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“Málaga 82”. Capítulo 1

Sinopsis

Málaga 82. Sara Rojas es una adolescente que no tiene amigos. La novela relata la historia de Sara y Margarita, alumnas de BUP en la “insignificante” ciudad de Málaga hace cuatro décadas. Margarita es extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encuentra su vida exasperantemente aburrida. Sara, por el contrario, es tímida y no ha conseguido tener ninguna relación desde que se mudó con su familia a Málaga hace un año.

Capítulo 1

Mi amigo Antón ha muerto. Me he enterado por un mensaje en el instagram de A., mi profesora de Literatura cuando tenía quince años. Una sensación de irrealidad e injusticia se ha adueñado de mí. Muerto. Tenía mi edad : 50 años. Me ha entrado una gran melancolía.

Antón fue el amigo que primero me avisó de que si me comía petazetas con Coca Cola me estallaría el estomago. Fue con él con quien vi por primera vez la serie V y la comenté mientras nos comíamos una rata gigante de gominola cual pérfidas Dianas.

Cuando Antón llamaba a mi casa y yo cogía el teléfono mientras mi madre pregonaba desde el lavadero: “¿pero con quién tienes que hablar tanto si os acabáis de ver todo el santo día?” siempre respondía cuando yo preguntaba: “¿quién es?”

-Tu amante el negro.

En 1982, yo acababa de llegar a Málaga desde Madrid. Era una friqui, era más rara que un perro verde, era un patito feo que gritaba en su cabeza:

-Mi vida es un asco. Sólo quiero crecer y que todos se den cuenta de que soy guapa…

No tenía amigos. Era la chica que no tenía amigos y eso me comía la médula, me martirizaba por dentro.

Mis padres me matricularon en el colegio Leon XIII situado en lo alto de una montaña de Pedregalejo. Se subía la colina por la calle del bar Marengo, que hacía esquina, tres metros más abajo estaba el Rolling cuando todavía el Rolling era el Rolling, una pista de patinaje sobre ruedas, y aún no se había convertido en una discoteca llamada Bobby Logan.

Cambiar del colegio Afuera en Madrid al Leon XIII en Málaga fue un shock, un puñetazo en el estómago. Una realidad tan brutal que todavía me duele. Yo, con once años de edad, ya adolecía de una náusea existencial sartriana e intuía que la vida no tenía ningún sentido. Una lucidez feroz me atenazaba. Al irme de Madrid había oído el ruido que hacía la alegría al marcharse.

Mi nuevo colegio malagueño era juegos de sota, caballo y rey, brutalidad, tirarse bostas secas unos a otros, un acento madrileño que no comprendían, niñas que se reían de mí por cómo hablaba, payasa, en Madrid hasta los quinquis hablan fino, los trapicheos de chocolate, los balonazos en el estómago cuando hacía de portera, y la sensación de ser una burla con patas, con un montón de chicos y chicas riéndose de mí en cuánto abría la boca. Un infierno. ¿Por qué nos habíamos tenido que mudar a Málaga?

Eran los tiempos del breakdance, de los calentadores y Eva Nasarre, eran los tiempos de Loli, nuestra asistenta, preparando el puchero y preguntándole a mi padre:

-¿Don Guillermo quiere que desolle dos conejos del campo?-Ante mi horror absoluto, mi parálisis aterrorizada.

Una fortuna caprichosa y aleatoria me había expulsado del sorteo del Paraíso para ir a acabar a dar con mis huesos en un mundo rural y subdesarrollado, en Málaga 1982.

Las pijas del Leon XIII solo hablaban de las fiestas de Lemon, sitio prohibidísimo para una pringles como yo.

Pero yo en realidad me había enamorado de Margarita, una chica canaria que se sentaba enfrente mía en clase pero lo guardaba como un oscuro y pulsátil deseo, muy muy dentro de mí. Si las pijas, los pijos, las chonis, los chonis descubrían que a mí me gustaba Margarita me convertiría en un pato de feria de la caseta del tiro al blanco. Y todavía no había leído “Las consolaciones de la Filosofía ” de Alain de Botton que nos animaban a aliviarnos de la impopularidad con el ejemplo del filófoso Sócrates, un buen hombre al que juzgaron malvado y un grupo saturado de estulticia condenó a muerte en la Atenas de siglos atrás.

Margarita era alta, espigada, y tenía una rizada melena cobriza untada de un acento canario dulcísimo que me derretía las venas cuando la escuchaba dirigirse a mí.

-Sara, te sabes el mapa de España en blanco? Pero bueno nena, cómo estás? ¿Tienes los apuntes de Historia?

Yo era invisible para Margarita. Ella era extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encontraba su vida exasperantemente aburrida. De vez en cuando gritaba cuando salíamos al patio, una terraza de baldosas color terracota que daba al polideportivo rojo, verde, amarillo, de la canchas de futbito, baloncesto, balonmano.

-¡Qué aburrido. Aquí no pasa nada. Qué puta mierda de Málaga!

Yo la miré fascinada, el corazón me latía tan fuerte que se me iba a salir del pecho.

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“Merlí Sapere Aude” o cómo tomarse la vida con Filosofía

Vale, que la Filosofía se ponga de moda gracias a una serie ya es un logro. “Merlí sapere aude” o cómo tomarse la vida con Filosofía. Ya se que “Merlí sapere aude” tiene defectos, el principal como he comentado con C., mi amiga de RTVE, es que no haya ningún personaje femenino positivo, y que las historias de amor heterosexuales sean grotescas, y también que se observe cierta misogínia en la serie.

Pero no es de eso lo que quiero hablar. Ahora mismo me estoy releyendo un libro que me encanta. Se llama “Las consolaciones de la Filosofía”, su autor autor es Alain de Botton.

Alain de Botton nos cuenta la historia de cómo nos consuela la Filosofía frente a la impopularidad, por ejemplo, contandonos el caso de Sócrates, un hombre afable y curioso que no hacía más que pasear por Atenas y hacer preguntas a los viandantes que se encontraba, preguntándoles que opinaban sobre tal y cual cuestión. Sócrates al que un tribunal de atenienses condenó a muerte, a beberse un vaso de cicuta, sin razón alguna, y el filósofo ateniense aceptó su destino con serenidad inusitada ante el lloro y llanto y lamento y crujir de dientes de sus amigos y familiares. Atenas estaba amargada por haber perdido la guerra del Peloponeso y la pagó con el bueno de Sócrates al que acusaron de corromper a la juventud. Pobrecito.

Tomarse la vida como viene

No me interesan una mierda las historietas de amor y sexo ni de “Merlí” ni de “Merlí sapere aude“. Sólo me interesa cómo se enfrentan sus protagonistas a las adversidades de la vida y se aferran a la Filosofía, sólo captura mi atención por lo que se habla de Filosofía y Ética en clase, en una universidad preciosa o en el instituto Ángel Guimerà de Barcelona.

Me pilla cuando Pol Rubio se quita la coraza y revela su miedo al descubrir que tiene sida, me atrapa cuando la Bolaños se enfrenta a su alcoholismo y deja de beber, me absorbe cuando Minerva se va a Argentina porque su abuela se está muriendo en Buenos Aires.

Igual que Alain de Botton se extiende en su libro sobre cómo consolarse del mal de amores con Schopenhauer, o de la ineptitud física y mental con Montaigne, o de la pobreza con Epicuro, o como aliviar la frustración con Séneca a quien Nerón le ordenó cortarse las venas, o como ayudarse frente a las dificultades con la obra de Nietzsche, Héctor Lozano me capta para su secta merliniana cuando escribe sobre Filosofía en una series de adolescente que trasciende el injustamente despreciado género teen.

El sentido vital de la Filosofía

Porque si la Filosofía no sirve para aplicarla a la vida pierde su esencial sentido.

Ambas series cambian al que las visiona porque nos enseñan a ser más críticos, a cuestionar las cosas que nos cuentan los poderosos, y a tomarse la vida la vida como viene sin amargarse a una misma innecesariamente.

Es contraria al signo de los tiempos, a lo que impera hoy en día, a los que nos venden desde Educación que recorta las horas de Filosofía en el Bachillerato después de haber prometido lo contrario.

Filosofar como le pasó a Sócrates es un estímulo a la independecia de espíritu, nos hace más libre, aunque a él le costara la vida.

Igual que “Las consolaciones de la Filosofía”, “Merlí” y “Merlí Sapere Aude” son una guía práctica para resolver problemas cotidianos y torear la vida más serenamente, con el uso inteligente de la Filosofía.

Recordemos que la obra de la que es autor Alain de Botton está inspirada por “La consolación de la Filosofía”, una consolación en 5 tomos escrita por Boecio durante los últimos años de su vida, poco antes de 524 d.C.

-El amor puro es casi un espejismo porque nadie es capaz de darse completamente al otro-dice María Bolaños, como sabéis mi personaje favorito de la serie reflexionando sobre el amor. Sin duda, la Bolaños se merece una tercera temporada de la serie.

Una crítica al guion de “Merlí sapere aude” y “Merlí”: los diálogos son demasiados expositivos del conflicto entre los personajes, apenas hay subtexto o sutileza. Las líneas que sueltan los personajes son demasiado obvias.

Puedes ver “Merlí Sapere aude” en Netflix y Movistar +. Puedes ver “Merlí” en RTVE Play, una plataforma gratuita y en streaming de RTVE.

Lo mejor: Las reflexiones sobre la Filosofía aplicada a la vida. Cuando Pol Rubio se enfrenta a la peor adversidad de su vida.

Lo peor: Falta de personajes femeninos positivos.

Para ver: Sola o con tus hijos e hijas. Con amigas, siempre.

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“Merlí Sapere Aude” o cómo tomarse la vida con Filosofía

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 66

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Es el caso Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como en las mejores novelas negras los crímenes.

Capítulo 66

El bosque de encinas se agita inquieto por el viento fuera de casa. Hace una noche preciosa. Un cielo punteado de estrellas, una luna llena como un globo de luz proyectan un halo misterioso y mágico sobre el jardín.

En la cocina reina el alivio entre nosotros. Andrea ya no tiene esa cara de preocupación que me mortificaba. Ya han puesto en libertad a Max. Han detenido al novio de Miriam, un pájaro de cuenta que traficaba con drogas en su instituto.

—Pronto estará en la calle. No le va a pasar nada —dice Manu.

—En Gran Bretaña son responsables penalmente a los catorce años —digo yo.

—Eso me parece una burrada —dice Helena.

—Bueno, si te hubieran matado a tu hija, no te parecería tan burrada —ataja Sebastián.

Estamos arracimados en la cocina bajo la luz vainilla de la lámpara del techo. Helena se ha peleado con Sebastián. Saltan chispas entre los dos.

Tras una mirada seria, cargada de reproches de ella, Sebastián aprovecha para bajar a la bodega y subir una botella de whisky Macallan.

Saca vasos del armario de la cocina, hielos del congelador, extrae los cubitos y los echa en los vasos. El whisky color ámbar hace crujir el lecho de hielo cuando lo toca.

Hoy he cocinado merluza con gambas al horno. También he asado patatas envueltas en papel de plata. Ahora quito el envoltorio de cada patata y echo un pegote de mantequilla en sus hendiduras abiertas. La mantequilla se funde sobre el lecho carnoso y amarillo de las patatas, que humean. La cocina se satura de un olor delicioso. La tripa me ruge de hambre. Estoy famélica.

Cenamos en la cocina. A nadie se le ocurre proponer comer en el comedor por la pereza de tener que poner la mesa, colocar el mantel, llevar las copas. El salón es demasiado solemne. Estamos cansados. Esta noche nos apetece algo más informal.

Mientras charlamos y ponemos la mesa, partimos el pan, preparamos la ensalada y el aliño y abrimos botellas de vino, nos sentimos cómplices, más unidos que nunca. Una calidez cariñosa flota en el ambiente. Yo me alegro. Sebastián, Manu, Helena y Andrea se han convertido en mi familia, una familia que nunca he tenido.

De pie nos tomamos el whisky que Sebastián nos ha servido mientras vemos el telediario en la tele.

—La policía ha detenido a Marco Herráiz, novio de Miriam Sinaloa, la chica de dieciséis años asesinada el 15 de junio de este año en la Sima de los Huesos en Atapuerca. El caso ha conmocionado al país. Según fuentes policiales, Marco puso el perfil de su novia en una web en la que hombres anónimos pujaban por la virginidad de chicas menores de edad. En dicha plataforma están implicados políticos, empresarios y personalidades de las altas esferas, según la policía. Las mismas fuentes policiales aseguran que se va a rastrear la identidad de los hombres que han participado en la subasta.

En la tele salen las fotos pixeladas de chicas de trece, catorce, quince, dieciséis años, adolescentes con aire aniñado, sonrientes, vestidas con vestidos y tops escotados, aunque sus caras no se reconocen.

Joer, qué asco —dice Helena.

—Y no les pasará nada —apunta Andrea.

—Eso es lo peor —dice Sebastián mientras se lleva un trozo de merluza a la boca que ha picado de la bandeja de barro que acabo de sacar del horno—. La impunidad.

En su habitación del hotel NH, Luisa también ve el telediario de Televisión Española, que presenta Carlos Franganillo, mientras se come un sándwich de pollo con mayonesa caliente y lechuga y tomate y bebe una cerveza Heineken que ha pedido al servicio de habitaciones. La inspectora se acaba de dar un baño caliente acompañada de un whisky Macallan. Ahora siente un agradable hormigueo en todos los músculos de su cuerpo. Le embarga una tensa euforia.

Luisa sabe que debería buscarse un apartamento en Burgos, pagar un alquiler como Dios manda y mudarse cuanto antes y parar la sangría económica que supone vivir en un hotel. Es verdad que el NH le hace un precio por ocupar la habitación a diario, pero aun así le sale caro. Es un gasto que no puede permitirse. Pero a Luisa le da una pereza espantosa ponerse a buscar piso, amueblarlo, comprar el menaje, los utensilios de la cocina, ella, que no cocina y odia lo doméstico. En cambio, adora la sensación de resplandeciente libertad que tiene al vivir en un hotel. El anonimato, la asepsia, la comodidad, la ausencia de cosas personales y recuerdos, la falta de preocupaciones prácticas. Además, tiene todas sus cosas en Madrid. De momento están muy bien allí. Aún no le ha abierto el piso a Tomás para que se lleve sus cosas. Que sufra un rato más. Que se cueza en su propio jugo.

A las nueve y media de la noche, Carla queda con Rafael Espejo en el parque junto al Templete de Música. «Está más viejo», piensa cuando lo ve llegar. Alto, vestido de Indiana Jones, con cara de perro perdiguero, bigote blanco, la coronilla le clarea, nariz romana. Rafael se sienta a su lado. Evita mirarle a los ojos.

—Hola.

—Cuánto tiempo.

—Siento mucho tu pérdida, Carla.

—Gracias.

—Esmeralda te iba a llamar, pero no se atrevía a molestarte en tu dolor.

Carla levanta la mano en un gesto que dice: «Para. No sigas». Rafael se calla. Se mira avergonzado sus zapatos. ¿Qué había sentido? Alivio porque no fuera el cadáver de su hija el que hubieran encontrado en la Sima de los Huesos. Laura también excavaba en Atapuerca. Era arqueobotánica.

—La policía está investigando a Marco. Me ha dicho la inspectora Baeza que no se fía del odontólogo forense, José Jiménez. Que se equivocó con Max. ¿Podrías hacer un examen forense de la mordedura?

Se hace un silencio entre ellos.

—Lo que me cobres no me importa.

—Nada.

—No, cóbrame, Rafa. No quiero abusar.

Él menea la cabeza con un gesto de negativa.

—Por los viejos tiempos.

—¿De verdad de la buena?

—Por los viejos tiempos.

—Gracias, Rafa.

—Lo que no entiendo es por qué Baeza no tira de Nico.

—¿Quién es Nico?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 63

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como en las mejores novelas negras los crímenes.

Capítulo 63

Durante el interrogatorio en comisaría, Marco no podía estar solo porque era menor. Su madre lo acompañaba. La mujer, una morena pija teñida con mechas rubias de sesenta euros, parecía en estado de shock. La inspectora Baeza no sabía de quién tenía más miedo, si de ella o de su propio hijo.

—Vamos a grabar este interrogatorio. Es 2 de septiembre de 2019. Las diez de la mañana. Burgos. En la sala estamos la inspectora Luisa Baeza y el subinspector Miguel Ángel Aduriz con Marcos Herráiz y su madre Carmen González. ¿Qué hiciste el martes 15 de junio a partir de las tres de la tarde? —pregunta Luisa Baeza.

—Me quedé en casa. Estaba malo —contesta Marco.

—¿Algo grave?

—No. Comí algo que me sentó mal.

—¿Lo corrobora usted?

La madre de Marco asintió.

—¿Puede decirlo en voz alta para que quede grabado? —pregunta Aduriz.

—Sí. Estuvo toda la tarde en casa conmigo.

—¿Usted no trabaja?

—Trabajo desde casa.

La madre estaba demasiado segura de sí misma cuando dijo que su hijo había estado esa tarde con ella, lo cual hizo desconfiar a Luisa Baeza.

La inspectora Baeza sacó de su maletín negro una bolsa de pruebas con un móvil dentro. Lo puso sobre la mesa.

—¿Qué es? —pregunta Marco.

—No lo sé. Dímelo tú. ¿Qué es?

—No lo sé.

—Es el móvil que tú le regalaste a Miriam.

—No.

—Sí. ¿Sabes que hay en su WhatsApp?

—No.

—Un chateo contigo. Quedabais el 15 de junio a las dos y media de la tarde a las puertas de Atapuerca.

Luisa mira a Marco, ocultando la profunda aversión que le provoca el chico, un gallito amoral y camello que ha tenido una influencia destructiva en la vida de una adolescente que aún no había empezado a vivir y ahora está bajo tierra, un sociópata manipulador y sin escrúpulos.

—¿Y por qué no salgo en la grabación de la cámara de seguridad?

El chico era listo.

—La cámara no coge todo el aparcamiento. Hay un ángulo ciego: donde se aparcan las motos. ¿Fuiste en moto a Atapuerca, Marco?

—No.

—¿Por qué quedaste con Miriam allí?

—No quedé. Es decir, íbamos a quedar, pero no fui porque me puse malo.

—¿Por qué no nos has dicho la verdad?

La madre de Marco manifiesta una calma sobrenatural. Luisa se da cuenta de que se ha tomado un lorazepam o un Trankimazin. Esa cara de empanamiento ausente no la provocan ni la meditación ni la calma interior. Luisa se habría tomado otro si tuviera a un hijo como Marco.

Los ojos del chico son color azul humo. Intenta gustarle a Luisa. Intenta caerle bien, seducirla.

—Tenía miedo. Soy inocente.

—¿Por qué no le escribiste un wasap a Miriam para decir que no ibas? —pregunta la inspectora Baeza.

—La llamé.

Había una llamada del móvil de Marco a las 2:30 en el móvil de Miriam.

Era listo. Eso había que concedérselo.

—Venga, Marco, confiesa. Tu móvil te sitúa ese día en Atapuerca.

Un farol.

—Yo no hice nada.

—Nos has mentido. ¿En qué otras cosas nos han mentido? —interviene Aduriz.

Aduriz hace de poli bueno. Luisa Baeza hace de poli malo. A veces se intercambian sus roles. Pero Baeza prefiere hacer de poli malo.

—Si confiesas, será un atenuante de la condena —dice Aduriz.

Luisa lo mira. Su colega está cruzando el límite. Pero no dice nada.

—Eres menor de edad. ¿Sabes lo que significa según la legislación española? Que, aunque te condenen por asesinato, irás a un centro de menores. En dos años estás en la calle.

Marco niega.

—Trapicheas con droga en el instituto, ¿no? —pregunta Luisa.

—No.

—No es lo que dicen tus compañeros. Ni el director.

—Y también vendes tu mercancía en el Gil de Siloé.

Carmen mira a su hijo como si necesitara empirularse de forma urgente.

—El análisis toxicológico de los restos del estómago de Miriam revela que había consumido hierba y cocaína. ¿Se las distes tú? —pregunta la inspectora Baeza.

—No.

Hay que apretar más al chico. Hacer que sude la camiseta. Acorralarle.

—¿Para eso fuiste a Atapuerca, Marco?, ¿para darle coca y hierba a Miriam para animarla y que hiciese lo que tenía que hacer?

—No. No sé de qué me está hablando. —Marco suelta un bufido.

Marco siente que la ansiedad le sube. Suda. Le duele el cuerpo. Tiembla. Se le afloja el estómago. Tiene síndrome de abstinencia. Hace veinticuatro horas que no fuma hierba ni toma coca. Su cuerpo es un puro ataque de angustia. Encima allí no le dejan fumar ni tabaco. No soporta la mirada de su madre. Esa repugnancia disimulada, esa pena asqueada. La odia. La odia. Todo se ha jodido. Ya no va a poder irse de casa con Miriam como habían planeado.

—Escucha, sabemos lo de la web —dice Luisa.

Por primera vez el adolescente se encoge, asustado. Eso no se lo esperaba.

—¿Qué web? —pregunta la madre de Marco.

—No sé nada de eso —dice el chico.

—Una web en la que se pujaba por la virginidad de chicas menores de edad. En el Internet oculto —responde Aduriz.

—No.

Carmen mira a su hijo como si este le hubiera dado una bofetada.

—Entraste con un protocolo VPN para que no pudiéramos rastrear tu IP.

—No.

—Sí lo hiciste.

—¿Para qué querías el dinero? —pregunta Luisa.

Marco la mira, angustiado. Para comprarse otra vida con Miriam.

—¿Quién fue el hombre que pujó por Miriam?

—Me acojo a mi derecho de no declarar.

—¿Quedó ese día con él en Atapuerca?

—¿Te pidió que estuvieras allí y no la dejaras sola?

Carmen se estremece.

De repente, Marco se echa a reír, se convulsiona por las carcajadas. Hasta que la inspectora Baeza se da cuenta de que el chico está llorando. Se ha derrumbado. La abstinencia de las drogas que sufre no ayuda.

—Yo no la maté. Yo la quería.

Su madre interrumpe el interrogatorio:

—¿Puedo llamar a mi abogado?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 62

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más sobrecogedor de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 62

30 de mayo de 2019. 16 días antes del asesinato. Burgos

Desde el quicio de la puerta del laboratorio miro arrobada a Andrea. Anticipo con ilusión en el escenario de mi mente nuestro encuentro. Estar enamorada me hace sentir más viva, flotante y feliz, como si me hubieran inyectado oro en las venas.

Dani, geólogo, analiza los minerales que hay en los sedimentos utilizando la técnica de la difracción con rayos X. Jordi, flequillo largo, ojos verdes que hacen juego con el color de sus zapatillas New Balance, saca una reproducción de parte de la mandíbula de cráneo de un Homo antecessor extraído del TD6 de la Dolina ante un grupo de estudiantes de doctorado de la Universidad Carlos III de Madrid.

—La mayoría de los restos que quedaron escondidos de la prehistoria han desaparecido. ¿Por qué?

—Por el suelo —dice un chico altivo que se cree la última Coca-Cola en el desierto—. Un alto pH2 descompone los huesos, que se acaban mezclando con los sedimentos. Si vemos que hay calcio, potasio, estroncio, deducimos que había huesos.

—Y otras veces las raíces de plantas y árboles roban los minerales de los huesos y los pulverizan.

Al fondo, pendida sobre el visor del microscopio electrónico, Andrea acerca su cabeza a Esther, una becaria, una chica avispada y guapa con una lánguida melena morena que le llegaba hasta el culo, nariz patricia y un aire de seguridad en sí misma que le venía desde la cuna. Tenía una desenvoltura que yo nunca llegaría a poseer ni después de siete de reencarnaciones. Parecía una nínfula de quince años de las que le gustaban a Humbert Humbert, aunque tenía veinticinco años. Tras su sonrisa de cordera dulce oculta unas ansias de poder y éxito feroces que Andrea es incapaz de ver. Está prendada de la chica. Ella disimula con la astucia artística de los trepas. Unos celos negros me devoran.

—¿Este cuchillo de piedra era roca metamórfica, sedimentaria, ígnea?, ¿de dónde procede?, ¿lo dejaron cerca o lejos de la Dolina? —pregunta Andrea.

Esther levanta su mirada de tierna Bambi y me ignora, pese a que me ha visto entrar. Hace como si yo fuera alguien demasiado insignificante como para prestarme atención.

—Es sedimentaria. La dejaron lejos de la Dolina.

—¿Por qué?

—Porque los Homo cazaban y despiezaban sus presas lejos de la cueva. Luego llevaban la carne al resto de homínidos.

—Chica lista.

Un punzón me raja lento y cruel las paredes internas de mi estómago. Siento un agudo dolor en mis venas.

Esther se solía quejar del poco resultado que lograban excavando en la Dolina.

—¿Falta mucho para llegar al nivel que tenga algo?

—Veinte centímetros —respondió Jordi, que después de veinte años trabajando en Atapuerca tenía el culo pelado.

A la semana, otra vez.

—¿Pero falta mucho?

— Veinte centímetros.

—¿Siempre faltan veinte centímetros?

—¿Preguntas o afirmas?

Andrea y Esther volvieron a inclinarse por turnos sobre el visor del microscopio electrónico.

—Mira esta marca que tiene el cuchillo. ¿Qué te dice?

Martirizada por los celos, deshice mis pasos, desamparada. Recorrí los pasillos con un manto de soledad posándose sobre mis hombros. Andrea no me quería. ¿Cuándo iba a aceptarlo?, ¿cuándo dejaría de engañarme a mí misma?

Tres horas después, Andrea mete un euro en una máquina de Coca-Cola y espera a que le devuelva una lata con la chispa de la vida y veinte céntimos. Lo primero lo hace, pero lo segundo no. Pulsa el botón al lado del mecanismo metálico para meter las monedas. Pero la máquina se ha tragado su cambio.

Manguta.

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El caso más sobrecogedor de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 52

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más truculento de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 52

Seis meses antes. Madrid

Al día siguiente, en clase, estaba resacosa, pero feliz. La catedrática de Prehistoria, Mercedes Solís, nos dijo:

—Andrea Rey quiere dar la oportunidad a uno de vosotros para excavar con ella en Atapuerca durante la campaña que viene. Para ello deberéis ganar un concurso. Hay que escribir un artículo de investigación sobre algún aspecto del trabajo paleontológico que se hace en Atapuerca. Es a vuestra libre elección. Andrea leerá vuestros artículos y elegirá al ganador que se empotrará en su equipo de la Gran Dolina.

—Yo sí que me la empotraría —dijo una voz masculina ronca.

Risas ahogadas.

—Silencio.

El corazón me latió muy deprisa. Mi cabeza se vació de pensamientos. Mi mente se aquietó y se empapó de silencio. En una ráfaga de lucidez, embargada por una excitación infantil, supe exactamente de qué iba a escribir el trabajo.

Tenía suerte. Baraka. Por una casualidad del destino, por un giro raro de la vida, por una conexión extravagante y una amistad inverosímil de mi padre, yo había conocido a Michael Donovan, el profesor del Museo de Ciencias Naturales de Londres, el archienemigo de Jesús Sinaloa, que había cuestionado la datación e identificación de la especie de los homínidos que se habían encontrado en la Sima de los Huesos.

Como todo lo que tenía que ver con papá, conocer a Donovan había sido una charada rocambolesca, un sainete burlesco, una broma excéntrica. Papá había participado en un congreso en Birmingham sobre evolución humana y, al momento, se había hecho amigo de Donovan, quien también daba una conferencia allí. Papá hizo amistad con Michael impelido por un ánimo eufórico e impulsivo, sin apenas conocerlo.

Durante la semana que duró el congreso sobre evolución humana, papá se encontraba en plena cima de su fase maníaca. Habló con los codos, persiguió cualquier falda que se le pusiera a tiro, se bebió media Inglaterra, durmió tres horas al día, salió por la noche, dio su conferencia sobre el primer cuchillo de hierro que se forjó en la península Ibérica, en Castillejos de Alcorrín, Málaga, y quiso dar diez más que no estaban en el programa del congreso, para gran alarma de su organizador, el catedrático Robert O’Shea, que llamó alarmado a mi madre, también profesora de Prehistoria.

Mi padre también se hizo amigo de muchos desconocidos, profesores, alumnos, camareros, recepcionistas del hotel, limpiadoras, taxistas, conductores de autobuses, tenderos. Papá se sentía abierto, hipersociable, animadísimo, de un buen humor insoportable, con ideas geniales que iban a cambiar el mundo y que se le ocurrían a cada segundo.

Una noche me llamó a las dos de la mañana para contarme que se le había ocurrido un método revolucionario para aprender inglés en pocas semanas, que combinaba la música, la psicología y la empatía llevada a un grado extremo. Tenían que ver las neuronas espejo. Yo tenía que ayudarle a escribirlo ya mismo.

—Apunta estas ideas —me dijo.

Le escuché, angustiada y soñolienta. A mis diecinueve años ya había vivido muchas fases altas de papá. Me preocupé. Pero no hice nada. No podía hacer nada. Si le dijera que fuera al psiquiatra o que tomara la medicación, me mandaría a tomar por culo.

Otra madrugada papá me llamó por teléfono para contarme que había escrito un libro genial sobre la filosofía de Marco Aurelio. Yo le seguí la corriente como a los locos, preocupada y a la vez agotada.

Hace dos veranos conocí a Michael Donovan en Málaga. Como todos los veranos, me fui a casa de mis padres porque era gratis, tenía una habitación propia, hacía sol, tenía la comida y bebida pagadas y la playa de la Malagueta enfrente de nuestro piso. Málaga era Shangri-La, el Caribe español.

Mediterráneo, espetos, cerveza, moragas en la playa, palmeras, baños, paseos bajo una luz almíbar, borracheras, conversaciones con mis amigos del colegio León XIII aceleradas y preñadas de una nostalgia demasiado prematura, tan solo teníamos diecinueve años, por Dios, era demasiado pronto para sentir nostalgia. Pero nuestras charlas rememoraban un pasado más esplendoroso al recordarlo de lo que había sido en la realidad. Sentíamos una absurda añoranza de nuestros días de colegio, cuando encerramos al profe de inglés en un armario, cuando pusimos su mesa al borde de una tarima que se levantaba a un metro del suelo de la clase y él posó sus manos sobre la mesa y se cayeron al suelo él y la mesa. Crueldad divertida adolescente que se expresaba en exabruptos de energía, venganza fácil hacia el más débil, el profesor, que está contratado en el colegio por enchufe, por ser el hermano de la directora, y es demasiado tímido, demasiado apocado para defenderse y cortar las bromas de raíz. Porque es inofensivo y bueno los alumnos vamos a por él con inquina. El chivo expiatorio. Ahora me avergüenzo de haber sido cruel con un débil. Pero en su día me alivió la frustración. Era divertido.

De repente, un viernes de agosto, la rutina de días largos y cervezas en la Chancla de Pedregalejo hasta el ocaso, con vistas a la planicie sedante azul añil del Mediterráneo derramándose en la arena, se interrumpió cuando alguien llamó al telefonillo de nuestro piso en el Paseo Marítimo. No esperábamos ninguna visita. Mi madre se sobresaltó muchísimo. Se puso a la defensiva de inmediato. Se irritó. Su casa era su refugio hermético donde cultivaba su privacidad. No quería ver a nadie una semana antes de su viaje a Venecia con mi padre. Se iban ellos dos solos, formaban una pareja absorta el uno con el otro, las hijas nos quedábamos fuera, en los márgenes, desempeñando un papel de observadoras y comparsas, ocasionales blancos de críticas por parte de mi madre. Lo que peor llevaba de volver esos veranos a Málaga, cuando ya me había ido de casa, era la seriedad crítica, profesoral, de mamá, que acrecentaba mi sensación de inutilidad.

Me ahogaba en casa, fregando cacharros, la frustración vibrando, encarando comidas donde solo hablaban mis padres, mi hermana y yo mudas, echándome una siesta donde si tenía suerte el sueño y la masturbación me liberarían durante unas horas de ese sentimiento de falta de valía que me oprimía como una bota en mi cuello cuando estaba en casa.

Mi hermana se reía cuando mi madre me criticaba, yo era una irresponsable, una inútil, una vaga, no trabajaba, no colaboraba en casa, era un parásito, no aportaba nada a la familia, vivía protegida, a la sopa boba. Yo no decía nada, pero arrastraba el rencor durante meses, empapada de un silencio hosco, que ocasionaba más burlas familiares. Quería estar sola. Yo era una solitaria. Tenía el sueño de escribir grandes novelas. Ya verían. Se iban a enterar cuando triunfara. No tenía ni idea de la vida salvo que quería comérmela a dentelladas.

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El crimen más truculento de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 51

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más sangriento de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 51

Luisa entró por Portalón de Cueva Mayor. Atravesó salas oscuras y sepulcrales, donde se respiraba un silencio quieto. Suelos resbaladizos, tierra parda y rocas húmedas, un terreno como una espalda con jorobas, un gran socavón desde donde se levantaban andamios que ascendían hasta el techo, paredes iluminadas por grupos halógenos que irradiaban una tenue luz morada. Un lugar fantasmagórico, telúrico.

Al fondo, junto a una pared blanquecina con pómulos infinitos de roca, la esperan el subinspector Aduriz con Jesús Sinaloa mientras estudian un mapa de las cuevas y túneles subterráneos que hay en el yacimiento.

Analizan las salidas que tiene la Sima de los Huesos y las marcan con un rotulador rojo.

—Si el asesino no salió por Cueva Mayor, ¿por dónde salió? —pregunta Aduriz.

—Tuvo que salir por Cueva Mayor. Hay otra salida hacia Cueva del Silo, pero está clausurada —contesta Sinaloa con voz apagada y átona—. Cueva Mayor está conectada con la Sima del Elefante y Cueva del Silo, pero los túneles están rellenos de sedimento. Cueva Mayor y Cueva del Silo pertenecen al mismo sistema kárstico, pero no hay un túnel que las comunique.

—Pero ¿y si el asesino hubiera salido por ahí? —dice Luisa.

—Es imposible —asegura Sinaloa.

Luisa añade que, si el asesino hubiera salido por ese túnel, habría huido por el robledal.

—Y no habría pasado por el control de entrada y así habría evitado las cámaras de seguridad de entrada y de salida —asegura Aduriz.

Dos horas después, Aduriz y Luisa se preparan para bajar a la Sima de los Huesos. El aire flota inmóvil dentro de la inmensa cueva. La oscuridad se empapa de silencio sepulcral.

Se visten con los monos rojos, se ponen los arneses con los que sujetarse a la cordada, se colocan los cascos con luz frontal, encienden las linternas. Se meten dentro de la Sima de los Huesos poniendo un pie con cuidado en las traviesas de la escala que desciende por la garganta. Se internan en las entrañas de Cueva Mayor.

Mientras repta por el angosto túnel, Luisa Baeza se angustia. Le viene un recuerdo horrible de su pasado. Una desconexión lumínica, un chasquido perturbador que la devuelve a otra cueva, esta vez en la playa. Luisa de niña, diez años, de la mano de su hermano Toni, de seis años, entran en una cavidad excavada en la roca. Los sigue un hombre que coge a Luisa, acerca su boca a su oído y le susurra algo. La niña se contrae de pánico animal.

La inspectora cierra los ojos mientras respira su ansiedad. Un sudor frío le baña la cara. Aparta a golpes el pasado, pero su pesadilla vuelve una y otra vez. De repente, Luisa se queda paralizada dentro del túnel.

—¿Estás bien?

La voz de Miguel Ángel le llega lejana y deformada.

Ella no lo oye. Por fin Miguel Ángel le tira del brazo y la arrastra hacia sí.

—No me toques —grita Luisa.

—Perdona, pensaba que te pasaba algo —dice Miguel Ángel, a la defensiva.

—No puedo —agoniza Luisa—. No me puedo mover.

La opresión en el pecho, el mareo, la sensación de que se va a desmayar, la certeza de que se va a morir. Otro ataque de pánico. «No, no, no quiero».

Miguel Ángel le dice que respire hondo y se hable a sí misma con amabilidad. Como si se abrazara a sí misma y hablara a una niña.

—Vete a tomar por culo —grita Luisa, rabiosa.

—Inténtalo, di: «Esto es difícil». Pobrecita. No pasa nada. Tranquila, esto pasará. Sé que estás sufriendo. Estoy aquí contigo.

Luisa se niega. Pero la sensación de pánico se acrecienta como una ola de agua negra que traga sin parar. No puede respirar.

—Además, luego te invito a unos chupitos —dice Aduriz.

—Me dan asco —masculla Luisa.

El corazón le late muy deprisa. Va a morir. Abre los ojos. Toni, a su lado, le acaricia la cara.

Por fin la inspectora se repite a sí misma con amabilidad: «Pobrecita. Estás sufriendo. Tranquila. Esto pasará. Estoy aquí contigo».

Miguel Ángel llega hasta ella y la arrastra hacia sí.

Cuando llegan a la base de la sima, Luisa respira con ansiedad.

—No podías respirar —dice Aduriz.

Ella asiente, recomponiéndose como puede.

—¿Desde cuándo tienes ataques de pánico?

—Desde que desapareció mi hermano.

De repente, Aduriz y Luisa oyen unas pisadas que huyen. Persiguen al desconocido por el enjambre de túneles. Luisa se para otra vez, presa de la angustia. Aduriz la coge de la mano y la arrastra por el túnel.

Un hombre con capucha escapa por uno de los corredores subterráneos de la sima. Luisa y Aduriz corren tras él. Pero, cuando salen al exterior, el intruso ya se ha escapado por el robledal.

Luisa respira, ahogada.

—Saca el molde de las huellas —le dice a Aduriz.

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El crimen más sangriento de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 50

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Antes de la noche en que nos enamoramos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

La noche en que nos enamoramos.

Capítulo 50

Seis meses antes. Madrid

No Se Lo Digas A Nadie era un garito para gais y lesbianas de la calle Echegaray. Un local oscuro, con música de los 80, donde la gente se miraba y se volvía a mirar buscando una atracción, un enganche sexual, una chispa amorosa.

Me sentí excitada de una manera infantil. Pero tuve miedo al entrar. Pensé que todo el mundo se iba a fijar en mí. Tenía veinte años y era la primera vez que entraba en un bar de ambiente. Antón me empujó.

De repente me dio un vuelco el corazón. Vi a Andrea en la barra. Fingí no haberla visto. Estaba con unas amigas. Andrea llevaba la melena rizada suelta, su color negro lanzaba destellos azules bajo la luz violeta del bar. Estaba guapísima. Dios mío, se parecía a Alex Vause. Me sentí llena de alegría y emoción al verla. Después de todo, la noche iba a merecer la pena.

Antón y yo nos acercamos a la barra. Él pidió un Martini rojo, yo una cerveza. Andrea bebía un dry Martini. Me llegó el perfume de su piel, el olor a champú de hierbas y acondicionador, el aroma de su pelazo. Me erotizó mirar su larga melena. Además, yo tenía un poder especial. Estaba oculta. Andrea me daba la espalda y no me veía. Así podía yo observarla a placer.

De repente, Andrea se volvió y me miró. Arrugó el entrecejo, calibrándome. Yo ardí de vergüenza. Me había pillado mirándola, embelesada.

—Tu cara me suena de algo —dijo.

¿Así ligaba con todas las chicas? Qué currado. Coño.

—Nos vimos en la Facultad de Historia. Cuando diste la charla.

—Ah, sí. Una alumna. Ya me acuerdo.

—Sí.

—Me llamo Lara —dije.

—Yo Andrea. Bueno —ella se rio y cabeceó bajo su melena—. Eso ya lo sabes.

Bajé la cabeza, miré al suelo, sonreí mucho y me reí, aunque no tenía ningún motivo para reírme. Eran los nervios. Estaba en el infierno, expuesta a la más absoluta vulnerabilidad.

Andrea me sonrió. Yo le sonreí. Andrea me miró. Yo la miré. Ay, Dios, ¿qué estaba pasando? El corazón me latió muy deprisa. Me sentí más viva que nunca.

Andrea cogió un taburete que estaba libre y se sentó a mi lado.

—Me ha dicho que eres su hermana. —Señaló a Antón, que desaparecía por la puerta de salida con un chico con pinta de marroquí, cogido de la mano. Qué capacidad para ligar y para recuperarse de los desengaños amorosos tenía Antón. Era alucinante.

—No le hagas caso. Es un trolero.

—Entonces ya somos dos. Yo soy una atracadora de bancos.

Andrea se rio ante mi cara de estupor.

—Es broma —dijo.

No supe de qué hablar. Me quedé muda. No se me ocurrió ningún tema de conversación. Busqué, desesperada, en mi cabeza algo de lo que charlar con ella, pero no encontré nada. La impotencia me devoró. El silencio me pesó como una losa. Era porque Andrea me importaba mucho, porque me gustaba mucho. Por eso me paralizaba y me vaciaba de palabras. Si ella me hubiera importado una mierda, me habría comportado de una manera viva y locuaz, animada y simpática. Me sentí muy patética.

—¿Así que estudias Historia? —preguntó Andrea.

Me invadió un inmenso alivio por no tener yo que llevar la iniciativa de la conversación. También aleteó una tímida esperanza dentro de mí. Si Andrea se esforzaba por hablarme, era que yo algo le gustaba, ¿no?

—Sí.

—Qué valiente.

—Qué va. Me apasiona la historia.

La noche en la que nos conocimos Andrea y yo no hablamos de Atapuerca. Me alegré. Odiaba a la gente que hablaba de su trabajo y se daba autobombo. Odiaba a la gente que hablaba de su éxito y no escuchaba a los demás. Odiaba a la gente que se daba importancia y pretendía que todo el mundo le diese la razón. Como Esteban. Andrea no era así. Me puso contenta que no fuera así.

Bebimos, reímos, desparramamos, hablamos como si la noche fuera nuestra y las dos viviéramos en un eterno presente. Charlamos de cine asiático, de la película Oldboy, que me había impresionado.

—La escena en la que él sale de su encierro. Necesita tocar a alguien. Es flipante.

—Yo me volvería loca. ¿Tú no?

—Sí. Imagínate. Necesitamos relacionarnos con otro ser humano. Por eso el aislamiento es lo peor que le puedes hacer a alguien —dijo.

—No a mí. Soy una solitaria —dije y me puse de color escarlata.

—Ya será menos.

Yo me reí. Todo lo que decía ella me hacía gracia. Me habría pasado en ese bar el resto de mi vida charlando, riendo y bebiendo con Andrea.

Pedimos dos cervezas más y seguimos charlando de pelis que nos habían gustado.

Brokeback Mountain.

—Qué peliculón. Me flipó.

—Y la historia de amor —dijo ella. Era maravilloso escuchar la palabra «amor» de su boca.

Golpe en el pecho como si alguien me hubiera pegado un puñetazo. Amor.

—Cuando Ennis del Mar vomita cuando se va a separar de Jack Twist.

—Sí. Es incapaz de reconocer que lo quiere, que no puede vivir sin él. Heath Ledger es un actor genial.

—Y al final, cuando la hija se va a casar y Heath Ledger saca su camisa del armario y debajo está la camisa de Jack y una foto de Brokeback Mountain. Me encanta esa película.

—¿Y Lo que queda del día? —pregunté.

—Sí. Es buenísima. Las películas sobre los libros de Foster son mucho mejores que sus novelas —contestó Andrea.

Un silencio.

—Hay en la represión del amor que siente Anthony Hopkins por Emma Thompson más verdad que en cualquier amor declarado —añadió.

Golpe sordo en el pecho. Un aldabonazo. Otra vez la palabra «amor». ¿Lo hacía a propósito?, ¿estaba jugando conmigo? Me sentí muy feliz.

—Nunca lo había visto de esa forma —dije mientras bebía un trago de mi cerveza Estrella Galicia directamente de la botella.

«Tienes que tranquilizarte, Lara. Calma. Tranquila. Tranquila. Tranquila».

Sonreí. Volví a bajar la cabeza.

—Haz eso otra vez —dijo Andrea.

—¿Qué?

—Ese gesto de bajar la cabeza y volver la cabeza.

—¿Por qué? —Me dolían los labios de tanto sonreír, sentía la piel tensa en las comisuras de mi boca.

—Pareces una niña.

Ardí de deseo por ella. Tuve unas ganas inmensas de besarla. Pero no hice nada.

Repetí el gesto. Ella me miró con ojos resplandecientes. Me sentía tan nerviosa que podría haberme caído en ese momento del taburete al suelo.

—Ja, ja, ja.

—¿Y Boogie Nights?, ¿la has visto? Lo que mola de esa película es que trata del mundo del porno, pero son como una familia. Todos ellos buscan a la familia que no han tenido.

—Es verdad. Se protegen.

Andrea pidió otro dry Martini al camarero, lo cual me pareció el colmo de la sofisticación. A su lado yo, con mi tercio de cerveza Estrella Galicia, parecía una paleta. Cuando vi cómo Andrea daba un pequeño sorbo a su dry Martini como un pájaro delicado, la copa en forma de triángulo invertido, el palillo atravesando el corazón de una aceituna, como ella atravesaba con sus ojos mi pecho extasiado, me estremecí. ¿Se daba cuenta Andrea del efecto que causaba en mí? Me pregunté a qué sabría si la besaba ahora mismo. Sus labios sabrían a Martini y a ginebra. Me humedecí. Tosí. Me puse roja como un ladrillo.

—¿En qué piensas?

Me encogí de hombros.

—En nada.

Andrea no se puso en plan intelectual mientras hablábamos de cine. Eso también me encantó. Ya tenía que aguantar a demasiados pedantes estirados en la facultad. Pedimos otra ronda. Esta vez yo me atreví con el dry Martini mientras hacía cábalas en mi mente sobre el dinero que me quedaba. Tenía diez euros. ¿Era suficiente? No. Ay, coño, no iba a tener dinero para pagar mis copas. Pero a la vez no podía preocuparme mucho por eso en ese momento. La dopamina, la oxitocina, las endorfinas, la serotonina fluían salvajes por mi cerebro. Me sentía eufórica.

Andrea me dijo que le gustaba la historia de amor de A Star is Born de Bradley Cooper.

Cuando dijo otra vez la palabra «amor» sentí otro estallido dentro de mí. Una granada de emoción explotó dentro de mi pecho. Me dolía todo. ¿Qué era aquello?, ¿estaba enamorada?

—¿Por qué te gusta? —pregunté mientras me llevaba mi tercio de Estrella Galicia a la boca y le daba un buen trago.

—Me gusta porque muestra la adicción, la depresión y una infancia difícil. Y luego Lady Gaga muestra sus inseguridades. No va de diva.

—¿Cuáles?

—Que es fea. Que tiene una nariz muy grande. Que está acomplejada por eso. Que teme no tener talento para la música.

La miré. Andrea tenía una nariz muy grande. No encajaba en el canon de guapa oficial de Instagram.

—Ella sabe que tiene una buena voz, pero tiene miedo de no tener nada que decir —añadió mientras bebía un sorbito de su dry Martini.

—¿Te sientes así? —pregunté.

Un silencio. De repente, sin necesidad de que ella dijera nada, supe que sí se sentía así. Trabaja en Atapuerca cada verano y tiene la impresión de que nunca está a la altura. Su padre, Max Rey, ha puesto el listón muy alto. Despierta los celos del resto del equipo, que la acusa de ser una enchufada, una privilegiada.

Andrea también tenía una nariz grande y el miedo a ser fea, intuí. A mí me parecía preciosa, pero no reuní el valor para decírselo. Temí meter la pata. Siempre me pasaba con las personas que me gustaban mucho. Pero la escuché con mis cinco sentidos.

—Y en A Star is Born, él entiende eso. Y en vez de empequeñecer sus sueños, él los engrandece y le da un empujón hacia arriba —dijo.

—Es una versión de un clásico.

Había visto la versión de Judy Garland y James Mason con papá en nuestra vieja televisión Phillips, que no habíamos cambiado en veinticinco años, durante un domingo de infancia.

—Hubo una versión con Judy Garland, y luego otra con Kris Kristofferson y Barbra Streisand —expliqué mientras cogía una patata frita del cuenco que nos había puesto la camarera.

—Eres muy guapa —me dijo Andrea de repente, como si me viera por primera vez.

—Gracias.

Me reí muy nerviosa. Me ardieron las mejillas.

De repente, como hacía Bradley Cooper en A Star is Born, acerqué mi mano a su cara, extendí el dedo índice y acaricié el perfil de su nariz.

Ella sonrió. Pareció mucho más joven. Una niña. Su cara se despojó de tensión, de tristeza. Sus ojos se llenaron de ternura.

—Eso no se lo dejo hacer a todas las desconocidas.

—Yo no soy una desconocida. —Sonreí.

Le acaricié la nariz delicadamente. Ella me miró y me sonrió. Yo la miré y le sonreí.

Fue la mejor noche de mi vida.

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La noche en que nos enamoramos.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 47

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 47

Hace seis meses. Madrid

El No Se Lo Digas A Nadie estaba a reventar, lleno de mujeres que miraban a un lado y a otro buscando a alguien con quien habían ligado ya por Tinder. Yo, para variar, me sentía asustada, frágil. Antón era gay, pero yo no sabía qué era. Lo único que tenía claro era que no quería volver a estar con un hombre después del horror que había pasado con Esteban. La humillación aún me dolía.

Sin embargo, la culpa era mía porque yo había pasado por alto demasiadas cosas, me había autoengañado a rabiar. Esteban y yo habíamos seguido saliendo como si no pasara nada, como si todo estuviera bien después de las cosas horribles que habían pasado. ¿Por qué lo había aguantado tanto tiempo? Por mi pasado, porque estaba acostumbrada a que me tratara mal la gente a la que quería, por los patrones familiares y mentales, por la buena educación, porque Esteban lloró y me pidió perdón. Y yo lo perdoné. Era una gilipollas.

Yo era un mar de contradicciones. No quería estar con nadie, pero a la vez estaba harta de estar sola en mi apartamento de la calle Canarias con vistas a un patio reluciente de lluvia que olía mal porque la gente tiraba basura desde las ventanas.

Antes de llegar al No Se Lo Digas A Nadie, Antón, Raúl y yo habíamos cenado en el Mushashi. Cuando me acerqué, bajando por la calle Las Conchas, a las nueve en punto de la noche, Antón y Raúl ya me esperaban en la puerta, al lado de la carta llena de fotos de sopa udon y bandejas de sushi moriawase. Nos saludamos, nos besamos y traspasamos una cortinilla negra que tenía impreso un samurái en posición de ataque.

La camarera china que pretendía ser japonesa nos sentó en una mesa de la parte más baja del restaurante. Las mesas estaban muy juntas y oíamos la conversación de tres tías sentadas al lado que hablaban del mundo Tinder. Odiaban a los tíos que decían que les gustaba el senderismo y la música. Les gustaban los tíos con sentido del humor. Miraban todo el rato sus móviles mientras señalaban y comentaban fotos de tíos, sin dejar de comer su sopa udon, con los palillos, de sus grandes cuencos de color negro.

—Mido un metro ochenta… con tacones, qué gracioso —dijo una mujer cincuentona con pelo color rojo.

—Ese me mola.

—Tiene hijos.

—Pero son mayores.

—Sí, yo con regalitos de corta edad paso.

Antón, Raúl y yo dimos la sensación de que no habíamos comido en la vida. Pedimos sopa udon, tempura de verduras, yakisoba, sushi moriawase, sashimi de atún y salmón y dos agedashis tofu. Para beber, cerveza Sapporo.

—¿Algo más? —dijo la camarera, que era la dueña, una china que tenía sesenta años, pero aparentaba cuarenta.

—No, gracias.

Cuando la camarera se fue, le dije a Antón:

—Esta ha hecho un pacto con el diablo. Cada día está más joven.

—Es por la soja que toman. Sin embargo, tú con lo que fumas te llenarás de arrugas —añadió.

Fumaba por la ansiedad. En ese mismo momento, me entraron ganas de salir a fumar a la calle Las Conchas, muy animada, con terrazas llenas de gente, que charlaban, reían y bebían cerveza, con un trasiego de grupos de amigos que pululaban por la calle. Más arriba estaba el callejón de la Ternera, donde antes había un ambulatorio al que fue a que le curaran una cuchillada en el culo Camilo José Cela. Me lo había contado papá.

—La vida puede ser muy cruel —dije.

—Dímelo a mí, que Dios me dio vagina —dijo Raúl.

Pagamos a pachas. Cuando salimos del restaurante, extraje un cigarrillo de mi cajetilla Camel con la foto de un hombre muerto de un infarto y fumé a placer. Nos compramos un helado de chocolate y caminamos por Gran Vía, Callao, Princesa, Sol, Carretas. En Gran Vía me quedé prendada del ángel negro sobre una peana dorada que emergía del edificio Metrópolis. Paseamos por Alcalá, que tenía una arquitectura de edificios altos que me recordaba a Nueva York, aunque nunca había estado en Nueva York. Pero daba igual porque las imágenes que poblaban mi mente eran producto de las películas y series que había visto, que me conectaban con otros seres humanos que compartían mi misma cultura, mis mismos sentimientos, mis mismos recuerdos visuales. Todos los Homo sapiens bullíamos en una olla común de experiencias, pensamientos, recuerdos, ansiedades, amor, miedos muy parecidos. Por eso me encantaba leer, porque sentía que nada de lo humano me era ajeno. Me evadía de un lugar, de un momento en el que no quería estar: mi presente. Yo vivía para el siguiente momento. Siempre me sentía insatisfecha y soñaba con completarme en un futuro próximo donde yo y las cosas que me pasaban iban a ser mucho mejores.

Cuando llegamos al No Se Lo Digas A Nadie, me embargaba un ánimo expectante que me hacía intuir que esa noche me iba a aportar algo bueno. Sentí algo en el ambiente que prometía alegrías en una noche que se abría a mí. De repente, se apoderó de mí un ansia de enamorarme.

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El misterio más alucinante de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 48

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 48

Desde muy pequeña, Andrea había aprendido que la vida venía con el estigma de la pérdida y el silencio. Esa clarividencia había formado su carácter reservado y callado, que solo se inflamaba cuando hablaba de trabajo.

Cuando algún amigo de su padre durante las cenas que daba Max en su casa le decía que estaba guapa esa noche, su madre no le dejaba aceptar el halago. Después Teresa y ella se quedaba a solas en la cocina, ella recogiendo, Teresa supervisando mientras le decía con tono duro que no se lo creyese, que ese hombre lo había dicho por hacer la pelota a Max, porque iba detrás de sus favores profesionales. Eso era verdad. Andrea se lo creía, pero una parte dentro de ella se rebelaba contra su madre. ¿Por qué siempre la tenía que ningunear? La trataba con una dureza que sentía injusta, con una fría rabia impropia de una madre, como si Andrea fuera una empleada incompetente, no una hija. Se calló, pero por dentro hirvió cuando echó las sobras de la comida a la basura y fregó los platos y los amontonó para luego secarlos y colocarlos en la vitrina aparador estilo inglés de caoba del salón. Era la vajilla Limoges, la buena, reservada para las ocasiones especiales, y esta lo era, una cena para conseguir financiación con los responsables de la Fundación Botín a los que Max había explicado, con todo detalle y entusiasmo, la investigación que llevaban a cabo en la Gran Dolina. Andrea irradió un aroma de impotencia. Se volvió pequeña ante la mirada cruzada de su madre.

Ahora es de noche, Lara duerme plácida a su lado. Ella, insomne, se siente acorralada y confusa. Las horas oscuras son largas y ásperas. El desierto blanco del desvelo. Palpitaciones en el pecho, súbitos despertares pánicos, una sensación de alienación como si unas grandes tijeras de hierro la hubieran cercenado y separado del resto de la humanidad, la certeza de que el mundo le era hostil.

Está acostada con las manos entre las piernas, en posición fetal. Desamparo. Siente un gran vacío dentro de ella. Llora. Se chupa sus propias lágrimas. Saben a sal. ¿Por qué la abandonó su madre?, ¿no la quería? Era un bebé. ¿Cómo se puede prescindir de un bebé?

Otra fiesta. Whisky Cutty Sark, cortezas, patatas y cervezas. La cancha de baloncesto del Gil de Siloé. Canastas mojadas y relucientes por la lluvia. Música de Little Richards, la música la pone Max, que hace de DJ oficial. Suelo azul con líneas blancas que marcan el área. Charcos calmos y plácidos picoteados por las gotas de una tormenta lenta y perezosa.

Un amigo de Max confundió a Andrea con una camarera y le pidió un Ribera cuando ella llevaba a su padre y a sus amigos una bandeja con vasos de Cutty Sark y hielo. Ella siempre complaciente, servil, sumisa con papá. Ella le llevó la copa de vino al tipo rubicundo y pagado de sí mismo que se reía muy fuerte de sus propios chistes sobre maricas y que ni siquiera le dio las gracias. Dos minutos después se odió a sí misma.

Otra escena. Max rodeado de doctorandas adoratrices perorando sobre los antecessors y que la evolución técnica no había acabado, y que un virus diezmaría la población, morirían cientos de miles de humanos después de que las autoridades nos encerraran a todos en casa por temor al rápido y letal contagio, un virus que amenazaría la supervivencia de los Homo sapiens, que nos haría replantearnos las bases de la vida humana en la Tierra.

—Ya está tu padre exhibiéndose —rumió Teresa de mala leche. Andrea adivinó su furia orgullosa. Nadie tenía derecho a ignorarla de esa manera, y mucho menos su marido. Detectó los contornos calientes y diáfanos de su humillación. Latió una oscura satisfacción en el estómago de Andrea, como una tenia alegre.

Su madre llamó a Max y le interrumpió en su monólogo egocéntrico bañado en la admiración arrobada y embelesada de sus alumnas, todas querían que les dirigiera la tesis él, por eso parpadeaban como si fueran ninfas salidas del bosque de los unicornios hechizados. Él se dio la vuelta como una hidra y su cara se nubló por una ira ardiente. Andrea supo que el matrimonio de sus padres se había acabado.

Ahora la oscuridad de su habitación late con su latido negro y acompasado. Andrea se enjuga las lágrimas con la funda de la almohada. Lo que le hace llorar es su orfandad.

Andrea se siente asfixiada bajo el sudario de la soledad. El abandono de su madre aún le sangra por la herida. Un vacío dentro de otro vacío más grande como un juego infinito de muñecas rusas.

La orfandad es la razón por la que se levanta a las cuatro de la madrugada para salir al porche descalza. Siente las pequeñas piedras taraceadas bajo las plantas de sus pies. Baja la escalera y camina por el césped frío y mojado. Escucha los sonidos de succión de la depuradora de la piscina. Contempla su resplandor azul y calmo.

La orfandad es lo que le hace callarse cuando todos hablan. La orfandad también le hace ocultar el mar de fondo de su tristeza.

A la mañana siguiente, mientras desayuna con Lara tostadas con mantequilla frente a un tazón con café con leche, ambas sumergidas en un lúgubre silencio, la detención de Max planea sobre sus cabezas como un buitre hambriento, Lara le pregunta por qué lloraba anoche. Andrea dice que era una pesadilla.

Dos noches después, Andrea, despierta en la hora bruja de los insomnes, las cuatro y media de la madrugada, la hora en la que más gente se muere en los hospitales, se aferra a una hilacha de recuerdo como a la cuerda de un globo que la impulsa hacia arriba y le saca de las arenas movedizas de su pesadumbre.

Lara quería hacerla sonreír. Al final consiguió arrancarle una sonrisa durante un día desquiciado, veinticuatro horas después de que la policía detuviera a su padre. Lara dijo que en Atapuerca todos se parecían a un perro mientras dejaban atrás la Cueva de los Zarpazos. La bautizaron con ese nombre por unas huellas de zarpas de oso que había en la pared del fondo.

—Max es un gran danés. Sinaloa un carlino. Seseña un chihuahua.

—¿Y Sebastián?

—Un galgo.

Era una broma muy mala, infantil y tonta, pero Andrea se deshizo en carcajadas y olvidó por un momento que todo el mundo se apartaba de ellas como si tuvieran la lepra. Lara levitó a un metro sobre la grava y arena pálidas de la Trinchera.

Sin embargo, algunas noches Andrea logra ocultar su orfandad en un agujero negro de su cerebro. Se pierde en la dulce espiral de lo posible. Toca los contornos de la realidad de lo que creía irreal: un amor correspondido. Ella creía que arrastraba una maldición desde la cuna. Ahora una tierna euforia la impulsa hasta tocar el techo blanco estucado. Polvo cósmico que se desliza en una amistosa oscuridad hasta hacer refulgir la espalda de Lara.

Aún no termina de creerse su buena suerte. Nada en su vida le había preparado para la posibilidad del amor. Por eso cuando sucede al conocer a Lara en aquel bar de Madrid le coge a traición. La sorpresa, el agradecimiento, el éxtasis son inconmensurables. Nada había sido tan bueno hasta ahora. A sus espaldas tiene el condicionamiento de su pasado, que ha marcado su forma de relacionarse con el mundo y ha modelado la frágil naturaleza de su mente. Una infancia difícil, el abandono de su madre biológica, un padre desconocido, la adopción, una madre hostil desde el primer momento, la premonición de que las cosas no iban a salir bien, el miedo constante a un segundo abandono, un padre de arrolladora personalidad ensimismado en su trabajo y en el resplandor de su éxito, al que las cosas siempre le salían bien, siempre de viaje, ausente aun cuando estaba presente. A su lado se sentía invisible, transparente, sin esencia. La gente la miraba y solo veía a Max. De repente, esa felicidad se acaba y todo se derrumba. Le invade un augurio punzante de que algo horrible va a pasar.

El crimen más escalofriante de Atapuerca.

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