Archivo de la etiqueta: nuria verde rtve

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 8

Ilustra la novela los crimenes de Atapuerca. El crimen más escalofriante de Atapuerca.

Sinopsis

Queridas amigas: comparto con vosotras el capítulo 8 de mi novela “Los crímenes de Atapuerca”. Os recuerdo la historia. El crimen más escalofriante de Atapuerca.

A Míriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 8

Carla, angustiada, corre hacia Cueva Mayor, se acerca a la puerta enrejada de Portalón, que está precintada por un cordón policial. El juez de guardia levanta el cadáver acompañado de la secretaria judicial, que toma notas en un bloc.

Es noche cerrada. La una de la mañana. Carla siente que le vacían las entrañas cuando ve a dos agentes que salen de Cueva Mayor portando el cadáver de Miriam metido en una bolsa funeraria negra, reposando sobre una tabla espinal.

—Hija mía, hija mía, aquí estoy, hija mía —aúlla Carla.

Ese aullido animal. Luisa solo lo ha oído dos veces. Cuando le dijo a aquel hombre que su niña había aparecido asesinada en aquel pozo cerca de Castro Urdiales después de que una vidente le hubiera convencido de que su hija de cuatro años estaba sana y salva, y a sí misma cuando volvió a la cueva de Rota y Toni, su hermano, había desaparecido con el monstruo.

Carla vuelve a aullar. No es agradable escuchar ese aullido de mamífera más allá de la desesperación. Ha perdido a su cría. La pesadilla empieza. No va a acabar nunca. Nada de lo que le diga Luisa va a poder consolar a esa madre. Lo sabe porque Luisa ha estado en ese lugar que está más cerca de la muerte que de la vida.

Un solo segundo te puede cambiar la vida para siempre.

Luisa coge a Carla del brazo y la retiene mientras le dice que no se acerque. Una mano invisible presiona el corazón a Luisa, que ahora se acuerda de Toni, su hermano. Siente que dentro de ella se desencadena una tormenta helada, llena de viento y nieve y desesperación.

Toni está a su lado. Tiene seis años como cuando desapareció.

—¿Por qué no volviste a buscarme, Luisa? Te esperé, te esperé. Pero no viniste —dice el niño.

La angustia cierra la garganta a Luisa.

—Me ha matado a mi hija. Hijo de puta, me ha matado a mi hija —grita Carla.

Desde una distancia de dos metros, Jesús Sinaloa mira cómo Quique, su hermano y padre de Miriam, abraza a su mujer.

Jesús arranca a andar por la cuesta embarrada fuera de Cueva Mayor y se seca las lágrimas que arrasan su cara con las mangas de su jersey.

Los dos agentes trasladan el cadáver al coche funerario. Otro agente abre la puerta trasera. Los policías meten dentro el cadáver de Miriam.

Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

Un viaje increíble a Atapuerca.

Si quieres conseguir la novela “Los crímenes de Atapuerca” pincha aquí.

Si quieres curiosear más sobre mí, échale un vistazo a mi Twitter.

“Los crímenes de Atapuerca”.Capítulo 7

Sinopsis

Queridas lectoras: comparto con vosotras el capítulo 7 de mi novela «Los crímenes de Atapuerca». Trata de un crimen estremecedor. Os recuerdo la historia:

A Míriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 7

Una hora después, en una habitación del hotel NH de Burgos, Jesús Sinaloa y Carla Veiga, su cuñada, yacen en la cama en actitud cómplice tras hacer el amor. Se miran a los ojos y se acarician. Se abrazan y se ríen entre las sábanas.

Se han abierto el uno al otro. Se han buscado. Se han amado en silencio secreto como llevan haciendo desde hace años.

Por las ventanas se cuelan las agujas de la fachada de la catedral, el cimborrio del crucero —gótico flamígero—, que dan su carácter especial a la basílica Metropolitana de Santa María. Las torretas se elevan a un cielo muy azul y luminoso.

—Eres preciosa —dice Jesús.

Carla se ríe. Ronronea como una gata encima del cuerpo caliente de Jesús. Cuando ha eyaculado minutos antes —estaban haciendo el 69 y han parado para acoplarse uno dentro del otro—, su semen dorado ha formado una parábola perfecta que ha salpicado la pared. Carla se ha sentido en éxtasis. Está muy enamorada de Jesús. Sacrificaría toda su comodidad burguesa, su buen matrimonio, por este amor loco y sin esperanza. Sin embargo, no abandona a Quique.

Carla se lleva bien con Quique, su marido y hermano de Jesús, se acaban de comprar una nueva casa juntos, tienen una hija adolescente a la que quieren con locura, Miriam, y un hijo de diez años, Lucas, al que quieren aún más. En este momento, ella está dispuesta a arriesgarlo todo por vivir esta alegría, esta felicidad que siente. Cuando salga del hotel, se le pasará.

—Miriam no opina lo mismo. Dice que dos de las grandes bromas de la humanidad son que Trump haya ganado las lecciones y que yo diga que voy al gimnasio.

—Los adolescentes son crueles por naturaleza. Creen que nunca van a ser viejos —dice Jesús.

Jesús abraza a Carla y la besa con pasión.

Carla siente que se abre dentro de su pecho un agujero volcánico que rezuma lava, embriaguez amorosa, locura de gozo, plenitud jubilosa. Su nuca se ancla a esa sensación que no quiere perder. Acumula demasiadas mañanas aburridas, deprimidas, sin ganas de levantarse de la cama que Carla asocia a su matrimonio cómodo y vacío, mediocre, a su adaptación a una vida fácil y mecánica como profesora de Literatura en el instituto Manuel Machado.

El éxtasis amenaza con estallar en su pecho. Promete placer a medida que nota las caricias de Jesús, que recorren su espalda y bajan hacia su vientre, hacia su clítoris. Abajo y arriba, vuelta a empezar. La anticipación del clímax vacía la cabeza de oxígeno y preocupaciones a Carla.

—Me encanta.

—Ya me he recuperado.

Horas después pensará de forma obsesiva que, mientras ella estaba haciendo el amor con Jesús, su hija de dieciséis años yacía muerta con la cabeza reventada a martillazos dentro de la Sima de los Huesos. Pero ahora no. Ahora Carla es feliz. Aún no sabe la noticia y no intuye ni huele el dolor que la espera.

La iglesia San Martín de Atapuerca.

Después de hacer el amor por segunda vez, Carla y Jesús se abrazan. Carla se medio duerme entre los brazos de su amante. Es la hora de comer, cuando Jesús puede escaparse de su trabajo en Atapuerca y ella de corregir trabajos sobre Anna Karenina . No, no se le escapa la ironía respecto al paralelismo con su propia vida al haber elegido la novela de Tolstói. Muchos de los análisis críticos de sus alumnos están copiados de Internet, del Rincón del Vago, de foros y chats. Muy pocos de los chicos se han leído la novela de Tolstói, la mejor novela de la historia según Carla. Puede oler el heno en esta habitación cuando Lievin siega en su finca, también siente el enamoramiento de Anna por Vronsky, porque es el suyo, y horas más tarde experimentará su alienación, su desconexión de la gente, su ausencia de vida cuando Anna se tira a las vías del tren. Carla también querrá suicidarse tras la muerte de su hija y saldrá a la terraza de su casa y mirará hacia la calle, dominada por el ansia de escapar del sufrimiento y reunirse con Miriam en el más allá. Su niña. Querrá sentir el dolor que sintió su hija.

Pero todavía no ha llegado ese momento. Ahora Jesús y Carla se arrullan con una ternura despreocupada en su cama de hotel, sábanas frescas y blancas que una mujer anónima e invisible se ocupa de lavar, planchar, cambiar y estirar cada mañana.

—Me tengo que ir —dice Jesús de repente.

Carla nota que antes él estaba abierto y ahora está cerrado. Absorbe su olor y siente el hambre de la separación.

—Quédate —ronronea Carla.

—Tengo prisa. Muchas cosas que hacer.

—Tú mismo —dice ella mientras mira una extraña mancha de humedad en el techo, que para ella podría representar la imperfección de la vida, la frustración del amor cuando es demasiado intenso y los amantes no lo pueden contener.

—Esto no puede ser, no puede ser. No podemos recuperar el pasado —dice Jesús.

—Al menos vístete para decirme eso —dice Carla. Una llama de enfado cerca su corazón.

Jesús se incorpora. Se sienta en la cama para ponerse los calzoncillos y los pantalones. Cara enjuta, cabeza romana, nariz patricia, frente despejada, cuerpo delgado y escuchimizado, pero pecho muy buen formado, propio de un atleta. Le encanta correr maratones. Y más aún correr campo a través en la sierra de Atapuerca.

—Jesús, fuiste tú, fui yo, los dos lo estropeamos todo. Pero no todo está perdido.

—Para mí sí, yo ya no siento lo mismo.

Un estallido de dolor en el pecho. Cómo le duele a ella que él diga eso. En ese momento lo odia. Pero sabe que Jesús lo dice para castigarla. ¿Será capaz de dejarlo? Ahora tiene ganas de abandonarlo.

—Pero te acuestas conmigo.

—Sí. Pero es la última vez.

Carla asiente con un cansado gesto de cabeza. Jesús siempre dice lo mismo, pero luego siempre la busca y vuelve a ella.

Si te ha gustado el capítulo compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

Un crimen estremecedor.

Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 6

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Un crimen espeluznante.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 6

Jesús Sinaloa guía la visita por la excavación de Cueva Mayor a los estudiantes del instituto Manuel Machado. Los adolescentes recorren la superficie rocosa húmeda, resbaladiza, y echan un vistazo a la bocana ancha, oscura y telúrica de la Sima de los Huesos. De allí Sinaloa y su equipo sacaron a mano toneladas de sedimento profanadas por bandidos y arqueólogos aficionados desde el siglo xviii hasta que consiguieron alcanzar los niveles de excavación. En la Sima no encontraron fósiles de herbívoros ni herramientas líticas. Pero sí más de doscientos osos, Ursus deningeri, amontonados dentro de la cavidad. También descubrieron leones, lobos, zorros, linces, garduñas y comadrejas.

Las paredes de la cueva están cubiertas de andamios para poder excavar en los niveles superiores.

Jesús cuenta a los alumnos que la acumulación de fósiles humanos del Pleistoceno Medio en la Sima es la más importante del mundo.

—Y también aquí se encontró al primer hombre asesinado de la historia. Hallamos un cráneo de hace 430 000 años con grandes agujeros en la frente —dice Jesús.

—¿Qué había pasado? —pregunta Max Rey, que aparece en la puerta de Cueva Mayor. Con su gran altura, bigote rotundo cano, aire enjuto y orgulloso, su salacot calado sobre su poderosa cabeza, siempre impresiona la primera vez que lo ves.

Max mira a Miriam. Esta le sostiene la mirada y esboza una sonrisa que derrocha encanto.

Cruz de Atapuerca en el Camino de Santiago.

—Chicos, os presento a Max Rey, el jefe de todo esto —dice Jesús con cierta sorna mal disimulada.

—Lo dice para hacerme la pelota. Pero no vas a quedarte con la Dolina por ello y la Liga la ha ganado el Barça —responde Max.

Los adolescentes se ríen, excitados.

—¿Qué tal estás? —dice Jesús.

—Fenomenal. —Max le escruta con los ojos amusgados—. A mí me sacan de aquí con los pies por delante —dice mientras se levanta el salacot.

Jesús lo ignora y prosigue con su historia.

—Es un misterio. El cráneo lo descubrimos a quince metros de profundidad. Es el cráneo número 17.

Un neandertal primitivo asesta con una piedra un golpe mortal en la cabeza de otro, que cae abatido al suelo. Luego el asesino tira el cadáver al agujero negro y profundo de la Sima de los Huesos.

—Hay pruebas forenses de que lo mataron —dice Jesús—. Lo que le convierte en uno de los primeros casos de asesinato documentados de la historia —añade—. Recogimos cincuenta y dos fragmentos de hueso. Descubrimos que el cráneo tenía dos lesiones mortales que penetraron en el hueso frontal, justo encima del ojo izquierdo del muerto.

—¿Seguro que no fue un accidente o una caída? —pregunta Max.

Jesús Sinaloa responde que los golpes se los dieron de arriba hacia abajo, lo cual confirma que fue un asesinato.

Max reposa otra vez su mirada sobre Miriam. La adolescente lo mira, desafiante y halagada. Por fin baja la mirada y sonríe.

Una hora después, Maite, la madre de Luisa Baeza, da vueltas alrededor del bar Los Geranios. El aparcamiento está iluminado bajo las iridiscentes nubes. Paredes encaladas y desconchadas, goteras, escombros, basura y ruina, un sitio que ha conocido tiempos mejores. Luisa llega con su coche, aparca, mira a su madre esperándola fuera. Se toma su tiempo antes de salir. Suspira, agotada.

Por fin sale. Su madre y Luisa ni se abrazan ni se besan. Se miran como dos felinos a la expectativa. La mirada a la defensiva de Luisa escruta a su madre. Se fija en sus manos, que tiemblan. Su madre se da cuenta de que su hija la mira. Esconde sus manos detrás de la espalda.

—¿Qué tal estás? —pregunta Luisa.

—Mejor que nunca —responde Maite.

—No es eso lo que me cuenta Mar —dice Luisa.

—Tu hermana es una exagerada que se ahoga en un vaso de agua —dice su madre—. Si me incendiaran la casa, yo también sería una drama queen —espeta Luisa, cansada ya de su madre, y acaba de verla.

—De eso no hay peligro porque yo nunca viviría en tu casa —dice Maite.

—Eso me alivia, madre —responde Luisa.

Un silencio tenso se remansa entre madre e hija.

—¿Vas a vivir sola en ese piso? —pregunta por fin Luisa a su madre.

Primer asalto. La dinámica de su relación disfuncional que se repite en bucle. No se quieren. Siempre las mismas pullas, los mismos reproches.

—Por supuesto que sí. A lo mejor me cojo a un chulazo y me gasto la herencia de tu padre —dice Maite.

—Mi padre no dejó herencia, pero sigue con tu ego en plan Blanche Dubois —dice Luisa.

—¿No sabes que quieren construir aquí un hotel?

—Creía que Atapuerca era patrimonio de la humanidad.

—Poderoso caballero es don dinero.

—Siempre ha sido así.

—Mira que eres cruel, ¿qué te he hecho? —dice su madre.

 —Nada. Yo soy así por naturaleza: cruel —dice Luisa.

—Te has quedado sola, Tomás ya no pudo más, ¿eh? —dice Maite.

Golpe en estómago. Malestar que le oprime el pecho como una lápida.

—Eso no te importa —dice Luisa, tensa.

Voy a estrangular a Mar. Bocachancla.

—Y a ti sí te importa cómo tengo que vivir mi vida —sentencia Maite.

Un silencio incómodo flota en el ambiente.

—Te morirás sola, Luisa, te encontrarán quince días después de muerta porque un vecino se quejará del mal olor —dice Maite.

—No te olvides de los pastores alemanes husmeando, madre. ¿Por eso me has llamado? —pregunta Luisa.

De repente, todo cambia. Su madre se va, angustiada, coge el móvil para llamar a un taxi. Tropieza, se cae, se tuerce el tobillo y se pone a llorar, vulnerable como una niña. Luisa se acerca y la ayuda.

—Mamá, ¿te has hecho daño? Perdona, mamá, no quería ponerme así. —La niña culpable que Luisa lleva dentro aflora de repente.

El bolso de su madre despanzurrado sobre la grava. La madre alarga una mano para recogerlo. Luisa coge antes que ella el bolso y se lo alcanza. De repente, Luisa mira unos papeles caídos sobre la grava y se da cuenta de algo. Mira a su madre.

—¿Qué es esto? —pregunta Luisa hojeando los papeles—. ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Quieres que renuncie a mi herencia? ¡Ja, ja, ja!

Si te ha gustado el capítulo de “Los crímenes de Atapuerca”,compártelo. Te lo agradezco. Me ayudas mucho.

Un crimen espeluznante.

Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 3

Sinopsis

Queridas lectoras: comparto con vosotras el tercer capítulo de mi novela “Los crímenes de Atapuerca”. Os recuerdo la historia:

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más increíble de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 3

Mientras conduce, Luisa se pierde el cielo diáfano y luminoso, sin rastro de nubes y las vistas a la sierra de la Demanda, en la que se crio y que conoce como la palma de su mano. Su mente absorbe toda su atención y borra la realidad que la rodea como si fuera una bayeta húmeda que friega los restos de suciedad sobre una mesa.

Luisa anticipa y escenifica en su mente la discusión que sabe que va a tener con su madre nada más llegar a Atapuerca.

Mar, su hermana pequeña, ya no quiere cuidar más de su madre, y esta no puede vivir sola, a pesar de que sea lo que ella quiere. Luisa quiere ingresarla en una residencia. Si algo tiene claro es que ella no va a cuidar de su madre. Mamá es bipolar y no se toma la medicación, lo que va a ser una juerga para toda la familia. Mamá está en estado maníaco. Fuegos artificiales, champán descorchándose, risas como burbujas resplandecientes en la noche.

Mar le ha dicho a Luisa que todos estos años lleva ella ocupándose de mamá, que no es justo. Mamá está demente y quiere dominar a toda la familia como ha hecho durante toda su vida. Ha incendiado la casa en un descuido, y Luis, el marido de Mar, un santo varón, le ha dado un ultimátum a su hermana: o él o su madre se van de casa. Mar, además, tiene dos niñas, la menor de dos años. ¿Podría Luisa vivir con ella durante unos días ahora que ha vuelto a Burgos?

No, coño, no.

Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Muchas gracias lectora.

El crimen más increíble de Atapuerca.

Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 2

Me hace ilusión compartir con vosotras, queridas lectoras, el segundo capítulo de mi novela “Los crímenes de Atapuerca” (Editorial Caligrama, 2021) Os hago un resumen para aquellas que no conozcan la historia que cuenta la novela.

Campaña  de excavación de 2019. Sima de los Huesos. Atapuerca.

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca con su instituto, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El cadáver aparece sobre un charco de sangre, con los brazos y las piernas rotos posmortem.

La inspectora de la Policía Judicial de Madrid, Luisa Baeza, que creció en el bar Los Geranios,  a la entrada de Atapuerca, vuelve a Burgos, con el corazón desgarrado después de separarse de su pareja de toda la vida y presa de un grave conflicto familiar con su hermana: el decidir quién se hace cargo de su madre bipolar.

Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de Miriam junto al subinspector Miguel Ángel Aduriz. Expulsada de la Policía Judicial de Madrid por agredir a un acusado y víctima de una investigación interna que la ha sometido a escarnio público, Baeza se enfrenta profunda crisis personal y se obsesiona con un caso policial en el que busca una redención. Pero volver a casa también significa enfrentarse a sus demonios y a su pasado.

La historia tiene lugar en una Atapuerca desangrada por sus guerras intestinas: el equipo de la Dolina enfrentado al de la Sima de los Huesos por el reconocimiento, el prestigio y el poder.

Capítulo 2

10 horas antes. Atapuerca

Un autocar lleno de adolescentes se acerca al yacimiento. Los chicos, abismados en sus móviles, se mandan wasaps mientras oyen música trap por sus cascos. No prestan ninguna atención al entorno de increíble belleza que se cuela por las ventanillas. La sierra de Atapuerca, con sus perfiles violetas, sus lomas de encinas y arbustos color verde oliva, sus campos amarillos de trigo y avena loca, salpicados de amapolas como manchas de sangre.

Miriam tiene solo dieciséis años y ya se siente hastiada de la vida. Se apodera de ella un nihilismo pesimista que le hace desconfiar de la supuesta pureza y buenas intenciones de la gente. La adolescente se siente asqueada del mundo. El instituto es un entorno hostil que aborrece. Su casa es otro campo de minas, donde sus padres no paran de pelearse, del que quiere escaparse en cuanto pueda. La chica está sumida en una crisis existencial. Está pasando momentos negros.

Miriam es una chica muy guapa, morena, de pelo largo, con un piercing en la nariz y un tatuaje de una garza real en el brazo que le costó una buena bronca en casa.

Ahora, cuando faltan pocos minutos para llegar a Atapuerca, Miriam adelanta una y otra vez en su cabeza el momento en el que va a ver a su tío Jesús. Ya ha pensado en lo que va a hacer. Lo saludará como si no pasara nada. Pero el diablo lo lleva dentro. Miriam rabia al revivir la humillación que le inflige su madre al engañar a su padre con su propio hermano, Jesús. Pero ya no tendrá que aguantar mucho más. Pronto cumplirá los dieciocho y será libre. En cuanto sea mayor de edad, se irá de casa con Marco y empezará por fin a vivir. No volverá a ver a su madre. Esa será su venganza.

Piedras cerca de Atapuerca, en la ruta del Camino de Santiago.

La inspectora de homicidios Luisa Baeza recorre con su BMW azul cobalto la carretera que lleva de Burgos a Atapuerca. A pesar de que suena la voz sexy y aguardentosa de Bruce Springsteen en su iPod conectado al sistema de reproducción de música, a pesar de que oír a Bruce siempre la anima, Luisa no puede evitar sentirse al borde de la desesperación.

Hey, little girl, is your daddy home?

Did he go away and leave you alone? Mmmmmm.

I got a bad desire.

Oh, oh, oh, Im on fire.

«No pienses, no pienses, para, para», se dice Luisa a sí misma.

En el bar Los Geranios, justo a la entrada de Atapuerca, Maite espera a su hija Luisa. Sostiene nerviosa unos papeles en la mano. Es incapaz de estarse quieta y da cortos paseos inquietos alrededor de una casa y un bar que tienen pinta de llevar varios años cerrados.

Luisa mira en su móvil un wasap de Tomás, su marido, que permanece sin respuesta: «Cógeme el teléfono. Llámame».

La cabeza de Luisa viaja al pasado. Una mano le da al play de la cinta de una discusión con Tomás, su ex. Ahora su mente da versiones mejoradas de lo que le gritó en su momento. Qué puta mierda es la vida. Tiene que desengancharse del lorazepam como sea, está empanada y todo le parece bien, una pauta ajena a su personalidad salvaje. Solo hasta que supere la crisis y el divorcio que está atravesando.

—Te dejo —dice Tomás sin poder mirarla a la cara.

Luisa lo mira como si hubiera visto a un fantasma.

—¿Cómo se llama ella?

 —No hay ninguna «ella».

—Y Trump ha ganado las elecciones de forma limpia. Vete a tomar por culo.

—Ya nunca lo hacemos —dice Tomás.

—O sea, que ahora la culpa es mía —dice, despacio, Luisa.

—No.

—No me quieres —suelta Luisa sin pensarlo demasiado. El silencio de Tomás y su cabeza gacha son ominosos.

Luisa lo mira, derrotada.

—¿Es por lo de los niños? —pregunta Luisa con voz muy bajita.

Tomás niega con la cabeza.

—Cuando me conociste sabía que no quería.

—No es por eso.

—¿Y por qué es?

—Tienes un muro dentro. Es imposible llegar a ti. No puedo más.

—Cambiaré.

—No, la gente no cambia, Luisa.

—Yo sí. ¿Por qué, Tomás?

—Porque estás siempre deprimida o cabreada.

Touché.

El móvil de Luisa suena. Es su hermana Mar. Luisa mira al techo del BMW y suelta un bufido. Coge la llamada y pone el manos libres. Silencia a Bruce.

—Luisa, soy yo. Mira, mamá está insoportable. No, no quiere ir a la residencia. Ya sabes cómo es. Me veo en Navidades empantanada y ella todavía en casa. No puede estar sola. Bueno, ya lo sabes. Y encima venga a mandar. Yo me tengo que cuidar. Tengo una depresión en pie. Al final mamá nos entierra a ti y a mí.

—Mar, cálmate.

—Tú lo ves todo muy fácil, hermanita. Desde Madrid se ve todo muy fácil.

—Mamá va a ir a la residencia quiera o no quiera.

—Conjunto residencial para mayores.

—Lo que sea.

—Luisa, te tengo que decir algo.

Luisa contiene la respiración.

—Mamá ha dejado el litio.

—Coño.

—Ya, tía. Está fatal. Te lo aviso. No hay quien haga carrera de ella. Está cerril. A ver si a ti te hace caso.

—Sería la primera vez.

—¡Qué guerra da mamá, coño!

—¿Me lo dices o me lo cuentas?

Gracias querida lectora por compartir conmigo esta aventura. Leer es un refugio en la vida. Te dejo el enlace a “Los crímenes de Atapuerca”

Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 1

SINOPSIS

A Miriam Sinaloa, una estudiante de dieciséis años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de La Sima de los huesos. La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención. El crimen más oculto de Atapuerca.

CAPÍTULO 1

Andrea y yo nos ponemos los monos rojos manchados de arcilla, los arneses, los cascos de mineros con luz frontal, cogemos las linternas, nos subimos las cremalleras, nos ajustamos las cámaras Gopro en el casco antes de sumergirnos en el laberinto oscuro y frío de la Sima de los Huesos que tiene forma de calcetín.

La única investigación que importa en la vida es la de averiguar quiénes somos. Esa frase parpadea en la pantalla de la mente de Andrea ante de abismarse en el tobogán negro de la Sima de los Huesos. Baja por la escala anclada a la bocana que se balancea inestable.

Andrea es la nieta de Max Rey, codirector del proyecto Atapuerca y máximo responsable de la excavación en La Gran Dolina. Todo el mundo decía en Atapuerca que Max la dejaba bajar a la Sima sin control porque era una enchufada. Pero Andrea, que fue testigo del asesinato de su madre a los cuatro años de edad, ha soportado demasiado sufrimiento en la vida como para que le afecte a su serotonina las pullas de algunos. Su infancia es su caja negra. Sin embargo si sobrevives a los fantasmas del pasado, te haces fuerte porque ya no te importa lo que te pase.    

Yo la miro con cara de preocupación. He aceptado bajar con Andrea a la Sima de los Huesos porque quiero vigilarla. La última vez que descendió sola a excavar estuvo tanto tiempo en el agujero que se quedó sin oxígeno. Max tuvo que llamar al 112, que la salvó in extremis después de que entrara en parada cardiorrespiratoria.  

La excavación se divide en cuadrículas. El trabajo se aborda excavando en los estratos que corresponden a un fragmento de tiempo de la Prehistoria.

 

Es el yacimiento funerario más antiguo del mundo. Allí se encontró un fósil de 430.000 años de antigüedad, el famoso cráneo número cinco, también conocido como Miguelón, Homo heidelberguensis o neandertal primitivo -todavía hay polémica- conservado gracias a las increíbles condiciones de temperatura y humedad de la excavación.  

La Sima de los Huesos alberga la colección de fósiles humanos más completa de la era del Pleistoceno Medio. Se han encontrado 50 esqueletos completos de homínidos. Se ha logrado descifrar ADN humano en fósiles de hace medio millón de años. Hay muy pocos yacimientos donde se conserve ADN tan antiguo como no sea bajo el hielo. La Sima es única. No hay otro sitio donde se pueda extraer ADN mitocondrial tan antiguo.

Del techo de caliza cuelga la única planta que hay, al lado del termómetro. La temperatura se mantiene en diez grados. Estamos a treinta metros de profundidad. La concentración de oxígeno es muy baja. Movernos nos cuesta mucho esfuerzo a Andrea y a mí. 

Sierra de la Demanda en verano.

Unos huesos sobresalen como estacas grotescas del suelo de barro.

-Son fósiles de oso-dice Andrea-Los humanos están abajo-añade y se vuelve hacia mí, con esa sonrisa aniñada que me llena el pecho de emoción.

Los sedimentos han bajado hacia la base de la sima, una profunda hendidura de catorce metros de profundidad. Un puré de barro del que emergen huesos humanos que se fosilizaron hace medio millón de años.

-Me da miedo mirarlos por si se deshacen-digo.

-Ja, ja, ja-se ríe Andrea. La alegría burbujea en mis venas por haberla hecho reír.

Cada doce meses quitamos sólo veinte centímetros de barro. Es un trabajo paciente y desesperante.

-¿Qué hay?-pregunto.

-De todo-contesta Andrea-. Costillas, vértebras, cráneos, huesos de manos y pies, huesos de brazos y piernas.

Media hora antes Andrea y yo hemos estado en la Sala de los Cíclopes. El silencio era absoluto y sobrecogedor. Oía cómo caía una gota de agua al suelo con un eco que reverberaba en el túnel a oscuras. Andrea enfocó con su linterna. Era un fascinante sepulcro de calma sellada al vacío. El techo se encontraba a veinte metros de nuestras cabezas. Me invadió un gigantesco alivio por estar en un espacio más grande antes de meterme en el agujero.

Ahora, ya dentro de las entrañas de La Sima, nos adentramos en un cementerio de primitivos neandertales. Jesús Sinaloa, codirector de Atapuerca, se equivocó. Los homínidos que están enterrados aquí no encajan en la especie africana Homo heidelberguensis como él dijo años atrás.

Andrea y yo nos arrastramos por la tortuosa base de la Sima que tiene una altura de un metro cuadrado. Apenas caben cinco personas dentro. 13 grados centígrados de temperatura. 95 por ciento de humedad. Oxígeno al límite. El suelo es limoso, un barro de arcilla que se pega a los monos. La pared de roca kárstica aplasta nuestras caras. Me fijo en las manchas de color marfil en las paredes. Atisbo unas grandes piedras encima. Si la Tierra temblara, se desprenderían y nos aplastarían. La sensación de claustrofobia se puede tocar con las manos dentro de la Capilla Sixtina de la evolución humana.

La Sima de los Huesos es uno de los tres yacimientos que componen Portalón de Cueva Mayor. Los otros dos son La Galería de los Cíclopes y la Galería de las Estatuas. A Andrea sólo le interesa bajar a la Sima de los Huesos donde el año pasado desenterró los restos del cráneo 16, al que llamó Ana, por la chica de la que estaba enamorada y que acababa de morir por hipoxia mientras trabajaba dentro del gran túnel funerario.

La muerte de Ana sumió a Andrea en una depresión de la que aún no se ha recuperado del todo.

Durante esta campaña de 2019 el objetivo es excavar en la zona de paso entre la rampa y la cámara distal. Pero Andrea tiene su propia hoja de ruta.

Sin embargo, la niña bonita de Jesús Sinaloa, el director de Portalón y La Sima de los Huesos, es la Galería de las Estatuas situada a 350 metros de Cueva Mayor. La mayor parte del equipo trabaja en los sondeos de las dos catas excavadas. Allí hacen arqueología molecular en un yacimiento ideal para ello ya que está sellado. El principal problema que plantea la secuenciación de ADN de los homínidos desenterrados es que es muy cara y, muchas veces, no aporta novedades a la investigación. Pero Jesús dice que es una nueva manera de investigar la evolución humana.

Andrea y yo llegamos a la base de la Sima de los Huesos. El yacimiento tiene 700 metros de túneles bajo tierra. Nos apoyamos sobre tablones manchado de arcilla roja. Los tablones se han puesto para proteger el sedimento que se excava. Los paleoantropólogos trabajan tumbados sobre la madera.

Andrea y yo nos arrastramos sobre el suelo hasta llegar a la cuadrícula en la que estamos excavando en busca de un nuevo esqueleto de neandertal primitivo.

Me adentro en el corazón del yacimiento de fósiles humanos más rico del mundo. Me embarga una emoción brutal. Descarga de excitación efervescente. Me siento muy viva.

-Los arrojaban muertos-susurra Andrea mientras graba la claustrofóbica cavidad con su Gopro-Por una entrada que no es ésta.

-¿Se ha descubierto?

-No.

A oscuras, a tientas, al llegar a una de las cámaras funerarias donde los Neandertales primitivos amontonaban los cadáveres, de repente yo toco algo pegajoso, enfoco con mi linterna y reculo. Mi corazón me da un vuelco. Suelto un escalofriante alarido. Me estremezco de pánico.

El cadáver de una adolescente desnuda, con la cabeza reventada de un martillazo, descansa sobre un lecho de sangre, sobre los tablones de madera.

Andrea se acerca a gatas al cuerpo que tiene unas marcas tatuadas en el pecho. La toca.

-¿Quién es?-pregunta.

-Vámonos de aquí.

Me ahogo. El oxígeno no me llega al cerebro. Boqueo. Mi cámara Gopro oscila, desquiciada y graba el horror que estoy viendo en la oscuridad sobrenatural. Andrea empieza a hiperventilar. Se mete la mano en uno de los bolsillos de su mono rojo y saca un inhalador para el asma. Se lo coloca en la boca y aspira muy fuerte.

-Es Miriam-dice, con voz ahogada.

El crimen más oculto de Atapuerca.

“Los crímenes de Atapuerca” de Nuria Verde.

Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

El crimen más oculto de Atapuerca.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 61

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más sangriento de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 61

Hace un mes, cuando Carla llegó a su casa, se cabreó nada más entrar al no encontrar a su hija Miriam en su habitación estudiando para el examen de Matemáticas que tenía. Sintió cómo crecía la animosidad que se había forjado entre su hija y ella desde que Miriam había alcanzado la adolescencia.

Carla fue al salón, donde Lucas estaba tumbado en el sofá jugando con el iPad al Brawl Stars.

—¿Dónde está tu hermana? —preguntó.

—No lo sé.

—Dímelo ahora mismo, Lucas.

—Que no lo sé te digo.

—Yo sé dónde está.

En el descampado no hay nadie. Solo están Marco y Miriam. La chica fuma hierba aspirando por la boquilla de un narguilé que Marco ha traído junto con dos litronas de Ámbar que ha robado de su casa.

Están sentados en un sillón de escay reventado por cuyas rajas sale una espuma amarilla como grasa subcutánea. Marco prepara los cubatas en vasos de tubo de plástico, también robados de casa, restos de una fiesta que su padre había dado con la gente de Atapuerca cuando encontraron el fémur de Eva en la Sima de los Huesos. Marco también había mangado el J&B y las latas de Coca-Cola.

Miriam expulsa el humo blanco al fresco aire de la tarde. El ambiente se carga con un olor acre a marihuana. Las nubes como un edredón blanco desfilan por la planicie azul pálido del cielo.

Miriam y Marco se besan. A Miriam la maría le da sueño y hambre y ganas de encerrarse en sí misma y no hablar con nadie.

Paran de besarse.

—¿Luego nos pedimos una pizza? Me muero de hambre.

—Está mi madre en casa. Pero ella pasa.

—Qué suerte. La mía es una loca que no me deja en paz.

Miriam y Marco se vuelven a besar. Al principio a Miriam le gusta, pero luego enseguida se cansa. Es como dar vueltas dentro de un agujero vacío, viciado, que no le aporta nada. Pero no puede parar, no ahora, porque Miriam sabe que cortar el rollo a un tío mientras te estás enrollando con él es romper una de las reglas tácitas que rigen la adolescencia. Aun así, tiene ganas de dejar de mover la lengua dentro de la boca de Marco, que huele a marihuana, a tabaco, a whisky, pero no puede hacerlo.

Al principio Marco le gustaba, pero cuando la besaba dejaba de gustarle. No sabía besar. No le daba placer. No era delicado ni experto. Era tosco, bruto.

Sin embargo, a Miriam le encantaba cómo Marco desquiciaba a su madre. Salir con él era una forma de vengarse de su progenitora, de todo lo que la había ignorado durante su infancia. Y el lunes al menos podría contar una versión muy mejorada de la experiencia real a Lucía y Marga, sus mejores amigas en el instituto. Adornarlo. «Tía, fue como 50 sombras de Grey». Miriam ni siquiera se había leído el libro. Pero todas las chicas presumían de sus experiencias sexuales en el instituto si pertenecías al grupo de las enrolladas como ella. Y Miriam por nada del mundo quería ser una pringada. Una apestada. Una leprosa como la Potrilla. La llamaban así porque era la hija del chófer de la ruta que recogía y llevaba a alumnos que vivían lejos del centro y del instituto. Era un hombre paleto y desgraciado de un pueblo de Málaga, Villanueva del Trabuco. Le llamaban el Burro. Su pobre hija, que venía de la Asunción, un colegio de monjas, donde era respetada y valorada por su carácter dócil y sus buenas notas, su concentración, en el instituto Manuel Machado era vilipendiada y humillada. Un día unas chicas de clase le habían llenado la melena rozada de pipas y chicles, le habían bajado los pantalones delante de todo el mundo. Encima la desgraciada tenía unas encías pronunciadas que sobresalían cuando hablaba y sonreía. Claro que la Potrilla había dejado de sonreír hacía mucho tiempo.

De repente, un Toyota Auris blanco apareció en el horizonte del descampado. El ruido, la furia, su madre. Miriam se separó de Marco como si le hubieran aplicado una corriente eléctrica. El Toyota derrapó en la tierra y salpicó piedrecitas de grava.

—Coño, no.

—Mierda.

Su madre salió del coche dando un portazo.

—¿Qué haces aquí?

—Mamá, por favor, no la montes —tono hastiado.

—Ven conmigo.

—No. Me quedo con Marco.

—Sube al coche ahora mismo te digo.

Delante de Marco no podía obedecer sumisamente a su madre. Perdería cincuenta puntos de enrollada en el instituto.

—Estás drogada.

—Es solo tabaco.

—¿Te crees que soy gilipollas?

—No estamos haciendo nada —balbució Marco.

—Tú cállate. Cierra la boca. Te quiero lejos de mi hija. Ni te acerques a ella, desgraciado —gritó Carla.

—Señora, no.

—Cierra la puta boca. Deja en paz a mi hija, ¿me oyes? Como le des más droga a mi hija, te denuncio, hijo de puta.

—Mamá, por favor.

—Súbete en el coche ahora mismo, idiota. Estás tirando tu vida a la basura.

—Mira quién fue a hablar, la que engaña a papá con su propio hermano.

Carla sintió la cara arder de vergüenza. La ira impulsó su mano contra la cara de su hija. La bofetada sonó como un disparo. Miriam la miró, rencorosa.

—En cuanto pueda me voy de casa.

—Pues ya estás tardando.

Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

Un viaje alucinante a Atapuerca.

Si quieres conseguir la novela “Los crímenes de Atapuerca” pincha aquí.

Si quieres curiosear más sobre mí, échale un vistazo a mi Twitter.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 52

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más truculento de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 52

Seis meses antes. Madrid

Al día siguiente, en clase, estaba resacosa, pero feliz. La catedrática de Prehistoria, Mercedes Solís, nos dijo:

—Andrea Rey quiere dar la oportunidad a uno de vosotros para excavar con ella en Atapuerca durante la campaña que viene. Para ello deberéis ganar un concurso. Hay que escribir un artículo de investigación sobre algún aspecto del trabajo paleontológico que se hace en Atapuerca. Es a vuestra libre elección. Andrea leerá vuestros artículos y elegirá al ganador que se empotrará en su equipo de la Gran Dolina.

—Yo sí que me la empotraría —dijo una voz masculina ronca.

Risas ahogadas.

—Silencio.

El corazón me latió muy deprisa. Mi cabeza se vació de pensamientos. Mi mente se aquietó y se empapó de silencio. En una ráfaga de lucidez, embargada por una excitación infantil, supe exactamente de qué iba a escribir el trabajo.

Tenía suerte. Baraka. Por una casualidad del destino, por un giro raro de la vida, por una conexión extravagante y una amistad inverosímil de mi padre, yo había conocido a Michael Donovan, el profesor del Museo de Ciencias Naturales de Londres, el archienemigo de Jesús Sinaloa, que había cuestionado la datación e identificación de la especie de los homínidos que se habían encontrado en la Sima de los Huesos.

Como todo lo que tenía que ver con papá, conocer a Donovan había sido una charada rocambolesca, un sainete burlesco, una broma excéntrica. Papá había participado en un congreso en Birmingham sobre evolución humana y, al momento, se había hecho amigo de Donovan, quien también daba una conferencia allí. Papá hizo amistad con Michael impelido por un ánimo eufórico e impulsivo, sin apenas conocerlo.

Durante la semana que duró el congreso sobre evolución humana, papá se encontraba en plena cima de su fase maníaca. Habló con los codos, persiguió cualquier falda que se le pusiera a tiro, se bebió media Inglaterra, durmió tres horas al día, salió por la noche, dio su conferencia sobre el primer cuchillo de hierro que se forjó en la península Ibérica, en Castillejos de Alcorrín, Málaga, y quiso dar diez más que no estaban en el programa del congreso, para gran alarma de su organizador, el catedrático Robert O’Shea, que llamó alarmado a mi madre, también profesora de Prehistoria.

Mi padre también se hizo amigo de muchos desconocidos, profesores, alumnos, camareros, recepcionistas del hotel, limpiadoras, taxistas, conductores de autobuses, tenderos. Papá se sentía abierto, hipersociable, animadísimo, de un buen humor insoportable, con ideas geniales que iban a cambiar el mundo y que se le ocurrían a cada segundo.

Una noche me llamó a las dos de la mañana para contarme que se le había ocurrido un método revolucionario para aprender inglés en pocas semanas, que combinaba la música, la psicología y la empatía llevada a un grado extremo. Tenían que ver las neuronas espejo. Yo tenía que ayudarle a escribirlo ya mismo.

—Apunta estas ideas —me dijo.

Le escuché, angustiada y soñolienta. A mis diecinueve años ya había vivido muchas fases altas de papá. Me preocupé. Pero no hice nada. No podía hacer nada. Si le dijera que fuera al psiquiatra o que tomara la medicación, me mandaría a tomar por culo.

Otra madrugada papá me llamó por teléfono para contarme que había escrito un libro genial sobre la filosofía de Marco Aurelio. Yo le seguí la corriente como a los locos, preocupada y a la vez agotada.

Hace dos veranos conocí a Michael Donovan en Málaga. Como todos los veranos, me fui a casa de mis padres porque era gratis, tenía una habitación propia, hacía sol, tenía la comida y bebida pagadas y la playa de la Malagueta enfrente de nuestro piso. Málaga era Shangri-La, el Caribe español.

Mediterráneo, espetos, cerveza, moragas en la playa, palmeras, baños, paseos bajo una luz almíbar, borracheras, conversaciones con mis amigos del colegio León XIII aceleradas y preñadas de una nostalgia demasiado prematura, tan solo teníamos diecinueve años, por Dios, era demasiado pronto para sentir nostalgia. Pero nuestras charlas rememoraban un pasado más esplendoroso al recordarlo de lo que había sido en la realidad. Sentíamos una absurda añoranza de nuestros días de colegio, cuando encerramos al profe de inglés en un armario, cuando pusimos su mesa al borde de una tarima que se levantaba a un metro del suelo de la clase y él posó sus manos sobre la mesa y se cayeron al suelo él y la mesa. Crueldad divertida adolescente que se expresaba en exabruptos de energía, venganza fácil hacia el más débil, el profesor, que está contratado en el colegio por enchufe, por ser el hermano de la directora, y es demasiado tímido, demasiado apocado para defenderse y cortar las bromas de raíz. Porque es inofensivo y bueno los alumnos vamos a por él con inquina. El chivo expiatorio. Ahora me avergüenzo de haber sido cruel con un débil. Pero en su día me alivió la frustración. Era divertido.

De repente, un viernes de agosto, la rutina de días largos y cervezas en la Chancla de Pedregalejo hasta el ocaso, con vistas a la planicie sedante azul añil del Mediterráneo derramándose en la arena, se interrumpió cuando alguien llamó al telefonillo de nuestro piso en el Paseo Marítimo. No esperábamos ninguna visita. Mi madre se sobresaltó muchísimo. Se puso a la defensiva de inmediato. Se irritó. Su casa era su refugio hermético donde cultivaba su privacidad. No quería ver a nadie una semana antes de su viaje a Venecia con mi padre. Se iban ellos dos solos, formaban una pareja absorta el uno con el otro, las hijas nos quedábamos fuera, en los márgenes, desempeñando un papel de observadoras y comparsas, ocasionales blancos de críticas por parte de mi madre. Lo que peor llevaba de volver esos veranos a Málaga, cuando ya me había ido de casa, era la seriedad crítica, profesoral, de mamá, que acrecentaba mi sensación de inutilidad.

Me ahogaba en casa, fregando cacharros, la frustración vibrando, encarando comidas donde solo hablaban mis padres, mi hermana y yo mudas, echándome una siesta donde si tenía suerte el sueño y la masturbación me liberarían durante unas horas de ese sentimiento de falta de valía que me oprimía como una bota en mi cuello cuando estaba en casa.

Mi hermana se reía cuando mi madre me criticaba, yo era una irresponsable, una inútil, una vaga, no trabajaba, no colaboraba en casa, era un parásito, no aportaba nada a la familia, vivía protegida, a la sopa boba. Yo no decía nada, pero arrastraba el rencor durante meses, empapada de un silencio hosco, que ocasionaba más burlas familiares. Quería estar sola. Yo era una solitaria. Tenía el sueño de escribir grandes novelas. Ya verían. Se iban a enterar cuando triunfara. No tenía ni idea de la vida salvo que quería comérmela a dentelladas.

Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

El crimen más truculento de Atapuerca.

Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 53

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más mediático de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 53

Michael Donovan preguntó en el telefonillo por mi padre, quien le abrió la puerta de nuestro portal. Papá se mostró muy amable y sumiso con él, como si le debiera la vida. Michael se instaló en casa ante el evidente disgusto de mi madre, quien hizo como si fuera invisible, impaciente ante él, pero sin atreverse a echarlo de casa porque Donovan decía que mi padre le había invitado a nuestra casa de Málaga, más apetecible en agosto para un inglés que algodón de azúcar para un niño en el Tivoli World.

—Pero nosotros dentro de una semana nos vamos a Venecia —dijo mi madre, cortante como el hielo.

Yo la conocía. No iba a echar a Donovan, pero se subía por las paredes. Se quejaba amargamente a mi padre, que le quitaba importancia al hecho de tener al profesor de okupa en mi habitación.

—Oh, perfecto, dentro de una semana espero estar en Madrid. Quiero ver El Prado —dijo Donovan, que tenía más cara que espalda, mientras me guiñaba el ojo ante mi evidente regocijo.

—Los ingleses son unos gorrones —bramó mi madre cuando Michael Donovan no podía oírla—. Vas a Inglaterra y no te invitan ni a una patata frita. Pero este tío, con todo su morro, llega aquí y se instala en casa de una familia a la que apenas conoce durante una semana. Interrumpe la vida familiar. ¡Qué falta de respeto, coño!

Como si la vida familiar fuera un tótem sagrado para mi madre, pensé hosca.

Mi padre odiaba el conflicto, salvo cuando estaba en fase maníaca. Entonces sí que disfrutaba de la gresca y buscaba la polémica y las peleas, entonces sí le hacían gracia los altercados, las broncas, las discusiones, los gritos, los debates iracundos. Pero papá ya estaba deprimido. Se sentía demasiado culpable para confesar que él había invitado a Michael a venir a Málaga durante el congreso de Birmingham cegado por su impulsividad, en un arrebato de euforia desorbitada.

—Viene aquí y se mete en la vida de una familia, en la vida de las niñas, que no tenemos la casa preparada, ni comida hecha, y encima la chica está de vacaciones. Es que me revienta. Qué gorrones son los ingleses, coño —gritó mi madre.

Yo me reí a escondidas. Sentía una oscura satisfacción al ver a mi madre desquiciada. Por una vez, yo no era la culpable.

—Dice que lo ha invitado tu padre y tu padre no dice nada. Pero ¿cómo le va a invitar tu padre?, ¿en qué cabeza cabe? —dijo mi madre.

Pero yo sabía que sobre ese punto en concreto Michael Donovan no mentía.

—Vas e invitas aquí a los profesores ingleses a buenos vinos, a tapas, a buen jamón y luego vas allí y no te invitan ni a una cerveza —siguió mi madre.

Michael Donovan me cayó bien nada más conocerlo. Era un inglés trilero y encantador, aficionado al vino y a los boquerones fritos, amable y encantador. Solo ver el efecto letal que causaba en mi madre ya me hacía ponerme de su lado.

Además, Donovan me trataba con una atención exquisita, con una delicadeza prístina, como si yo fuera una chica prometedora y con talento. Para colmo, se mostraba paciente con mi inglés dubitativo y torpe.

En su maleta Donovan no solo traía el bañador, las bermudas, calzoncillos, camisetas, camisas y las sandalias Scholl para llevarlas con calcetines blancos que tenía todo buen inglés que venía a Málaga, también traía fósiles humanos de la Sima de los Huesos. Eran réplicas, por supuesto.

Una tarde de domingo en la que hacía terral, el calor era africano y no podíamos ir a la playa, Donovan le enseñó los cráneos a papá. Yo me colé en su habitación, que en realidad era la mía. Yo había sido desplazada al sofá forrado de tela color frambuesa que estaba en el salón del fondo.

—¿De dónde son? —preguntó papá sosteniendo uno de los cráneos con su mano morena.

—De la Sima de los Huesos —contestó Michael.

Sentí un estallido de emoción. Me embargaron la sorpresa, la excitación infantil, el estupor.

—Son 200 000 años más recientes que lo que dice Sinaloa. No son Homo heidelberguensis, son neandertales. Una especie más primitiva, sí, pero neandertales. Estoy escribiendo un artículo —dijo Michael.

Las manos le temblaron. Me di cuenta de que se sentía al borde de lo más importante que iba a hacer en su carrera académica. Su oportunidad para tener éxito.

—¿Para qué revista? —pregunté. De repente sentí un mórbido placer al saber que mi madre estaba fuera de la habitación, excluida de nuestra conversación, excluida de nuestra complicidad. Papá me quería más a mí, estaba más unido a mí. Al menos cuando estaba de ese humor jubiloso y festivo como aquella tarde, en la que su depre se había esfumado. Sin embargo, cuando papá se deprimía, recurría, desesperado, a mamá, que nunca le fallaba.

Michael Donovan bajó la cabeza, avergonzado.

—Para Evolutionary Anthropology.

—Seguro que estará genial, coño, Michael —dijo mi padre mostrando euforia cuando no debía, sin filtro.

Pero yo advertí la decepción en la cara de Michael y él se dio cuenta de mi sorpresa genuina. Su tesis científica se iba a publicar en una revista de segunda fila. En su mundo solo contaba lo que se dijera en Nature o Science, donde publicaban Jesús Sinaloa y Max Rey sus artículos.

—¿Quién te ha dado todo esto? —preguntó papá.

—No te lo puedo decir. Es un secreto.

Meses más tarde, mientras bebíamos vino en bares de Málaga, papá elucubró muchas conspiraciones, ideas calenturientas sobre la abierta y virulenta rivalidad que reinaba en Atapuerca, concibió sospechas acerca de quién había facilitado esas réplicas de cráneos a Donovan. No se me escapaba que quien lo había hecho estaba muy cerca de Jesús Sinaloa y lo había traicionado. Papá decía que había sido Max Rey, o algún secuaz de Max Rey, porque quería vengarse de Jesús, que en su momento fue alumno de Max y su mejor amigo. Yo participaba excitada de las teorías conspiratorias de papá.

—¿Por qué no su mano derecha?

—¿Antonio López?, ¿con todo lo que le debe a Sinaloa?

—Cosas más raras se han visto —dije, muy excitada.

—Matar al padre.

—O un becario despechado.

—Alguien a quien se le prometió un contrato y luego no se le dio.

Durante aquella tarde de fulgurantes revelaciones, quimeras fantásticas y planes para aportar nuevas hipótesis a la teoría de la evolución humana, papá sacó dos botellas de Alión de uno de los tres trasteros del sótano que tenía alquilados en nuestro edificio, cortó queso y pan e improvisó una merienda en mi habitación.

Michael Donovan nos contó, con un entusiasmo desbordante, lo que había descubierto.

—Es una bomba de relojería, ¿lo sabes?, ¿no?

—Lo sé. Nos hemos estado creyendo una teoría dominante que es mentira. Es hora de poner las cartas sobre la mesa. La Sima de los Huesos no es un lugar de enterramiento premeditado. Excalibur no tiene un significado simbólico. El agua ahogó a esos humanos.

Michael se refería a Excalibur, el bifaz de piedra rosada tallado de forma muy exacta que el equipo de Sinaloa había desenterrado de la Sima de los Huesos.

Yo lo escuché con avidez, quizás porque ya entonces anidaba la ambición secreta de contar algún día esa historia.

Michael Donovan bebió vino como si no hubiese un mañana y devoró las viandas que trajo papá de la cocina como si no hubiera comido en su vida. Charlamos y reímos hasta el amanecer. Me lo pasé genial. Yo era como papá: fantasiosa y con altibajos de humor. Me dejaba llevar por la euforia y los sueños con facilidad, era muy ingenua, tenía pasión por las quimeras que olían a fracaso.

Gracias, Michael Donovan. Tú me diste mi pasaporte para Atapuerca.

Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

El caso más mediático de Atapuerca.

Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 59

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El fascinante secreto de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 59

—Cierra la puerta —dijo Ruscalleda.

Así que iba a ser uno de esos desahogos broncos.

Luisa lo obedeció. Se acercó a su mesa. Una foto de él con Felipe VI. No se sentó. Prefería encajar los golpes de Ruscalleda de pie.

—No es profesional eso que has hecho ahí dentro.

—Y su informe es muy profesional.

—O controlas tus ataques o estás fuera de mi unidad. No quiero malos profesionales en mi equipo. Y tú vas cagada tras cagada. ¿Qué le digo a la ministra?

—¿Que no enchufe a sus amigos?

La ministra de Interior solo se rodeaba de varones en los que confiaba.

— Y sigues. ¿Qué te he dicho? ¡Fuera de mi vista! La próxima vez te juro que te abro un expediente. ¡Ya tienes uno! ¿Te acuerdas?

—Sí, señor.

—Bueno, no te lo repito dos veces. Quien avisa no es traidor.

—Está bien, señor.

—Deja de comportante como una niña. ¡Haz tu trabajo!

Tres días después, la inspectora Baeza queda con el juez Gaicano a comer en el Restaurante Casa Ojeda, en la calle Vitoria número cinco. Cordero lechal a la brasa, morcilla de burgos, ensalada mixta y una botella de Matarromera.

—Sin el error de Jiménez, no estaríamos empantanados en este caso —dijo el juez Gaicano.

—¿Me lo dices o me lo cuentas?

—¿Crees que Jiménez está encubriendo a alguien?

—Oh, no. Es solo que es idiota.

—Max podría estar en la cárcel ahora. ¿Te das cuenta?

—Sí.

—¡Qué desastre de país! Menos mal que me jubilo, Luisa. Hostia, cuento los días. A mí me queda poco, pero vosotros lo tenéis más jodido.

—Bueno, también hemos tenido más vida muelle —dijo Luisa por decir. A ella cada cosa que había conseguido en la vida le había costado sangre, sudor y lágrimas.

—Eso es verdad.

—Jiménez conoce a la ministra del instituto. Son amigos.

—Pues entonces bula papal.

—Y aquí no tenemos un Innocence Project.

—No.

The Innocence Project se fundó en Estados Unidos para detectar condenas injustas. Cada año recibían miles de cartas de posibles inocentes que llevan más de dos décadas en prisión. No dan abasto. Los abogados y voluntarios de The Innocence Project investigan solo el uno por ciento de los casos que les llegan. Gracias a las pruebas genéticas que han hecho han sacado de la cárcel a trescientos culpables, incluidos dieciocho condenados a muerte.

—¿Sabes lo que dicen ellos respecto a las mordeduras humanas?

—Ilústrame, Luisa.

—Comparar los dientes de un acusado con las huellas en el cuerpo es, de lejos, subjetivo y propenso a error.

—No me das más que alegrías, Luisa.

—Voy a hablar con Ruscalleda. Esto no puede seguir así —dijo ella mientras sentía el aleteo del miedo. El despropósito la atemorizaba. Meter a un inocente en la cárcel la martirizaba.

—Max Rey nos ha demandado.

—Me alegraré si nos saca hasta el hígado —dijo Luisa con voz feroz.

—Dice que parte de la pasta gansa que va a sacar al Estado español va a ir para ayudar a Junqueras, otro inocente en la cárcel.

—Hummmm.

Meterse en las aguas fangosas del procés en plena comida le daba urticaria.

—El vino está muy rico —dijo con voz baja.

—¿Qué sería de nuestra miserable y perra vida sin los pequeños placeres?

Luisa se quedó callada. Pensó que Max Rey podía haber sido un nuevo Levon Brooks.

Era noche cerrada en Brooksville (Mississippi), un 15 de septiembre de 1990, cuando secuestraron a la pequeña Courtney Smith, que tenía tres años. Courtney dormía en su habitación junto a sus dos hermanas de seis y un año. Su cama daba a la ventana. Un tío suyo, de treinta y siete años, descansaba en el sofá cuando la niña desapareció. Su abuela también se había quedado a dormir en casa. Su madre había salido de bares con su mejor amiga.

—Pensé que las niñas estaban cuidadas —dijo después.

Cuando Ashley, de seis años, se despertó, se dio cuenta de que Courtney no estaba en su cama.

—¿Está Courtney contigo? —preguntó su madre a la abuela cuando volvió de farra.

—No. Está contigo.

Gritaron su nombre, avisaron a la policía, preguntaron a los vecinos. Pero Courtney no apareció.

Dos días después encontraron el cadáver de la niña sumergido en un lago a cien metros de su casa. La habían violado y asesinado.

La policía le pidió a la madre de Courtney que escribiera una lista de doce personas cercanas a la niña.

Levon Brooks se convirtió en sospechoso de la policía porque era un exnovio de la madre de la niña.

El inspector encargado también se centró en otro hombre: Justin Albert Johnson. Su exmujer y su hijo vivían cerca de la casa de Courtney. El día del secuestro de la niña Justin había estado en su casa.

El forense Steven Haynes hizo la autopsia de la víctima y demostró que había sufrido agresión sexual. También encontró marcas de una mordedura en la muñeca derecha de la niña. Le pasó el caso a Michael West, odontólogo forense en Mississippi, con el que Haynes ya había trabajado antes. West certificó que era una mordedura humana. Sacó moldes dentales de doce sospechosos, incluido Justin Albert Johnson. Pero no le hizo la prueba a Levon Brooks.

Diez días después del asesinato de Courtney, la policía interrogó a Ashley, su hermana de seis años. Le enseñaron fotos de los sospechosos. La cría aseguró que había visto a Levon Brooks en casa ese día. También dijo que llevaba una moneda en la oreja. Levon tenía un pendiente en forma de aro en la oreja derecha.

Levon trabajaba como portero en un club nocturno de Brooksville al que solo iban negros. Dejaba entrar gratis a la madre de Courtney porque le gustaba.

La noche del 15 de septiembre salió de trabajar a la una y media de la mañana, la mitad del fragmento de tiempo durante el que fue posible el secuestro de Courtney, Levon lo pasó en su club, donde le habían visto numerosos testigos.

 —¿Qué sabes del asesinato de Courtney?

—No sé nada.

—¿La conoces?

—Sí.

—¿Cuándo fue la última vez que la viste?

—No me acuerdo. Hace meses.

¿Creían que lo había hecho él?, ¿era posible? El surrealismo de lo irreal se trocó en el pánico de lo real cuando el 25 de septiembre, en la cárcel, West sacó un molde de su dentadura.

West testificó durante el juicio que Levon mordió a la niña con sus dos incisivos. Dos marcas de la mordedura de la víctima y dos dientes del acusado coincidían.

—Nadie salvo Levon Brooks pudo morder el brazo de esa niña —dijo West.

Cuando Ashley testificó en el juicio por el asesinato de su hermana, incurrió en varias contradicciones. Sin embargo, su testimonio fue dado por válido.

Por su parte, la defensa de Brooks intentó rebatir la credibilidad y conclusiones de West. También se centró en la falta de móvil por parte del acusado.

—Acababa de conseguir un nuevo trabajo que le encantaba como portero, cocinero, aparcacoches de un club nocturno. Además, se acababa de enterar de que iba a tener una hija.

El jurado, tras deliberar más de nueve horas, condenó a Levon Brooks a cadena perpetua.

Cuatro meses después de que se condenara a Levon Brooks, otra niña fue asesinada y violada en similares circunstancias a las de Courtney. La víctima también tenía tres años, la raptaron de su casa y encontraron su cadáver sumergido en un arroyo.

La investigación de la policía se centró en Kennedy Brewer, expareja de la madre de la niña. El doctor Steven Haynes también hizo la autopsia y encontró mordeduras en el cuerpo. Volvió a llamar al doctor West, odontólogo forense, para que las analizara. Este confirmó que eran mordeduras humanas y que Brewer era su autor. Al acusado se le condenó a muerte en 1995.

En 2001, The Innocence Project se involucró en el caso de Brewer. Hizo pruebas de ADN y demostró que el semen hallado en la niña no era de Brewer. Este hecho lo excluyó como culpable. Se anuló su condena. Sin embargo, permaneció entre rejas seis años más mientras esperaba someterse a un nuevo juicio. Se consiguieron nuevas pruebas forenses que encajaban con el perfil de Justin Albert Johnson, del que la policía había sospechado al comienzo de la investigación que inculpó a Brooks.

Durante el interrogatorio de la policía, Johnson confesó ser el asesino de las dos niñas, aunque negó haberlas mordido. Tras su confesión el 15 de febrero de 2008, se liberó a Brewer. El 13 de marzo de ese mismo año, Levon Brooks también recuperó su libertad.

Johnson está ahora en la cárcel de Macon, en el condado de Noxubee, Mississippi, cumpliendo cadena perpetua. Dijo que oía voces que le ordenaban matar a las niñas después de esnifar crack, al que era adicto.

The Innocence Project también investigó la praxis profesional del doctor Haynes. Comprobó que el forense hacía entre 1200 y 1800 autopsias al año en el estado de Mississippi, seis veces más de la media. Le condenaron a pagar una multa de un millón de dólares al año. El estado dejó de contar con él como forense. Seis de los informes periciales y declaraciones como testigo de West eran erróneos.

Levon Brooks pasó más de dieciocho años en la cárcel de Parchman por un crimen que no había cometido.

—No voy a permitir que la cárcel cambie al hombre que soy.

Al salir de prisión, Brooks se casó con Dinah, su novia, y abrió un pequeño restaurante detrás de casa. Durante los fines de semana invitaba a los vecinos a ver el fútbol en la tele del garito. Por la noche, la gente bailaba en un ambiente alegre y relajado.

Murió de cáncer en enero de 2018. Tenía cincuenta y ocho años.

La cumbre de la fama de una huella de mordedura en el cuerpo de la víctima como prueba forense coincidió con el caso Ted Bundy.

Bundy era un psicópata seductor que atraía y engañaba a las mujeres con su belleza física y su labia. Parecía un príncipe azul. Una noche se coló en la hermandad Chi Omega de la Universidad de Florida, donde violó, pegó y estranguló a dos chicas de veintiún años: Lisa Levy y Margaret Bowman. La policía no encontró ninguna huella. Eso sí: estaba su semen dentro del cuerpo de ambas chicas, pero a Jeffreys le faltaban siete años para descubrir la prueba de ADN.

Las únicas evidencias con las que contaba el inspector de la investigación eran dos mordiscos del agresor en el cadáver de Lisa Levy. Hubo suerte porque la noche del 14 de febrero de 1974 un agente de policía detuvo a Bundy cuando se dio cuenta de que conducía de manera extraña. Un odontólogo hizo un molde dental de Bundy gracias a una orden judicial. Las marcas de las fotos a escala 1:1 de los dos mordiscos de Lisa Levy coincidían con el molde dental del detenido.

Souviron, odontólogo forense, testificó durante el juicio del asesinato de Lisa a favor de la fiscalía y concluyó que los dientes de Bundy habían mordido a la víctima. Levine y Sperber, dos odontólogos más, lo confirmaron. El caso Bundy tuvo un inmenso impacto en la utilización procesal de la huella de una mordedura como evidencia forense.

 El 24 de enero de 1989, a Ted Bundy lo ejecutaron en la silla eléctrica. La noche antes de morir comió su última cena: filete poco hecho, huevos fritos, patatas fritas, tostadas con mantequilla y mermelada de fresa, zumo de naranja y un vaso de leche.

Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

El fascinante secreto de Atapuerca.

Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.