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La importancia de la mentira en guion

la importancia de la mentira en el guion

Hoy vamos a hablar de la importancia de la mentira en el guion. De cómo meter la mentira con naturalidad, de cómo introducir la falsedad en nuestras ficciones. Voy a poner ejemplos prácticos para darnos cuenta de que nuestros personajes son como nosotros. La gente mentimos de forma natural en nuestras vidas.

La mentira en guion posee un peso muy específico, una carga de profundidad para un personaje. En la vida cuando los otros nos mienten, no solemos saber la verdad pero en la ficción, por el contrario, sí, significando que podemos meternos en el alma oscura del personaje, conocer mejor sus miedos y miserias. Y si conociéramos los miedos y desgracias más íntimos de nuestros enemigos, no los odiaríamos.

En la vida se miente por muchas razones: para protegernos, para proteger a otros, para no hacer daño, para dar una mejor imagen, para evitar consecuencias negativas, por miedo, por debilidad, por educación.

En los guiones se miente por las mismas razones que en la vida. Pondré ejemplos prácticos para entender lo importante que es manejar la carta de la mentira a la hora de escribir series de televisión.

Tony Soprano miente a Carmela cuando ésta le pilla en la infidelidad, con la prima coja de su amante rusa. ¿Por qué se entera Carmela? Porque la amante rusa la llama para largárselo. Tony lo niega, lo niega, y lo vuelve a negar. Miente, miente, y miente en una discusión que es la puerta de entrada al divorcio del matrimonio Soprano.

Tony miente en muchas más ocasiones. Adriana miente, y Pussy Bonpensiero también miente. Los federales mienten cuando le tienden la trampa a Adriana. No mentir es no sobrevivir en “Los Soprano”.

Ahora veamos el caso práctico de la serie “Merlí”. Os recuerdo la historia: Francesc Orellana interpreta a Merlí Bergeron, un profesor de Filosofía, que escoge a un grupo de alumnos de bachillerato para convertirlos en “los peripatéticos del siglo XXI”. Como si se tratara de un nuevo Aristóteles, Merlí les enseña a cuestionar las cosas y a reflexionar. Pero, por su carácter irónico e irritante, despierta antipatías en el instituto, porque no todos los profesores están dispuestos a aguantar sus manías.

Como dice Orellana en una entrevista a “El País”, Merlí también es cobarde, manipulador y mentiroso.

En un capítulo que Héctor Lozano dedica a la verdad, valor que Merlí en clase defiende, incluso presume de su capacidad para decir lo que piensa ante sus alumnos entregados, pillamos al profesor de Filosofía en un renuncio. Cuando Angie le pregunta si ha estado con otra mujer después de su relación con Laia, Merlí dice que no, repitiéndolo varias veces y los espectadores sabemos que es falso porque se ha acostado con la madre de Iván.

Pero la desfachatez y capacidad de manipulación de Merlí se desvela sobre todo en la trama en la que Carmina Calduch, la madre del profesor de Filosofía, le pide a su hijo que se busque piso propio y se vaya de su casa, porque ya lleva viviendo en la casa de la mamerta demasiado tiempo. Además Bergeron no hace más que pelearse con su hijo Bruno, lo cual desconcentra y pone de los nervios a “La Calduch”.

Menuda bola suelta a Merlí a su madre, qué rostro de cemento tiene el tío jeta. Atención spoiler.

El profesor de Filosofía le dice que está pendiente de unas pruebas porque puede tener cáncer, una mentira para que su madre no le eche de casa.

Los personajes mienten más que hablan.

Capítulo aparte es Don Draper, el protagonista de la serie “Mad Men”.

El tema de “Mad Men” es la falsedad que vendemos como verdad. La publicidad, objetos de consumo para vender felicidad, paz interior, libertad.

Todo es mentira.

Don Draper miente a Betty Draper, su mujer, una y otra vez, hasta llega a negar su infidelidad con Bobbie, la mujer del cómico contratado por la agencia para vender patatas Utz. Aventura que pone punto y final a su relación con su esposa. Es la gota que colma el vaso.

-¿Cómo has podido engañarme con esa vieja?-le espeta Betty a Don.

Pero también Don se miente a sí mismo con la adicción que tiene al alcohol y al sexo, miente a los demás al no querer hablar de su durísima infancia, miente con su identidad, miente con su nombre, miente con su pasado.

En la escena final de “Mad Men”, Draper incluso tiene una irónica mentira interior en su mente porque, cuando medita en un retiro new age y sonrie, en realidad Don piensa en el famosísimo anuncio de la Coca Cola de los 70 sobre todas las razas unidas como hermanas y en paz.

El capitalismo ha absorbido la contracultura consciente de lo que vende. La gran mentira por excelencia.

Aunque Don Draper cuando suelta trola tras trola tras trola mantiene la confianza en sí mismo. Es el arte de mentir sin que se note en ese mundo de apariencias de la publicidad.

¿Cómo lo hace? Vamos a aprender de él.

  1. Tiene buena postura.
  2. No reacciona.
  3. No trata de convencer a los demás.
  4. Tiene la mentalidad de que va a estar bien pase lo que pase.

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“Málaga 82”. Capítulo 1

Sinopsis

Málaga 82. Sara Rojas es una adolescente que no tiene amigos. La novela relata la historia de Sara y Margarita, alumnas de BUP en la “insignificante” ciudad de Málaga hace cuatro décadas. Margarita es extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encuentra su vida exasperantemente aburrida. Sara, por el contrario, es tímida y no ha conseguido tener ninguna relación desde que se mudó con su familia a Málaga hace un año.

Capítulo 1

Mi amigo Antón ha muerto. Me he enterado por un mensaje en el instagram de A., mi profesora de Literatura cuando tenía quince años. Una sensación de irrealidad e injusticia se ha adueñado de mí. Muerto. Tenía mi edad : 50 años. Me ha entrado una gran melancolía.

Antón fue el amigo que primero me avisó de que si me comía petazetas con Coca Cola me estallaría el estomago. Fue con él con quien vi por primera vez la serie V y la comenté mientras nos comíamos una rata gigante de gominola cual pérfidas Dianas.

Cuando Antón llamaba a mi casa y yo cogía el teléfono mientras mi madre pregonaba desde el lavadero: “¿pero con quién tienes que hablar tanto si os acabáis de ver todo el santo día?” siempre respondía cuando yo preguntaba: “¿quién es?”

-Tu amante el negro.

En 1982, yo acababa de llegar a Málaga desde Madrid. Era una friqui, era más rara que un perro verde, era un patito feo que gritaba en su cabeza:

-Mi vida es un asco. Sólo quiero crecer y que todos se den cuenta de que soy guapa…

No tenía amigos. Era la chica que no tenía amigos y eso me comía la médula, me martirizaba por dentro.

Mis padres me matricularon en el colegio Leon XIII situado en lo alto de una montaña de Pedregalejo. Se subía la colina por la calle del bar Marengo, que hacía esquina, tres metros más abajo estaba el Rolling cuando todavía el Rolling era el Rolling, una pista de patinaje sobre ruedas, y aún no se había convertido en una discoteca llamada Bobby Logan.

Cambiar del colegio Afuera en Madrid al Leon XIII en Málaga fue un shock, un puñetazo en el estómago. Una realidad tan brutal que todavía me duele. Yo, con once años de edad, ya adolecía de una náusea existencial sartriana e intuía que la vida no tenía ningún sentido. Una lucidez feroz me atenazaba. Al irme de Madrid había oído el ruido que hacía la alegría al marcharse.

Mi nuevo colegio malagueño era juegos de sota, caballo y rey, brutalidad, tirarse bostas secas unos a otros, un acento madrileño que no comprendían, niñas que se reían de mí por cómo hablaba, payasa, en Madrid hasta los quinquis hablan fino, los trapicheos de chocolate, los balonazos en el estómago cuando hacía de portera, y la sensación de ser una burla con patas, con un montón de chicos y chicas riéndose de mí en cuánto abría la boca. Un infierno. ¿Por qué nos habíamos tenido que mudar a Málaga?

Eran los tiempos del breakdance, de los calentadores y Eva Nasarre, eran los tiempos de Loli, nuestra asistenta, preparando el puchero y preguntándole a mi padre:

-¿Don Guillermo quiere que desolle dos conejos del campo?-Ante mi horror absoluto, mi parálisis aterrorizada.

Una fortuna caprichosa y aleatoria me había expulsado del sorteo del Paraíso para ir a acabar a dar con mis huesos en un mundo rural y subdesarrollado, en Málaga 1982.

Las pijas del Leon XIII solo hablaban de las fiestas de Lemon, sitio prohibidísimo para una pringles como yo.

Pero yo en realidad me había enamorado de Margarita, una chica canaria que se sentaba enfrente mía en clase pero lo guardaba como un oscuro y pulsátil deseo, muy muy dentro de mí. Si las pijas, los pijos, las chonis, los chonis descubrían que a mí me gustaba Margarita me convertiría en un pato de feria de la caseta del tiro al blanco. Y todavía no había leído “Las consolaciones de la Filosofía ” de Alain de Botton que nos animaban a aliviarnos de la impopularidad con el ejemplo del filófoso Sócrates, un buen hombre al que juzgaron malvado y un grupo saturado de estulticia condenó a muerte en la Atenas de siglos atrás.

Margarita era alta, espigada, y tenía una rizada melena cobriza untada de un acento canario dulcísimo que me derretía las venas cuando la escuchaba dirigirse a mí.

-Sara, te sabes el mapa de España en blanco? Pero bueno nena, cómo estás? ¿Tienes los apuntes de Historia?

Yo era invisible para Margarita. Ella era extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encontraba su vida exasperantemente aburrida. De vez en cuando gritaba cuando salíamos al patio, una terraza de baldosas color terracota que daba al polideportivo rojo, verde, amarillo, de la canchas de futbito, baloncesto, balonmano.

-¡Qué aburrido. Aquí no pasa nada. Qué puta mierda de Málaga!

Yo la miré fascinada, el corazón me latía tan fuerte que se me iba a salir del pecho.

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“Merlí Sapere Aude” o cómo tomarse la vida con Filosofía

Vale, que la Filosofía se ponga de moda gracias a una serie ya es un logro. “Merlí sapere aude” o cómo tomarse la vida con Filosofía. Ya se que “Merlí sapere aude” tiene defectos, el principal como he comentado con C., mi amiga de RTVE, es que no haya ningún personaje femenino positivo, y que las historias de amor heterosexuales sean grotescas, y también que se observe cierta misogínia en la serie.

Pero no es de eso lo que quiero hablar. Ahora mismo me estoy releyendo un libro que me encanta. Se llama “Las consolaciones de la Filosofía”, su autor autor es Alain de Botton.

Alain de Botton nos cuenta la historia de cómo nos consuela la Filosofía frente a la impopularidad, por ejemplo, contandonos el caso de Sócrates, un hombre afable y curioso que no hacía más que pasear por Atenas y hacer preguntas a los viandantes que se encontraba, preguntándoles que opinaban sobre tal y cual cuestión. Sócrates al que un tribunal de atenienses condenó a muerte, a beberse un vaso de cicuta, sin razón alguna, y el filósofo ateniense aceptó su destino con serenidad inusitada ante el lloro y llanto y lamento y crujir de dientes de sus amigos y familiares. Atenas estaba amargada por haber perdido la guerra del Peloponeso y la pagó con el bueno de Sócrates al que acusaron de corromper a la juventud. Pobrecito.

Tomarse la vida como viene

No me interesan una mierda las historietas de amor y sexo ni de “Merlí” ni de “Merlí sapere aude“. Sólo me interesa cómo se enfrentan sus protagonistas a las adversidades de la vida y se aferran a la Filosofía, sólo captura mi atención por lo que se habla de Filosofía y Ética en clase, en una universidad preciosa o en el instituto Ángel Guimerà de Barcelona.

Me pilla cuando Pol Rubio se quita la coraza y revela su miedo al descubrir que tiene sida, me atrapa cuando la Bolaños se enfrenta a su alcoholismo y deja de beber, me absorbe cuando Minerva se va a Argentina porque su abuela se está muriendo en Buenos Aires.

Igual que Alain de Botton se extiende en su libro sobre cómo consolarse del mal de amores con Schopenhauer, o de la ineptitud física y mental con Montaigne, o de la pobreza con Epicuro, o como aliviar la frustración con Séneca a quien Nerón le ordenó cortarse las venas, o como ayudarse frente a las dificultades con la obra de Nietzsche, Héctor Lozano me capta para su secta merliniana cuando escribe sobre Filosofía en una series de adolescente que trasciende el injustamente despreciado género teen.

El sentido vital de la Filosofía

Porque si la Filosofía no sirve para aplicarla a la vida pierde su esencial sentido.

Ambas series cambian al que las visiona porque nos enseñan a ser más críticos, a cuestionar las cosas que nos cuentan los poderosos, y a tomarse la vida la vida como viene sin amargarse a una misma innecesariamente.

Es contraria al signo de los tiempos, a lo que impera hoy en día, a los que nos venden desde Educación que recorta las horas de Filosofía en el Bachillerato después de haber prometido lo contrario.

Filosofar como le pasó a Sócrates es un estímulo a la independecia de espíritu, nos hace más libre, aunque a él le costara la vida.

Igual que “Las consolaciones de la Filosofía”, “Merlí” y “Merlí Sapere Aude” son una guía práctica para resolver problemas cotidianos y torear la vida más serenamente, con el uso inteligente de la Filosofía.

Recordemos que la obra de la que es autor Alain de Botton está inspirada por “La consolación de la Filosofía”, una consolación en 5 tomos escrita por Boecio durante los últimos años de su vida, poco antes de 524 d.C.

-El amor puro es casi un espejismo porque nadie es capaz de darse completamente al otro-dice María Bolaños, como sabéis mi personaje favorito de la serie reflexionando sobre el amor. Sin duda, la Bolaños se merece una tercera temporada de la serie.

Una crítica al guion de “Merlí sapere aude” y “Merlí”: los diálogos son demasiados expositivos del conflicto entre los personajes, apenas hay subtexto o sutileza. Las líneas que sueltan los personajes son demasiado obvias.

Puedes ver “Merlí Sapere aude” en Netflix y Movistar +. Puedes ver “Merlí” en RTVE Play, una plataforma gratuita y en streaming de RTVE.

Lo mejor: Las reflexiones sobre la Filosofía aplicada a la vida. Cuando Pol Rubio se enfrenta a la peor adversidad de su vida.

Lo peor: Falta de personajes femeninos positivos.

Para ver: Sola o con tus hijos e hijas. Con amigas, siempre.

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“Merlí Sapere Aude” o cómo tomarse la vida con Filosofía

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 66

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Es el caso Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como en las mejores novelas negras los crímenes.

Capítulo 66

El bosque de encinas se agita inquieto por el viento fuera de casa. Hace una noche preciosa. Un cielo punteado de estrellas, una luna llena como un globo de luz proyectan un halo misterioso y mágico sobre el jardín.

En la cocina reina el alivio entre nosotros. Andrea ya no tiene esa cara de preocupación que me mortificaba. Ya han puesto en libertad a Max. Han detenido al novio de Miriam, un pájaro de cuenta que traficaba con drogas en su instituto.

—Pronto estará en la calle. No le va a pasar nada —dice Manu.

—En Gran Bretaña son responsables penalmente a los catorce años —digo yo.

—Eso me parece una burrada —dice Helena.

—Bueno, si te hubieran matado a tu hija, no te parecería tan burrada —ataja Sebastián.

Estamos arracimados en la cocina bajo la luz vainilla de la lámpara del techo. Helena se ha peleado con Sebastián. Saltan chispas entre los dos.

Tras una mirada seria, cargada de reproches de ella, Sebastián aprovecha para bajar a la bodega y subir una botella de whisky Macallan.

Saca vasos del armario de la cocina, hielos del congelador, extrae los cubitos y los echa en los vasos. El whisky color ámbar hace crujir el lecho de hielo cuando lo toca.

Hoy he cocinado merluza con gambas al horno. También he asado patatas envueltas en papel de plata. Ahora quito el envoltorio de cada patata y echo un pegote de mantequilla en sus hendiduras abiertas. La mantequilla se funde sobre el lecho carnoso y amarillo de las patatas, que humean. La cocina se satura de un olor delicioso. La tripa me ruge de hambre. Estoy famélica.

Cenamos en la cocina. A nadie se le ocurre proponer comer en el comedor por la pereza de tener que poner la mesa, colocar el mantel, llevar las copas. El salón es demasiado solemne. Estamos cansados. Esta noche nos apetece algo más informal.

Mientras charlamos y ponemos la mesa, partimos el pan, preparamos la ensalada y el aliño y abrimos botellas de vino, nos sentimos cómplices, más unidos que nunca. Una calidez cariñosa flota en el ambiente. Yo me alegro. Sebastián, Manu, Helena y Andrea se han convertido en mi familia, una familia que nunca he tenido.

De pie nos tomamos el whisky que Sebastián nos ha servido mientras vemos el telediario en la tele.

—La policía ha detenido a Marco Herráiz, novio de Miriam Sinaloa, la chica de dieciséis años asesinada el 15 de junio de este año en la Sima de los Huesos en Atapuerca. El caso ha conmocionado al país. Según fuentes policiales, Marco puso el perfil de su novia en una web en la que hombres anónimos pujaban por la virginidad de chicas menores de edad. En dicha plataforma están implicados políticos, empresarios y personalidades de las altas esferas, según la policía. Las mismas fuentes policiales aseguran que se va a rastrear la identidad de los hombres que han participado en la subasta.

En la tele salen las fotos pixeladas de chicas de trece, catorce, quince, dieciséis años, adolescentes con aire aniñado, sonrientes, vestidas con vestidos y tops escotados, aunque sus caras no se reconocen.

Joer, qué asco —dice Helena.

—Y no les pasará nada —apunta Andrea.

—Eso es lo peor —dice Sebastián mientras se lleva un trozo de merluza a la boca que ha picado de la bandeja de barro que acabo de sacar del horno—. La impunidad.

En su habitación del hotel NH, Luisa también ve el telediario de Televisión Española, que presenta Carlos Franganillo, mientras se come un sándwich de pollo con mayonesa caliente y lechuga y tomate y bebe una cerveza Heineken que ha pedido al servicio de habitaciones. La inspectora se acaba de dar un baño caliente acompañada de un whisky Macallan. Ahora siente un agradable hormigueo en todos los músculos de su cuerpo. Le embarga una tensa euforia.

Luisa sabe que debería buscarse un apartamento en Burgos, pagar un alquiler como Dios manda y mudarse cuanto antes y parar la sangría económica que supone vivir en un hotel. Es verdad que el NH le hace un precio por ocupar la habitación a diario, pero aun así le sale caro. Es un gasto que no puede permitirse. Pero a Luisa le da una pereza espantosa ponerse a buscar piso, amueblarlo, comprar el menaje, los utensilios de la cocina, ella, que no cocina y odia lo doméstico. En cambio, adora la sensación de resplandeciente libertad que tiene al vivir en un hotel. El anonimato, la asepsia, la comodidad, la ausencia de cosas personales y recuerdos, la falta de preocupaciones prácticas. Además, tiene todas sus cosas en Madrid. De momento están muy bien allí. Aún no le ha abierto el piso a Tomás para que se lleve sus cosas. Que sufra un rato más. Que se cueza en su propio jugo.

A las nueve y media de la noche, Carla queda con Rafael Espejo en el parque junto al Templete de Música. «Está más viejo», piensa cuando lo ve llegar. Alto, vestido de Indiana Jones, con cara de perro perdiguero, bigote blanco, la coronilla le clarea, nariz romana. Rafael se sienta a su lado. Evita mirarle a los ojos.

—Hola.

—Cuánto tiempo.

—Siento mucho tu pérdida, Carla.

—Gracias.

—Esmeralda te iba a llamar, pero no se atrevía a molestarte en tu dolor.

Carla levanta la mano en un gesto que dice: «Para. No sigas». Rafael se calla. Se mira avergonzado sus zapatos. ¿Qué había sentido? Alivio porque no fuera el cadáver de su hija el que hubieran encontrado en la Sima de los Huesos. Laura también excavaba en Atapuerca. Era arqueobotánica.

—La policía está investigando a Marco. Me ha dicho la inspectora Baeza que no se fía del odontólogo forense, José Jiménez. Que se equivocó con Max. ¿Podrías hacer un examen forense de la mordedura?

Se hace un silencio entre ellos.

—Lo que me cobres no me importa.

—Nada.

—No, cóbrame, Rafa. No quiero abusar.

Él menea la cabeza con un gesto de negativa.

—Por los viejos tiempos.

—¿De verdad de la buena?

—Por los viejos tiempos.

—Gracias, Rafa.

—Lo que no entiendo es por qué Baeza no tira de Nico.

—¿Quién es Nico?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 63

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como en las mejores novelas negras los crímenes.

Capítulo 63

Durante el interrogatorio en comisaría, Marco no podía estar solo porque era menor. Su madre lo acompañaba. La mujer, una morena pija teñida con mechas rubias de sesenta euros, parecía en estado de shock. La inspectora Baeza no sabía de quién tenía más miedo, si de ella o de su propio hijo.

—Vamos a grabar este interrogatorio. Es 2 de septiembre de 2019. Las diez de la mañana. Burgos. En la sala estamos la inspectora Luisa Baeza y el subinspector Miguel Ángel Aduriz con Marcos Herráiz y su madre Carmen González. ¿Qué hiciste el martes 15 de junio a partir de las tres de la tarde? —pregunta Luisa Baeza.

—Me quedé en casa. Estaba malo —contesta Marco.

—¿Algo grave?

—No. Comí algo que me sentó mal.

—¿Lo corrobora usted?

La madre de Marco asintió.

—¿Puede decirlo en voz alta para que quede grabado? —pregunta Aduriz.

—Sí. Estuvo toda la tarde en casa conmigo.

—¿Usted no trabaja?

—Trabajo desde casa.

La madre estaba demasiado segura de sí misma cuando dijo que su hijo había estado esa tarde con ella, lo cual hizo desconfiar a Luisa Baeza.

La inspectora Baeza sacó de su maletín negro una bolsa de pruebas con un móvil dentro. Lo puso sobre la mesa.

—¿Qué es? —pregunta Marco.

—No lo sé. Dímelo tú. ¿Qué es?

—No lo sé.

—Es el móvil que tú le regalaste a Miriam.

—No.

—Sí. ¿Sabes que hay en su WhatsApp?

—No.

—Un chateo contigo. Quedabais el 15 de junio a las dos y media de la tarde a las puertas de Atapuerca.

Luisa mira a Marco, ocultando la profunda aversión que le provoca el chico, un gallito amoral y camello que ha tenido una influencia destructiva en la vida de una adolescente que aún no había empezado a vivir y ahora está bajo tierra, un sociópata manipulador y sin escrúpulos.

—¿Y por qué no salgo en la grabación de la cámara de seguridad?

El chico era listo.

—La cámara no coge todo el aparcamiento. Hay un ángulo ciego: donde se aparcan las motos. ¿Fuiste en moto a Atapuerca, Marco?

—No.

—¿Por qué quedaste con Miriam allí?

—No quedé. Es decir, íbamos a quedar, pero no fui porque me puse malo.

—¿Por qué no nos has dicho la verdad?

La madre de Marco manifiesta una calma sobrenatural. Luisa se da cuenta de que se ha tomado un lorazepam o un Trankimazin. Esa cara de empanamiento ausente no la provocan ni la meditación ni la calma interior. Luisa se habría tomado otro si tuviera a un hijo como Marco.

Los ojos del chico son color azul humo. Intenta gustarle a Luisa. Intenta caerle bien, seducirla.

—Tenía miedo. Soy inocente.

—¿Por qué no le escribiste un wasap a Miriam para decir que no ibas? —pregunta la inspectora Baeza.

—La llamé.

Había una llamada del móvil de Marco a las 2:30 en el móvil de Miriam.

Era listo. Eso había que concedérselo.

—Venga, Marco, confiesa. Tu móvil te sitúa ese día en Atapuerca.

Un farol.

—Yo no hice nada.

—Nos has mentido. ¿En qué otras cosas nos han mentido? —interviene Aduriz.

Aduriz hace de poli bueno. Luisa Baeza hace de poli malo. A veces se intercambian sus roles. Pero Baeza prefiere hacer de poli malo.

—Si confiesas, será un atenuante de la condena —dice Aduriz.

Luisa lo mira. Su colega está cruzando el límite. Pero no dice nada.

—Eres menor de edad. ¿Sabes lo que significa según la legislación española? Que, aunque te condenen por asesinato, irás a un centro de menores. En dos años estás en la calle.

Marco niega.

—Trapicheas con droga en el instituto, ¿no? —pregunta Luisa.

—No.

—No es lo que dicen tus compañeros. Ni el director.

—Y también vendes tu mercancía en el Gil de Siloé.

Carmen mira a su hijo como si necesitara empirularse de forma urgente.

—El análisis toxicológico de los restos del estómago de Miriam revela que había consumido hierba y cocaína. ¿Se las distes tú? —pregunta la inspectora Baeza.

—No.

Hay que apretar más al chico. Hacer que sude la camiseta. Acorralarle.

—¿Para eso fuiste a Atapuerca, Marco?, ¿para darle coca y hierba a Miriam para animarla y que hiciese lo que tenía que hacer?

—No. No sé de qué me está hablando. —Marco suelta un bufido.

Marco siente que la ansiedad le sube. Suda. Le duele el cuerpo. Tiembla. Se le afloja el estómago. Tiene síndrome de abstinencia. Hace veinticuatro horas que no fuma hierba ni toma coca. Su cuerpo es un puro ataque de angustia. Encima allí no le dejan fumar ni tabaco. No soporta la mirada de su madre. Esa repugnancia disimulada, esa pena asqueada. La odia. La odia. Todo se ha jodido. Ya no va a poder irse de casa con Miriam como habían planeado.

—Escucha, sabemos lo de la web —dice Luisa.

Por primera vez el adolescente se encoge, asustado. Eso no se lo esperaba.

—¿Qué web? —pregunta la madre de Marco.

—No sé nada de eso —dice el chico.

—Una web en la que se pujaba por la virginidad de chicas menores de edad. En el Internet oculto —responde Aduriz.

—No.

Carmen mira a su hijo como si este le hubiera dado una bofetada.

—Entraste con un protocolo VPN para que no pudiéramos rastrear tu IP.

—No.

—Sí lo hiciste.

—¿Para qué querías el dinero? —pregunta Luisa.

Marco la mira, angustiado. Para comprarse otra vida con Miriam.

—¿Quién fue el hombre que pujó por Miriam?

—Me acojo a mi derecho de no declarar.

—¿Quedó ese día con él en Atapuerca?

—¿Te pidió que estuvieras allí y no la dejaras sola?

Carmen se estremece.

De repente, Marco se echa a reír, se convulsiona por las carcajadas. Hasta que la inspectora Baeza se da cuenta de que el chico está llorando. Se ha derrumbado. La abstinencia de las drogas que sufre no ayuda.

—Yo no la maté. Yo la quería.

Su madre interrumpe el interrogatorio:

—¿Puedo llamar a mi abogado?

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 62

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más sobrecogedor de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 62

30 de mayo de 2019. 16 días antes del asesinato. Burgos

Desde el quicio de la puerta del laboratorio miro arrobada a Andrea. Anticipo con ilusión en el escenario de mi mente nuestro encuentro. Estar enamorada me hace sentir más viva, flotante y feliz, como si me hubieran inyectado oro en las venas.

Dani, geólogo, analiza los minerales que hay en los sedimentos utilizando la técnica de la difracción con rayos X. Jordi, flequillo largo, ojos verdes que hacen juego con el color de sus zapatillas New Balance, saca una reproducción de parte de la mandíbula de cráneo de un Homo antecessor extraído del TD6 de la Dolina ante un grupo de estudiantes de doctorado de la Universidad Carlos III de Madrid.

—La mayoría de los restos que quedaron escondidos de la prehistoria han desaparecido. ¿Por qué?

—Por el suelo —dice un chico altivo que se cree la última Coca-Cola en el desierto—. Un alto pH2 descompone los huesos, que se acaban mezclando con los sedimentos. Si vemos que hay calcio, potasio, estroncio, deducimos que había huesos.

—Y otras veces las raíces de plantas y árboles roban los minerales de los huesos y los pulverizan.

Al fondo, pendida sobre el visor del microscopio electrónico, Andrea acerca su cabeza a Esther, una becaria, una chica avispada y guapa con una lánguida melena morena que le llegaba hasta el culo, nariz patricia y un aire de seguridad en sí misma que le venía desde la cuna. Tenía una desenvoltura que yo nunca llegaría a poseer ni después de siete de reencarnaciones. Parecía una nínfula de quince años de las que le gustaban a Humbert Humbert, aunque tenía veinticinco años. Tras su sonrisa de cordera dulce oculta unas ansias de poder y éxito feroces que Andrea es incapaz de ver. Está prendada de la chica. Ella disimula con la astucia artística de los trepas. Unos celos negros me devoran.

—¿Este cuchillo de piedra era roca metamórfica, sedimentaria, ígnea?, ¿de dónde procede?, ¿lo dejaron cerca o lejos de la Dolina? —pregunta Andrea.

Esther levanta su mirada de tierna Bambi y me ignora, pese a que me ha visto entrar. Hace como si yo fuera alguien demasiado insignificante como para prestarme atención.

—Es sedimentaria. La dejaron lejos de la Dolina.

—¿Por qué?

—Porque los Homo cazaban y despiezaban sus presas lejos de la cueva. Luego llevaban la carne al resto de homínidos.

—Chica lista.

Un punzón me raja lento y cruel las paredes internas de mi estómago. Siento un agudo dolor en mis venas.

Esther se solía quejar del poco resultado que lograban excavando en la Dolina.

—¿Falta mucho para llegar al nivel que tenga algo?

—Veinte centímetros —respondió Jordi, que después de veinte años trabajando en Atapuerca tenía el culo pelado.

A la semana, otra vez.

—¿Pero falta mucho?

— Veinte centímetros.

—¿Siempre faltan veinte centímetros?

—¿Preguntas o afirmas?

Andrea y Esther volvieron a inclinarse por turnos sobre el visor del microscopio electrónico.

—Mira esta marca que tiene el cuchillo. ¿Qué te dice?

Martirizada por los celos, deshice mis pasos, desamparada. Recorrí los pasillos con un manto de soledad posándose sobre mis hombros. Andrea no me quería. ¿Cuándo iba a aceptarlo?, ¿cuándo dejaría de engañarme a mí misma?

Tres horas después, Andrea mete un euro en una máquina de Coca-Cola y espera a que le devuelva una lata con la chispa de la vida y veinte céntimos. Lo primero lo hace, pero lo segundo no. Pulsa el botón al lado del mecanismo metálico para meter las monedas. Pero la máquina se ha tragado su cambio.

Manguta.

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El caso más sobrecogedor de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 51

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más sangriento de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 51

Luisa entró por Portalón de Cueva Mayor. Atravesó salas oscuras y sepulcrales, donde se respiraba un silencio quieto. Suelos resbaladizos, tierra parda y rocas húmedas, un terreno como una espalda con jorobas, un gran socavón desde donde se levantaban andamios que ascendían hasta el techo, paredes iluminadas por grupos halógenos que irradiaban una tenue luz morada. Un lugar fantasmagórico, telúrico.

Al fondo, junto a una pared blanquecina con pómulos infinitos de roca, la esperan el subinspector Aduriz con Jesús Sinaloa mientras estudian un mapa de las cuevas y túneles subterráneos que hay en el yacimiento.

Analizan las salidas que tiene la Sima de los Huesos y las marcan con un rotulador rojo.

—Si el asesino no salió por Cueva Mayor, ¿por dónde salió? —pregunta Aduriz.

—Tuvo que salir por Cueva Mayor. Hay otra salida hacia Cueva del Silo, pero está clausurada —contesta Sinaloa con voz apagada y átona—. Cueva Mayor está conectada con la Sima del Elefante y Cueva del Silo, pero los túneles están rellenos de sedimento. Cueva Mayor y Cueva del Silo pertenecen al mismo sistema kárstico, pero no hay un túnel que las comunique.

—Pero ¿y si el asesino hubiera salido por ahí? —dice Luisa.

—Es imposible —asegura Sinaloa.

Luisa añade que, si el asesino hubiera salido por ese túnel, habría huido por el robledal.

—Y no habría pasado por el control de entrada y así habría evitado las cámaras de seguridad de entrada y de salida —asegura Aduriz.

Dos horas después, Aduriz y Luisa se preparan para bajar a la Sima de los Huesos. El aire flota inmóvil dentro de la inmensa cueva. La oscuridad se empapa de silencio sepulcral.

Se visten con los monos rojos, se ponen los arneses con los que sujetarse a la cordada, se colocan los cascos con luz frontal, encienden las linternas. Se meten dentro de la Sima de los Huesos poniendo un pie con cuidado en las traviesas de la escala que desciende por la garganta. Se internan en las entrañas de Cueva Mayor.

Mientras repta por el angosto túnel, Luisa Baeza se angustia. Le viene un recuerdo horrible de su pasado. Una desconexión lumínica, un chasquido perturbador que la devuelve a otra cueva, esta vez en la playa. Luisa de niña, diez años, de la mano de su hermano Toni, de seis años, entran en una cavidad excavada en la roca. Los sigue un hombre que coge a Luisa, acerca su boca a su oído y le susurra algo. La niña se contrae de pánico animal.

La inspectora cierra los ojos mientras respira su ansiedad. Un sudor frío le baña la cara. Aparta a golpes el pasado, pero su pesadilla vuelve una y otra vez. De repente, Luisa se queda paralizada dentro del túnel.

—¿Estás bien?

La voz de Miguel Ángel le llega lejana y deformada.

Ella no lo oye. Por fin Miguel Ángel le tira del brazo y la arrastra hacia sí.

—No me toques —grita Luisa.

—Perdona, pensaba que te pasaba algo —dice Miguel Ángel, a la defensiva.

—No puedo —agoniza Luisa—. No me puedo mover.

La opresión en el pecho, el mareo, la sensación de que se va a desmayar, la certeza de que se va a morir. Otro ataque de pánico. «No, no, no quiero».

Miguel Ángel le dice que respire hondo y se hable a sí misma con amabilidad. Como si se abrazara a sí misma y hablara a una niña.

—Vete a tomar por culo —grita Luisa, rabiosa.

—Inténtalo, di: «Esto es difícil». Pobrecita. No pasa nada. Tranquila, esto pasará. Sé que estás sufriendo. Estoy aquí contigo.

Luisa se niega. Pero la sensación de pánico se acrecienta como una ola de agua negra que traga sin parar. No puede respirar.

—Además, luego te invito a unos chupitos —dice Aduriz.

—Me dan asco —masculla Luisa.

El corazón le late muy deprisa. Va a morir. Abre los ojos. Toni, a su lado, le acaricia la cara.

Por fin la inspectora se repite a sí misma con amabilidad: «Pobrecita. Estás sufriendo. Tranquila. Esto pasará. Estoy aquí contigo».

Miguel Ángel llega hasta ella y la arrastra hacia sí.

Cuando llegan a la base de la sima, Luisa respira con ansiedad.

—No podías respirar —dice Aduriz.

Ella asiente, recomponiéndose como puede.

—¿Desde cuándo tienes ataques de pánico?

—Desde que desapareció mi hermano.

De repente, Aduriz y Luisa oyen unas pisadas que huyen. Persiguen al desconocido por el enjambre de túneles. Luisa se para otra vez, presa de la angustia. Aduriz la coge de la mano y la arrastra por el túnel.

Un hombre con capucha escapa por uno de los corredores subterráneos de la sima. Luisa y Aduriz corren tras él. Pero, cuando salen al exterior, el intruso ya se ha escapado por el robledal.

Luisa respira, ahogada.

—Saca el molde de las huellas —le dice a Aduriz.

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El crimen más sangriento de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 50

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Antes de la noche en que nos enamoramos.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

La noche en que nos enamoramos.

Capítulo 50

Seis meses antes. Madrid

No Se Lo Digas A Nadie era un garito para gais y lesbianas de la calle Echegaray. Un local oscuro, con música de los 80, donde la gente se miraba y se volvía a mirar buscando una atracción, un enganche sexual, una chispa amorosa.

Me sentí excitada de una manera infantil. Pero tuve miedo al entrar. Pensé que todo el mundo se iba a fijar en mí. Tenía veinte años y era la primera vez que entraba en un bar de ambiente. Antón me empujó.

De repente me dio un vuelco el corazón. Vi a Andrea en la barra. Fingí no haberla visto. Estaba con unas amigas. Andrea llevaba la melena rizada suelta, su color negro lanzaba destellos azules bajo la luz violeta del bar. Estaba guapísima. Dios mío, se parecía a Alex Vause. Me sentí llena de alegría y emoción al verla. Después de todo, la noche iba a merecer la pena.

Antón y yo nos acercamos a la barra. Él pidió un Martini rojo, yo una cerveza. Andrea bebía un dry Martini. Me llegó el perfume de su piel, el olor a champú de hierbas y acondicionador, el aroma de su pelazo. Me erotizó mirar su larga melena. Además, yo tenía un poder especial. Estaba oculta. Andrea me daba la espalda y no me veía. Así podía yo observarla a placer.

De repente, Andrea se volvió y me miró. Arrugó el entrecejo, calibrándome. Yo ardí de vergüenza. Me había pillado mirándola, embelesada.

—Tu cara me suena de algo —dijo.

¿Así ligaba con todas las chicas? Qué currado. Coño.

—Nos vimos en la Facultad de Historia. Cuando diste la charla.

—Ah, sí. Una alumna. Ya me acuerdo.

—Sí.

—Me llamo Lara —dije.

—Yo Andrea. Bueno —ella se rio y cabeceó bajo su melena—. Eso ya lo sabes.

Bajé la cabeza, miré al suelo, sonreí mucho y me reí, aunque no tenía ningún motivo para reírme. Eran los nervios. Estaba en el infierno, expuesta a la más absoluta vulnerabilidad.

Andrea me sonrió. Yo le sonreí. Andrea me miró. Yo la miré. Ay, Dios, ¿qué estaba pasando? El corazón me latió muy deprisa. Me sentí más viva que nunca.

Andrea cogió un taburete que estaba libre y se sentó a mi lado.

—Me ha dicho que eres su hermana. —Señaló a Antón, que desaparecía por la puerta de salida con un chico con pinta de marroquí, cogido de la mano. Qué capacidad para ligar y para recuperarse de los desengaños amorosos tenía Antón. Era alucinante.

—No le hagas caso. Es un trolero.

—Entonces ya somos dos. Yo soy una atracadora de bancos.

Andrea se rio ante mi cara de estupor.

—Es broma —dijo.

No supe de qué hablar. Me quedé muda. No se me ocurrió ningún tema de conversación. Busqué, desesperada, en mi cabeza algo de lo que charlar con ella, pero no encontré nada. La impotencia me devoró. El silencio me pesó como una losa. Era porque Andrea me importaba mucho, porque me gustaba mucho. Por eso me paralizaba y me vaciaba de palabras. Si ella me hubiera importado una mierda, me habría comportado de una manera viva y locuaz, animada y simpática. Me sentí muy patética.

—¿Así que estudias Historia? —preguntó Andrea.

Me invadió un inmenso alivio por no tener yo que llevar la iniciativa de la conversación. También aleteó una tímida esperanza dentro de mí. Si Andrea se esforzaba por hablarme, era que yo algo le gustaba, ¿no?

—Sí.

—Qué valiente.

—Qué va. Me apasiona la historia.

La noche en la que nos conocimos Andrea y yo no hablamos de Atapuerca. Me alegré. Odiaba a la gente que hablaba de su trabajo y se daba autobombo. Odiaba a la gente que hablaba de su éxito y no escuchaba a los demás. Odiaba a la gente que se daba importancia y pretendía que todo el mundo le diese la razón. Como Esteban. Andrea no era así. Me puso contenta que no fuera así.

Bebimos, reímos, desparramamos, hablamos como si la noche fuera nuestra y las dos viviéramos en un eterno presente. Charlamos de cine asiático, de la película Oldboy, que me había impresionado.

—La escena en la que él sale de su encierro. Necesita tocar a alguien. Es flipante.

—Yo me volvería loca. ¿Tú no?

—Sí. Imagínate. Necesitamos relacionarnos con otro ser humano. Por eso el aislamiento es lo peor que le puedes hacer a alguien —dijo.

—No a mí. Soy una solitaria —dije y me puse de color escarlata.

—Ya será menos.

Yo me reí. Todo lo que decía ella me hacía gracia. Me habría pasado en ese bar el resto de mi vida charlando, riendo y bebiendo con Andrea.

Pedimos dos cervezas más y seguimos charlando de pelis que nos habían gustado.

Brokeback Mountain.

—Qué peliculón. Me flipó.

—Y la historia de amor —dijo ella. Era maravilloso escuchar la palabra «amor» de su boca.

Golpe en el pecho como si alguien me hubiera pegado un puñetazo. Amor.

—Cuando Ennis del Mar vomita cuando se va a separar de Jack Twist.

—Sí. Es incapaz de reconocer que lo quiere, que no puede vivir sin él. Heath Ledger es un actor genial.

—Y al final, cuando la hija se va a casar y Heath Ledger saca su camisa del armario y debajo está la camisa de Jack y una foto de Brokeback Mountain. Me encanta esa película.

—¿Y Lo que queda del día? —pregunté.

—Sí. Es buenísima. Las películas sobre los libros de Foster son mucho mejores que sus novelas —contestó Andrea.

Un silencio.

—Hay en la represión del amor que siente Anthony Hopkins por Emma Thompson más verdad que en cualquier amor declarado —añadió.

Golpe sordo en el pecho. Un aldabonazo. Otra vez la palabra «amor». ¿Lo hacía a propósito?, ¿estaba jugando conmigo? Me sentí muy feliz.

—Nunca lo había visto de esa forma —dije mientras bebía un trago de mi cerveza Estrella Galicia directamente de la botella.

«Tienes que tranquilizarte, Lara. Calma. Tranquila. Tranquila. Tranquila».

Sonreí. Volví a bajar la cabeza.

—Haz eso otra vez —dijo Andrea.

—¿Qué?

—Ese gesto de bajar la cabeza y volver la cabeza.

—¿Por qué? —Me dolían los labios de tanto sonreír, sentía la piel tensa en las comisuras de mi boca.

—Pareces una niña.

Ardí de deseo por ella. Tuve unas ganas inmensas de besarla. Pero no hice nada.

Repetí el gesto. Ella me miró con ojos resplandecientes. Me sentía tan nerviosa que podría haberme caído en ese momento del taburete al suelo.

—Ja, ja, ja.

—¿Y Boogie Nights?, ¿la has visto? Lo que mola de esa película es que trata del mundo del porno, pero son como una familia. Todos ellos buscan a la familia que no han tenido.

—Es verdad. Se protegen.

Andrea pidió otro dry Martini al camarero, lo cual me pareció el colmo de la sofisticación. A su lado yo, con mi tercio de cerveza Estrella Galicia, parecía una paleta. Cuando vi cómo Andrea daba un pequeño sorbo a su dry Martini como un pájaro delicado, la copa en forma de triángulo invertido, el palillo atravesando el corazón de una aceituna, como ella atravesaba con sus ojos mi pecho extasiado, me estremecí. ¿Se daba cuenta Andrea del efecto que causaba en mí? Me pregunté a qué sabría si la besaba ahora mismo. Sus labios sabrían a Martini y a ginebra. Me humedecí. Tosí. Me puse roja como un ladrillo.

—¿En qué piensas?

Me encogí de hombros.

—En nada.

Andrea no se puso en plan intelectual mientras hablábamos de cine. Eso también me encantó. Ya tenía que aguantar a demasiados pedantes estirados en la facultad. Pedimos otra ronda. Esta vez yo me atreví con el dry Martini mientras hacía cábalas en mi mente sobre el dinero que me quedaba. Tenía diez euros. ¿Era suficiente? No. Ay, coño, no iba a tener dinero para pagar mis copas. Pero a la vez no podía preocuparme mucho por eso en ese momento. La dopamina, la oxitocina, las endorfinas, la serotonina fluían salvajes por mi cerebro. Me sentía eufórica.

Andrea me dijo que le gustaba la historia de amor de A Star is Born de Bradley Cooper.

Cuando dijo otra vez la palabra «amor» sentí otro estallido dentro de mí. Una granada de emoción explotó dentro de mi pecho. Me dolía todo. ¿Qué era aquello?, ¿estaba enamorada?

—¿Por qué te gusta? —pregunté mientras me llevaba mi tercio de Estrella Galicia a la boca y le daba un buen trago.

—Me gusta porque muestra la adicción, la depresión y una infancia difícil. Y luego Lady Gaga muestra sus inseguridades. No va de diva.

—¿Cuáles?

—Que es fea. Que tiene una nariz muy grande. Que está acomplejada por eso. Que teme no tener talento para la música.

La miré. Andrea tenía una nariz muy grande. No encajaba en el canon de guapa oficial de Instagram.

—Ella sabe que tiene una buena voz, pero tiene miedo de no tener nada que decir —añadió mientras bebía un sorbito de su dry Martini.

—¿Te sientes así? —pregunté.

Un silencio. De repente, sin necesidad de que ella dijera nada, supe que sí se sentía así. Trabaja en Atapuerca cada verano y tiene la impresión de que nunca está a la altura. Su padre, Max Rey, ha puesto el listón muy alto. Despierta los celos del resto del equipo, que la acusa de ser una enchufada, una privilegiada.

Andrea también tenía una nariz grande y el miedo a ser fea, intuí. A mí me parecía preciosa, pero no reuní el valor para decírselo. Temí meter la pata. Siempre me pasaba con las personas que me gustaban mucho. Pero la escuché con mis cinco sentidos.

—Y en A Star is Born, él entiende eso. Y en vez de empequeñecer sus sueños, él los engrandece y le da un empujón hacia arriba —dijo.

—Es una versión de un clásico.

Había visto la versión de Judy Garland y James Mason con papá en nuestra vieja televisión Phillips, que no habíamos cambiado en veinticinco años, durante un domingo de infancia.

—Hubo una versión con Judy Garland, y luego otra con Kris Kristofferson y Barbra Streisand —expliqué mientras cogía una patata frita del cuenco que nos había puesto la camarera.

—Eres muy guapa —me dijo Andrea de repente, como si me viera por primera vez.

—Gracias.

Me reí muy nerviosa. Me ardieron las mejillas.

De repente, como hacía Bradley Cooper en A Star is Born, acerqué mi mano a su cara, extendí el dedo índice y acaricié el perfil de su nariz.

Ella sonrió. Pareció mucho más joven. Una niña. Su cara se despojó de tensión, de tristeza. Sus ojos se llenaron de ternura.

—Eso no se lo dejo hacer a todas las desconocidas.

—Yo no soy una desconocida. —Sonreí.

Le acaricié la nariz delicadamente. Ella me miró y me sonrió. Yo la miré y le sonreí.

Fue la mejor noche de mi vida.

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La noche en que nos enamoramos.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 48

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más escalofriante de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 48

Desde muy pequeña, Andrea había aprendido que la vida venía con el estigma de la pérdida y el silencio. Esa clarividencia había formado su carácter reservado y callado, que solo se inflamaba cuando hablaba de trabajo.

Cuando algún amigo de su padre durante las cenas que daba Max en su casa le decía que estaba guapa esa noche, su madre no le dejaba aceptar el halago. Después Teresa y ella se quedaba a solas en la cocina, ella recogiendo, Teresa supervisando mientras le decía con tono duro que no se lo creyese, que ese hombre lo había dicho por hacer la pelota a Max, porque iba detrás de sus favores profesionales. Eso era verdad. Andrea se lo creía, pero una parte dentro de ella se rebelaba contra su madre. ¿Por qué siempre la tenía que ningunear? La trataba con una dureza que sentía injusta, con una fría rabia impropia de una madre, como si Andrea fuera una empleada incompetente, no una hija. Se calló, pero por dentro hirvió cuando echó las sobras de la comida a la basura y fregó los platos y los amontonó para luego secarlos y colocarlos en la vitrina aparador estilo inglés de caoba del salón. Era la vajilla Limoges, la buena, reservada para las ocasiones especiales, y esta lo era, una cena para conseguir financiación con los responsables de la Fundación Botín a los que Max había explicado, con todo detalle y entusiasmo, la investigación que llevaban a cabo en la Gran Dolina. Andrea irradió un aroma de impotencia. Se volvió pequeña ante la mirada cruzada de su madre.

Ahora es de noche, Lara duerme plácida a su lado. Ella, insomne, se siente acorralada y confusa. Las horas oscuras son largas y ásperas. El desierto blanco del desvelo. Palpitaciones en el pecho, súbitos despertares pánicos, una sensación de alienación como si unas grandes tijeras de hierro la hubieran cercenado y separado del resto de la humanidad, la certeza de que el mundo le era hostil.

Está acostada con las manos entre las piernas, en posición fetal. Desamparo. Siente un gran vacío dentro de ella. Llora. Se chupa sus propias lágrimas. Saben a sal. ¿Por qué la abandonó su madre?, ¿no la quería? Era un bebé. ¿Cómo se puede prescindir de un bebé?

Otra fiesta. Whisky Cutty Sark, cortezas, patatas y cervezas. La cancha de baloncesto del Gil de Siloé. Canastas mojadas y relucientes por la lluvia. Música de Little Richards, la música la pone Max, que hace de DJ oficial. Suelo azul con líneas blancas que marcan el área. Charcos calmos y plácidos picoteados por las gotas de una tormenta lenta y perezosa.

Un amigo de Max confundió a Andrea con una camarera y le pidió un Ribera cuando ella llevaba a su padre y a sus amigos una bandeja con vasos de Cutty Sark y hielo. Ella siempre complaciente, servil, sumisa con papá. Ella le llevó la copa de vino al tipo rubicundo y pagado de sí mismo que se reía muy fuerte de sus propios chistes sobre maricas y que ni siquiera le dio las gracias. Dos minutos después se odió a sí misma.

Otra escena. Max rodeado de doctorandas adoratrices perorando sobre los antecessors y que la evolución técnica no había acabado, y que un virus diezmaría la población, morirían cientos de miles de humanos después de que las autoridades nos encerraran a todos en casa por temor al rápido y letal contagio, un virus que amenazaría la supervivencia de los Homo sapiens, que nos haría replantearnos las bases de la vida humana en la Tierra.

—Ya está tu padre exhibiéndose —rumió Teresa de mala leche. Andrea adivinó su furia orgullosa. Nadie tenía derecho a ignorarla de esa manera, y mucho menos su marido. Detectó los contornos calientes y diáfanos de su humillación. Latió una oscura satisfacción en el estómago de Andrea, como una tenia alegre.

Su madre llamó a Max y le interrumpió en su monólogo egocéntrico bañado en la admiración arrobada y embelesada de sus alumnas, todas querían que les dirigiera la tesis él, por eso parpadeaban como si fueran ninfas salidas del bosque de los unicornios hechizados. Él se dio la vuelta como una hidra y su cara se nubló por una ira ardiente. Andrea supo que el matrimonio de sus padres se había acabado.

Ahora la oscuridad de su habitación late con su latido negro y acompasado. Andrea se enjuga las lágrimas con la funda de la almohada. Lo que le hace llorar es su orfandad.

Andrea se siente asfixiada bajo el sudario de la soledad. El abandono de su madre aún le sangra por la herida. Un vacío dentro de otro vacío más grande como un juego infinito de muñecas rusas.

La orfandad es la razón por la que se levanta a las cuatro de la madrugada para salir al porche descalza. Siente las pequeñas piedras taraceadas bajo las plantas de sus pies. Baja la escalera y camina por el césped frío y mojado. Escucha los sonidos de succión de la depuradora de la piscina. Contempla su resplandor azul y calmo.

La orfandad es lo que le hace callarse cuando todos hablan. La orfandad también le hace ocultar el mar de fondo de su tristeza.

A la mañana siguiente, mientras desayuna con Lara tostadas con mantequilla frente a un tazón con café con leche, ambas sumergidas en un lúgubre silencio, la detención de Max planea sobre sus cabezas como un buitre hambriento, Lara le pregunta por qué lloraba anoche. Andrea dice que era una pesadilla.

Dos noches después, Andrea, despierta en la hora bruja de los insomnes, las cuatro y media de la madrugada, la hora en la que más gente se muere en los hospitales, se aferra a una hilacha de recuerdo como a la cuerda de un globo que la impulsa hacia arriba y le saca de las arenas movedizas de su pesadumbre.

Lara quería hacerla sonreír. Al final consiguió arrancarle una sonrisa durante un día desquiciado, veinticuatro horas después de que la policía detuviera a su padre. Lara dijo que en Atapuerca todos se parecían a un perro mientras dejaban atrás la Cueva de los Zarpazos. La bautizaron con ese nombre por unas huellas de zarpas de oso que había en la pared del fondo.

—Max es un gran danés. Sinaloa un carlino. Seseña un chihuahua.

—¿Y Sebastián?

—Un galgo.

Era una broma muy mala, infantil y tonta, pero Andrea se deshizo en carcajadas y olvidó por un momento que todo el mundo se apartaba de ellas como si tuvieran la lepra. Lara levitó a un metro sobre la grava y arena pálidas de la Trinchera.

Sin embargo, algunas noches Andrea logra ocultar su orfandad en un agujero negro de su cerebro. Se pierde en la dulce espiral de lo posible. Toca los contornos de la realidad de lo que creía irreal: un amor correspondido. Ella creía que arrastraba una maldición desde la cuna. Ahora una tierna euforia la impulsa hasta tocar el techo blanco estucado. Polvo cósmico que se desliza en una amistosa oscuridad hasta hacer refulgir la espalda de Lara.

Aún no termina de creerse su buena suerte. Nada en su vida le había preparado para la posibilidad del amor. Por eso cuando sucede al conocer a Lara en aquel bar de Madrid le coge a traición. La sorpresa, el agradecimiento, el éxtasis son inconmensurables. Nada había sido tan bueno hasta ahora. A sus espaldas tiene el condicionamiento de su pasado, que ha marcado su forma de relacionarse con el mundo y ha modelado la frágil naturaleza de su mente. Una infancia difícil, el abandono de su madre biológica, un padre desconocido, la adopción, una madre hostil desde el primer momento, la premonición de que las cosas no iban a salir bien, el miedo constante a un segundo abandono, un padre de arrolladora personalidad ensimismado en su trabajo y en el resplandor de su éxito, al que las cosas siempre le salían bien, siempre de viaje, ausente aun cuando estaba presente. A su lado se sentía invisible, transparente, sin esencia. La gente la miraba y solo veía a Max. De repente, esa felicidad se acaba y todo se derrumba. Le invade un augurio punzante de que algo horrible va a pasar.

El crimen más escalofriante de Atapuerca.

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El crimen más escalofriante de Atapuerca.

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“Los crímenes de Atapuerca”. Capítulo 49

Sinopsis

A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El crimen más horrible de Atapuerca.

La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

Capítulo 49

Durante el segundo interrogatorio que hacen la inspectora Baeza y el subinspector Aduriz a Max Rey, este no borra su sonrisa desafiante. Max tiene ojos como brasas negras incandescentes, cara enflaquecida. El cáncer le ha hecho sufrir. Tiene esa mirada extraña de quien ha estado a punto de pasar al otro lado de la laguna Estigia.

—¿Qué relación tiene usted con Jesús Sinaloa? —pregunta Aduriz.

—Nos odiamos cordialmente. Pero no lo suficiente como para matar a su sobrina.

Aduriz tiene la inquietante sensación de que Max está jugando con él. Respira hondo. La ira le hierve en la sangre. Le sorprende la aversión que siente hacia ese hombre. Experimenta el violento impulso de levantarse de la mesa, acercarse a Max y quitarle esa sonrisa burlona de un manotazo. «Ten más respeto, imbécil». Max es un manipulador. Él no le ve el carisma por ningún lado. Le parece un tarado.

—¿Por qué se lleva tan mal con él?

—Eso se lo dejo a mis biógrafos.

—Esto es muy serio. Es una investigación por asesinato.

—¿De qué se me acusa? —pregunta Max.

—Del asesinato de Miriam Sinaloa —dice Luisa.

Max bufa y mira al techo.

—Jesús ha sido desleal. Tiene celos de mí. Ha querido todo el poder en Atapuerca y quitarme de en medio. Pero pincha en hueso.

—¿Qué relación tenía con Miriam Sinaloa?

—Ya os lo he dicho. Estaba enamorado de ella. Un amor platónico. Yo no la maté.

Max se queda pensativo.

—¿Sabe, inspector…?

—Subinspector —corrige Aduriz.

—Ah, mejor aún —esa risita divertida, ese sonido de succión con la lengua que hace Max. Un tic irritante.

—El aumento de la energía del metabolismo que va al cerebro por el cambio de alimentación, de vegetariana a carnívora, fue clave para el desarrollo de la inteligencia. ¿Usted qué es?, ¿vegetariano o carnívoro, subinspector? —pregunta Max.

Aduriz es vegetariano, pero no se lo piensa decir a Max. Se siente desquiciado con él. Y lo peor es que Max Rey se da cuenta.

—Aquí soy yo quien hace las preguntas, señor Rey.

—Si no hubiera variabilidad genética, no habría evolución. ¿En su familia se han mezclado los genes, subinspector?

—Deje a mi familia fuera de todo esto, señor.

—Discúlpeme. Le he ofendido.

—En absoluto. El único que se ofende es usted mismo.

—¿Dónde estuviste el 15 de junio a partir de las dos de la tarde? —pregunta Luisa.

—Si me hubieras invitado a tu habitación, tendría una coartada mejor.

—Prefiero ser sospechosa de asesinato.

—No se preocupe, subinspector, no estamos saliendo. Aunque Luisa me lo ha propuesto muchas veces.

El juez Gaicano observa el interrogatorio con el comisario Ruscalleda por el espejo de Judas.

—¿Por qué me da la impresión de que Max Rey está jugando con los dos? —dice Ruscalleda.

—No es un adversario fácil. Además, odia a la policía.

—No me diga. No me había dado cuenta. ¿Pero cuando les roban los motores del Lavadero del Arlanzón a quién llaman? A la policía.

—¿Ha terminado el informe pericial, Jiménez?

José Jiménez ha hecho ya los moldes dentales de la hilera superior e inferior de la dentadura de Max Rey. Está cotejándolos con la fotografía de la mordedura de la víctima a ver si coinciden.

 —Está en ello.

—Lleva mucho tiempo en ello.

El juez Gaicano desconfía de Ruscalleda, de Jiménez, de la ministra.

—¿Cuál es el móvil? No lo tengo claro.

—La quería tanto que la mató.

—Max no es un irracional descontrolado.

—¿Lo conoces?

—De los Dominicos.

—¿Cómo era?

—Pobre, inteligente y feliz. Tenía un don para vivir.

—Qué envidia.

El juez Gaicano espera con ansia a que Jiménez termine su informe. Max quedará libre. Está seguro de que no fue él quien hizo esa mordedura.

—¿Por qué la mató? —dice Aduriz con voz irritada mientras hace un esfuerzo por dominarse.

—Vamos, subinspector, eso no está a su altura.

—Responda.

—Seguro que tú eres carnívora, ¿verdad, Luisa?

Otra vez esa sonrisa insidiosa que irradiaba superioridad intelectual, esos ojos fijos de serpiente, ese tono de voz bajo, didáctico y altivo, que a Aduriz le recuerda a Hannibal Lecter.h

—Estuve en mi habitación leyendo y bebiendo whisky de malta.

—¿Algún testigo que le viera? —pregunta Aduriz.

—No. Estuve solo.

—Creía que lo que nos había hecho superiores como especie había sido tener capacidad simbólica, crear arte y poseer un sentimiento de comunidad, tener una identidad —dijo Luisa cambiando de tercio. Conocía a Max y sus juegos con la materia de la evolución humana. Quería que él se abriese a ella. Qué viejo estaba. ¿De ese hombre se había enamorado ella a los quince años?

—Ah, alumna aventajada, señorita Baeza. Pero lo que marcó la diferencia fue el crecimiento del volumen del cerebro. Y eso ocurrió porque comimos mucha carne.

—A las tres de la tarde Jesús te vio hablando con Miriam enfrente del Portalón. No estuviste en tu despacho, Max —dijo Luisa.

—Otra mentira más del señor Sinaloa. Me tiene mucha inquina. Más de lo que su volumen cerebral puede soportar.

—¿Por qué va a mentir?

—Ah, Luisa. Cómo has crecido. Seguro que tu madre está orgullosa de ti.

—Mi madre no se entera ni aunque yo vaya a la Luna.

—Siempre supe que llegarías lejos, Luisa. Prometías. Eres muy lista. Pero ¿por qué la policía?

—¿Por qué no? —preguntó Luisa.

—Es un órgano represor y autoritario del Estado español.

—No has cambiado, Max Rey. —Sonrió Luisa.

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