimenes ya juzgados y condenados, y sigue la factura americana aún más allá.

Pura televisión

Claro que “Crímenes” es televisión, pura televisión, y de alguna manera, explora un nuevo territorio diferente al de una crónica negra al uso.

El uso de las imágenes que presta la policía, son casos sentenciados y condenados judicialmente, las entrevistas de ambas partes hilvanan bien el relato. Además una voz en off muy sugerente, Luis Tosar, hace el resto para que los capítulos funcionen e impelan al espectador a pulsar la opción de: ¿quiere ver el siguiente capítulo?

La familia de Anna Permanyer, devastada.

El dron se utiliza para planos cenitales de la ciudad, sus edificios, calles, carreteras serpeteantes e intrincadas iluminadas por la luz vainilla de las farolas mientras la oscuridad fagocita Barcelona. Luego hay planos interiores medios de las entrevistas que consiguen contar bien la historia, hay un trabajo periodístico potente, y por supuesto, las fotos, cintas, audios, que proporciona la policía tambien estructuran el relato que va más allá de los titulares de los periódicos y los reportajes corrientes que vemos en la tele.

La factura visual de “Crímenes” es buena, al estilo Netflix, y eso se agradece. También el guión es sólido, bien documentado. Sin duda la cantidad de imagen y lo relevante de dicha imagen sorprende en esta serie documental.

“Crímenes”. Anna Permanyer.

Carles Porta consigue enganchar.
La acusada y condenada durante el juicio.

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La historia de amor de Piper y Alex en “Orange is the new black”

Alex y Piper tienen química. Por alguna misteriosa e insondable razón, Laura Prepon y Taylor Shilling encajan como dos piezas de Tetrix. La historia de amor de Piper y Alex.

Cuando están juntas, saltan chispas, y cuando bailan, aunque sea un baile desmañado carcelario hay que ver cuanto se bailotea de buenas a primeras en Lichfield, hay algo sexy entre ellas. La historia de amor de Piper y Alex.

Alex y Piper se juran amor eterno en la cárcel.

Todas las lesbianas del mundo y del universo exterior se enamoraron de Alex Vause y estaban dispuestas a hacerle la ola con sus lenguas y a surfear sobre su cuerpo. No era para menos. Laura Prepon lo hace de vicio, con esas gafas que lleva como peineta (se nota que Alex no es una verdadera miope) y esa manera de andar tan elegante, ese tatuaje en el brazo y ese fascinante modo de lamer una botella de champán que tiene. Es sexy no, lo siguiente. También es una buena actriz.

Por cierto todas las lesbianas del mundo se llevaron una decepción terrible al enterarse de que Laura Prepon era hetero. Por cierto ha sido mamá hace poco. Lo se porque la sigo en Instagram donde todo el rato sale cocinando recetas veganas en su casa.

Alex y Piper hacen una pareja muy sexy.

Las fans de la historia de amor de Piper y Alex se dedicaron a hacer vídeos como locas sobre la agridulce pareja Vausman en Youtube. Se alcanzó un paroxismo de Vausemanía, que tengo que confesar que se convirtió en un ‘guilty pleasure’ para mí.

La historia de amor de Piper y Alex.

La historia comienza con desenfreno y pasión, luego odio. Piper no quiere saber nada de Alex, tras su traición que acaba con la primera en la cárcel, delatada por su ex amante.

Luego vienen encuentros y desencuentros, tiras y aflojas, idas y venidas, peleas y discusiones, sexo e intimidad, enamoramiento rendido y locura de amor de Pipier en brazos de Alex.

Una historia de amor maravillosa.

La historia de amor de Piper y Alex.

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En “Downton Abbey”, Maggie Smith: mi apellido es ironía

Me encanta Maggie Smith, disfruto con Maggie Smith, me aflora una sonrisa de puro goce y deleite cuando entra en el plano Maggie Smith, me hace feliz ver a Maggie Smith en acción en mi serie lorazepam que me relaja cuerpo y mente: “Downton Abbey”. Es una serie que engancha.

Descubrí a Maggie Smith en la película “Una habitación con vistas”. ¿Os acordáis de ese peliculón? Yo la vi en Málaga en los años 80 y me emocionó. Fue una experiencia de puro éxtasis y descubrimiento y volví a mi casa del Paseo Marítimo, corriendo y trotando y saltando y bailando por la experiencia de pura magia que acababa de vivir dentro de la sala íntima y oscura, acogedor útero materno donde me pasé la mejor parte de mi adolescencia, en el América Multicines.

Ay, ay, qué flipe. Qué actorazos tan extraordinarios, qué cantidad de sensaciones sentí a mis tiernos quince años viendo la peli de James Ivory. “Una habitación con vistas” es una novela de 1908 del escritor inglés E.M. Forster sobre las primeras experiencias sentimentales de una joven mujer inglesa de la época eduardiana. Ambientada en Italia e Inglaterra, la historia es tanto un romance como una crítica a la sociedad inglesa de principio del siglo XX.

El guion es de Ruth Prawer Jhabvala.

Siempre he creído que las películas de Ivory basadas en las novelas de E.M. Foster son mejores que las propias novelas de E.M. Foster.

Bueno, pues la alucinante actriz Maggie Smith interpretaba a la tía de Lucy, Charlotte Bartlett. Y fue amor a primera vista., Desde entonces no hay película o serie en la que salga Maggie Smith que no vea solo porque sale Maggie Smith.

En Downton Abbey, Maggie está magistral como Lady Grantham, supurando ironía y fino sarcasmo mientras paladea una copa de jerez (la serie puso de moda tomar sherry entre los más jóvenes en Inglaterra) y se resiste a los cambios de un mundo que desapareció para siempre en 1914, cuando empezó La Primera Guerra Mundial.

Debe ser un gozo místico para un guionista escribir frases que sabes que luego van a salir de la boca de Maggie Smith.

Aquí he elegido una selección de lo más trufado e irónico de su repertorio:

-No seas tan derrotista querida. Es tan clase media. (A lady Edith)

-El matrimonio es un negocio a largo plazo. Para la gente como nosotros no hay vía de escape. Asegúrate de elegir bien. (A lady Mary)

-¿Qué es el fin de semana?

-No hay nada más fácil que evitar a la gente que no te gusta. La prueba definitiva es evitar a los amigos.

-Los principios son como las oraciones. Nobles, por supuesto, pero muy incómodos en una fiesta.

-Ningún inglés debería soñar con morir en casa de otra persona.

-¿Cuál es el problema? Tengo muchos amigos que no me gustan.

-Supongo que no podemos asesinarle. (Al embajador turco)

-¿Qué es esto? ¿Un instrumento de comunicación o una tortura? (sobre el teléfono)

Es una serie que engancha.

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Nuria Verde

Nací en Madrid, en 1971. Soy licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense. Trabajo como periodista en Televisión Española. También he trabajado como guionista en diferentes series de televisión (Cuatro, Canal +, Telecinco). Asimismo, soy autora del libro Cómo crear una serie de televisión (T&B Editores, 2007) y de la novela El verdadero tercer hombre (Ediciones del Viento).

En 2010 dirigí un corto, Terapia, que fue nominado a los Premios Goya.

Los mejores finales de series

El mejor final de series. Hablo con mi madre del final de “Mad Men”:

-No se si lo he entendido. Pero es fantástico. Es el mejor final que he visto de una serie.

Mamá me lo explica.

-Sí, lo has entendido-digo.

Luego mamá se enrolla sobre la cantidad de folleteo que hay en “Mad Men”, que es increíble. El Don Draper recién casado con la Megan, y ya está retozando en la cama con la vecina.

-Pero si se acaba de casar con Megan-grita mamá.

-Ya ves mamá. Este Don…

-No para.

-Es una vía de escape, el sexo, el alcohol, lo hace para no afrontar sus problemas.

No me gusta la deriva que ha tomado la conversación con mi madre.

-Y es increíble cuando lleva a los niños al prostíbulo en el que se crio. Pobre hombre…

-Hmmmm

-Menuda infancia. ¡Y tú te quejas de tu infancia!

-No me quejo.

-Sí te quejas…

-Megan…

-Ah no soporto a esa mujer ni a su familia. Me caen mal-remata mi madre.

Mi madre no soporta a Megan.

-Bueno, a mí tampoco me cae bien Megan.

-Qué tía más desagradable.

-Y al final Joan pasa de los hombres.

-Es que qué mal han tratado los hombres a Joan. Como para no pasar de ellos.

Mamá y yo hablamos de finales de series. Pero pronto me siento muy frustrada. Mamá no tiene HBO, de hecho “Mad Men” se la ve en DVD’s que compra por Amazon, flípalo, lorito.

Con mamá, no puedo hablar del final de “Los Soprano” ni de los de otras series que me han chiflado.

El final de “Los Soprano” es un final abierto, y me encantan los finales abiertos. David Chase se arriesgó al poner el punto final a su serie, además el creador de “los Soprano” tenía muchas presión encima. Lo cual siempre es una carga para un guionista.

¿Qué final de serie me ha gustado mucho últimamente?

El final de “Mare of Easttown” me encantó. Por favor, Brad Ingelsby que sea una miniserie cerrada, que no haya segunda temporada.

Odio que las miniseries se alargan en un bucle de temporadas.

Y a vosotros, ¿qué finales de series os han gustado? Se admiten apuestas.

Puedes ver “Mare of Easttown” en HBO.

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El mejor final de series.

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Nuria Verde

Nací en Madrid, en 1971. Soy licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense. Trabajo como periodista en Televisión Española. También he trabajado como guionista en diferentes series de televisión (Cuatro, Canal +, Telecinco). Asimismo, soy autora del libro Cómo crear una serie de televisión (T&B Editores, 2007) y de la novela El verdadero tercer hombre (Ediciones del Viento).

En 2010 dirigí un corto, Terapia, que fue nominado a los Premios Goya.

La importancia de la mentira en guion

Hoy vamos a hablar de la importancia de la mentira en el guion. De cómo meter la mentira con naturalidad, de cómo introducir la falsedad en nuestras ficciones. Voy a poner ejemplos prácticos para darnos cuenta de que nuestros personajes son como nosotros. La gente mentimos de forma natural en nuestras vidas.

La mentira en guion posee un peso muy específico, una carga de profundidad para un personaje. En la vida cuando los otros nos mienten, no solemos saber la verdad pero en la ficción, por el contrario, sí, significando que podemos meternos en el alma oscura del personaje, conocer mejor sus miedos y miserias. Y si conociéramos los miedos y desgracias más íntimos de nuestros enemigos, no los odiaríamos.

En la vida se miente por muchas razones: para protegernos, para proteger a otros, para no hacer daño, para dar una mejor imagen, para evitar consecuencias negativas, por miedo, por debilidad, por educación.

En los guiones se miente por las mismas razones que en la vida. Pondré ejemplos prácticos para entender lo importante que es manejar la carta de la mentira a la hora de escribir series de televisión.

Tony Soprano miente a Carmela cuando ésta le pilla en la infidelidad, con la prima coja de su amante rusa. ¿Por qué se entera Carmela? Porque la amante rusa la llama para largárselo. Tony lo niega, lo niega, y lo vuelve a negar. Miente, miente, y miente en una discusión que es la puerta de entrada al divorcio del matrimonio Soprano.

Tony miente en muchas más ocasiones. Adriana miente, y Pussy Bonpensiero también miente. Los federales mienten cuando le tienden la trampa a Adriana. No mentir es no sobrevivir en “Los Soprano”.

Ahora veamos el caso práctico de la serie “Merlí”. Os recuerdo la historia: Francesc Orellana interpreta a Merlí Bergeron, un profesor de Filosofía, que escoge a un grupo de alumnos de bachillerato para convertirlos en “los peripatéticos del siglo XXI”. Como si se tratara de un nuevo Aristóteles, Merlí les enseña a cuestionar las cosas y a reflexionar. Pero, por su carácter irónico e irritante, despierta antipatías en el instituto, porque no todos los profesores están dispuestos a aguantar sus manías.

Como dice Orellana en una entrevista a “El País”, Merlí también es cobarde, manipulador y mentiroso.

En un capítulo que Héctor Lozano dedica a la verdad, valor que Merlí en clase defiende, incluso presume de su capacidad para decir lo que piensa ante sus alumnos entregados, pillamos al profesor de Filosofía en un renuncio. Cuando Angie le pregunta si ha estado con otra mujer después de su relación con Laia, Merlí dice que no, repitiéndolo varias veces y los espectadores sabemos que es falso porque se ha acostado con la madre de Iván.

Pero la desfachatez y capacidad de manipulación de Merlí se desvela sobre todo en la trama en la que Carmina Calduch, la madre del profesor de Filosofía, le pide a su hijo que se busque piso propio y se vaya de su casa, porque ya lleva viviendo en la casa de la mamerta demasiado tiempo. Además Bergeron no hace más que pelearse con su hijo Bruno, lo cual desconcentra y pone de los nervios a “La Calduch”.

Menuda bola suelta a Merlí a su madre, qué rostro de cemento tiene el tío jeta. Atención spoiler.

El profesor de Filosofía le dice que está pendiente de unas pruebas porque puede tener cáncer, una mentira para que su madre no le eche de casa.

Los personajes mienten más que hablan.

Capítulo aparte es Don Draper, el protagonista de la serie “Mad Men”.

Don Draper miente a Betty Draper, su mujer, una y otra vez, hasta llega a negar su infidelidad con Bobbie, la mujer del cómico contratado por la agencia para vender patatas Utz. Aventura que pone punto y final a su relación con su esposa. Es la gota que colma el vaso.

Pero también Don se miente a sí mismo con la adicción que tiene al alcohol y al sexo, miente a los demás al no querer hablar de su durísima infancia, miente con su identidad, miente con su nombre, miente con su pasado.

En la escena final de “Mad Men”, Draper incluso tiene una irónica mentira interior en su mente porque, cuando medita en un retiro new age y sonrie, en realidad Don piensa en el famosísimo anuncio de la Coca Cola de los 70 sobre todas las razas unidas como hermanas y en paz.

El capitalismo ha absorbido la contracultura consciente de lo que vende. La gran mentira por excelencia.

Aunque Don Draper cuando suelta trola tras trola tras trola mantiene la confianza en sí mismo. Es el arte de mentir sin que se note en ese mundo de apariencias de la publicidad.

¿Cómo lo hace? Vamos a aprender de él.

  1. Tiene buena postura.
  2. No reacciona.
  3. No trata de convencer a los demás.
  4. Tiene la mentalidad de que va a estar bien pase lo que pase.

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Nuria Verde

Nací en Madrid, en 1971. Soy licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense. Trabajo como periodista en Televisión Española. También he trabajado como guionista en diferentes series de televisión (Cuatro, Canal +, Telecinco). Asimismo, soy autora del libro Cómo crear una serie de televisión (T&B Editores, 2007) y de la novela El verdadero tercer hombre (Ediciones del Viento).

En 2010 dirigí un corto, Terapia, que fue nominado a los Premios Goya.