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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 8

Ilustra la novela los crimenes de Atapuerca. El crimen más escalofriante de Atapuerca.

Sinopsis

Queridas amigas: comparto con vosotras el capítulo 8 de mi novela “Los crímenes de Atapuerca”. Os recuerdo la historia. El crimen más escalofriante de Atapuerca.

A Míriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 8

Carla, angustiada, corre hacia Cueva Mayor, se acerca a la puerta enrejada de Portalón, que está precintada por un cordón policial. El juez de guardia levanta el cadáver acompañado de la secretaria judicial, que toma notas en un bloc.

Es noche cerrada. La una de la mañana. Carla siente que le vacían las entrañas cuando ve a dos agentes que salen de Cueva Mayor portando el cadáver de Miriam metido en una bolsa funeraria negra, reposando sobre una tabla espinal.

—Hija mía, hija mía, aquí estoy, hija mía —aúlla Carla.

Ese aullido animal. Luisa solo lo ha oído dos veces. Cuando le dijo a aquel hombre que su niña había aparecido asesinada en aquel pozo cerca de Castro Urdiales después de que una vidente le hubiera convencido de que su hija de cuatro años estaba sana y salva, y a sí misma cuando volvió a la cueva de Rota y Toni, su hermano, había desaparecido con el monstruo.

Carla vuelve a aullar. No es agradable escuchar ese aullido de mamífera más allá de la desesperación. Ha perdido a su cría. La pesadilla empieza. No va a acabar nunca. Nada de lo que le diga Luisa va a poder consolar a esa madre. Lo sabe porque Luisa ha estado en ese lugar que está más cerca de la muerte que de la vida.

Un solo segundo te puede cambiar la vida para siempre.

Luisa coge a Carla del brazo y la retiene mientras le dice que no se acerque. Una mano invisible presiona el corazón a Luisa, que ahora se acuerda de Toni, su hermano. Siente que dentro de ella se desencadena una tormenta helada, llena de viento y nieve y desesperación.

Toni está a su lado. Tiene seis años como cuando desapareció.

—¿Por qué no volviste a buscarme, Luisa? Te esperé, te esperé. Pero no viniste —dice el niño.

La angustia cierra la garganta a Luisa.

—Me ha matado a mi hija. Hijo de puta, me ha matado a mi hija —grita Carla.

Desde una distancia de dos metros, Jesús Sinaloa mira cómo Quique, su hermano y padre de Miriam, abraza a su mujer.

Jesús arranca a andar por la cuesta embarrada fuera de Cueva Mayor y se seca las lágrimas que arrasan su cara con las mangas de su jersey.

Los dos agentes trasladan el cadáver al coche funerario. Otro agente abre la puerta trasera. Los policías meten dentro el cadáver de Miriam.

Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

Un viaje increíble a Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 6

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Un crimen espeluznante.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 6

Jesús Sinaloa guía la visita por la excavación de Cueva Mayor a los estudiantes del instituto Manuel Machado. Los adolescentes recorren la superficie rocosa húmeda, resbaladiza, y echan un vistazo a la bocana ancha, oscura y telúrica de la Sima de los Huesos. De allí Sinaloa y su equipo sacaron a mano toneladas de sedimento profanadas por bandidos y arqueólogos aficionados desde el siglo xviii hasta que consiguieron alcanzar los niveles de excavación. En la Sima no encontraron fósiles de herbívoros ni herramientas líticas. Pero sí más de doscientos osos, Ursus deningeri, amontonados dentro de la cavidad. También descubrieron leones, lobos, zorros, linces, garduñas y comadrejas.

Las paredes de la cueva están cubiertas de andamios para poder excavar en los niveles superiores.

Jesús cuenta a los alumnos que la acumulación de fósiles humanos del Pleistoceno Medio en la Sima es la más importante del mundo.

—Y también aquí se encontró al primer hombre asesinado de la historia. Hallamos un cráneo de hace 430 000 años con grandes agujeros en la frente —dice Jesús.

—¿Qué había pasado? —pregunta Max Rey, que aparece en la puerta de Cueva Mayor. Con su gran altura, bigote rotundo cano, aire enjuto y orgulloso, su salacot calado sobre su poderosa cabeza, siempre impresiona la primera vez que lo ves.

Max mira a Miriam. Esta le sostiene la mirada y esboza una sonrisa que derrocha encanto.

Cruz de Atapuerca en el Camino de Santiago.

—Chicos, os presento a Max Rey, el jefe de todo esto —dice Jesús con cierta sorna mal disimulada.

—Lo dice para hacerme la pelota. Pero no vas a quedarte con la Dolina por ello y la Liga la ha ganado el Barça —responde Max.

Los adolescentes se ríen, excitados.

—¿Qué tal estás? —dice Jesús.

—Fenomenal. —Max le escruta con los ojos amusgados—. A mí me sacan de aquí con los pies por delante —dice mientras se levanta el salacot.

Jesús lo ignora y prosigue con su historia.

—Es un misterio. El cráneo lo descubrimos a quince metros de profundidad. Es el cráneo número 17.

Un neandertal primitivo asesta con una piedra un golpe mortal en la cabeza de otro, que cae abatido al suelo. Luego el asesino tira el cadáver al agujero negro y profundo de la Sima de los Huesos.

—Hay pruebas forenses de que lo mataron —dice Jesús—. Lo que le convierte en uno de los primeros casos de asesinato documentados de la historia —añade—. Recogimos cincuenta y dos fragmentos de hueso. Descubrimos que el cráneo tenía dos lesiones mortales que penetraron en el hueso frontal, justo encima del ojo izquierdo del muerto.

—¿Seguro que no fue un accidente o una caída? —pregunta Max.

Jesús Sinaloa responde que los golpes se los dieron de arriba hacia abajo, lo cual confirma que fue un asesinato.

Max reposa otra vez su mirada sobre Miriam. La adolescente lo mira, desafiante y halagada. Por fin baja la mirada y sonríe.

Una hora después, Maite, la madre de Luisa Baeza, da vueltas alrededor del bar Los Geranios. El aparcamiento está iluminado bajo las iridiscentes nubes. Paredes encaladas y desconchadas, goteras, escombros, basura y ruina, un sitio que ha conocido tiempos mejores. Luisa llega con su coche, aparca, mira a su madre esperándola fuera. Se toma su tiempo antes de salir. Suspira, agotada.

Por fin sale. Su madre y Luisa ni se abrazan ni se besan. Se miran como dos felinos a la expectativa. La mirada a la defensiva de Luisa escruta a su madre. Se fija en sus manos, que tiemblan. Su madre se da cuenta de que su hija la mira. Esconde sus manos detrás de la espalda.

—¿Qué tal estás? —pregunta Luisa.

—Mejor que nunca —responde Maite.

—No es eso lo que me cuenta Mar —dice Luisa.

—Tu hermana es una exagerada que se ahoga en un vaso de agua —dice su madre—. Si me incendiaran la casa, yo también sería una drama queen —espeta Luisa, cansada ya de su madre, y acaba de verla.

—De eso no hay peligro porque yo nunca viviría en tu casa —dice Maite.

—Eso me alivia, madre —responde Luisa.

Un silencio tenso se remansa entre madre e hija.

—¿Vas a vivir sola en ese piso? —pregunta por fin Luisa a su madre.

Primer asalto. La dinámica de su relación disfuncional que se repite en bucle. No se quieren. Siempre las mismas pullas, los mismos reproches.

—Por supuesto que sí. A lo mejor me cojo a un chulazo y me gasto la herencia de tu padre —dice Maite.

—Mi padre no dejó herencia, pero sigue con tu ego en plan Blanche Dubois —dice Luisa.

—¿No sabes que quieren construir aquí un hotel?

—Creía que Atapuerca era patrimonio de la humanidad.

—Poderoso caballero es don dinero.

—Siempre ha sido así.

—Mira que eres cruel, ¿qué te he hecho? —dice su madre.

 —Nada. Yo soy así por naturaleza: cruel —dice Luisa.

—Te has quedado sola, Tomás ya no pudo más, ¿eh? —dice Maite.

Golpe en estómago. Malestar que le oprime el pecho como una lápida.

—Eso no te importa —dice Luisa, tensa.

Voy a estrangular a Mar. Bocachancla.

—Y a ti sí te importa cómo tengo que vivir mi vida —sentencia Maite.

Un silencio incómodo flota en el ambiente.

—Te morirás sola, Luisa, te encontrarán quince días después de muerta porque un vecino se quejará del mal olor —dice Maite.

—No te olvides de los pastores alemanes husmeando, madre. ¿Por eso me has llamado? —pregunta Luisa.

De repente, todo cambia. Su madre se va, angustiada, coge el móvil para llamar a un taxi. Tropieza, se cae, se tuerce el tobillo y se pone a llorar, vulnerable como una niña. Luisa se acerca y la ayuda.

—Mamá, ¿te has hecho daño? Perdona, mamá, no quería ponerme así. —La niña culpable que Luisa lleva dentro aflora de repente.

El bolso de su madre despanzurrado sobre la grava. La madre alarga una mano para recogerlo. Luisa coge antes que ella el bolso y se lo alcanza. De repente, Luisa mira unos papeles caídos sobre la grava y se da cuenta de algo. Mira a su madre.

—¿Qué es esto? —pregunta Luisa hojeando los papeles—. ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Quieres que renuncie a mi herencia? ¡Ja, ja, ja!

Si te ha gustado el capítulo de “Los crímenes de Atapuerca”,compártelo. Te lo agradezco. Me ayudas mucho.

Un crimen espeluznante.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 3

Sinopsis

Queridas lectoras: comparto con vosotras el tercer capítulo de mi novela “Los crímenes de Atapuerca”. Os recuerdo la historia:

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más increíble de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 3

Mientras conduce, Luisa se pierde el cielo diáfano y luminoso, sin rastro de nubes y las vistas a la sierra de la Demanda, en la que se crio y que conoce como la palma de su mano. Su mente absorbe toda su atención y borra la realidad que la rodea como si fuera una bayeta húmeda que friega los restos de suciedad sobre una mesa.

Luisa anticipa y escenifica en su mente la discusión que sabe que va a tener con su madre nada más llegar a Atapuerca.

Mar, su hermana pequeña, ya no quiere cuidar más de su madre, y esta no puede vivir sola, a pesar de que sea lo que ella quiere. Luisa quiere ingresarla en una residencia. Si algo tiene claro es que ella no va a cuidar de su madre. Mamá es bipolar y no se toma la medicación, lo que va a ser una juerga para toda la familia. Mamá está en estado maníaco. Fuegos artificiales, champán descorchándose, risas como burbujas resplandecientes en la noche.

Mar le ha dicho a Luisa que todos estos años lleva ella ocupándose de mamá, que no es justo. Mamá está demente y quiere dominar a toda la familia como ha hecho durante toda su vida. Ha incendiado la casa en un descuido, y Luis, el marido de Mar, un santo varón, le ha dado un ultimátum a su hermana: o él o su madre se van de casa. Mar, además, tiene dos niñas, la menor de dos años. ¿Podría Luisa vivir con ella durante unos días ahora que ha vuelto a Burgos?

No, coño, no.

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El crimen más increíble de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 2

Me hace ilusión compartir con vosotras, queridas lectoras, el segundo capítulo de mi novela “Los crímenes de Atapuerca” (Editorial Caligrama, 2021) Os hago un resumen para aquellas que no conozcan la historia que cuenta la novela.

Campaña  de excavación de 2019. Sima de los Huesos. Atapuerca.

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca con su instituto, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El cadáver aparece sobre un charco de sangre, con los brazos y las piernas rotos posmortem.

La inspectora de la Policía Judicial de Madrid, Luisa Baeza, que creció en el bar Los Geranios,  a la entrada de Atapuerca, vuelve a Burgos, con el corazón desgarrado después de separarse de su pareja de toda la vida y presa de un grave conflicto familiar con su hermana: el decidir quién se hace cargo de su madre bipolar.

Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de Miriam junto al subinspector Miguel Ángel Aduriz. Expulsada de la Policía Judicial de Madrid por agredir a un acusado y víctima de una investigación interna que la ha sometido a escarnio público, Baeza se enfrenta profunda crisis personal y se obsesiona con un caso policial en el que busca una redención. Pero volver a casa también significa enfrentarse a sus demonios y a su pasado.

La historia tiene lugar en una Atapuerca desangrada por sus guerras intestinas: el equipo de la Dolina enfrentado al de la Sima de los Huesos por el reconocimiento, el prestigio y el poder.

Capítulo 2

10 horas antes. Atapuerca

Un autocar lleno de adolescentes se acerca al yacimiento. Los chicos, abismados en sus móviles, se mandan wasaps mientras oyen música trap por sus cascos. No prestan ninguna atención al entorno de increíble belleza que se cuela por las ventanillas. La sierra de Atapuerca, con sus perfiles violetas, sus lomas de encinas y arbustos color verde oliva, sus campos amarillos de trigo y avena loca, salpicados de amapolas como manchas de sangre.

Miriam tiene solo dieciséis años y ya se siente hastiada de la vida. Se apodera de ella un nihilismo pesimista que le hace desconfiar de la supuesta pureza y buenas intenciones de la gente. La adolescente se siente asqueada del mundo. El instituto es un entorno hostil que aborrece. Su casa es otro campo de minas, donde sus padres no paran de pelearse, del que quiere escaparse en cuanto pueda. La chica está sumida en una crisis existencial. Está pasando momentos negros.

Miriam es una chica muy guapa, morena, de pelo largo, con un piercing en la nariz y un tatuaje de una garza real en el brazo que le costó una buena bronca en casa.

Ahora, cuando faltan pocos minutos para llegar a Atapuerca, Miriam adelanta una y otra vez en su cabeza el momento en el que va a ver a su tío Jesús. Ya ha pensado en lo que va a hacer. Lo saludará como si no pasara nada. Pero el diablo lo lleva dentro. Miriam rabia al revivir la humillación que le inflige su madre al engañar a su padre con su propio hermano, Jesús. Pero ya no tendrá que aguantar mucho más. Pronto cumplirá los dieciocho y será libre. En cuanto sea mayor de edad, se irá de casa con Marco y empezará por fin a vivir. No volverá a ver a su madre. Esa será su venganza.

Piedras cerca de Atapuerca, en la ruta del Camino de Santiago.

La inspectora de homicidios Luisa Baeza recorre con su BMW azul cobalto la carretera que lleva de Burgos a Atapuerca. A pesar de que suena la voz sexy y aguardentosa de Bruce Springsteen en su iPod conectado al sistema de reproducción de música, a pesar de que oír a Bruce siempre la anima, Luisa no puede evitar sentirse al borde de la desesperación.

Hey, little girl, is your daddy home?

Did he go away and leave you alone? Mmmmmm.

I got a bad desire.

Oh, oh, oh, Im on fire.

«No pienses, no pienses, para, para», se dice Luisa a sí misma.

En el bar Los Geranios, justo a la entrada de Atapuerca, Maite espera a su hija Luisa. Sostiene nerviosa unos papeles en la mano. Es incapaz de estarse quieta y da cortos paseos inquietos alrededor de una casa y un bar que tienen pinta de llevar varios años cerrados.

Luisa mira en su móvil un wasap de Tomás, su marido, que permanece sin respuesta: «Cógeme el teléfono. Llámame».

La cabeza de Luisa viaja al pasado. Una mano le da al play de la cinta de una discusión con Tomás, su ex. Ahora su mente da versiones mejoradas de lo que le gritó en su momento. Qué puta mierda es la vida. Tiene que desengancharse del lorazepam como sea, está empanada y todo le parece bien, una pauta ajena a su personalidad salvaje. Solo hasta que supere la crisis y el divorcio que está atravesando.

—Te dejo —dice Tomás sin poder mirarla a la cara.

Luisa lo mira como si hubiera visto a un fantasma.

—¿Cómo se llama ella?

 —No hay ninguna «ella».

—Y Trump ha ganado las elecciones de forma limpia. Vete a tomar por culo.

—Ya nunca lo hacemos —dice Tomás.

—O sea, que ahora la culpa es mía —dice, despacio, Luisa.

—No.

—No me quieres —suelta Luisa sin pensarlo demasiado. El silencio de Tomás y su cabeza gacha son ominosos.

Luisa lo mira, derrotada.

—¿Es por lo de los niños? —pregunta Luisa con voz muy bajita.

Tomás niega con la cabeza.

—Cuando me conociste sabía que no quería.

—No es por eso.

—¿Y por qué es?

—Tienes un muro dentro. Es imposible llegar a ti. No puedo más.

—Cambiaré.

—No, la gente no cambia, Luisa.

—Yo sí. ¿Por qué, Tomás?

—Porque estás siempre deprimida o cabreada.

Touché.

El móvil de Luisa suena. Es su hermana Mar. Luisa mira al techo del BMW y suelta un bufido. Coge la llamada y pone el manos libres. Silencia a Bruce.

—Luisa, soy yo. Mira, mamá está insoportable. No, no quiere ir a la residencia. Ya sabes cómo es. Me veo en Navidades empantanada y ella todavía en casa. No puede estar sola. Bueno, ya lo sabes. Y encima venga a mandar. Yo me tengo que cuidar. Tengo una depresión en pie. Al final mamá nos entierra a ti y a mí.

—Mar, cálmate.

—Tú lo ves todo muy fácil, hermanita. Desde Madrid se ve todo muy fácil.

—Mamá va a ir a la residencia quiera o no quiera.

—Conjunto residencial para mayores.

—Lo que sea.

—Luisa, te tengo que decir algo.

Luisa contiene la respiración.

—Mamá ha dejado el litio.

—Coño.

—Ya, tía. Está fatal. Te lo aviso. No hay quien haga carrera de ella. Está cerril. A ver si a ti te hace caso.

—Sería la primera vez.

—¡Qué guerra da mamá, coño!

—¿Me lo dices o me lo cuentas?

Gracias querida lectora por compartir conmigo esta aventura. Leer es un refugio en la vida. Te dejo el enlace a “Los crímenes de Atapuerca”

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 1

SINOPSIS

A Miriam Sinaloa, una estudiante de dieciséis años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de La Sima de los huesos. La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención. El crimen más oculto de Atapuerca.

CAPÍTULO 1

Andrea y yo nos ponemos los monos rojos manchados de arcilla, los arneses, los cascos de mineros con luz frontal, cogemos las linternas, nos subimos las cremalleras, nos ajustamos las cámaras Gopro en el casco antes de sumergirnos en el laberinto oscuro y frío de la Sima de los Huesos que tiene forma de calcetín.

La única investigación que importa en la vida es la de averiguar quiénes somos. Esa frase parpadea en la pantalla de la mente de Andrea ante de abismarse en el tobogán negro de la Sima de los Huesos. Baja por la escala anclada a la bocana que se balancea inestable.

Andrea es la nieta de Max Rey, codirector del proyecto Atapuerca y máximo responsable de la excavación en La Gran Dolina. Todo el mundo decía en Atapuerca que Max la dejaba bajar a la Sima sin control porque era una enchufada. Pero Andrea, que fue testigo del asesinato de su madre a los cuatro años de edad, ha soportado demasiado sufrimiento en la vida como para que le afecte a su serotonina las pullas de algunos. Su infancia es su caja negra. Sin embargo si sobrevives a los fantasmas del pasado, te haces fuerte porque ya no te importa lo que te pase.    

Yo la miro con cara de preocupación. He aceptado bajar con Andrea a la Sima de los Huesos porque quiero vigilarla. La última vez que descendió sola a excavar estuvo tanto tiempo en el agujero que se quedó sin oxígeno. Max tuvo que llamar al 112, que la salvó in extremis después de que entrara en parada cardiorrespiratoria.  

La excavación se divide en cuadrículas. El trabajo se aborda excavando en los estratos que corresponden a un fragmento de tiempo de la Prehistoria.

 

Es el yacimiento funerario más antiguo del mundo. Allí se encontró un fósil de 430.000 años de antigüedad, el famoso cráneo número cinco, también conocido como Miguelón, Homo heidelberguensis o neandertal primitivo -todavía hay polémica- conservado gracias a las increíbles condiciones de temperatura y humedad de la excavación.  

La Sima de los Huesos alberga la colección de fósiles humanos más completa de la era del Pleistoceno Medio. Se han encontrado 50 esqueletos completos de homínidos. Se ha logrado descifrar ADN humano en fósiles de hace medio millón de años. Hay muy pocos yacimientos donde se conserve ADN tan antiguo como no sea bajo el hielo. La Sima es única. No hay otro sitio donde se pueda extraer ADN mitocondrial tan antiguo.

Del techo de caliza cuelga la única planta que hay, al lado del termómetro. La temperatura se mantiene en diez grados. Estamos a treinta metros de profundidad. La concentración de oxígeno es muy baja. Movernos nos cuesta mucho esfuerzo a Andrea y a mí. 

Sierra de la Demanda en verano.

Unos huesos sobresalen como estacas grotescas del suelo de barro.

-Son fósiles de oso-dice Andrea-Los humanos están abajo-añade y se vuelve hacia mí, con esa sonrisa aniñada que me llena el pecho de emoción.

Los sedimentos han bajado hacia la base de la sima, una profunda hendidura de catorce metros de profundidad. Un puré de barro del que emergen huesos humanos que se fosilizaron hace medio millón de años.

-Me da miedo mirarlos por si se deshacen-digo.

-Ja, ja, ja-se ríe Andrea. La alegría burbujea en mis venas por haberla hecho reír.

Cada doce meses quitamos sólo veinte centímetros de barro. Es un trabajo paciente y desesperante.

-¿Qué hay?-pregunto.

-De todo-contesta Andrea-. Costillas, vértebras, cráneos, huesos de manos y pies, huesos de brazos y piernas.

Media hora antes Andrea y yo hemos estado en la Sala de los Cíclopes. El silencio era absoluto y sobrecogedor. Oía cómo caía una gota de agua al suelo con un eco que reverberaba en el túnel a oscuras. Andrea enfocó con su linterna. Era un fascinante sepulcro de calma sellada al vacío. El techo se encontraba a veinte metros de nuestras cabezas. Me invadió un gigantesco alivio por estar en un espacio más grande antes de meterme en el agujero.

Ahora, ya dentro de las entrañas de La Sima, nos adentramos en un cementerio de primitivos neandertales. Jesús Sinaloa, codirector de Atapuerca, se equivocó. Los homínidos que están enterrados aquí no encajan en la especie africana Homo heidelberguensis como él dijo años atrás.

Andrea y yo nos arrastramos por la tortuosa base de la Sima que tiene una altura de un metro cuadrado. Apenas caben cinco personas dentro. 13 grados centígrados de temperatura. 95 por ciento de humedad. Oxígeno al límite. El suelo es limoso, un barro de arcilla que se pega a los monos. La pared de roca kárstica aplasta nuestras caras. Me fijo en las manchas de color marfil en las paredes. Atisbo unas grandes piedras encima. Si la Tierra temblara, se desprenderían y nos aplastarían. La sensación de claustrofobia se puede tocar con las manos dentro de la Capilla Sixtina de la evolución humana.

La Sima de los Huesos es uno de los tres yacimientos que componen Portalón de Cueva Mayor. Los otros dos son La Galería de los Cíclopes y la Galería de las Estatuas. A Andrea sólo le interesa bajar a la Sima de los Huesos donde el año pasado desenterró los restos del cráneo 16, al que llamó Ana, por la chica de la que estaba enamorada y que acababa de morir por hipoxia mientras trabajaba dentro del gran túnel funerario.

La muerte de Ana sumió a Andrea en una depresión de la que aún no se ha recuperado del todo.

Durante esta campaña de 2019 el objetivo es excavar en la zona de paso entre la rampa y la cámara distal. Pero Andrea tiene su propia hoja de ruta.

Sin embargo, la niña bonita de Jesús Sinaloa, el director de Portalón y La Sima de los Huesos, es la Galería de las Estatuas situada a 350 metros de Cueva Mayor. La mayor parte del equipo trabaja en los sondeos de las dos catas excavadas. Allí hacen arqueología molecular en un yacimiento ideal para ello ya que está sellado. El principal problema que plantea la secuenciación de ADN de los homínidos desenterrados es que es muy cara y, muchas veces, no aporta novedades a la investigación. Pero Jesús dice que es una nueva manera de investigar la evolución humana.

Andrea y yo llegamos a la base de la Sima de los Huesos. El yacimiento tiene 700 metros de túneles bajo tierra. Nos apoyamos sobre tablones manchado de arcilla roja. Los tablones se han puesto para proteger el sedimento que se excava. Los paleoantropólogos trabajan tumbados sobre la madera.

Andrea y yo nos arrastramos sobre el suelo hasta llegar a la cuadrícula en la que estamos excavando en busca de un nuevo esqueleto de neandertal primitivo.

Me adentro en el corazón del yacimiento de fósiles humanos más rico del mundo. Me embarga una emoción brutal. Descarga de excitación efervescente. Me siento muy viva.

-Los arrojaban muertos-susurra Andrea mientras graba la claustrofóbica cavidad con su Gopro-Por una entrada que no es ésta.

-¿Se ha descubierto?

-No.

A oscuras, a tientas, al llegar a una de las cámaras funerarias donde los Neandertales primitivos amontonaban los cadáveres, de repente yo toco algo pegajoso, enfoco con mi linterna y reculo. Mi corazón me da un vuelco. Suelto un escalofriante alarido. Me estremezco de pánico.

El cadáver de una adolescente desnuda, con la cabeza reventada de un martillazo, descansa sobre un lecho de sangre, sobre los tablones de madera.

Andrea se acerca a gatas al cuerpo que tiene unas marcas tatuadas en el pecho. La toca.

-¿Quién es?-pregunta.

-Vámonos de aquí.

Me ahogo. El oxígeno no me llega al cerebro. Boqueo. Mi cámara Gopro oscila, desquiciada y graba el horror que estoy viendo en la oscuridad sobrenatural. Andrea empieza a hiperventilar. Se mete la mano en uno de los bolsillos de su mono rojo y saca un inhalador para el asma. Se lo coloca en la boca y aspira muy fuerte.

-Es Miriam-dice, con voz ahogada.

El crimen más oculto de Atapuerca.

“Los crímenes de Atapuerca” de Nuria Verde.

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El crimen más oculto de Atapuerca.

“El verdadero tercer hombre”. Capítulo 2

Queridas lectoras, comparto con vosotras, el segundo capítulo de mi novela “El verdadero tercer hombre” (Ediciones del Viento, 2020) Cuenta la historia de la amistad y viajes de mi padre, Aurelio Verde, con el escritor inglés Graham Greene. Es una carta al padre porque él ya murió. Era el amigo español de Graham Greene.

En 1979, un profesor universitario, un hombre alegre pero marcado por profundos cambios de humor, se convirtió en «el tercer hombre» del escritor Graham Greene. Y esta es la historia que nos narra su hija. Leopoldo Durán, un cura católico amigo de Greene, profesor de inglés en la Universidad Complutense, le propuso una aventura que el padre de la autora no pudo rechazar: viajar con él y con Graham Greene durante los veranos de la década de los 80 por España y Portugal.  El verdadero tercer hombre es una road movie literaria de tres amigos que viajan en un Seat 1430 por una España que está cambiando para siempre. Durante esas escapadas, Greene gesta su novela Monseñor Quijote.  El verdadero tercer hombre cuenta una amistad de tres hombres muy diferentes, que se quieren, se pelean, se ríen, se emborrachan y tiran de carretera y manta durante once años de sus vidas.  Durante los viajes, Graham Greene desgrana mil y una anécdotas, confiesa al profesor la verdadera razón por la que no le habían dado el premio Nobel de Literatura, quién era el amor de su vida y su miedo cerval a morir solo.  Pero Graham Greene y el padre de la autora son dos hombres bipolares: creativos y geniales cuando están de buen humor, oscuros cuando la depresión y la irritación acechan.  Una historia de creación literaria, de vidas como novelas, de novelas como vidas, de viajes, de amistad masculina hasta el final, de familias infelices e hijos que sufren las consecuencias de tener a un padre que padece un trastorno bipolar. Pero El verdadero tercer hombre también es la historia de ese «tercer hombre», un padre a su vez hijo huérfano de una familia que había perdido la guerra, un niño que para salir de pobre tuvo que estudiar en un seminario e inventarse a sí mismo desde cero. Es la historia de una generación en España: la de la postguerra que se hizo a sí misma y que, en la década de los sesenta y setenta, cambió este país para siempre.

Aquí os dejo la reseña que me hizo la periodista Paula Carroto, en “El Confidencial”. Muchas gracias Paula.

Mi amigo Bernardo, tomándose un café con el tercer hombre

Capítulo 2

Desde que conoció a Greene mi padre nos atormentó con un montón de anécdotas de esos viajes. Que si fueron a visitar a Mariah Newell a Sintra, “Maraiah” la llamaba mi padre, una antigua amante de Greene, enfermera de la Cruz Roja, a la que conoció en la época de la revolución de los Mau Mau en Kenia, que si Graham escribía sus quinientas al día pasara lo que pasara, que si Graham le llamaba a mi padre El tercer hombre porque era el tercero en discordia, en los viajes de los tres amigos, que si a Graham no le gustaba comer marisco porque lo consideraba una costumbre bárbara y decía que él no se peleaba con la comida, que si Graham se afeitaba con una cuchilla de afeitar porque afeitarse con maquinilla le hacía sentir dependiente de la electricidad y eso no le gustaba un pelo. ¿Qué pasa si te toca afeitarte en medio de la selva? Pues que no tienes luz, ‘Guilermo’, le dijo Graham una vez a Papá. Mi padre dejó de afeitarse con maquinilla.

Mi padre y Graham Greene en la carretera durante un picnic. El escritor siempre con su vasito de vino en la mano, sus gafas prendidas del ojal y su guayabera.

A lo largo de los años, en las sobremesas familiares, mi hermana Marta cada vez que mi padre se ponía a contar batallitas sobre Greene y sus viajes con él, huía despavorida de la mesa para ver en la tele el Euromillón. Yo me quedaba escuchándolo porque la historia me parecía una mina de oro puro. Y, a los quince años, con una ceremonia de velas en la intimidad de mi habitación, ya había hecho los votos para ser escritora. Le había prometido a Dios que no me moriría sin haber escrito la historia sobre Graham Greene y mi padre.

Después del intento suicidio de mi padre en el año 2001 que abrió en canal a mi familia, descubrí que hablar de Graham Greene con Papá tenía en mí un efecto sedante y neutro, que me alejaba de las conversaciones perturbadoras e inquietantes que Papá y yo manteníamos en nuestro piso 15 del Paseo Marítimo que daba al gran faro y al Club Mediterráneo en Málaga, me distanciaba de sus gritos y sus ataques repentinos de ira por cualquier tontería. Me chiflaba hacer preguntas a Papá sobre Greene y a él le encantaba hablar sobre su amistad.

Escuchar historias de Greene era huir del conflicto, una de mis modalidades favoritas a la hora de vivir, que había convertido en un arte en sí mismo. Frente a una copa de Calvados, aunque no deberíamos beber porque aquel verano tanto mi padre como yo estábamos tomando antidepresivos, Motivan, y ansiolíticos, lorazepam, pero ya se sabe cómo somos los depresivos: daríamos los dos brazos por sentirnos mejor, charlábamos sobre Greene y los viajes que habían hecho juntos. Una vía de escape. Lo mismo que Greene decía sobre la literatura.

“Escribir es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, o los que no pintan o componen música, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana.”

-¿Sabes por qué no le dieron el Premio Nobel a Greene?-me preguntó mi padre un día mientras, con el dorso de su mano derecha alisaba el mantel rojo sobre la mesa de teca que nos habíamos traído hacía quince años en la mudanza desde Madrid, alineando las migas en una fila irregular que parecían hormigas blancas muertas.

-¿Por qué era católico?-dije yo, insegura y asustada. Nunca sabía qué responder a las preguntas de mi padre que a veces realizaba de forma obsesiva queriendo ejercer su superioridad de profesor y proyectar sobre mí su complejo de inferioridad, lo cual tampoco era muy difícil porque yo era un caldo de cultivo ya abonado.

A mi padre le encantaba tener a un auditorio cautivo. Durante esas charlas de sobremesa me hacía rehén suyo -mi hermana y mi madre huían de la mesa sobre todo si coincidía con que mi padre estaba en estado maniaco, entonces se podía tirar horas y horas hablando sin parar, diciendo paridas y de vez en cuando también contando algo interesante, para irse a ver los Simpson a la tele, ay Bart qué gracioso vestido de smoking, soltaba Mamá- y yo consentía.

-No, mujer no, qué disparate-dijo.

-No lo sé.

-Es un secreto.

-Ah.

-Greene tuvo una aventura con la mujer de un académico sueco. Se fueron una semana a Portugal para estar juntos y vivir su historia de amor. Greene perdió la cabeza por ella. Pero cuando ella volvió a casa, su marido se suicidó. Los colegas suecos de la Academia nunca se lo perdonaron a Greene y le pusieron la cruz. Por esa razón jamás le dieron el premio Nobel.

-¿Te lo contó él?

-Sí, una vez mientras desayunábamos en el Parador de San Marcos. Estábamos los dos solos. El cura no estaba. De repente, Graham me hizo esta revelación.

Mi padre y Greene tomando una copa de ginebra Beefeter en el parador de San Marcos.

Me quedé con el corazón en la boca. Él me dijo que no tenía nada qué ver con ser católico el que no le hubieran dado el Nobel.

Yo ambicionaba, con el corazón ansioso y voraz de los veinte años, contar esa historia de mi padre y Greene en una novela. Pero lo intentaba, una y otra vez, y fracasaba. No salía nada. Quería empezar el primer capítulo narrando ese secreto y luego hablaría de mi padre, una figura enigmática, fantasmagórica, fantasioso, crucial en mi vida, al que yo estaba muy unida. Pero escribía y escribía pero no llegaba a ninguna parte. No sabía que para acabar una novela hay que no saber escribir y aun así escribir, escribir y escribir, desesperarse y aun así empecinarse en terminarla con una voluntad de hierro. Escribir no se acaba nunca.

“El tercer hombre”, la mítica película de Carol Reed. En la imagen, Orson Welles.

Una noche me sorprendí viendo una película en la tele cuyo guion era de Greene. Era El tercer hombre. La persecución de Joseph Cotten a Orson Welles por las alcantarillas de la Viena de postguerra me fascinó. Blanco y negro, una

energía de desolación y muerte, el tráfico de penicilina. Un muerto que está vivo. La historia se vinculó a la infancia de Papá. Cuando era pequeño y Papá vivía en Barakaldo un día también tuvo que salir a la calle para conseguir ampicilina como fuera, en el mercado negro, para salvar a su hermano pequeño de tres años, mi tío Jesús, que tenía los pulmones infectados y estaba al borde de la muerte. Papá la consiguió y volvió a casa como un héroe.

La película empieza con la secuencia de un funeral: el de Harry Lime (Welles) que luego resulta que está vivo. Greene le confesó a mi padre que El tercer hombre era el libro con el que había ganado más dinero. La génesis de la obra es bien curiosa: Greene escribió el guion de la película con Korda pero antes quiso escribir la novela, con el objetivo de planificar mejor el guion ya que él no era guionista sino novelista. Pero al final Greene creyó que era mejor el guion que la novela. Incluso le satisfizo más el final cinematográfico que había cambiado. Aun así el libro tuvo un gran éxito y vendió mucho.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 61

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más sangriento de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 61

Hace un mes, cuando Carla llegó a su casa, se cabreó nada más entrar al no encontrar a su hija Miriam en su habitación estudiando para el examen de Matemáticas que tenía. Sintió cómo crecía la animosidad que se había forjado entre su hija y ella desde que Miriam había alcanzado la adolescencia.

Carla fue al salón, donde Lucas estaba tumbado en el sofá jugando con el iPad al Brawl Stars.

—¿Dónde está tu hermana? —preguntó.

—No lo sé.

—Dímelo ahora mismo, Lucas.

—Que no lo sé te digo.

—Yo sé dónde está.

En el descampado no hay nadie. Solo están Marco y Miriam. La chica fuma hierba aspirando por la boquilla de un narguilé que Marco ha traído junto con dos litronas de Ámbar que ha robado de su casa.

Están sentados en un sillón de escay reventado por cuyas rajas sale una espuma amarilla como grasa subcutánea. Marco prepara los cubatas en vasos de tubo de plástico, también robados de casa, restos de una fiesta que su padre había dado con la gente de Atapuerca cuando encontraron el fémur de Eva en la Sima de los Huesos. Marco también había mangado el J&B y las latas de Coca-Cola.

Miriam expulsa el humo blanco al fresco aire de la tarde. El ambiente se carga con un olor acre a marihuana. Las nubes como un edredón blanco desfilan por la planicie azul pálido del cielo.

Miriam y Marco se besan. A Miriam la maría le da sueño y hambre y ganas de encerrarse en sí misma y no hablar con nadie.

Paran de besarse.

—¿Luego nos pedimos una pizza? Me muero de hambre.

—Está mi madre en casa. Pero ella pasa.

—Qué suerte. La mía es una loca que no me deja en paz.

Miriam y Marco se vuelven a besar. Al principio a Miriam le gusta, pero luego enseguida se cansa. Es como dar vueltas dentro de un agujero vacío, viciado, que no le aporta nada. Pero no puede parar, no ahora, porque Miriam sabe que cortar el rollo a un tío mientras te estás enrollando con él es romper una de las reglas tácitas que rigen la adolescencia. Aun así, tiene ganas de dejar de mover la lengua dentro de la boca de Marco, que huele a marihuana, a tabaco, a whisky, pero no puede hacerlo.

Al principio Marco le gustaba, pero cuando la besaba dejaba de gustarle. No sabía besar. No le daba placer. No era delicado ni experto. Era tosco, bruto.

Sin embargo, a Miriam le encantaba cómo Marco desquiciaba a su madre. Salir con él era una forma de vengarse de su progenitora, de todo lo que la había ignorado durante su infancia. Y el lunes al menos podría contar una versión muy mejorada de la experiencia real a Lucía y Marga, sus mejores amigas en el instituto. Adornarlo. «Tía, fue como 50 sombras de Grey». Miriam ni siquiera se había leído el libro. Pero todas las chicas presumían de sus experiencias sexuales en el instituto si pertenecías al grupo de las enrolladas como ella. Y Miriam por nada del mundo quería ser una pringada. Una apestada. Una leprosa como la Potrilla. La llamaban así porque era la hija del chófer de la ruta que recogía y llevaba a alumnos que vivían lejos del centro y del instituto. Era un hombre paleto y desgraciado de un pueblo de Málaga, Villanueva del Trabuco. Le llamaban el Burro. Su pobre hija, que venía de la Asunción, un colegio de monjas, donde era respetada y valorada por su carácter dócil y sus buenas notas, su concentración, en el instituto Manuel Machado era vilipendiada y humillada. Un día unas chicas de clase le habían llenado la melena rozada de pipas y chicles, le habían bajado los pantalones delante de todo el mundo. Encima la desgraciada tenía unas encías pronunciadas que sobresalían cuando hablaba y sonreía. Claro que la Potrilla había dejado de sonreír hacía mucho tiempo.

De repente, un Toyota Auris blanco apareció en el horizonte del descampado. El ruido, la furia, su madre. Miriam se separó de Marco como si le hubieran aplicado una corriente eléctrica. El Toyota derrapó en la tierra y salpicó piedrecitas de grava.

—Coño, no.

—Mierda.

Su madre salió del coche dando un portazo.

—¿Qué haces aquí?

—Mamá, por favor, no la montes —tono hastiado.

—Ven conmigo.

—No. Me quedo con Marco.

—Sube al coche ahora mismo te digo.

Delante de Marco no podía obedecer sumisamente a su madre. Perdería cincuenta puntos de enrollada en el instituto.

—Estás drogada.

—Es solo tabaco.

—¿Te crees que soy gilipollas?

—No estamos haciendo nada —balbució Marco.

—Tú cállate. Cierra la boca. Te quiero lejos de mi hija. Ni te acerques a ella, desgraciado —gritó Carla.

—Señora, no.

—Cierra la puta boca. Deja en paz a mi hija, ¿me oyes? Como le des más droga a mi hija, te denuncio, hijo de puta.

—Mamá, por favor.

—Súbete en el coche ahora mismo, idiota. Estás tirando tu vida a la basura.

—Mira quién fue a hablar, la que engaña a papá con su propio hermano.

Carla sintió la cara arder de vergüenza. La ira impulsó su mano contra la cara de su hija. La bofetada sonó como un disparo. Miriam la miró, rencorosa.

—En cuanto pueda me voy de casa.

—Pues ya estás tardando.

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Un viaje alucinante a Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 58

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El asesinato más estremecedor de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 58

En la sala de reuniones olía a sudor y orines, a grasa de hamburguesa, a comida china, a gases mefíticos, a humanidad. Una gran mesa de cristal con los bordes mellados que había conocido tiempos mejores. Sillas a ambos lados.

Por la ventana empañada por regueros de lluvia sucia se veían las agujas caladas con influencia germánica de la catedral, obra de Juan de Colonia.

En las sillas pegadas a la pared gris claro estaban sentados Jiménez y Ruscalleda. Ambos tenían la mandíbula tensa, pero aparentaban la relajación propia de los impostores de nacimiento, como si estuvieran en una situación favorable y Luisa fuera la culpable y no ellos.

La inspectora Baeza supo que Jiménez no iba a admitir que había metido la pata hasta el fondo.

—Como sabes, se ha descartado a Max Rey como sospechoso.

—Mi informe pericial era correcto, lo hice con el máximo rigor científico. Descartar a Max Rey es un error.

«Soplapollas fantasma». A ella le molestó su tonillo autoritario de tenor, su exhibición de resoplidos de suficiencia y muecas de desprecio. Le pagaban por eso. Luisa se murió de ganas de levantarse y pegarle un puñetazo con todas sus ganas en toda la nariz. ¡Zasca! Luisa se murió de ganas de ver a Jiménez sangrar como un cerdo delante de ella.

—Señor Jiménez, las cámaras de seguridad han descartado a Max como sospechoso. Es imposible que él lo hiciera. ¿Sigue creyendo usted que su informe pericial era correcto? —preguntó Aduriz con cara de monje atormentado.

Luisa captó una risa en el fondo de su pregunta. Una perversa satisfacción aleteó dentro de Luisa. Contaba con un inesperado y útil aliado. Ella, que siempre se había sentido sola. «Gracias, Aduriz, por no ser un pelota ni un reptil servil».

Jiménez se pellizcó el mentón con el dedo índice y el pulgar de su mano derecha.

Luisa se tensó con una rabia incrédula. No podía ser verdad. Ese capullo se había equivocado en el peritaje de la mordedura de la víctima. Menuda cagada. Era un desastre. Jiménez era más falso que un duro sevillano. Y luego los políticos se colgaban medallas bramando que teníamos la mejor Policía Científica del mundo cuando habíamos quedado como cocheros después de que la perito 161 dijese que los huesos de Ruth y José, los niños de Córdoba asesinados por su padre, José Bretón, eran de animales. Se había necesitado del peritaje de Etxeberría para certificar que eran humanos.

¿Y si ahora ella hacía lo mismo?, ¿y si pedía una asesoría externa?, ¿a quién?, ¿y cuánto dinero iba a costar?

—No me puedo creer que digas eso. ¿Cómo puedes decir que tu dictamen tiene rigor científico? ¡Y yo soy la Virgen de Lourdes! Menuda jeta tienes.

—Luisa, cálmate.

—Tuve mucha presión y mucha falta de medios —farfulló Jiménez.

Un brillo feroz le cubrió la mirada.

—¡Eso no es verdad!

Luisa estaba fuera de sí. Había causado un daño profundo a Max Rey. Era muy grave lo que había pasado. Y ella había sido la ejecutora. Echó un vistazo a Aduriz, que miraba al suelo emanando un olor a vergüenza.

—Hay que hablar con Gaicano, poner a Max en libertad.

—Controlar a la prensa.

—La prensa es incontrolable.

—Pedir perdón.

—¿Por qué iba a pedir perdón?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 52

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más truculento de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 52

Seis meses antes. Madrid

Al día siguiente, en clase, estaba resacosa, pero feliz. La catedrática de Prehistoria, Mercedes Solís, nos dijo:

—Andrea Rey quiere dar la oportunidad a uno de vosotros para excavar con ella en Atapuerca durante la campaña que viene. Para ello deberéis ganar un concurso. Hay que escribir un artículo de investigación sobre algún aspecto del trabajo paleontológico que se hace en Atapuerca. Es a vuestra libre elección. Andrea leerá vuestros artículos y elegirá al ganador que se empotrará en su equipo de la Gran Dolina.

—Yo sí que me la empotraría —dijo una voz masculina ronca.

Risas ahogadas.

—Silencio.

El corazón me latió muy deprisa. Mi cabeza se vació de pensamientos. Mi mente se aquietó y se empapó de silencio. En una ráfaga de lucidez, embargada por una excitación infantil, supe exactamente de qué iba a escribir el trabajo.

Tenía suerte. Baraka. Por una casualidad del destino, por un giro raro de la vida, por una conexión extravagante y una amistad inverosímil de mi padre, yo había conocido a Michael Donovan, el profesor del Museo de Ciencias Naturales de Londres, el archienemigo de Jesús Sinaloa, que había cuestionado la datación e identificación de la especie de los homínidos que se habían encontrado en la Sima de los Huesos.

Como todo lo que tenía que ver con papá, conocer a Donovan había sido una charada rocambolesca, un sainete burlesco, una broma excéntrica. Papá había participado en un congreso en Birmingham sobre evolución humana y, al momento, se había hecho amigo de Donovan, quien también daba una conferencia allí. Papá hizo amistad con Michael impelido por un ánimo eufórico e impulsivo, sin apenas conocerlo.

Durante la semana que duró el congreso sobre evolución humana, papá se encontraba en plena cima de su fase maníaca. Habló con los codos, persiguió cualquier falda que se le pusiera a tiro, se bebió media Inglaterra, durmió tres horas al día, salió por la noche, dio su conferencia sobre el primer cuchillo de hierro que se forjó en la península Ibérica, en Castillejos de Alcorrín, Málaga, y quiso dar diez más que no estaban en el programa del congreso, para gran alarma de su organizador, el catedrático Robert O’Shea, que llamó alarmado a mi madre, también profesora de Prehistoria.

Mi padre también se hizo amigo de muchos desconocidos, profesores, alumnos, camareros, recepcionistas del hotel, limpiadoras, taxistas, conductores de autobuses, tenderos. Papá se sentía abierto, hipersociable, animadísimo, de un buen humor insoportable, con ideas geniales que iban a cambiar el mundo y que se le ocurrían a cada segundo.

Una noche me llamó a las dos de la mañana para contarme que se le había ocurrido un método revolucionario para aprender inglés en pocas semanas, que combinaba la música, la psicología y la empatía llevada a un grado extremo. Tenían que ver las neuronas espejo. Yo tenía que ayudarle a escribirlo ya mismo.

—Apunta estas ideas —me dijo.

Le escuché, angustiada y soñolienta. A mis diecinueve años ya había vivido muchas fases altas de papá. Me preocupé. Pero no hice nada. No podía hacer nada. Si le dijera que fuera al psiquiatra o que tomara la medicación, me mandaría a tomar por culo.

Otra madrugada papá me llamó por teléfono para contarme que había escrito un libro genial sobre la filosofía de Marco Aurelio. Yo le seguí la corriente como a los locos, preocupada y a la vez agotada.

Hace dos veranos conocí a Michael Donovan en Málaga. Como todos los veranos, me fui a casa de mis padres porque era gratis, tenía una habitación propia, hacía sol, tenía la comida y bebida pagadas y la playa de la Malagueta enfrente de nuestro piso. Málaga era Shangri-La, el Caribe español.

Mediterráneo, espetos, cerveza, moragas en la playa, palmeras, baños, paseos bajo una luz almíbar, borracheras, conversaciones con mis amigos del colegio León XIII aceleradas y preñadas de una nostalgia demasiado prematura, tan solo teníamos diecinueve años, por Dios, era demasiado pronto para sentir nostalgia. Pero nuestras charlas rememoraban un pasado más esplendoroso al recordarlo de lo que había sido en la realidad. Sentíamos una absurda añoranza de nuestros días de colegio, cuando encerramos al profe de inglés en un armario, cuando pusimos su mesa al borde de una tarima que se levantaba a un metro del suelo de la clase y él posó sus manos sobre la mesa y se cayeron al suelo él y la mesa. Crueldad divertida adolescente que se expresaba en exabruptos de energía, venganza fácil hacia el más débil, el profesor, que está contratado en el colegio por enchufe, por ser el hermano de la directora, y es demasiado tímido, demasiado apocado para defenderse y cortar las bromas de raíz. Porque es inofensivo y bueno los alumnos vamos a por él con inquina. El chivo expiatorio. Ahora me avergüenzo de haber sido cruel con un débil. Pero en su día me alivió la frustración. Era divertido.

De repente, un viernes de agosto, la rutina de días largos y cervezas en la Chancla de Pedregalejo hasta el ocaso, con vistas a la planicie sedante azul añil del Mediterráneo derramándose en la arena, se interrumpió cuando alguien llamó al telefonillo de nuestro piso en el Paseo Marítimo. No esperábamos ninguna visita. Mi madre se sobresaltó muchísimo. Se puso a la defensiva de inmediato. Se irritó. Su casa era su refugio hermético donde cultivaba su privacidad. No quería ver a nadie una semana antes de su viaje a Venecia con mi padre. Se iban ellos dos solos, formaban una pareja absorta el uno con el otro, las hijas nos quedábamos fuera, en los márgenes, desempeñando un papel de observadoras y comparsas, ocasionales blancos de críticas por parte de mi madre. Lo que peor llevaba de volver esos veranos a Málaga, cuando ya me había ido de casa, era la seriedad crítica, profesoral, de mamá, que acrecentaba mi sensación de inutilidad.

Me ahogaba en casa, fregando cacharros, la frustración vibrando, encarando comidas donde solo hablaban mis padres, mi hermana y yo mudas, echándome una siesta donde si tenía suerte el sueño y la masturbación me liberarían durante unas horas de ese sentimiento de falta de valía que me oprimía como una bota en mi cuello cuando estaba en casa.

Mi hermana se reía cuando mi madre me criticaba, yo era una irresponsable, una inútil, una vaga, no trabajaba, no colaboraba en casa, era un parásito, no aportaba nada a la familia, vivía protegida, a la sopa boba. Yo no decía nada, pero arrastraba el rencor durante meses, empapada de un silencio hosco, que ocasionaba más burlas familiares. Quería estar sola. Yo era una solitaria. Tenía el sueño de escribir grandes novelas. Ya verían. Se iban a enterar cuando triunfara. No tenía ni idea de la vida salvo que quería comérmela a dentelladas.

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El crimen más truculento de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 53

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más mediático de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 53

Michael Donovan preguntó en el telefonillo por mi padre, quien le abrió la puerta de nuestro portal. Papá se mostró muy amable y sumiso con él, como si le debiera la vida. Michael se instaló en casa ante el evidente disgusto de mi madre, quien hizo como si fuera invisible, impaciente ante él, pero sin atreverse a echarlo de casa porque Donovan decía que mi padre le había invitado a nuestra casa de Málaga, más apetecible en agosto para un inglés que algodón de azúcar para un niño en el Tivoli World.

—Pero nosotros dentro de una semana nos vamos a Venecia —dijo mi madre, cortante como el hielo.

Yo la conocía. No iba a echar a Donovan, pero se subía por las paredes. Se quejaba amargamente a mi padre, que le quitaba importancia al hecho de tener al profesor de okupa en mi habitación.

—Oh, perfecto, dentro de una semana espero estar en Madrid. Quiero ver El Prado —dijo Donovan, que tenía más cara que espalda, mientras me guiñaba el ojo ante mi evidente regocijo.

—Los ingleses son unos gorrones —bramó mi madre cuando Michael Donovan no podía oírla—. Vas a Inglaterra y no te invitan ni a una patata frita. Pero este tío, con todo su morro, llega aquí y se instala en casa de una familia a la que apenas conoce durante una semana. Interrumpe la vida familiar. ¡Qué falta de respeto, coño!

Como si la vida familiar fuera un tótem sagrado para mi madre, pensé hosca.

Mi padre odiaba el conflicto, salvo cuando estaba en fase maníaca. Entonces sí que disfrutaba de la gresca y buscaba la polémica y las peleas, entonces sí le hacían gracia los altercados, las broncas, las discusiones, los gritos, los debates iracundos. Pero papá ya estaba deprimido. Se sentía demasiado culpable para confesar que él había invitado a Michael a venir a Málaga durante el congreso de Birmingham cegado por su impulsividad, en un arrebato de euforia desorbitada.

—Viene aquí y se mete en la vida de una familia, en la vida de las niñas, que no tenemos la casa preparada, ni comida hecha, y encima la chica está de vacaciones. Es que me revienta. Qué gorrones son los ingleses, coño —gritó mi madre.

Yo me reí a escondidas. Sentía una oscura satisfacción al ver a mi madre desquiciada. Por una vez, yo no era la culpable.

—Dice que lo ha invitado tu padre y tu padre no dice nada. Pero ¿cómo le va a invitar tu padre?, ¿en qué cabeza cabe? —dijo mi madre.

Pero yo sabía que sobre ese punto en concreto Michael Donovan no mentía.

—Vas e invitas aquí a los profesores ingleses a buenos vinos, a tapas, a buen jamón y luego vas allí y no te invitan ni a una cerveza —siguió mi madre.

Michael Donovan me cayó bien nada más conocerlo. Era un inglés trilero y encantador, aficionado al vino y a los boquerones fritos, amable y encantador. Solo ver el efecto letal que causaba en mi madre ya me hacía ponerme de su lado.

Además, Donovan me trataba con una atención exquisita, con una delicadeza prístina, como si yo fuera una chica prometedora y con talento. Para colmo, se mostraba paciente con mi inglés dubitativo y torpe.

En su maleta Donovan no solo traía el bañador, las bermudas, calzoncillos, camisetas, camisas y las sandalias Scholl para llevarlas con calcetines blancos que tenía todo buen inglés que venía a Málaga, también traía fósiles humanos de la Sima de los Huesos. Eran réplicas, por supuesto.

Una tarde de domingo en la que hacía terral, el calor era africano y no podíamos ir a la playa, Donovan le enseñó los cráneos a papá. Yo me colé en su habitación, que en realidad era la mía. Yo había sido desplazada al sofá forrado de tela color frambuesa que estaba en el salón del fondo.

—¿De dónde son? —preguntó papá sosteniendo uno de los cráneos con su mano morena.

—De la Sima de los Huesos —contestó Michael.

Sentí un estallido de emoción. Me embargaron la sorpresa, la excitación infantil, el estupor.

—Son 200 000 años más recientes que lo que dice Sinaloa. No son Homo heidelberguensis, son neandertales. Una especie más primitiva, sí, pero neandertales. Estoy escribiendo un artículo —dijo Michael.

Las manos le temblaron. Me di cuenta de que se sentía al borde de lo más importante que iba a hacer en su carrera académica. Su oportunidad para tener éxito.

—¿Para qué revista? —pregunté. De repente sentí un mórbido placer al saber que mi madre estaba fuera de la habitación, excluida de nuestra conversación, excluida de nuestra complicidad. Papá me quería más a mí, estaba más unido a mí. Al menos cuando estaba de ese humor jubiloso y festivo como aquella tarde, en la que su depre se había esfumado. Sin embargo, cuando papá se deprimía, recurría, desesperado, a mamá, que nunca le fallaba.

Michael Donovan bajó la cabeza, avergonzado.

—Para Evolutionary Anthropology.

—Seguro que estará genial, coño, Michael —dijo mi padre mostrando euforia cuando no debía, sin filtro.

Pero yo advertí la decepción en la cara de Michael y él se dio cuenta de mi sorpresa genuina. Su tesis científica se iba a publicar en una revista de segunda fila. En su mundo solo contaba lo que se dijera en Nature o Science, donde publicaban Jesús Sinaloa y Max Rey sus artículos.

—¿Quién te ha dado todo esto? —preguntó papá.

—No te lo puedo decir. Es un secreto.

Meses más tarde, mientras bebíamos vino en bares de Málaga, papá elucubró muchas conspiraciones, ideas calenturientas sobre la abierta y virulenta rivalidad que reinaba en Atapuerca, concibió sospechas acerca de quién había facilitado esas réplicas de cráneos a Donovan. No se me escapaba que quien lo había hecho estaba muy cerca de Jesús Sinaloa y lo había traicionado. Papá decía que había sido Max Rey, o algún secuaz de Max Rey, porque quería vengarse de Jesús, que en su momento fue alumno de Max y su mejor amigo. Yo participaba excitada de las teorías conspiratorias de papá.

—¿Por qué no su mano derecha?

—¿Antonio López?, ¿con todo lo que le debe a Sinaloa?

—Cosas más raras se han visto —dije, muy excitada.

—Matar al padre.

—O un becario despechado.

—Alguien a quien se le prometió un contrato y luego no se le dio.

Durante aquella tarde de fulgurantes revelaciones, quimeras fantásticas y planes para aportar nuevas hipótesis a la teoría de la evolución humana, papá sacó dos botellas de Alión de uno de los tres trasteros del sótano que tenía alquilados en nuestro edificio, cortó queso y pan e improvisó una merienda en mi habitación.

Michael Donovan nos contó, con un entusiasmo desbordante, lo que había descubierto.

—Es una bomba de relojería, ¿lo sabes?, ¿no?

—Lo sé. Nos hemos estado creyendo una teoría dominante que es mentira. Es hora de poner las cartas sobre la mesa. La Sima de los Huesos no es un lugar de enterramiento premeditado. Excalibur no tiene un significado simbólico. El agua ahogó a esos humanos.

Michael se refería a Excalibur, el bifaz de piedra rosada tallado de forma muy exacta que el equipo de Sinaloa había desenterrado de la Sima de los Huesos.

Yo lo escuché con avidez, quizás porque ya entonces anidaba la ambición secreta de contar algún día esa historia.

Michael Donovan bebió vino como si no hubiese un mañana y devoró las viandas que trajo papá de la cocina como si no hubiera comido en su vida. Charlamos y reímos hasta el amanecer. Me lo pasé genial. Yo era como papá: fantasiosa y con altibajos de humor. Me dejaba llevar por la euforia y los sueños con facilidad, era muy ingenua, tenía pasión por las quimeras que olían a fracaso.

Gracias, Michael Donovan. Tú me diste mi pasaporte para Atapuerca.

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El caso más mediático de Atapuerca.

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